| En
breve será publicado por la Colección
Sur el primer libro de poesía de Lillian Guerra,
escritora cubanoamericana cuyos vínculos indirectos
(en materia de sangre) con la isla no impiden que desde
la textualidad secreta del poema explore los olores
de la tierra de sus padres. Revelaciones exóticas
será su título y La isla
en peso reproduce aquí dos de los
poemas que contiene.
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| Remedios
para la añoranza |
la añoranza es una enfermedad
crónica
permanente
sin cura
dijo mi abuela
anciana
vieja
sin pena
dedos de ajo
enredados en mi pelo
ojos de sabiduría
creando surcos en mi mente
aliento de bruma
sonrisa tropical
burlándose de la gente
que nos rodeaba
hoy me doy cuenta
de lo que ella quería decir
que las ansias de tener envenenan el
vientre
que la sed de amor te hace diferente
robándote del poder de sentir placer
transformando el sexo
de precioso vocero de la verdad
en hoyo mezquino femenino
oráculo onírico del deseo
insaciable
ignorable
displicente
palabra
sin boca
lente
sin ojo
sangre
sin vena
ademán
sin cara
la añoranza se alimenta
de las migajas de cariño
las sombras del destino
los rumores de recuerdos
que tú usas para clavarme
a la cruz
de un pasado sin saber
de un presente sin tener
esperanzas de resucitar
nunca
(o casi nunca)
de este limbo sin fin
de esta vida absurda
donde me tienes tú
y existo yo
perdida
desnuda
vampiresa hambrienta
cazadora ardiente
amnésica clarividente
que da piruetas
por la ciénaga del pudor
donde sirvo mi sentencia
de honrar la omnipotencia
que genera tu ausencia
de tolerar la indolencia
que sueles regar por los campos
de mi dolor
a donde voy
(a veces)
cuando quiero esquivar
esa amortajada añoranza
por ti
por Cuba
por ser
más que mendiga
más que hermana
más que amiga
que alivia la añoranza
corporal
espiritual
sexual
cultural
que también te invade
a ti
(a veces)
pero tú
no me añoras
no me necesitas
porque no me persigues
porque no me hallas
porque siempre me encuentras
a tu puerta
(y no a tu lado)
tocando
pidiendo
esperando
algo
que no me das
porque no lo quieres
desenterrar
regalar
arriesgar
por eso añoro
la voz de mi abuela
extraño sentir
los dedos de sus caricias
quiero bullir
bajo el sol de su carisma
esperando que ella me escriba
una receta homeopática
un remedio casero
para esta añoranza
para hacer que tú me cuentes
esa mentira tranquilizante
esa medida relajante
que aliviaría mis anhelos
y salvaría mi alma
enflaquecida
atocinada
del abismo de querer ser
más
(para ti)
que importante
más
(para ti)
que relevante
más
sensual especial
distinta central
visual esencial
elemento integral
a tu vida y conciencia
a tu cuerpo y existencia
que las demás
reveladora de tu alba
confesora de tu memoria
guardián de tus sueños
seductora de tus deseos
quiero vivir de
estas mentiras
consumir estos remedios
tragar estas medidas
para mejorar
sino quitar
la añoranza
crónica
permanente
sin cura
que me hiere
y me llena
de vacíos
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| Biografía
del niño maldito |
I.
La niñez
Al niño maldito
le gusta jugar
desnudo y bronceado
a la orilla del mar
solo
y solitario
conquistador de otro siglo
galán de otro mundo
titán del castillo
que construye en la arena
huérfano inoficial
soldado sin declarar
general del ejército
de los sueños
silvestres y baldíos.
El
niño maldito
suele penetrar
sin armas y sin humo
en esa pequeña playa perdida
que ocupa su mente
usurpante y disidente
sin saber que la diosa lo busca
lo rodea y lo abriga
en la esperanza del encanto
para disfrutar la plenitud de su niñez
pasada y cultivada
en el centro de la isla
origen del placer
fosa del deber.
El
niño maldito vive
desglosando su futuro
espantando la espuma
de tristeza-alegría
que sus ojos azules salpican.
Salta,
canta y grita
por el bien del mundo
por el amor que promete
la diosa desconocida
que guarda su destino
acariciándolo y cuidándolo
con manos musculosas
para que el niño maldito
juegue sin pensar
liberado y atolondrado
refrescado y elevado
como hace cualquier niño
que disfruta de la vida
y la felicidad ofrecida
por las aguas del azar
en cualquier día de playa
a la orilla del mar.
II.
La adolescencia
La diosa desconocida
sabe que el niño
no tiene disciplina
no sabe distinguir
entre juguetes de verdad
e instrumentos de tortura.
El
niño maldito
ignora el peligro
que connota su cuchillo
colgado de la soga
que cae de su cintura
tejida y deshebrada
reluciendo la tersura
por culpa de sus padres
que un día se lo dieron
en una fiesta de cumpleaños
entre brindis familiares
(y lazos nucleares)
celebrados en nombre
de la unidad social
festejados a causa
de la unanimidad mental
forzados todos
a combatir el enemigo
del desencanto realista
del fantasma del desorden
que amenazaba agazapar
la mensajera impertinente
que se suele disfrazar
de espía impaciente
de recuerdos relucientes
que engañan a la gente
para así mejor resaltar
la advertencia de las huellas
de un pasado que trepida
la memoria de cada uno
la conciencia de ninguno.
Pero
el niño maldito
no les hizo caso
ese día de cumpleaños
prefiriendo el encanto
que ofrecían las olas del mar
donde siempre le gustaba pasar
su tiempo libre sin dudar
de la probabilidad de buscar
otro destino.
Fue
ese día de cumpleaños
que el niño maldito
jugaba en la playa
y al fin conoció a la diosa del mar.
Ella
lo abrazó con su alma caliente
disfrutando las estocadas de cuchillo
que daba el niño maldito
al borde de la playa perdida
enseñándole el centro
de su corazón divino
entregándolo sin pensar
olvidando su orgullo
y poniéndose a bailar.
Desnuda,
tierna y cruda
la diosa desconocida del destino
bailó
entre
sombras de sueños
y sábanas perfumadas
seduciendo y confundiendo
al niño maldito
con su vestidos emperlados
y sus palabras sorprendentes
que rechazaban la cultura
de los invitados de la fiesta
dejándolo a él
mudo e intranquilo
inocente del poder
que el destino ofrecía
de viajar y conocer
de amar y extender
su visión de provinciano
al mundo metropolitano
cuya libertad y grandeza
él negaba querer.
Por
eso
el niño maldito
maltrata a la diosa del destino
viendo en ella
peligros masculinos
promesas peregrinas
y él
(el niño maldito)
por miedo a la diosa
por respeto al destino
por no saber comprender
los misterios y los encantos
del amor verdadero
del alma desconocida
de amar sin condiciones
ni limites de placer
huyó de su lado
y se fue a su casa
abandonando a la diosa desconocida
dejándola desconsolada
anonadada
embrujada
sin compañía y sin sueños
envuelta en el recuerdo
de su lindo y maldito ser.
Por
eso
la diosa desconocida
dejó de molestar
el ritmo de su rutina
la tranquilidad de sus encuentros
con los soldados solidarios
de sus sueños y secretos
fingiendo que no sabía
que al niño maldito
la oscuridad de la noche
la profundidad del sentir
todavía lo llenaban de miedo
incrementando y no aliviando
la soledad
de su querer.
III.
Metamorfosis
Un día el niño maldito
también abandonó su casa
dejándola en plena fiesta
con vista de rendirse
al destino desconocido
pero no encontró a la diosa
donde siempre la esperaba
donde siempre la añoraba
tentadora y sabrosa
cariñosa y golosa
de sentir sus dedos correr
como oleaje sobre la piel
en la plena luz del sol
en la arena de la playa
en su alma de mujer.
Y,
en ese instante,
el niño maldito alzó su cuchillo
y rechazó a la diosa desconocida
cerrándola en las verjas de la memoria
olvidando las penas de sus padres
buscando escapar las olas del océano
sin que nadie se diera cuenta
sin que nadie supiera
que la experiencia
del amor, del miedo y del fracaso
había transformado
al niño maldito
de niño en hombre
a la diosa desconocida
de ninfa en mujer.
Entonces
el niño maldito
decidió guardar sus secretos
en un baúl soterrado
en un escaparate extraviado
y prefirió negar en vez de anunciar
su metamorfosis de niño a hombre
la transformación de la ninfa-diosa
la memoria de sus padres y de la isla
el dolor y la emoción
que vive y lo define
huyendo de los ojos temerosos
detrás del fondo
a lo lejos de la orilla
a través de las paredes
hasta encontrar un nuevo y distante hogar
donde actualmente vive
el niño maldito
pidiendo binoculares prestados
para observar desinteresado
los hábitos de sus padres
los borrachos de la fiesta
tomando tragos del olvido
aspirando apaciguar
el dolor que sienten
el daño que se hacen
unos
a otros
otros a unos
sin
querer reconocer
que el niño maldito
ya no vive con ellos
ya no añora su presencia
por haberse criado solo
solo
y solitario
a
la vista de la toda la gente
que atestiguaba la ausencia
de un padre prepotente
de una madre impotente
de una vida inocente.
IV.
La madurez
Hoy sus padres
lo extrañan
sentado en otra arena
lejos de la isla
contemplando su futuro
en un cristal imaginario
examinando la belleza
amasando las curvas
penetrando las cuevas
del cuerpo espiritual
que le expone la diosa desconocida
cada vez que lo llama
con sus canciones y sus encantos
que lo envuelven por las noches
en las brisas marinas del campo
amando su alma exiliada
mamando su sexo desterrado
suspirando su nombre
y pidiendo que descanse
bajo esa protección divina
de la luna y las estrellas
del amor femenino
que tanto merece
y tanto teme él.
Es
ambivalencia
lo que sienten sus padres:
orgullo por su destreza
miedo del destino
pena por el regalo
(de la independencia)
que le presentaron
ese día de cumpleaños
cuando el niño maldito
se escondió en su cuarto
y no respondió a los gritos
porque sus padres
lo dejaron de vigilar
sin capacidad de ligar
la disciplina
al abrazo
de mezclar
la fidelidad
al deseo
de forjar
la esperanza
al destino.
Por
ellos
(y por eso)
el niño maldito
nunca se sintió
verdadero niño
sino
pirata sin tesoro
marinero sin barco
pintor sin público
poeta sin lector
y ahora todo le resulta
igual que jugar
con cuchillos afilados
en una playa perdida
en una costa lejana
a la orilla del mar.
V.
El destino desconocido
A mi me dijo una adivina
que la diosa desconocida
aun vive todavía
agradecida por la memoria
amortiguada por la historia
resignada a esperar
que el niño maldito
le perdone su error
(de la vez que no la encontró)
que la trate con cariño
que le enseñe el destino
de su corazón obsequiado.
Según
la adivina,
la diosa sólo pide
que el niño maldito
se deje proteger
(por ella y no soldados soñados)
entre nalgas femeninas
y labios salados
que lo añoran y lo adoran
que nunca lo critican
y siempre ignoran
esa fachada de machista
feliz y autónomo
de hombre prominente
de caballero sobresaliente
en que dependen
los esfuerzos del niño maldito
por encubrir
y así sobrevivir
la dureza de su realidad.
Porque
a pesar de ser hombre,
a pesar de ser maldito
ese niño solo
sigue cargado de cuchillos:
desamparado por sus padres
amante de muchas
amigo de todos
marido de nadie
padre del sueño
dueño del destino
que antes guardaba
la diosa desconocida
y antes espantaba
al niño maldito
dando estocadas
de cuchillo
mientras la diosa
lo abrazaba
a la orilla del mar.
Otros
dicen que
la diosa desconocida
hace tiempo anunció
acabar con su carácter de diosa
para poder dedicarse a él
embullándolo a buscar
una segunda y bella niñez
creada y formada
en el sexo de la ex-diosa:
mimado y criado
el hijo que ella promete
vivirá con otra madre
presente y no ausente
queriendo que su padre
encuentre en ese hijo
la fuente de esperanza
el crisol de la malacrianza
y entregue a la materna mujer
la llave de su baúl
donde guarda sus secretos
como legado para su hijo
que espera igual que él
el derecho de renacer.
VI.
La trampa masculina
Yo creo
que el niño maldito
aun no quiere enfrentar
el derecho extendido
por la ex-diosa desconocida
y lo niega entender.
Solo
y solitario
lejos
de sus padres
cerca de otros mares
el niño maldito vive
entre sonrisas lacrimosas
y caricias sudorosas
de otros seres desconocidos
intentando olvidarse de la ex-diosa
donde no lo amenaza el ego
donde no lo toca el fuego
donde huye la dulzura del deseo
donde nadie lo podrá reconocer
como el niño maldito de antes
que jugaba con cuchillos
desglosando su futuro
espantando la espuma
soñando
con no crecer.
Lillian
Guerra, hija de padres cubanos, nació
en la ciudad de Nueva York. Es profesora de historia
latinoamericana y caribeña en Bates College,
Lewiston, Maine. Tiene un doctorado del Departamento
de Historia de la Universidad de Wisconsin en Madison.
Publicó Expresión Popular e Identidad
Nacional en Puerto Rico (University Press of
Florida, 1998) y Cuentos y Fragmentos de Aquí
y Allá (Editorial El Conejo, Quito,
Ecuador). Nacionalismos en Conflicto y el Mito
de José Martí en Cuba verá
la luz en University of North Carolina Press próximamente.
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