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| Formas
de la nostalgia republicana
Duanel Díaz Infante
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El
13 de octubre de 1922 apareció por primera
vez el nombre de Jorge Mañach en el Diario
de la Marina, junto a un breve artículo titulado
San Cristóbal de la Habana.
Tres años después, durante los meses
de julio y agosto de 1925, el joven periodista publica
en El País una serie de crónicas sobre
la ciudad que al año siguiente recoge en libro
con el nombre de Estampas de San Cristóbal.
Cuando Mañach escribió esas estampas,
La Habana se había convertido en escenario
de luchas estudiantiles. En una glosa de marzo de
1925, Mañach veía en "la jornada
estudiantil de ayer" un signo de que, a pesar
de la aparente ligereza de la vida cubana, aun quedaba
"sentido del nacional decoro." El general
Machado, que recién había asumido la
presidencia el 20 de mayo, daba por los días
en que salían las Estampas…
muestras del terror que marcaría los años
venideros. El 20 de agosto fue asesinado Armando André,
el famoso periodista y veterano de la Guerra del 95.
El 25 de septiembre Julio Antonio Mella, líder
desde 1923 de la Reforma Universitaria y fundador
el 15 de agosto de 1925 del Partido Comunista de Cuba,
sería expulsado de la Universidad y luego detenido
bajo la falsa acusación de poner una bomba
en el teatro Payret. La Habana era ya en ciernes la
ciudad revuelta de la manifestación del 30
de septiembre de 1930, de las luchas contra Machado
y de la caída del General, que luego Novás
Calvo y Alejo Carpentier llevarían a las páginas
de La noche de Ramón Yendía
y El acoso, respectivamente.
Pero en las Estampas… de Mañach
no encontramos esta violencia que reflejaban los titulares
del diario donde salían. En lugar del expresionismo
de las representaciones de Carpentier y de Novás
Calvo, hallamos en las breves prosas de Mañach
unas impresiones de la ciudad donde la mirada, a un
tiempo nostálgica y optimista, otea en el presente
la ruina del pasado y los resplandores del porvenir.
El conflicto entre la modernización y la tradición,
arista central de la vida cubana en esos años,
aparece aquí en primer plano, asociado, desde
luego, a la emergencia de una generación -la
de Mella y Villena, de Marinello y Mañach-
que había tenido en la Protesta de los Trece
su bautismo de fuego. Ya en las tempranas "glosas
trashumantes" aparecidas en el Diario de la Marina
desde el 16 de octubre de 1922, que luego Mañach
recogió en Glosario, se percibe
el mensaje generacional de los "nuevos"
que ven en la precaria República de las "guerritas"
y las "botellas" el fracaso de los hombres
del 95. A propósito del retrato del esposo
de la señora culta con la que Mañach
dialoga ficticiamente, el cronista toma distancia
del exacerbado idealismo e individualismo de los hombres
de aquella generación:
"La juventud que hoy día se prepara, y
piensa para su sayo y ya comienza a actuar, no abundará
en aquellas rapsodias de idealismo utópico,
que sacrificaron la oportunidad y la certidumbre definitiva
al gran gesto; pero está resignándose
a su vocación histórica, y yo creo que
levantará, con su peculio de practicismo y
espíritu colectivo, el precario legado de ideales
que los viejos inmediatos le dejaron." 91
Este pasaje refleja algunas de las tensiones que recorren
ciertos artículos del Glosario
y las Estampas… . Mañach
identifica a la vieja generación con el idealismo
y el individualismo, considerados habitualmente rasgos
del carácter español, y les opone justamente
aquellos que se asociaban al pragmatismo yanqui. Si
en: La crisis de la alta cultura en Cuba,
también de 1925, Mañach criticaba el
utilitarismo del período "adquisitivo",
aquí opone el practicismo de la juventud al
supuesto idealismo de los hombres de la generación
anterior. Como se sabe, durante la Primera Intervención,
las autoridades norteamericanas desarrollaron un discurso
del "progreso" que asociaba el pasado colonial
al atraso y la insalubridad, y que era acompañado
por transformaciones efectivas en el entorno urbano,
la educación y la salud pública. El
conflicto entre la modernidad y la tradición
se solapa desde entonces con el contraste entre el
americanismo y la reposada vida colonial, entre la
ciudad moderna y las tradiciones campesinas.
Este conflicto es uno de los focos de la atención
del joven cronista que después de escribir
sus "sensaciones exóticas", sobre
viajes por Europa, regresa a su país y emprende
un viaje a su través, que reseña en
las "sensaciones de la tierra". En la primera
crónica de esta sección del Glosario,
Mañach presenta la rivalidad entre el mundo
de las tradiciones campesinas, simbolizado por el
torneo en que los guajiros, montados en yeguas, engarzan
cintas con una varilla en la mano -"fiesta de
rústicos, señora"- y la modernidad,
representada por las bocinas "bárbaras"
de los fords y los trajes a la moda francesa o americana
de las jeunes filles de la crónica
social. Ajeno a ese mundo con el que ya no puede conectarse,
cuya amenaza descubre en el temor de los guajiros
que se hacen a un lado al pasar las máquinas
provenientes de la capital, el cronista siente nostalgia.
Siente la pérdida de la tierra. "Aprendí,
señora -escribe-, que en sociedad se dice rojo,
y en guajiro "punzó"; y noté
que la tierra roja no manchaba nuestros zapatos blancos
de la Habana, como si les negase su bendición
de sangre." 92
La feria guajira es un símbolo inequívoco
de las tradiciones cubanas amenazadas por la modernización
del mundo campesino que comienza a ser desplazado
por el capitalismo industrial. y no es casual que
su destrucción esté representada por
el paso de los fords .Símbolos del
progreso traído por los interventores, los
primeros automóviles (que no eran fords,
sino autos franceses) llegaron a la Isla durante la
primera ocupación, y circularon por la recién
estrenada Avenida del Golfo, emblema, a su vez, de
la transformación de La Habana y de la higienización
con que los yanquis quisieron borrar la huella de
una España considerada atrasada y bárbara.
Sin embargo, Mañach invierte el sentido de
la dicotomía, llamando "bárbaras"
a las bocinas de los fords. En crónicas publicadas
hacia 1890, Julián del Casal, el poeta decadente
que firmaba como Conde de Camors y que lamentaba,
como típico modernista, "la invasión
del yanquismo en las sociedades modernas", se
burla de los norteamericanos recordando que en la
gran exposición universal de 1889 -la que motivó
la conocida crónica de Martí- expusieron
nada más y nada menos que prosaicas dentaduras
postizas. Un lustro después de la muerte de
Casal, se afirmaba en la Cuba ocupada el sentido del
confort asociado al progreso norteamericano. Al llamar
bárbaros a los fords, Mañach
no reproduce, empero, la postura esteticista de Casal.
A lo que apunta es a la violencia de una modernización
que destruye todo un mundo y un estilo de vida tradicional.
Durante la Primera Guerra Mundial, gracias al alza
de los precios del azúcar, entraron a Cuba
miles de fords, los cuales comenzaron a desplazar
definitivamente a los antiguos coches de caballos.
Un cuento de Novás Calvo, Aliados y alemanes,
refleja la lucha encarnizada entre los dos bandos,
que se identificaron con los del conflicto bélico.
La violencia que entrañaba la condena fatal
que pesa sobre lo viejo, reflejada insuperablemente
por Novás Calvo, efs la que ilustra Mañach
en De la tierra roja. Pero si Novás
Calvo parece limitarse a mostrar crudamente la violencia
de una lucha desigual, el cronista Mañach toma
partido por lo que declina. En otra de las "glosas",
hace el "elogio de los coches provincianos".
De nuevo "el ford insolente y bárbaro",
aniquilador del remanso de lo provinciano, contra
los "viejos ejemplares de esa especie que se
extingue", "tristes epígonos de una
ilustre estirpe" que el cronista compara con
hidalgos venidos a menos, estoicos y leales, llenos
de espiritualidad. "¿Qué irrazonable
novomanía impugna vuestra humilde y estoica
utilidad?", les pregunta retóricamente
Mañach a los coches tirados por caballos, reliquia
de pueblos. 93
Pueblo/ciudad, instinto/modernización, tradición/novomanía,
interior/capital, autoctonía/extranjeridad,
danzón/bailes de moda, buen salvaje/civilizado
decadente, son algunas de las oposiciones que aparecen
en las "sensaciones de la tierra". El progreso
quita encanto añejo, provoca un "proletariado
sórdido y triste", los "modernismos"
malean el apego campesino a las "cosas pequeñas
y naturales." Pero aunque la civilización
y la barbarie aparezcan, a contrapelo del discurso
que legitima el absoluto de lo moderno, como polos
relativos, el cronista está irremediablemente
del lado del ford en que viaja. El campesino
es para él un "otro" exótico,
con el que no puede identificarse y que sabe amenazado
por el embate de la modernización, continuación
del avance estruendoso de los fords. La nostalgia
del campesino es la nostalgia del pasado, una forma
de la nostalgia republicana. La vida rural, que un
mito urbano que se remonta por lo menos a los tiempos
de Roma asocia al idilio, es otro paraíso perdido,
que ya no puede proponerse como resistencia frente
a la penetración del capitalismo extranjero.
Para el "hijo forastero", el "forastero
vernáculo", como se llama a sí
mismo Mañach cuando glosa su visita a Sagua
la Grande, para el culto Mañach diplomado en
Harvard, su viaje Isla adentro tiene el sentido de
una recuperación de la "tierra":
"Y yo le digo que sí, amiga mía;
que sí vale y sí tiene su compensación
este andar a Isla traviesa, buscando las fisonomías
de la tierra nuestra. Porque, en fin de cuentas, usted
sabe que todo el vivir es pena; que el truco consiste
en saber hallarle a la pena sus inspiraciones y lecciones
redentoras: y en esta andariega cruzada, la "alegría
de andar" se completa con una suerte de fruición
patriótica y con aquellas sorpresas que nos
vienen de los pueblos y las gentes imprevistos."
94
En este pasaje se transparenta una sensibilidad muy
afín a la de Azorín. Algo del autor
de Castilla y en general de la manera melancólica
de los escritores españoles de la generación
del 98 se nota en las Estampas…,
las cuales, a la vez que empatan con la tradición
española de Mesonero Romanos y Estébanez
Calderón, son, en la saga del espíritu
fin de siglo, genuinamente impresionistas. Son impresiones
de la ciudad -de sus momentos y sus transformaciones
con el cambio de la luz-, de sus lugares y sus gentes.
Se trata, como señala con exactitud el autor,
de un "itinerario sentimental". Al igual
que en los coches provincianos, en los rincones de
La Habana encuentra el cronista los "primores
de lo vulgar", según la exacta frase de
Ortega que define la mirada de Azorín. La poesía
de las cosas menudas, de lo cotidiano, constituye
una dimensión fundamental de las crónicas
de Mañach, recorridas de un suave lirismo,
que recuerda por momentos ciertas páginas de
Juan Ramón Jiménez. 95
Las Estampas… reflejan las
mismas tensiones que las "sensaciones de la tierra"
.La ciudad, asociada desde siempre a la confusión
y el pecado que siguen a la pérdida del paraíso
original, es el sitio por excelencia de la victoria
de los "modernismos". Los efectos de la
industrialización, que en Europa se desarrollan
en el siglo XIX -el crecimiento de las ciudades, la
inversión demográfica, la creación
de grandes muchedumbres urbanas, el ascenso de los
valores burgueses, etc.- se notan visiblemente en
Cuba a partir de la Intervención norteamericana.
La vertiginosa transformación de La Habana
que comenzó entonces reflejaba en la gran escala
urbana el deseo de dejar atrás el pasado colonial.
La ideología del progreso se tradujo en la
capital, sede del gobierno de ocupación militar,
en una expansión constructiva que incluyó
grandes obras como la Avenida del Golfo, y edificios
públicos como el de la Academia de Ciencias
o la Escuela de Artes y Oficios. En su tesis de doctorado
sobre la Intervención escribe Marial Iglesias:
"Numerosos lugares públicos cambiaron
de aspecto, al tiempo que se transformaban también
en íconos o emblemas en los que la ideología
del progreso proclamada como parte de la "misión
civilizadora" de los interventores tomó
cuerpo, haciéndose visible. La "higiene"
y la "democracia", elementos de primer orden
de ese credo modernizador encarnan en esos nuevos
espacios que se definen como "limpios",
"abiertos" y "públicos":
al acceso de todos, hombres y mujeres, pobres y ricos."
96
En el cuarto de siglo siguiente el Malecón
fue ampliado, el Vedado desplazó definitivamente
al Cerro como lugar de residencia de la plutocracia
criolla y los repartos crecieron rápidamente.
La Habana de Mañach, la de 1925, es muy distinta
a la que reflejan las crónicas de Casal. La
de este último es la pequeña ciudad
colonial, aún alumbrada por gas, donde todavía
tiene cierto sentido hablar de extramuros e intramuros.
Casal menciona los "pueblos cercanos a nuestra
capital", los rincones paradisíacos que
están en los manantiales de Vento, el campo
que se encuentra casi a unos pasos, de cuyo verdor
se disfruta en el viaje en tres desde la estación
de la Concha hasta el pueblo de Puentes Grandes. El
Vedado es un lugar exótico, "fuera de
la ciudad" .En las tres décadas que siguieron
el panorama urbano cambió completamente. La
ciudad se desplazó tragándose poco a
poco el monte que separaba el centro original de los
pueblitos cercanos. Las casonas del Cerro, en las
que veraneaban en el tiempo de canícula las
familias pudientes de la capital que Casal mencionaba
en su crónica social, fueron definitivamente
desplazadas por barrios modernos como el Vedado, ricos
en parques y jardines.
Las Estampas… reflejan este
proceso de decadencia de La Habana colonial. Veamos,
por ejemplo, el siguiente diálogo entre el
cronista y Luján, personaje que había
aparecido en una de las "glosas" como maestro
de escuela y portero de un banco, y que es procurador
en las Estampas….
"-Y hoy Luján, ¡mire usted qué
tristeza de arrabal pícaro, qué ambiente
tabernario de marinería y de rameras en este
paraje donde se solazaron los modelos de Juan Bautista
Vermay! ...El progreso, el desarrollo del comercio
marítimo, impusieron a La Habana, poco a poco,
esta zona de hampa y de vulgaridad junto al regazo
de la bahía. La buena sociedad se fue replegando
ante esta nueva población flotante y sin cédula,
y evacuó La Habana vieja, y repudió
el Parque de la India luego. ..No lo dude usted: los
paseos de ahora llegarán también a caer
en desgracia. Fíjese cuántos "cines"
y modistas y… Juzgados hay ya en el Prado ilustre.
Es el avance predatorio e implacable del utilitarismo,
que arrasa con todas las elegancias de la ciudad,
igual que con la íntima elegancia espiritual
de sus habitantes.
- Afortunadamente, hijo -ha dicho Luján después
de un momento reflexivo--, nos quedan los Repartos,
que son una suerte de minoría privada..."
97
Sorprende, de entrada, que sea el joven cronista quien
lamente el avance del utilitarismo y la decadencia
de los antiguos paseos, mientras que el viejo Luján
se muestra más optimista al confiar en los
repartos. En la primera estampa de la serie, en la
que presenta a Luján como "el último
de los criollos", y el cronista explica que a
veces sale con este a caminar por las calles y charlar
sobre "los temas menos transitados" -diálogos
y paseos representados en las sucesivas Estampas…-,
se lee: "Y casi nunca estamos de acuerdo más
que en ese suave y antojadizo dejamos ir; porque él
es viejo y yo soy joven; él ama sobre todo
la tradición; yo, el progreso; él es
irónico y caudaloso; yo, directo y sobrio."
98 La contradicción entre
estas caracterizaciones y las opiniones del diálogo
citado arriba podría explicarse proponiendo
que a lo largo de las Estampas…
ha ocurrido el mismo proceso que en la famosa novela
de Cervantes: cada uno de los personajes se va contagiando
de los valores de su contraparte. La Alameda de
Paula es una de las últimas estampas.
¿Acaso el cronista se ha "lunanizado"
absorbiendo algo del tradicionalismo del viejo Luján,
y este, a su vez, ha asimilado algo del amor a lo
nuevo que caracteriza al joven cronista? Si en la
estampa 12 el cronista dice a Mañach: "yo
no soy tan tradicionalista como usted, Luján.
Pienso que al pasado, según enseña cierto
nuevo filósofo de España -hay que amarlo
como tal pasado y no deseando que fuese todavía
presente", y más adelante es el propio
Luján quien coincide al señalar, glosando
veladamente a Ortega: "Es que la tradición
se ama precisamente porque se va, hijo; por su perenne
fugacidad", 99 dos estampas
más adelante, se habla de la "malquerencia"
que le tiene Luján al Vedado, al que llama,
oponiéndolo al "Cerro hidalgo", "vacío
y advenedizo".
En verdad, esta contaminación de los dos puntos
de vista apunta a lo que parece ser una de las propuestas
de la serie de estampas habaneras: la conciliación
de los dos extremos, el punto medio entre "la
exaltación sistemática de lo pasado",
el "creer que solo lo pasado es genuino"
y la admiración irracional de lo nuevo, la
novomanía que se trueca fácilmente en
snobismo. En una estampa llamada El arrabal y
lo clásico el propio Luján expone
el ideal de "lo clásico dentro del afán
moderno". A medida que se alejan en el tranvía
del "casco" de San Cristóbal, comienzan
los edificios de excesiva ornamentación, las
discrepancias de puntal y de moldura, cuyo desfile
"le dejaba en el ánimo una impresión
de riña tumultuaria, de vocinglera y pueril
rivalidad". En esta arquitectura sin estilo que
proliferó en las dos primeras décadas
del siglo celebra Carpentier el "estilo"
de La Habana, la riqueza de su profusión barroca.
Luján, sin embargo, dice de esta Habana ecléctica:
"Todo esto, hijo, es vanidad presente; no podrá
envejecer nunca, no hará época; le falta
hasta la más humilde posibilidad de clasicismo.
Porque clasicismo es, sobre todo, desdén de
la moda, respeto al tiempo que no se ha de vivir.
¡Ah, la vieja y noble casona de doña
Monsa de Lara en la inefable Trinidad! ¡Qué
falta anda la patria, hijo, del espíritu clásico
dentro del afán moderno!" 100
Aquí Luján es, a no dudarlo, portavoz
del autor. "El espíritu clásico
dentro del afán moderno" que se echa de
menos en el variado eclecticismo que prolifera en
amplias zonas de la ciudad, es uno de los ideales
del "clasicismo" de Mañach, que en
el fondo se emparienta con el "clasicismo"
del que hace gala en su rechazo de la poesía
de Lezama y en su tácita identificación
con el "clásico" Varona en la semblanza
que hace de este a propósito de su centenario
en 1949.
No se trata aquí, sin embargo, de tradicionalismo.
Más bien, Mañach busca una conciliación,
un justo medio entre tradicionalismo e innovación.
En Glosario, había comentado
a propósito de la demolición de una
iglesia en Villa Clara para ampliar el parque:
"¿Vandalismo profano? ¿Heroico
civismo? Todo depende de si hemos de juzgar el hecho
con el criterio romántico- conservador o con
el utilitario-innovador. Uno piensa con melancolía
en aquella pobre iglesia derruida y valetudinaria,
inepta ya para la competencia ciudadana, senil estorbo
al pujante egoísmo de colectividad. ..; piensa
en este nietzscheanismo municipal, y casi lo encuentra
tan desolador como el otro de la personal filosofía.
Pero así como uno admira tímidamente
al super-hombre, justifica también a la super-villa
que se mutila y desembaraza sin escrúpulos."
101
Dos criterios: el "romántico-conservador"
y el "utilitario-innovador". Dos juicios:
la condena y la aprobación. Dos sentimientos:
la melancolía y la admiración. Mañach
parece oscilar entre los extremos. Si en las "sensaciones
de la tierra" parece predominar el primero, en
las Estampas… es más
clara la propuesta de la conciliación, de una
recuperación de lo pasado como reducto de estetización
y de fruición patriótica, compatible
con la modernización urbana. De cualquier modo,
es notable la lucidez con que se plantea la opción
y se la analiza fríamente, el detenimiento
con que se sopesan los criterios extremos para rechazarlos
en favor de un mesurado equilibrio.
Leída como programa nacional, las Estampas…
proponen, además de la conciliación
entre tradicionalismo y "modernismo", un
argumento nacionalista: la integración en el
espacio de la nación, simbolizado por las estatuas
de los héroes y por un pasado depositario de
la dignidad nacional. Si, al pasar por una calle llena
de comercios de inmigrantes extranjeros, señala
Luján que "el exotismo amenaza invadirnos
de veras", el cronista descubre en ellos un aire
de "aplatanamiento criollo". Luego es el
cronista quien llama "bárbaros" a
los inmigrantes europeos judíos (conocidos
popularmente como polacos) llegados a Cuba a causa
de la restricción a la inmigración en
Estados Unidos, y es el viejo interlocutor el que
responde que "gobernar es poblar" y que,
aunque bárbaros, son "convenientes, fatales".
A la sorpresa del joven cronista, Luján responde:
"Es que la tradición se ama precisamente
porque se va, hijo, por su perenne fugacidad. Su encanto
le viene, por contraste, de la evidente e ingrata
necesidad de "evolucionar", como dicen,
de marchar con los tiempos. Por eso el tradicionalismo,
en mí como en todos, no es más que una
nostalgia, una actitud estética hacia el pasado."
102
El justo medio entre los extremos, la integración
de estos en el espacio nacional es la tesis que ilustra
la estampa 35. Allí, el cronista señala
que "la guagua es un medio de locomoción
urbana que no logra revestirse de pleno prestigio".
La causa profunda de ello es, según Luján,
que al no ir sobre rieles, como el tranvía,
"nos da cierta impresión de volubilidad
y suscita nuestra desconfianza" .Es por eso,
piensa el viejo notario, que son preferidos el tranvía,
dirigido por el hierro, y el ford, dirigido
por nuestra voluntad:
"Porque los cubanos nos dividimos en dos categorías
correspondientes: los de espíritu rutinario
y subalterno, que gustan de ir siempre sobre rieles,
y los individualistas a ultranza, que nunca se mueven
sino por su cuenta y como les place. ¡Qué
bien si lográsemos algún día
el predominio de un tipo medio, a la vez individualista
y cooperador, voluntarioso y confiado: el hombre de
la "guagua", hijo mío! 103
Y la estampa termina, simbólicamente, cuando
Luján y el cronista abordan una guagua para
terminar su trayecto. Se trata de una idea de la nación
como un espacio donde puedan coexistir armónicamente
distintas clases, criterios y visiones. Es significativo,
por ejemplo, que en su primer artículo sobre
Martí, publicado en la columna de "glosas
trashumantes" en noviembre de 1922, también
proponga Mañach una conciliación entre
la visión de la aristócrata y la del
"habitante", justamente en lo relativo a
una estatua del Apóstol nacional. 104
Otro ejemplo, en la serie de 1925, es la estampa dedicada
al "muro del Malecón". Si el Malecón
es, en cierto modo, según Luján, "una
reserva, un coto aristocrático", el muro
"no reconoce castas". Si de un lado se alzan
los edificios de los ricos, el mundo del "ringorrango":
"enfrente están el muro y su acera, patrimonio
del anonimato humilde. Entre este mundo y aquél
se extiende como una franja mixta de transición,
el ancho paseo -la Avenida del Golfo-, que lo mismo
admite al gran Packard charolado, de discreto zumbido
y digno rodar, que al mísero "fotingo"
de alquiler, estrepitoso y endeble. El paseo actúa
de mediador, de amigable componedor. Se inclinará
a los ricos, pero no se niega abiertamente al servicio
de los pobres cuando éstos recaban su derecho."
105
Luján, a quien seduce la "democracia"
del Muro, termina señalando que cuando el sol
se pone "es todo él, con su orilla dorada,
su cauce de asfalto y su otra orilla gris, como una
bandera de tres franjas sociales: una bandera evolucionista…"
Como se ve, se trata de una visión que, frente
a la cruda realidad de la explotación capitalista,
resulta bastante edulcorada. Por otro lado, notemos
que al tomar el Malecón como espacio emblemático
de la democracia, Luján reproduce lo que ya
notaba el escritor Ramón Meza en 1902 cuando
señalaba que al Malecón, epítome
de la modernidad en términos urbanísticos,
acudían, a tono con el espíritu "higiénico"
y "democrático" proclamado en los
tiempos, lo mismo las damas que pasean "a pie
por la ancha acera" que grupos de trabajadores
o proletarios buscando "distraer su espíritu
cansado de la miseria y el trabajo" .El Malecón,
celebrado desde su construcción como un lugar
democrático, símbolo del progreso y
la democracia norteamericanos, se convierte en símbolo
de un nacionalismo que ha asimilado la democracia
como un atributo de lo cubano frente al tradicional
aristocratismo español y el orden jerárquico
de la sociedad colonial.
Tres días después de aparecer la Carta
abierta a José Lezama Lima donde Mañach
publicaba un rotundo "no entiendo" que dio
al autor de Muerte de Narciso la ocasión
de defender su "ciudad intelectual" frente
a aquellos que, según él, habían
trocado la "fede" por la "sede",
apareció en el Diario de la Marina un artículo
sin firma bajo el rubro de La Habana. A pesar
del anonimato, la autoría era inconfundible:
Lezama Lima. La insólita sección se
mantuvo, una o dos veces a la semana, hasta marzo
de 1950. Así, se dio el caso de que, durante
el mes de octubre de 1949, al tiempo que tenía
lugar en las páginas de Bohemia la famosa polémica
sobre la que para Mañach era "cierta poesía
nueva" y para Lezama sencillamente poesía
auténtica, pudiera seguirse otro contrapunteo:
el que venían a conformar los artículos
de Lezama, que luego incluyera en su mayoría
en la segunda sección de sus Tratados
en La Habana bajo el título de "sucesivas
o coordenadas habaneras", y las Estampas…
que Mañach había publicado casi un cuarto
de siglo antes.
Obviamente, este posible contrapunteo no es sino una
estrategia de lectura. Poner un texto junto al otro
permite que resalten tanto las muy notorias diferencias
de estilo y de sensibilidad como las notas comunes:
no sólo el amor a La Habana, no sólo
los elementos de costumbrismo que en mayor o menor
grado contienen, sino también la manera en
que en ellos se vertebra un programa nacional, el
discurso de la decadencia que los recorre, las formas
que asume en ellos la nostalgia. Elementos que los
emparientan para enfrentarlos por la manera específica
en que se presentan en cada serie, la cual no depende
sólo de la particular visión del autor
o de lo puramente personal o incluso visceral del
estilo de cada uno, sino del momento en que se escriben
y de los ideales generacionales que reflejan.
A primera vista, la sobria españolidad de las
Estampas… contrasta con la
desmesura idiosincrásica de las "coordenadas".
Mañach es el joven paseante que en su recorrido
por la ciudad conjura el pasado y el presente registra
el presente en una mirada pausada. Lezama, olímpico
y provinciano, desde su sillón en la calle
Trocadero -trocado en omphalos, en ombligo
del mundo- conquista La Habana hasta hacer de ella
imago mundi. Escribe Lezama en una de las
"sucesivas":
"Montaigne que no fue dado a conversaciones corales
o colectivas acostumbraba decir que sus ideas se movían
con el ritmo de sus pies. Pasear hablando parece ser
lo propio de aquel mundo griego. Después Montaigne
paseará oyendo tan sólo sus propias
pisadas, ya anda por ahí el individualismo
renacentista. Saldrán luego aquellas meditaciones
de paseantes solitarios, Rousseau. Largos paseos interrumpidos
por quejidos, suspiros y destierros voluntarios."
106
Este pensamiento sirve para apuntar otra arista del
contraste entre las Estampas…
y las "sucesivas". Más a la manera
socrática, el diálogo es representado
en las Estampas…, que descansan
sobre ese elemento estructural y se presentan como
relaciones de paseos por la ciudad y de meditaciones
de los paseantes. En las "sucesivas", en
cambio, parece dominar ese humanismo renacentista
de Montaigne donde el "otro" de la conversación
ha pasado al interior de uno mismo; y el diálogo
ya no se representa, sino que ocurre en la profundidad
del ensayo. En realidad, Lezama no es ni siquiera
un paseante solitario como Rousseau. No pasea, no
recorre la ciudad. No se levanta ni un momento de
su sillón en la casa de Trocadero, y esta su
reconocida inmovilidad física se compensa con
el alcance vertiginoso de su imaginación, contraste
que ha ido a engrosar el mito del grueso Lezama. Es,
en fin, un gran nómada, si recordamos una frase
de Toynbee que sorprendía a Deleuze: "Nómadas
son los que no se mueven, se convierten en nómadas
porque se niegan a partir."
Si las fuentes más visibles de Mañach
son los escritores españoles de la generación
del 98, cuya manera algo decimonónica y castiza
informa las Estampas…, en la
serie de Lezama resuenan los ecos de una cultura europea
de entreguerras que fatigó la idea de la decadencia
de Occidente. Lezama retorna un pensamiento de Herbert
Read: "Es el momento cultural de las pequeñas
ciudades, es necesaria la vuelta al estado-ciudad,
sólo de las pequeñas ciudades (Atenas,
Florencia, Weimar) puede surgir el tipo de cultura
que tenga la medida del hombre." 107
No es difícil notar que detrás de este
llamado se encuentra todo un discurso ampliamente
difundido en Latinoarnérica por la Revista
de Occidente y la editorial homónima. Spengler,
Berdiaeff, Keyserling compartían la convicción
de que la decadencia de Occidente debía ser
superada por alguna transfusión de energía
de una fuente virgen o por algún regreso a
un estado anterior a la caída en la monstruosidad
moderna. La Habana se le aparece entonces a Lezama
con el aura de la ciudad pequeña que contrasta
con la "inhumanidad" de los grandes estados
contemporáneos y de su política planetaria.
"La Habana -escribe- conserva todavía
la medida del hombre."
En la fragilidad de este "todavía"
descansa la mirada nostálgica que recorre las
"sucesivas", transidas de la nostalgia origenista
que es un capítulo medular de una nostalgia
republicana de la que también participan a
su modo las Estampas de San Cristóbal.
La decadencia de las quintas es un motivo fundamental
tanto de las Estampas… como
de las "sucesivas". Escribe, por ejemplo,
Mañach:
"Una casona de prosapia, mansión antaño
de coloniales hidalgüelos o de algún segundón
aventurero que prefirió los pájaros
volando de esta India nuestra al halcón en
mano desmedrado y solariego; una noble casa de fachada
monda, e historiado alero, de ancha y guarnecida portalada,
en cuyos salientes se prendió mil veces la
blonda rebosante de los quitrines, hela aquí
convertida en almacén de granos y de tasajo.
En las obscuras estancias, en el alto patio, los costales
hacinados unos sobre otros, llegan hasta donde se
fatiga el mirar, e insinúan una parda, ruda,
inagotable opulencia. No hay sino sacos ya aquí
donde todo fue ornamento y gentil empaque." 108
En el cuarto de siglo que transcurre entre la publicación
de la serie de Mañach y las "coordenadas
habaneras", la decadencia del Cerro y de la Habana
Vieja se hizo más pronunciada. Lezama, a propósito,
escribe:
"Y otro es el caso de nuestros edificios, legados
por la colonia enteros sobre su base, destruidos por
la impiedad de una cuartería que ha instalado
allí su jauría o de una administración
que se sentó para poner monotonías,
chatarrar, restar personalidad a lo que se la dio
[sic] el linaje y un sentido preciso de la grandeza."
109
Para Lezama la decadencia de las quintas y palacetes
es la imagen grotesca y lastimosa de la decadencia
nacional, de la desintegración de las esencias
de los fundadores, y de la mengua de un modo de vida
criollo que cede ante la extranjeridad y la superficialidad
de la República. Las "sucesivas"
rezuman nostalgia por una Habana antañona,
esplendorosa, visitada por curiosos extranjeros, ornada
por tradiciones ahora en crisis como la de la cena
dominical, una Habana cuya evocación aprovecha
todo un repertorio de la mitología colonial.
110
Existe en la República, desde luego, un discurso
que lamenta la pérdida de las costumbres criollas,
y defiende las formas estéticas tradicionales,
de las que se sirve. Un buen ejemplo es la colección
de crónicas de Wen Gálvez recogidas
en Costumbres, cosas, observaciones.
Gálvez, amigo de Julián del Casal, famoso
sportman (como entonces escribían,
a falta de palabra francesa para designar ese hobby,
los cronistas sociales de La Habana Elegante), primer
historiador del béisbol en Cuba y autor de
Nicotina (novela de costumbres cubanas),
idealiza los años de su juventud, que contrasta
con una sociedad donde ha desaparecido el "principio
de autoridad", roída por "virus monstruosos
que tienden a disociarla y a destruirla", entre
los cuales incluye las proyecciones del cinematógrafo
que excitan el "sensualismo"; la profusión
exagerada de los ejercicios físicos y los baños
de mar en que se muestra "la carne pecadora en
toda su desnudez"; el divorcio; la impúdica
moda femenina, etc. Nótese la ironía
del siguiente pasaje:
"Son múltiples las ventajas de la vida
moderna: el teléfono hace innecesario el sirviente
para el recado de calle, las viviendas son más
higiénicas, aunque no siempre más cómodas,
no se ven por la vía pública las burras
y las vacas lecheras, se hace imposible correr tras
el malecón a la voz de ataja, no salen en Navidad
los pavos y los puercos como heraldos de noche buena
y Pascuas, ni habrá por qué, puesto
que se prefiere ahora cenar en las sociedades o en
los hoteles como los extranjeros que no tienen hogar
aquí, que ya no agrada a las familias reunirse
en días tan señalados alrededor de la
mesa a deglutir el clásico lechón tostado,
arroz y frijoles negros, fresca ensalada de lechuga,
avellanas, pasas, nueces y turrones, en la santa paz
de la familia, acompañada de amigos íntimos.
.
"Se cena fuera de casa y se espera la entrada
del año entre personas extrañas, a veces
entre vecinos que ignoran nuestro idioma y no se sabe
quiénes son, pero que beben, bailan, fuman,
ríen, suenan pitos y matracas y riegan serpentinas
y confetti. Después de tragar a compás
de las doce campanadas la docena de uvas, entrechocan
las copas de champaña, lanzan un "happy
new year" y repiten "happy" que más
que felicidad semeja hipo." 111
Un folleto de José Varela Zequeira con motivo
de un libro inédito de Gabriel Fundora, también
sostiene la tesis, central en el libro comentado,
de que "con la tradición que se va se
pierde nuestra personalidad". El poema Casa
criolla, que Varela Zequeira copia, termina de
manera muy elocuente con los versos: "Arrástrame,
Progreso, con tu sabiduría / pero no tendrás
nunca, jamás, mi corazón!" En su
Autobiografía dice de sí mismo
el poeta elogiado: "Es su memoria pertinaz vocero
/ de lo que fue bondad y fuera encanto / la actual
generación le causa espanto / y un espanto
mayor lo venidero." Tanto Gálvez como
Fundora como Varela Zequeira, poeta incluido en la
antología Arpas amigas, son
hombres de la generación de las tres banderas,
que llegaron en su madurez al cambio de siglo, hombres
del siglo XIX que veían azorados las consecuencias
de la modernización capitalista en una Cuba
cada vez más "descubanizada" por
"la exotiquez de las tendencias disolventes"
y "las aberraciones del vanguardismo artístico",
que tanto Varela Zequeira como Gálvez critican.
112
Desde luego, la posición de Lezama es bastante
diferente de tan pedestre y tradicional tradicionalismo
que frecuenta imágenes de vida campestre y
costumbres de ciudad colonial. Las "sucesivas",
expresión fundamental de lo que, a propósito
de un poemario de Fina García Marruz, Emilio
de Armas ha denominado certeramente "cultura
poscolonial habanera", esto es, la vuelta por
algunos pintores y poetas de la tercera generación
republicana "hacia una imagen de la capital insular
como centro de lo que pudo haber sido la plenitud
de la nacionalidad: una plenitud anunciada por el
esplendor de la burguesía criolla durante el
siglo XIX y tronchada por la incompletez de los sucesivos
esfuerzos independentistas realizados por esta misma
burguesía", están lejos de reproducir
el ingenuo pasatismo de Gálvez y Varela Zequeira.
Si este se mantiene reacio a las novedades de la vanguardia,
podría afirmarse que la "cultura pos colonial
habanera", elemento medular del "taller
renacentista" encabezado por Lezama, busca ir
más allá de lo epidérmico del
vanguardismo para asumir plenamente una expresión
moderna, totalmente siglo XX y a la vez libre de limitante
imperativo de superficial actualidad. Los vitrales
de Amelia Peláez denotan una asimilación
del cubismo. Lezama, suerte de Luján más
intransigente y más católico, que ha
leído al autor de La tierra baldía,
ostenta un lado Eliot. Su resistencia a la modernidad
recuerda ciertamente la mixtura eliotiana que traduce
en imágenes de insólita modernidad una
percepción del mundo moderno como caos y fealdad,
inseparable en el autor de Miércoles de
ceniza del conservadurismo político y
la defensa de la religión anglicana. Una sensibilidad
cercana a la de Eliot se nota, por ejemplo, en el
siguiente pasaje de Lezama:
"Ganemos en una mañana la perspectiva
aérea de La Habana. Sus calles de anchura deleitosa
parecen inundadas del río de latón de
las máquinas. Lentísimas hileras se
mueven como encadenadas. Quien soñó
con una prisa innecesaria ahora camina como amarrado
a un árbol. Calles hechas para la marcha y
el paseo nocturno, soportan grosería y toneladas,
erizando sus aguijones, sus ingenuos sistemas defensivos
y logran hacer lento y arrastrado el paso de innumerables
invasores." 113
Mañach se planteaba la opción entre
el "criterio romántico- estético"
y el "utilitario-innovador". Aunque estetiza
la provincia y el mundo tradicional representado por
la pequeña ciudad del interior donde el campo
está a sólo unas cuadras, cree en la
necesidad de "ser prácticas criaturas
del siglo":114 su nacionalismo
no está reñido con la modernización,
sino que en el fondo la incluye. Lezama es bastante
menos ambivalente en este sentido. En las "sucesivas"
se perciben ecos de la "vuelta a la Edad Media"
que proponía ese conde báltico disfrazado
de filósofo alemán que se llamó
Hermann de Keyserling, del desprecio del dinero y
de la usura que llevó a Ezra Pound a convertirse
en panegirista de Mussolini bajo el argumento de que
el fascismo italiano era "poético",
incluso de la idea de Felipe II según la cual
el capitalismo era un mal inventado por los protestantes
para acabar con el catolicismo. Pues un anticapitalismo
tan visceral, y tan divergente del anticapitalismo
marxista, que no apunta de ningún modo a una
regresión a un estadio anterior sino a una
superación dialéctica, informa la utopía
de la ciudad de calles estrechas y muralla protectora,
ciudad de la vecinería donde no circula el
dinero, cuyo arquetipo es la ciudad medieval. y en
América, donde no hubo Edad Media, lo medieval,
desde el precario romanticismo continental, es lo
colonial.
En las memorias de su viaje a la Habana, la condesa
de Merlin refiere "la sorpresa encantadora que
me causaba la extraña apariencia de esta ciudad
de la Edad Media, que se ha conservado intacta bajo
el Trópico, y estas costumbres singulares en
que se reconoce a la vez a la España y a la
América. Estas calles estrechas, de casas bajas,
con balcones de madera y ventanas enrejadas, todas
abiertas; estas habitaciones tan aseadas, tan llenas
de luz, tan alegres, donde se encuentra el quitrín,
carruaje del país..." 115
Esa Habana de 1851, pronto desbordada hacia extramuros,
desapareció totalmente a partir de la Intervención.
Según Ramón Meza, quien atribuye a los
cambios urbanísticos de la época una
relevante importancia "cívica", la
Habana colonial, construida acorde con el patrón
"estrecho" y "asfixiante" de las
ciudades europeas del medioevo, necesita con urgencia,
si quiere que se le tenga por población moderna
a semejanza de las urbes norteamericanas, de anchas
avenidas, grandes parques arbolados y jardines públicos.
116
Meza, quien también testimonió la definitiva
decadencia de la barriada residencial del Cerro, señala
que el Vedado, "con sus calles anchas, rectas,
hermosas, sombreadas por el movible y bien dispuesto
ramaje de esbeltos álamos; con nutridas líneas
de telégrafos, teléfonos, cables, blancas
bombas de luz eléctrica, revela desde muy lejos
que ha alcanzado los beneficios y recomendaciones
de una urbanización a la moderna". 117
El Vedado, como han señalado Carlos M, Luis
y Antonio José Ponte, representa los valores
opuestos a la ciudad de las "sucesivas".
118
María Zambrano dijo de Lezama que "él
era de La Habana como Santo Tomás lo era de
Aquino, y Sócrates de Atenas", 119
Este sentido medieval de pertenencia a la ciudad como
patria encaja perfectamente con la ciudad medieval-colonial
que presentan las "sucesivas". Por eso hubiera
sido más exacto decir que Lezama era de La
Habana Vieja. La Habana de las "sucesivas"
es a todas luces anterior al apogeo del Vedado, reparto
nacido con la República. Cuando Lezama dice
que la "clásica y clara medida" que
aún conserva La Habana "la hace abominar
de la vida nocturna", seguramente no se refiere
a La Habana Moderna, rica en una vida nocturna que
se imponía en el Vedado justo en el momento
en que se publican las "sucesivas", La Habana
de luces de neón y Chevrolets, escenario de
la novela de Cabrera Infante.
Los artículos de Lezama no tienen, pues, el
sentido conciliatorio que se aprecia en la propuesta
de Mañach. Las Estampas…
reflejan cierto optimismo del joven periodista que
es ya uno de los líderes intelectuales de la
generación que despunta. Lezama comienza a
publicar a fines de los 30, en el momento de la resaca
de la frustrada revolución antimachadista.
Su "origenismo", el culto a unos orígenes
traicionados por la mediocridad republicana, se resiste
a transar con la influencia norteamericana, con su
confort, su progreso y su pragmatismo. No se trata
ya del diálogo entre la tradición y
la renovación, y de una democracia rosada que
puede florecer en ese espacio patriótico, sino
de la proyección de una utopía precapitalista
en .la imagen de una imposible ciudad colonial de
cenas dominicales y fiestas de santos. Si la estetización
de lo tradicional en las Estampas…
de Mañach está en realidad en función
de una mirada abierta al futuro, que incluye las transformaciones
de la ciudad en un proyecto nacionalista y modernizador,
Lezama despliega una mirada pasatista, católica
y conservadora, donde la melancolía se une
aun rechazo raigal de la modernización capitalista.
Esto lo separa de letrados como Mañach y Ortiz,
los cuales, en textos como La crisis de la
alta cultura en Cuba y Seamos hoy como
fueron ayer, también vertebran el discurso
de la decadencia a partir de la caída desde
un esplendor nacional que sitúan en el período
anterior a la Guerra Grande. Aunque el Ortiz del Contrapunteo
cubano del tabaco y el azúcar avisa
de la amenaza que para la nacionalidad entraña
el capitalismo extranjero ligado a la monoproducción
de azúcar, en las dos primeras décadas
del siglo, como parte de su programa regeneracionista,
creyó en la necesidad de aprovechar el inevitable
influjo yanqui: "Americanicémonos, para
no ser americanos." 120
Es este lado Sarmiento, también presente en
Mañach, el que falta en Lezama y en general
en Orígenes. Su Habana no es una ciudad moderna,
ni siquiera en el sentido moderado que propone Mañach
cuando en las Estampas…, rechazando
el eclecticismo arquitectónico que prolifera
en los repartos, habla de la necesidad de un "espíritu
clásico en el afán moderno", sino
una ciudad poética. y en la época de
los fords lo poético es la siesta
colonial, la casa-quinta cuya familia reproduce los
lazos nacionales, la dignidad de la pobreza.
notas:
91: Un retrato, en Glosario,
Ricardo Veloso Editor, La Habana, 1924, p.241.
92: De la tierra roja, en Glosario,
p. 62.
93: Elogio de los coches provincianos, en
Glosario, p. 93.
94: El parque y la integridad, Glosario,
p. 87.
95: En su estudio sobre el periodismo de Mañach,
Jorge Luis Martí reproduce fragmentos de una
carta personal que le envió la poetisa Juana
de Ibarbourou a Mañach, que se conservaba en
el archivo privado al cuidado de su viuda: "He
concluido de leer las Estampas de San Cristóbal
que tiene la elegancia y la frescura de Platero
y yo dentro de todas las diferencias que
hacen único a uno ya otro. ¡Qué
bello libro! Su ciudad ha de agradecérselo
como una madre agradece la emocionada alabanza del
hijo que se pone a describirla con ternura contagiosa.
Dentro del corte lírico, tienen estas estampas
una admirable profundidad de pensamiento y a veces
cierta sutil gracia irónica que le da un color
especial, agudo y firme, como los trazos de un maestro."
p. 36. Este no es sino uno de tantos elogios que recibió
el libro. Ver, por ejemplo, las reseñas de
Regino Boti, Baedeker ilusionado (Revista
de Avance, 30 de abril de 1927, pp. 88-89) y de Fernando
Lles (La obra perdurable de un ensayista cubano,
en Social, abril de 1927, pp. 35 y 66).
96: Marial Iglesias, Las metáforas del
cambio: transformaciones simbólicas y cambios
en la vida cotidiana en Cuba. 1898-1902. (Tesis
de doctorado presentada en el año 2001 en la
Universidad de La Habana), p. 30. Esta tesis se encuentra
inédita. Agradezco a su autora que gentilmente
me haya permitido leerla y citarla.
97: Estampas de San Cristóbal,
Ediciones Ateneo, La Habana, 2000, p. 131.
98: Ibídem, p. 12.
99: lbídem, p. 36, p. 43.
100: lbídem, p. 129.
101: lbídem, p. 90.
102: lbídem, p. 43.
103: La guagua y el carácter, Estampas…,
p. 87.
104: El Apóstol y el habitante, en
el Diario de la Marina, 15 de noviembre de 1922.
105: Estampas…, p. 18.
106: Tratados en La Habana, Universidad
Central de las Villas, 1958, p. 230.
107: Ob. cit., p. 241.
108: Estampas…, p. 61.
109: Tratados en La Habana, p. 222.
110: Sobre esto ver de Abel Prieto Sucesivas o
coordenadas habaneras: apuntes para el proyecto utópico
de Lezama, en Casa de las Américas, La
Habana, sept.-oct., de 1985, y José Prats Sariol:
La Habana de Lezama, en Revista de Literatura
Cubana. La Habana. jul-dic-1993.
111: Wen Gálvez, Para hacer boca,
en Costumbres, sátiras, observaciones,
Rambla, Bouza y Cía, Habana, 1932, p. 10.
112: José Varela Zequeira, Cubanidad
(con motivo de un libro inédito de Gabriel
Fundora), Imp. Cuba Intelectual, s/a, La
cita en la p. 18. Por la referencia al "vanguardismo"
puede inferirse que fue escrito después de
1927, año en que la Revista de Avance lo preconiza
con un ensayo de Mañach publicado en los tres
primeros números, aunque del "vanguardismo"
se venía hablando desde antes. Por su parte,
Wen Gálvez señala con ironía
en su presentación de la colección de
artículos: "El libro está escrito
a la antigua usanza; si algo contuviere de los cánones
del buen decir, atribúyase a inadvertencia
y téngase por no escrito pues me faltan fuerzas
para acompañar a los exploradores que van por
nuevos senderos que ignoro si carecerán de
zarzas pero no parece que sean floridos. He llegado
hasta aquí. El arte literario moderno es otra
cosa; es literatura exploratoria, de tanteo; ya se
le dice de vanguardia, ya de avance. Esperemos a que
retornen los que como yo no pueden seguirles."(pp.
12-13)
113: Tratados en La Habana, p. 282
114: Estampas…, p. 91.
115: Viaje a La Habana, precedido
de una biografía de esta ilustre cubana, por
G.G. de A. Habana, 1922, p. 47.
116: Ramón Meza, Parques públicos,
en Cuba y América, febrero de 1902, p.313.
117: Ibídem, p. 314. Sobre El Cerro escribe
Ramón Meza: "No hace mucho en aquellas
amplias salas, aposentos, galerías, glorietas,
terrazas y jardines, gozaban de los favores de la
fortuna numerosas familias cubanas; en aquellas espaciosas
mansiones era frecuente ver representadas las generaciones,
desde el abuelo hasta el biznieto, agrupados en mesas
prolongadas donde el aroma del café, servido
en grandes bandejas de plata por criollos color de
ébano, dominaba en las gratas conversaciones
de sobremesa los hálitos de los jardines."
(El Cerro, Cuba y América, junio de1902,
p. 95)
118: Antonio José Ponte, La Habana de Paradiso,
en La Gaceta de Cuba, mayo-junio, 1994, p. 55; Carlos
M. Luis, La década de los cincuenta en
Cuba, en su El oficio de la mirada,
Universal, Miami, 1998, p. 20.
119: Breve testimonio de un encuentro inabarcable,
en María Zambrano, Antología,
selección de textos, Suplemento de
Antropos , Barcelona, marzo-abril de 1987, p. 43,
120: La crisis política cubana; sus causas
y sus remedios, en Órbita de Fernando
Ortiz, p. 117.
Duanel
Díaz Infante (Holguín, 1978).
Licenciado en Letras por la Universidad de La Habana
en 2002. Es profesor en la Facultad de Artes y Letras
de esa institución. Obtuvo el Premio Alejo
Carpentier de ensayo por su libro Mañach
o la República
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