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Dentro
de los disímiles textos que La isla
en peso publica a propósito del
bicentenario de José María Heredia, no
podía quedar ausente su poesía, la más
alta expresión de su obra. Reproducimos aquí
un puñado de poemas que dan fe de algunos de
los momentos más altos de su lírica, sin
recurrir únicamente a los lugares comunes pero
dando fe de su condición de precursor del romanticismo
en las letras hispanas. Por tal razón, dejamos
fuera su más conocido texto, Oda al Niágara,
para dar paso a otros, contenidos en la recién
aparecida Antología de la poesía
cósmica de José María Heredia,
editada por el Frente de Afirmación Hispanista,
con introducción de Salvador Bueno y prólogo
y análisis arquetípico de Fredo Arias
de la Canal. Nuestra redacción agradece al poeta
Jorge Enrique Pacheco la gentileza de cedernos un ejemplar
del volumen.
Libemos entonces las mejores mieles de ese otro "eterno
tironeado de sí", precursor de varios de
los símbolos más caros que acompañan
a la nación cubana, de quien dijera Martí,
al identificar su poesía con el neuma de lo americano:
"Él es volcánico como sus entrañas
y sereno como sus alturas".
Volaron
¡ay! del tiempo arrebatados
ya diecinueve abriles desde el día
que me viera nacer, y en pos volaron
mi niñez, la delicia y el tormento
de un amor infeliz.
Con mi inocencia
fui venturoso hasta el fatal momento
en que mis labios trémulos probaron
el beso del amor... ¡beso de muerte!
¡Origen de mi mal y llanto eterno!
Mi corazón entonces inflamaron
del amor los furores y delicias,
y el terrible huracán de las pasiones
mudó en infierno mi inocente pecho,
antes morada de la paz y el gozo
aquí empezó la bárbara cadena
de zozobra, inquietudes, amargura,
y dolor inmortal a que la suerte
me ató después con inclemente mano.
Cinco años ha que entre tormentos vivo,
cinco años ha que por doquier la arrastro,
sin que me haya lucido un solo día
de ventura y de paz. Breves instantes
de pérfido placer no han compensado
el tedio y amargura que rebosa
mi triste corazón, a la manera
que la luz pasajera
del relámpago raudo no disipa
el horror de la noche tempestuosa.
El
insano dolor nubló mi frente,
do el sereno candor lucir se vía
y a mis amigos plácido reía,
marchitando mi faz, en que inocente
brillaba la expresión que Amor inspira
al rostro juvenil... ¡cuán venturoso
fui yo entonces! ¡Oh Dios! Pero la suerte
bárbara me alejó de mi adorada.
¡Despedida fatal! ¡Oh postrer beso!
¡Oh beso del amor! Su faz divina
miré por el dolor desfigurada.
Díjome: ¡adiós!: sus ayes
sonaron por el viento,
y: ¡adiós!, la dije en foribundo acento.
En
Anáhuac mi fúnebre destino
guardábame otro golpe más severo.
Mi padre, ¡oh Dios!, mi padre, el más virtuoso
de los mortales... ¡ay! La tumba helada
en su abismo le hundió. ¡Triste recuerdo!
Yo vi su frente pálida, nublada
por la muerte fatal. ¡Oh, cuán furioso
maldije mi existencia,
y osé acusar de Dios la Providencia!
De
mi adorada en los amantes brazos
buscando a mi dolor dulce consuelo,
quise alejarme del funesto cielo
donde perdí a mi padre. Moribundo
del Anáhuac volé por las llanuras,
y el mar atravesé. Tras él pensaba
haber dejado el dardo venenoso
que mi doliente pecho desgarraba;
mas de mi patria saludé las costas,
y su arena pisé, y en aquel punto
le sentí más furioso y ensañado
entre mi corazón. Hallé perfidia,
y maldad y dolor.
desesperado,
de fatal desengaño en los furores,
ansié la muerte, detesté la vida:
¿Qué es ¡ay! la vida sin virtud
ni amores?
Sólo, insociable, lúgubre y sombrío,
como el pájaro triste de la noche,
por doce lunas el delirio mío
gimiendo fomenté. Dulce esperanza
vislumbróme después: nuevos amores,
nueva inquietud y afán se me siguieron.
Otra hermosura me halagó engañosa,
y otra perfidia vil. ¿Querrá la suerte
que haya de ser mi pecho candoroso
víctima de doblez hasta la muerte?
¡Mísero
yo! ¿y he de vivir por siempre
ardiendo en mil deseos insensatos,
o en tedio insoportable sumergido?
Un lustro ha que encendido
busco ventura y paz, y siempre en vano.
Ni en el augusto horror del bosque umbrío
ni entre las fiestas y pomposos bailes
que a loca juventud llenan de gozo,
ni en el silencio de la calma noche,
al esplendor de la callada luna,
ni entre el mugir tremendo y estruendoso
de las ondas del mar hallarlas pude.
En las fértiles vegas de mi patria
ansioso me espacié; salvé el océano,
trepé los montes que de fuego llenos
brillan de nieve eterna coronados,
sin que sintiese lleno este vacío
dentro del corazón. Amor tan sólo
me lo puede llenar: él sólo puede
curar los males que me causa impío.
Siempre
los corazones más ardientes
melancólicos son: en largo ensueño
consigo arrastran el delirio vano
e impotencia cruel de ser dichosos.
El sol terrible de mi ardiente patria
ha derramado en mi alma borrascosa
su fuego abrasador: así me agito
en inquietud amarga y dolorosa.
En vano, ardiendo, con aguda espuela
el generoso volador caballo
por llanuras anchísimas lanzaba,
y su extensión inmensa devoraba,
por librarme de mí: tan sólo al lado
de una mujer amada y que me amase
disfruté alguna paz. -Lola divina,
el celeste candor de tu alma pura
con tu tierna piedad templó mis penas,
me hizo grato el dolor. ¡Ah! Vive y goza,
sé de Cuba la Gloria y la delicia;
pero a mí, ¿qué me resta, desdichado,
sino sólo morir?
Doquier que miro
el fortunado amor de dos amantes,
sus dulces juegos e inocentes risas,
la vista aparto, y en feroz envidia
arde mi corazón. En otro tiempo
anhelaba lograr infatigable
de Minerva la espléndida corona.
Ya no la precio: amor, amor tan sólo
suspiro sin cesar, y congojado
mi corazón se oprime. ¡Cruel estado
de un corazón ardiente sin amores!
¡Ay!
Ni mi lira fiel, que en otros días
mitigaba el rigor de mis dolores,
me puede consolar. En otro tiempo
yo con ágiles dedos la pulsaba,
y dulzura y placer en mí sentía
y dulzura y placer ella sonaba.
En pesares y tedio sumergido,
hoy la recorro en vano,
y sólo vuelve a mi anhelar insano
"voz de dolor y canto de gemido".
¡Libertad!
Ya jamás sobre Cuba
lucirán tus fulgores divinos.
Ni aun siquiera nos queda ¡mezquinos!,
de la empresa sublime el honor.
¡Oh piedad insensata y funesta!
¡Ay de aquel que es humano y conspira!
Largo fruto de sangre y de ira
cogerá de su mísero error.
Al
sonar nuestra voz elocuente
todo el pueblo en furor se abrasaba,
y la estrella de Cuba se alzaba
más ardiente y serena que el sol.
De
traidores y viles tiranos
respetamos clementes la vida,
cuando un poco de sangre vertida
libertad nos brindaba y honor.
Hoy
el pueblo de vértigo herido
nos entrega al tirano insolente
y cobarde y estólidamente
no ha querido la espada sacar.
¡Todo yace disuelto, perdido!
Pues de Cuba y de mi desespero,
contra el hado terrible, severo,
noble tumba mi asilo será.
Nos
combate feroz tiranía
con aleve traición conjurada,
y la estrella de Cuba eclipsada
para un siglo de horror queda ya.
Que
si un pueblo su dura cadena
no se atreve a romper con sus manos,
bien le es fácil mudar de tiranos,
pero nunca ser libre podrá.
Los
cobardes ocultan su frente,
la vil plebe al tirano se inclina,
y el soberbio amenaza, fulmina,
y se goza en victoria fatal.
¡Libertad! A tus hijos tu aliento
en injusta prisión más inspira;
colgaré de sus rejas mi lira,
y la gloria templarla sabrá.
Si
el cadalso me aguarda, en su altura
mostrará mi sangrienta cabeza
monumento de hispana fiereza,
al secarse a los rayos del sol.
El suplicio al patriota no infama;
y desde él mi postrero gemido
lanzará del tirano al oído
fiero voto de eterno rencor.
Cuando
en el éter fúlgido y sereno
arden los astros por la noche umbría,
el pecho de feliz melancolía
y confuso pavor siéntese lleno.
¡Ay!
¡Así girarán cuando en el seno
duerma yo inmóvil de la tumba fría!
Entre el orgullo y la flaqueza mía
con ansia inútil suspirando peno.
Pero
¿qué digo? -Irrevocable suerte
también los astros a morir destina,
y verán por la edad su luz nublada.
Más,
superior al tiempo y a la muerte
mi alma, verá del mundo la ruina,
a la futura eternidad ligada.
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| En
el Teocalli de Cholula |
¡Cuánto
es bella la tierra que habitaban
los aztecas valientes! En su seno
en una estrecha zona concentrados,
con asombro se ven todos los climas
que hay desde el Polo al Ecuador.
Sus llanos cubren a par de las doradas mieses
las cañas deliciosas. El naranjo
y la piña y el plátano sonante,
hijos del suelo equinoccial, se mezclan
a la frondosa vid, al pino agreste,
y de Minerva el árbol majestuoso.
Nieve eternal corona las cabezas
de lztaccihual purísimo, Orizaba
y Popocatepetl, sin que el invierno,
toque jamás con destructora mano
los campos fertilísimos, do ledo
los mira el indio en púrpura ligera
y oro teñirse, reflejando el brillo
del sol en occidente, que sereno
en yelo eterno y perennal verdura
a torrentes vertió su luz dorada,
y vio a Naturaleza conmovida
con su dulce calor hervir en vida.
Era
la tarde; su ligera brisa
las alas en silencio ya plegaba
y entre la hierba y árboles dormía
mientras el ancho sol su disco hundía
detrás de Iztaccihual. La nieve eterna
cual disuelta en mar de oro, semejaba
temblar en torno de él; un arco inmenso
que del empíreo en el cenit finaba,
como espléndido pórtico del cielo,
de luz vestido y centellante gloria,
de sus últimos rayos recibía
los colores riquísimos. Su brillo
desfalleciendo fue; la blanca luna
y de Venus la estrella solitaria
en el cielo desierto se veían.
¡Crepúsculo feliz! Hora más bella
que la alma noche o el brillante día,
¡cuánto es dulce tu paz al alma mía!
Hallábame
sentado en la famosa
Cholulteca pirámide. Tendido
el llano inmenso que ante mí yacía,
los ojos a espaciarse convidaba.
¡Qué silencio! ¡Qué paz! ¡Oh!
¿Quién diría
que en estos bellos campos reina alzada
la bárbara opresión, y que esta tierra
brota mieses tan ricas, abonada
con sangre de hombres, en que fue inundada
por la superstición y por la guerra?
Bajó la noche en tanto. De la esfera
el leve azul, oscuro y más oscuro
se fue tornando; la movible sombra
de las nubes serenas, que volaban
por el espacio en alas de la brisa,
era visible en el tendido llano.
Iztaccihual purísimo volvía
del argentado rayo de la luna
el plácido fulgor, y en el oriente,
bien como puntos de oro centelleaban
mil estrellas y mil... ¡Oh! ¡Yo os saludo,
fuentes de luz, que de la noche umbría
ilumináis el velo
y sois del firmamento poesía!
Al
paso que la luna declinaba,
y al ocaso fulgente descendía,
con lentitud la sombra se extendía
del Popocatepetl, y semejaba
fantasma colosal. El arco oscuro
a mí llegó, cubrióme, y su grandeza
fue mayor y mayor, hasta que al cabo
en sombra universal veló la tierra.
Volví
los ojos al volcán sublime,
que velado, en vapores transparentes,
sus inmensos contornos dibujaba
de occidente en el cielo.
¡Gigante del Anáhuac! ¿Cómo
el vuelo
de las edades rápidas no imprime
alguna huella en tu nevada frente?
Corre el tiempo veloz, arrebatando
años y siglos, como el norte fiero
precipita ante sí la muchedumbre
de las alas del mar. Pueblos y reyes
viste hervir a tus pies, que combatían
cual ora combatimos, y llamaban
eternas sus ciudades, y creían
fatigar a la tierra con su gloria.
Fueron: de ellos no resta ni memoria.
¿Y tú eterno serás? Tal vez un
día
de tus profundas bases desquiciado
caerás; abrumará tu gran ruina
al yermo Anáhuac; alzaránse en ella
nuevas generaciones, y orgullosas,
que fuiste negarán.
Todo
perece
Por la ley universal. Aun este mundo
tan bello y tan brillante que habitamos
es el cadáver pálido y deforme
de otro mundo que fue.
En tal contemplación embebecido
sorprendióme el sopor. Un largo sueño
de glorias engolfadas y perdidas
en la profunda noche de los tiempos,
descendió sobre mí. La agreste pompa
de los reyes aztecas desplegóse
a mis ojos atónitos. Veía
entre la muchedumbre silenciosa
de emplumados caudillos levantarse
el déspota salvaje en rico trono,
de oro, perlas y plumas recamado;
y al son de caracoles belicosos
ir lentamente caminando al templo
la vasta procesión, do la aguardaban
sacerdotes horribles salpicados
con sangre humana rostros y vestidos.
Con profundo estupor el pueblo esclavo
las bajas frentes en el polvo hundía,
y ni mirar a su señor osaba,
de cuyos ojos férvidos brotaba
la saña del poder.
Tales
ya fueron
tus monarcas, Anáhuac, y su orgullo,
su vil superstición y tiranía
en el abismo del no ser se hundieron.
Sí, que la muerte, universal señora,
hiriendo a par al déspota y esclavo,
escribe la igualdad sobre la tumba.
Con su manto benéfico el olvido
tu insensatez oculta y tus furores
a la raza presente y la futura.
Esta inmensa estructura
vio a la superstición más inhumana
en ella entronizarse. Oyó los gritos
de agonizantes víctimas, en tanto
que el sacerdote, sin piedad ni espanto,
les arrancaba el corazón sangriento;
miró el vapor espeso de la sangre
subir caliente al ofendido cielo,
y tender en el sol fúnebre velo,
y escuchó los horrendos alaridos
con que los sacerdotes sofocaban
el grito de dolor.
Muda
y desierta
ahora te ves, pirámide. ¡Más vale
que semanas de siglos yazcas yerma,
y la superstición a quien serviste
en el abismo del infierno duerma!
A nuestros nietos últimos, empero,
sé lección saludable; y hoy al hombre
que ciego en su saber fútil y vano
al cielo, cual Titán, truena orgulloso,
sé ejemplo ignominioso
de la demencia y del furor humano.
Huracán,
huracán, venir te siento,
y en tu soplo abrasado
del señor de los aires el aliento.
En
las alas del viento suspendido
vedle rodar por el espacio inmenso,
silencioso, tremendo, irresistible
en su curso veloz. La tierra en calma
siniestra, misteriosa,
contempla con pavor su faz terrible.
¿Al toro no miráis? El suelo escarban,
de insoportable ardor sus pies heridos:
la frente poderosa levantando,
y en la hinchada nariz fuego aspirando,
llama la tempestad con sus bramidos.
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La
libertad guiando al pueblo
Delacroix |
¡Qué
nubes! ¡Qué furor! El sol temblando
vela en triste vapor su faz gloriosa,
y su disco nublado sólo vierte
luz fúnebre y sombría
que no es noche ni día.
¡Pavoroso color, velo de muerte!
Los pajarillos tiemblan y se esconden
al acercarse el huracán bramando
y en los lejanos montes retumbando
le oyen los bosques, y a su voz responden.
Llega
ya. ¿No le veis? ¡Cuál desenvuelve
su manto aterrador y majestuoso
¡Gigante de los aires, te saludo!
En la fiera confusión el viento agita
las orlas de su parda vestidura.
¡Ved! ¡En el horizonte
los brazos rapidísimos enarca,
y con ellos abarca
cuanto alcanzo a mirar de monte a monte!
¡Oscuridad
universal! ¡Su soplo
levanta en torbellinos
el polvo de los campos agitado!
En las nubes retumba despeñado
el carro del Señor, y de sus ruedas
brota el rayo veloz, se precipita,
hiere y aterra al suelo,
y su lívida luz inunda el cielo.
¿Qué
rumor? ¿Es la lluvia? Desatada
cae a torrentes, oscurece el mundo,
y todo es confusión, horror profundo,
cielos, nubes, colinas, caro bosque,
¿dó estáis? Os busco en vano
desaparecisteis. La tormenta umbría
en los aires revuelve un océano
que todo lo sepulta.
Al fin, mundo fatal, nos separamos;
el huracán y yo solos estamos.
¡Sublime
tempestad! ¡Cómo en tu seno,
de tu solemne inspiración henchido,
al mundo vil y miserable olvido,
y alzo la frente, de delicia lleno!
¿Dó está el alma cobarde
que teme tu rugir? Yo en ti me elevo
al trono del Señor; oigo en las nubes
el eco de su voz; siento a la tierra
escucharle y temblar. Ferviente lloro
desciende por mis pálidas mejillas,
y su alta majestad trémulo adoro.
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Equilibrio
Omar Torres |
Desde
el suelo fatal de su destierro
tu triste amigo, Emilia deliciosa,
te dirige su voz; su voz que un día
en los campos de Cuba florecientes
virtud, amor y plácida esperanza
cantó felice, de tu bello labio
mereciendo sonrisa aprobadora,
que satisfizo su ambición. Ahora
sólo gemir podrá la triste ausencia
de todo lo que amó, y enfurecido
tronar contra los viles y tiranos
que ajan de nuestra patria desolada
el seno virginal. Su torvo ceño
mostróme el despotismo vengativo
y en torno de mi frente, acumulada
rugió la tempestad. Bajo tu techo
la venganza burlé de los tiranos.
Entonces tu amistad celeste, pura,
mitigaba el horror a las insomnias
de tu amigo proscrito y sus dolores.
Me era dulce admirar tus formas bellas
y atender a tu acento regalado,
cual lo es al miserable encarcelado
el aspecto del cielo y las estrellas.
Horas indefinibles, inmortales,
de angustia tuya y de peligro mío,
¡cómo volaron! Extranjera nave
arrebatóme por el mar sañudo,
cuyas oscuras turbulentas olas
me apartan ya de playas españolas.
Heme
libre por fin; heme distante
de tiranos y siervos. Mas, Emilia,
¡qué mudanza cruel! Enfurecido
brama el viento invernal: sobre sus alas
vuela y devora el suelo desecado
el yelo punzador. Espesa niebla
vela el brillo del sol, y cierra el cielo,
que en dudoso horizonte se confunde
con el oscuro mar. Desnudos gimen
por doquiera los árboles la saña
del viento azotador. Ningún ser vivo
se ve en los campos. Soledad inmensa
reina, y desolación y el mundo yerto
sufre de invierno cruel la tiranía.
¿Y
es ésta la mansión que trocar debo
por los campos de luz, el cielo puro,
la verdura inmortal y eternas flores
y las brisas balsámicas del clima
en que el primero sol brilló a mis ojos
entre dulzura y paz? Estremecido
me detengo, y agólpanse a mis ojos
lágrimas de furor. ¿Qué importa?
Emilia,
mi cuerpo sufre, pero mi alma fiera
con noble orgullo y menosprecio aplaude
su libertad. Mis ojos adoloridos
no verán ya mecerse de la palma
la copa gallardísima, dorada
por los rayos del sol en occidente;
ni a la sombra de plátano sonante
el ardor burlaré de mediodía,
inundando mi faz en la frescura
que espira el blando céfiro. Mi oído,
en lugar de tu acento regalado,
o del eco apacible y cariñoso
de mi madre, mi hermana y mis amigas,
tan sólo escucha de extranjero idioma
los bárbaros sonidos; pero al menos
no lo fatiga del tirano infame
el clamor insolente, ni el gemido
del esclavo infeliz, ni del azote
el crujir execrable, que emponzoñan
la atmósfera de Cuba. ¡Patria mía,
idolatrada patria! Tu hermosura
goce el mortal en cuyas torpes venas
gire con lentitud la yerta sangre,
sin alterarse el grito lastimoso
de la opresión. En medio de tus campos
de luz vestidos y genial belleza,
sentí mi pecho férvido agitado
por el dolor, como el océano brama
cuando le azota el norte. Por las noches,
cuando la luz de la callada luna
y del limón el delicioso aroma
llevado en alas de la tibia brisa
a voluptuosa calma convidaban,
mis pensamientos de furor y saña
entre mi pecho hirviendo, me nublaban
el congojado espíritu, y el sueño
en mi abrasada frente no tendía,
sus alas vaporosas. De mi patria
bajo el hermoso desnublado cielo,
no pude resolverme a ser esclavo,
ni consentir que todo en la natura
fuese noble y feliz, menos el hombre.
Miraba ansioso al cielo y a los campos
que en derredor callados se tendían,
y en mi lánguida frente se veían
la palidez mortal y la esperanza.
Al
brillar mi razón, su amor primero
fue la sublime dignidad del hombre,
y al murmurar de "Patria" el dulce nombre,
me llenaba de horror el extranjero.
¡Plugiese al cielo, desdichada Cuba,
que tu suelo tan sólo produjese
hierro y soldados! ¡La codicia ibera
no tentáramos, no! Patria adorada,
de tus bosques el aura embalsamada
es al valor, a la virtud funesta.
¿Cómo viendo tu sol radioso, inmenso,
no se inflama en los pechos de tus hijos
generoso valor contra los viles
que te oprimen audaces y devoran?
¡Emilia!
¡Dulce Emilia! La esperanza
de inocencia, de paz y de ventura
acabó para mí. ¿Qué gozo
resta
al que desde la nave fugitiva
en el triste horizonte de la tarde
hundirse vio los montes de su patria,
por la postrera vez? A la mañana
alzóse el sol, y me mostró desiertos
el firmamento y mar. ¡Oh! ¡Cuán odiosa
me pareció la mísera existencia!
Bramaba en torno la tormenta fiera
y yo sentando en la agitada popa
del náufrago bajel, triste y sombrío,
los torvos ojos en el mar fijando,
meditaba de Cuba en el destino,
y en sus tiranos viles, y gemía,
y de rubor y cólera temblaba,
mientras el viento en derredor rugía,
y mis sueltos cabellos agitaba.
¡Ah!
También otros mártires... ¡Emilia!
Doquier me sigue en ademán severo
del noble Hernández la querida imagen.
¡Eterna paz a tu injuriada sombra,
mi amigo malogrado! Largo tiempo
el gran flujo y reflujo de los años
por Cuba pasarán sin que produzca
otra alma cual la tuya, noble y fiera.
¡Víctima de cobardes y tiranos,
descansa en paz! Si nuestra patria ciega
su largo sueño sacudiendo, llega
a despertar a libertad y gloria,
honrará, como debe, tu memoria.
¡Presto
será que refulgente aurora
de libertad sobre su puro cielo
mire Cuba lucir! Tu amigo, Emilia,
de hierro fiero y de venganza armado,
a verte volverá, y en voz sublime
entonará de triunfo el himno bello.
Mas si en las lides enemiga fuerza
me postra ensangrentado, por lo menos
no obtendrá mi cadáver tierra extraña
y regado en mi féretro glorioso
por el llanto de vírgenes y fuertes
me adormiré. La universal ternura
excitaré dichoso, y enlazada
mi lira de dolores con mi espada,
coronarán mi noble sepultura.

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