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El pasado 25 de octubre, el cadáver del poeta cubano José Mario Rodríguez fue encontrado en su casa de Madrid. Incluso después de muerto, casi ninguno de los que lo conocieron lo llama con nombre y apellidos. Para todos es, sencillamente, José Mario.
Los redactores de
La isla en peso llevan tiempo urdiendo este homenaje, que es siempre duro cuando se hace post mortem, cuando está el vacío de la ausencia de por medio y late la persistente sensación de que se está como violando el silencio pactado entre el cuerpo ido y el mundo de los que seguimos vivos. Máxime cuando se siente, se sabe, que lo teníamos olvidado.
Por ello hemos convocado a Gerardo Fulleda León para evocar a José Mario. Y el mulato se sienta bajo la luz habanera de una primavera invasora como solo se da en el Caribe, quizás idéntica a la luz de esa foto de ahí abajo, en nuestro Parque Central. Y declama un poema después de la cháchara.
Evoquemos la luz, brother, la luz.

Aquella luz de La Habana
Gerardo Fulleda León

A la memoria de Ana Justina, que ya te acompaña

Entre las fotos que guardo de entonces hay una en que somos tan jóvenes que da envidia. Estamos de pie, frente a la puerta de la Imprenta Arquimbau. Ocupamos ese tramo de la acera de la Calle Obispo: José Mario, Ana María, Ana Justina y yo. Nos alumbra toda la luz de las tardes de diciembre en La Habana, de fondo, como para cegar al espectador y volvernos algo irreales. Llevamos encima libros, discos, sweaters y carteras y en conjunto tenemos quizás ese aire de intelectuales que anhelábamos alcanzar algún día. A un extremo y de lado, Ana Justina, nuestra justicia, con sus gafas oscuras y esa elegancia humilde y precisa que imponía, con su cortedad y peculiar humor. Ana María mira al frente. Sus vivaces ojos esbozando una sonrisa impecable en su anticipo y hermosa como siempre. Yo secundo a Ana María y miro a la cámara, sin poder ocultar el regocijo de poder disfrutar del momento y de quienes me rodean. Al extremo, Mario con su blanca camisa y su aspecto de chino poblano. No quiere mirar a la cámara, pero está satisfecho totalmente, sin lugar a dudas. Seguro celebramos las pruebas de galera de un libro o su culminación.
Había conocido a Mario meses antes, una noche de 1961, en un aula del Teatro Nacional de Cuba, en la Plaza de la Revolución. Allí sesionaba el seminario de Dramaturgia que por entonces conducía el argentino Samuel Feldman. Estaban algunos de aquellos que nos volveríamos inseparables muy pronto. Eugenio Hernández Espinosa, Guillermo Cuevas, (Hector) Santiago Ruiz... junto a otros cuantos alumnos. Al día siguiente, en la Biblioteca Nacional "José Martí", Eugenio y él me presentaron a Ana Justina Cabrera y más tarde a Ana María Simo. Desde ya empezamos a intercambiar opiniones, a polemizar y coincidir en algunos puntos. A partir de ese día nos citábamos asiduamente o nos encontrábamos cualquier tarde en los jardines de la UNEAC, en un parque, a la entrada de un ciclo de cine soviético en la Cinemateca de Cuba, en una función de teatro en el Mella, en los pasillos de una exposición de Portocarrero, en un concierto de Bola o la Burke; y ligábamos la tarde con la noche y allá nos íbamos a escuchar el feelling en El Gato Tuerto o jazz en el Atelier y bajábamos y subíamos La Rampa y terminábamos las madrugadas en el Malecón leyendo poemas, cantando boleros o contándonos sueños y aspiraciones.
Mario pasó a ser el gran descubridor de talentos; aparecieron Nancy Morejón, Reynaldo García Ramos, más tarde Lina de Feria, Georgina Herrera y se sumaron otros al núcleo central como la "crítica" del grupo, la profesora Josefina Suárez, que nos trajo a Liliam Moro, su alumna, a nuestro seno. Pero también nos descubriría otros tesoros. Su capacidad de lectura era insaciable y no pasaba un día que no llegara a deslumbrarnos con raras avis: un ejemplar del Fabulario de Borges; Los cantos de Maldoror de Lautreamont; Una temporada en el infierno de Rimbaud; Elegía sin nombre de Ballagas; o la Aurelia de Nerval, y teníamos que no dormir esa noche para entregar el libro en la tarde siguiente a otro de nosotros, para que lo leyera. Así, gracias a él o a su estímulo, fuimos tras Rilke, Tagore, Maiakovsky, Quasimodo, Essenin, Huidobro, Proust, Seferis, Dylan Thomas, Holderlin y muchos otros que devorábamos con fruición.
Desprendido hasta llegar a manirroto, nos invitaba en ocasiones a meriendas y almuerzos en el Wakamba o el Karabalí. Todo sacado del bolsillo de Mario, su padre, quien tenía una floreciente ferretería cerca de la casa familiar en Buena Vista. Las grandes ocasiones se celebraban por todo lo alto, preferiblemente en el Polinesio del hotel Habana Libre. Allí, un día llegó con otro descubrimiento, la "mítica" Josefina Duarte, con sus gafas al aire y su delgadez extrema (¿qué será de ella, de su sabiduría de la calle y aquellos poemas desconcertantes que nunca publicaría?) Pero allí y donde fuera, planes, lecturas, controversias, planes. El sueño de José Mario eran unas ediciones para publicar nuestros textos: El Puente.
Las ediciones El Puente fue primero una ambición de patas cortas: publicar libros de nuevos creadores; luego, con el aporte de Ana y Rey, hacer aquella antología de poetas novísimos que desde el prólogo y la selección dejó ver que se aspiraba a más, con tino y criterios discutibles, pero bien argumentados. Aquello levantó ronchas y escozor en algunos sectores literarios. Poco a poco se fueron haciendo más sólidos y coherentes los criterios y la criatura comenzó a alzarse y andar por sus dos pies. Tomábamos más conciencia de nuestra función como creadores. Se ideó y prepararon dos números de la revista literaria El puente, que llegó a tener sus pruebas de galera. Se nos acercaban otros creadores de diversas edades y procedencias, la mayoría inéditos y con determinada calidad literaria, principal requisito que exigíamos. Algunos mayores comenzaron a vernos seriamente rompiendo reticencias: Fernández Retamar, Pablo Armando, Rodríguez Feo, Lisandro Otero... Virgilio nos hacía guiños en las esquinas. Carpentier le tendió la mano al proyecto; Guillén ya había hecho otro tanto desde su lugar; Lezama nos recibía con cómplice perplejidad. La lista de libros, además de los múltiples de Mario y de los iniciadores, se hizo intensa: Évora Tamayo, Ada Abdo, Ana Garbinsky, Joaquín Santana, Miguel Barnet, Silvia Barrios, José Milián, Nicolás Dorr, José Ramón Brene, Manolo Granados, Angel Luis Fernández Guerra, Rogelio Martínez Furé, Belkis Cuza Malé, Antonio Ávarez, Jesús Abascal, Mercedes Cortazar, Rodolfo Hinostroza... Hasta más de veinte autores y títulos. Se preparaba con entusiasmo una antología de teatro de novísimos dramaturgos, una de narración y el tomo dos de los novísimos poetas.
Vivíamos con la libertad y afán de los creadores de Saint Germain de Pres, el Village o los futuristas moscovitas; las circunstancias de transformación social creadas por la Revolución nos ayudaban a ello. Nos creíamos capaces de irnos a luchar junto a los vietnamitas si nos llevaban, como a publicar Aullido de Ginsberg y La nube en pantalones de Maiakovsky; a esperar el último día de nuestras vidas en plena Crisis de Octubre, escribiendo poemas en la UNEAC -como habíamos hecho durante la Invasión de Playa Girón- y dándonos ánimos con dos tragos para afrontar lo que viniera en el Pico Blanco del Saint John, con la tranquilidad de espíritu con la que proclamábamos nuestras pasiones. Éramos bastante ilusos.
Molestábamos. Algunos jerarcas "comprometidos" del suplemento Lunes de Revolución nos menospreciaban porque sólo hacíamos bulla y teníamos muy poca consistencia literaria para llegar a ocupar sus espacios. Pero molestaba que prosperáramos. Del otro lado, la camada de arribistas u oportunistas del primer Caimán Barbudo nos declararon la guerra de exterminio, porque éramos tan pecadores y disolutos que el infierno sería poco para nosotros, que nos desgañitábamos de amor, leíamos a ciertos autores... ¿Fray Luis de León, Ezra Pound o Gide?; oíamos a los Beatles que conseguíamos, cantábamos canciones del feeling y usábamos ropa extravagante.
Por supuesto que no éramos santurrones. Si, es cierto, hubo robos de libros, de algunos, en bibliotecas públicas y privadas; pequeños escándalos de borracheras nocturnas que no llegaban a noticia de vivac; la controvertida presencia de Allen Ginsberg entre unos cuantos de nosotros, pero con él estaban Cortazar, Vargas Llosa, Camilo José Cela y Nicanor Parra. Y cada cual, aunque compartíamos intensamente, tenía su propia preferencia sexual definida o aun por definir, lo que podía ser no bien visto por las mentes represoras de siempre. Qué desorden, ¿no?

No importaba que la mayoría estudiásemos en la Universidad y otras instituciones, con muy buenas notas por cierto, y que participáramos en las manifestaciones revolucionarias o hiciéramos guardias en nuestros comités o centros de trabajo, donde cumplíamos a cabalidad, y tambien leyéramos a Marx, Lenin, Lukacs y Groce, como a Aristóteles, y fuéramos lectores martianos a rabiar. ¿Alguien pudo esgrimir un verso, una línea de algún cuento, una réplica de una obra de los publicados en El Puente que atentaran contra el proceso revolucionario con un pétalo?
Mario, que escribía con la misma celeridad con que leía, no dejaba pasar semana en que nos hiciera cómplices de nuevos poemas. Entonces trabajaba poco sus textos y salían rápidamente de imprenta, con la premura del pensamiento no elaborado o la pasión a flor de labios. Por ahí anda una dura crítica literaria que le hice en la revista Unión, donde censuraba lo anterior y reconocía, no obstante, el cambio que se había producido en uno de sus últimos libros de poemas publicados en Cuba, La torcida raíz de tanto daño (1963), que con Muerte del amor por la soledad (1965), ambos de Ediciones El Puente, contenían hermosos y sensibles poemas.
Su poesía era de una vehemencia y autenticidad indiscutibles, no se parecía a ninguno del resto de nosotros. Deudor de la mejor tradición hispánica de todos los tiempos, sus versos surgían simples e intensos, a veces en estructuras no tan sólidas y con conceptos de cierta elementalidad, pero donde primaba a ratos la introspección, y casi siempre un afán comunicativo de expresar los recovecos de la existencia y la pasión amorosa.
Ese apremio que lo aquejaba lo llevó en ocasiones a tomar decisiones azarosas y a querer imponer sus criterios por encima de los demás, empecinado hasta la obstinación como era. Se provocaron por ello incidentes entre él, Ana María, Rey, Ana Justina y yo, entre otros, que también teníamos nuestros caracteres y defectos. ¿Qué no sería con el medio donde ondeaban aires radicales apuntalados en prejuicios morales? Mario salía airoso casi siempre, en sus trece, y con su carisma y entrega parecía destinado a triunfar, siempre.
Claro que fue él quien pasó la experiencia fatal de la UMAP. ¿La hubiera resistido yo de pasarla en carne propia, creyendo en lo que me alentaba y sostengo, pese a los errores? Y ya no fue el mismo José Mario. Cuando dejó a su isla en 1968, era alguien que había perdido la risa. Nunca más se la oí, ni lo vi. Meses después me escribió una y otra carta. A la tercera, naturalmente, no pudo contenerse y cruzó la línea del resentimiento y esta no se la contesté. Yo estaba aquí y estoy. Qué fácil, ¿no? Y él allá... tan cómodo, ¿no?
Durante mucho tiempo sólo leí algún que otro poema suyo en una revista literaria. A ratos nos acudía su recuerdo y un sabor a ceniza enturbiaba el paladar y el sueño. Muchos años después -habían cambiado las cosas y uno mismo-, en 1993 conseguí su dirección y le escribí. Iba a estar de tránsito doce horas en Barajas y podíamos vernos unas cuantas horas; nos entusiasmamos mucho. No pudimos vernos porque no tenía visa de tránsito y por cubano. Seguro llevaba propaganda roja en el bolsillo. El guardián de turno que permitía la entrada de otros viajeros sin visa de tránsito me dio una alternativa: podía exiliarme. El amplio y confortable Barajas en huelga de empleados fue el lugar más sucio y horrendo que he padecido en mi vida de aeropuertos. Tres horas después lo llamé a su casa y oí su voz por última vez; estábamos agitados y rabiosos. No reímos. La desolación nos lo impedía. Desistí y no le escribí más, algún día nos toparíamos allá o aquí ¿por qué no? Un tiempo después me llegó su libro 13 poemas de la editorial Betania, acompañado con dos fotos. "Para Gerardo, con los abrazos y cariño de José Mario", puso con su letra al vuelo en la dedicatoria. En las páginas asombraba una madurez expresiva que tan solo a ratos me recordaba al autor que conocía y aquí y allá aparecía siempre Cuba, la inmensa isla como un tótem, un punto lacerante y querido. Nunca más supe de él directamente. Alguien venía y me decía "toma mucho, está bien, publica" y más nada. A lo más un comentario jocoso suyo "'así que Gerardo tiene carro", "¿escribe aun?", "que me mande algo suyo", "¿está bien?".
Entonces buscaba el libro, releía uno o dos poemas, el dedicado a Rey, Trece razones o el de Isabel de Bobadilla, y repasaba las dos fotos donde se le veía medio calvo y canoso, la cara abotagada y envejecida. ¿Cómo me veré yo?; pero con un asomo de sonrisa que remedaba la de entonces, la de la otra foto anterior que una y otra vez volvía a mi mente. La que retomo ahora tratando de descubrir qué nos pasó, cómo, por qué. Allí está el José Mario de entonces, el que será siempre, en la foto del Arquimbau iluminado por aquella luz de La Habana donde parecía entonar por dentro el bello poema suyo, mejor musicalizado por Martha Valdés y cantado como nadie por la Burke en el Gato Tuerto durante aquel recital triunfal en una noche resonante y eterna. "Muere el amor/ la soledad comienza/ qué inútil el amor/ y amamos."

La Habana, Noviembre de 2002


Los vinos escanciados

La noche relumbraba en tu pelo
cayendo en mechones de rebeldía
sobre la frente, en componenda
con los labios propios de un goloso,
en busca del puente hacia el goce

Socarrona, de profundis, la mirada
con aquel balancear de tus manos,
al golpearte una y otra vez los muslos
acosado por la intolerancia

Nunca entendí por qué estabas
ibas y venías con diligencia de abeja
empeñado en recolectar el néctar del mundo

Hubo algunas alegrías, punzantes quebraduras
de playas y amaneceres en La Habana.

¿Recordarás aquella diferencia por un amor
tan pobrecito y fugaz que ni humo queda?

Las mil prodigiosas bacanales de un solo cuerpo
y sus alcoholes anticipando un poema

Te debo altura, entrega, un fuerte abrazo
que el tiempo y los vinos escanciados
no colman con otras copas ni ciudades.

Gerardo Fulleda León (Santiago de Cuba, 1942). Dramaturgo, investigador y director teatral. Fundador y director de Ediciones El Puente. Dirige la compañía teatral Rita Montaner desde 1988, aunque es miembor del colectivo desde 1964. Entre sus textos más destacados están Chago de Guisa (1989, Premio Casa de las Américas).

 
 
 

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