| En
2001, la casa editorial Alfaguara publicó la
novela Mujer en traje de batalla, de
Antonio Benítez Rojo. En sus páginas se
detalla la vida de la enigmática Henriette Faber,
quien, durante el siglo XIX, trastornó a la sociedad
europea. Había nacido en Lausana, Suiza, en 1791.
Después de casarse con un oficial de los ejércitos
de Napoleón Bonaparte y enviudar, estudió
medicina ocultando su identidad sexual con vestiduras
de hombre. En 1814 se estableció en el Caribe
y practicó la medicina en Baracoa. Allí
se casó con una mujer, Juana de León.
Tras ser descubierta, su caso convirtióse en
un escándalo que hizo época, tras el cual
guardó prisión. A seguidas, su presencia
se esfumó en Nueva Orleans.
Benítez Rojo reconstruyó la vida de Henriette
en Mujer en traje de batalla. La
isla en peso reproduce un fragmento del
libro, exactamente sus páginas finales.
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| Mujer
en traje de batalla |
| Antonio
Benítez Rojo |
El
Hospital de Paula, donde me habían condenado
a servir, no me era extraño. Estaba (seguramente
está todavía) situado en el extremo
sur del paseo de la Alameda, en un pequeño
promontorio que, protegido por un parapeto y una garita,
se adentraba en la bahía. Muchas veces Maryse
y yo, dejando el quitrín junto a una de las
escaleras que llevaban al paseo, nos habíamos
acercado a sus puertas para enseguida desandar lo
andado, charlando de esto y lo otro, dejándonos
conducir por las palabras y la brisa hacia la imaginativa
fachada del Teatro Principal. También conocía
algo de los servicios médicos que se prestaban
allí, así como de su administración.
Siempre había estado bajo la dependencia del
obispado, que exigía que sus directores y capellanes
fueran clérigos nacidos en La Habana. Romay
me había llevado a recorrer sus salas, pasablemente
limpias aunque un tanto congestionadas --en mi época
el número de enfermas oscilaba entre ciento
treinta y ciento cuarenta. Como en la Salpetriére,
se atendía allí a presidiarias de la
Casa de Corrigendas, por lo general ladronas y prostitutas,
casi todas aquejadas de tisis, tumoraciones y enfermedades
venéreas. También se curaba allí
a las esclavas, siempre y cuando sus amos pagaran
la pensión correspondiente. Anexa al edificio,
se había construido una capilla bajo la protección
de san Francisco de Paula, en la cual se escuchaba
misa en los domingos y días de guardar. Las
reclusas, salvo excepciones, eran ancianas desvalidas,
mendigas, mujeres de la vida, esclavas y criminales.
Casi todas de color.
La ventilación era buena, y uno podía
entretenerse mirando a los barcos entrar, fondear
y levar anclas. Pero la proximidad al agua espesa
y hedionda de los muelles era causa de fiebres y,
muy en particular, de la fiebre amarilla. Tal vez
por haber respirado aires de muchas naciones, cálidas
y frías, así como emanaciones de pantanos
y cuerpos en descomposición, este flagelo sólo
fue para mí un enemigo a distancia.
Mi primer desencanto con el lugar lo tuve el mismo
día de mi llegada. En medio de una seca perorata
sobre mis deberes y limitadísimos derechos,
el administrador insistió en que me estaba
prohibido practicar la medicina. No valió que
le mostrara el papel de mi sentencia, donde no se
especificaba cuáles serían mis servicios
en el hospital. Su respuesta fue:
-A todos los efectos usted ya no es médico.
Tanto su licencia como su nombramiento de fiscal del
Protomedicato en Baracoa han sido recogidos.
-Bien -suspiré-, ¿dígame entonces
cuáles serán mis tareas?
-La limpieza del edificio. Habrá usted de barrer
el piso, baldear lo y trapearlo. Claro, con excepción
de los domingos.
-¿El edificio completo? -pregunté con
incredulidad.
-Compartirá el trabajo con otras dos mujeres...
Por último, debe saber que, aunque esto no
es una prisión, le está prohibido salir
a la calle. Téngalo bien presente. Cualquier
intento suyo de ir más allá de la puerta
será considerado una fuga. Las consecuencias
son un aumento de la pena, de uno a tres años,
dependiendo de las circunstancias. ¿Ha comprendido
usted?
-Sí, señor.
-Es hora de almorzar. Puede ir al comedor. Tome la
derecha al salir de mi despacho.
Al llegar al comedor, me senté en el extremo
de un banco; las dos largas mesas estaban llenas de
reclusas, criadas y jóvenes con levita: que
supuse estudiantes de medicina. Al ver que nadie me
hacía caso me puse de pie y me presenté.
Al dar a conocer mi nombre, todos dejaron de comer
y me miraron, o mejor, me examinaron como si fuera
un grifo o tuviera dos cabezas, impresión a
la que ya me había acostumbrado. Para romper
el hechizo, pregunté quién me podía
dar instrucciones para ocuparme de la limpieza.
Y así empezó mi reclusión en
el Hospital de Paula. Los días pasarían
lentos y monótonos, como si estuviera atrapada
dentro de uno de aquellos interminables convoyes de
la Intendance. Pronto mis manos encallecerían
de tanto barrer y trapear. Por supuesto, no podía
sustraerme al hecho de que era médico, y mientras
trabajaba en las salas de las enfermas me interesaba
por ellas. Con el tiempo, se hizo hábito de
los médicos consultarme sobre la administración
de una droga o un caso de cirugía. Esto hacía
reír a Romay, que me visitaba de tanto en tanto.
"Vea usted, Enriqueta", decía, "su
defensor Vidaurre tenía toda la razón.
Cuando uno es médico, es médico, y da
igual que esté vestido de hombre o de mujer".
En mi pobre equipaje había traído algunos
libros, todos regalados por Vidaurre al partir de
Puerto Príncipe. Me los dejaban tener por ser
obras de santos y gente piadosa: sor Juana Inés
de la Cruz, san Juan de la Cruz, santa Teresa de Jesús,
fray Luis de Granada. Al leer a la monja mexicana,
de cuya existencia nada sabía, me di cuenta
que las ideas de mi apasionado defensor le debían
mucho a las suyas. Otro entretenimiento era ver pasar
los buques desde mi ventana, sus mascarones de proa
irrumpiendo en mi visión, ya de un lado o de
otro, como una inesperada suerte de prestidigitador.
(¿Qué habrá sido de ti, Piet
Vaalser, con tus palomas y cajas y pañuelos
y tu hopalanda de mago bordada de medias lunas y cometas?
) Con frecuencia los barcos fondeaban justo en el
centro de mi perspectiva, del otro lado de la bahía,
al pie de las baterías de La Cabaña.
Allí permanecían unos días, rodeados
de chalupas que los descargaban de maquinarias, pesados
cajones, pasajeros, para luego desaparecer tras el
marco de la ventana. Todos acababan por tomar nuevos
pasajeros y zarpar, y eran estos viajeros a los que
más observaba, los colores de sus vestidos,
las sombrillas, sus blancos pañuelos que decían
adiós a familiares y amigos invisibles para
mí, de quienes se desprendían por unos
meses o para siempre. Mi vista los seguía hasta
el casco de la nave; los contaba uno a uno mientras
subían la estrecha escalera, cuya armazón
sería izada desde la obra muerta mientras las
velas se desplegaban y las áncoras se recogían,
y después el océano, el vasto y azaroso
camino de agua que conducía a Bristol, a Brest,
a Boston, a Cádiz o a Lisboa, y yo anclada
en aquel hospital de mierda, y así las semanas
y los meses y los años.
Gran alborozo causaba la vista del Neptuno,
buque de vapor que hacía la minúscula
travesía Habana-Matanzas, y también
el que llegaba de Nueva Orleans, en cuya compañía
había invertido el desdichado Robledo sin saber
que labraba la fortuna de su primo. Las noches también
proveían entretenimiento: si había ópera
o concierto en e] Principal, podía escucharse
la música, y aun las voces de las sopranos
y tenores de alguna humilde compañía
italiana que aseguraba haber hecho sensación
en el gran teatro de la Scala. Acodada en el alféizar
de la ventana, mientras seguía las luces de
las barcas y goletas que salían a pescar, disfrutaba
el apagado son de los violines sobre el que volaban
como pájaros de plata las partes de flauta
y clarinete. Bien mirado, al menos desde mi ventana
de Nueva York, no se estaba tan mal allí. Mucho
peor había sido la guerra. Pero cumplidos ya
tres años de reclusión, mis nervios
empezaron a ceder. Amanecía de mal humor llamaba
incapaces a los médicos y lerdos a los estudiantes,
me quejaba de la comida o se me olvidaba limpiar algún
retrete.
Un domingo en que rumiaba mi amargura, vi maniobrar
a un hermoso navío de línea con bandera
francesa. Para mí no se trataba de un barco
más: su nombre, cuyas letras de bronce pulido
alcanzaba a leer, era Languedoc. Me pasé
buena parte de la mañana observando las faenas
de a bordo. Bajado uno de los botes, distinguí
entre los remeros el bicornio empenachado del capitán;
al ver a aquél desaparecer a mi izquierda,
pensé que iría a atracar en el muelle
de la Comandancia de la Marina para entregar algún
despacho de importancia militar. Después del
almuerzo pasé la tarde mirando el barco a ratos
intercambiando saludos con los marineros que contemplaban
la ciudad desde los palos del aparejo. Al anochecer
regresó el bote con el capitán. Dada
la experiencia que ya tenía de las costumbres
del puerto, di por seguro que el navío zarparía
al amanecer; de quedar fondeado un buque por varios
días, su capitán preferiría alojarse
en algún hotel o ser huésped de aquella
trapera nobleza local que, enriquecida por el azúcar,
obtenía marquesados y condados a cambio de
talegas de oro. Bastó que llegara a esta conclusión
para que un irrefrenable deseo de escapar me tentara
de golpe. Por mucho que me decía que apenas
me quedaba un año de reclusión, que
no valía la pena arriesgarme, mi voluntad se
había desmoronado irreparablemente. Sentí
que tenía que escapar a toda costa. Llegó
la noche. Descalza y ligera de ropas, aguardé
a que se durmiera el soldado de la garita, un hombre
llamado Moscote que solía hacer la guardia
nocturna. Era un individuo insufrible. En las noches
de luna, cuando podía reconocerme en la ventana,
me tiraba besos con la mano y me hacía señas
indecentes. En cualquier caso, sólo tenía
que esperar a que la lumbre de su invariable tabaco
se apagara para saber que en unos minutos estaría
roncando. Hecha la oscuridad en su apostadero, me
dejé resbalar de la ventana a una cornisa que
corría entre las dos plantas del edificio;
caminé hasta donde topaban las ramas de un
pino y ya fue cosa fácil poner los pies en
la calle. Arrojarme al agua y llegar al Languedoc
nadando no era un problema en sí. Debía
esperar el momento en que las luces de las barcas
pesqueras, que venían del fondo de la bahía,
acabaran de pasar. Sentada en el parapeto, dispuesta
a dar el salto, esperaba y esperaba hecha un nudo
de ansiedad. Pero aquella noche parecía que
todos los pescadores de La Habana habían decidido
probar su suerte. Para matar el tiempo, me imaginé
nadando hacia el barco, dar la última brazada
antes de tocar la cadena del ancla, asirme a ella
para recuperar el aliento y entonces gritar Vive
la France! Sería izada a bordo y conducida
ante un sorprendido oficial de guardia, al que le
diría: "Soy Madame Faber-Cavent, una viajera
francesa. He sido secuestrada por unos bandidos y
he logrado escapar. Agradecería con el alma
ser tomada a bordo". Como el barco dejaría
el puerto bien de mañana, el capitán
no entraría en muchas averiguaciones. Posiblemente
sirviera bajo Napoleón, quizás en el
bloqueo contra Inglaterra, en cuyo caso le hablaría
de la vez que, después de acompañar
a mi marido a la campaña de Rusia... Pero mis
divagaciones no habrían de prolongarse. Unas
manazas me agarrarían por la cintura, me alzarían
en vilo y me pondrían como un bulto de marinero
sobre un hombro fornido. "¡Ah del hospital!",
bramó Moscote. Traté de desasirme de
su brazo, le supliqué que no me traicionara.
Fue inútil. "Si te dejara ir, me castigarían."
Y a continuación volvió a gritar: "¡Ah
del hospital! ¡La mujer médico ha intentado
fugarse!". Luces de candeleros aparecieron en
las ventanas. La puerta cancel se abrió.
Me quedaban catorce meses por servir. Me subieron
la condena tres años más. Era como si
llegara por primera vez al hospital. Para colmo, como
parte de mi castigo, me cortaron el cabello a ras
de piel y me hicieron vestir los hábitos de
una monja que había enfermado de fiebre amarilla
y la habían llevado allí a morir.
*
Ya todo me daba igual. Hacía mi trabajo en
silencio, impersonalmente. Apenas podía tocar
la comida y, más que dormir, me echaba en el
catre para hundirme con deliberación en un
sopor tibio y compasivo como el opio, mi voluntad
evaporándose gota a gota a lo largo de las
semanas. Tenía la certeza de que moriría
antes de cumplir mi condena, y pienso que sí,
que habría muerto de no haber sucedido algo
así como un milagro, palabra que siempre me
cuesta escribir. Al verme tan acabada, Romay había
conseguido que el obispo Espada intercediera por mí.
Se me expulsaría de Cuba inmediatamente.
Habría de tomar pasaje en la goleta Collector;
capitán Plumet, que zarpaba hacia Nueva Orleans
con la brisa del amanecer. Nada me habían dicho
hasta última hora. No tenía siquiera
una moneda. Por equipaje llevaba una camisa de dormir,
un par de medias y un segundo hábito de monja.
Esperé a que me llamaran sentada en el catre,
el envoltorio de la ropa en las rodillas. A las cinco
vino por mí el nuevo administrador, un clérigo
oficioso y cargado de espaldas. En lugar de los buenos
días, me dijo casi con rabia: "No creas
que eres libre. Viajas con pasaporte de convicta.
Estás a la disposición de las autoridades
de Nueva Orleans". Me entregaría personalmente
al capitán del barco. Era tan temprano que
la puerta estaba libre de curiosos. Al menos esta
vez nadie me humillaría.
Caminamos hacia el muelle a la luz de un farol que
llevaba un esclavo. Pensé que atrás
dejaba a mi Mujer en traje de batalla. ¿Adónde
habría ido a parar? Pero sobre todo, atrás
y para siempre dejaba a Maryse, y con ella su cariño,
siempre sin peros ni condiciones. Me había
quedado sola y rota; nadie a quien escribir una carta,
nadie a quien encontrar. Al fondo de la penumbra estaba
la goleta Collector, todavía sin contornos
definidos, apenas una masa gris bajo graznidos de
gaviotas invisibles. Me llevaría a un nuevo
tiempo cuyo calendario empezaba con días de
ceniza. Mientras el clérigo le entregaba mis
papeles al capitán, los primeros resplandores
del sol comenzaron a rociar el aparejo de la nave,
tiñendo de rojo y azul su bandera. Un marinero
descalzo me ayudó a subir los tablones de la
rampa y, al remontarlos, me hice el propósito
de no mirar hacia la ciudad, cuyas torres y fachadas
estarían renaciendo de las sombras. Como Lot,
temía que, de volver la cabeza, algo ocurriría,
haciéndome quedar allí para siempre.
Cierto que nada bueno tenía que esperar de
Nueva Orleans; tal vez la cárcel o, en el mejor
de los casos, la reclusión en otro hospital
o en algún convento. Y sin embargo, al pisar
cubierta al dar el primer paso por entre los colores
de las cosas, supe que no se había perdido
todo. Ahora me sentía cansada, muy cansada,
pero en el barco tendría tiempo para pensar.
Antonio
Benítez Rojo (La Habana, 1931). Narrador,
guionista de cine, ensayista y profesor universitario.
Desde 1980 vive fuera de Cuba. En la actualidad es
catedrático de literatura latinoamericana en
Amherst College, Massachussets. Entre sus obras publicadas
se encuentran: Tute de reyes (1967),
El escudo de hojas secas (1969),
Heroica (1976), Los inquilinos
(1977), La tierra y el cielo (1978),
El mar de las lentejas (1979), El
enigma de los Esterlines (1979), La
isla que se repite: el Caribe y la perspectiva posmoderna
(1992), Antología Personal
(1997), Paso de los Vientos (1999)
y Mujer en traje de batalla (2001).
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