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En breve aparecerá el libro Cable a tierra, premio David del pasado año en la categoría de cuento. Su autora, Mariela Varona, quien ya dio mucho que hablar el pasado año, prueba fuerzas como nueva voz dentro del espectro narrativo cubano. La isla en peso ofrece en adelanto dos de los textos que componen el libro premiado y, como suplemento, una entrevista con la autora. Acaso todo junto contribuya a ver más claros sus demonios.

 

Esta es mi venganza
Dean Luis Reyes
Si las puertas de la percepción se abrieran
todo aparecería al ser humano tal y como es: infinito.
Dado que el hombre se ha limitado a sí mismo, divisando
las cosas a través de las estrechas rendijas de su propia caverna.

William Blake-Las bodas del cielo y el infierno

Mariela Varona no es tan dura como parece en la foto de ahí al lado. Muy al contrario, se sonríe por cualquier cosa y tiende a la timidez. Resulta un animal raro viviendo en ese apartamento que medio planeta ya conoce como La Perrera, aunque no habiten en él más que medio millar de libros, un puñado de posters de rock y las dos gatas barcinas que Mariela y su esposo Legón (más conocido por El Perro) cuidan como familia. Todo en la estrechez de esa quinta planta, desde cuya altura apenas se divisan los cajones impersonales que son otros edificios idénticos a este y la interminable llanura árida recorrida por un remolino cargado de papeles y aroma a keroseno que el viento caprichoso del traspatio de Holguín provoca.
Desde tal ubicación resulta difícil saber qué sucede allá abajo, en la Tierra. Será por ello que el cuaderno de cuentos con que Mariela ganara en la pasada edición del Concurso David se titula Cable a tierra y está plagado de historias humanas explícitas. Ello resulta raro, pues nada en al vida de esta mujer (aparte de su voracidad bibliófila) pareciera vincularla a las faenas del escritor. Incluso su oficio levanta sospechas: como ingeniera en Control Automático, su ocupación son las líneas de alto voltaje, los transmisores de carga y cosas por el estilo.
Mas, su suerte es tener crítico a domicilio. José Legón, su esposo, licenciado en Historia y veterano rockero, crítico y hereje erudito, la han hecho leerse todo Freud, Master y Johnson y hasta a Gilles Deleuze. De tal suerte, Mariela la escritora ha venido a salir a la luz apenas ahora, después de un entrenamiento de gladiador que igual no consigue que se tome la literatura demasiado en serio (aunque, por ahora, no encuentre ocupación que la haga más feliz), incluso a pesar de los apagones, las inspecciones a su empresa o ese premio inesperado de La Gaceta o del David.

- En tu libro premiado impera la crisis de un tipo de discurso literario tradicional y se exploran otros modos de expresión. Vas como ensayando el agotamiento de una forma de hacer, aunque sin conseguir textos redondos. ¿Me equivoco?
- Yo no me puedo conformar con contar una historia de la manera clásica. Si sigo viendo a Julio Cortázar como un contemporáneo mío jamás voy a escribir otra cosa. Por ello no soporto esos cuentos que ganaron el David. Ya es imposible para una persona de esta época seguir pretendiendo contar la historia correcta, limpia, con una especie de trampita para sorprender al lector al final...

- Pero lo más sorprendente es la obsesión que impera en ellos por relatar sucesos violentos, con ribetes sadomasoquistas, dichos además desde una ingenuidad aparente que los hace el doble de atroces. ¿De dónde vienen las perversiones de tus cuentos?
- De un estudio de años del mundo marginal holguinero y santiaguero (porque estudié en la Universidad de Oriente) y pasé un año en Hungría, cuando era adolescente. Yo soy una persona que quiero saberlo todo, pero siempre estar fuera. El Perro y yo estamos juntos hace 17 años y hemos conocido gente y hecho cosas, pero también pasamos mucho trabajo para vivir juntos. En el centro de la ciudad hay un café que se llama Pico Cristal, que hoy es en divisa; pero antes no. Ese era el centro de la mala vida holguinera. Era allí donde recibíamos a los amigos, nos dejábamos recados, porque cada uno vivía por su lado o en cuartos alquilados, hasta que nos dieron esto. Imagínate cuánta gente conocí allí: como una señora que me acompañaba hasta la parada galantemente y me contaba su historia como para seducirme.
Y entonces daba terapia a parejas... Tengo suerte para que la gente venga a contarme historias. Quería probar si mi capacidad de paciencia, persuasión, mi simpatía hacia la gente y sus problemas era lo mismo para esos en apariencia diferentes a los otros. Asere, y lo lograba. Era árbitro de conflictos y entendí que no tenía nada que ver con la orientación sexual de toda esa gente el que me necesitaran como consejera. Y aunque no he podido contar una de esas historias, todo está aquí, archivado. ¿Tú te imaginas cuánto me han contado?

- Ni en sueños. Ahora, ¿cuándo decidiste sacar esas historias de adentro?
- Antes escribía para dos o tres personas y me especializaba en cuentos sobre comida. Uno de mis textos más célebres en el mundo underground de Holguín se titula El mantel mágico. Ahora lo estoy reescribiendo, pero todavía es impublicable. A la gente la gustaba cantidad...

- Entiendo entonces que te interesa proyectar los deseos reprimidos de la gente...
- Exactamente.

- Incluso los más morbosos y terribles.
- Anjá.

- ¿Te has preguntado alguna vez por qué?
- Supongo que debo ser como una especie de probeta, llena de cosas horrendas. No puedo ser tan ordenada, fría y alejada de la realidad si no estoy llena de algo espantoso.

- Pero de todos modos, ¿no descansa en tu literatura la ansiosa búsqueda de una verdad que no se dice, que permanece obstinadamente oculta?
- Yo fui una niña muy cuidada. No vengo de una familia acomodada, pero mi casa era como un nido perfecto; todos nos amábamos en un mundo ideal donde no había frases ríspidas. Me criaron de una manera irreal: yo leyendo en la cama Tom y Huck y comiendo pan con leche condensada y leyendo Los tres mosqueteros y comiendo... ah, y jugando a la Marquesa, porque hasta los 15 años fui marquesa. El choque con la realidad fue tan terrible que aún no me repuse. Descubrí que los héroes no son como me los imagino, ni los muchachos lindos tampoco, que esa nube rosada en la que floto es mentira.
"Mariela ahora, a los 38 años, vive en un sistema robótico: soy un androide que me tengo que levantar a las seis de la mañana, coger una guagua a las seis y 30, trabajar todo el tiempo, cumplir con esto y lo otro, en la casa vigilar que no se pierda el agua, etc. No es que no me guste mi trabajo; por el contrario, yo he visto crecer esa empresa, es parte mía y me siento comprometida con ella. Nadie trabaja por dinero nada más. Pero uno tiene una cantidad de violencia adentro y de rabia y traumas y ver que la vida se te ha ido... ¿Qué tipo de cuentos tú crees que puedo escribir? ¿Qué final feliz puede tener algún cuento mío? Si justamente en la vida real me esfuerzo porque todo vaya bien, tengo que vengarme de alguna manera.
"Me pregunto además por qué la violencia viene a ser un sustituto de todo lo que uno se reprime. Yo me estrené como jurado recién en dos concursos y he visto que no soy la única obsesionada con el tema: Eso indica algo, mi amigo. Esos deseos de matar y destripar que tiene la gente no salen de la nada.

- ¿Con qué zona de la literatura cubana actual escrita por mujeres te identificas?
- Anna Lidia y Ena Lucía. Son muy distintas las dos, pero para mí ningún personaje de Ena está tan vivo como los de Anna Lidia. Las disfruto de maneras tan distintas... De antes, Aida Bahr y María Elena Llana. Casas del Vedado, de María Elena, me fascina, es un libro divino.

- Me cuentan que trabajas en tu primera novela.
- La novela se titula Las puertas de la perversión, por aquello del ensayo Las puertas de la percepción, de Aldous Huxley. Entonces defino siete puertas de la perversión, a través de una historia donde se superponen dos planos temporales totalmente opuestos (es una locura: yo digo que quien único va a leer esa novela soy yo, y la voy a disfrutar mucho). Porque a ver, ¿qué tiene que ver Frigia, en el siglo VIII antes de Cristo, con la Cuba de ahora?

- Tú sabrás...
- Tiene que ver. Uno busca conexión a lo que le interesa. Esa es una vieja obsesión mía por el asunto del mito de Cibeles y la orgía sangrienta para resucitar a Appis. Luego, resulta que los rockeros bailan como esa gente, como en un trasheo; lo dice Frazer en La rama dorada. La novela me sirve para trabajar la historia, aunque no pueda asumir una novela histórica como tal; pero hay tanto que conecta a ese mundo con este que no sé si voy a lograr fundirlos como quiero. Cortazar lo lograba en unas paginitas... Ya veremos.

Pregunten cómo sigue, por favor
Mariela Varona

Hoy vino su mamá a insultarme y tengo la cabeza a punto de explotar. Me dijo puta, sucia, descarada, que si no me daba vergüenza abusar así a mi edad; de qué edad habla ella si tiene casi la misma que yo y está toda acabada con pellejos y arrugas, y esa boca dura de gente que ha pasado por la vida como si llevara a cuestas una aplanadora. Después de todo la comprendo, a lo mejor si yo hubiera parido esa cosita dulce y blanca como la luna, no quisiera que nadie me la tocase, vigilaría sus pasos y sus relaciones como una gata furiosa; pero qué se puede hacer si en él los deseos son como planticas nuevas, creciendo cada día, y en mí son las hojas verdes que le salieron de pronto a un árbol seco. Yo no quería al principio pero se me iba la mirada hacia su piel de luna, y ese cuello que tiene con los ricitos del pelo marcándose como una enredadera, y su perfil exacto de pececito; su mamá me dijo que yo era una vieja pervertida, que me iba a acusar y seguro lo tenía loco con mis puercadas. Si ella supiera -pero no me dejó hablar, y gracias que sólo estábamos el Chino y yo, porque si alguien la oye me muero-, si ella supiera cómo se fue deslizando todo, de qué manera imparable se complicó la historia, cómo al principio estábamos en mundos tan distintos y el Chino y yo íbamos a sentarnos cerca de donde ellos oían música, y entonces fueron acercándose poco a poco -hoy uno, mañana dos- para oír cómo el Chino explicaba las cosas, que si tal grupo o tal cantante. A veces les brindábamos ron, y otras eran ellos los que brindaban; yerba no, nunca hubo porque habían salido las leyes nuevas y se había puesto muy difícil; y yo siempre fui para todos nada más que la jeva del Chino: no tenía voto ni nombre, y dedicaba mi anonimato a mirar su perfil y sus gestos, y a disfrutar la gracia de su risa que quería ser tosca como la de sus amigos, pero estaba llena de sus encías rosadas y sus dientes como de leche. Y cuando el Chino, que no tiene un pelo de bobo, insinuó que ya me estaba haciendo falta un hijo, me di cuenta de que sí, te estaba mirando siempre con ganas de abrazarte, y si te abrazaba sería bueno también besarte en el cuello, y por qué no, verte desnudo y tocar tu pene de bebé; empecé a asustarme porque eso era mucho más serio. Las charlas se fueron repitiendo y es verdad que te sonsaqué, y me acercaba a ti a propósito para entrar en tu órbita; cuando tú y tus amigos empezaron a pasar por casa yo tenía siempre un detalle especial para ti; usé la voz de sirena del Chino como cobertura, no lo niego, él los mantenía a todos atrapados entre un disco y otro con los datos precisos: fechas de grabación, conciertos en vivo, chismes entre bastidores, y cada encuentro me acercaba más a ti, que me mirabas a hurtadillas o parpadeabas asombrado con mis frases, porque no querías demostrar que eras un niño y fingías entenderlo todo. Y yo miraba tus piernas lindas, con vellos aún dorados, y pensaba en la lástima de ese cuerpo liso llenándose de pelos en pocos meses, era entonces cuando tu cuerpo estaba exactamente a punto; y el Chino explicaba cosas y ponía la música, y yo me las arreglaba para seguir atendiendo la conversación sin dejar de mirarte; tu mamá se cree que tuve la culpa de todo, pero no contó con tu edad y la testosterona, y los ríos de deseo que te corrían por todas partes y tu mirada hambrienta a las nalgas de las muchachas, y cree que es fácil detener las ganas de apretar un animalito joven y flexible, aunque luego haya que devolverlo a la selva y mirar cómo se aleja. Y cree que es fácil en una noche de borrachera tropezar con tu aliento en la oscuridad y reprimir las ganas de besarte; lo besé con terror y él me besó con ganas, y tratamos de que pareciera una broma pero no lo era, y me dije al diablo las convenciones: le pedí la llave de la casa al Chino y caminamos sin hablar hasta que cerramos la puerta, convirtiéndonos en una pareja más de las que esa noche jadeaban, lamían, besaban, rodaban por el suelo en esta mitad del planeta, alumbrada por la luna del mismo color de su piel; hubiera querido ser muy bella, al menos esa noche, para regalarle el conocimiento de lo mejor, pero es que después hubo muchas noches parecidas, y lo que yo sabía y quería enseñarle se me olvidaba por completo. Era él quien me enseñaba sin darse cuenta y me convertía en la misma niña de quince años que había sido, pero amada, mucho más que nunca por mí misma; qué boba su mamá pensando que tuve la culpa, ella no vio sus lágrimas de rabia cuando le dije que había que parar, porque al Chino había empezado a molestarle que descuidara otros compromisos y gastara tanto tiempo útil, y él, loco de asombro, dándose cuenta al fin de que el Chino lo había sabido todo, todo el tiempo, mucho antes de sucedernos algo real, y diciendo que entonces era un maricón y yo intentando explicarle nuestras ínfulas de bohemia europea, y lo bueno que era parar a tiempo para que yo no resultara herida por la visión del animalito salvaje, perdiéndose un buen día en la selva y dejándome atrás. Su mamá no sabe que cuando él se tomó todas esas pastillas lo que buscaba no era el suicidio, sino la alucinación de la que hablaban los amigos, y mi nombre en la pared atravesado por un cuchillo -espantosamente mal dibujado- no era un canto de amor ni mucho menos, era sólo un rito adolescente de condenación por haber traicionado su credulidad machista incipiente; pero quién le explica eso a una mujer que parió esa dulce cosita color de luna y lleva la vida con la amargura de quien carga una aplanadora.

 

La orquídea
Mariela Varona

El hombre la descuelga de la pared del balcón. Resopla como siempre: en él, resoplar equivale a un suspiro. Piensa en esta pobre orquídea, atada injustamente a un tronco artificial, y calcula el tamaño, número y grosor que tuvieran las hojas si, en lugar de este apartamento en un cuarto piso, tuviera él una casa con patio. Un patio lleno de árboles añosos, dignos de recibirla.
De la cocina llegan las voces de su mujer y la vecina, en un parloteo excitado y casi histérico. Ay, gran poder de Dios, siete añitos tenía nada más, y Marta le dijo que viniera derechito para acá arriba, que Alfonso lo iba a cuidar, y dice Alfonso que al ver que el niño no venía él bajó a su casa a buscarlo, y se encontró la casa cerrada, y pensó que Marta seguro había decidido dejárselo a la abuela, y... ¿Alfonso? Figúrate, se ha quedado medio idiota con esta desgracia, igual que yo, si ese niño era como hijo, o nieto de nosotros, tú lo sabes, y yo me imagino que ahorita vendrá la policía a preguntarnos...
El hombre ha llevado la orquídea hasta el baño. La apoya delicadamente en una pared de la poceta de la ducha, y aproxima el cubo con agua hasta el borde, que permite el equilibrio justo. Dentro del baño se siguen oyendo las voces, aunque amortiguadas por la escuadra de dos paredes de concreto. Sí hija, está siquiátrica, a base de pastillas la tienen. Imagínate, ella volvió de la calle a las dos de la mañana, y como el hijo se ha quedado aquí tantas veces, no quiso despertarlo a esa hora para llevarlo a su casa, creyendo la pobre que el angelito estaba dormido, y lo que estaba a esa hora era tirado allí...
La orquídea tiene dos hojas marchitas que el hombre trata de desprender del tallo. Una se le queda en la mano, pero la otra tiene aún algo de savia y se resiste a caer. La textura de las hojas, gruesas y brillantes, le recuerda la carne viva de un animal más que a las hojas de otras plantas. El hombre se sienta en la taza del inodoro, resoplando siempre, y sumerge en el cubo una jarrita que su mujer usa hace más de veinte años, para asearse. Se sorprende tratando de recordar desde cuándo desapareció el aseo nocturno de su mujer.
Es la voz de ella la que oye, subiendo de tono con acento dramático. Al que lo hizo debían caparlo, y dejarlo desangrándose hasta que la boca se le llenara de hormigas... Una criatura inocente, que no podía defenderse, ese fue un enfermo mental, seguro uno de esos borrachos que se pasan el día en la esquina de la bodega, con la botella, hay uno que es presidiario, con tatuajes, se le ve en la cara que es capaz de cualquier barbaridad, seguro que fue ese, lo vio venir solito y lo engatusó con cualquier cosa, los niños se van con cualquiera que les enseñe algo bonito, pobrecitos... Y Alfonso está destruido, figúrate que yo nunca pude parir y desde que cogimos confianza con Marta, ese niño ha estado más con nosotros que con la abuela de verdad...
El hombre saca la jarrita llena de agua del cubo y empieza a regar la orquídea, que refulge con su color venenoso en la penumbra. Se pregunta por qué lo del niño tuvo que suceder ahora, en este fin de semana, cuando todos los indicadores de su tranquilidad anunciaban calma. Hay que comprar los mandados, Alfonso. Los mandados comprados. Y consigue el dinero para la luz, porque el que me diste para la casa ya se gastó. La luz pagada. Y me haces el bendito favor de arreglar el fogón, que está goteando petróleo. El fogón arreglado. Y procura que cuando yo vuelva el reguero de piezas esté recogido. Las piezas del motor recogidas y empaquetadas. Y ve a casa de Mirna a devolver la batidora, que yo tengo que vivir pidiendo prestado porque a ti nunca te dio la gana de comprarme una batidora. La batidora devuelta. Y acuérdate de que Marta quiere que le cuides el niño el sábado, que va a salir.
Enciende la luz del baño y junta la puerta para espantar las voces. Aún así le llegan frases aisladas. Siete añitos y no tuvieron compasión, coño... Desnudo, lleno de sangre, tirado en el fango el pobre angelito... La doctora del consultorio estaba de guardia y lo averiguó todo en la morgue... En el fango, sí, en una cuneta que da para el río, detrás de la ladrillera... Lo encontró el viejito que soba, andaba buscando yerbas para cocimiento... Seguro que fue el presidiario, ¿quién va a ser si no? El único enfermo mental que hay por aquí es ese...
El hombre moja también, con el chorro que cae de la jarrita, el tronco artificial del que está prendida la orquídea. Sabe que en esas capas superpuestas de vieja materia vegetal queda guardada el agua en dosis minúsculas, que la orquídea irá chupando después, como un vampiro. Mira brillar las hojas, que siente tan vivas como él mismo, pero incapaces hasta ahora de dar una flor. Recuerda al niño de Marta tocando con la punta de los dedos esas hojas carnosas, cuando lo acompañaba en el ritual del riego.
La carne de sus mejillas no había que regarlas con agua para verlas brillar. En este mismo baño, una vez, Alfonso había vertido sobre el niño el agua tibia, con la misma jarrita, y su color no era venenoso, todo lo contrario: era un sano color de muchachito lindo, con ojos brillantes y labios bermejos, salpicando agua hacia todas partes, nunca inmóvil como una orquídea. Su piel espejeaba con todos los tonos del rosa, incluyendo la morbidez del malva debajo de las cejas. Eran los colores que imaginaba el hombre para la flor esperada, después de regar durante años aquella planta muda.
Pero ahora es lo de siempre: las hojas tersas y duras, como un puñado de cuchillos indígenas, tal vez de obsidiana. Ningún botón asomando entre ellas. Se ve a sí mismo, como tantas veces al atardecer, compartiendo con el niño su escondite secreto entre los árboles del río. Están sentados dentro de una vieja camioneta abandonada, cubierta de enredaderas y flanqueada por pilas de ladrillo viejo, y él escucha la charla del chiquillo mientras observa los árboles que no le pertenecen y los sueña cubiertos de orquídeas florecidas.
Levanta el falso tronco y espera a que toda el agua sobrante termine de resbalar por el tallo y las hojas, y se escurra por el tragante de la ducha. Luego lo sostiene con una mano y manteniendo la otra debajo, para recoger las gotas que siguen escapándose, saca la planta de la ducha y la lleva, arrastrando las chancletas, otra vez hasta su clavo en la pared del balcón. Al regreso, escucha la voz de la mujer despidiendo a la vecina y lanzándose sobre él inmediatamente. Ya estás otra vez con la bobería esa de la orquídea, en vez de estar vistiéndote para ir a ayudar a Marta, la pobre, y de ahí para el velorio; yo no sé cómo puedes ocuparte de esas idioteces con la desgracia del niño, y sabiendo que le hicieron eso porque venía para acá.
El hombre no responde nada. Vuelve al baño y cierra con cuidado la puerta, para que la mujer no sienta sonar el seguro. Pone el cubo y la jarrita en sus sitios de siempre, seca con la alfombra de los pies las gotas de agua que, a pesar de todo, cayeron al suelo, y se para frente al espejo que cuelga sobre el lavabo. Mira sus ojos gastados y oye la voz del niño sonando en sus oídos, repitiendo que no vaya a la casa, que es mejor encontrarse en el escondite del río, el único lugar seguro. Saca del bolsillo del pantalón la navaja de mango dorado, regalo de su padre, y comprueba el filo con la misma parsimonia del ritual del riego.

Mariela Varona Roque (Banes, 1964). Es Ingeniera en Control Automático. Trabaja en la empresa constructora de la industria eléctrica en Holguín. En menos de un año (2002) ganó el disputado premio de cuento de La Gaceta de Cuba y el David en la categoría de cuento. Tiene publicado El verano del diablo (Ediciones Holguín, 2003). Cuentos suyos aparecen en las selecciones de narradoras cubanas Caminos de Eva (Editorial Plaza Mayor, Puerto Rico) y Te con limón (Editorial Oriente, Cuba).

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