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Las
Cartas a Elpidio fueron los últimos
escritos de Félix Varela (1787-1853). Desde su
exilio en Nueva York, dirigió estas epístolas
eruditas y subversivas a un hipotético lector
que esconde en sí el rostro del cubano del mañana.
A la juventud se dirige el Padre Varela, quien no solamente
desde su púlpito en el Seminario de San Carlos
y San Ambrosio, sino además como diputado a las
Cortes de España, defendió la posibilidad
de erguir un pensamiento político en un país
paralizado ante la idea de pensarse independiente a
causa de mezquinos intereses materiales. De ahí
que ya en El Mensajero Semanal, periódico que
publicara desde los Estados Unidos junto a José
Antonio Saco, así como en El Habanero, Varela
madurara su pensamiento agitador, que no perseguía
sino fundar la idea de la independencia política
en el sentido más amplio. Ello se explica en
aquella idea suya: "Es preciso no perder de vista
que en la Isla de Cuba no hay opinión política,
no hay otra opinión que la mercantil."
Las Cartas… han sido consideradas
una obra menor, olvidadas por siglos a causa de su molesta
irreverencia. La isla en peso reproduce ahora un fragmento
de su primer tomo, impreso en 1835, donde Varela discursa
sobre la impiedad. El segundo, sobre la superstición,
vio la luz en 1838 y el tercero y último, sobre
el fanatismo, nunca llegó a escribirse. Acaso
estas breves líneas permitan coincidir con la
opinión que sobre Varela hiciese su discípulo,
José de la Luz y Caballero: "mientras se
piense en la tierra de Cuba se pensará en quien
nos enseñó primero en pensar".
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| Carta
Segunda
La impiedad destruye la confianza de los pueblos
y sirve de apoyo al despotismo
(Fragmentos) |
Al
descontento que causa la impiedad se sigue, querido
Elpidio, la desconfianza de los pueblos; mal terrible
que destruye todos los planes de la más sabia
política y anula los esfuerzos del más
justo gobierno. Persuadidos los hombres de la necesidad
de una garantía contra la malicia, y no pudiendo
encontrarla en las leyes, que como dijo un sabio de
la antigüedad, nada valen sin las buenas costumbres,
claman por un principio que las produzca y asegure.
La vida de los impíos es un testimonio irrefragable
de que no siguen este deseado principio y que la relajación
está, casi siempre, unida a la impiedad. ¿Cómo
pueden inspirar confianza? El sagrado juramento es
en sus labios una ficción ridícula y
una mofa la más insultante. Jurar por un Dios
en que no se cree, o de quien nada se espera y nada
se teme, es tratar a los demás hombres como
a niños, o a dementes; cuyas ideas suelen aprobarse
sólo por complacerlos y acallarlos. ¿Puede
darse mayor insulto? Los que empiezan por mentir en
la misma promesa, ¿podrá creerse que
tienen ánimo de cumplirla? Preséntanse
como creyentes y juran como ellos, dando a entender
que tienen las mismas ideas y los mismos sentimientos,
al paso que en su mente contrarían cada una
de sus mismas palabras; resultando que ni ellos se
creen mutuamente, ni nadie los cree, por muy bien
que desempeñen su papel cómico-político.
Difundida, pues, la impiedad en el cuerpo social destruye
todos los vínculos de aprecio, y a la manera
de un veneno corrompe toda la masa y de la muerte.
El honor viene a ser un nombre vano, el patriotismo
una máscara política, la virtud una
quimera y la confianza una necesidad. ¿Crees
que exagero, Elpidio? Reflexiona, y verás que
sólo copio. Sí, en la historia de los
pueblos encontrarás el original de la imagen,
verás los partidos políticos, que cual
densas nubes impelidas por contrarios vientos, chocan
con furia, mas no teniendo cohesión entre sus
partes se deshacen y desaparecen; o bien se mezclan
formando otras nuevas, que a impulso de distinto viento
van a chocar con las más lejanas, repitiendo
allá la misma escena; y de este modo observan
un denso velo que roba a nuestra vista los rayos luminosos
del sol de justicia. Pero ¡qué!, me dirás,
¿es siempre la impiedad la que forma los partidos?
No; pero siempre se mezcla en todos ellos sin pertenecer
a ninguno, y a todos los corrompe. El impío
es hombre del momento, mas el justo es hombre de la
eternidad. Tienen, pues, consistencia las sociedades
de los justos y son deleznables las de los perversos.
Mas cuando por desgracia se reúnen elementos
tan contrarios, como la justicia y la impiedad, basta
un ligero impulso para separarlos; e interrumpida
la acción, por sólidas que sean algunas
de las partes, el todo queda disuelto. ¡He aquí
el pernicioso efecto de la impiedad!
Si los partidos tuvieran el derecho de expulsión,
y si pudieran ser conocidos todos los que la merecen,
sin duda que llegarían a formarse cuerpos políticos
homogéneos. Mas un partido es una casa abierta
y sin propietario, donde entra y sale el que le parece,
y donde muchos suponen haber estado, sin que pueda
probárseles su impostura. De aquí el
descrédito de la generalidad por unos pocos;
que fingen haberse separado en consecuencia de crímenes
que observaron en sus antiguos compañeros,
que acaso nunca lo fueron; de aquí la facilidad
de producir gran confusión y entorpecer las
operaciones ordenadas; de aquí, en fin, la
oportunidad para asechanzas políticas. Paréceme,
querido Elpidio, que estas ligeras observaciones bastan
para explicar un fenómeno que algunos creen
tan raro, quiero decir, cómo pueden hombres
de virtud y mérito hallarse en partidos detestables;
y cómo se encuentran tantos perversos en partidos
los más santos. Hállense, a veces, estos
seres extraños a la cabeza de los mismos partidos;
y he aquí una gran prueba de que no siempre
las ideas de las clases convienen con las de sus principales.
¿Para qué, me dirás, hablar tanto
de partidos? Para hacer ver, mi Elpidio, que por más
justa que sea su causa y más sagrado su objeto,
su ruina es inevitable si prevalece en ellos la impiedad;
y como el género humano está necesariamente
compuesto de partidos, resulta que la impiedad, enemiga
de la virtud, siembra la desconfianza en los pueblos
e impide su felicidad. Sólo un vínculo
interno puede unir a los hombres cuando no pueden
ser sometidos a los externos. ¿Y quién
no ve que las leyes y la opinión jamás
podrán contener los desvaríos y perfidias,
cuando una multitud de hombres diseminados en la sociedad
saben evitar sus golpes, y aun se fingen sus más
fieles observadores? No se funda, pues, la confianza
de un partido sobre otra base que el sentimiento de
justicia, de sensatez y de honor, que supone en los
demás el que de buena fe profesa unos principios.
Convencidos de estas verdades, y conociendo la necesidad
de inspirar confianza a los hombres, si queremos vivir
en paz con ellos, han pretendido algunos demostrar
que la mortalidad no depende de la religión;
y aunque horrorizados de su misma doctrina, no se
han atrevido a deducir las consecuencias, es claro
que de ella se infiere que los impíos pueden
ser virtuosos. Puestos ya en contacto los dos términos,
virtud e impiedad, creo, mi caro amigo, que es palpable
la contradicción, y tamaño absurdo queda
completamente refutado. La materia, sin embargo, es
de tal importancia que conviene ilustrarla con algunas
reflexiones.
Respecto de la vida eterna no hay más que una
religión y una moral derivada de ella y meritoria
por este sagrado principio; mas, respecto a la sociedad,
pueden unas religiones nominales, quiero decir, unas
falsas doctrinas religiosas, inspirar una moral correcta;
que, como su principio, sólo tiene mérito
ante los hombres. Vemos, pues, en las sectas religiosas,
hombres caritativos, sobrios y justicieros; que por
estos actos merecen aprecio, excitan admiración,
sin que tampoco se diga que por ellos desmerecen
ante Dios; pues caeríamos en el absurdo de
afirmar que todas las operaciones de los pecadores
son pecados (1). Estas dos
líneas deben marcarse perfectamente, para no
incurrir en errores funestos acerca del influjo de
la religión en la sociedad, confundiéndolo
con el productivo del mérito para la vida eterna.
Distinguiendo, pues, la moral social y la religiosa
diremos que ésta no es legítima y perfecta
sino cuando proviene de la única y verdadera
religión; mas aquélla puede ser perfecta
aunque tenga por origen una falsa religión.
En cuanto a la impiedad, es destructora de ambas clases
de moral, por más que digan sus apologistas.
Un incrédulo vive sólo para gozar en
este mundo cuanto pueda; y según sus principios,
es un tonto si pudiendo gozar no goza por voces insignificantes
de virtud y honor; mas, según sus mismos principios
y
los de la sana moral, son muchos más tontos
que él los que tienen la simpleza de fiarse
de sus palabras. Es una fiera encadenada por las leyes;
mas si está a su alcance una víctima,
o si fallan las cadenas, la destrucción es
segura.
Temen, pues, los buenos de todos los partidos, y aun
los mismos impíos temen, cuando estas fieras
con aspecto humano discurren por todas partes y se
mezclan con los hijos de la paz sólo para devorarlos.
Entran los recelos, empiezan las pesquisas, auméntanse
las inquietudes falta el sufrimiento, la prudencia
falta, sucede el furor, síguense los ataques,
y empezada la matanza, concluye con la desolación.
De las fieras que la causaron, unas se retiran saciadas;
otras rugen, porque les ha cabido poco; y otras, cubriéndose
con ajena piel, van con apariencia de ovejas a introducirse
en los rebaños, para preparar nuevo exterminio.
Tal es, mi amado Elpidio, la importante lección
que la experiencia ha dado en todas las vicisitudes
de los pueblos, y sabes que yo he sido uno de los
oyentes de esta severísima y sabia maestra...
¡Ah, qué profundas son las heridas que
causan en el cuerpo social las emponzoñadas
garras del monstruo de la impiedad! Extinguidos o
aminorados los sentimientos religiosos y no hallando
consuelo alguno sobre la tierra, se entregan los ánimos
a una lamentable indolencia, o a una desesperación
espantosa; dase de mano a todos los proyectos y parece
que los pueblos renuncian a toda tentativa de prosperidad.
El siglo pasado nos presentó, en una de las
más florecientes naciones de Europa un ejemplo
de estas terribles verdades; sí, un ejemplo,
Elpidio, que jamás se borrará de la
memoria de los hombres; pero que, desgraciadamente,
no ha bastado en escarmentarlos. Era la Francia un
delicioso albergue de la industria y un magnífico
alcázar de la ciencia; cubrían sus campos
mieses abundantes y blanqueaban sus colinas rebaños
numerosos; veíanse sus puertos poblados de
mástiles y sus caminos sellados de carros.
Pero ¡ah! En medio de tantas delicias iba haciendo
progresos la impiedad, y ya sabes cuál fue
el funesto resultado. No renovemos la memoria de tantas
miserias y sólo copiemos de aquel horroroso
cuadro algunos ligeros rasgos que puedan servir a
nuestro intento.
Sabes que jamás se ha visto más difundida
y poderosa la impiedad, pero, ¿te acuerdas
haber visto jamás tan difundida la injusticia?
Pero, qué digo la injusticia, ¿no se
vió aquel sabio e ilustre pueblo reducido a
la barbarie? ¿En qué pecho habitaba
entonces la confianza? Los mismos asesinos temían
ser asesinados; ni el amor conyugal, ni el filial,
ni la antigua y pura amistad producían efecto
alguno, desde que una turba impía los calificó
de necedades. Cerrar los ojos para no percibir una
verdad tan clara es aumentar la desgracia con el tormento
de haberla causado, pero ¡cuántos de
estos ciegos voluntarios no hallamos por todas partes!
Hay, sí, una clase, o, mejor dicho, una multitud
dispersa de hombres más perversos que ignorantes,
cuyo placer es la discordia, cuya ciencia es el engaño
y cuyo objeto es la destrucción; mas con suma
perfidia invocan, para cohonestar sus depravados intentos;
invocan, sí, los hombres respetables de los
más célebres patriotas, a quienes suponen
tutores de los más desatinados proyectos; declaman
contra el destino que los ha frustrado y quieren cubrir
con el velo del heroísmo aquella escena memorable
de la degradación de la especie humana. De
este modo impiden los efectos saludables de tan terrible
experimento e inducen a los pueblos a emprender otros
semejantes.
Afortunadamente, el sentido común popular,
aquel instinto que tiene la muchedumbre para dirigirse
a ciertos objetos que la favorecen y separarse de
otros, que la perjudican, no está enteramente
extinguido; y a pesar de todos los esfuerzos de los
impíos, la multitud sencilla conoce la tendencia
y palpa los frutos de la impiedad, a la cual hace
responsable de los raudales de sangre que inundaron
la Francia; y de aquí el odio con que son mirados
por los pueblos los apóstoles del exterminio.
Ocurren éstos a los insultos y denuestos; declaman
contra la ignorancia popular y ponderan la corrupción
del pueblo que le hace incapaz de empresas nobles
(empresas a que ellos mismos sirven de obstáculo);
y pasan de este modo una vida de tormento, causándoselo
a otros. El pueblo, por su parte, irritado por tanto
insulto, odia más y más a sus calumniadores,
y crece rápidamente la desconfianza, al ver
que la impiedad se extiende y que sus ataques son
alevosos y tremendos. Prodúcese un temor pánico
en ciertas clases y un furor bélico en otras,
y advirtiendo ellas mismas sus contrarias disposiciones,
entran nuevos recelos y tómanse nuevas precauciones.
Cada hombre ve en su semejante un enemigo, que al
momento supone un impío; y como estos monstruos
nada respetan, procura vivir en continua observación,
fruto de una justa desconfianza.
¡Qué triste idea atormenta mi espíritu!
¡Qué infausto resultado, si bien debía
esperarse de tales elementos! Temo, querido Elpidio,
que no acertaré a presentar con sus propios
colores al monstruo de la impiedad ejerciendo la mayor
de sus crueldades y la más baja de sus perfidias:
quiero decir, abriendo el camino para que le siga
otro monstruo no menos horrendo y destructor -el bárbaro
despotismo-. ¿Te sorprende mi aserción?
¿Crees que la impiedad sólo se amista
con los libres? ¿Piensas que no hay déspotas
impíos? No; tu alma grande no puede abrigar
unas ideas tan degradantes de la especie humana; y
tu sano juicio afirmará, como de todos los
buenos, que jamás hubo un hombre libre que
fuese impío, ni un déspota que dejase
de serlo. La impiedad desata todos los vínculos
del amor arreglado y deja expeditos todos los movimientos
de las pasiones; que muy pronto degeneran en furias
que ejercen en el corazón humano el más
insufrible de todos los despotismos, convirtiendo
al oprimido en el opresor de sí mismo. Esta
cruel opresión experimenta el déspota;
sus desenfrenadas pasiones le arrastran por todas
partes y como fiera maltratada se ceba en cuantas
víctimas encuentra en su malhadada carrera.
Mientras mayor es el número de sus injusticias,
mayor es la inquietud de su corazón, y mayor
es su compromiso con los agentes de sus crueldades.
Es un esclavo cubierto de oro para hacer más
visibles los signos de su esclavitud. ¿Y crees
que la santa piedad, por esencia bienhechora, pacífica
y amorosa; crees, Elpidio, que esta suave y deliciosa
emanación del cielo, habita en un monstruo
esclavo de las furias y ministro del infierno? Si
es que conserva alguna fe, ¿no es semejante
a la de los demonios? ¿No es un impío
práctico, de cuyas nociones especulativas tenemos
mucho derecho para dudar?
Los dos santos principios de la felicidad humana,
la justa libertad y la religión sublime están
en perfecta armonía y son inseparables. Una
hipocresía política pretende desunirlos,
pero un estado tan violento no puede ser duradero,
y el tiempo corre al fin el velo y descubre al hipócrita.
De aquí tantas alteraciones políticas
en ambos sentidos; de aquí tanta sangre vertida,
tantas riquezas malgastadas, tantos pueblos arruinados
y tantos crímenes, cuya memoria sirve de castigo
a sus autores. Después de tantos escarmientos
y de experiencias tan dilatadas, ¿qué
diremos de nuestros libres que quieren ser impíos
y de nuestros religiosos que quieren ser esclavos?
Mi respuesta franca sería que ni los unos son
libres, ni los otros son religiosos, sino unas hordas
de ilusos y de pícaros que con distinto vestido
sirven a un mismo amo, quiero decir, al demonio.
¡Ah! mi caro amigo, estas masas, al parecer
tan heterogéneas, convienen perfectamente en
atraer el crimen y repeler la virtud; y de aquí
resulta que inundado el orbe por un diluvio de males,
pierden los buenos la esperanza de purificarlo y todos
se desalientan. Su inacción dejó expedita
la ominosa influencia de la tiranía, a la cual
muy pronto ofrecen sus inciensos los pérfidos
que se fingieron sus enemigos mientras no pudieran
ser sus compañeros; y fatigados los pueblos,
ceden al degradante despotismo.
No creas que hablo sólo de los reyes entre
los cuales ha habido padres de los pueblos y fieras
que los han devorado; mis observaciones se dirigen
al despotismo en todos sus estados, y verás
que en todos ellos es favorecido por el monstruo de
la impiedad. Existe, sí, existe un despotismo
popular no menos detestable que el monárquico;
y los pueblos han sido sus víctimas, obligándolos,
para su mayor pena, a votar su injusta sentencia.
En nombre de los pueblos se han destruido sus riquezas,
muerto sus hijos, destruido sus ciudades y, lo que
es más, hollado sus leyes. A este lamentable
estado no pudo conducirle sino la impiedad; que alejando
las virtudes a quienes el pueblo había confiado
su suerte y que fieles conservadoras de tan estimable
depósito impedían la entrada a sus enemigos;
alejando, sí, los ángeles tutelares
del género humano, los genios que la Divinidad
envía para consuelo de los mortales oprimidos;
queda franca la entrada al monstruo, que muy pronto
elige sus satélites y principia sus devastaciones.
Con oprobio de la naturaleza humana se empieza a predicar
por todas partes la necesidad de oprimir los pueblos,
en vez de predicar la de no exasperarlos. No se omite
sofisma de ninguna clase para alucinar a la multitud,
cuya razón poco ejercitada cede a los impulsos
de la imaginación, que se procura acalorar
con las terríficas imágenes de tantos
desastres. Recuérdanse los gemidos de las víctimas,
pero no se recuerdan los golpes de sus inmoladores;
no se recuerdan las causas de tantos sacrificios,
antes se inventan otras que sean menos odiosas y que
cubran con el velo de la prudencia los efectos de
la perversidad. De este modo, se encadenan y aprisionan
los pueblos, mi caro amigo, e importa nada que las
llaves de esta horrenda cárcel estén
en una o muchas manos.
Por muy poco que reflexionemos sobre las operaciones
del despotismo en todas sus especies, conoceremos,
mi amado Elpidio, que este aborto infernal no puede
avenirse con la piedad, que es hija del cielo; antes
procura destruirla para poder reducir a los hombres
al estado de barbarie y crueldad absolutamente necesarias
para sus criminales procedimientos. Sólo hallándose
el hombre privado de todo temor de Dios, puede despreciar
su ley divina, desatender los dictámenes de
la conciencia y arrojarse como un tigre sobre sus
semejantes para devorarlos. ¿Y qué otra
cosa hacen los déspotas? Ni las lágrimas
de la viuda, ni los gemidos del huérfano, ni
las quejas lastimosas del honrado padre de familia,
ni los avisos del sabio bastan a separar al déspota
de sus crueldades. Sufrimiento, virtud y ciencia,
estos tres resortes de la simpatía, son insignificantes
para un hombre cuyo bárbaro placer consiste
en ser temido. Nada más análogo a la
impiedad, que priva de aquel vínculo agradable
de sumisión a un Ser Supremo y vengador, pero,
al mismo tiempo, padre amoroso de los mortales, a
quienes promete una dichosa inmortalidad.
Permíteme, querido amigo, que aun detenga tu
atención por algunos momentos, y sigamos los
rastros de esta víbora que ha causado y está
causando tantos daños a los pueblos. Investigaremos,
aunque con suma pena, los distintos medios que emplea
para disfrazarse y para hacer agradable su activo
veneno.
Declaman los déspotas contra la impiedad que
les abrió el camino y llevando al colmo su
hipocresía hacen creer a los pueblos que sólo
aspiran a verla destruida. Invocan el sagrado nombre
de la religión, pero con un semblante que deja
entrever sus contrarios sentimientos, si bien no autoriza
para pronunciarlos impíos. Cuentan, pues, con
los ignorantes e irreflexivos, que por desgracia son
muchos; y sostienen su influjo conservando en ambos
partidos una ligera esperanza de un total pronunciamiento.
Piensa el hombre religioso, pero incauto, que los
resquicios de impiedad que aun se observan en el déspota
podrán ser destruidos por la abundancia de
sus buenas cualidades, y llama buenas todas aquellas
cuya malicia él no alcanza a percibir. Anímase
el impío al traslucirse una identidad de sentimientos
y no duda que pronto se conseguirá una identidad
de sabias y francas operaciones y llama tales, los
ataques descarados e infructuosos contra la religión.
El déspota, entre tanto, saca partido de ambas
clases de hombres alucinados y se vale de la impiedad
como instrumento que sabe manejar de distinto modo.
Extraño fenómeno, mi caro amigo: el
odio y temor de la impiedad subyuga al devoto y el
deseo de propagarla contiene al impío, quedando
ambos encadenados por la mano infausta del despotismo
ilustrado, que para asegurar más víctimas,
se vale de la ignorancia que en los unos toma el nombre
de prudencia y en los otros el de ilustración.
También suelen valerse los déspotas
de otro medio aun más infame para su inaudita
perfidia. Suponen la impiedad mucho más difundida
de lo que, por desgracia, se encuentra y pintan un
porvenir el más funesto y casi inevitable,
y afectando la imaginación en sumo grado, preparan
los ánimos para sufrir cualquiera medida, que
toman con una afectada pena y como por fuerza, cuando
no es sino el resultado de una maquinación
infernal. Los impíos, por su parte, caen también
en el lazo, pues creyéndose más fuertes
de lo que son, se descubren y atacan sin reserva;
pero destruidos en sus primeras tentativas aumentan
las glorias del despotismo y lo radican por los mismos
medios que emplearon para destruirlo, creyéndolo
identificado con la piedad; sin advertir que ellos
mismos eran los agentes de que se valió para
la ruina común y la elevación de su
sangriento y detestable trono.
Sirve también el despotismo de la impiedad
para hacer nulo el poder de las leyes, que son sus
enemigas. Quiere destruirlas, mas su origen es tan
noble y tan grande su influencia en las almas piadosas,
que la tentativa es arriesgada y es menester prepararla
despojando al corazón humano de unos sentimientos
celestiales que jamás pueden avenirse con las
perversidades de los déspotas. Temen éstos
perder en la lucha sino encuentran compañeros
en sus crímenes, y no pudiendo ser los justos,
les es preciso acogerse a los impíos, a quienes
pueden comprar a poco precio porque nada valen y nada
respetan. Infringidas las leyes por un gran número,
llega el pueblo a habituarse a estas infracciones
y poco a poco va preparándose el terreno para
levantar otro monumento al crimen. Acúsense
de injustas o inadecuadas las leyes, preséntase
como efecto de un sentimiento popular e instinto benéfico
la osadía de una descarada desobediencia y
empiezan los aduladores de los déspotas a formar
las coronas con que se proponen premiar su perfidia,
dándole el nombre de alta prudencia e ilustrado
celo, que superior a inertes documentos remueve los
obstáculos de la prosperidad. ¿No has
oído varias veces este lenguaje? ¿Y
crees que puede salir de los labios de la piedad?
Anuladas las leyes y sueltas las pasiones entran los
hombres en una guerra funestísima e inevitable,
por no tener campo determinado, ni bandera marcada
para reconocerse los enemigos. Es guerra de perfidias,
de acechanzas y de vilezas, y en esta clase de combates
el despotismo conoce la superioridad de sus armas
y cuánto pueden servirle los impíos.
El triunfo es cierto, y según la máxima
de los déspotas, los medios son justos. Convencidos,
sin embargo, de la naturaleza versátil e infame
de los agentes que han empleado, se ve en la dura
necesidad de halagarlos por una parte y reprimirlos
por otra; quiero decir, que los déspotas, para
cimentarse, permiten a veces los excesos de la impiedad,
y otras contienen sus demasías, sometiéndola
al mismo cetro de hierro con que gobiernan al pueblo
inocente. La historia antigua y moderna presenta pruebas
convincentes de esta verdad y entre otros ejemplos
bástanos recordar la vida del impío
Federico, pues jamás ha habido un príncipe
tan déspota y que con más destreza haya
manejado a sus hermanos los impíos, para hacerles
servir a sus intentos. El mismo filósofo de
Verney, el soberbio Dios del gusto, no se
escapó de ser azotado como un canalla por orden
de aquel astuto príncipe, que tanto sabía
fomentar su orgullo con favores extraordinarios. Vióse
la impiedad exaltada y reprimida alternativamente,
pero siempre sirviendo a las miras del despotismo
más desenfrenado, si bien con oprobio de la
filosofía tomó aquel sabio tirano el
título de filósofo.
Abortando monstruos semejantes consigue la impiedad
levantar monumentos al error, cimentándolos
sobre una ciega fama que trasmite a la posteridad,
como objetos de honor y gloria, estos seres inicuos,
cuyos nombres deberían borrarse de los anales
de los pueblos y de la historia de los tronos. Una
brillante esclavitud, una miseria disfrazada y una
ignorancia ilustre son los medios más a propósito
para alucinar a los incautos y producir esclavos míseros
e ignorantes, propios súbditos del infernal
despotismo. Los elogios que tributa la impiedad a
estos célebres impíos y los especiosos
argumentos de que se vale para hacer menos odiosa
su infausta memoria, son unos escollos en que naufragan
los pueblos y sobre los cuales levantan sus tronos
los tiranos. Sí, querido amigo, sobre la roca
de la impiedad está elevado, en medio de un
mar de pasiones y miserias humanas, el suntuoso fuerte
de la tiranía, cuyos cimientos ocultan las
agitadas olas, dejando sólo visibles sus robustas
murallas. Dirígense a este interesante objeto
las naves mal gobernadas y creen no sólo aproximarse
sin riesgo, sino encontrar abrigo, pero ¡ah!
míseras corren a un naufragio lamentable.
La desgracia es mucho más sensible cuando a
ella se une el engaño, y aunque no pueda vencerse
un enemigo, sirve de consuelo el conocerlo. Cae el
engaño en cierta degradación, que lleva
consigo el ridículo, y la naturaleza humana
jamás deja de resentirse de esta herida por
más que el tiempo llegue a cicatrizarla. Recuerda
el hombre desgraciado la serie de sus sufrimientos
sin que le causen nueva pena, y aun a veces causándole
placer por serle honrosos; mas nunca recuerda sin
rubor la historia de sus ilusiones y de los engaños
de que ha sido víctima. Válese, pues,
la soberbia humana de todos los medios posibles para
ocultar estas pruebas de su debilidad, que tanto deshonor
le causan, y no siendo posible ocultar los hechos
se hace preciso desfigurarlos. Este es el origen de
la que podemos llamar obstinación política,
por la cual procuran los hombres llevar adelante sus
ideas aun cuando perciben que son equivocadas, y sin
cuidarse del bien de los pueblos, sólo atienden
a la gloria de su nombre. Yo podría presentarte,
Elpidio, infinitos ejemplos, mas es difícil
darlos sin hacer alusiones ofensivas, y los creo,
por otra parte, innecesarios, si meditas sobre la
marcha de la política.
(…)
He aquí uno de los males más graves
que produce la impiedad. Corrompidas por ella todas
las clases del Estado, pierden todas su verdadero
prestigio, que consiste en el aprecio, y confianza
de los pueblos, y sólo conservan el prestigio
de apariencia, o mejor dicho, el privilegio de usar
los signos de condecoración, que ya han pasado
a ser signos de ignominia. Los buenos se ruborizan
de usarlos, pero se ven compelidos a hacerlo, y los
malos tratan de sacar todo el partido que pueden de
este vano esplendor, convencidos por el testimonio
de su conciencia de que no tiene nada que esperar
de parte del pueblo que los detesta. Queda, pues desvirtuada
la sociedad y reducida a un gran teatro que les pagan.
En un teatro semejante, y no en una sociedad bien
organizada, es donde puede presentarse con todo descaro
y osadía el funesto despotismo; estando seguro
de ser sufrido por la desconfianza que inspiran todas
las clases, que son las bases del Estado, y así
es que el pueblo no cree encontrar en ellas ningunos
defensores de sus derechos; y por otra parte, se persuade
que es imposible contrarrestar la acción de
tantas y tan perversas corporaciones. Los verdaderos
amantes del pueblo gimen al ver tanto engaño,
mas no pueden remediarlo, pues para vivir en sociedad
es menester pertenecer a cierta clase, o ser inútil,
a menos que no se trate de un hombre extraordinario
que por sí solo equivalga a una clase, o por
lo menos que no necesite de ellas.
Esta es la razón por qué ningún
sistema político, sea el que fuere, puede ser
duradero en un pueblo semejante. Un sistema de gobierno
es como un plano en arquitectura, que bien ejecutado
forma un hermoso edificio; mas supone la solidez de
las piedras, pues si éstas se deshacen la magnificencia
de la obra solo sirve para hacer más espantosa
su ruina. No hay duda que las instituciones políticas,
y las leyes civiles sirven de protección y
de estímulo, pero no bastan para consolidar
los pueblos; antes son como los vestidos, que protegen
el cuerpo y le libran de la intemperie, mas si está
corrompido no pueden sanarlo. Una prudencia social,
fruto de la moralidad y de la ilustración,
es el verdadero apoyo de los sistemas y de las leyes,
que en consecuencia adquieren todo su vigor contra
los perversos. ¿Y quién será
tan demente que espere hallar esta prudencia en una
sociedad de impíos? No; jamás podrán
tenerla, pues han socavado su fundamento, que es la
virtud, y de aquí resulta que ningún
sistema puede establecerse con tales elementos, porque
no es sistema sino barbarie; y así es que necesita
de pícaros y de bárbaros y los halla
en abundancia entre los impíos, que bajo diversas
denominaciones inundan la sociedad.
¡Ah! mi Elpidio, qué lúgubres
ideas excita en mi alma el tristísimo cuadro
que he empezado a describir, y que no puedo continuar:
la pluma se desliza de mi trémula mano y nube
de lágrimas empaña mis ojos... M imaginación
me arrebata a regiones bien distantes y mi espíritu
recorre campos inmensos cubiertos de tinieblas, que
interrumpidas a veces por suaves destellos de una
luz celestial descubren horrendos precipicios donde
ya miles y miles perecieron, y otras tribus numerosas
corren incautas a la misma suerte. ¡Oh! Pueda
esta luz divina esparcirse uniforme y constantemente
sobre la superficie de la tierra; descúbranse
estas simas espantosas, estas bocas por donde el infierno
vomita sus furias sobre la tierra; reciban éstas
la impresión de los rayos del sol de justicia,
y retrocedan ciegas y confusas al tenebroso averno
de donde salieron: véanse con toda claridad
estos monstruos disfrazados, no se confundan por más
tiempo con los seres perfectos a quienes vanamente
imitan. ¡Oh, mi Elpidio! ¡Qué feliz
sería la sociedad, si poniendo freno a las
pasiones y obedeciendo a una ley divina, se guiasen
los hombres por los sentimientos de justicia y de
amor mutuo! Las diversas clases no serían entonces
unos ejércitos que prueban sus fuerzas y emplean
todos sus recursos para destruirse; sino por el contrario,
serían unas familias numerosas y bien gobernadas,
que siendo partes de un cuerpo social perfecto y noble,
conservarían un mutuo interés y aprecio,
como animadas por un mismo espíritu. Trataríase
siempre de curar los males y no de aumentarlos con
una hipócrita crueldad que toma el nombre de
celo. No se destruirían los hombres por meros
caprichos, antes como hermanos procurarían
su conservación y el bien general de la gran
familia. Desaparecerían las injustas pretensiones,
los insultos, el desprecio, la sátira mordaz,
la injuria y el denuedo. Huiría la envidia
de la tierra y la discordia no se atrevería
a asomar su horrible cabeza; la paz hija de la inocencia
extendería su feliz reinado, y los hombres
libres de inquietudes trabajarían de acuerdo
en la promoción del bien social. Veríanse
las ciencias y las artes cultivadas por almas que
habiendo despejado las nubes de las preocupaciones,
podrían percibir sus bellezas y apreciar sus
tesoros. Encontrarían las flaquezas humanas,
en vez de fieras que se prevalen de ellas para destruir
al débil, encontrarían, sí, amado
Elpidio, seres benéficos, en cuyos pechos excitarían
una justa piedad y de quienes recibirían una
dulce corrección y eficaz remedio. Aparecerían
las virtudes, cesando el huracán de la soberbia,
y bajo un cielo que publica la gloria de un Dios de
clemencia, viviría una gran familia tranquila
y contenta, uniendo su voz a la de esos astros obra
de la omnipotencia y a la de los espíritus
que viven ya seguros en la fuente del amor. Este sería
un pueblo verdaderamente libre, ilustrado y dichoso;
éste sería, para decirlo de una vez,
un pueblo cristiano.
Nota:
1 Este fue uno de los errores de Lutero.
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