Después
de la publicación de La novela de mi
vida los historiadores no dejan tranquilo a
Leonardo Padura. Ni los entrevistadores tampoco. La
isla en peso no ha querido ser perezosa.
Así que he aquí nuestro diálogo.
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| Somos
historia
Dean
Luis Reyes
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La
Historia suele ofrecer la apariencia de un sosegado
camposanto, con calles rectas y correctamente identificadas
que invitan a recorrerlo, a comprobar qué impolutas
jerarquías imperan, qué transparencia
advierten los hechos del no menos inteligible pasado.
Los enterradores del lugar resultan infalibles haciendo
cuenta de que allí dentro nada sucede más
que el sosiego. Disimulan por doctrina la conflictividad
secreta de ese escenario, bajo cuya faz laxa vociferan
y se debaten los hombres.
Leonardo Padura conoce de sobra la hostilidad que
abrigan tales cementerios. Pareciera haber entendido
por su cuenta que -parafraseando a Walter Benjamin-,
articular históricamente lo pasado no significa
conocerlo "tal y como verdaderamente ha sido.
Significa adueñarse de un recuerdo tal y como
relumbra en el instante de un peligro (...) El peligro
amenaza tanto al patrimonio de la tradición
como a los que lo reciben. En ambos casos es uno y
el mismo: prestarse a ser instrumento de la clase
dominante." (Tesis de filosofía de la
historia, Folletos Etcétera).
Contra el conformismo de los sepultureros, Padura
resucitó al vilipendiado José María
Heredia, cadáver sin tumba, en La novela
de mi vida. Ese libro significó una
sacudida para el aparencialmente sereno crucigrama
historiográfico del siglo XIX cubano. Su blasfemia
novelada burló el canon, reveló su endeble
construcción y desnudó los intereses
ocultos tras el dormitar satisfecho de los vencedores,
tibiamente acunados por un legado presuntamente férreo
y pura sangre. Padura se encargó de denunciar
la ceguera de quienes desoyen la conflictividad propia
de la historia nacional y prefieren detenerse ahora
mismo en las aristas amables, que no definen, que
tampoco trastornan. Su novela ha intervenido en esa
historia de manera definitiva.
Dicen que los sepultureros no descansan desde entonces.
Andan a la caza de los cadáveres escapados
a su persistente tutela. Y nosotros tan tranquilos,
conversando al borde de una tumba abierta.
-
Ya en tu obra periodística existía un
interés por contar historias no dichas, por
asomarse a los espacios otros de lo social, espacios
más o menos ignorados en la historia oficial,
que buscas sacar a la luz. ¿Ello explica tu
inclinación por la personalidad de Heredia?
- Para contestarte eso debo hacer un poco de historia.
La década del 80 fue un momento singular en
cuanto a la posibilidad de abrir espacios dentro de
los espacios ya creados. De pronto, en esos años
hay una estabilidad política, económica,
cultural, en el país: es el momento en que
mi generación intelectual en sentido general
se da a conocer, proponiéndose una ruptura
con el período anterior. No por gusto tal vez
lo que inaugura la década es la exposición
Volumen 1, donde la plástica da un vuelco a
la tradición que venía de los 70. Mi
generación -y me refiero a la narrativa, donde
están escritores como Senel Paz, Arturo Arango,
Miguel Mejides, Luis Manuel García, Reynaldo
Montero, Francisco López Sacha, José
Ramón Fajardo (que después lamentablemente
no ha producido mucho más)- se propone una
literatura que llene el espacio humano que se perdió
en los 70; es decir, la dimensión humana, interior,
ese intimismo que nos criticaron tanto, es la visión
que tratamos de imponer. En 1983 soy botado de El
Caimán Barbudo por problemas ideológicos
y paso a Juventud Rebelde castigado. En el equipo
de cultura me pusieron a atender lo que nadie quería:
aficionados y movimiento cultural juvenil. Yo no había
hecho periodismo hasta ese momento: había escrito
comentarios, artículos, pero no me había
enfrentado de forma sistemática al reportaje,
la entrevista, la información. Hay una coyuntura
muy favorable en el periódico: es el final
del período de dirección de Jacinto
Granda, con Ricardo Sáenz como jefe de redacción,
y tuvimos algo excepcional para cualquier periodista
en cualquier lugar del mundo: absoluta libertad para
escribir sobre lo que nos diera la gana, así
como recursos para trabajar, y sobre todo tiempo.
En ese período, que comprende de 1984 a 1989,
apenas escribí literatura: dos o tres cuentos
y dos o tres ensayos breves sobre Carpentier y narrativa
cubana. No obstante, enfrenté el periodismo
como una forma de hacer literatura; desde el principio
me propuse que hubiera un ejercicio de estilo, una
voluntad de comunicación diferente, una estructura
en los textos que estuviese más cercana a la
literatura que al periodismo. En eso me ayudó
sobremanera mi desconocimiento de las técnicas
periodísticas.
Luego, comencé a buscar asuntos que fueran
interesantes para el lector en la medida en que éste
tuviese alguna referencia de ellos, pero generalmente
una referencia mítica. Todo el mundo sabe que
la Virgen de la Caridad del Cobre apareció
en el mar y la encontraron tres pescadores; que el
mejor ron de Cuba durante un siglo fue el Bacardí
y se fabricaba en Santiago de Cuba; que Yarini fue
el proxeneta más importante de nuestra historia;
que en el centro de La Habana existió un barrio
chino. Pero nadie sabía, incluso ni yo mismo,
cuál era la verdadera historia, la verdad histórica,
de esos acontecimientos. Escribí entonces con
ese énfasis literario pero a la vez queriendo
ser lo más riguroso posible en la investigación.
Hasta ese momento, más que un escritor de ficciones,
era un escritor de ensayos, así que la investigación
no me era desconocida. Además, para escribir
esos trabajos hice énfasis en la verosimilitud,
categoría literaria, más que en la veracidad,
categoría del periodismo. Fue esa mi escuela
como escritor, y el castigo se convirtió en
premio.
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Cuando
escribo La novela de mi vida hay
dos formas de acercarme a esa historia que son complementarias
y contrapuestas a la vez: por un lado, la investigación
que hago como el ensayista que sigo siendo; por otro,
la mirada del periodista que aún disfruto practicar.
En este libro está la suma de estas dos formas
de asomarme a la realidad. Cuando hago la investigación
para escribirlo trato de peinar toda la bibliografía
posible sobra la vida de Heredia y su época
-aquí la época es importante, pues todo
lo que fue Heredia se lo debe a su tiempo, no es él
un personaje que puedas ver desligado de su momento.
Detuve la investigación cuando creí
tener las claves fundamentales de esa vida y ese tiempo.
No quise hacer el siguiente paso como ensayista, que
sería llegar a definiciones exactas de cada
aspecto, porque tenía el temor de que el conocimiento
exhaustivo me limitara como escritor: la ficción
tenía que tener un margen. Ello se asemeja
a aquel trabajo periodístico ante el cual investigaba
hasta conocer la realidad de los hechos y la ficción
me ayudaba a llenar los vacíos. Es la manera
en que aquel entrenamiento me funciona para escribir
esta novela.
-Esa
suerte de método tuyo parece complementarse
con la prioridad que otorgaste siempre en tu obra
periodística a la transmisión de ideas.
¿Eso se concreta aquí en el deseo de
reconstruir el período de fundación
de la condición de lo nacional?
- Suena feo, pero esta es una novela de tesis. En
ella trato de plantearme una hipótesis: a saber,
que desde inicios del siglo XIX, cuando los cubanos
empezamos a tener conciencia de que somos cubanos,
primero, somos iguales; y luego, hemos atravesado
cíclicamente las mismas circunstancias en momentos
históricos distintos. La clave de esa tesis
no se la debo a Heredia, curiosamente. Más
tarde descubro que es él el más paradigmático
de los cubanos de su momento y en relación
con la posteridad: a Heredia le ocurren tantas cosas
tan permanentes en la historia de la vida y cultura
cubanas... Pero el descubrimiento fue a nivel de lenguaje:
cuando leí hace seis o siete años el
Diario perdido de Carlos Manuel de Céspedes.
Creo no haber experimentado jamás una conmoción
intelectual como la que sentí al ver que Céspedes
escribía igual que podía escribir yo.
La contemporaneidad enorme de ese libro, donde un
cubano de hace 130 años usaba expresiones,
formas de ver a sus contemporaénos, de entender
su entorno, de enfrentarse a la vida, similares a
las que podía usar yo, me sembró la
certidumbre de que seguíamos siendo iguales.
Lo importante del Diario es que se trata del hombre
que políticamente había dado el primer
paso en el camino de la definitiva independencia,
el señorito de Manzanillo que estudiara leyes
en Barcelona, venido de una familia rica, un hombre
atractivo y con capacidad de liderazgo que se comportaba
como un cubano común y corriente cuando hablaba
consigo mismo. Cuando enfrento la vida novelesca de
Heredia desde esa perspectiva se me hace claro que
le ocurre lo que a cualquier cubano contemporáneo.
-
Como eje de la tesis general, aunque funcione a manera
de correlato de la misma, está el cuestionamiento
que haces a la legitimidad de Espejo
de paciencia. ¿Reparas en que,
de ser como aseguras en tu novela, todo el cuerpo
letrado, el canon simbólico de la nación,
estaría erigido sobre un simulacro, sobre una
falacia? ¿No supone ello la urgencia de reescribir
la Historia?
- Esos años 20-30 del siglo XIX son absolutamente
los de la formación de la cultura y carácter
cubanos, carácter que viene gestándose
-en cuanto a su relación con un territorio-
desde mucho antes, pero que ahora cristaliza. No por
gusto coinciden diez, doce nombres que definitivamente
dan forma a un sentimiento y una expresión
cubana en distintos aspectos de la vida: José
de la Luz y Caballero, José María Heredia,
Félix Varela, José Antonio Saco, Felipe
Poey, Domingo Del Monte, Francisco de Arango y Parreño.
Tal eclosión responde al momento de cristalización
de una forma diferente de entender la vida y la realidad
que es lo cubano respecto de lo peninsular.
En ese proceso hay un personaje absolutamente imprescindible:
Domingo del Monte. No por gusto Martí, que
no sé hasta donde lo estudió, dijo que
fue el cubano más útil de su época.
Pudo haber fabricado la superchería de Espejo
de paciencia o no, pero si la fabricaron él
y el grupo lo rodeaba -él como cerebro-, fue
un acto de absoluta utilidad para la historia y cultura
nacionales. Lo que sí tengo por seguro es que
del Monte y ese grupo tuvo el propósito explícito
de fundar una conciencia cubana. Él descubre
que esa conciencia debía ser creada a partir
de un discurso narrativo; la poesía no era
el medio. Y se trataba de fundar una conciencia para
luego fundar un país. La dimesión maquiavélica
de este proceso hace que su propósito sea válido
y trascendente para la cultura cubana. Él dice
que hay que escribir novelas, y pone a este grupo
a escribirlas, pagando incluso de su bolsillo, que
más que suyo era el del clan de los Maddam-Aldama-Alfonso,
los dueños de prácticamente la mitad
occidental de la isla, su mitad más rica. Ellos
requerían de esta serie de fundaciones para
poder cumplir sus propósitos económicos
en una posible Cuba independiente. Se trata de un
tema complicado y apasionante; creo que no hay otro
caso en el mundo donde la literatura haya sido tan
útil para fundar un país. Ello nos explica
de alguna manera por qué la literatura cubana
es tan importante para la Historia cubana. Esas novelas
van a dotar de rostro a lo cubano, y no por gusto
uno escribe la novela sobre la mulata, otro sobre
el negro esclavo, el rancheador, el campesino, los
aborígenes y la historia. Hay como una suerte
de repartición de las imágenes, que
van creando los prototipos de lo cubano, que salen
de ahí. Dentro de ese proyecto pudo caber perfectamente
el manuscrito original de Espejo de paciencia,
de cuya existencia no dudo, aunque sí estoy
absolutamente convencido de que era diferente del
que fue presentado luego. Esa historia fue manipulada:
encaja tan perfectamente con todas las necesidades
de la hora que se hace más sopechosa -aparte
de que nunca se vio el manuscrito original, que ellos
descubrieron, como tampoco es casual que también
descubrieran dos o tres años antes la Historia
de Cuba de Arrate. Sobre todo esto ha escrito
una tesis de doctorado un cubano residente en los
Estados Unidos, José Luis Ferrer. Me fue muy
útil poder consultarla, pues enfoca la fundación
de la narrativa cubana desde una perspectiva utilitaria.
-
Hay en
La novela de mi vida, en el trenzado de las
tres historias y tres tiempos de la narración,
la evidente intención de subrayar una suerte
de "eterno retorno de lo mismo" -para invocar
a Heidegger- que nos frustra como proyecto nacional.
El ejemplo de Espejo de paciencia,
cierto o falso, pero posible como acta de fundación
simbólica del cuerpo letrado de la nación,
¿no expresa una tendencia a modular, a prefigurar
intencionadamente nuestro deber ser como nación?
Si llegáramos a concluir que tal regularidad
histórica existe, estaría nuestro devenir
mediado por un como cortar las alas al libre albedrío
de lo nacional en función del destino deseado
por un grupo.
- Entre la idea de lo cubano y su realización
siempre se imponen voluntades, necesidades, personalidades.
Tales mediaciones han manipulado la historia, la realidad,
han mediado en la relación entre los hombres
y su contexto para dar forma a sus ideas y necesidades.
Eso nos persigue hasta hoy. Cuando se trata de definir
lo cubano siempre te encuetras ante la imposibilidad
de definir algo que existe, que conoces. Está
tan viciado, tan lleno de estereotipos -que son ciertos,
aunque sigan siendo estereotipos- que no permiten
tener acceso a la verdad. La historia de Cuba se ha
ido escribiendo una vez y otra en función de
intereses muy específicos. Hoy la vemos como
la ruptura de un proceso en 1959 a partir del cual
se crea otro país. Estoy absolutamente convencido
de que habrá un momento en que esa historia
se escribirá de manera que 1959 será
una fecha importante en nuestra historia, pero una
fecha de continuidad. Esa fundación posiblemente
fraudulenta, pero seguramente pensada, prefabricada,
como base de la cultura cubana, nos marcó y
fue creando mitos, la imagen de un país posible.
Fíjate que las artes nos prestan los personajes
representativos de cada momento de la cultura cubana:
Cecilia Valdés sale de una novela; el negrito
calesero de un cuadro de Landaluze; el negro, el gallego
y la mulata, del teatro bufo del XIX. Así se
construye una idea de país a partir de que
el arte se apropia de lo que está en la realidad,
lo transforma en personajes y después en estereotipos.
El pensamiento nacional se ha ocupado del tema, ya
sean Jorge Mañach, Fernando Ortiz, Alejo Carpentier,
Manuel Moreno Fraginals, cada quien desde su perspectiva.
Lo importante sería ver hasta qué punto
esos estereotipos nos representan, y si las realidades
cíclicas que hemos estado viviendo son un fatalismo
o reacciones propias de una realidad que no puede
escapar de ella, lo que al cabo también sería
un fatalismo. En la novela hay asuntos en los que
insisto: la relación del hombre con la verdad
y la fidelidad y la del cubano con el exilio. Cuando
escribo el segundo sector, que ocurre en los años
20-30 del siglo XX alrededor del mundo de los masones,
trato de utilizar el universo de la masonería
cubana para abordar lo primero. Creo que en medio
de los grandes debates acerca de la relación
del cubano con su medio y con su historia, los masones
son como una isla que ha mantenido una posición
desde principios del siglo XIX muy específica,
a veces parece que pasada de moda, aunque no creo
que un hombre que se reconozca hermano de los demás
hombres sea alguien pasado de moda, sino todo lo contrario.
La masonería cubana hoy tiene una vigencia
enorme.
Respecto al segundo tema, pienso que en todo el mundo
el exilio es desgarrador, pero no sé si hay
otro lugar del mundo donde se sufre de la manera tan
raigal que lo sufren los cubanos. La relación
de las personas que nacen en esta isla con su entorno,
la atmósfera, las demás personas, se
convierte en una relación casi sanguínea,
y no tenerla se vuelve una neurosis. Las razones que
han llevado al cubano al exilio son diversas, pero
generalmente tiene un fundamento político.
Por eso escojo a Heredia y a Fernando Terry, dos exiliados;
fíjate que digo exiliados, no emigrados: Fernando
se va al exilio, se ve obligado a irse de Cuba, y
después descubre que ha tratado de cortar con
ella sin lograrlo realmente; justo lo que sucedió
con Heredia.
-
Tu reflexión ilustra justamente esa estructura
arquetípica de personajes de tu novela: el
Domingo del Monte taimado y manipulador; el patriarca
del pensamiento cubano Félix Varela; el iracundo
y sanguíneo Saco... Como que te propusiste
ilustrar cómo operan tales caracteres en la
fundación del carácter nacional...
- Eso me ha pasado incluso con la novela policial.
La novela policial que se escribió en Cuba
en los 70 y 80 está llena de estereotipos concebidos
y fosilizados desde el principio. Mario Conde es el
anti-estereotipo respecto a esa otra novela, lo que
significó que estos libros fueran vistos como
sospechosos por ciertos círculos dentro de
Cuba. Afortunadamente, otra círculo aceptó
la necesidad de esta ruptura. Para mi la definición
de la humanidad de Varela es la relación que
tiene con su violín. Pude escoger entre infinidad
de elementos de su vida, pero pensar que este hombre
tenía un violín que solía tocar
me lo define. Uno va tratando de encontrar esos detalles
en los personajes mientras escribe, para hacer del
estereotipo un arquetipo, que es lo que funciona en
literatura. Un personaje puede ser muy complejo, contradictorio,
vital, pero requiere de una concentración de
intenciones que lo haga factible. Y uno siempre tiene
la imagen de Varela como un viejito con espejuelos,
pero cuando Heredia lo conoció era un hombre
de treintitantos. Así que requería de
esta clase de elementos que lo humanizaran.
-
Otro rasgo inquietante de tu novela es cómo
bosquejas en su estructura una alegoría histórica
que enlaza el período de la fundación
de la cubanidad y la clase de personalidad, de individuo
que va a definirla, con la ciudadanía posnacional
ahora en ciernes. Y propones un resumen donde alienta
la necesidad de que este devenir no se frustre ahora
una vez más. ¿Una invocación
de Padura a cierto tipo de solución a la agonía
cubana?
- Tanto Heredia como Fernando Terry están urdidos
desde una pespectiva novelística, no ensayística.
Pero ambos tienen una relación con un contexto
que es real. Hemingway decía que había
escrito 39 veces el final de Adiós a las
armas; yo escribí 50 veces el de La
novela de mi vida para encontrar el punto justo
de equilibrio de esa historia. Creo que logré
expresar lo que desde mi punto de vista debe ser la
solución individual, personal, que se convierta
en la solución nacional, para el terrible asunto
del exilio (hablamos de un país donde la quinta
parte de la población ha emigrado, lo cual
no es poco, y que vive con una intensidad dramática
ese asunto), y es abrir la posibilidad del regreso.
Ello significaba expresar algunas pequeñas
realidades que impiden muchas veces el retorno a Cuba,
que van desde aspectos legales hasta cuestiones materiales.
Pero lo fundamental es ese sentimiento de que uno
puede reencontrase con su historia, vigente en las
aspiración de Fernando Terry al final de la
novela. Esta es una novela que trata de ser neorromántica,
pues el ambiente esencialmente romántico en
que vive Heredia intento transmitirlo a los personajes
contemporáneos: Fernando lo comienza a sentir
a través del amor. Se trata básicamente
de un sueño, de una aspiración que me
parece una solución posible a las desgarraduras
de estos años, que es el reencuentro de todos
los cubanos.
-
Los cruces históricos hacen que nuestra época
y la de Heredia se aproximen. Ahora volvemos a obsesionarnos
por el sentido de lo cubano, por la orientación
de un proyecto nacional, y por ello revisamos las
marcas de lo identitario, el diseño genético
original del carácter nacional, y se vuelve
obsesivo el rescate del pasado en una operación
por un lado azuzada por la nostalgia, pero que por
otra parte emprende de forma creativa la recuperación
de la autoestima perdida. ¿Perseguias incorporarte
a ese debate con tu libro?
- No sé si era mi intención, pero es
algo que está en el ambiente. La década
del 90 fue tan terrible para la vida del cubano: de
pronto el proyecto fundado durante treintitantos años
se deshizo y quedó prácticamente el
esqueleto y la retórica, pero su realización
se truncó. No nos quedó más alternativa
que rescatar nuestra autoestima.
Si la generación a que pertenezco intentó
encontrar en los conflictos personales una explicación
para la vida que llevábamos, para el mundo
en que vivimos, alejándonos de la borrachera
histórica, luego llega una generación
-que es la tuya, la de los que tienen entre 25 y 38
años- que trae una nueva proposición
que considero, a nivel de pensamiento, la más
importante de los 90. La crisis fue a la vez beneficiosa:
obligó al cubano a encontarse consigo mismo;
se quedó solo y por ello esas búsquedas
en el pasado, en la nostalgia, en los mitos de lo
que ha sido la cubanidad. Para nada es casual que
exista una generación que repiense la realidad
y la historia cubana con otro lenguaje y desde otra
perspectiva, ni que haya habido un rescate de viejas
figuras del pasado. Ello se produjo, por ejemplo,
a través de Buena Vista Social Club, que es
en su esencia un proyecto comercial, pero que se ha
convertido en un proyecto cultural; la plástica
contemporánea vuelve otra vez a lo histórico,
a lo que nos define. Cuando tú ves ese cuadro
de Arturo Montoto (sigo con la mirada la orientación
de su dedo índice y reparo en una naranja a
medio pelar al borde de un muro, cuya cáscara
libre cuelga como un cabello contra la pared, justo
sobre mi nuca) y todos sus trabajos sobre la ciudad,
sus columnas, piensas que se trata de una relectura
quizás de Carpentier desde la plástica.
Hay una necesidad de pensarnos para determinar en
qué lugar estamos. A veces la política
interfiere con esa corriente fundamental del pensamiento
e impone sus necesidades de cada momento; la política
es absolutamente utilitaria y le urge validar en cada
momento lo que necesita para su proyecto. Hay otras
formas de pensamiento que a veces se cruzan, chocan,
otras marchan paralelo a esa voluntad política,
y todo ello ha ocurrido en los 90 y sigue ocurriendo
ahora.
Otro aspecto importante: se van al exilio en los 90
tanto intelectuales con actitudes hostiles como gente
de posición normal respecto al proyecto social
cubano. Como la de la otra emigración masiva,
la de los 60 -pues culturalmente la de los 80 tuvo
solo dos o tres nombres importantes-, la del 90 tiene
un alto componente cultural, con actores importantes
de la vida cultural cubana, que continúan su
obra afuera, y les ha sido necesario para encontrarse
a sí mismos repensar su lugar en Cuba y repensar
a Cuba, continuando, como los que están en
Cuba, esta indagación. Lo importante es el
desarrollo de esa corriente de pensamiento y creación
que busca los orígenes, las constantes, los
paradigmas de una vida espiritual en la cual lo cubano
sigue siendo una obsesión, esta vez más
justificada porque es lo único que nos queda:
a Cuba como concepto histórico y cultural lo
único que le queda es encontrarse a sí
misma y validarse para recuperar esa autoestima que
nos es tan importante. El cubano tiene como característica
buena y mala un cierto sentimiento de superioridad:
Antón Arrufat lo dice jugando, pero en serio:
Qué vamos a hacer si realmente tenemos una
gran poesía, una gran narrativa, un gran teatro,
una gran música; somos importantes, muy importantes.
Y, pensándolo así, cuando comparas los
resultados de la vida espiritual cubana con los de
otros países es muy desproporcionada.
-
¿Crees que llegaste a entender la enigmática
fijación de Heredia con Cuba? Pienso que hay
algo inefable en eso.
- De hecho, mientras escribía la novela me
planteé el problema muchas veces, pero no era
ése el espacio para tratar de responder la
pregunta. Por ello escribí el ensayo Heredia
o la elección de la patria. Ahí
trato de plantear razones de índole histórica,
material, social, incluso espiritual, que permitieron
a Heredia esa apropiación de una nacionalidad
que no existía. Pero hay un espacio que pertenece
al misterio, donde alienta el por qué este
hombre se empecina en seguir siendo cubano y en serlo.
De joven, hay momentos en que se considera español,
y otras, de adulto en que se considera mexicano; pero
siguió siendo cubano. En sus cartas, reflexiones,
en su intimidad siguió teniendo esa obsesión
con Cuba. Ese es el misterio que nos sigue acompañando
y que hace que un día te encuentes con un hombre
que fue profesor de Historia en Cuba hace 45 años
y ahora vive en New Orleans, ni siquiera en Miami,
y sigue viviendo como un cubano, en su casa se come
el arroz con pollo, se toma el café, se habla
como en Cuba. Hay algo que este hombre no ha podido
superar, no precisamente porque no haya querido. Y
después va a la calle y se comporta perfectamente
como un norteamericano, pero está ese espacio
que sigue perteneciéndole a Cuba y que sigue
definiéndolo como cubano. Eso es dramático,
fue dramático en Heredia, y yo busqué
presentarlo en un caso tan especial como el de Eugenio
Florit, que había nacido en España,
vino a Cuba y se hizo tan cubano que murió
como cubano tras vivir 40 años en Miami. Cuando
leí una descripción de su casa me di
cuenta de que Florit había reproducido a Cuba
en un espacio de seis metros x cuatro. Esa obsesión
enfermiza es algo que nos persigue a todos. No por
gusto en la novela está el episodio del encuentro
de Fernando Terry con Florit.
-
¿Vas a volver a emprender una obra donde hagas
una revisión del presente desde el pasado?
- Pienso que eso ha estado siempre en mis libros,
aunque nunca había sido un pasado tan remoto.
En Mario Conde hay una nostalgia por un pasado vivido
y por otro leído, oído, que siempre
está muy presente en su manera de entender
la realidad en que se desenvuelve. No sé si
volveré a usar un asunto tan explícitamente
histórico como argumento... Posiblemente sí,
porque hay en la historia una cantidad enorme de personajes
y asuntos muy favorables para eso. Y no por gusto
la novela que estoy escribiendo ahora es un libro
en el que de alguna manera el historicismo un poco
a lo Jesús Díaz está como un
fantasma detrás. Es una novela que empieza
con la Revolución y llega hasta hoy. Es una
novela coral, sobre un grupo de personajes a los que
la historia les fue moviendo su vida a lo largo de
estos 40-50 años; son justamente marionetas
de la historia. Y tiene un lenguaje que trata de ser
diferente al de las novelas anteriores -pues en los
ocho años que escribí las cuatro novelas
de la tetralogía me tuve que restringir a un
estilo que fue con el que escribí Pasado
perfecto, y al cual no quería traicionar,
aunque cada vez se me presentaba como una camisa de
fuerza. Ahora estoy tratando de escribir en un estilo
más despegado de los personajes, como más
objetivo, y con mayor peso de la historia en los acontecimientos
que van marcando la vida de los personajes. Pero es
que la Historia es todo lo que nos pasó hasta
este momento en que estamos hablando. Todo es resultado
de la Historia.
-
Me encanta la anécdota que contaste hace unos
días, acerca del periodista que te preguntó
en España cuál otro personaje histórico
del XIX cubano te interesaría novelar. Contestaste
que tenemos un personaje absolutamente novelable en
ese siglo, José Martí, al cual es imposible
novelar poruqe lo han convertido en estatua. ¿Crees
que nos sigue faltando un abordaje complejo de nuestra
historia, la búsqueda de una imagen compleja
en la que podamos revisar nuestro devenir sin tantos
endiosamientos y demonizaciones? ¿Reconoces
en tu novela la intención de invadir desde
la ficción esos terrenos no cubiertos por lo
historiográfico?
- Una característica de la narrativa que se
hace en los 90 es escribir la historia no escrita.
La jinetera, los balseros, los drogadictos, llegan
primero a la literatura que al periodismo. Haciendo
la crónica del presente, la narrativa de los
90 estaba ya escribiendo la historia de estos años,
que por ausencia no estaba en el periodismo -ese es
un tema sobre el cual no me gusta hablar, porque siempre
me encabrono. Si miras hacia el pasado ocurre lo mismo.
Solo que el presente de los 90 fue tan dramático
que dondequiera saltaba una historia. Eso hizo que
hubiera tanto esa literatura de lo contemporáneo.
Pero en este repensar de lo cubano, en esta reflexión
sobre los contrastes y necesidades de la cubanía,
en el rescate de una cultura que nos antecede, ha
habido una recuperación de determinados aspectos
de lo histórico. Ahorita te hablé del
Diario perdido de Carlos Manuel de Céspedes,
que es una incitación a novelarlo, y ese es
de los proyectos con los que a veces sueño.
Y es que a veces en la Historia, en eso que ya parece
absolutamente detenido, hay tanta relación
con lo que somos que en esos personajes uno encuentra
historias fabulosas. El problema está en hasta
qué punto uno puede sentirse libre escribiéndolas.
Las presiones a veces determinan que el escritor no
quiera aventurarse a escribir sobre semejantes temas.
Me refiero a no encontrar una respuesta favorable
al acto de tumbar una estatua de su pedestal y ponerla
a caminar en la vida real. Ya le pasó a Humberto
Solás, cuando hizo Cecilia.
Y los cubanos, precisamente por ser como somos, somos
muy celosos de esos estereotipos ya creados. Pero
hay una posibilidad en los personajes del pasado:
cuando Abelardo Estorino hace Parece blanca
funciona porque pone a Cecilia a hablar con el presente,
mientras que Solás la mantuvo en el pasado.
La posibilidad es ver la historia desde el presente.
Ahora que lo digo, no sé si escogí al
personaje de Fernando Terry para mirar a Heredia desde
él, pero creo que esa es la solución.
-
¿Cuál ha sido, mirándolo con
la distancia de los años, la recepción
general del libro?
- Con La novela de mi vida me ha
pasado algo muy satisfactorio: me he encontrado a
unas cuantas personas que confiesan que tras su lectura
han ido a buscar las poesías de Heredia. Si
ese es uno de los efectos del libro, estoy absolutamente
satisfecho. Ese libro tenía como objetivo fundamental
rendir homenaje a Heredia y eso ha sido uno de sus
efectos. Hay quienes no encuentran al Heredia que
les habían fabricado y no les satisface del
todo. Pero en general, sobre todo aquí en Cuba,
hay un entendimiento de lo que con la novela me propuse,
una lectura bastante inteligente en la mayoría
de los casos. Incluso ha significado para mí
revisar mentalmente el proceso de escritura, porque
alguna gente ha encontrado cosas que no estaban en
mis intenciones expresas a la hora de escribirla.
El libro ha salido en Francia hace dos meses, donde
ha tenido buenas críticas; salió en
España hace un año, con muy pocas críticas
y muy perdidas; de América Latina me han llegado
dos o tres bastante buenas; de los Estados Unidos
algunas muy politizadas; aquí en Cuba se han
escrito muy pocas. Sí creo que ocurre algo
bastante triste en el mundo cultural cubano: si no
es por razones sobre todo de carácter político,
las obras literarias de alguna trascendencia que se
han escrito en los últimos diez o quince años
han tenido muy escasa reflexión crítica
en Cuba. Tuvieron muchos comentarios favorables a
nivel personal, en conferencias. Eso tiene que ver
con la permanencia del espíritu de Domingo
del Monte en la vida cultural cubana: hay una mezquindad
muy grande tanto por los cubanos de adentro como por
los de afuera respecto al reconocimiento de la literatura
que se está haciendo. No hay un reconocimiento
público de la literatura cubana como sí
lo hay con la música; los músicos cubanos,
cada vez que sacan un disco, tienen comentarios, van
a la televisión, los entrevistan. Pienso que
un escritor como Abilio Estévez ha escrito
dos novelas y cinco o seis obras de teatro absolutamente
fundamentales, y él sigue siendo un desconocido
en Cuba. Lo que pasó con Tuyo es el
reino, eso de acusar a Abilio de plagio fue
el colmo de la mezquindad. Alguien como Pedro Juan
Gutiérrez podrá gustarte o no, puedes
considerar que es buen o mal escritor, pero se trata
de un fenómeno de la escritura cubana contemporánea,
y no por gusto está publicado en diez países,
vende 30-40 mil ejemplares de sus libros, ganó
un premio importante en España, y eso en Cuba
prácticamente se desconoce. Reina María
Rodríguez es una de las voces poéticas
más importantes de Latinoamérica ahora,
y es una desconocida en Cuba. Todo eso tiene razones
de índole muy diversa. Aunque siempre recuerdo
que, cuando entrevisté a Mario Bauzá
en Nueva York, me dijo: "Chano Pozo se tenía
que ir de Cuba. Lo único que no se admite en
Cuba es el éxito ajeno."
Leonardo
Padura Fuentes (La Habana, 1955) Narrador,
periodista, guionista de cine, crítico y ensayista.
Tiene publicados, entre otros libros, las novelas
Fiebre de caballos, Vientos
de cuaresma, Pasado perfecto,
Máscaras, Paisaje
de otoño y La novela de mi
vida, el volumen de cuentos La puerta
de Alcalá y otras cacerías,
la compilación de reportajes periodísticos
El viaje más largo, y los
ensayos José María Heredia:
la patria y la vida y Un camino de
medio siglo: Alejo Carpentier y lo real maravilloso.