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Las Cartas a Elpidio fueron los últimos escritos de Félix Varela (1787-1853). Desde su exilio en Nueva York, dirigió estas epístolas eruditas y subversivas a un hipotético lector que esconde en sí el rostro del cubano del mañana. A la juventud se dirige el Padre Varela, quien no solamente desde su púlpito en el Seminario de San Carlos y San Ambrosio, sino además como diputado a las Cortes de España, defendió la posibilidad de erguir un pensamiento político en un país paralizado ante la idea de pensarse independiente a causa de mezquinos intereses materiales. De ahí que ya en El Mensajero Semanal, periódico que publicara desde los Estados Unidos junto a José Antonio Saco, así como en El Habanero, Varela madurara su pensamiento agitador, que no perseguía sino fundar la idea de la independencia política en el sentido más amplio. Ello se explica en aquella idea suya: "Es preciso no perder de vista que en la Isla de Cuba no hay opinión política, no hay otra opinión que la mercantil."
Las Cartas… han sido consideradas una obra menor, olvidadas por siglos a causa de su molesta irreverencia. La isla en peso reproduce ahora un fragmento de su primer tomo, impreso en 1835, donde Varela discursa sobre la impiedad. El segundo, sobre la superstición, vio la luz en 1838 y el tercero y último, sobre el fanatismo, nunca llegó a escribirse. Acaso estas breves líneas permitan coincidir con la opinión que sobre Varela hiciese su discípulo, José de la Luz y Caballero: "mientras se piense en la tierra de Cuba se pensará en quien nos enseñó primero en pensar".


Carta Segunda
La impiedad destruye la confianza de los pueblos y sirve de apoyo al despotismo
(Fragmentos)

Al descontento que causa la impiedad se sigue, querido Elpidio, la desconfianza de los pueblos; mal terrible que destruye todos los planes de la más sabia política y anula los esfuerzos del más justo gobierno. Persuadidos los hombres de la necesidad de una garantía contra la malicia, y no pudiendo encontrarla en las leyes, que como dijo un sabio de la antigüedad, nada valen sin las buenas costumbres, claman por un principio que las produzca y asegure. La vida de los impíos es un testimonio irrefragable de que no siguen este deseado principio y que la relajación está, casi siempre, unida a la impiedad. ¿Cómo pueden inspirar confianza? El sagrado juramento es en sus labios una ficción ridícula y una mofa la más insultante. Jurar por un Dios en que no se cree, o de quien nada se espera y nada se teme, es tratar a los demás hombres como a niños, o a dementes; cuyas ideas suelen aprobarse sólo por complacerlos y acallarlos. ¿Puede darse mayor insulto? Los que empiezan por mentir en la misma promesa, ¿podrá creerse que tienen ánimo de cumplirla? Preséntanse como creyentes y juran como ellos, dando a entender que tienen las mismas ideas y los mismos sentimientos, al paso que en su mente contrarían cada una de sus mismas palabras; resultando que ni ellos se creen mutuamente, ni nadie los cree, por muy bien que desempeñen su papel cómico-político.
Difundida, pues, la impiedad en el cuerpo social destruye todos los vínculos de aprecio, y a la manera de un veneno corrompe toda la masa y de la muerte. El honor viene a ser un nombre vano, el patriotismo una máscara política, la virtud una quimera y la confianza una necesidad. ¿Crees que exagero, Elpidio? Reflexiona, y verás que sólo copio. Sí, en la historia de los pueblos encontrarás el original de la imagen, verás los partidos políticos, que cual densas nubes impelidas por contrarios vientos, chocan con furia, mas no teniendo cohesión entre sus partes se deshacen y desaparecen; o bien se mezclan formando otras nuevas, que a impulso de distinto viento van a chocar con las más lejanas, repitiendo allá la misma escena; y de este modo observan un denso velo que roba a nuestra vista los rayos luminosos del sol de justicia. Pero ¡qué!, me dirás, ¿es siempre la impiedad la que forma los partidos? No; pero siempre se mezcla en todos ellos sin pertenecer a ninguno, y a todos los corrompe. El impío es hombre del momento, mas el justo es hombre de la eternidad. Tienen, pues, consistencia las sociedades de los justos y son deleznables las de los perversos. Mas cuando por desgracia se reúnen elementos tan contrarios, como la justicia y la impiedad, basta un ligero impulso para separarlos; e interrumpida la acción, por sólidas que sean algunas de las partes, el todo queda disuelto. ¡He aquí el pernicioso efecto de la impiedad!
Si los partidos tuvieran el derecho de expulsión, y si pudieran ser conocidos todos los que la merecen, sin duda que llegarían a formarse cuerpos políticos homogéneos. Mas un partido es una casa abierta y sin propietario, donde entra y sale el que le parece, y donde muchos suponen haber estado, sin que pueda probárseles su impostura. De aquí el descrédito de la generalidad por unos pocos; que fingen haberse separado en consecuencia de crímenes que observaron en sus antiguos compañeros, que acaso nunca lo fueron; de aquí la facilidad de producir gran confusión y entorpecer las operaciones ordenadas; de aquí, en fin, la oportunidad para asechanzas políticas. Paréceme, querido Elpidio, que estas ligeras observaciones bastan para explicar un fenómeno que algunos creen tan raro, quiero decir, cómo pueden hombres de virtud y mérito hallarse en partidos detestables; y cómo se encuentran tantos perversos en partidos los más santos. Hállense, a veces, estos seres extraños a la cabeza de los mismos partidos; y he aquí una gran prueba de que no siempre las ideas de las clases convienen con las de sus principales.
¿Para qué, me dirás, hablar tanto de partidos? Para hacer ver, mi Elpidio, que por más justa que sea su causa y más sagrado su objeto, su ruina es inevitable si prevalece en ellos la impiedad; y como el género humano está necesariamente compuesto de partidos, resulta que la impiedad, enemiga de la virtud, siembra la desconfianza en los pueblos e impide su felicidad. Sólo un vínculo interno puede unir a los hombres cuando no pueden ser sometidos a los externos. ¿Y quién no ve que las leyes y la opinión jamás podrán contener los desvaríos y perfidias, cuando una multitud de hombres diseminados en la sociedad saben evitar sus golpes, y aun se fingen sus más fieles observadores? No se funda, pues, la confianza de un partido sobre otra base que el sentimiento de justicia, de sensatez y de honor, que supone en los demás el que de buena fe profesa unos principios.
Convencidos de estas verdades, y conociendo la necesidad de inspirar confianza a los hombres, si queremos vivir en paz con ellos, han pretendido algunos demostrar que la mortalidad no depende de la religión; y aunque horrorizados de su misma doctrina, no se han atrevido a deducir las consecuencias, es claro que de ella se infiere que los impíos pueden ser virtuosos. Puestos ya en contacto los dos términos, virtud e impiedad, creo, mi caro amigo, que es palpable la contradicción, y tamaño absurdo queda completamente refutado. La materia, sin embargo, es de tal importancia que conviene ilustrarla con algunas reflexiones.
Respecto de la vida eterna no hay más que una religión y una moral derivada de ella y meritoria por este sagrado principio; mas, respecto a la sociedad, pueden unas religiones nominales, quiero decir, unas falsas doctrinas religiosas, inspirar una moral correcta; que, como su principio, sólo tiene mérito ante los hombres. Vemos, pues, en las sectas religiosas, hombres caritativos, sobrios y justicieros; que por estos actos merecen aprecio, excitan admiración, sin que tampoco se diga que por ellos desmerecen ante Dios; pues caeríamos en el absurdo de afirmar que todas las operaciones de los pecadores son pecados (1). Estas dos líneas deben marcarse perfectamente, para no incurrir en errores funestos acerca del influjo de la religión en la sociedad, confundiéndolo con el productivo del mérito para la vida eterna. Distinguiendo, pues, la moral social y la religiosa diremos que ésta no es legítima y perfecta sino cuando proviene de la única y verdadera religión; mas aquélla puede ser perfecta aunque tenga por origen una falsa religión. En cuanto a la impiedad, es destructora de ambas clases de moral, por más que digan sus apologistas.
Un incrédulo vive sólo para gozar en este mundo cuanto pueda; y según sus principios, es un tonto si pudiendo gozar no goza por voces insignificantes de virtud y honor; mas, según sus mismos principios y
los de la sana moral, son muchos más tontos que él los que tienen la simpleza de fiarse de sus palabras. Es una fiera encadenada por las leyes; mas si está a su alcance una víctima, o si fallan las cadenas, la destrucción es segura.
Temen, pues, los buenos de todos los partidos, y aun los mismos impíos temen, cuando estas fieras con aspecto humano discurren por todas partes y se mezclan con los hijos de la paz sólo para devorarlos. Entran los recelos, empiezan las pesquisas, auméntanse las inquietudes falta el sufrimiento, la prudencia falta, sucede el furor, síguense los ataques, y empezada la matanza, concluye con la desolación. De las fieras que la causaron, unas se retiran saciadas; otras rugen, porque les ha cabido poco; y otras, cubriéndose con ajena piel, van con apariencia de ovejas a introducirse en los rebaños, para preparar nuevo exterminio. Tal es, mi amado Elpidio, la importante lección que la experiencia ha dado en todas las vicisitudes de los pueblos, y sabes que yo he sido uno de los oyentes de esta severísima y sabia maestra...
¡Ah, qué profundas son las heridas que causan en el cuerpo social las emponzoñadas garras del monstruo de la impiedad! Extinguidos o aminorados los sentimientos religiosos y no hallando consuelo alguno sobre la tierra, se entregan los ánimos a una lamentable indolencia, o a una desesperación espantosa; dase de mano a todos los proyectos y parece que los pueblos renuncian a toda tentativa de prosperidad. El siglo pasado nos presentó, en una de las más florecientes naciones de Europa un ejemplo de estas terribles verdades; sí, un ejemplo, Elpidio, que jamás se borrará de la memoria de los hombres; pero que, desgraciadamente, no ha bastado en escarmentarlos. Era la Francia un delicioso albergue de la industria y un magnífico alcázar de la ciencia; cubrían sus campos mieses abundantes y blanqueaban sus colinas rebaños numerosos; veíanse sus puertos poblados de mástiles y sus caminos sellados de carros. Pero ¡ah! En medio de tantas delicias iba haciendo progresos la impiedad, y ya sabes cuál fue el funesto resultado. No renovemos la memoria de tantas miserias y sólo copiemos de aquel horroroso cuadro algunos ligeros rasgos que puedan servir a nuestro intento.
Sabes que jamás se ha visto más difundida y poderosa la impiedad, pero, ¿te acuerdas haber visto jamás tan difundida la injusticia? Pero, qué digo la injusticia, ¿no se vió aquel sabio e ilustre pueblo reducido a la barbarie? ¿En qué pecho habitaba entonces la confianza? Los mismos asesinos temían ser asesinados; ni el amor conyugal, ni el filial, ni la antigua y pura amistad producían efecto alguno, desde que una turba impía los calificó de necedades. Cerrar los ojos para no percibir una verdad tan clara es aumentar la desgracia con el tormento de haberla causado, pero ¡cuántos de estos ciegos voluntarios no hallamos por todas partes! Hay, sí, una clase, o, mejor dicho, una multitud dispersa de hombres más perversos que ignorantes, cuyo placer es la discordia, cuya ciencia es el engaño y cuyo objeto es la destrucción; mas con suma perfidia invocan, para cohonestar sus depravados intentos; invocan, sí, los hombres respetables de los más célebres patriotas, a quienes suponen tutores de los más desatinados proyectos; declaman contra el destino que los ha frustrado y quieren cubrir con el velo del heroísmo aquella escena memorable de la degradación de la especie humana. De este modo impiden los efectos saludables de tan terrible experimento e inducen a los pueblos a emprender otros semejantes.
Afortunadamente, el sentido común popular, aquel instinto que tiene la muchedumbre para dirigirse a ciertos objetos que la favorecen y separarse de otros, que la perjudican, no está enteramente extinguido; y a pesar de todos los esfuerzos de los impíos, la multitud sencilla conoce la tendencia y palpa los frutos de la impiedad, a la cual hace responsable de los raudales de sangre que inundaron la Francia; y de aquí el odio con que son mirados por los pueblos los apóstoles del exterminio. Ocurren éstos a los insultos y denuestos; declaman contra la ignorancia popular y ponderan la corrupción del pueblo que le hace incapaz de empresas nobles (empresas a que ellos mismos sirven de obstáculo); y pasan de este modo una vida de tormento, causándoselo a otros. El pueblo, por su parte, irritado por tanto insulto, odia más y más a sus calumniadores, y crece rápidamente la desconfianza, al ver que la impiedad se extiende y que sus ataques son alevosos y tremendos. Prodúcese un temor pánico en ciertas clases y un furor bélico en otras, y advirtiendo ellas mismas sus contrarias disposiciones, entran nuevos recelos y tómanse nuevas precauciones. Cada hombre ve en su semejante un enemigo, que al momento supone un impío; y como estos monstruos nada respetan, procura vivir en continua observación, fruto de una justa desconfianza.
¡Qué triste idea atormenta mi espíritu! ¡Qué infausto resultado, si bien debía esperarse de tales elementos! Temo, querido Elpidio, que no acertaré a presentar con sus propios colores al monstruo de la impiedad ejerciendo la mayor de sus crueldades y la más baja de sus perfidias: quiero decir, abriendo el camino para que le siga otro monstruo no menos horrendo y destructor -el bárbaro despotismo-. ¿Te sorprende mi aserción? ¿Crees que la impiedad sólo se amista con los libres? ¿Piensas que no hay déspotas impíos? No; tu alma grande no puede abrigar unas ideas tan degradantes de la especie humana; y tu sano juicio afirmará, como de todos los buenos, que jamás hubo un hombre libre que fuese impío, ni un déspota que dejase de serlo. La impiedad desata todos los vínculos del amor arreglado y deja expeditos todos los movimientos de las pasiones; que muy pronto degeneran en furias que ejercen en el corazón humano el más insufrible de todos los despotismos, convirtiendo al oprimido en el opresor de sí mismo. Esta cruel opresión experimenta el déspota; sus desenfrenadas pasiones le arrastran por todas partes y como fiera maltratada se ceba en cuantas víctimas encuentra en su malhadada carrera. Mientras mayor es el número de sus injusticias, mayor es la inquietud de su corazón, y mayor es su compromiso con los agentes de sus crueldades. Es un esclavo cubierto de oro para hacer más visibles los signos de su esclavitud. ¿Y crees que la santa piedad, por esencia bienhechora, pacífica y amorosa; crees, Elpidio, que esta suave y deliciosa emanación del cielo, habita en un monstruo esclavo de las furias y ministro del infierno? Si es que conserva alguna fe, ¿no es semejante a la de los demonios? ¿No es un impío práctico, de cuyas nociones especulativas tenemos mucho derecho para dudar?
Los dos santos principios de la felicidad humana, la justa libertad y la religión sublime están en perfecta armonía y son inseparables. Una hipocresía política pretende desunirlos, pero un estado tan violento no puede ser duradero, y el tiempo corre al fin el velo y descubre al hipócrita. De aquí tantas alteraciones políticas en ambos sentidos; de aquí tanta sangre vertida, tantas riquezas malgastadas, tantos pueblos arruinados y tantos crímenes, cuya memoria sirve de castigo a sus autores. Después de tantos escarmientos y de experiencias tan dilatadas, ¿qué diremos de nuestros libres que quieren ser impíos y de nuestros religiosos que quieren ser esclavos? Mi respuesta franca sería que ni los unos son libres, ni los otros son religiosos, sino unas hordas de ilusos y de pícaros que con distinto vestido sirven a un mismo amo, quiero decir, al demonio.
¡Ah! mi caro amigo, estas masas, al parecer tan heterogéneas, convienen perfectamente en atraer el crimen y repeler la virtud; y de aquí resulta que inundado el orbe por un diluvio de males, pierden los buenos la esperanza de purificarlo y todos se desalientan. Su inacción dejó expedita la ominosa influencia de la tiranía, a la cual muy pronto ofrecen sus inciensos los pérfidos que se fingieron sus enemigos mientras no pudieran ser sus compañeros; y fatigados los pueblos, ceden al degradante despotismo.
No creas que hablo sólo de los reyes entre los cuales ha habido padres de los pueblos y fieras que los han devorado; mis observaciones se dirigen al despotismo en todos sus estados, y verás que en todos ellos es favorecido por el monstruo de la impiedad. Existe, sí, existe un despotismo popular no menos detestable que el monárquico; y los pueblos han sido sus víctimas, obligándolos, para su mayor pena, a votar su injusta sentencia. En nombre de los pueblos se han destruido sus riquezas, muerto sus hijos, destruido sus ciudades y, lo que es más, hollado sus leyes. A este lamentable estado no pudo conducirle sino la impiedad; que alejando las virtudes a quienes el pueblo había confiado su suerte y que fieles conservadoras de tan estimable depósito impedían la entrada a sus enemigos; alejando, sí, los ángeles tutelares del género humano, los genios que la Divinidad envía para consuelo de los mortales oprimidos;
queda franca la entrada al monstruo, que muy pronto elige sus satélites y principia sus devastaciones.
Con oprobio de la naturaleza humana se empieza a predicar por todas partes la necesidad de oprimir los pueblos, en vez de predicar la de no exasperarlos. No se omite sofisma de ninguna clase para alucinar a la multitud, cuya razón poco ejercitada cede a los impulsos de la imaginación, que se procura acalorar con las terríficas imágenes de tantos desastres. Recuérdanse los gemidos de las víctimas, pero no se recuerdan los golpes de sus inmoladores; no se recuerdan las causas de tantos sacrificios, antes se inventan otras que sean menos odiosas y que cubran con el velo de la prudencia los efectos de la perversidad. De este modo, se encadenan y aprisionan los pueblos, mi caro amigo, e importa nada que las llaves de esta horrenda cárcel estén en una o muchas manos.
Por muy poco que reflexionemos sobre las operaciones del despotismo en todas sus especies, conoceremos, mi amado Elpidio, que este aborto infernal no puede avenirse con la piedad, que es hija del cielo; antes procura destruirla para poder reducir a los hombres al estado de barbarie y crueldad absolutamente necesarias para sus criminales procedimientos. Sólo hallándose el hombre privado de todo temor de Dios, puede despreciar su ley divina, desatender los dictámenes de la conciencia y arrojarse como un tigre sobre sus semejantes para devorarlos. ¿Y qué otra cosa hacen los déspotas? Ni las lágrimas de la viuda, ni los gemidos del huérfano, ni las quejas lastimosas del honrado padre de familia, ni los avisos del sabio bastan a separar al déspota de sus crueldades. Sufrimiento, virtud y ciencia, estos tres resortes de la simpatía, son insignificantes para un hombre cuyo bárbaro placer consiste en ser temido. Nada más análogo a la impiedad, que priva de aquel vínculo agradable de sumisión a un Ser Supremo y vengador, pero, al mismo tiempo, padre amoroso de los mortales, a quienes promete una dichosa inmortalidad.
Permíteme, querido amigo, que aun detenga tu atención por algunos momentos, y sigamos los rastros de esta víbora que ha causado y está causando tantos daños a los pueblos. Investigaremos, aunque con suma pena, los distintos medios que emplea para disfrazarse y para hacer agradable su activo veneno.
Declaman los déspotas contra la impiedad que les abrió el camino y llevando al colmo su hipocresía hacen creer a los pueblos que sólo aspiran a verla destruida. Invocan el sagrado nombre de la religión, pero con un semblante que deja entrever sus contrarios sentimientos, si bien no autoriza para pronunciarlos impíos. Cuentan, pues, con los ignorantes e irreflexivos, que por desgracia son muchos; y sostienen su influjo conservando en ambos partidos una ligera esperanza de un total pronunciamiento. Piensa el hombre religioso, pero incauto, que los resquicios de impiedad que aun se observan en el déspota podrán ser destruidos por la abundancia de sus buenas cualidades, y llama buenas todas aquellas cuya malicia él no alcanza a percibir. Anímase el impío al traslucirse una identidad de sentimientos y no duda que pronto se conseguirá una identidad de sabias y francas operaciones y llama tales, los ataques descarados e infructuosos contra la religión. El déspota, entre tanto, saca partido de ambas clases de hombres alucinados y se vale de la impiedad como instrumento que sabe manejar de distinto modo. Extraño fenómeno, mi caro amigo: el odio y temor de la impiedad subyuga al devoto y el deseo de propagarla contiene al impío, quedando ambos encadenados por la mano infausta del despotismo ilustrado, que para asegurar más víctimas, se vale de la ignorancia que en los unos toma el nombre de prudencia y en los otros el de ilustración.
También suelen valerse los déspotas de otro medio aun más infame para su inaudita perfidia. Suponen la impiedad mucho más difundida de lo que, por desgracia, se encuentra y pintan un porvenir el más funesto y casi inevitable, y afectando la imaginación en sumo grado, preparan los ánimos para sufrir cualquiera medida, que toman con una afectada pena y como por fuerza, cuando no es sino el resultado de una maquinación infernal. Los impíos, por su parte, caen también en el lazo, pues creyéndose más fuertes de lo que son, se descubren y atacan sin reserva; pero destruidos en sus primeras tentativas aumentan las glorias del despotismo y lo radican por los mismos medios que emplearon para destruirlo, creyéndolo identificado con la piedad; sin advertir que ellos mismos eran los agentes de que se valió para la ruina común y la elevación de su sangriento y detestable trono.
Sirve también el despotismo de la impiedad para hacer nulo el poder de las leyes, que son sus enemigas. Quiere destruirlas, mas su origen es tan noble y tan grande su influencia en las almas piadosas, que la tentativa es arriesgada y es menester prepararla despojando al corazón humano de unos sentimientos celestiales que jamás pueden avenirse con las perversidades de los déspotas. Temen éstos perder en la lucha sino encuentran compañeros en sus crímenes, y no pudiendo ser los justos, les es preciso acogerse a los impíos, a quienes pueden comprar a poco precio porque nada valen y nada respetan. Infringidas las leyes por un gran número, llega el pueblo a habituarse a estas infracciones y poco a poco va preparándose el terreno para levantar otro monumento al crimen. Acúsense de injustas o inadecuadas las leyes, preséntase como efecto de un sentimiento popular e instinto benéfico la osadía de una descarada desobediencia y empiezan los aduladores de los déspotas a formar las coronas con que se proponen premiar su perfidia, dándole el nombre de alta prudencia e ilustrado celo, que superior a inertes documentos remueve los obstáculos de la prosperidad. ¿No has oído varias veces este lenguaje? ¿Y crees que puede salir de los labios de la piedad?
Anuladas las leyes y sueltas las pasiones entran los hombres en una guerra funestísima e inevitable, por no tener campo determinado, ni bandera marcada para reconocerse los enemigos. Es guerra de perfidias, de acechanzas y de vilezas, y en esta clase de combates el despotismo conoce la superioridad de sus armas y cuánto pueden servirle los impíos. El triunfo es cierto, y según la máxima de los déspotas, los medios son justos. Convencidos, sin embargo, de la naturaleza versátil e infame de los agentes que han empleado, se ve en la dura necesidad de halagarlos por una parte y reprimirlos por otra; quiero decir, que los déspotas, para cimentarse, permiten a veces los excesos de la impiedad, y otras contienen sus demasías, sometiéndola al mismo cetro de hierro con que gobiernan al pueblo inocente. La historia antigua y moderna presenta pruebas convincentes de esta verdad y entre otros ejemplos bástanos recordar la vida del impío Federico, pues jamás ha habido un príncipe tan déspota y que con más destreza haya manejado a sus hermanos los impíos, para hacerles servir a sus intentos. El mismo filósofo de Verney, el soberbio Dios del gusto, no se escapó de ser azotado como un canalla por orden de aquel astuto príncipe, que tanto sabía fomentar su orgullo con favores extraordinarios. Vióse la impiedad exaltada y reprimida alternativamente, pero siempre sirviendo a las miras del despotismo más desenfrenado, si bien con oprobio de la filosofía tomó aquel sabio tirano el título de filósofo.
Abortando monstruos semejantes consigue la impiedad levantar monumentos al error, cimentándolos sobre una ciega fama que trasmite a la posteridad, como objetos de honor y gloria, estos seres inicuos, cuyos nombres deberían borrarse de los anales de los pueblos y de la historia de los tronos. Una brillante esclavitud, una miseria disfrazada y una ignorancia ilustre son los medios más a propósito para alucinar a los incautos y producir esclavos míseros e ignorantes, propios súbditos del infernal despotismo. Los elogios que tributa la impiedad a estos célebres impíos y los especiosos argumentos de que se vale para hacer menos odiosa su infausta memoria, son unos escollos en que naufragan los pueblos y sobre los cuales levantan sus tronos los tiranos. Sí, querido amigo, sobre la roca de la impiedad está elevado, en medio de un mar de pasiones y miserias humanas, el suntuoso fuerte de la tiranía, cuyos cimientos ocultan las agitadas olas, dejando sólo visibles sus robustas murallas. Dirígense a este interesante objeto las naves mal gobernadas y creen no sólo aproximarse sin riesgo, sino encontrar abrigo, pero ¡ah! míseras corren a un naufragio lamentable.
La desgracia es mucho más sensible cuando a ella se une el engaño, y aunque no pueda vencerse un enemigo, sirve de consuelo el conocerlo. Cae el engaño en cierta degradación, que lleva consigo el ridículo, y la naturaleza humana jamás deja de resentirse de esta herida por más que el tiempo llegue a cicatrizarla. Recuerda el hombre desgraciado la serie de sus sufrimientos sin que le causen nueva pena, y aun a veces causándole placer por serle honrosos; mas nunca recuerda sin rubor la historia de sus ilusiones y de los engaños de que ha sido víctima. Válese, pues, la soberbia humana de todos los medios posibles para ocultar estas pruebas de su debilidad, que tanto deshonor le causan, y no siendo posible ocultar los hechos se hace preciso desfigurarlos. Este es el origen de la que podemos llamar obstinación política, por la cual procuran los hombres llevar adelante sus ideas aun cuando perciben que son equivocadas, y sin cuidarse del bien de los pueblos, sólo atienden a la gloria de su nombre. Yo podría presentarte, Elpidio, infinitos ejemplos, mas es difícil darlos sin hacer alusiones ofensivas, y los creo, por otra parte, innecesarios, si meditas sobre la marcha de la política.
(…)
He aquí uno de los males más graves que produce la impiedad. Corrompidas por ella todas las clases del Estado, pierden todas su verdadero prestigio, que consiste en el aprecio, y confianza de los pueblos, y sólo conservan el prestigio de apariencia, o mejor dicho, el privilegio de usar los signos de condecoración, que ya han pasado a ser signos de ignominia. Los buenos se ruborizan de usarlos, pero se ven compelidos a hacerlo, y los malos tratan de sacar todo el partido que pueden de este vano esplendor, convencidos por el testimonio de su conciencia de que no tiene nada que esperar de parte del pueblo que los detesta. Queda, pues desvirtuada la sociedad y reducida a un gran teatro que les pagan. En un teatro semejante, y no en una sociedad bien organizada, es donde puede presentarse con todo descaro y osadía el funesto despotismo; estando seguro de ser sufrido por la desconfianza que inspiran todas las clases, que son las bases del Estado, y así es que el pueblo no cree encontrar en ellas ningunos defensores de sus derechos; y por otra parte, se persuade que es imposible contrarrestar la acción de tantas y tan perversas corporaciones. Los verdaderos amantes del pueblo gimen al ver tanto engaño, mas no pueden remediarlo, pues para vivir en sociedad es menester pertenecer a cierta clase, o ser inútil, a menos que no se trate de un hombre extraordinario que por sí solo equivalga a una clase, o por lo menos que no necesite de ellas.
Esta es la razón por qué ningún sistema político, sea el que fuere, puede ser duradero en un pueblo semejante. Un sistema de gobierno es como un plano en arquitectura, que bien ejecutado forma un hermoso edificio; mas supone la solidez de las piedras, pues si éstas se deshacen la magnificencia de la obra solo sirve para hacer más espantosa su ruina. No hay duda que las instituciones políticas, y las leyes civiles sirven de protección y de estímulo, pero no bastan para consolidar los pueblos; antes son como los vestidos, que protegen el cuerpo y le libran de la intemperie, mas si está corrompido no pueden sanarlo. Una prudencia social, fruto de la moralidad y de la ilustración, es el verdadero apoyo de los sistemas y de las leyes, que en consecuencia adquieren todo su vigor contra los perversos. ¿Y quién será tan demente que espere hallar esta prudencia en una sociedad de impíos? No; jamás podrán tenerla, pues han socavado su fundamento, que es la virtud, y de aquí resulta que ningún sistema puede establecerse con tales elementos, porque no es sistema sino barbarie; y así es que necesita de pícaros y de bárbaros y los halla en abundancia entre los impíos, que bajo diversas denominaciones inundan la sociedad.
¡Ah! mi Elpidio, qué lúgubres ideas excita en mi alma el tristísimo cuadro que he empezado a describir, y que no puedo continuar: la pluma se desliza de mi trémula mano y nube de lágrimas empaña mis ojos... M imaginación me arrebata a regiones bien distantes y mi espíritu recorre campos inmensos cubiertos de tinieblas, que interrumpidas a veces por suaves destellos de una luz celestial descubren horrendos precipicios donde ya miles y miles perecieron, y otras tribus numerosas corren incautas a la misma suerte. ¡Oh! Pueda esta luz divina esparcirse uniforme y constantemente sobre la superficie de la tierra; descúbranse estas simas espantosas, estas bocas por donde el infierno vomita sus furias sobre la tierra; reciban éstas la impresión de los rayos del sol de justicia, y retrocedan ciegas y confusas al tenebroso averno de donde salieron: véanse con toda claridad estos monstruos disfrazados, no se confundan por más tiempo con los seres perfectos a quienes vanamente imitan. ¡Oh, mi Elpidio! ¡Qué feliz sería la sociedad, si poniendo freno a las pasiones y obedeciendo a una ley divina, se guiasen los hombres por los sentimientos de justicia y de amor mutuo! Las diversas clases no serían entonces unos ejércitos que prueban sus fuerzas y emplean todos sus recursos para destruirse; sino por el contrario, serían unas familias numerosas y bien gobernadas, que siendo partes de un cuerpo social perfecto y noble, conservarían un mutuo interés y aprecio, como animadas por un mismo espíritu. Trataríase siempre de curar los males y no de aumentarlos con una hipócrita crueldad que toma el nombre de celo. No se destruirían los hombres por meros caprichos, antes como hermanos procurarían su conservación y el bien general de la gran familia. Desaparecerían las injustas pretensiones, los insultos, el desprecio, la sátira mordaz, la injuria y el denuedo. Huiría la envidia de la tierra y la discordia no se atrevería a asomar su horrible cabeza; la paz hija de la inocencia extendería su feliz reinado, y los hombres libres de inquietudes trabajarían de acuerdo en la promoción del bien social. Veríanse las ciencias y las artes cultivadas por almas que habiendo despejado las nubes de las preocupaciones, podrían percibir sus bellezas y apreciar sus tesoros. Encontrarían las flaquezas humanas, en vez de fieras que se prevalen de ellas para destruir al débil, encontrarían, sí, amado Elpidio, seres benéficos, en cuyos pechos excitarían una justa piedad y de quienes recibirían una dulce corrección y eficaz remedio. Aparecerían las virtudes, cesando el huracán de la soberbia, y bajo un cielo que publica la gloria de un Dios de clemencia, viviría una gran familia tranquila y contenta, uniendo su voz a la de esos astros obra de la omnipotencia y a la de los espíritus que viven ya seguros en la fuente del amor. Este sería un pueblo verdaderamente libre, ilustrado y dichoso; éste sería, para decirlo de una vez, un pueblo cristiano.


Nota:

1 Este fue uno de los errores de Lutero.

 
   
 

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