| |
El maquinista de Auschwitz
(Fragmentos)
Víctor Fowler Calzada
De una ventana salta a la calle el sonido restallante
sobre el escándalo de los autos: "lo que se pidió a
Jesucristo." Casa de oración o simple diálogo.
Importa menos que haber pasado justo como si
hubiesen sido pronunciadas para mí las palabras,
para el desconocido hambriento de fe. O el que la
disposición de la escena sea todo un símbolo:
en la más sucia esquina de toda la barriada.
Al pie de la pareja de edificios, donde el esfuerzo
de años no consigue cegar un obstinado salidero.
De aguas albañales, de suciedad, de restos de comida
que se funden al polvo, a los orines y heces para
dar vida a un fango difícil de contemplar. A veces la
erosión es tanta que el suelo se transforma en agujero
enorme, como un vientre que pide averiguar o convoca.
Allí también está el trío de tanques para los desperdicios
donde, en ocasiones, algún anciano o loco hurga.
En el pequeño muro que rodea a los edificios, en las
noches, suelen buscar asiento borrachos o gente
cansada, que sólo desean fresco o contemplar el hilo
de automóviles. El fango de la esquina es primero
esquivado y, finalmente, aceptado como una maldición
o castigo. Miles de pies lo pisotean y expanden, vuelven
a sus casas como habiendo revivido la escena bíblica
de hogaza y peces multiplicados. ¿Quién asegura que no
haya peces allá abajo? Peces o formas de vida que
desconocemos en lo profundo de eso que semeja un
vientre y provoca temor. Sólo nos queda la certeza de fue
allí donde se le pidió a Jesucristo, aunque no sepamos qué.
Como si fuera vida o muerte lo van a defender.
Eso que llaman honor y es intemperie, en la
penumbra de velas en la mesa del cuarto.
Forman una mancha los goterones y delimitan
el Ser. Con apenas muebles, la peligrosa rajadura
del lavamanos y el techo poroso. En el espacio
como jaula se tienden a pensar qué harán mañana
o en la solución de una vida. Los padres de los
padres, los hijos de los hijos, igual a una tara y dicen:
cuida eso, defiéndelo con uñas, y dolor, con rabia.
Cuélgate lo mismo que si cruzaras un abismo,
pues llegaste al final si lo perdieras. Mátate antes
o mata . Sí, van a realizar cualquier cosa para dar
brillo a la única medalla puesta en la entrada:
un crimen, una hazaña, un absurdo, un salto
salvaje. Lo único que tienen.
|
|
|
|
El maquinista de Auschwitz
|
Alcohol hasta el aturdimiento, hasta enredar países de
imaginación. Habita esa locomotora como dentro de un
incendio. Cada madrugada, cada instante que observa
desde el balcón o recorre el amanecer de andenes
repletos bajo el calor tropical. Es uno más entre los oficios ,
se dice, otros pasean a la novia o cultivan un jardín.
Son dudas que lo invaden al entrar por los barrios: Luyanó,
Cerro, Lawton, Alamar, Pogolotti. Por ciudadelas ruinosas
y su gente que provoca miedo. El olor de casas húmedas,
fiestas en las que salen a gozar en los balcones, en la
totalidad de la calle. Cuchillo, machete, navaja, punzón,
botella astillada o dame algo que hiera . Conoce cada curva,
la basura, el bullicio cual un cartero que los conectara sin
poder escapar . Anfiteatro de Guanabacoa, jardines de la
Tropical o la Polar. La madre a quien vi entre ratas y otro
comiendo de un latón, mis amigos que vivieron veinte años
bajo los ruidos de un edificio que se derrumbaba y eran
otros sus conceptos sobre la existencia. Un oficio más :
el descubrimiento de un tacto que para siempre te acompaña
y acosa. Con esa mano los acaricia el maquinista. Esperó
hasta que durmieron, tocó la entraña y se tendió entre ellos
a escuchar el gemido del hierro en las traviesas, a desafiar
la modernidad. En ese instante, repetido noche tras noche,
cuando su tarea es recogerlos como a residuos, los amó hasta
el hueso, sintió que podía escribir páginas de alguna mística.
Absorbían la escasa luz filtrada entre las tablas, extasiados
con los ruidos del amanecer. Porque al fin es el amanecer.
El maquinista se estira como un gato. Con cualquier trapo
embarrado de grasa seca la neblina que humedece el rostro,
el cristal de la locomotora que avanza. No quiere enterarse
ni comparecer como testigo y, mientras palea más carbón
hacia el horno, bebe de una nueva botella.
Luego de revisar el trabajo de un mes, mi esposa
-ya sea que entendió el hecho de la escritura,
se acostumbró o la posee una ósmosis súbita-
me toma de la mano y susurra: ven, tiéndete,
voy a poner el hombro en su lugar, es increíble que
vivas con el cráneo lleno de cuevas . Su mano es
el acto de curación último, la esperanza de seguir
atado al paisaje mientras, en el edificio vecino los
obreros se afanan para destruir la estructura igual
que el ácido borró una ciudad. Lo hemos visto,
podemos hablar del extraño hecho que fue la pérdida
de un mundo, su mutis -cual si apenas hubiera existido-
tras un lento ejercicio de demolición . Hubiéramos querido
otra suerte, sin embargo: no ser responsables, no tener
que decir o inquietarnos, no padecer -como en el hueso-
la falta de luz, la suciedad, la erosión que achata vidas.
Cepillar maderas, tomar con las manos basura regada
en las calles para devolverla al tanque, limpiar hospitales,
bañar ancianos, beber en el vaso del enfermo o hundirnos
en la corriente del Golfo. Cualquier otra cosa.
La mirada del bailarín que pudo ser la mía cuando
salgo al balcón a contemplar la lluvia. El ambiente
(me hubieras visto tomar esa foto del patio vecino
y escribir al pie: Beirut, a las 3 de la tarde ). La ciudad,
por ejemplo: evidente y descarnada, sin gracia, todavía
más pobre. El olor de madera húmeda, de argamasa
podrida o cables requemados. El crujido de cosas,
cual si cayeran o pasaran arrastrándose, cual si el
final del agua -como en otros lugares cuando termina
la nevada- fuera una invitación a la chiquillería para
que salte entre los escombros, se bañe en los charcos,
haga muñecos con el desperdicio. En ése instante no
pienso, sino que me dejo invadir por el mensaje
fluyendo desde los sentidos: la promesa de un cambio,
esa electricidad que flota detrás del aguacero.
La sensación de que algo todavía no terminó.
He visto el polvo de las celebraciones llenar las calles
antes de que el viento lo desaparezca. Cuando llegaba
la felicidad como una orden, la alegría tejida desde la
semana anterior. Entre el estruendo de la música,
inmensa, de la altura de los edificios, y las sonrisas de
quienes entonces eran mis amigos. Siempre lo quise:
ser uno en la multitud que se aprestaba a confirmar,
que me barrieran, a la mañana siguiente, junto con el
polvo de las celebraciones. Era dueño de esas calles
al caminar por ellas, del cielo desde el cual descendía
la lluvia de papeles recortados, el nombre de la figura
a vitorear. Sabía conjurar cualquier sorpresa, protegido
como me sentía por escudos tan enormes como el país
y el tiempo. Ellos se alejaban, veloces, pero yo seguía
siendo -o, al menos, así lo creía- el Sembrador.
Víctor Fowler Calzada (La Habana, 1960). Poeta, crítico y ensayista. Es autor de los libros La maldición. Una historia del placer como conquista (1998), Rupturas y homenajes (1998) e Historias del cuerpo (2001), todos de ensayo; Caminos de piedra (1999), Malecón tao (2000) y El extraño tejido (2003), de poesía. Preparó además la antología poética La eterna danza (2000). El maquinista de Auschwitz mereció el Premio UNEAC de poesía 2004.
|
|