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Nostalgia de la Utopía 

Déjame que te cuente (Antología de la crítica en los 80), de Margarita González, Tania Parson y José Veigas apareció a través de Arte Cubano Ediciones en diciembre de 2002. En ella están antologados casi medio centenar de textos (entre reseñas de exposiciones, textos de catálogos, ensayos, reflexiones, polémicas aparecidas en diarios de circulación nacional) alrededor de lo que fuera el movimiento creativo más intenso que conocieran las artes plásticas cubanas en el siglo XX. Y aunque el aporte definitivo del libro está consensuado en el panorama crítico cubano, el verdadero tamaño de su impacto está por verse; sobre todo, si se tiene en cuenta que la recepción en el medio literario nacional ha sido más bien tímida.
Es por ello que la Estación crítica reunió a varios de los complotados en la realización de la antología y a una serie de gente que, de una manera u otra, tuvo que ver con el panorama eruptivo de los 80 cubanos, los cuales, si bien parecieran lejanos en el tiempo, siguen vivos en la memoria afectiva nacional. Y ni qué decir en el pensamiento sobre la cultura y la sociedad cubanas.
Allá va eso…

Roberto Zurbano (Crítico y moderador): Vamos a hacer no la presentación, pues este libro apareció en la última Feria Internacional del Libro de La Habana. No obstante, se trata de un volumen que, sin ser una antología más, recoge un momento importante en la cultura cubana más reciente. La aparición de este libro no solo permite hablar de la plástica de los 80 sino de un momento importante de la cultura cubana reciente. La presencia de ustedes aquí nos va a permitir completar el mapa de un fenómeno que, aunque fue un tanto habanocentrista, para nada fue solamente habanero. Así que podemos hablar de un fenómeno que comenzó en la plástica pero no terminó allí.

De la bolita al cocotaxi
Wilfredo Prieto
Instalación, 2003

Elvia Rosa Castro (Crítico de arte y autora del prólogo): Según me contaron los autores, esta antología llevaba diez años hecha. Fíjense si era antigua, que me lo entregaron en papel pautado; así que lo primero fue digitalizarlo. Me la presentaron en marzo de 2002 y en diciembre ya estaba saliendo de imprenta. El proceso fue rápido porque la mayor parte de los textos ya los conocía, formaron parte de mi formación como filósofo y crítico de artes. Nunca me cuestioné la selección, pues había tres autores que los habían elegido bajo un criterio; mi trabajo fue entender la lógica de la selección, y también me pareció interesante hacer la relación exhaustiva de las exposiciones que se hicieron en la década y los premios que se obtuvieron en ese tiempo. El mayor valor de este libro es eminentemente referativo. Muchos de los presentes son estudiosos de la época y, además, la vivieron; yo la viví con una distancia enorme y también como folclor: estaba becada en F y 3ra., estudiaba filosofía en la Colina y no me perdía cuanto sucedía, pero el fenómeno tampoco era de mi parnaso, era una relación medio suficientona. Más tarde, cuando comienzo a ejercer la critica de arte, descubro que toda esa información que necesitaba para tener una idea general del proceso estaba muy dispersa e incluso publicada en catálogos editados fuera de Cuba y que solamente podía encontrar en casa de Magalis Espinosa o Gerardo Mosquera; artículos publicados en Estados Unidos o en Revolución y Cultura pero que, como los textos de Mosquera, simplemente habían sido arrancados de la revista y no podías consultarlos ni en el Instituto de Literatura y Lingüística. Creo entonces que una compilación de esta naturaleza, agrupada como corpus, venía a llenar un vacío que va más allá de la propia crítica y se inserta en la docencia. La mayoría de los textos reunidos aquí son importantes para entender no solo el proceso de las artes plásticas sino el momento que estaba viviendo el país en la década de los 80. Aquí hay textos funestos, carentes de la lógica escritural que como editora pudiera defender, pero que dan la medida de por qué los hechos alcanzaron la magnitud que tuvieron y explican la libertad con que se estaba escribiendo, cosa que no sucede ahora. Hoy la crítica de las artes plásticas está viviendo un momento de elogio desmesurado cuando se hacen reseñas de artistas, no así cuando se enjuician eventos -como el evento es algo abstracto, criticas; criticas una institución, que también es algo abstracto; criticas a la Bienal de La Habana, al Salón de Arte Contemporáneo; pero no enjuicias una obra concreta, algo que sí puede apreciarse en esta antología.

Zurbano: Deseo señalar que muchos de los textos reunidos en Déjame que te cuente fueron provocados por lo que entonces estaba pasando en el Instituto Superior de Arte (ISA); uno de los ejes del ciclón de los 80, acaso el más visible. Habría que hablar de los maestros que provocaron en sus alumnos una forma de pensar particular, pues en esas aulas hubo una ruptura metodológica en la manera de enseñar arte que no tenía nada que ver con lo que estaba sucediendo en la Universidad de La Habana u otras escuelas.

Magalis Espinosa (Téorica y profesora): La existencia de lo que luego se va a llamar Nuevo Arte Cubano se debe en buena medida a la existencia del ISA, que se convierte en uno de los espacios de experimentación pedagógica de más valor en el campo de la enseñanza de las artes plásticas, no solo a nivel latinoamericano. El hecho de que exista un instituto donde cohabiten distintos tipos de artes con proyectos experimentales, con un espíritu de vanguardia, fue esencial para que se produjera la eclosión de los 80. El ISA se crea en 1976 y sus primeros egresados van a ser profesores de los artistas de los 80, que a su vez habían sido alumnos de artistas del nivel de Servando Cabrera Moreno, quien decía que Flavio Garciandía era su mejor alumno; después Flavio va a ser uno de los profesores de mayor virtud pedagógica que había pasado por las aulas del instituto. Déjame que te cuente está inscrito en ese concepto del Nuevo Arte Cubano, concepto que va a tratar de reunir este trabajo experimental para buscar la línea evolutiva del movimiento a partir de la acumulación de obras de valor artístico que vienen desde la vanguardia histórica de los años 20 y 30.
Es necesario precisar por qué comienza a llamarse Nuevo Arte Cubano a partir de los 80 y por qué asume características distintas en los 90, así como que empieza a cuajar de otra manera en este siglo. El Nuevo Arte Cubano posee una perspectiva experimental y de inserción social del arte, de crítica y reflexión sobre el papel social del arte; ése se convierte en un factor de construcción artística y va a ser uno de los movimientos de avanzada de todos los procesos experimentales de América Latina durante los últimos veinte años. Entre sus características está la aparición de líneas de creación que se convierten en caminos que recorren gran cantidad de prácticas, como la línea antropológica o la sociológica; ambas, en íntima relación. Pero todos son factores que permiten hablar de un nuevo movimiento en la plástica que no se había dado así históricamente. Cuando uno visita las salas de arte cubano del Museo Nacional de Bellas Artes, cuya curaduría es especialmente compleja por ese detalle, se revisa todas la plástica de los 60 y 70 y cuando se llega a la experimentación vanguardista de los 80 uno sufre una especie de shock. Vienes del oficio, de la maestría, de la durabilidad de la obra, y de pronto chocas con un concepto nuevo de obra, con el concepto de instalación, en el cual el oficio puede pasa a un segundo plano, donde el contexto, sobre el cual se reflexiona, ocupa un lugar preeminente, y la plástica cumple una de las funciones sociales más importantes que ha tenido el proceso de la cultura en la Revolución, que es el proceso de memoria y el de documento social, compartido con la función que jugaba el cine. Donde crece la importancia del libro es en señalar las diferencias que se dieron en las artes plásticas, pues en su caso ocurre una intensa interacción entre la teoría del arte, la crítica y el proceso de renovación artística que se venía dando. Ello ocurre debido a que muchos de estos críticos estaban inmersos en el trabajo pedagógico y en los procesos de creación de los artistas. No se pierda de vista que ese grupo tuvo la posibilidad de contar con los más importantes pensadores de su tiempo.
El libro nos despierta la sed por emprender una genealogía de ese proceso. La antología llena un vacío, pues precisamente conversando con Gerardo Mosquera reparábamos en la ausencia de fotografías de obras, en la poca importancia que se concedía a que los artistas tuvieran su dossier, en dejar constancia de esas exposiciones. De los 90 en adelante se recogió una memoria de forma sistemática como no se hizo en 20 años. Así que el libro es la primera tentativa de un trabajo por hacer. En ese sentido, el título es muy ilustrativo: cualquiera que pregunte qué es el Nuevo Arte Cubano, habría que responderle: "Déjame que te cuente."

Omar Valiño (Crítico de artes escénicas): El libro se puede leer desde distintas coordenadas, entre ellas, para comprobar cuán diferente es nuestro panorama artístico hoy no de la riqueza, porque no es que no sea rico ahora, sino que no tiene la viveza, la polémica dura y pública. Tiene en definitiva un gran valor historiográfico no solo para la crítica de artes plásticas y su teoría sino en general para los discursos críticos y teóricos del arte cubano en general. Muestra también por qué el arte cubano tironeó al teatro y a las artes escénicas en general, sobre todo a partir del segundo lustro de los años 80. No se trata tanto de la vinculación directa de los artistas plásticos a los fenómenos teatrales como del estímulo general en el que se ubicaban una serie de ideas y búsquedas de las prácticas artísticas insertándose en un diálogo que quería ser un diálogo social. Ello atendía a un valor fundamental, que la plástica inscribió y después recogió todo el arte de los 80: el desplazamiento hacia el mundo del individuo en medio del proceso social, los conflictos entre esa individualidad y un contexto social que no era tampoco el socorrido conflicto entre el pasado pre-revolucionario y el presente, sino un conflicto dentro de la propia dinámica del proceso social de la Revolución.
El teatro sufrió tal vez como ninguna otra manifestación los errores garrafales de las políticas culturales de los 70; los primeros 80 se dedican a reconstruir en la medida de lo posible ese tejido, que estaba muy maltratado. En torno al año 84 y hasta los primeros 90 se desata lo que pudiéramos llamar la dinámica ISA, una nueva generación que en el teatro se caracterizó además por una colaboración muy estrecha con maestros que venían de otros generaciones; habría que mencionar en particular a Vicente Revuelta, que tal vez inició esa etapa con el remontaje de Galileo Galilei en Teatro Estudio con un grupo de estudiantes del ISA. En su mayoría, era gente que venía del campo de la teoría, teatrólogos, dramaturgos, gente que aspiraba a ser directores teatrales. Se pusieron en escena un conjunto de vectores de desarrollo; algunos, de la propia tradición cubana; otros, de lecturas en un principio algo miméticas pero luego rápidamente asimiladas de fenómenos más allá de la isla; por ejemplo, toda la poética del Odín Teatro. Eso contribuyó a que el teatro, si no se igualara, por lo menos mantuviera en esos años una dinámica en las ideas que uno puede hallar en este libro con respecto a la plástica. Estoy pensando en varios espectáculos de Buendía, en particular Las perlas de la mora; en un grupo como Teatro del Obstáculo, de Víctor Varela, que nació desde la marginalidad, desde la sala de una casa, y desde espacio tan pequeño resultó una bomba en el contexto del teatro cubano. Están también las escisiones que se producen en los grandes cuerpos estables del teatro cubano; en el propio Teatro Estudio, en una institución como el Ballet Nacional de Cuba, del que sale gente a fundar el Ballet Teatro de La Habana, del propio Conjunto Folclórico Nacional, de Danza Contemporánea. Si uno repasa los cinco años finales de los 80 reconoce que parte de todo lo mejor que está funcionando aun de la danza y el teatro fue fundado entonces. Y, aunque mucho sigue vivo, no tiene la vitalidad de aquel momento histórico.

Hilda María Rodríguez (Directora del Centro Wifredo Lam): Creo que la historia comenzó a fines de los 70. Hacia el 77-78 se dieron las primeras diatribas, cuando se mencionó por vez primera el término posmodernidad, a partir de la arquitectura, y nadie sabía qué era aquello. La gente escribía y publicaba muchísimo, pero también había un espacio de diálogo que no protagonizaban los creadores o los críticos, sino que respondía a la dinámica de las universidades. Es que cuando éramos estudiantes nos sentábamos en el piso con los artistas del momento para valorar, discutir. Eso falta ahora. Ustedes repiten que ahora no existe; yo digo: ahora no lo hacemos. Ahora puede existir un nivel de diálogo, de intercambio, pero no se promueve como debería, excepto el día de la inauguración de las exposiciones o cuando son peliagudas las propuestas y alguien inteligente les saca partido. Lo que falta es volver a sentarse en el piso con los pintores, que lo hagan los estudiantes del ISA y de Historia del Arte, que los seminarios sean con quienes están creando. En los 80 hubo también mucho espacio para lo que no servía, obras que se impulsaron como tremendas y no trascendieron. Entre el 84 y el 89 trabajé en Luz y Oficios y fue un tiempo de mucho taller; por entonces nadie hablaba de curaduría, se trabajaba, por suerte, de manera muy contaminada con los artistas, y se creaban los proyectos de conjunto y no había tanto protagonismo de los curadores. Ello se unía a lo que estaba ocurriendo en el Taller de Serigrafía, que no era solo una revolución técnica, sino artistas de primer nivel haciendo serigrafías de gran nivel artístico. Lo que ha cambiado es la naturaleza de las acciones. Hay que estimular esos posibles espacios de diálogo, y si no se puede a través de los medios de difusión masiva, habrá que buscar otras vías, como este libro. Que la nostalgia no nos mate, que nos haga pensar y revolucionar; no pensar tanto en el Renacimiento como en esta época posutópica que nos ha tocado vivir.

Marino Wilson Jay (Poeta y ensayista): Yo tengo miedo, mucho miedo, y no precisamente el que dicen tuvo Virgilio Piñera en aquella famosa reunión de intelectuales. Mi miedo consiste en que alguien crea que pretendo revivir la discusión entre la capital y resto del país. He escuchado las intervenciones sobre el libro y me decía: que gran problema para los críticos del futuro cuando investiguen un arte de los 80 que ha radicado en una zona exclusiva del país. El Renacimiento italiano no solamente fue en Florencia, también fue en Nápoles, Siracusa, Milán y Turín, que apenas eran aldeas, y fue en Roma. No podemos hablar del arte de los 80 y circunscribirnos al ISA, a las exposiciones en La Habana, y no saber qué sucedía, por ejemplo, con un Alberto Lescay, una Caridad Ramos, una Marta Mosquera, etcétera, en Santiago de Cuba, y lo mismo podría decir de otras provincias; me sorprende que a estas alturas podamos caer en este olvido. Una investigación seria, y esta lo es, debería moverse por otras zonas del país. No se olvide que cuando estaba Orígenes también estaba Orto en Manzanillo. Amigos míos, a veces el subdesarrollo cultural tiene expresiones inescrutables.

Zurbano: Como suele decirse, cada familia entierra a sus muertos. Un hombre como Ricardo Riverón Rojas, en su libro de memorias, ha logrado hacer la historia de los 80 en Santa Clara a través de su propia visión. Muchos de nosotros no hemos hecho eso, empezando por mí. Por entonces yo viajaba por todo el país y me enteraba de muchas más cosas de las que me entero ahora. Era otra dinámica; pero también otra mirada. Siempre me ha interesado investigar lo que sucedió con el grupo La Campana, en Las Tunas, pero a lo mejor tengo los instrumentos y me faltan lo elementos. Allí sucedió un proceso muy importante, simultáneo al ISA, aunque algunos de sus integrantes estudiaban en el Instituto.

Alpidio Alonso Grau (Poeta): Es que los 90 lo atomizaron todo. Cuando uno se acerca a un fenómeno como el de los 80 descubre que es una generación que estalla, con un discurso de grupo en las artes en general. Ello es el resultado de un movimiento de aficionados fortísimo, y también de cómo estaba gravitando aquel sentido utópico en todo. El movimiento literario tenía una fertilidad que descansaba no precisamente en las publicaciones, pues hoy tenemos más revistas, editoriales y posibilidades de publicar que nunca, pero entonces los talleres literarios constituían todo un suceso. Había una vida cultural que no descansaba en los recursos materiales puestos al servicio de la cultura, sino que tenía que ver con el mundo de entonces, con la acumulación de trabajo cultural a pesar de losa 70 y con una necesidad de inserción social de la cultura que de alguna manera los 90 atomizaron. La erosión de los 90 para este país no la hemos calculado en toda su dimensión, hablo en términos ideológicos sobre todo. De modo que, a la hora de acercarse a un fenómeno como este, es difícil no hablar con nostalgia; pero el presente hay que pensarlo desde otra perspectiva. Hoy opera de otro modo el discurso artístico, político, ideológico en general, y cuando se hacen comparaciones sale ganando una etapa como aquella. Ahora hay una mortandad, un aburrimiento (por lo menos, es lo que percibo) en la vida literaria; en la plástica ya nada resulta inquietante de verdad. El fenómeno de los 80 lo percibí y viví desde provincia en medio de un taller literario que sin dudas era uno de los mejores de Cuba. También en Santa Clara surgió un fenómeno como el del Mejunje; la hoja literaria Brotes; los suplementos, como Huellas, tuvieron una función decisiva; la nueva generación de trovadores que empezó a bordar el discurso musical de otra manera; lo que sucedía alrededor del Museo de Historia. Había siempre el goce de plantearse el desafío de poner la cerca un poco más lejos. Éramos tan pobres y tan felices...

Jorge Ángel Hernández Pérez (Escritor): En los 80 había una comunidad de intereses y de pensamiento y una necesidad de romper con una serie de normas dadas principalmente en el campo de la estética. La pintura es quien primero tuvo la oportunidad de romper lanzas, aunque en la poesía se estaba haciendo ya, sobre todo en lecturas en círculos de amigos. Quizás por eso había tanto debate, porque la necesidad de definición era muy alta. El grupo de poetas que aparece casi todo reunido luego en la antología Usted es la culpable, estaba preocupado por la forma, y llama la atención la inquietud por la nostalgia aquí mencionada. Ello me recuerda que uno de los principales tópicos polémicos de esos años de inicio de los 80 era que la estética mediatizada de la herencia del realismo socialista proscribía la nostalgia junto con otros sentimientos íntimos e individuales, y de pronto siento que estamos volviendo a un temor por la nostalgia. Si este trabajo sobre los 80 genera nostalgia es porque hay un fenómeno social contemporáneo que no hemos desentrañado; ahora sobran las publicaciones y uno puede trabajar en cualquier vertiente; mas nadie aparece con periodizaciones que definan este problema o que definan qué pasa con el mercado (porque el mercado aparece como un asunto abstracto). Igual está sucediendo que muchos de aquellos poetas han pasado a primera fila con libros que merecen una valoración que no tienen, valoración que los ubique dentro de la poesía cubana.

Francisco López Sacha (Escritor): Esta polémica ha ido tomando el camino posible de que tengamos que ver las causas en el fondo del fenómeno de las artes de los años 80.
La Revolución recibió a los grandes creadores cubanos fundadores de la modernidad y ellos a su vez formaron a otros creadores que entraron a la discusión del gran arte en Cuba. El drama ocurrió después del 68; ése fue para mí el gran momento trágico, el momento en que se pretendió acallar la diversidad artística con cánones ideológicos prefabricados y al mismo tiempo detener el carácter naturalmente crítico que la obra de arte tiene en su propia génesis como fenómeno de intercambio social y cultural. En el 68 ocurrió el primer Caso Padilla con la publicación de Fuera de juego y Los siete contra Tebas; en el 71 ocurre la llamada confesión de Heberto Padilla y fue el momento en que esa manera de concebir el arte tomó el poder, la cual para mí se resume en una simple frase: para ellos, el arte era un mal necesario; como era un mal, había que apartar de ahí a todo aquel que fuera inquieto. Ocurrió entonces un vacío profundísimo. No soy un conocedor de las artes plásticas, pero los 80 volvieron a hacer renacer en nosotros la esperanza de que el arte era un bien necesario y que tenía el derecho de discutir la circunstancia de la vida contemporánea con sus contemporáneos. Indudablemente, el gran fenómeno fue la exposición Volumen I. Me he ido enterando de esto con los años, a pesar de que ya estaba en el ISA y conocía a Flavio Garciandía, Osvaldo Sánchez y ví algunas de las obras que primero se pusieron en las aulas del Instituto. Mientras esto ocurría, en el teatro se acaba la falsa dicotomía entre el llamado teatro de sala y el teatro de acción colectiva, lo cual negaba la condición teatral del arte que se hacía normalmente en las salas. El resto empezó como una canción suave con el libro de Senel Paz, que fue un texto revelador; para nosotros, El niño aquel significó que podíamos volver a hacer literatura sin los condicionamientos políticos que imponían los concursos y las instituciones oficiales. Así que nos dijimos: basta de iconos que los tártaros pueden trasladar a su país, saquemos a los políticos entre comillas de la literatura; la literatura la hacen los escritores; hay que pensar la realidad en términos estéticos. La plástica fue a una velocidad asombrosa; la literatura demoró un poco más. La plástica tuvo líderes de opinión y grandes críticos, como Gerardo Mosquera, que fueron impulsando el movimiento plástico, y tuvo polémicas muy vivas en la prensa. Los escritores no tuvimos esa capacidad, no siempre tuvimos esa posibilidad; las artes plásticas tenían un nivel de sofisticación y desarrollo, de sublimación estética, que no estaba al alcance todavía de la prosa y en algunos casos la poesía no podía alcanzar. La plástica tuvo un proceso natural de mucha vigencia, porque ellos se metieron con todos los símbolos falsos de la falsa ideología socialista, se metieron con todos los problemas con los que había que meterse buscando un nivel de entendimiento de carácter más universal. La literatura hizo eso después, a partir del año 86-87, cuando empezó a haber mayor apertura para ella. Decididamente, los 80 fueron un iato maravilloso entre los 70 y los 90, pues cuando teníamos a los escritores formados y a las obras de arte en camino, desapareció el papel, no hubo publicaciones, la mayoría empezó a publicar fuera de Cuba y comenzó la atomización. Al mismo tiempo, con el final abrupto de las artes plásticas y también del teatro, ocurrió un fenómeno a la inversa, como un dejar hacer, un campo de nadie y, claro está, uno siente nostalgia de los 80, donde se podía hablar de movimientos; ahora estamos hablando fundamentalmente de escritores. Yo mismo hice una clasificación de cuatro parcelas para el cuento cubano: los roqueros, los fabulistas, los exquisitos y los neoviolentos;
ahora ya no sé de qué estoy hablando. Al final, en la narrativa también operó un proceso de atomización y estamos hablando de islas, de fenómenos aislados y no existe la pasión de los 80 que impulsó a mucha gente a meterse en el terreno de la cultura. Qué paradoja tan grande cuando ahora tenemos mayor libertad de expresión, cuando siento que yo mismo escribo lo que me da la gana. Hay ahora una riqueza y una gran variedad, pero al mismo tiempo nos falta el movimiento, porque esa comunicación no tiene la violencia, la actualidad que tuvo en los 80. Ése es el resultado de muchas cosas, carencias que no se han acabado. Es duro pensar en un movimiento en momentos en que las carencias no se han acabado. Todavía vivimos como herencia los 80; gran parte de la estética de hoy, por lo menos en la parte del pensamiento, se fundó en los 80 y seguramente el siglo que comienza va a traer otras agradables sorpresas. Seguramente

 
 
 

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