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A
Granada le debo una crónica
Lorenzo Lunar Cardedo
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…
Y a mi amiga Nicole Canto le debo una crónica
sobre Granada.
Se iniciaba agosto y mi regreso a Cuba era inminente.
Algunos planes frustrados se compensaban con la alegría
de haber conocido buenos amigos, ver como se vendía
mi primera novela en España y concretar nuevos,
y más objetivos, planes para el futuro. Menos
de diez días me restaban en España y
trataba de compensar la nostalgia por mi familia y
por mi ciudad buscando en las tendederas de los balcones
de la Barceloneta y en las plazas de Gracia algún
parecido con La Habana o con mi Santa Clara.
Alguna comida cubana y unos tragos fuertes también
compensaban.
- Te vas a Granada conmigo-. Casi me ordenó
Nicole, y mi indecisión fue diluyéndose
entre la curiosidad por conocer la ciudad encantada
de la que tanto me había hablado mi editora
y la necesidad de huir de una Tarragona incolora siempre
y a veces hostil.
Mi última resistencia, ya débil, fue
abatida por un billete de autobús que Nicole
puso en mis manos.
-
Por favor, Camino del Monte, al Barranco de los Negros.
- Le pedí al taxista. Eran las ocho de la mañana
y acababa de llegar a Granada.
El hombre sonrió y echó a andar el taxi.
Después de preguntarme si era la primera vez
que visitaba la ciudad volvió a sonreír.
- Ahí no va a encontrar a nadie despierto a
esta hora. - Me advirtió.
Atravesamos la ciudad y subimos a Sacromonte mientras
el hombre me contaba cómo en su juventud se
había ido a hacer fortuna a Barcelona y cómo
aguantó apenas un mes lejos de su pueblo. La
razón fundamental eran las tapas.
- ¡Usted se imagina una ciudad que en los bares
no pongan tapas!
Llegamos al Barranco de los Negros. El taxista me
ayudó a bajar las maletas. Sacromonte estaba
tan desierto como blanco.
-Yo se lo advertí- Me dijo el taxista y luego
me estrechó la mano como si me conociera de
toda la vida. Era un hombre grande y fornido, le calculé
unos sesenta años, por las historias que me
contó en el camino.
El taxi dobló en U y yo quedé solo decidiendo
qué hacer. Los Faroles, el bar de El Kiki,
estaba frente a mí. Mi idea era haber desayunado
ahí y preguntarle a El Kiki por Nicole, o por
Raquel, o por Betty. Eran las señas que la
propia Nicole me había dado. Pero el bar estaba
cerrado y no se veían señales de que
alguien pensara en abrirlo en toda la mañana.
Recosté mis maletas a un muro del barranco
e iba a sentarme a contemplar de lejos los palacios
de La Alhambra cuando sentí que me llamaban:
Nicole, con los ojos hinchados y envuelta en un pareo,
descendía la cuesta con las manos abiertas
para darme un abrazo.
En
Granada los días son intensos, las noches largas
y es de mal gusto acostarse temprano. Si con algo
soy respetuoso es con las costumbres de los pueblos.
Es de mala educación desentonar. En Granada
viví los días con verdadera intensidad
y aproveché las noches hasta casi amanecer.
A veces desde una plazoleta en Sacromonte mirando
la luna llena perderse detrás de la Alhambra
y cómo los primeros rayos del sol tiñen
de rojo la cuesta.
Me gustan las calles estrechas, me gusta la variedad
de colores, me gusta el olor a hierbas y condimentos
de diferentes tipos cuando se mezclan, me gustan las
gitanas impertinentes que te leen el destino en la
palma de la mano, me gustan los bares y la cerveza.
Me gusta que el dueño del bar se acode en el
mostrador a dar palique y no espere a que uno le pida
la segunda caña. Por eso me gusta Granada.
Que entras a un bar y el dueño es marroquí
y tiene una bandera cubana en la pared junto a una
foto de Lorca autografiada por el poeta.
- Acabo de conocer a España. - Le dije a Nicole
cuando atravesábamos una callejuela llena de
casas de té y dulcerías árabes.
Y ella sonrió, como si llevara rato esperando
que le dijera esa frase.
Yo
estaba cansado del viaje en autobús, doce horas
desde Tarragona hasta Granada, pero le dije a Nicole
que no, que me sentía fresco. Doce horas de
viaje en autobús. Y qué compañeros
de viaje. Primero un loco que trasladaban de un hospital
de Tarragona a Valencia. No era peligroso, pero se
quejaba de todo y hablaba mucho. Yo coincidía
con él en que el autobús no debía
hacer paradas y que en lugar de llegar a Valencia
a la una y media de la madrugada debía llegar
a las diez de la noche. El loco me mostró sus
dibujos. Yo le dije que sus garabatos, que no eran
realmente malos, eran geniales y entonces me leyó
sus poemas. Eran infames, pero le dije que eran mejores
que los garabatos y quedó deprimido, una hora
sin decir palabra. Al final me confesó que
él pensaba que sus dibujos eran mejores que
sus poemas. Ya llegábamos a Valencia. El loco
se levantó del asiento, metió sus poemas
con desprecio en su bolsa y se bajó del autobús
sin despedirse de mí. Yo sentí cierto
remordimiento, complejo de culpa.
En Valencia se sentó en el asiento junto al
mío un árabe más corpulento que
yo. Pensé que aquello era el castigo divino
por haberle mentido al pobre loco y lo acepté
un rato. En una parada cuyo nombre no recuerdo negocié
con el conductor un cambio de asiento.
Apenas quedaban dos horas de viaje para llegar a Granada,
la chica junto a la que me había ubicado el
conductor era una negrita delgada y graciosa. Llevaba
un perfume barato pero agradable y pensé que
al fin iba a poder dormir un rato. Pero entonces la
puta senegalesa comenzó a contarme sus problemas
con las autoridades de inmigración, las mierdas
y maltratos que recibía de los hombres en su
trabajo y el descaro con que la explotaba la matrona
del puticlub en que trabajaba.
- Estoy cansada y vengo a tomarme unas vacaciones
en Granada. A lo mejor nos encontramos una tarde por
ahí. - Me dijo. Y terminó su insinuación
confesándome que nunca se había acostado
con un cubano. Como si ya lo hubiera hecho con malgaches,
srilanqueños, esquimales y otros y sólo
le faltaran un cubano y un canguro.
Granada apareció ante mí como una bendición.
Pero no le iba a decir a Nicole que estaba cansado.
Me lavé el rostro, desayunamos con Betty en
su cueva y nos fuimos a la calle.
Bajamos la cuesta de Sacromonte y nos dirigimos al
centro de Granada por El Paseo de los Tristes. Entrando
al bar en que trabaja nos encontramos con El Jaime,
a quien Nicole me presentó como un cantaor
excepcional, algo que comprobaría dos noches
más tarde. Al doblar otra esquina tropezamos
con Alfredo Lombardo.
- Este loco es la conciencia poética de Sacromonte.
- Me dijo Nicole al presentarme al poeta. Juntos nos
fuimos al Café Central para una conversación
que demoró un par de cafés y unas cuantas
cervezas.
Alfredo Lombardo esquiva a los editores como a los
caminos llanos, tiene un recelo inmenso de publicar
su poesía, pero no rehúsa decirte un
poema suyo si el momento es propicio y gusta de ilustrar
ciertos hechos con alguna copla personal o ajena.
Alfredo tiene una barba larga y canosa, camina a paso
doble y no pierde una esquina o cualquier recoveco
en su andar. Alfredo avanza como las calles de Granada,
torciendo el rumbo en el momento menos pensado y haciendo
ángulos de todos los tipos en su andar. "Las
líneas rectas son demasiado aburridas",
parece decir cuando camina delante de los ojos sorprendidos
de quien no le conoce todavía.
Ese mediodía fue mi primer encuentro con Granada.
Regresamos tarde para la comida. Agotado, me tiré
en un sofá de la cueva de Betty después
de probar una exquisita comida árabe que compramos
en un restaurante.
"Lágrimas negras", ese disco que
más que un disco es un recorrido por la canción
iberoamericana, especialmente el bolero, con Bebo
Valdés al piano y Diego Cigala cantando, fue
el mejor postre… "Eu sei que vou-te amar…"
decía la última canción. Y haciéndole
la misma promesa de amor a la ciudad recién
descubierta me quedé rendido hasta la noche.
Esa
noche habíamos quedado con Lens en el bar de
El Kiki.
Su nombre completo es Jesús Carlos Lens Espinosa
de los Monteros. Es un tipo tan alto como largo es
su nombre. Es, más que aficionado, amante de
la literatura, especialmente la de tintes negros.
Escribe críticas literarias, de cine, deportivas
y hasta gastronómicas. Escala montañas.
Juega baloncesto. Visita bares y restaurantes pues
también es, más que aficionado, amante
de la buena comida y los buenos tragos. Todo esto
lo hace generalmente acompañado de una bella
dama llamada Alicia. Y en su tiempo libre trabaja
como abogado para La General.
A Lens lo conocí en el foro de NOVELPOL, en
Internet. Luego nos encontramos personalmente en la
Semana Negra de Gijón, ¿dónde
si no?
Lens es, además de todo lo dicho anteriormente,
un buen amigo. Un tipo al que le roncan los cojones.
Habíamos quedado a las nueve en el bar del
Kiki. Lens y Alicia llegaron puntuales, acompañados
de David, y casi le vaciamos a El Kiki las bodegas.
Después, exaltada nuestra euforia por la levadura
de la cerveza, subimos al Albacín, por callejuelas
y recovecos que comunican al Sacromonte con ese otro
barrio granadino, en busca de más bebida y
algo que cenar. Pedimos tapas de varios tipos, especialmente
ese orgullo de la cocina andaluza que son las habas
con jamón.
En la madrugada salió la propuesta de Lens:
- ¿Y por qué no aprovechamos que Lorenzo
anda por aquí y hacemos la presentación
de su novela en un bar molón?
Eso de "un bar molón" mola de verdad.
Yo esperaba la propuesta. Parece que Nicole también.
Lo que quedaba definir era cuál era ese "bar
molón". Al final resultó ser "Los
Faroles", el bar del Kiki.
Era martes y fijamos el acontecimiento para el jueves
a las nueve de la tarde.
A
Rebeca y a mis amigos en Cuba les llamó mucho
la atención que les contara en mis mensajes
que estaba viviendo en una cueva. Sin embargo, es
algo tradicional en algunos lugares de Andalucía,
según pude observar. Y Sacromonte es lo tradicional
de Andalucía, y lo tradicional de Granada.
Sacromonte es pura tradición. Sus gentes, sus
bares, sus casas… quiero decir, sus cuevas.
Son cuevas, naturales algunas, escavadas en la falda
de la colina la mayoría. Cuevas que desde siempre
fueron preparadas por los habitantes del barrio para
vivir. Hoy, en plena era postmoderna, estas cuevas
son quizás el mejor ejemplo de equilibrio entre
lo tradicional y lo contemporáneo. Son también
el reflejo del vivir del otro. El sacromontino es
otro español, como Sacromonte es otra España,
quizás lo dije ya, otra España más
cercana a lo que yo, simplemente, soñé.
Frente a la cueva de Betty hay una plazoleta. En la
plazoleta una frondosa planta de vid que la anfitriona
exhibe orgullosa, con el mismo orgullo que hace gala
de sus siete meses de embarazo. Debajo de la vid,
y junto a la puerta de la cueva, un banco. Afuera
hace calor. España, como toda Europa, está
sufriendo este agosto una ola de calor sin precedente.
Ya se cuentan por decenas los muertos en todo el país
por causa del calor. En Sevilla se midió una
temperatura de cuarenta y nueve grados centígrados.
La puerta de la cueva es en forma de arco, como bien
lo merece una cueva que se respete. Entramos. Dentro
de la cueva la temperatura es estable, diecinueve
grados. Fresca en el verano, cálida en invierno
cuando la temperatura se acerca al cero y los montes
cercanos cubren sus cimas de nieve. La cueva es el
refugio. Es mediodía y pocos se aventuran a
bajar la cuesta de Sacromonte a Granada. Afuera el
sol resplandece sobre el blanco de las casas y de
los muros, las piedras de las callejuelas de Sacromonte
fulguran. Es mejor estar adentro, una comida fresca
y luego la imprescindible siesta. En la cueva el hombre
funciona con su reloj natural. Uno duerme lo que el
cuerpo pide porque no te molestan la luz o los sonidos…
sólo puede interrumpirte el ritmo natural un
despertador, a veces necesario.
Por la tarde salgo y camino un poco por el barrio.
La gente se asoma a las puertas de sus cuevas. Rosa,
La Gitana, te invita a pasar, "no cuesta nada
la entrada", realmente lo que puede costar es
la salida: alguna calderilla por ver el pequeño
museo popular que puede ser cualquier casa-cueva tradicional
sacromontina, repleta de recuerdos familiares y personales
que con el paso de los años se han convertido
en historia.
Otra cueva, más amplia, abre sus puertas de
par en par, tampoco se cobra la entrada. Dos hileras
de sillas van hasta un "tablao" en el fondo
de la cueva. En una esquina una barra. La bebida debe
incluir el resto. Me siento y al poco rato el lugar
se ha llenado de turistas. Una chiquilla de diez años,
no aparenta más ni menos, toca magistralmente
el cajón, y canta. Canta una, dos, tres canciones
flamencas… Luego pasa entre las hileras de sillas
con sus manitas en jarra. Y una pareja sube a bailar
mientras otro canta y rasga las cuerdas de una guitarra
como sólo lo puede hacer alguien que ha nacido
y vivido en Sacromonte.
Ya es de noche y sigo andando de cueva en cueva. De
bar en bar. Y en un bar la música es de Vivaldi.
Y en otro es música morisca. Y en otro puro
cante jondo. Y esta madrugada la cierro en el fondo
de una de las galerías del bar "El Pibe",
ese que lleva mi amigo marroquí y donde hay
una bandera cubana y una foto de Lorca: diecinueve
grados adentro y afuera, una cerveza fría y
una voz quebrada y profunda que canta sus penas.
La
Alhambra es un sueño. Visitar La Alhambra es
el sueño de muchos. Conozco una señora
que daría su vida por visitar La Alhambra.
Ella, como yo, la conoció cuando niña
por los cuentos de Washintong Irving, y desde entonces
sueña con La Alhambra y con sus palacios que
parecen tejidos con mimbre, hasta tal punto que cuando
la vida le dio la oportunidad de ser editora no estuvo
tranquila hasta que consiguió hacer una edición
de Los cuentos de La Alhambra.
"Cual hoja de mirto que se convierte en alhaja,
te sentirás al caminar por estos cuentos…"
comienza el prólogo que ella escribió
para su edición. A mí me pareció
un poco cargante el lenguaje cuando leí la
nota de marras. Pero esa mujer soñaba con la
Alhambra con una devoción desconocida por mí.
Y yo no podía entenderla.
Y es que yo, ahora comprendo, nunca soñé
con La Alhambra. Soy un tipo pragmático. La
Alhambra estaba muy lejos para soñar visitarla.
Cuando llegué a Granada miré a La Alhambra
al otro lado del barranco como si todavía estuviera
del otro lado del Atlántico.
- Ni sueñes con visitar La Alhambra. - Me advirtió
el taxista conversador que me llevaba a Sacromonte.
-Se están haciendo las reservaciones con quince
días de antelación. Los turistas extranjeros
reservan sus visitas por Internet, a veces antes de
llegar a España.
Yo debía haber suspirado aunque fuera por decencia.
Pero no lo hice. Seguimos nuestro camino hacia El
Barranco de Los Negros. La Alhambra estaba todavía
demasiado lejos de mis sueños.
Pero Lens es un tipo al que le roncan los cojones.
La noche de mi llegada me preguntó si no deseaba
visitar La Alhambra.
-Ni sueño. - Le respondí.
Media cerveza más tarde ya estaba decidido
el asunto: yo iba a visitar La Alhambra. A la mañana
siguiente debía recoger dos bonos turísticos
que cubrían la entrada a los Castillos Nazaríes,
La Generalife y el resto de La Alhambra. También
las puertas abiertas de La Cartuja, La Catedral de
Granada y otros monumentos.
Dos bonos turísticos: uno para mí y
otro para el elegido del destino que me pudiera acompañar.
Y el elegido fue mi ya inseparable amigo de correrías
granadinas, el poeta Alfredo Lombardo. (Nicole estaba
afanada en los preparativos de la presentación
de mi novela que sería esa noche).
Si usted espera que ahora le haga un recuento de los
lugares que visité en La Alhambra, que le describa
al detalle los Palacios Nazaríes, o el de Carlos
V, o cada uno de los salones, patios y miradores,
no me quedará más remedio que decepcionarlo.
Son kilómetros y kilómetros de bellezas
que se superponen ante el ojo humano. Decenas y decenas
de explicaciones de las que hay que prescindir la
mayoría de las veces pues el tiempo apremia.
Y la memoria sólo se abre para guardar algún
nombre llamativo como el de Lindaraja, o algún
lugar esperado como el Patio de los Leones, o El Salón
de los Secretos.
Pero La Alhambra es mucho más: es poesía.
Y la poesía no está echa para recordar
sus versos -menos para explicarlos-, sino para dejar
su huella en la persona.
Y ahora no recuerdo el nombre del jeque cuya esposa
se entregó a los brazos de un mercader bajo
aquel milenario ciprés. Ni siquiera recuerdo
si la inscripción que está junto al
árbol decía que fue a un mercader a
quien se entregó la infiel esposa. Recuerdo
el ciprés, y es suficiente.
Siento el agua fría que baja por los "pasamanos"
de aquellas escaleras de La Generalife. Me pierdo
aún entre los laberínticos jardines
-más laberínticos si uno los recorre
acompañado por ese enfermizo enemigo de las
líneas rectas que es mi social Alfredo. Y me
queda la imagen de los verdes mirtos, qué digo
mirtos, brotes de esmeralda que pueblan los inmensos
jardines, perennes alhajas que ha dejado sembrada
una historia de moros y cristianos, para Granada y
para la humanidad. En fin, para cualquiera que sueñe
con un día poder visitar el lugar más
hermoso de La Tierra.
Mi
última noche en Granada presentamos mi novela
Que en vez de infierno encuentres gloria,
en ese "bar molón" que es "Los
Faroles": el bar de El Kiki.
Un detalle de Los Faroles es que tiene en sus galerías
interiores "El Museo del Prado de Sacromonte":
colección personal de El Kiki, regalos de sus
amigos artistas, recuerdos de familia.
Fue la feliz noche de un día difícil.
Me dolían los pies de andar La Alhambra. Y
estaba tenso, como debe estarlo siempre un escritor
que presente su libro, en cualquier lugar.
Nicole tiene un sueño que va consiguiendo poco
a poco: que todos los autores de su editorial visiten
Granada. Zoela nació en Granada, y está
inscrita en Granada, en el Barranco de los Naranjos;
la cueva de Betty. En Granada vivió y escribió
su novela El cuentista Paul Hecht; Pablo,
el americano. El cuentista fue la novela
inaugural de Zoela. Y por Granada han pasado Antonio
Lozano con su Harraga y Yasmina Khadra con
su trilogía de Argel.
No sin dificultad Nicole consiguió que la distribuidora
le situara veinticinco ejemplares de mi novela para
la presentación. Nicole pasa mucho trabajo
no sólo para hacer sus libros sino para distribuirlos,
es parte del precio que deben pagar los pequeños
editores para sobrevivir, incluso cuando, como es
el caso de Zoela, ya se cuenta con el reconocimiento
de la crítica y los lectores.
Ya con los libros en nuestras manos sólo quedaban
dos preocupaciones; una que asistiera el público,
la otra, que compraran el libro. Es triste una presentación
de un libro con el autor, el editor y un par de amigos
condescendientes. Más triste es ver la tonga
de libros en la mesa y el amigo que toma uno para
comprarlo de favor, y la respuesta del autor o del
editor:
- Deja, hombre, ¡cómo lo vas a pagar!
Es un regalo.
¿Qué menos se puede hacer como agradecimiento?
Pero Lens es un tipo al que le roncan los cojones.
Además de ser el presentador de mi novela -y
nadie puede aspirar a mejor presentador- había
convocado a un público más comprometido
con la literatura que con él mismo. Hasta David
y su compañera, que esa noche celebrarían
el estreno de su casa, pospusieron el acontecimiento
y estaban ahí, junto al otro Lens (el hermano
del héroe) y su novia y una decena de cofrades
capitaneados por Lens (el héroe) y Alicia.
La tropa de Nicole también respondió
y estaba el escritor y traductor José Parets
Llorca -al final de la jornada mi social Pepe-, el
imprescindible Alfredo Lombardo y un puñado
de amigos del barrio no menos importantes.
La sorpresa fue cómo se unieron al acontecimiento
algunos paseantes, turistas extranjeros que visitaban
Sacromonte: un verdadero homenaje al presupuesto transcultural
de la colección Negrura de Zoela que ha publicado
escritores de España, Argelia, Cuba y Gran
Bretaña, y que espera muy pronto divulgar muestras
de la más reciente novela negra norteamericana,
francesa y alemana.
Nada mejor que conversar entre amigos. Así
se fue aquella noche en que, para mi sorpresa, vi
desaparecer de encima de la mesa los veinticinco ejemplares
de mi novela.
La euforia de las firmas estuvo acompañada
por una refrescante sangría. La música
no podía ser otra que esa comunión cubano
- andaluza que es el disco Lágrimas Negras
de Bebo y Cigala.
Bebimos y fumamos.
También cantamos.
Y cuando parecía que la noche se iba a terminar,
cuando ya me había despedido del escuadrón
Lens: "No, compadre, no me puedo ir con ustedes
a Bulerías, que ya es tarde y mañana
tengo que hacer mi equipaje y salir hacia Madrid".
Cuando ya iba camino a la cueva dispuesto a descansar.
Me secuestraron.
Si a usted lo secuestran en Sacromonte no haga resistencia.
Al final lo van a secuestrar a las buenas o a las
malas. Tampoco tema, no le ocurrirá nada malo.
No se lo pierda A mí me condujeron a casa de
Antonio. La casa de Antonio es el bar de Antonio.
Y Antonio es el filósofo de Sacromonte. Antonio
sostiene con fervor que "el tiempo es el tiempo
y adentro del tiempo hay otros tiempos y otros tiempos
más".
El plan de los secuestradores era beber hasta que
amaneciera. Nicole era el otro rehén.
La sentencia de ver salir el sol bebiendo sangría
sólo la pudo revocar Alfredo que pagó
nuestra fianza al garantizar que no nos llevaba a
dormir sino al Centro Cultural de Sacromonte, institución
que está enclavada en la cima de la colina,
muy cerca de donde él tiene su cueva y el establo
de sus cabras.
A las tres de la madrugada todavía quedaban
los restos de una noche de cante y baile flamenco.
El brindis con ron no se hizo esperar en un lugar
donde días antes una delegación de poetas
repentistas cubanos había dejado su huella.
Y agotamos la botella y nos fumamos el último
puro que quedaba en el bolsillo de mi camisa. Y El
Jaime cantó para mí con su excepcional
voz de cantaor populísimo. Y entonces vimos
que estaba a punto de amanecer. Se había cumplido
la sentencia. Ya podíamos regresar a la cueva.
Yo estaba borracho y feliz. Bajé la cuesta
dando tumbos. Era mi última noche en Sacromonte
y la ocasión bien valía una promesa:
volver.