|
|
|
|
|
| |
|
|
...entonces
surgió el otro. Al principio fue solo
la sensación de que alguien lo miraba desde
alguna ventana, de que lo seguía en la calle,
lo espiaba en el trabajo, pero luego el otro
fue tomando posesión del territorio privado:
un ruido raro en la línea telefónica
en medio de la conversación era señal
de su presencia. O un rasguño en el sobre de
la carta que acababa de recibir. O la visita de un
extraño al apartamento vecino. O la pregunta
inusual de un amigo, hasta que el otro se
deslizó en el único espacio íntimo
que no había sido invadido: la casa. A partir
de ese momento ya no hubo paz. A veces se detenía
en medio del apartamento con la certeza de tener clavada
en la nuca la mirada del otro. O dejaba de
escribir, convencido de que también el intruso
tenía la vista en la pantalla...
|
Desde el interior de la tierra o Iwori Meyi
José Ángel Vincench
Carboncillo y pigmento dorado sobre tela
2002
|
|
Vivian se va a la cocina a prepararnos un poco de
café y Rey prosigue con su inventario de terrores.
Sin embargo, no escucho ya sus palabras, ocupado en
buscar la manera de ayudarlo. La paranoia es fatal
si no se ataja a tiempo. Por desgracia, o por suerte
-no soportaría pasarme la vida entre locos-,
no soy siquiatra. Si pudiera sugerirle que vaya a
ver a uno, tendría la mitad de la pelea ganada,
pero conozco a Rey: nunca pondría un pie en
la consulta de un loquero. Comenzaría a mirarme,
además, con desconfianza. Él esta seguro
de que me dice la verdad - no podría ser de
otra manera, ¿no?- y si ha venido hasta aquí
a confesármelo todo es porque confía
en mí. Rey me mira con esos ojos algo pequeños
y llenos de miedo y me habla bajito, casi en un susurro,
insuflándoles a sus frases el aire esquivo
de quien teme delatarse al pronunciar ciertas palabras
-a su fantasma prefiere llamarlo "el otro"-.
Su lenguaje está lleno de vacíos, de
silencios que intenta ocupar con gestos, como si el
otro estuviera también allí, tras la
pared, escuchándolo. Me cuesta trabajo reconocer
al jaranero de Rey en el que ahora me habla, ¿me
estará tomando el pelo?
Desde la cocina comienza a llegar el olor del café.
Huele bien, pero tengo miedo de que Vivian lo convierta
en uno de esos mejunjes empalagosos que ofrece bajo
el sospechoso rotulo de café para levantar
a un muerto, y voy a echarle yo mismo el azúcar:
cucharada y media, ni una pizca mas. Mientras lo endulzo,
Vivian me advierte entre dientes que no puedo llegar
tarde a casa de su jefa, a las nueve en punto, con
puntualidad inglesa, óyelo bien. La miro de
reojo. Si las miradas mataran, ahora mismo quedaría
fulminada. No soporto esa guataquería barata
con Asunción ni con nadie, ese servilismo constante
que la obliga a repetir su nombre cuarenta veces al
día como si fuera la mismísima reina
Isabel. ¿Qué será lo que lleva
a la gente a ese ridículo culto a la personalidad,
eh? Vuelvo a la sala con las tazas de café.
Rey prueba el suyo y entorna los ojos en un gesto
teatral. Delicioso te quedó, Vivian, deliciooooso,
dice.
...el otro no tiene rostro, y eso es lo peor.
Es una presencia que se intuye, pero que no puede
verse. Ver el rostro del adversario atenúa
el miedo, lo despoja de la cualidad sobrehumana que
le atribuimos. Por el contrario, cuando nos acecha
en la oscuridad o se oculta tras la máscara
de un rostro cualquiera, cuando puede moverse sin
que nos demos cuenta por el laberinto de líneas
telefónicas, circuitos de Internet y oficinas
postales o, incluso, deslizarse en tu apartamento
mientras estás fuera, entonces el otro
se convierte en el Otro, en una especie de
divinidad terrible, omnipotente y ubicua que nos causa
pavor. La primera vez que descubrió sus huellas
en el apartamento -los papeles que había dejado
sobre el librero estaban detrás del mueble,
colgando entre unos libros-, le echó la culpa
al gato. Pero cuando las señales volvieron
a aparecer meses después, ya no tuvo dudas
de que el animalito nada tenía que ver en el
asunto: la ceniza de cigarro en el piso del baño
era la prueba inequívoca, a no ser que el gato
hubiera aprendido a fumar...
Este grandísimo mitómano y fabulador,
amigo de tomarle el pelo a cuanto ser se le plante
delante, ¿no estará bromeando conmigo?
¿No estará inventando una de sus alucinantes
historias? Nunca Rey ha hablado en serio, ni muriéndose.
¿No me dijo un día, con un cólico
nefrítico del diablo, que había desflorado
-fue esa la palabrita utilizada- a una multitud de
reclutas imberbes en una sola noche? ¡Qué
clase de tipo! Todo eso es mentira, por supuesto.
Todavía me sorprendo al pensar cómo
hemos podido llegar a ser tan buenos amigos siendo
tan diferentes, tanto como el Diego y el David del
célebre cuento, aunque en realidad yo no tengo
nada en común con este último: soy alérgico
a las ortodoxias. Tampoco Rey con el otro: es sacrílego,
blasfemo y escéptico a más no poder.
En fin, como en el cuento de marras, nuestra amistad
existe mas allá de las diferencias de cualquier
índole. Él ha respetado mi condición
de heterosexual irreductible y yo la suya de pájara
empedernida -así es como le encanta decirse-;
Rey alaba mi apacible existencia de monógamo
y homo domesticus a pesar de que por nada
del mundo viviría él de esa manera,
y a mí me parece bien su vida ingrávida
y su hedonismo si así se siente a gusto. Tenemos
ideas diferentes sobre todo, pero nos las arreglamos
a tiempo para no caernos a trompadas. ¿Por
qué esta amistad, entonces? No lo sé.
Algo hay de genuina nobleza en el fondo de Rey, aunque
él pretenda cada día echarle dos metros
de tierra encima y se incomode cuando alguien alude
a ella en su presencia: se pone rojo, afila su lengua
y empieza a desparramar sarcasmos a diestra y siniestra.
Y ¡ay! de quien caiga en su mirilla.
Por eso ahora lo miro y no lo creo. ¿No se
estará divirtiendo a mi costa el muy socarrón?
Observo su rostro, esos rasgos que en conjunto delatan
vagamente su cara de guajiro renegado. Pero no encuentro
en sus pupilas la picardía explosiva de siempre,
sino una mirada turbia y opaca donde palpita el temor.
No, Rey no está fingiendo: tiene miedo, miedo
de verdad, miedo a los fantasmas de su mente. Vivian
llega junto a Rey y para molestarlo le revuelve el
pelo -cosa que él no soporta- y le quita la
taza vacía de las manos. Él no ha soltado
la palabrota de otras veces; se ha limitado a torcer
la boca con disgusto mal simulado para luego desplegar
a medias una sonrisa, más bien un conato de
sonrisa, fugaz y poco convincente. Parada detrás
de Rey, Vivian arma una mueca de interrogación.
Luego desaparece en la puerta del cuarto anunciando
que va a bañarse, se hace tarde, así
que si Asunción llama, dile que ya salgo, en
cinco minutos, ¿okey? Miro el reloj: las seis
de la tarde. No sé por qué tanto apuro,
le digo: tres horas es más que suficiente para
preparar los bocaditos, la ensalada fría, y
hasta para hacer tortilla si es que te da por eso.
Vivian no me ha oído, de lo contrario ya me
hubiera ripostado. Rey ha soltado una carcajada y
yo bromeo atizando más su hilaridad: oye, ¿mi
mujer y su jefa no estarán en algo?
No me la imagino, dice ahogado de la risa; ¡ella,
que no puede ver a una lesbiana ni de lejos! Rey estira
la voz parodiando ciertos melindres de Vivian. Al
sentir el barullo, mi mujer abre la puerta del baño
y asoma la cabeza con expresión de mala de
la película. ¿Qué están
diciendo de mí, degenerados?, pregunta. Nada,
contesto yo reprimiendo la risa, que Asunción
está fea como diablo: no hay quien le meta
el diente. Vivian arruga el seño. ¿Acaso
te interesa? A su marido es al que le debe interesar,
¿no? Pero no era eso lo que estaban hablando,
yo sé que no era eso, dice y cierra la puerta.
Imagino el cuerpo desnudo de Asunción -no es
difícil: la he visto en trusa varias veces-,
ese cuerpo que recuerda a las damas de Rubens. ¡Si
Asunción se entera nos manda a matar!, digo
a Rey y me río con ganas, contento de que por
unos minutos él haya olvidado a sus fantasmas,
sus miedos, y trato de seguir bromeando. Sin embargo,
Rey está hablando nuevamente del otro.
...estuvo toda una semana en el apartamento de una
tía malgeniosa y algo chiflada que lo sometía
cada minuto a un interrogatorio peor que el de ciertos
profesionales de la tortura sicológica. Comenzó
a vivir entonces con un amigo, uno de esos seres nocturnos
que no conocen la luz del día - afortunada
circunstancia para Rey-, pero pronto sintió
que el otro también estaba allí o, al
menos, andaba cerca: el chasquido de una persiana,
pasos extraños en el pasillo, un vendedor de
periódico empeñado en no salir de la
puerta del edificio...
Otra vez en sus ojos está instalado el miedo.
Tu enemigo interior, quiero decirle a Rey, pero no
sé cómo decírselo. Algunas mentes
demasiado imaginativas terminan siendo presas de obsesiones
semejantes. Neurosis bien peligrosa esta que a más
de una personalidad ilustre y lúcida ha enviado
al suicidio -a Hemingway, por ejemplo-. Pero ¿quién
iba a pensar que tal cosa podría sucederle
a Rey, tan burlón y poco propenso a las depresiones
y las fobias? Me quito los espejuelos, los limpio
en la camisa mientras ordeno las ideas. Por fin comienzo
a hablarle. Le insinúo que él podría
estar bajo un estrés muy fuerte, no es que
no crea en lo que has dicho, claro que te creo; sin
embargo, a veces las cosas que suceden en la realidad...
Mal comienzo, demasiado torpe. ¿Qué
diablos le estoy diciendo? Rey ha clavado en mí
unos ojos punzantes y los mantiene fijos como si quisiera
horadarme el cerebro para ver qué se está
tramando ahí. No has creído nada de
lo que te he contado, dice con reproche. Tú,
que eras la única persona en la que yo confiaba,
continúa él. Me llevo las manos a la
cabeza sin saber qué decirle. Palabras mayores,
demoledoras. Knock out en el primer round. Así
son las criaturas de esta naturaleza: irascibles,
neuróticas, por la mayor nimiedad pueden odiarte
para toda la vida. Preparo la respuesta. En situaciones
como esta lo mejor es no echarse atrás, aunque
hay que hacerlo con mucho tacto, dando un amplio rodeo,
mintiendo un poco. Sí, vicios hay legítimos,
como dijera Montaigne -mentiritas piadosas, decimos
hoy-. Le repito que sí le creo, claro que sí,
un sujeto real lo vigila, ronda su apartamento, incluso
logra entrar en él, revisa sus cosas y no le
roba nada, no intenta asesinarlo, y lo más
curioso: se deja ver, deja huellas con toda intención.
¿No habla eso por sí mismo? Me doy cuenta
que las primeras palabras empiezan a ablandar la dureza
de su mirada, aun fija en mí, y me animo a
continuar con mis especulaciones, a pesar de que en
realidad no tengo ni idea de cómo seguir. Esto
se parece cada vez más a la intriga de una
novela policial.
Vivian ha terminado de bañarse y me llama desde
el cuarto. Llamada muy oportuna, pues no acabo de
organizar bien las ideas, aunque si es lo que pienso,
mucho menos ahora lograré ponerlas en orden.
Y así es: en una pose de modelo de revista,
como quien toma el sol de la playa, apoyada en los
antebrazos, una pierna flexionada hacia arriba, el
pelo húmedo cayéndole sobre los hombros
mientras dirige al imaginario cielo tropical su sonrisa,
Vivian despliega toda su morena desnudez sobre la
cama. Bueno, no toda: una mínima parte -recalco
lo de "mínima"- ha quedado resguardado
bajo el blúmer rosado, mi regalo por el aniversario
de bodas. Hellooo, me dice ella con voz de putica
barata y desliza la lengua por el labio superior.
¡Ah!, la maja desnuda, exclamo desde la puerta,
pero no muevo un dedo. Me quedo ahí, recelando
como el animal que se huele la trampa: con ella nunca
se sabe. Siempre desde mi sitio, para no traspasar
la zona de peligro, le advierto que si me sigue provocando
me le voy a lanzar encima, sí, te voy pa'rriba
y me va a importar un bledo la fiesta de la lechuza
esa, los bocaditos, la ensalada fría y los
frijolitos chinos. Sin embargo, Vivian persiste en
sus provocaciones y ahora se toma los senos para ensayar
una pose más impúdica y agresiva mientras
distiende los labios en una sonrisa a lo Marilyn Monroe.
Amago con desabrocharme la camisa, libero el primer
botón, pero ella me detiene con un no, que
va, mocito, así no: primero págame.
¿Ah, sí? ¿Y cuánto cuesta?
Se lleva un dedo a la boca y mira al techo como si
pensara. Bueno, por ser tú, poco: digamos veinte
pesos, ¿está bien? Siguiendo el juego,
saco de mi bolsillo un billete de a veinte y lo lanzo
sobre su pubis. Entonces, con el dinero en la mano,
Vivian salta de la cama y corre a encerrarse en el
baño, no sin antes recibir una sonora nalgada.
Cuando volvamos de la fiesta, susurra ella y vuelve
a reír. So cabrona, le espeto a través
de la hendija de la puerta y vuelvo a la sala.
Al regresar no tengo claro aun cómo voy a continuar
la conversación con Rey. Comienzo a decirle
lo primero que se me ocurre. Le explico que el tipo
quiere dejarle señales de sus movimientos,
y ¿por qué lo hace, eh?, ¿por
torpeza? No, por supuesto que no. Un tipo que se conecta
al teléfono de otro, que entra en su apartamento
cuando quiere, que se las arregla para revisar sus
cartas, no es un diletante sino un verdadero profesional,
¿no es así? Y, si no ha intentado robarle
ni hacerle daño, solo queda pensar que su único
propósito es desestabilizarlo emocionalmente
y, al parecer, lo está consiguiendo. Enciendo
un cigarro y miro a Rey a través de la madeja
de humo para comprobar el efecto de mis palabras.
Creo que sí, está asimilando el discursito.
Se pasa la mano por la boca y pregunta para qué
haría alguien eso y a quién puede hacerle
falta ese peligroso jueguito. Desde el cuarto comienza
a llegar el zumbido de la secadora de pelo y pronto
también empezará a llegar un alud de
fragancias, aromas de cuanto cosmético existe
o existirá sobre la tierra -todo el dinero
que Vivian recibe de su hermana va a parar ahí-.
El ritual durará aún media hora y luego
Vivian nos dejará solos. Quiero preguntarle
algunas cosas a Rey sobre sus relaciones sin tener
que estar bajando constantemente la voz como si se
tratara de una conspiración: no me gusta que
mi mujer me vea en un territorio que solo ha sido
compartido por ella y Rey. Mientras tanto prosigo
con mi maniobra, esta vez con un matiz intelectual
-Rey deplora el término- que me permite tocar
el tema disfrazando las palabras. Pues sí,
le digo, desestabilizar emocionalmente a otra persona
no es difícil si se conoce bien al otro que
llevamos dentro, al extraño, que es nuestro
doble -¡estoy apretando!-. Nuestra soledad parte
de esa separación, radica en que siempre somos
dos -ni que fuera yo Octavio Paz-. Y continúo
en ese estilo, perdiéndome en divagaciones
que no me acercan ni un centímetro a lo que
quiero decirle: sencillamente que nadie lo persigue,
nadie lo vigila, su enemigo es el que lleva
dentro.
Vivian se despide después de apuntarme con
el dedo y dejar bien claro que tengo que llegar puntual,
pues todo el mundo va a estar ahí temprano,
¿okey? La acompaño hasta la puerta y
espero a que baje la escalera. Comienza a anochecer.
Hay un levísimo resplandor adosado aún
a la fachada del edificio de enfrente. En uno de sus
balcones, una anciana peina a su perrito; en otro,
un hombre aprovecha la última claridad para
leer un periódico. Sí, los días
son aquí apacibles, me digo y vuelvo junto
a Rey, que no parece muy apacible que digamos. Le
pregunto si tiene enemigos -la clásica preguntica
de los detectives-, si sospecha de alguien que pueda
hacerle daño. Se sonríe con malicia
mientras confiesa que no ha hecho otra cosa en su
vida que cosechar enemigos, los colecciona casi por
hobby, pero no cree que ellos estén detrás
del asunto. Sus adversarios son gentuza de poca monta,
concluye Rey: poetastros, maricones reprimidos, amanuenses
con ínfulas de periodistas, aplaudidores a sueldo fijo; tristes personajillos de la comedia
cubana a los que él ha fustigado alguna que
otra vez en sus escritos. Ellos no se atreverían,
no, de ninguna manera, enfatiza Rey sin soltar la
sonrisa. Son tipos -y tipas- que no irían más
allá de los pasquines y las calumnias.
...estuvo diez días en casa de otro amigo -en
realidad una habitación for rent,
un cuarto aséptico donde todo olía al más allá-. Escribía
por las noches escuchando los ruidos que llegaban
de la habitación contigua -gemidos, griticos,
risas apagadas, sonidos siempre leves- hasta que su
inquilina se fue y en su lugar se instaló una
negrita que no hacía más que chillar.
Entonces toda la escritura se fue al diablo, y el
sueño también. Dormía a retazos
y cuando despertaba en plena madrugada pasaba largo
rato en la ventana esperando a que terminaran de matar
a la negra. Fue en una de esas noches que vio la sombra
en la habitación. Él estaba acostado,
con los ojos abiertos. La negrita había empezado
a chillar, pero él quería seguir en
la cama, empecinado en dormirse de nuevo. De pronto
oyó un chasquido. La puerta se fue abriendo
y en la oscuridad, menos densa ahora, apareció
la sombra. La sombra estuvo unos segundos sin moverse,
hasta que decidió acercarse al rincón
donde estaba la mesa con los papeles. Luego se fue.
Solo entonces él reaccionó: salió
de un par de zancadas al pasillo un instante antes
de que la sombra desapareciera. Sí, no cabía
dudas: era su amigo. Volvió al cuarto y encendió la luz. Sobre la mesa estaban todos sus papeles, menos
el sobre con la carta...
No sé de qué manera atajarlo. Rey habla
como si hablara consigo mismo. ¿Será
otro síntoma de la paranoia? Si es así,
la Isla esta llena de paranoicos -el monólogo,
al parecer, es altamente contagioso-, solo basta ver
a esos tipos discutiendo de pelota en el Parque Central.
Oye, Rey, ¿me escuchas?, pregunto. La casa
está en penumbras. También la ciudad
comienza a sumergirse en la oscuridad. Charlando,
no nos habíamos dado cuenta del apagón,
el séptimo en una semana que no tiene mas de
siete días como la de Manzanero. Voy hasta
la cocina y enciendo el farol mientras pienso en Rey
con pena. Por ese camino terminará en un manicomio,
el pobre, y no lo salvará ni el médico
chino. Al levantar el farol, he reparado con alarma
en la hora. ¡Mi madre! Se me está haciendo
tarde y no sé cómo terminar con Rey.
¡No voy a dejarlo en semejante situación,
no! Regreso a la sala. Bajo la luz primigenia de la
llama, la casa adquiere aspecto de gruta, de cueva
del pleistoceno. Hemos regresado a la prehistoria.
¡Bienvenido a la edad de piedra!, le digo a
Rey y observo su sombra y la mía, petrificadas
en la pared. Como aquel hombre de la caverna de Platón,
comenzamos a percibir el mundo únicamente por
las sombras que proyecta la luz. El tipo del periódico,
por ejemplo, sé que todavía está
ahí, gracias a la sombra incrustada en la fachada
del edificio. Oye, ¿y no será uno de
esos tipos con los que has estado?, le pregunto al
fin y me siento torpe al entrar seriamente en un tema
que solo se ha tocado en broma, en chistes fugaces
entre Vivian y Rey. No sé si es el terror o
la ausencia de Vivian lo que más le ha impedido
soltar una de las suyas. Mueve la cabeza y chasquea
la lengua para negar, para descartar también
a sus furtivos compañeros de cama. No, nada
de eso, responde sin mirarme, no tengo deudas con
ellos ni con nadie. Aunque Rey últimamente
ha podido saldar sus cuentas -le debía a las
veinte mil vírgenes, por cierto-, tenía
otras deudas no menos importantes con algún
que otro compañero de cama, según me
ha contado Vivian: infidelidades y pequeñas
fechorías que en su momento hubieran podido
desatar un crimen pasional, traiciones seguramente
ya olvidadas. Sin embargo, prefiero no insistir en
ello. Al fin y al cabo, toda esta incómoda
interrogación es solo un pretexto para hacerle
comprender que nadie tiene razones para asediarlo,
que nadie lo persigue, que nadie lo vigila, que el otro es él mismo, y se lo digo casi
sin pensarlo, en un tono que intenta ser desenfadado
pero que suena solemne.
...no, el otro es tan real como ellos dos,
el otro existe, tiene vida propia aunque a veces parezca
pura invención de mentes exaltadas, chismorreo
de viejas ociosas, o simples rumores echados a rodar
con toda la mala intención del mundo, ya se
sabe de dónde. El otro nos ronda, nos observa,
nos escucha, nos huele; sabe lo que comemos, lo que
pensamos, lo que sentimos; el otro hurga en los desperdicios,
tiene ojos para ver ocultas relaciones allí
donde un ojo vulgar solo vería una insignificante
lata vacía de refresco o el papel de un jabón
de tocador; y puede estar en cualquier sitio, puede
tomar el rostro del bodeguero, del cobrador del agua,
el de un amigo. Así lo vio un día: en
el semblante de un colega que decía ser su
socio, que lo llamaba brother, ¿cómo
van esos escritos, brother?, ¿cuándo
sacas tu próximo libro, brother?,
en lo que pueda ayudarte, ya sabes, brother.
Y el socio, el brother, el amigo de la infancia...
Parado frente a la puerta, de espaldas a mí,
Rey habla como un alucinado y mira a la noche. Hombre
mirando a la noche. Así titularía esta
historia si un día tuviera que escribirla.
O mejor: El otro. Sí, es una manera de aludir
a sus fobias desde el mismo título. Oye, Rey,
ven acá, siéntate. Rey se acerca y en
la luz del farol sus ojos despiden un brillo de reproche.
Así que crees que estoy loco, eh, dice mientras
se acomoda en la butaca. Entrecruzo las manos tras
la nuca y me dejo caer sobre el espaldar. No, te creo,
miento yo. Te creo, y precisamente por eso pienso
que deberías ver a un sicólogo antes
de que te hagan más daño. Alguien quiere
destruirte y lo está logrando. Rey exhibe una
sonrisita burlona, la misma que le he visto esgrimir
frente a sus enemigos. Me vas a creer, ya lo verás,
me advierte. Me vas a creer cuando el otro venga por
ti, si es que no está espiándote ya.
Me inclino hacia él. Rey, no estás bien:
empiezas a desconfiar hasta de tus amigos, ya ves
fantasmas por todas partes, le digo en un final intento
por convencerlo. Vas a creerlo todo, ya lo verás,
repite él y sonríe. Me siento sin recursos.
He dicho mis últimas palabras sin disimular
casi, hasta con torpeza. Derrota total: nada puedo
hacer por él y Rey parece comprenderlo, porque
observa su reloj y advierte que ya es tarde. Voy a
acompañarte hasta la parada, le digo y los
dos nos incorporamos. De pronto se queda mirándome
con una fijeza incómoda. Sé que duda
por un momento, que busca al otro en mis ojos. Pero
es solo un momento. Su mirada vuelve a ser cálida
y confiada cuando deja caer su mano sobre mi hombro.
Vamos, me dice y salimos a la calle.
Afuera todo está a oscuras. El hombre del balcón
es el único ser visible. Caminamos en total
oscuridad. Es una noche anterior al universo, la noche
de las noches. Ni una estrella, ni un destello en
el cielo. Solo el resplandor de tenues faroles, solo
sombras que se mueven con extraña lentitud
como si pertenecieran a un mundo irreal, alucinante.
La calle comienza a ascender por una pendiente rodeada
de árboles. Rey ya no habla. ¿Se habrá
calmado ya? Sigo su respiración, aún
tensa, luchando con la subida. Quisiera preguntarle
adónde irá, pero temo despertar sus
fantasmas en plena oscuridad, ¡ahí sí
que estaríamos bien! Volvería otra vez
con lo mismo ¡Y eso sí que no! ¡aquí
no, por mi madre! Si ahora Vivian no me bota, no lo
hará ya nunca, aunque no guardo muchas esperanzas
a estas alturas de la noche. ¿Por qué
Rey tuvo que venir precisamente hoy? ¿No podía
haber esperado hasta mañana? En la oscuridad
el ascenso me ha parecido más corto que otras
veces. La calle desciende ahora con suavidad y la
respiración de Rey comienza a sosegarse. Seguimos
avanzando en silencio como si no tuviéramos
ya nada más que decirnos. Quisiera ponerme
a silbar, romper un poco el silencio, pero termino
apretando los labios: no sé por qué
tengo la sensación de que alguien nos mira.
Lázaro
Jesús Zamora Jo (La Habana, 1959) Obtuvo una
primera mención en el Premio de Cuento de La
Gaceta de Cuba 2003 por "Pájaros en la
llovizna". Ese mismo año, su libro Luna
Poo y el paraíso, al cual pertenece
"El otro", ganó el Premio Alejo Carpentier
de Cuento.
|
| 
|
|
|
|
|
|
|
|