Carlos
Galindo Lena acaba de morir. La
isla en peso renuncia a incorporarse al
grupo que lo considera un poeta menor, pues desde Santa
Clara siguió siendo una voz singular dentro del
grupo de autores reunidos por comodidad en la denominada
generación de los años 50. Galindo, que
a punto estaba de cumplir los 74 años, deja intacto
el respeto que le mereció su apego, su aferramiento
casi, a una poesía íntima, acaso mística,
personal siempre, frente a los vientos huracanados que
invocaban la urgencia de coloquialismos y líricas
debidas a contextuales militancias. En homenaje póstumo,
reproducimos aquí una de las últimas entrevistas
que ofreciera
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| Siempre
he tratado de buscar algo más allá
Yamil
Díaz Gómez
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A
Carlos Galindo se le han extraviado cientos y cientos
de poemas. Puede, tranquilamente, pasarse 20 años
in publicar un título. O renunciar a una beca
en Europa. O enviar al extranjero la única
copia de uno de sus cuadernos. O cederle a un amigo
la planilla imprescindible para figurar en el Diccionario
de la literatura cubana. A fuerza de regalar libros,
a veces se ha quedado sin un solo ejemplar de sus
propios poemarios. Bibliografía pasiva, no
conserva. Diplomas y medallas, son un asunto de la
esposa. A Carlos Galindo Lena lo único que
le interesa de la poesía es la poesía.
Siempre está hablando de Milocz, de Martí,
de Vallejo, de Neruda. Por momentos olvida que las
cataratas lo han cegado. Olvida la completa soledad
en que celebró su setenta cumpleaños.
Él respira poesía. Se alimenta de poesía.
Basta con la presencia de un amigo para que -en esa
atmósfera poética- recuerde su juventud
en Caibarién, la fundación de la UNEAC
y de las ediciones Belic, su larga estancia en el
Escambray... Y, sobre todo, Carlos Galindo recuerda
con amor la etapa en que se incorporó a esa
aventura literaria que los críticos llaman
"Generación de los años 50".
Y.D.: En tu opinión, ¿cuál
es el saldo que ha dejado la Generación de
los años 50 para la poesía cubana?
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| Carilda
Oliver Labra |
C.G:
La Generación de los años 50 -indiscutiblemente-
tiene para nuestra patria una gran importancia, porque
no se frustró. Pudiéramos decir que
llegó a su término cabal y preciso.
Se propuso conocer a determinados poetas. Se propuso
viajar a determinados países. Y lo logró.
Hombre, que hubiera figuras más notables que
otras, que hubiese diversidad de formas y maneras,
está bien: eso es una generación. Pero
yo creo que dejó un saldo muy favorable. Ahí
está la obra de Fayad, de Escardó, Retamar,
Alcides, Carilda...
Yo diría que la generación de los años
50 ha sido un logro, y un logro definitivo. Ahí
están los poemas.
Y.D: ¿Cuáles son tus poetas
preferidos entre tus compañeros de generación?
C.G: Yo creo que Fayad era un gran poeta. Creo que
Escardó. Y si hubiera que buscar un tercero,
pondría a Panchito de Oraá, siempre
y cuando superara algunas limitaciones, no de contenido
ni de forma, sino de carácter.
Y.D:
Uno de los rasgos de las generaciones literarias es
que generalmente tienen un líder, una figura
aglutinadora. En el caso de la Generación de
los años 50...
C.G:
Yo no tendría duda: Escardó. A pesar
de no tener una obra plena, madura, una obra que pueda
estudiarse en diferentes facetas. ¡Escardó
era tan real!
Y.D:
Por cierto, él es el único poeta de
ese grupo al que le has escrito dos poemas.
C.G.: Dos no: tres poemas; pero uno se me extravió.
Además de mi más admirado poeta, Escardó
fue mi más cercano amigo. Y frente al interés
de otros, él era desinteresado. Le gustaban
las cosas sin ponerles precio. Él era muy sencillo.
Muy a su línea. Muy humano. Tenía mucho
interés por la tierra en general. Siempre estaba
explorando las playas, las cuevas. Muchas veces me
convidaba. Pero no fui. Yo estaba muy precisado por
mi familia: por intereses económicos.
Un día estábamos en un banquillo del
Prado de La Habana, y me dijo: "Galindo, acompáñame;
vamos a ver a mi padre." Y fuimos. El padre fue
un misterio para mí. Me parecía que
ese hombre estaba sufriendo un conflicto de conciencia.
De ahí fuimos a la CTC. Él abrió
con sus llaves mágicas...
Y.D:
¿Sus llaves mágicas?
C.G: Yo las miento mucho siempre que hablo de Escardó,
porque él tenía una habilidad
tremenda para abrir puertas y ventanas de cualquier
lugar. Entonces entramos. Él había comprado
cigarrillos. Y pasamos la velada en la CTC.
Y.D:
También tuviste una amistad estrecha con José
A. Baragaño.
C.G: Sí. Baragaño era un muchacho difícil,
muy talentoso -hay que destacarlo-, un hombre de mucho
conocimiento. Tenía una frente ancha, una mirada
inquisidora. Pero era un hombre que me parece a mí
que estaba muy imbuido de sí mismo, y que eso
lo limitaba como poeta. Era muy amigo de Fayad. Tenía
una predilección muy marcada por Fayad.
Cuando la Lucha Contra Bandidos, yo subí al
Escambray. Formaba parte del batallón 116,
que era supuestamente de los artistas, aunque los
compañeros de nosotros casi ninguno estaba
allá. Y me encontré una grata sorpresa:
Baragaño. Yo no sabía que él
formaba parte del 116. Cuando lo veo, bueno, me alegré
mucho. Él estaba a cargo del periódico.
Y.D:
Una vez me contaste que Baragaño acostumbraba
a robar libros.
AC.G: Bueno, sí. Era una afición que
él tenía y que prácticamente
teníamos todos. Así conseguimos casi
la biblioteca del Liceo de La Habana, que era una
biblioteca maravillosa. Y Baragaño era muy
hábil. Nunca lo descubrieron. Eso formaba parte
de nuestra aventura colectiva.
Y.D:
¿Y tu amistad con Fayad Jamís?
C.G: Fayad era muy concentrado. Hablaba poco. A veces
no estaba de vena. Le gustaba trabajar solo. Vivía
una vida de plena concentración poética.
Le gustaba mucho la poesía de Juan Ramón
Jiménez. Fayad y yo nos leíamos poesía,
conversábamos; pero no tuvimos esa gran amistad.
No era como la amistad de Baragaño y mía.
Había más distancia.
Y.D:
Háblame ahora de dos poetas que no se deben
mencionar por separado: Francisco de Oraá y
Carlos Galindo.
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Francisco
de Oraá y Onelio Jorge Cardoso
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C.G:
Por desgracia, se trata de dos caracteres totalmente
diferentes. Oraá era un muchacho noble, de
gran inteligencia, de gran agudeza. Cuidaba la poesía
extremadamente. Se ocupaba de la forma poética.
Yo, más desentendido, más preocupado
por otras cuestiones de la vida. Panchito era muy
introvertido. Yo -te podría decir- era más
bien extrovertido. Pero por encima de todo eso estaba
la poesía. Vivíamos muy cerca y fuimos
condiscípulos hasta los 19 años. Fuimos
precoces. Versos ya de calidad recuerdo uno de él:
tremolación de hojas con temor a secarse. Lo
escribió a los diez años. Yo, a esa
edad, ya tenía mi primer librito. Entre Panchito
y yo surgió -como es natural- una pugna manifiesta
por alcanzar el primer lugar en las competencias de
composición de los sábados. Yo me acuerdo
de haberle ganado en muchas ocasiones. Francisco en
algunas. Sí tenía para hacerlo, tenía
dotes magníficas para hacerlo; pero yo tenía
más suerte. Por eso, cuando mandamos al concurso
"La infancia sabe", con el tema de Hatuey,
le dije: "Panchito, ¿para qué vas
a mandar? Ese premio es mío." Y, efectivamente
gané yo. Nos pusimos muy contentos: Compartimos
el dinero: 50 pesos.
Y.D:
Lo primero que llama la atención a los lectores
es ese largo silencio editorial desde Hablo
de tierra conocida (1964) hasta Mortal
como una paloma en pleno vuelo (1988). ¿A
qué se debe tanto tiempo de ineditez?
C.G: Estuve cerca de veinte años sin escribir.
Yo voy al Escambray. Allí me enamoro del paisaje
y estudio Magisterio. Mientras estudié -y mientras
daba clases- no encontré tiempo, hábito,
ni paciencia para hacer poesía. Era como si
mi vida hubiera tomado otro rumbo. Asumí las
labores del magisterio con una seriedad tremenda.
Estaba sumamente alejado de los libros y alejado de
las personas que podían hablar de esos temas.
Y.D:
¿Por qué volviste a la poesía?
C.D: Porque la necesitaba.
Y.D:
En los años 60 tuviste cierta discrepancia
con Manuel Navarro Luna por tu poema "Justicia"
(El aire del soldado es siempre un aire triste
... ) Había un poco de herejía
en eso de escribir un texto tan lírico en un
momento tan épico, ¿Qué te dijo
Navarro Luna?
C.G: Navarro me dijo que el poema estaba bueno. Yo
se lo mandé un domingo. Me dijo: "Está
muy bueno el poema; pero no alienta la concepción
que hace falta en este momento, que es la de combate."
Desde luego, me parecía ese un criterio absurdo.
Y.D:
¿Ese incidente tuvo que ver con que dejaras
de escribir?
C.G: No, no, porque Navarro era una buena persona.
Y.D:
¿Por qué te mantuviste en ese lirismo
refinado? ¿Por qué no te sumaste a la
vertiente coloquial?
C.G: No, ¡qué va! Yo la poesía
la tomé siempre con mucha entrega y con mucho
respeto. Me pareció que todo lo que se hacía
era circunstancial, que nada tenía permanencia.
Yo siempre he tratado de buscar algo más allá.
A veces el coloquialismo lo encontraba demasiado...
no sé. Como si no se lo tomaran en serio.
Y.D:
En una prosa poética afirmas: "Creo que
es más sensato, consolador, justo y humano,
creer en Dios que no creer". De modo que una
voluntad humanista te conduce a Dios. ¿Cómo
se puede armonizar dos posiciones que a veces han
estado contrapuestas: la religiosidad y el humanismo?
C.G: Yo no he querido ni que me digan humanista solo,
ni religioso solo. Yo he querido poseer una personalidad
que tanto estima las corrientes humanas como la vocación
religiosa. He querido siempre integrarlas.
Y.D:
¿A qué se debe el peso creciente que
concedes en tu obra a los valores éticos?
C.G: Para mí el hombre existe por algo y para
algo. El hombre debe existir buscando una ideología.
Buscando una forma de ser y un desarrollo -un completamiento
humano. Para mí el hombre debe ser ético
en el sentido más profundo de la palabra. Debe
comportarse de acuerdo con los valores y los códigos
que han hecho de él lo que es. El hombre debe
amar al hombre, respetar al hombre, sumarse al hombre.
Si no se hace así, creo que estamos perdiendo
una gran parte de nuestra lucha.
Y.D:
Otra obsesión en tu escritura es la historia
con sus enigmas y sus protagonistas. ¿A qué
se puede atribuir ese interés tan grande por
la historia?
C.G- Siempre aspiré a conocer la historia de
Cuba, sentía curiosidad por mi patria, amaba
a los mambises; pero siempre desconfiaba de la historia.
¿Qué había en mí que me
hacía desconfiar? Y me decía: "Es
que yo tengo criterios. Quizás fue así.
Quizás no." Eso se debió a que
yo tuve un amigo coronel -veterano de la Independencia-
que me dio muchos consejos, me hizo anécdotas:
Quintín Bravo, de Caibarién.
La historia hay que vivirla profundamente, porque
si no queda atrás. No llega nunca a ciertas
cuestiones. Una vez yo me dije: "Chico, tú
eres poeta. Tu deber es la poesía, deja la
historia, que ella es muy peligrosa." Pero hay
enigmas en el aire. Y sólo los poetas podemos
responder los enigmas de la historia.
Publicada
en la revista Umbral, número abril-junio de
1999