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Durante
2002, la editorial Plaza Mayor incluyó en su
valiosa Colección Cultura Cubana el volumen Virgilio
Piñera: La memoria del cuerpo, compilación
de textos antologados por la profesora de literatura
de la Universidad Interamericana de Puerto Rico y autora
de varios estudios acerca de escritores como José
Lezama Lima y Reinaldo Arenas, Rita Molinero. Son 33
las visiones que alrededor del Virgilio cubano vierten
igual número de ensayistas, quienes advierten,
en su conjunto, la cualidad inagotable de la poética
de nuestra "oscura cabeza negadora". De entre
todos, La isla en peso reproduce el texto "Piñera
inconcluso", de José Quiroga.
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| Piñera
inconcluso
José Quiroga
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La
obra de Virgilio Piñera no admite indiferencias.
Produce cómplices o antagonistas, nunca lectores
neutros. Esta pasión sorprende porque Piñera
es un autor que más bien distancia al lector
en casi todos sus relatos, sus obras de teatro y su
poesía. En la mayoría de los casos,
Piñera es el frío observador de la realidad.
Pero algo en esa misma frialdad provoca la imposibilidad
de permanecer indiferente a esta obra, llegando al
punto de incomodar.(1) Esa incomodidad
se siente desde el intento de boicot por parte de
jóvenes católicos a su obra La boda
(1958) hasta los diez años finales en los que
el autor se encontró a sí mismo silenciado
por el nuevo ambiente revolucionario.(2)
Más que por lo que "dice", tal vez
la obra empieza a incomodar porque habla en demasiados
registros, como si se travistiera continuamente, y
quisiera desafiar a todo aquel que intente fijarlo
en uno solo. Como obra, la de Piñera es todo
dispersión: teatro, cuentos, artículos
periodísticos, poesía. Su nombre es
más bien firma que unifica y controla ese universo
desparramado. Su poema extenso La isla en peso
(1943) hay que asociarlo más a Emilio Ballagas
y a Aimé Césaire que a Juan Ramón
Jiménez (el modelo de turno en su momento);
su novela La carne de René está
más cerca de Witold Gombrowicz y Enrique Labrador
Ruiz que de José Lezama Lima.(3)
Sus Cuentos fríos mucho le deben
a Kafka y anticipan a lonesco, desconectándose
así de la tradición imperante en la
cuentística insular de su momento. Hasta su
teatro trabaja con dos modelos: el de Tenessee Williams,
como en Aire frío, o el griego, como
en Electra Garrigó.(4)
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La
familia Piñera en 1959.
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Más
que de un autor, de lo que hay que hablar aquí
es de la "lengua" de Virgilio, como señala
Antonio José Ponte, de una forma de hablar
que se despliega durante mas de treinta años
en la literatura cubana. Traspasa toda la elaboración
de lo cubano formulada por José Lezama Lima
en Espuela de plata y en Orígenes,
y a su vez toda la historia visible de la revolución
cubana del 1959, para finalmente aparecer -o re-aparecerá
en el momento cultural cubano que se inicia a partir
del derrumbe del campo socialista de finales de la
década del ochenta, cuando las estructuras
económicas, políticas y sociales cubanas
parecen venirse abajo y Cuba queda sola sin ningún
sentido de dirección en cuanto al futuro de
su revolución.(5)
El rescate del pasado nunca es inocente, y en este
caso lo es menos aún. Porque precisa que este
autor se fije en términos de la relación
entre significante y significado, y obliga a fijar
la obra en un registro, fijación que la obra,
siempre, parece rechazar. La complicidad y el antagonismo
implican una relación de culpa, mientras que
la indiferencia puede más bien resultar ser
una variante de la sublimación. Piñera
siempre quiso afectar, crear un efecto, efectuar una
salida que desvirtuase y confundiera a los espectadores,
que se ven a sí mismos en la posición
de compaginar significante y significado, vida y obra,
realidad o deseo. La "sobrevida" de Piñera
a partir de su muerte física es la primera
línea que quiere abordar este ensayo.
La segunda línea es complementaria a la primera.
Si en primer lugar me interesa fijar los estadios
por los que pasa la revaloración de Piñera
en el discurso cubano, me interesa también
abrir de nuevo la obra mas allá de sus posibles
clausuras. En otras palabras, este ensayo quiere volver
a otro momento; rescatar la obra en cuanto obra abierta,
como obra que se resiste a la clausura. En la primera
parte hablo del pasado prometido por el futuro después
de la muerte; en la segunda, me concentro en el volumen
publicado en Cuba en 1990, titulado Teatro Inconcluso.
Mas allá de las características de la
edición en sí, que de todas maneras
he de examinar más adelante, me parece mas
importante el gesto de "inconclusión"
de esa obra: proyectos que nunca se llevaron a cabo,
piezas de teatro que el autor mismo consideró
tal vez que no podía terminar, fragmentos de
proyectos que en determinado momento el autor consideró
abocados al fracaso. El gesto piñeriano que
aquí se busca no es el de completar esa obra.
Es mas bien examinar las formas en las que, más
allá del discurso del rescate, la obra de Piñera
pueda quedar incompleta.
En los años noventa, mientras el discurso cultural
cubano trata de sentar las bases para guiar a la nación
en una época nueva, la obra de Piñera
se exhibe como ejemplo. Esto resulta irónico,
porque esta es una obra hecha de fatalidades que no
proponen salida alguna a los problemas de la "nación"
cubana, excepto la teatralidad y la simulación.
En gran parte de los cuentos y novelas de Piñera,
pienso en su espectacular cuento La caída
y en La carne de René, el ser no se
observa sino que ofrece su sacrificio como espectáculo.
En un sistema cerrado, parece decirnos Piñera,
el que se rinde es el que domina. No hay salvación,
y por eso, hay que reírse. La supuesta lección
"moral" de este paradigma todavía
queda por discutirse. Por eso es importante no discutirlo,
y pasar a distinguir las etapas por las que pasa la
papelería de Piñera en el tránsito
que va del papel a la obra.
Inédito
Piñera
La
sobrevida de Virgilio Piñera pasa por dos momentos
a partir de la década del ochenta tanto en
Cuba como en el exterior. De hecho, el proceso comienza
en el exterior, y esto es importante consignarlo de
entrada. A principios de los años ochenta,
la editorial Alfaguara de España lanza varios
textos piñerianos: una colección de
Cuentos (1983), la novela La carne de
René (1985) y una edición de Pequeñas
maniobras publicada en un mismo volumen con Presiones
y diamantes (1986). En las últimas dos
los derechos de la obra pertenecen a los "Herederos
de Virgilio Piñera", sin que haya ninguna
indicación para Cuentos o para La carne
de René. Para los lectores fuera de Cuba
esta fue la primera aparición, o digamos, reaparición,
de la obra de un autor olvidado. Hago hincapié
en la palabra "reaparición" ya que
para el público hispanoparlante una primera
intervención de Piñera fue la edición
de cuentos titulada El que vino a salvarme
publicada en la Argentina por la Editorial Sudamericana
en el 1970, con un prólogo de José Bianco
titulado "Piñera, narrador". De la
Editorial Sudamericana, recordemos que es la primera,
antes de las de Alfaguara, que tiene en la portada
un cuadro de Edward Munch. Desde la óptica
de los editores, Piñera está dentro
del campo expresionista vienés de fin de siglo
diecinueve y de principios del veinte. El Piñera
que aparece aquí es ante todo un crítico
mordaz de la sociedad, como consta en la nota que
Bianco coloca en la contratapa del libro, que cito
in extenso a continuación:
"Me
pregunto si los factores externos y las circunstancias
históricas son decisivas en todo un linaje
de escritores ilustres al cual pertenece Virgilio
Piñera. ¿Es que no están destinados
al aislamiento y al rechazo por el carácter
peculiar de su obra? No buscan halagar al lector dándole
del mundo y de su propia fuerza una visión
optimista, reconfortante. Dejan de la vida un testimonio
que el lector acepta, a la larga, rendido por la fascinación
del talento literario, pero esa fascinación
consiste en mostrarle los aspectos implacables de
su condición de hombre que por comodidad o
pusilanimidad trataba de ignorar o soslayar. Ni siquiera
le procuran el equívoco placer del "suave
mari magno", porque también se siente
acosado por las alas y arrastrado al vórtice
del torbellino. La habilidad narrativa, el humorismo,
el tacto, la sorpresa, la gracia, lo han llevado a
enfrentar y asumir su realidad con esa especie de
extraña locura que es una forma de lucidez."
La,
al parecer, inocua declaración inicial de Bianco
parece estar escrita en código para aquellos
que puedan leer entre líneas. Se habla en primer
lugar de un "linaje de escritores ilustres"
como si fuera una velada marca de cierta sociedad
secreta que se dedica a confrontar al lector con los
síntomas ocultos de un entorno social. Pero
lo importante aquí es que para Bianco, el Piñera
olvidado es un crítico casi expresionista.
Sus exageraciones son casi de índole pictórica,
deformaciones más bien, que buscan insistir
en un elemento social grotesco que se haya siempre
casi a flor de piel, aunque oculto. Bianco no hace
ninguna referencia a la situación cubana del
momento, sin duda porque la obra se publica cuando
Piñera todavía estaba vivo y había
acabado de publicar su colección de poesía.
Bianco se encuentra con Piñera en 1961 en La
Habana y lo lleva hasta la casa de su padre. Sin que
haya referencias directas, resulta obvio, sin embargo,
que todo este trasfondo kafkiano en el que se contempla
la obra de Piñera es parte de un lenguaje codificado,
que presenta a Piñera casi con los matices
de un humorismo gris.
Las contratapas de las ediciones de Alfaguara ya empiezan
a mostrar sucesivos estados en esa "fijación"
del significante Piñera, y se distinguen ambas
de la óptica crítica que había
tornado Bianco en su prólogo, titulado "Piñera,
narrador". La edición de Cuentos
y la de Presiones y diamantes, venden a un
Virgilio Piñera relativamente opaco. Se insiste
en el hecho de que Piñera perteneció
a Orígenes, que se asoció con
Lezama Lima, Eliseo Diego, y con Cintio Vitier. Se
le asocia con Jorge Luis Borges y discretamente se
indica que "En 1958 regresó a Cuba, donde
residió hasta su muerte". La nota de Presiones
y diamantes presenta otras variantes e inicia
otra línea crítica para la obra. Por
un lado, rescata los contextos dostoyewskianos de
las novelas cortas de Piñera, las localiza
dentro de la corriente de "humor negro"
y señala que en ambas piezas se representan
"uno de los momentos más altos de la literatura
cubana".
Sin embargo, el espacio que media entre 1983, el año
de la publicación de Cuentos por Alfaguara,
y 1985, año de la publicación de La
carne de René, comprueba que los parámetros
en torno a Piñera han cambiado. Digamos más
claramente que estos parámetros cambian entre
los años 83 y 85, pero no en 1986. En esta
posterior edición, ya se insiste en inscribir
a Piñera dentro de cierto canon conocido para
los lectores hispanoparlantes, tal vez aquellos que
sean simpatizantes de la revolución. La nota
dice "Junto con Lezama Lima y Alejo Carpentier,
Virgilio Piñera se sitúa en la asombrosa
cima de una literatura igualmente asombrosa: la cubana."
Inmediatamente, sin embargo, se insiste en que Piñera
es el menos estudiado de los tres y da razones concretas
para este olvido: "No es extraño que la
fuerza de su crítica, unida a sus dificultades
con la burocracia cubana y a su condición de
homosexual, favorecieran el silencio en torno a su
obra, silencio que le acompañó hasta
su muerte, en 1979". Aquí ya, y por primera
vez en una operación de mercadeo editorial,
se hace plena la identificación de Piñera
con la disidencia, con el rechazo, y con la política
asfixiante de la revolución cubana. ¿A
qué obedece este cambio?
Las razones hay que buscarlas en la obra de la revista
Mariel, dirigida por Reinaldo Arenas, Reinaldo
García Ramos, y Roberto Valero. Mariel fue
algo más que una revista editorial que le dio
voz a aquellas personas que habían vivido en
Cuba y que tuvieron que salir durante el Éxodo
del Mariel. En su momento, Mariel fue una
de las intervenciones mas importantes que se dio dentro
del campo de la literatura cubana en el exterior desde
1959. En principio, fue la revista que aglutinó
a la primera generación revolucionaria propiamente
dicha, y que llegó para "desbancar"
a otra serie de revistas que se venían publicando
en el exterior anteriormente, como Noticias de Arte,
dentro del contexto creado a partir de los eventos
de 1980. Pero Mariel hay que verla, ante
todo, como una praxis política. Representó
una labor de rescate y un puente polémico,
contestatario. Reunió y dividió a una
generación que había vivido bajo la
revolución socialista, y a otra generación
que se había criado en el exilio. Fue una revista
de disidencias y una revista de incidencias. Abrió
las puertas a una visión de la cultura cubana,
otra, en la que coexistían rescates de figuras
iconoclastas y hasta mal leídas dentro y fuera
de Cuba, Carlos Montenegro, Poveda, Lydia Cabrera,
entre otros.(6)
Cuando en el verano de 1983 los editores de Mariel
le dedican su sección homenaje a la obra de
Piñera, se rompe el silencio en torno a esta
obra. Mariel publica íntegro el texto
de La isla en peso, seguido de un ensayo
de Reinaldo Arenas titulado "La isla en peso
con todas sus cucarachas", un ensayo delirante
y lúcido a la vez, que ofrece no solo una lectura
cabal del poema sino también una visión
de Piñera como ser perseguido a la vez que,
en el inimitable estilo de Arenas, se hace una narrativa
escalofriante del entierro del autor.
La publicación en Mariel marca el
ingreso en el discurso literario del Piñera
"inédito", y define el giro que toma
la obra de Piñera desde ese momento en adelante.
Ya aquí aparecen asociados el homosexualismo,
la disidencia y el silencio que rigen la sobrevida
de Piñera. Recordemos el "estado de cosas"
para un lector más o menos interesado en la
cultura cubana en aquellos momentos. En la cultura
literaria de "exportación" cubana
se seguían barajando los grandes nombres de
Guillén, Carpentier, Lezama, Retamar, y Barnet
o Morejón como miembros de la primera generación
revolucionaria. El Diccionario de Literatura Cubana
constataba de Piñera la colección de
poesía La vida entera, publicada diez
años antes de su muerte, sin ninguna otra información.(7)
En rigor, y faltando los datos internos para comprobar
lo contrario, la fortuna crítica de Piñera
empieza a cambiar desde fuera. Es a todas luces un
acto de política cultural migratoria que empieza
en el exterior con la generación del Mariel
y que se beneficia, en segundo grado, de la atención
que se le presta a la homosexualidad en "Conducta
impropia" (1984), el film de Orlando
Jiménez Leal que pone el asunto de la homosexualidad
en el centro del debate que en aquellos años
existe sobre Cuba. (8) A su vez,
la revista Mariel publica un dossier
completo sobre la homosexualidad en Cuba, junto con
ensayos y debates que se ventilaban en esos mismos
anos por la izquierda y la derecha fuera de la isla.(9)
Es así como el significante Piñera comienza
a girar en torno a estos dos espacios, la disidencia
interna cubana y el asunto de la homosexualidad.(10)
Insisto en este rescate desde fuera porque señala
ya una "diasporización" de los resortes
y mecanismos de la cultura cubana, el inicio de una
nueva etapa que llega hasta nuestros días,
en el que se puede hablar de un aparato editorial
cubano que produce escritores que viven en la isla
pero son publicados "en el exterior" y se
citan en revistas obras de escritores cubanos que
en un momento fueron marginados y que aún no
se han publicado en Cuba. Este nuevo mundo editorial
comienza con el rescate de Piñera en la década
del ochenta. En este momento, comienzan a aparecer
textos de Piñera en el exterior, textos que
aparecen con poco aparato crítico y, verdaderamente,
sin ningún tipo de explicación en cuanto
a su aparición misma. Sucede así con
Una caja de zapatos vacía, publicada
en Miami en 1986 por la Editorial Universal con una
pequeña nota y un ensayo de Luis F. González-Cruz.
En la nota, González-Cruz habla imprecisamente
del hecho de recibir materiales inéditos a
raíz de su correspondencia con Piñera,
e insiste, en las líneas finales de su estudio,
en el hecho de que la obra de Piñera ha sido
silenciada en Cuba, aunque "fuera de Cuba...
las repercusiones de su producción han sido
profundamente sentidas por muchos de los dramaturgos
y cuentistas cubanos de las generaciones más
jóvenes", una alusión casi directa
a la labor de rescate llevada a cabo por la generación
del Mariel. (11) A su
vez, una obra de Piñera aparece en la revista
Escandalar en un volumen titulado "La
otra Cuba" y también sin ningún
tipo de explicación, o poco aparato crítico.
Se trata del fragmento de una supuesta pieza teatral
inconclusa e inédita, titulada de Un arropamiento
sartorial en la caverna platónica.
Ya con la publicación de estas dos piezas entramos
en el terreno del Piñera "inédito",
aunque en rigor habría que hablar del Piñera
"re-editado", y empieza a crearse la leyenda
de que gran parte de esta obra todavía queda
sin publicar y se encuentra escondida en cajas y cajas
de materiales que yacen en algún depósito
de La Habana. El asunto central aquí es que
ya para mediados del ochenta, comienza a gestarse
una lucha silente por el recuerdo de Piñera.
En esta disputa comienzan a barajarse los nombres
con los que estará asociada esta obra en el
futuro y a su vez se fijan los significados con los
que se verá aliada, particularmente el tema
de la represión y del homosexualismo. Ambos
ya son descritos abiertamente en el conocido ensayo
de Guillermo Cabrera Infante, "Vidas para leerlas",
que aparece en la revista Vuelta en la década
del ochenta.
La sobrevida de Piñera se convierte en una
lucha en cuanto al contexto de recepción para
su obra. Seis años después de su publicación
en España, en 1988 aparecen en ingles los
Cuentos fríos de Piñera, en traducción
de Mark Schafer, por Eridanos Press. El "copyright"
de la edición es de 1987 y, según consta
en la edición misma, lo tiene Estela Piñera.
Mark Schafer, quien viaja a Cuba, se entrevista con
la familia de Piñera, de la cual obtiene ayuda.
La casa editorial comete, sin embargo, un faux
pas: para el prólogo escoge a Guillermo
Cabrera Infante, y este, en unas breves tres o cuatro
páginas se encarga de situar a Piñera
en la lista de escritores reprimidos y no publicados
por el sistema cubano. (12)
Según informaciones de primera mano y entrevistas
en Cuba y en el exterior, esta re-escritura de Piñera
como escritor rebelde no gustó en lo absoluto
a los funcionarios culturales cubanos, quienes usaron
de toda persuasión posible para alentar a la
familia Piñera a demandar a Eridanos por objeto
de derechos de autor, si esta no retiraba la edición
con el prólogo de Cabrera. Por consiguiente,
se llegó a un acuerdo mediante el cual la casa
podía publicar la obra de Piñera siempre
y cuando la persona encargada de presentar al escritor
no fuera Cabrera Infante, sino Antón Arrufat,
quien era el verdadero albacea de los papeles de Piñera.
La amenaza de demanda sería retirada siempre
y cuando la editorial se encargase de destruir las
copias remanentes de la edición, las cuales
fueron vendidas a remate por aquellos años,
tras mensajes desesperados tanto del editor como del
traductor, instando a todos los interesados a comprar
a como fuera lugar las copias que sobraban. Es así
como el proyecto editorial de Eridanos Press prosigue,
con la publicación de la traducción
de Schafer de La carne de René en
el 1989, en la que los dueños del copyright
de 1985 esta vez son la familia completa de Piñera
que aún residía en Cuba (Juan Piñera
Lleras, Luisa Piñera Lleras, Yadira Piñera
Concepción, José Manuel Piñera
Lleras). Se le encarga entonces la introducción
a Antón Arrufat, introducción en la
que no se habla, en lo absoluto, de las vicisitudes
que sufre la vida y la obra de Piñera en la
revolución durante los años setenta.(13)
Rescato la intra-historia de estas traducciones y
re-ediciones por dos razones. En primer lugar, porque
el silencio de Piñera era un significante abierto,
un gesto teatral que, en algún momento, iba
a pedir otro gesto teatral que lo completara, que
fijara ese silencio, esa disidencia no-dicha, no-escrita,
esa confesión del silencio en otra cosa. En
los años ochenta, la disidencia de Piñera
ocurría por y desde el silencio. En segundo
lugar, porque ese rescate coincide con un momento
histórico cubano en el cual los límites
y el alcance de esa disidencia necesitan ser de cierta
manera controlados, de la misma manera en la que se
hace necesario controlar los eventos que amenazan
la solidaridad externa e interna de la revolución.
Esos rescates corresponden a un momento previo a la
salida masiva, en los años noventa, de ediciones
que tomaran nota del papeleo inédito que todavía
quedaba de Piñera en La Habana. Asistimos aquí,
en todo caso, a un acto de control previo a la aparición
de "el fantasma de Virgilio" a finales de
la década del ochenta. Una vez situados los
parámetros de esa disidencia, la obra de Virgilio
posibilita la apertura de un discurso en torno a la
represión del pasado, y puede a su vez movilizarse
como signo de disidencia en el difícil presente
de la revolución.
A falta de información acerca de cómo
se mueve el discurso cultural cubano, cómo
se decide la edición o re-edición de
libros, qué criterios se utilizan, de qué
manera se combina la aparición de un libro
junto con los comentarios que de ese libro pueda haber
en revistas especializadas o de gran tirada, qué
papel cumple la UNEAC a la hora de planificar lanzamientos
editoriales, lo cierto es que Piñera es una
ficha de ajedrez, un filtro mediante el cual se pueden
empezar a decir cosas que antes no habían sido
dichas. (14) Lo que sí
es cierto es que la apertura de esos cajones aparece
asociada con conmemoraciones como el cincuentenario
de Orígenes, el centenario de Julián
del Casal, el congreso dedicado a Ciclón
en La Habana, y el Festival de Teatro de La Habana.
La pugna aquí, inscrita en el mismo presente
de lo que más tarde pasa a llamarse el "Período
especial en tiempos de paz" es una pugna por
el pasado que aparece escrito todavía a media
voz, casi a media tinta. Es eso lo que nota un lector
agudo como Antonio José Ponte al reseñar
el volumen de Antón Arrufat para la revista
Unión: Ponte se extraña de
que todavía en las memorias de Arrufat, la
crítica literaria ceda su espacio a las memorias
y se queja, con justa razón, del hecho de que
aparezcan tan pocos detalles sobre Piñera en
este libro.(15)
Pero sorprende a su vez otro aspecto que señala
otro detalle importante marcado por la reaparición
de la obra de Piñera: en gran medida se crea
un consenso, tanto adentro como afuera, por primera
vez, en torno a la historia reciente del mundo cultural
cubano. Tanto la Cuba diasporizada como la Cuba insular
unánimemente se ponen de acuerdo en señalar
lo que ya se sabía desde hace tiempo: la cultura
cubana de los años setenta fue dura y represiva.
Veinte o treinta años después, hace
falta marcar el común consenso que esto implica.
Para llegar a este consenso, a este momento de común
acuerdo por encima de las divisiones creadas por la
política y la ideología se necesitaron
varias décadas de historia y se necesitó
también crear el copyright, como marca
y factura originarias, para esa obra. De ahí
en adelante se puede crear un consenso, se puede lograr
una canonización que apele ya no solo al universo
insular sino a la diáspora, y puede pasarse
ya al rescate pleno.(16)
La historia parece ya haber concluido, Piñera
accede finalmente al reino del canon.
Inconcluso
Piñera
sabía cómo empezar sus textos, lo que
no sabía era cómo terminarlos. El exceso
barroco de su prosa no está en el estilo recargado
sino en el recargar incidentes. José Bianco
ya lo nota en su prólogo, "Piñera,
narrador": "Juega con las ideas hasta que
sus últimas prolongaciones dan la impresión
de abolir las ideas que manejó al principio"
(17) Piñera es quien relata
un cuento en el que la acción se extiende al
detenerse (por ejemplo, en "El álbum",
o en "La gran escalera del Palacio Legislativo").
Los principios son por lo general cortados de un mismo
patrón: inicio casi banal, cotidiano, confusión
que genera un error que es el resorte por medio del
cual se mueve la obra. Los finales son a su vez (y
a la vez) estruendosos por su misma banalidad. La
carne de René se deshace en una secuela
de complicaciones en las que Piñera se excede
en la lógica absurda y delirante que estira
su novela. El final no es tanto el principio de otro
texto posible sino el agotamiento. El texto se rinde
porque el final del texto representa un acto de sumisión:
todo tiene su final.
La edición del Teatro inconcluso que
se publica en Cuba en el 1990 corre a cargo de Rine
Leal, quien a su vez aporta un prólogo con
tres objetivos: primero, habla del recuerdo que Leal
tiene de Piñera, luego contextualiza su obra
en la producción teatral cubana, en particular
durante los años setenta, para luego explicar
que el papeleo publicado en esta edición se
compone de "piezas no terminadas, planes sin
finalizar, fragmentos que su muerte impidió
rehacer o destruir o completar" (p. 13). En gran
medida, lo que tenemos son más o menos "works
in progress", algunas de las piezas no tienen
título, sin que se sepa verdaderamente si son
bosquejos de otras obras completadas de otra forma
o si más bien son intentos que se agotan en
el acto mismo de tratar de escribirlos. Aunque Leal
admite la dificultad en datar los textos, su conocimiento
de la obra de Piñera en conjunto, además
de su conocimiento de primera mano del teatro cubano
desde el periodo pre-revolucionario, lo llevan a datar
las obras inconclusas más bien durante los
años setenta.
Hay siete piezas en esta edición, algunas que
carecen de título original como "Las siamesas"
,"Milanés", "El ring",
"Pompas de jabón". Hay otra que tiene
título y subtítulo, "Inermes. Tragedia
de la vida actual", y finalmente el que es al
parecer el último texto escrito por Piñera,
"¿Un pico o una pala?", que insinúa
Leal es el texto que deja Piñera en su maquina
de escribir al momento de morir.(18)
Hay textos, como "El ring" (recordemos
que no hay titulo original en las cuartillas que deja
Piñera) que muestran obvias relaciones con
otras obras, en este caso con La noche de los
asesinos, de José Triana. Hay otros proyectos
de los cuales quedan solamente ocho cuartillas, como
"Pompas de jabón". Hay dos en los
que el tema de la "unidad de los opuestos"
se presenta en términos parecidos a su mismo
tratamiento en otras zonas de la obra piñeriana
("Las siamesas" y "¿Un pico
o una pala?") y hay una obra "histórica"
sobre Milanes que mas bien trata de descifrar el mundo
interno del poeta cubano del siglo XIX, y cuya elaboración
y contexto se relatan detalladamente en las memorias
que Anton Arrufat publico en torno a sus relaciones
con Piñera.(19)
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Con
sus colegas de Lunes de Revolución,
en 1961. De izquierda a derecha, Isabel
Monal, Gilda Hernández, Virgilio
Piñera, Adolfo de Luis, Antón
Arrufat y Pablo Armando Fernández.
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En
ocasiones, como señala Leal en relación
a "El viaje" y a "¿Un pico o
una pala?" se hace difícil leer el manuscrito.
La primera, una obra que según Leal "prometía
en su elaboración final" y que según
él es una versión de otra obra piñeriana,
titulada "Los mirones", se compone de 15
cuartillas mecanografiadas, pero tan llenas de tachaduras
y añadidos que se hace difícil distinguir
cuales son las partes suprimidas. La numeración
de las páginas es irregular, ya que hay números
suprimidos y el orden lógico de la obra misma
es a veces confuso: "el dramaturgo que observa
la acción aparece indistintamente como psiquiatra,
como viajero, y al final asume el nombre de Rami"
(p. 29). Ya esto de por sí parece dar cabida
a toda una serle de chistes piñerianos.
El manuscrito de "¿Un pico o una pala?"
también presenta problemas; son trece cuartillas
mecanografiadas, a su vez con tachaduras y enmiendas,
que parecen corresponder al inicio de la obra, mas
unas quince páginas manuscritas que parecen
ser parte del primer acto o del segundo. Y si la escena
misma de escritura parece haber sido caótica,
igual de confuso parece haber sido el intento de ordenar
estos papeles para "intentar descubrir el hilo
conductor del texto". Las tachaduras se complementan
con otras secciones que se repiten. Hay secciones
que aparecen al dorso de la página en cuestión,
sin que se pueda decir con exactitud que esos segmentos
pertenecen a la obra o no. En vista del aparente caos
que presenta el manuscrito, Leal optó por una
solución que podríamos clasificar de
muy "piñeriana": para tratar de producir
un texto claro y coherente, elimino dos cuartillas
y media manuscritas que están tachadas en los
papeles originales y que a su vez se repiten a lo
largo de la obra (p. 37).
No me interesa desautorizar en lo absoluto a Leal
en su labor paciente. Me parece mucho más significativo
ver esa labor como un pequeño infierno piñeriano,
como si ésta fuese la trama misma de uno de
los Cuentos fríos en los que el intento
por ordenar algo siempre produce su opuesto. Es obvio
que la posición de Leal ya queda prefigurada
por el papel que está llamado a asumir: el
editor que busca la coherencia lógica de una
obra dispersa. Su intención es ante todo la
de ofrecer cierta claridad en la lectura del texto,
en particular porque Piñera deja esbozado el
plan de "¿Un pico o una pala?" entre
sus notas, plan que Leal cita detalladamente en su
texto, además de que hay testimonios, como
el de Abilio Estévez, también citado,
que nos aclaran la trama que Piñera había
concebido para la misma. Leal correctamente resume
los temas piñerianos que aparecen en ésta,
su última obra, y que son temas que ya vienen
tratándose en otros textos y que el autor repite
consecuentemente, desde "Clamor en el penal",
su primera intervención teatral en 1938:
la
imposibilidad de escapar a un mundo condenado, los
espejos deformantes que cubren las paredes, la no
salvación o redención humana debido
a la presencia de los no-dioses, la conversión
en lo contrario a través del intercambio de
personalidades, el absurdo de la existencia, la negación
como estética, el sentimiento cíclico
de la historia, y la idea de que el infierno, con
sus diablos, son los otros, de los que no podemos
escapar (p. 39).
Estas
palabras nos ofrecen una visión rotunda y completa
de los temas de los que trata Piñera, temas
que podemos leer como comentarios de un autor acerca
de la existencia, o que podemos a su vez insertar
dentro del contexto cubano en el que vivió
su autor. Representan, por así decirlo, el
universo que maneja la "función-autor"
de Piñera debajo o detrás de su firma
y que nos orientan en la lectura de un segmento de
su obra que queda inconcluso a su muerte, para poder
cerrar ese ciclo a sabiendas de que lo que aquí
se ventila no es sino más de lo mismo que veníamos
leyendo.
En este sentido, la obra inconclusa no ofrece grandes
sorpresas. No hay grandes giros al final, no hay ninguna
anagnórisis en las páginas que quedan
en la maquinilla, no hay ni siquiera redención,
ya que el terreno de lo inconcluso es simplemente
la repetición como estética, repetición
que no nos lleva al más allá, sino que
nos fuerza a quedarnos de este lado de la frontera
a sabiendas de que más allá habrá
meramente más de lo mismo. Como en una buena
obra de Piñera que agota las complicaciones
en el momento mismo de complicarlas, no hay sorpresas.
Pero señalemos las zonas que abre el Teatro
inconcluso para los estudios posibles de Piñera.
En la obra de Piñera siempre hay impulsos que
hay que disciplinar, intentos de fuga que terminan
siendo más bien repeticiones de fuga, instancias
abortadas de una inquietud interna que de alguna forma
vuelve a caer en su sitio para formar parte de un
ciclo en el que siempre se intenta salir de un ciclo,
siendo el intento parte del ciclo mismo. La obra inconclusa
sería posible verla como intentos fallidos
de lograr esa disciplina en el texto, a la vez que
se puede ver aquí la forma en la que choca
la disciplina con la voz. Los textos aquí inconclusos
tienen un fondo de "eternidad" que choca
con la disciplina del teatro mismo. En "El viaje"
se nos presenta un barco que no puede naufragar; en
"Pompas de jabón" un "potentado"
le ofrece un sueldo a dos secretarias para que hablen
de cosas banales, mientras él mismo se estimula
lanzando pompas de jabón. El tiempo "interno"
parece dilatarse en un tiempo sin un final previsible
que necesita ser taimado por la disciplina misma del
teatro. Cuando esa disciplina no se logra, cuando
un elemento es incapaz de contenerse en la acción
precisa requerida para una representación,
la obra queda inconclusa por una disparidad que sospechamos
existe en el concepto mismo del texto, en la relación
entre lo que se llamaba en un momento el tiempo "interno"
y el tiempo de la representación.
Las complicaciones dramáticas inconclusas abren
nuevas vías para el estudio de Piñera.
Porque en gran medida este conflicto entre la disciplina
y la fuga en sus obras representadas y en algunas
de las inconclusas, tiene como marco el escenario
de la juventud, en el cual vemos que Piñera
trabaja aún hasta casi el final de sus días,
particularmente en "¿Un pico o una pala?"
en la que la escena inicial de los padres concierne
los veinte años que cumplen los gemelos Juan
y Pedro. El espacio de lo joven tiene límites
más bien precisos: es el cambio que ocurre
al final de la adolescencia y el inicio de la adultez.
"El cumpleaños" viene a ser el centro
de un rito en el que se conmemora un nacimiento que
se repite y que nunca coincide con la muerte. En "La
niñita querida" el cumpleaños no
es meramente el eje de la acción: es la repetición
misma inscrita en el tiempo, una repetición
que queda abierta, por fuerza, al otro evento que
es la muerte, y que nunca ha de ser narrado, precisamente
porque no coincide con el nacimiento, porque presenta
la imagen de un ciclo que nunca es enteramente simétrico.
Éste es el recurso, el resorte dramático,
más utilizado en Piñera, pero también
es el espejo deformado en el cual Piñera se
contempla como autor. Momento liminar, híbrido,
de bordes más bien borrosos, es el momento
de disciplina, que es también el momento en
el que se accede a la voz. Éste es el momento
de conflicto, en el que el personaje mismo se da cuenta
de su condición de otro. Aquí radica
el conflicto de género, el voyeurismo de Piñera,
la homosexualidad del texto, y hasta el intento fallido
de rebelión, la escritura y su abandono. En
principio, todos los gestos de rebelión de
Piñera son gestos, al igual que este teatro,
inconclusos.
Que la "inconclusión" se dé
precisamente con el género del teatro es significativo,
porque hay que hablar del conflicto entre la disciplina
y la voz, entre el acto de taimar o dominar el mecanismo
del texto y las voces que Piñera despliega
en él. No solo porque el escritor se definió
a sí mismo siempre como personaje "teatral"
(20) y porque los movimientos
de la obra en prosa de Piñera siempre han sido
clasificados como "teatrales" sino porque
las páginas manuscritas y mecanografiadas,
tachadas, en estado de desorden, señalan nuevas
relaciones entre la voz y el texto en el teatro de
Piñera, y abren nuevas vías para entender
la noción de representación con la que
él trabaja. Por ejemplo, para las obras quedan
las acotaciones escénicas, algunas de ellas
sumamente detalladas, como por ejemplo, las de "El
viaje". A su vez, en esta obra, quedan las pausas,
las instrucciones en cuanto a la gestualidad determinada
de los personajes, las formas en las que deben decir
las líneas, los actos que deben tomar lugar
en escena mientras se recita el parlamento. Es como
si Piñera concibiese la escena misma en el
momento de escribir, como si el personaje y la escena
misma se representase a sus ojos en el instante de
la escritura. El teatro así, de esta manera,
es un espectáculo ante todo visual para Piñera,
donde lo visual y la voz adquieren mayor importancia.
Pareciera como si el gesto mismo de inconclusión
pudiera obedecer a un momento en el que el escritor
no puede ya "ver" una representación
que resulta tan en extremo complicada que se aligeraría
considerablemente mediante un tratamiento en prosa.
Es imposible no leer la interrupción misma
como un elemento teatral añadido al texto:
la marca de una ruptura con el patrón de pensamientos,
con su desarrollo, con sus personajes, su situación,
con la conceptualidad misma de la escena. El Teatro
inconcluso revela que Piñera siempre fue
escritor de eventualidades, más que de desarrollos.
En efecto, la obra de Piñera se basa en un
acto de interrupción, de inconclusión,
como si siempre hiciera una pregunta cuya respuesta
es dable por la pregunta misma. Este es un giro violento.
El nacimiento de la voz, en estos textos teatrales,
siempre ocurre de forma violenta, y los desplazamientos
teatrales son más bien violentos desplazamientos
temporales y síquicos que piden ya el gesto
que los discipline. De hecho, los textos siempre son
pre-textos, los nombres parecen existir antes que
los personajes en sí, de manera que Piñera
siempre tiene duda en cuanto a los nombres que ellos
tienen. Si el nombre cambia, el personaje sin embargo
cumple una función pre-determinada. No son
tipos sociales propiamente, sino alegorías
de fuerzas. El Teatro inconcluso muestra
cómo se agotan esas fuerzas, cómo caen
por el peso "inerme" de la "vida actual",
título, precisamente, de una de las obras inconclusas
que justamente confunde y desorienta a Leal: "Inermes.
Tragedia de la vida actual".
Peso muerto o fantasma resucitado, la historia de
Piñera, ligada a este momento histórico,
tiene por fuerza que ser una historia inconclusa en
la que intervienen las transnacionalidades creadas,
directa o indirectamente, a partir de la revolución
cubana. Piñera es parte de un circuito insólito
dentro del discurso de la nación: es un escritor
reprimido desde "dentro" que tuvo que precisar
la creación de un "afuera" para ser
revalorizado en el ámbito transnacional, que
es donde único podía comenzarse a valorarlo.
Piñera aparece así relacionado a una
serie de discursos que buscan internacionalizar la
disidencia cubana por medio de los discursos identitarios
en torno a sexualidades marginales, como puede verse
en la repetida mención de Piñera en
la película Conducta impropia, de
Néstor Almendros y Orlando Jiménez Leal.
Ya de entrada, se hace imposible, a partir de la obra
de Piñera, leer el discurso cultural cubano
solamente como un discurso que se produce " desde
dentro" y que se consume en el marco geográfico
insular de la nación. Esto no deja de ser irónico
siempre que se piense en la "fatalidad"
insular que presenta Piñera en "La isla
en peso". Pues es precisamente desde esa "
otra" isla, afirmada y borrada a partir del discurso
de la primera generación revolucionaria que
sale por la vía del Mariel, que empieza la
batalla por ese significante Piñera. Una vez
normatizado ese discurso, que sirve a su vez para
abrir el tópico de la represión de los
años setenta en Cuba, el segundo movimiento
crítico en torno a esta obra ha insistido en
fijarla nuevamente dentro de las bases del discurso
interno insular. En otras palabras, el gesto mismo
de transnacionalidad que conlleva la obra de Piñera
se vuelve a cerrar dentro de un espacio insular en
el que la historia literaria parece escribirse desde
la isla, por la isla, y hacia la isla.
Pero la sobrevida de Piñera nos invita, casi
subrepticiamente, a considerar la irrupción
violenta de un nuevo paradigma en la historia del
discurso cultural cubano. Presenta ya no una variante
de lo mismo, sino el inicio de un nuevo capítulo
que todavía queda inconcluso, sin que haya
que clausurarlo a la fuerza. En términos de
la obra, el Piñera inconcluso resulta mas interesante
que todos los intentos por fijarlo. Pero resulta mucho
más interesante aún precisamente por
lo terrible de esa inconclusión, por el miedo
escalofriante que produce. Porque siempre cabe la
posibilidad de descubrir, como lo hace René
frente a la pira en la que ha ardido el cuerpo del
padre, que el papel que ha dejado el mismo padre contiene
un mensaje aterrador, desde el fuego mismo: "Espero
que tu carne tenga el mismo final que la mía".(21)
- Aun
al presentar el volumen titulado Piñera
inconcluso, Rine Leal pide una lectura "cómplice",
una lectura "que busque en sí misma lo
que ella ofrece al lector-investigador". Ver
Virgilio Piñera, Teatro inconcluso. Selección,
ordenamiento y prólogo de Rine Leal (La Habana,
Ediciones Unión, 1990), p. 40. En adelante
citaremos siempre esta edición. Hay que añadir
que para Juan Carlos Quintero Herencia lo corporal
mismo es un indicio de esa indiferencia vedada. "Virgilio
Piñera: los modos de la carne" Sexualidad
y nación, Ed. Daniel Balderston, (Pittsburgh,
Biblioteca de América, 2000), pp. 111-129.
- Leal
menciona, en concreto, tres escándalos: en
1948 la Agrupación de Redactores Teatrales
y Cinematográficos colocó a Electra
Garrigó en un index y prohibió
referencias a ella. Además de La boda,
también Ejercicio de estilo (1969),
dice Leal, "le costó informes nada gratos
sobre su persona y obras".
- Para
una lúcida comparación entre Piñera
y Gombrowicz ver Daniel Balderston, "Estética
de la deformación en Gombrowicz y Piñera",
en Explicación de textos literarios
19.2 (1990-91): pp.1-7.
- En
esta utilización de lo griego Piñera
es, además, precursor de una línea que
llega a Medea en el espejo, de José
Triana, y La pasión según Antígona
Pérez, de Luis Rafael Sánchez.
- Ver
la relación de Piñera con los Origenistas
y con Cintio Vitier en Enrico Mario Santí,
"El fantasma de Virgilio" en Por una
poliliteratura: literatura hispanoamericana e imaginación
política. (México. Ediciones del
equilibrista. 1997). pp. 198-212.
- La
capacidad contestataria de la revista se comprueba
con un somero repaso a los ficheros de la Biblioteca
Haydee Santamaría de Casa de las Américas.
La colección completa, o casi completa, de
Mariel se encuentra allí, más o menos
para el acceso de los lectores cubanos, aunque siempre
clasificada como revista extranjera, publicada en
Estados Unidos.
-
Diccionario de la literatura cubana, (La
Habana: Editorial Letras Cubanas, 1980).
- Ver
Paul Julian Smith, Vision Machines: Cinema, Literature
and Sexuality in Spain and Cuba, 1983-1993 (London:
Verso, 1996), y el capítulo 5 de mi Tropics
of Desire: Interventions from Queer Latino America
(New York: NYU Press, 2000).
- Ver
en particular el ensayo de Ana María Simó
y Reinaldo García Ramos, "Hablemos claro"
en Mariel: Revista de Literatura y Arte 2,
num. 5 (1984): p. 9.
- Señalar
que esto no tuvo repercusión en Cuba tendría
sentido, pero también es fácil constatar
que la biblioteca de Casa de las Américas posee
la colección completa de la revista Mariel,
archivada por países bajo el inciso "Estados
Unidos".
- Luis
F. González-Cruz. "Trayectoria intelectual
de Virgilio Piñera" en Virgilio Piñera,
Una caja de zapatos vacía, Edición
crítica de Luis F. González-Cruz, (Miami:
Ediciones Universal 1986), pp. 18-19.
- Guillermo
Cabrera Infante. "The Death of Virgilio"
en Cold Tales, Trans. Mark Schafer, (Hygiene,
Colorado: Eridanos Press, 1988) pp. xi-xiv. Salvando
las diferencias, la tónica del ensayo de Cabrera,
al igual que la tónica de la edición
en sí, no era muy distinta de la utilizada
por Philip Roth en una colección que, durante
los años setenta, se llamó "Writers
from the Other Europe", y que publicó
y situó en su contexto a los escritores de
esa "otra" Europa, antes de la caída
del muro de Berlín.
- La
piñeriana historia de la familia Piñera
puede consultarse en un numero especial de la revista
Vitral publicada en Pinar del Río, titulado
"Los Piñera: el peso de una isla en el
amor de un pueblo" (Pinar del Rio: Ediciones
Vitral, 1997) que tiene fotos y textos de la familia
completa.
-
La historia cultural cubana de la década del
noventa no se ha escrito todavía, y es posible
que solo pueda ser escrita en formas que van más
allá de la historia como narrativa con un principio
y un final, mas bien como línea de fuga, como
historia rizomática, en la que no es solo importante
lo que se hace en el presente sino las huellas del
pasado que empiezan a rescatarse.
- Antonio
José Ponte. "Un acto de fe". Unión,
Revista de literatura y arte, año VII, num.
21 (oct-dic 1995), pp. 89-91.
- Me
refiero a Antón Arrufat Virgilio Piñera:
entre él y yo (La Habana: Unión,
1994), Virgilio Piñera, Teatro inédito
(La Habana, Editorial Letras Cubanas, 1993), La
carne de René (La Habana: Unión,
1995) ["Primera edición confrontada con
los originales. Texto fijado por Antón Arrufat];
La isla en peso. Obra Poética. Compilación
y Prólogo de Antón Arrufat (La Habana:
Unión, 1998); Una broma colosal (La
Habana, UNEAC, 1988).
- José
Bianco. "Piñera, narrador", en Virgilio
Piñera, El que vino a salvarme, (Buenos
Aires: Editorial Sudamericana, 1970), p. 9.
- "...el
resto de estas piezas inconclusas puede situarse tentativamente
entre los finales de la década del 60 (digamos
alrededor de "Dos viejos pánicos")
hasta su muerte, que interrumpió y dejó
en su máquina de escribir las cuartillas iniciales
de "¿Un pico o una pala?", su último
proyecto". (p.15). En otro momento también
señala que esa obra fue su último proyecto,
y que trabajaba en él al momento de su repentina
muerte: "el material que reproducimos se halló
junto a su máquina de escribir" (p. 36).
- Virgilio
Piñera: entre él y yo, pp. 41-47.
-
Ver su introducción al Teatro completo,
titulada "Piñera teatral", (La Habana,
Ediciones R, 1960), "Pero con todo, y a pesar
de todo, soy teatral". Es por ello que no he
podido resistir al título de efecto, "Piñera
teatral" y, lo que es de mayor importancia, hablar
de mi teatro (perdón, de mi casi teatro, ya
volveremos sobre esto) un poco a lo clown",
p. 8.
- Virgilio
Piñera. La carne de René, (Madrid:
Alfaguara, 1985), p. 184.
José
Quiroga (La Habana) Es profesor de Español
y Estudios Latinoamericanos en la Universidad George
Washington. Trabaja la literatura y cultura contemporánea
latinoamericana, en especial los estudios de género
y queer. Tiene publicados Understanding Octavio
Paz (1999) y Tropics of Desire: Interventions
from Queer Latino America (2000). En este año
apareció Bitter Daiquiris: Cuban Cocktails.
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