Mariela
Varona no es tan dura como parece en la foto de ahí
al lado. Muy al contrario, se sonríe por cualquier
cosa y tiende a la timidez. Resulta un animal raro
viviendo en ese apartamento que medio planeta ya conoce
como La Perrera, aunque no habiten en él más
que medio millar de libros, un puñado de posters
de rock y las dos gatas barcinas que Mariela y su
esposo Legón (más conocido por El Perro)
cuidan como familia. Todo en la estrechez de esa quinta
planta, desde cuya altura apenas se divisan los cajones
impersonales que son otros edificios idénticos
a este y la interminable llanura árida recorrida
por un remolino cargado de papeles y aroma a keroseno
que el viento caprichoso del traspatio de Holguín
provoca.
Desde tal ubicación resulta difícil
saber qué sucede allá abajo, en la Tierra.
Será por ello que el cuaderno de cuentos con
que Mariela ganara en la pasada edición del
Concurso David se titula Cable a tierra
y está plagado de historias humanas explícitas.
Ello resulta raro, pues nada en al vida de esta mujer
(aparte de su voracidad bibliófila) pareciera
vincularla a las faenas del escritor. Incluso su oficio
levanta sospechas: como ingeniera en Control Automático,
su ocupación son las líneas de alto
voltaje, los transmisores de carga y cosas por el
estilo.
Mas, su suerte es tener crítico a domicilio.
José Legón, su esposo, licenciado en
Historia y veterano rockero, crítico y hereje
erudito, la han hecho leerse todo Freud, Master y
Johnson y hasta a Gilles Deleuze. De tal suerte, Mariela
la escritora ha venido a salir a la luz apenas ahora,
después de un entrenamiento de gladiador que
igual no consigue que se tome la literatura demasiado
en serio (aunque, por ahora, no encuentre ocupación
que la haga más feliz), incluso a pesar de
los apagones, las inspecciones a su empresa o ese
premio inesperado de La Gaceta o del David.
-
En tu libro premiado impera la crisis de un tipo de
discurso literario tradicional y se exploran otros
modos de expresión. Vas como ensayando el agotamiento
de una forma de hacer, aunque sin conseguir textos
redondos. ¿Me equivoco?
- Yo no me puedo conformar con contar una historia
de la manera clásica. Si sigo viendo a Julio
Cortázar como un contemporáneo mío
jamás voy a escribir otra cosa. Por ello no
soporto esos cuentos que ganaron el David. Ya es imposible
para una persona de esta época seguir pretendiendo
contar la historia correcta, limpia, con una especie
de trampita para sorprender al lector al final...
- Pero lo más sorprendente es la obsesión
que impera en ellos por relatar sucesos violentos,
con ribetes sadomasoquistas, dichos además
desde una ingenuidad aparente que los hace el doble
de atroces. ¿De dónde vienen las perversiones
de tus cuentos?
- De un estudio de años del mundo marginal
holguinero y santiaguero (porque estudié en
la Universidad de Oriente) y pasé un año
en Hungría, cuando era adolescente. Yo soy
una persona que quiero saberlo todo, pero siempre
estar fuera. El Perro y yo estamos juntos hace 17
años y hemos conocido gente y hecho cosas,
pero también pasamos mucho trabajo para vivir
juntos. En el centro de la ciudad hay un café
que se llama Pico Cristal, que hoy es en divisa; pero
antes no. Ese era el centro de la mala vida holguinera.
Era allí donde recibíamos a los amigos,
nos dejábamos recados, porque cada uno vivía
por su lado o en cuartos alquilados, hasta que nos
dieron esto. Imagínate cuánta gente
conocí allí: como una señora
que me acompañaba hasta la parada galantemente
y me contaba su historia como para seducirme.
Y entonces daba terapia a parejas... Tengo suerte
para que la gente venga a contarme historias. Quería
probar si mi capacidad de paciencia, persuasión,
mi simpatía hacia la gente y sus problemas
era lo mismo para esos en apariencia diferentes a
los otros. Asere, y lo lograba. Era árbitro
de conflictos y entendí que no tenía
nada que ver con la orientación sexual de toda
esa gente el que me necesitaran como consejera. Y
aunque no he podido contar una de esas historias,
todo está aquí, archivado. ¿Tú
te imaginas cuánto me han contado?
-
Ni en sueños. Ahora, ¿cuándo
decidiste sacar esas historias de adentro?
- Antes escribía para dos o tres personas y
me especializaba en cuentos sobre comida. Uno de mis
textos más célebres en el mundo underground
de Holguín se titula El mantel mágico.
Ahora lo estoy reescribiendo, pero todavía
es impublicable. A la gente la gustaba cantidad...
- Entiendo entonces que te interesa proyectar los
deseos reprimidos de la gente...
- Exactamente.
- Incluso los más morbosos y terribles.
- Anjá.
- ¿Te has preguntado alguna vez por
qué?
- Supongo que debo ser como una especie de probeta,
llena de cosas horrendas. No puedo ser tan ordenada,
fría y alejada de la realidad si no estoy llena
de algo espantoso.
-
Pero de todos modos, ¿no descansa en tu literatura
la ansiosa búsqueda de una verdad que no se
dice, que permanece obstinadamente oculta?
- Yo fui una niña muy cuidada. No vengo de
una familia acomodada, pero mi casa era como un nido
perfecto; todos nos amábamos en un mundo ideal
donde no había frases ríspidas. Me criaron
de una manera irreal: yo leyendo en la cama Tom
y Huck y comiendo pan con leche condensada
y leyendo Los tres mosqueteros y
comiendo... ah, y jugando a la Marquesa, porque hasta
los 15 años fui marquesa. El choque con la
realidad fue tan terrible que aún no me repuse.
Descubrí que los héroes no son como
me los imagino, ni los muchachos lindos tampoco, que
esa nube rosada en la que floto es mentira.
"Mariela ahora, a los 38 años, vive en
un sistema robótico: soy un androide que me
tengo que levantar a las seis de la mañana,
coger una guagua a las seis y 30, trabajar todo el
tiempo, cumplir con esto y lo otro, en la casa vigilar
que no se pierda el agua, etc. No es que no me guste
mi trabajo; por el contrario, yo he visto crecer esa
empresa, es parte mía y me siento comprometida
con ella. Nadie trabaja por dinero nada más.
Pero uno tiene una cantidad de violencia adentro y
de rabia y traumas y ver que la vida se te ha ido...
¿Qué tipo de cuentos tú crees
que puedo escribir? ¿Qué final feliz
puede tener algún cuento mío? Si justamente
en la vida real me esfuerzo porque todo vaya bien,
tengo que vengarme de alguna manera.
"Me pregunto además por qué la
violencia viene a ser un sustituto de todo lo que
uno se reprime. Yo me estrené como jurado recién
en dos concursos y he visto que no soy la única
obsesionada con el tema: Eso indica algo, mi amigo.
Esos deseos de matar y destripar que tiene la gente
no salen de la nada.
- ¿Con qué zona de la literatura cubana
actual escrita por mujeres te identificas?
- Anna Lidia y Ena Lucía. Son muy distintas
las dos, pero para mí ningún personaje
de Ena está tan vivo como los de Anna Lidia.
Las disfruto de maneras tan distintas... De antes,
Aida Bahr y María Elena Llana. Casas
del Vedado, de María Elena, me fascina,
es un libro divino.
- Me cuentan que trabajas en tu primera novela.
- La novela se titula Las puertas de la perversión,
por aquello del ensayo Las puertas de la percepción,
de Aldous Huxley. Entonces defino siete puertas de
la perversión, a través de una historia
donde se superponen dos planos temporales totalmente
opuestos (es una locura: yo digo que quien único
va a leer esa novela soy yo, y la voy a disfrutar
mucho). Porque a ver, ¿qué tiene que
ver Frigia, en el siglo VIII antes de Cristo, con
la Cuba de ahora?
-
Tú sabrás...
- Tiene que ver. Uno busca conexión a lo que
le interesa. Esa es una vieja obsesión mía
por el asunto del mito de Cibeles y la orgía
sangrienta para resucitar a Appis. Luego, resulta
que los rockeros bailan como esa gente, como en un
trasheo; lo dice Frazer en La rama dorada.
La novela me sirve para trabajar la historia, aunque
no pueda asumir una novela histórica como tal;
pero hay tanto que conecta a ese mundo con este que
no sé si voy a lograr fundirlos como quiero.
Cortazar lo lograba en unas paginitas... Ya veremos.
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| Pregunten
cómo sigue, por favor |
| Mariela
Varona |
Hoy
vino su mamá a insultarme y tengo la cabeza
a punto de explotar. Me dijo puta, sucia, descarada,
que si no me daba vergüenza abusar así
a mi edad; de qué edad habla ella si tiene
casi la misma que yo y está toda acabada con
pellejos y arrugas, y esa boca dura de gente que ha
pasado por la vida como si llevara a cuestas una aplanadora.
Después de todo la comprendo, a lo mejor si
yo hubiera parido esa cosita dulce y blanca como la
luna, no quisiera que nadie me la tocase, vigilaría
sus pasos y sus relaciones como una gata furiosa;
pero qué se puede hacer si en él los
deseos son como planticas nuevas, creciendo cada día,
y en mí son las hojas verdes que le salieron
de pronto a un árbol seco. Yo no quería
al principio pero se me iba la mirada hacia su piel
de luna, y ese cuello que tiene con los ricitos del
pelo marcándose como una enredadera, y su perfil
exacto de pececito; su mamá me dijo que yo
era una vieja pervertida, que me iba a acusar y seguro
lo tenía loco con mis puercadas. Si ella supiera
-pero no me dejó hablar, y gracias que sólo
estábamos el Chino y yo, porque si alguien
la oye me muero-, si ella supiera cómo se fue
deslizando todo, de qué manera imparable se
complicó la historia, cómo al principio
estábamos en mundos tan distintos y el Chino
y yo íbamos a sentarnos cerca de donde ellos
oían música, y entonces fueron acercándose
poco a poco -hoy uno, mañana dos- para oír
cómo el Chino explicaba las cosas, que si tal
grupo o tal cantante. A veces les brindábamos
ron, y otras eran ellos los que brindaban; yerba no,
nunca hubo porque habían salido las leyes nuevas
y se había puesto muy difícil; y yo
siempre fui para todos nada más que la jeva
del Chino: no tenía voto ni nombre, y dedicaba
mi anonimato a mirar su perfil y sus gestos, y a disfrutar
la gracia de su risa que quería ser tosca como
la de sus amigos, pero estaba llena de sus encías
rosadas y sus dientes como de leche. Y cuando el Chino,
que no tiene un pelo de bobo, insinuó que ya
me estaba haciendo falta un hijo, me di cuenta de
que sí, te estaba mirando siempre con ganas
de abrazarte, y si te abrazaba sería bueno
también besarte en el cuello, y por qué
no, verte desnudo y tocar tu pene de bebé;
empecé a asustarme porque eso era mucho más
serio. Las charlas se fueron repitiendo y es verdad
que te sonsaqué, y me acercaba a ti a propósito
para entrar en tu órbita; cuando tú
y tus amigos empezaron a pasar por casa yo tenía
siempre un detalle especial para ti; usé la
voz de sirena del Chino como cobertura, no lo niego,
él los mantenía a todos atrapados entre
un disco y otro con los datos precisos: fechas de
grabación, conciertos en vivo, chismes entre
bastidores, y cada encuentro me acercaba más
a ti, que me mirabas a hurtadillas o parpadeabas asombrado
con mis frases, porque no querías demostrar
que eras un niño y fingías entenderlo
todo. Y yo miraba tus piernas lindas, con vellos aún
dorados, y pensaba en la lástima de ese cuerpo
liso llenándose de pelos en pocos meses, era
entonces cuando tu cuerpo estaba exactamente a punto;
y el Chino explicaba cosas y ponía la música,
y yo me las arreglaba para seguir atendiendo la conversación
sin dejar de mirarte; tu mamá se cree que tuve
la culpa de todo, pero no contó con tu edad
y la testosterona, y los ríos de deseo que
te corrían por todas partes y tu mirada hambrienta
a las nalgas de las muchachas, y cree que es fácil
detener las ganas de apretar un animalito joven y
flexible, aunque luego haya que devolverlo a la selva
y mirar cómo se aleja. Y cree que es fácil
en una noche de borrachera tropezar con tu aliento
en la oscuridad y reprimir las ganas de besarte; lo
besé con terror y él me besó
con ganas, y tratamos de que pareciera una broma pero
no lo era, y me dije al diablo las convenciones: le
pedí la llave de la casa al Chino y caminamos
sin hablar hasta que cerramos la puerta, convirtiéndonos
en una pareja más de las que esa noche jadeaban,
lamían, besaban, rodaban por el suelo en esta
mitad del planeta, alumbrada por la luna del mismo
color de su piel; hubiera querido ser muy bella, al
menos esa noche, para regalarle el conocimiento de
lo mejor, pero es que después hubo muchas noches
parecidas, y lo que yo sabía y quería
enseñarle se me olvidaba por completo. Era
él quien me enseñaba sin darse cuenta
y me convertía en la misma niña de quince
años que había sido, pero amada, mucho
más que nunca por mí misma; qué
boba su mamá pensando que tuve la culpa, ella
no vio sus lágrimas de rabia cuando le dije
que había que parar, porque al Chino había
empezado a molestarle que descuidara otros compromisos
y gastara tanto tiempo útil, y él, loco
de asombro, dándose cuenta al fin de que el
Chino lo había sabido todo, todo el tiempo,
mucho antes de sucedernos algo real, y diciendo que
entonces era un maricón y yo intentando explicarle
nuestras ínfulas de bohemia europea, y lo bueno
que era parar a tiempo para que yo no resultara herida
por la visión del animalito salvaje, perdiéndose
un buen día en la selva y dejándome
atrás. Su mamá no sabe que cuando él
se tomó todas esas pastillas lo que buscaba
no era el suicidio, sino la alucinación de
la que hablaban los amigos, y mi nombre en la pared
atravesado por un cuchillo -espantosamente mal dibujado-
no era un canto de amor ni mucho menos, era sólo
un rito adolescente de condenación por haber
traicionado su credulidad machista incipiente; pero
quién le explica eso a una mujer que parió
esa dulce cosita color de luna y lleva la vida con
la amargura de quien carga una aplanadora.
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|
| La
orquídea |
| Mariela
Varona |
El
hombre la descuelga de la pared del balcón.
Resopla como siempre: en él, resoplar equivale
a un suspiro. Piensa en esta pobre orquídea,
atada injustamente a un tronco artificial, y calcula
el tamaño, número y grosor que tuvieran
las hojas si, en lugar de este apartamento en un cuarto
piso, tuviera él una casa con patio. Un patio
lleno de árboles añosos, dignos de recibirla.
De la cocina llegan las voces de su mujer y la vecina,
en un parloteo excitado y casi histérico. Ay,
gran poder de Dios, siete añitos tenía
nada más, y Marta le dijo que viniera derechito
para acá arriba, que Alfonso lo iba a cuidar,
y dice Alfonso que al ver que el niño no venía
él bajó a su casa a buscarlo, y se encontró
la casa cerrada, y pensó que Marta seguro había
decidido dejárselo a la abuela, y... ¿Alfonso?
Figúrate, se ha quedado medio idiota con esta
desgracia, igual que yo, si ese niño era como
hijo, o nieto de nosotros, tú lo sabes, y yo
me imagino que ahorita vendrá la policía
a preguntarnos...
El hombre ha llevado la orquídea hasta el baño.
La apoya delicadamente en una pared de la poceta de
la ducha, y aproxima el cubo con agua hasta el borde,
que permite el equilibrio justo. Dentro del baño
se siguen oyendo las voces, aunque amortiguadas por
la escuadra de dos paredes de concreto. Sí
hija, está siquiátrica, a base de pastillas
la tienen. Imagínate, ella volvió de
la calle a las dos de la mañana, y como el
hijo se ha quedado aquí tantas veces, no quiso
despertarlo a esa hora para llevarlo a su casa, creyendo
la pobre que el angelito estaba dormido, y lo que
estaba a esa hora era tirado allí...
La orquídea tiene dos hojas marchitas que el
hombre trata de desprender del tallo. Una se le queda
en la mano, pero la otra tiene aún algo de
savia y se resiste a caer. La textura de las hojas,
gruesas y brillantes, le recuerda la carne viva de
un animal más que a las hojas de otras plantas.
El hombre se sienta en la taza del inodoro, resoplando
siempre, y sumerge en el cubo una jarrita que su mujer
usa hace más de veinte años, para asearse.
Se sorprende tratando de recordar desde cuándo
desapareció el aseo nocturno de su mujer.
Es la voz de ella la que oye, subiendo de tono con
acento dramático. Al que lo hizo debían
caparlo, y dejarlo desangrándose hasta que
la boca se le llenara de hormigas... Una criatura
inocente, que no podía defenderse, ese fue
un enfermo mental, seguro uno de esos borrachos que
se pasan el día en la esquina de la bodega,
con la botella, hay uno que es presidiario, con tatuajes,
se le ve en la cara que es capaz de cualquier barbaridad,
seguro que fue ese, lo vio venir solito y lo engatusó
con cualquier cosa, los niños se van con cualquiera
que les enseñe algo bonito, pobrecitos... Y
Alfonso está destruido, figúrate que
yo nunca pude parir y desde que cogimos confianza
con Marta, ese niño ha estado más con
nosotros que con la abuela de verdad...
El hombre saca la jarrita llena de agua del cubo y
empieza a regar la orquídea, que refulge con
su color venenoso en la penumbra. Se pregunta por
qué lo del niño tuvo que suceder ahora,
en este fin de semana, cuando todos los indicadores
de su tranquilidad anunciaban calma. Hay que comprar
los mandados, Alfonso. Los mandados comprados. Y consigue
el dinero para la luz, porque el que me diste para
la casa ya se gastó. La luz pagada. Y me haces
el bendito favor de arreglar el fogón, que
está goteando petróleo. El fogón
arreglado. Y procura que cuando yo vuelva el reguero
de piezas esté recogido. Las piezas del motor
recogidas y empaquetadas. Y ve a casa de Mirna a devolver
la batidora, que yo tengo que vivir pidiendo prestado
porque a ti nunca te dio la gana de comprarme una
batidora. La batidora devuelta. Y acuérdate
de que Marta quiere que le cuides el niño el
sábado, que va a salir.
Enciende la luz del baño y junta la puerta
para espantar las voces. Aún así le
llegan frases aisladas. Siete añitos y no tuvieron
compasión, coño... Desnudo, lleno de
sangre, tirado en el fango el pobre angelito... La
doctora del consultorio estaba de guardia y lo averiguó
todo en la morgue... En el fango, sí, en una
cuneta que da para el río, detrás de
la ladrillera... Lo encontró el viejito que
soba, andaba buscando yerbas para cocimiento... Seguro
que fue el presidiario, ¿quién va a
ser si no? El único enfermo mental que hay
por aquí es ese...
El hombre moja también, con el chorro que cae
de la jarrita, el tronco artificial del que está
prendida la orquídea. Sabe que en esas capas
superpuestas de vieja materia vegetal queda guardada
el agua en dosis minúsculas, que la orquídea
irá chupando después, como un vampiro.
Mira brillar las hojas, que siente tan vivas como
él mismo, pero incapaces hasta ahora de dar
una flor. Recuerda al niño de Marta tocando
con la punta de los dedos esas hojas carnosas, cuando
lo acompañaba en el ritual del riego.
La carne de sus mejillas no había que regarlas
con agua para verlas brillar. En este mismo baño,
una vez, Alfonso había vertido sobre el niño
el agua tibia, con la misma jarrita, y su color no
era venenoso, todo lo contrario: era un sano color
de muchachito lindo, con ojos brillantes y labios
bermejos, salpicando agua hacia todas partes, nunca
inmóvil como una orquídea. Su piel espejeaba
con todos los tonos del rosa, incluyendo la morbidez
del malva debajo de las cejas. Eran los colores que
imaginaba el hombre para la flor esperada, después
de regar durante años aquella planta muda.
Pero ahora es lo de siempre: las hojas tersas y duras,
como un puñado de cuchillos indígenas,
tal vez de obsidiana. Ningún botón asomando
entre ellas. Se ve a sí mismo, como tantas
veces al atardecer, compartiendo con el niño
su escondite secreto entre los árboles del
río. Están sentados dentro de una vieja
camioneta abandonada, cubierta de enredaderas y flanqueada
por pilas de ladrillo viejo, y él escucha la
charla del chiquillo mientras observa los árboles
que no le pertenecen y los sueña cubiertos
de orquídeas florecidas.
Levanta el falso tronco y espera a que toda el agua
sobrante termine de resbalar por el tallo y las hojas,
y se escurra por el tragante de la ducha. Luego lo
sostiene con una mano y manteniendo la otra debajo,
para recoger las gotas que siguen escapándose,
saca la planta de la ducha y la lleva, arrastrando
las chancletas, otra vez hasta su clavo en la pared
del balcón. Al regreso, escucha la voz de la
mujer despidiendo a la vecina y lanzándose
sobre él inmediatamente. Ya estás otra
vez con la bobería esa de la orquídea,
en vez de estar vistiéndote para ir a ayudar
a Marta, la pobre, y de ahí para el velorio;
yo no sé cómo puedes ocuparte de esas
idioteces con la desgracia del niño, y sabiendo
que le hicieron eso porque venía para acá.
El hombre no responde nada. Vuelve al baño
y cierra con cuidado la puerta, para que la mujer
no sienta sonar el seguro. Pone el cubo y la jarrita
en sus sitios de siempre, seca con la alfombra de
los pies las gotas de agua que, a pesar de todo, cayeron
al suelo, y se para frente al espejo que cuelga sobre
el lavabo. Mira sus ojos gastados y oye la voz del
niño sonando en sus oídos, repitiendo
que no vaya a la casa, que es mejor encontrarse en
el escondite del río, el único lugar
seguro. Saca del bolsillo del pantalón la navaja
de mango dorado, regalo de su padre, y comprueba el
filo con la misma parsimonia del ritual del riego.
Mariela
Varona Roque (Banes, 1964). Es Ingeniera
en Control Automático. Trabaja en la empresa
constructora de la industria eléctrica en Holguín.
En menos de un año (2002) ganó el disputado
premio de cuento de La Gaceta de Cuba y el David en
la categoría de cuento. Tiene publicado El
verano del diablo (Ediciones Holguín,
2003). Cuentos suyos aparecen en las selecciones de
narradoras cubanas Caminos de Eva
(Editorial Plaza Mayor, Puerto Rico) y Te
con limón (Editorial Oriente, Cuba).