uno
dos
tres
cuatro
cinco
seis
siete
ocho
nueve
diez
once
doce

 
     
 
Formas de la nostalgia republicana
Duanel Díaz Infante

El 13 de octubre de 1922 apareció por primera vez el nombre de Jorge Mañach en el Diario de la Marina, junto a un breve artículo titulado San Cristóbal de la Habana. Tres años después, durante los meses de julio y agosto de 1925, el joven periodista publica en El País una serie de crónicas sobre la ciudad que al año siguiente recoge en libro con el nombre de Estampas de San Cristóbal.
Cuando Mañach escribió esas estampas, La Habana se había convertido en escenario de luchas estudiantiles. En una glosa de marzo de 1925, Mañach veía en "la jornada estudiantil de ayer" un signo de que, a pesar de la aparente ligereza de la vida cubana, aun quedaba "sentido del nacional decoro." El general Machado, que recién había asumido la presidencia el 20 de mayo, daba por los días en que salían las Estampas… muestras del terror que marcaría los años venideros. El 20 de agosto fue asesinado Armando André, el famoso periodista y veterano de la Guerra del 95. El 25 de septiembre Julio Antonio Mella, líder desde 1923 de la Reforma Universitaria y fundador el 15 de agosto de 1925 del Partido Comunista de Cuba, sería expulsado de la Universidad y luego detenido bajo la falsa acusación de poner una bomba en el teatro Payret. La Habana era ya en ciernes la ciudad revuelta de la manifestación del 30 de septiembre de 1930, de las luchas contra Machado y de la caída del General, que luego Novás Calvo y Alejo Carpentier llevarían a las páginas de La noche de Ramón Yendía y El acoso, respectivamente.
Pero en las Estampas… de Mañach no encontramos esta violencia que reflejaban los titulares del diario donde salían. En lugar del expresionismo de las representaciones de Carpentier y de Novás Calvo, hallamos en las breves prosas de Mañach unas impresiones de la ciudad donde la mirada, a un tiempo nostálgica y optimista, otea en el presente la ruina del pasado y los resplandores del porvenir. El conflicto entre la modernización y la tradición, arista central de la vida cubana en esos años, aparece aquí en primer plano, asociado, desde luego, a la emergencia de una generación -la de Mella y Villena, de Marinello y Mañach- que había tenido en la Protesta de los Trece su bautismo de fuego. Ya en las tempranas "glosas trashumantes" aparecidas en el Diario de la Marina desde el 16 de octubre de 1922, que luego Mañach recogió en Glosario, se percibe el mensaje generacional de los "nuevos" que ven en la precaria República de las "guerritas" y las "botellas" el fracaso de los hombres del 95. A propósito del retrato del esposo de la señora culta con la que Mañach dialoga ficticiamente, el cronista toma distancia del exacerbado idealismo e individualismo de los hombres de aquella generación:
"La juventud que hoy día se prepara, y piensa para su sayo y ya comienza a actuar, no abundará en aquellas rapsodias de idealismo utópico, que sacrificaron la oportunidad y la certidumbre definitiva al gran gesto; pero está resignándose a su vocación histórica, y yo creo que levantará, con su peculio de practicismo y espíritu colectivo, el precario legado de ideales que los viejos inmediatos le dejaron." 91
Este pasaje refleja algunas de las tensiones que recorren ciertos artículos del Glosario y las Estampas… . Mañach identifica a la vieja generación con el idealismo y el individualismo, considerados habitualmente rasgos del carácter español, y les opone justamente aquellos que se asociaban al pragmatismo yanqui. Si en: La crisis de la alta cultura en Cuba, también de 1925, Mañach criticaba el utilitarismo del período "adquisitivo", aquí opone el practicismo de la juventud al supuesto idealismo de los hombres de la generación anterior. Como se sabe, durante la Primera Intervención, las autoridades norteamericanas desarrollaron un discurso del "progreso" que asociaba el pasado colonial al atraso y la insalubridad, y que era acompañado por transformaciones efectivas en el entorno urbano, la educación y la salud pública. El conflicto entre la modernidad y la tradición se solapa desde entonces con el contraste entre el americanismo y la reposada vida colonial, entre la ciudad moderna y las tradiciones campesinas.
Este conflicto es uno de los focos de la atención del joven cronista que después de escribir sus "sensaciones exóticas", sobre viajes por Europa, regresa a su país y emprende un viaje a su través, que reseña en las "sensaciones de la tierra". En la primera crónica de esta sección del Glosario, Mañach presenta la rivalidad entre el mundo de las tradiciones campesinas, simbolizado por el torneo en que los guajiros, montados en yeguas, engarzan cintas con una varilla en la mano -"fiesta de rústicos, señora"- y la modernidad, representada por las bocinas "bárbaras" de los fords y los trajes a la moda francesa o americana de las jeunes filles de la crónica social. Ajeno a ese mundo con el que ya no puede conectarse, cuya amenaza descubre en el temor de los guajiros que se hacen a un lado al pasar las máquinas provenientes de la capital, el cronista siente nostalgia. Siente la pérdida de la tierra. "Aprendí, señora -escribe-, que en sociedad se dice rojo, y en guajiro "punzó"; y noté que la tierra roja no manchaba nuestros zapatos blancos de la Habana, como si les negase su bendición de sangre." 92
La feria guajira es un símbolo inequívoco de las tradiciones cubanas amenazadas por la modernización del mundo campesino que comienza a ser desplazado por el capitalismo industrial. y no es casual que su destrucción esté representada por el paso de los fords .Símbolos del progreso traído por los interventores, los primeros automóviles (que no eran fords, sino autos franceses) llegaron a la Isla durante la primera ocupación, y circularon por la recién estrenada Avenida del Golfo, emblema, a su vez, de la transformación de La Habana y de la higienización con que los yanquis quisieron borrar la huella de una España considerada atrasada y bárbara.
Sin embargo, Mañach invierte el sentido de la dicotomía, llamando "bárbaras" a las bocinas de los fords. En crónicas publicadas hacia 1890, Julián del Casal, el poeta decadente que firmaba como Conde de Camors y que lamentaba, como típico modernista, "la invasión del yanquismo en las sociedades modernas", se burla de los norteamericanos recordando que en la gran exposición universal de 1889 -la que motivó la conocida crónica de Martí- expusieron nada más y nada menos que prosaicas dentaduras postizas. Un lustro después de la muerte de Casal, se afirmaba en la Cuba ocupada el sentido del confort asociado al progreso norteamericano. Al llamar bárbaros a los fords, Mañach no reproduce, empero, la postura esteticista de Casal. A lo que apunta es a la violencia de una modernización que destruye todo un mundo y un estilo de vida tradicional. Durante la Primera Guerra Mundial, gracias al alza de los precios del azúcar, entraron a Cuba miles de fords, los cuales comenzaron a desplazar definitivamente a los antiguos coches de caballos. Un cuento de Novás Calvo, Aliados y alemanes, refleja la lucha encarnizada entre los dos bandos, que se identificaron con los del conflicto bélico. La violencia que entrañaba la condena fatal que pesa sobre lo viejo, reflejada insuperablemente por Novás Calvo, efs la que ilustra Mañach en De la tierra roja. Pero si Novás Calvo parece limitarse a mostrar crudamente la violencia de una lucha desigual, el cronista Mañach toma partido por lo que declina. En otra de las "glosas", hace el "elogio de los coches provincianos". De nuevo "el ford insolente y bárbaro", aniquilador del remanso de lo provinciano, contra los "viejos ejemplares de esa especie que se extingue", "tristes epígonos de una ilustre estirpe" que el cronista compara con hidalgos venidos a menos, estoicos y leales, llenos de espiritualidad. "¿Qué irrazonable novomanía impugna vuestra humilde y estoica utilidad?", les pregunta retóricamente Mañach a los coches tirados por caballos, reliquia de pueblos. 93
Pueblo/ciudad, instinto/modernización, tradición/novomanía, interior/capital, autoctonía/extranjeridad, danzón/bailes de moda, buen salvaje/civilizado decadente, son algunas de las oposiciones que aparecen en las "sensaciones de la tierra". El progreso quita encanto añejo, provoca un "proletariado sórdido y triste", los "modernismos" malean el apego campesino a las "cosas pequeñas y naturales." Pero aunque la civilización y la barbarie aparezcan, a contrapelo del discurso que legitima el absoluto de lo moderno, como polos relativos, el cronista está irremediablemente del lado del ford en que viaja. El campesino es para él un "otro" exótico, con el que no puede identificarse y que sabe amenazado por el embate de la modernización, continuación del avance estruendoso de los fords. La nostalgia del campesino es la nostalgia del pasado, una forma de la nostalgia republicana. La vida rural, que un mito urbano que se remonta por lo menos a los tiempos de Roma asocia al idilio, es otro paraíso perdido, que ya no puede proponerse como resistencia frente a la penetración del capitalismo extranjero. Para el "hijo forastero", el "forastero vernáculo", como se llama a sí mismo Mañach cuando glosa su visita a Sagua la Grande, para el culto Mañach diplomado en Harvard, su viaje Isla adentro tiene el sentido de una recuperación de la "tierra":
"Y yo le digo que sí, amiga mía; que sí vale y sí tiene su compensación este andar a Isla traviesa, buscando las fisonomías de la tierra nuestra. Porque, en fin de cuentas, usted sabe que todo el vivir es pena; que el truco consiste en saber hallarle a la pena sus inspiraciones y lecciones redentoras: y en esta andariega cruzada, la "alegría de andar" se completa con una suerte de fruición patriótica y con aquellas sorpresas que nos vienen de los pueblos y las gentes imprevistos." 94
En este pasaje se transparenta una sensibilidad muy afín a la de Azorín. Algo del autor de Castilla y en general de la manera melancólica de los escritores españoles de la generación del 98 se nota en las Estampas…, las cuales, a la vez que empatan con la tradición española de Mesonero Romanos y Estébanez Calderón, son, en la saga del espíritu fin de siglo, genuinamente impresionistas. Son impresiones de la ciudad -de sus momentos y sus transformaciones con el cambio de la luz-, de sus lugares y sus gentes. Se trata, como señala con exactitud el autor, de un "itinerario sentimental". Al igual que en los coches provincianos, en los rincones de La Habana encuentra el cronista los "primores de lo vulgar", según la exacta frase de Ortega que define la mirada de Azorín. La poesía de las cosas menudas, de lo cotidiano, constituye una dimensión fundamental de las crónicas de Mañach, recorridas de un suave lirismo, que recuerda por momentos ciertas páginas de Juan Ramón Jiménez. 95
Las Estampas… reflejan las mismas tensiones que las "sensaciones de la tierra" .La ciudad, asociada desde siempre a la confusión y el pecado que siguen a la pérdida del paraíso original, es el sitio por excelencia de la victoria de los "modernismos". Los efectos de la industrialización, que en Europa se desarrollan en el siglo XIX -el crecimiento de las ciudades, la inversión demográfica, la creación de grandes muchedumbres urbanas, el ascenso de los valores burgueses, etc.- se notan visiblemente en Cuba a partir de la Intervención norteamericana. La vertiginosa transformación de La Habana que comenzó entonces reflejaba en la gran escala urbana el deseo de dejar atrás el pasado colonial. La ideología del progreso se tradujo en la capital, sede del gobierno de ocupación militar, en una expansión constructiva que incluyó grandes obras como la Avenida del Golfo, y edificios públicos como el de la Academia de Ciencias o la Escuela de Artes y Oficios. En su tesis de doctorado sobre la Intervención escribe Marial Iglesias:
"Numerosos lugares públicos cambiaron de aspecto, al tiempo que se transformaban también en íconos o emblemas en los que la ideología del progreso proclamada como parte de la "misión civilizadora" de los interventores tomó cuerpo, haciéndose visible. La "higiene" y la "democracia", elementos de primer orden de ese credo modernizador encarnan en esos nuevos espacios que se definen como "limpios", "abiertos" y "públicos": al acceso de todos, hombres y mujeres, pobres y ricos." 96
En el cuarto de siglo siguiente el Malecón fue ampliado, el Vedado desplazó definitivamente al Cerro como lugar de residencia de la plutocracia criolla y los repartos crecieron rápidamente. La Habana de Mañach, la de 1925, es muy distinta a la que reflejan las crónicas de Casal. La de este último es la pequeña ciudad colonial, aún alumbrada por gas, donde todavía tiene cierto sentido hablar de extramuros e intramuros. Casal menciona los "pueblos cercanos a nuestra capital", los rincones paradisíacos que están en los manantiales de Vento, el campo que se encuentra casi a unos pasos, de cuyo verdor se disfruta en el viaje en tres desde la estación de la Concha hasta el pueblo de Puentes Grandes. El Vedado es un lugar exótico, "fuera de la ciudad" .En las tres décadas que siguieron el panorama urbano cambió completamente. La ciudad se desplazó tragándose poco a poco el monte que separaba el centro original de los pueblitos cercanos. Las casonas del Cerro, en las que veraneaban en el tiempo de canícula las familias pudientes de la capital que Casal mencionaba en su crónica social, fueron definitivamente desplazadas por barrios modernos como el Vedado, ricos en parques y jardines.
Las Estampas… reflejan este proceso de decadencia de La Habana colonial. Veamos, por ejemplo, el siguiente diálogo entre el cronista y Luján, personaje que había aparecido en una de las "glosas" como maestro de escuela y portero de un banco, y que es procurador en las Estampas….
"-Y hoy Luján, ¡mire usted qué tristeza de arrabal pícaro, qué ambiente tabernario de marinería y de rameras en este paraje donde se solazaron los modelos de Juan Bautista Vermay! ...El progreso, el desarrollo del comercio marítimo, impusieron a La Habana, poco a poco, esta zona de hampa y de vulgaridad junto al regazo de la bahía. La buena sociedad se fue replegando ante esta nueva población flotante y sin cédula, y evacuó La Habana vieja, y repudió el Parque de la India luego. ..No lo dude usted: los paseos de ahora llegarán también a caer en desgracia. Fíjese cuántos "cines" y modistas y… Juzgados hay ya en el Prado ilustre. Es el avance predatorio e implacable del utilitarismo, que arrasa con todas las elegancias de la ciudad, igual que con la íntima elegancia espiritual de sus habitantes.
- Afortunadamente, hijo -ha dicho Luján después de un momento reflexivo--, nos quedan los Repartos, que son una suerte de minoría privada..." 97
Sorprende, de entrada, que sea el joven cronista quien lamente el avance del utilitarismo y la decadencia de los antiguos paseos, mientras que el viejo Luján se muestra más optimista al confiar en los repartos. En la primera estampa de la serie, en la que presenta a Luján como "el último de los criollos", y el cronista explica que a veces sale con este a caminar por las calles y charlar sobre "los temas menos transitados" -diálogos y paseos representados en las sucesivas Estampas…-, se lee: "Y casi nunca estamos de acuerdo más que en ese suave y antojadizo dejamos ir; porque él es viejo y yo soy joven; él ama sobre todo la tradición; yo, el progreso; él es irónico y caudaloso; yo, directo y sobrio." 98 La contradicción entre estas caracterizaciones y las opiniones del diálogo citado arriba podría explicarse proponiendo que a lo largo de las Estampas… ha ocurrido el mismo proceso que en la famosa novela de Cervantes: cada uno de los personajes se va contagiando de los valores de su contraparte. La Alameda de Paula es una de las últimas estampas. ¿Acaso el cronista se ha "lunanizado" absorbiendo algo del tradicionalismo del viejo Luján, y este, a su vez, ha asimilado algo del amor a lo nuevo que caracteriza al joven cronista? Si en la estampa 12 el cronista dice a Mañach: "yo no soy tan tradicionalista como usted, Luján. Pienso que al pasado, según enseña cierto nuevo filósofo de España -hay que amarlo como tal pasado y no deseando que fuese todavía presente", y más adelante es el propio Luján quien coincide al señalar, glosando veladamente a Ortega: "Es que la tradición se ama precisamente porque se va, hijo; por su perenne fugacidad", 99 dos estampas más adelante, se habla de la "malquerencia" que le tiene Luján al Vedado, al que llama, oponiéndolo al "Cerro hidalgo", "vacío y advenedizo".
En verdad, esta contaminación de los dos puntos de vista apunta a lo que parece ser una de las propuestas de la serie de estampas habaneras: la conciliación de los dos extremos, el punto medio entre "la exaltación sistemática de lo pasado", el "creer que solo lo pasado es genuino" y la admiración irracional de lo nuevo, la novomanía que se trueca fácilmente en snobismo. En una estampa llamada El arrabal y lo clásico el propio Luján expone el ideal de "lo clásico dentro del afán moderno". A medida que se alejan en el tranvía del "casco" de San Cristóbal, comienzan los edificios de excesiva ornamentación, las discrepancias de puntal y de moldura, cuyo desfile "le dejaba en el ánimo una impresión de riña tumultuaria, de vocinglera y pueril rivalidad". En esta arquitectura sin estilo que proliferó en las dos primeras décadas del siglo celebra Carpentier el "estilo" de La Habana, la riqueza de su profusión barroca. Luján, sin embargo, dice de esta Habana ecléctica:
"Todo esto, hijo, es vanidad presente; no podrá envejecer nunca, no hará época; le falta hasta la más humilde posibilidad de clasicismo. Porque clasicismo es, sobre todo, desdén de la moda, respeto al tiempo que no se ha de vivir. ¡Ah, la vieja y noble casona de doña Monsa de Lara en la inefable Trinidad! ¡Qué falta anda la patria, hijo, del espíritu clásico dentro del afán moderno!" 100
Aquí Luján es, a no dudarlo, portavoz del autor. "El espíritu clásico dentro del afán moderno" que se echa de menos en el variado eclecticismo que prolifera en amplias zonas de la ciudad, es uno de los ideales del "clasicismo" de Mañach, que en el fondo se emparienta con el "clasicismo" del que hace gala en su rechazo de la poesía de Lezama y en su tácita identificación con el "clásico" Varona en la semblanza que hace de este a propósito de su centenario en 1949.
No se trata aquí, sin embargo, de tradicionalismo. Más bien, Mañach busca una conciliación, un justo medio entre tradicionalismo e innovación. En Glosario, había comentado a propósito de la demolición de una iglesia en Villa Clara para ampliar el parque:
"¿Vandalismo profano? ¿Heroico civismo? Todo depende de si hemos de juzgar el hecho con el criterio romántico- conservador o con el utilitario-innovador. Uno piensa con melancolía en aquella pobre iglesia derruida y valetudinaria, inepta ya para la competencia ciudadana, senil estorbo al pujante egoísmo de colectividad. ..; piensa en este nietzscheanismo municipal, y casi lo encuentra tan desolador como el otro de la personal filosofía. Pero así como uno admira tímidamente al super-hombre, justifica también a la super-villa que se mutila y desembaraza sin escrúpulos." 101
Dos criterios: el "romántico-conservador" y el "utilitario-innovador". Dos juicios: la condena y la aprobación. Dos sentimientos: la melancolía y la admiración. Mañach parece oscilar entre los extremos. Si en las "sensaciones de la tierra" parece predominar el primero, en las Estampas… es más clara la propuesta de la conciliación, de una recuperación de lo pasado como reducto de estetización y de fruición patriótica, compatible con la modernización urbana. De cualquier modo, es notable la lucidez con que se plantea la opción y se la analiza fríamente, el detenimiento con que se sopesan los criterios extremos para rechazarlos en favor de un mesurado equilibrio.
Leída como programa nacional, las Estampas… proponen, además de la conciliación entre tradicionalismo y "modernismo", un argumento nacionalista: la integración en el espacio de la nación, simbolizado por las estatuas de los héroes y por un pasado depositario de la dignidad nacional. Si, al pasar por una calle llena de comercios de inmigrantes extranjeros, señala Luján que "el exotismo amenaza invadirnos de veras", el cronista descubre en ellos un aire de "aplatanamiento criollo". Luego es el cronista quien llama "bárbaros" a los inmigrantes europeos judíos (conocidos popularmente como polacos) llegados a Cuba a causa de la restricción a la inmigración en Estados Unidos, y es el viejo interlocutor el que responde que "gobernar es poblar" y que, aunque bárbaros, son "convenientes, fatales". A la sorpresa del joven cronista, Luján responde:
"Es que la tradición se ama precisamente porque se va, hijo, por su perenne fugacidad. Su encanto le viene, por contraste, de la evidente e ingrata necesidad de "evolucionar", como dicen, de marchar con los tiempos. Por eso el tradicionalismo, en mí como en todos, no es más que una nostalgia, una actitud estética hacia el pasado." 102
El justo medio entre los extremos, la integración de estos en el espacio nacional es la tesis que ilustra la estampa 35. Allí, el cronista señala que "la guagua es un medio de locomoción urbana que no logra revestirse de pleno prestigio". La causa profunda de ello es, según Luján, que al no ir sobre rieles, como el tranvía, "nos da cierta impresión de volubilidad y suscita nuestra desconfianza" .Es por eso, piensa el viejo notario, que son preferidos el tranvía, dirigido por el hierro, y el ford, dirigido por nuestra voluntad:
"Porque los cubanos nos dividimos en dos categorías correspondientes: los de espíritu rutinario y subalterno, que gustan de ir siempre sobre rieles, y los individualistas a ultranza, que nunca se mueven sino por su cuenta y como les place. ¡Qué bien si lográsemos algún día el predominio de un tipo medio, a la vez individualista y cooperador, voluntarioso y confiado: el hombre de la "guagua", hijo mío! 103
Y la estampa termina, simbólicamente, cuando Luján y el cronista abordan una guagua para terminar su trayecto. Se trata de una idea de la nación como un espacio donde puedan coexistir armónicamente distintas clases, criterios y visiones. Es significativo, por ejemplo, que en su primer artículo sobre Martí, publicado en la columna de "glosas trashumantes" en noviembre de 1922, también proponga Mañach una conciliación entre la visión de la aristócrata y la del "habitante", justamente en lo relativo a una estatua del Apóstol nacional. 104 Otro ejemplo, en la serie de 1925, es la estampa dedicada al "muro del Malecón". Si el Malecón es, en cierto modo, según Luján, "una reserva, un coto aristocrático", el muro "no reconoce castas". Si de un lado se alzan los edificios de los ricos, el mundo del "ringorrango":
"enfrente están el muro y su acera, patrimonio del anonimato humilde. Entre este mundo y aquél se extiende como una franja mixta de transición, el ancho paseo -la Avenida del Golfo-, que lo mismo admite al gran Packard charolado, de discreto zumbido y digno rodar, que al mísero "fotingo" de alquiler, estrepitoso y endeble. El paseo actúa de mediador, de amigable componedor. Se inclinará a los ricos, pero no se niega abiertamente al servicio de los pobres cuando éstos recaban su derecho." 105
Luján, a quien seduce la "democracia" del Muro, termina señalando que cuando el sol se pone "es todo él, con su orilla dorada, su cauce de asfalto y su otra orilla gris, como una bandera de tres franjas sociales: una bandera evolucionista…" Como se ve, se trata de una visión que, frente a la cruda realidad de la explotación capitalista, resulta bastante edulcorada. Por otro lado, notemos que al tomar el Malecón como espacio emblemático de la democracia, Luján reproduce lo que ya notaba el escritor Ramón Meza en 1902 cuando señalaba que al Malecón, epítome de la modernidad en términos urbanísticos, acudían, a tono con el espíritu "higiénico" y "democrático" proclamado en los tiempos, lo mismo las damas que pasean "a pie por la ancha acera" que grupos de trabajadores o proletarios buscando "distraer su espíritu cansado de la miseria y el trabajo" .El Malecón, celebrado desde su construcción como un lugar democrático, símbolo del progreso y la democracia norteamericanos, se convierte en símbolo de un nacionalismo que ha asimilado la democracia como un atributo de lo cubano frente al tradicional aristocratismo español y el orden jerárquico de la sociedad colonial.
Tres días después de aparecer la Carta abierta a José Lezama Lima donde Mañach publicaba un rotundo "no entiendo" que dio al autor de Muerte de Narciso la ocasión de defender su "ciudad intelectual" frente a aquellos que, según él, habían trocado la "fede" por la "sede", apareció en el Diario de la Marina un artículo sin firma bajo el rubro de La Habana. A pesar del anonimato, la autoría era inconfundible: Lezama Lima. La insólita sección se mantuvo, una o dos veces a la semana, hasta marzo de 1950. Así, se dio el caso de que, durante el mes de octubre de 1949, al tiempo que tenía lugar en las páginas de Bohemia la famosa polémica sobre la que para Mañach era "cierta poesía nueva" y para Lezama sencillamente poesía auténtica, pudiera seguirse otro contrapunteo: el que venían a conformar los artículos de Lezama, que luego incluyera en su mayoría en la segunda sección de sus Tratados en La Habana bajo el título de "sucesivas o coordenadas habaneras", y las Estampas… que Mañach había publicado casi un cuarto de siglo antes.
Obviamente, este posible contrapunteo no es sino una estrategia de lectura. Poner un texto junto al otro permite que resalten tanto las muy notorias diferencias de estilo y de sensibilidad como las notas comunes: no sólo el amor a La Habana, no sólo los elementos de costumbrismo que en mayor o menor grado contienen, sino también la manera en que en ellos se vertebra un programa nacional, el discurso de la decadencia que los recorre, las formas que asume en ellos la nostalgia. Elementos que los emparientan para enfrentarlos por la manera específica en que se presentan en cada serie, la cual no depende sólo de la particular visión del autor o de lo puramente personal o incluso visceral del estilo de cada uno, sino del momento en que se escriben y de los ideales generacionales que reflejan.
A primera vista, la sobria españolidad de las Estampas… contrasta con la desmesura idiosincrásica de las "coordenadas". Mañach es el joven paseante que en su recorrido por la ciudad conjura el pasado y el presente registra el presente en una mirada pausada. Lezama, olímpico y provinciano, desde su sillón en la calle Trocadero -trocado en omphalos, en ombligo del mundo- conquista La Habana hasta hacer de ella imago mundi. Escribe Lezama en una de las "sucesivas":
"Montaigne que no fue dado a conversaciones corales o colectivas acostumbraba decir que sus ideas se movían con el ritmo de sus pies. Pasear hablando parece ser lo propio de aquel mundo griego. Después Montaigne paseará oyendo tan sólo sus propias pisadas, ya anda por ahí el individualismo renacentista. Saldrán luego aquellas meditaciones de paseantes solitarios, Rousseau. Largos paseos interrumpidos por quejidos, suspiros y destierros voluntarios." 106
Este pensamiento sirve para apuntar otra arista del contraste entre las Estampas… y las "sucesivas". Más a la manera socrática, el diálogo es representado en las Estampas…, que descansan sobre ese elemento estructural y se presentan como relaciones de paseos por la ciudad y de meditaciones de los paseantes. En las "sucesivas", en cambio, parece dominar ese humanismo renacentista de Montaigne donde el "otro" de la conversación ha pasado al interior de uno mismo; y el diálogo ya no se representa, sino que ocurre en la profundidad del ensayo. En realidad, Lezama no es ni siquiera un paseante solitario como Rousseau. No pasea, no recorre la ciudad. No se levanta ni un momento de su sillón en la casa de Trocadero, y esta su reconocida inmovilidad física se compensa con el alcance vertiginoso de su imaginación, contraste que ha ido a engrosar el mito del grueso Lezama. Es, en fin, un gran nómada, si recordamos una frase de Toynbee que sorprendía a Deleuze: "Nómadas son los que no se mueven, se convierten en nómadas porque se niegan a partir."
Si las fuentes más visibles de Mañach son los escritores españoles de la generación del 98, cuya manera algo decimonónica y castiza informa las Estampas…, en la serie de Lezama resuenan los ecos de una cultura europea de entreguerras que fatigó la idea de la decadencia de Occidente. Lezama retorna un pensamiento de Herbert Read: "Es el momento cultural de las pequeñas ciudades, es necesaria la vuelta al estado-ciudad, sólo de las pequeñas ciudades (Atenas, Florencia, Weimar) puede surgir el tipo de cultura que tenga la medida del hombre." 107 No es difícil notar que detrás de este llamado se encuentra todo un discurso ampliamente difundido en Latinoarnérica por la Revista de Occidente y la editorial homónima. Spengler, Berdiaeff, Keyserling compartían la convicción de que la decadencia de Occidente debía ser superada por alguna transfusión de energía de una fuente virgen o por algún regreso a un estado anterior a la caída en la monstruosidad moderna. La Habana se le aparece entonces a Lezama con el aura de la ciudad pequeña que contrasta con la "inhumanidad" de los grandes estados contemporáneos y de su política planetaria. "La Habana -escribe- conserva todavía la medida del hombre."
En la fragilidad de este "todavía" descansa la mirada nostálgica que recorre las "sucesivas", transidas de la nostalgia origenista que es un capítulo medular de una nostalgia republicana de la que también participan a su modo las Estampas de San Cristóbal. La decadencia de las quintas es un motivo fundamental tanto de las Estampas… como de las "sucesivas". Escribe, por ejemplo, Mañach:
"Una casona de prosapia, mansión antaño de coloniales hidalgüelos o de algún segundón aventurero que prefirió los pájaros volando de esta India nuestra al halcón en mano desmedrado y solariego; una noble casa de fachada monda, e historiado alero, de ancha y guarnecida portalada, en cuyos salientes se prendió mil veces la blonda rebosante de los quitrines, hela aquí convertida en almacén de granos y de tasajo. En las obscuras estancias, en el alto patio, los costales hacinados unos sobre otros, llegan hasta donde se fatiga el mirar, e insinúan una parda, ruda, inagotable opulencia. No hay sino sacos ya aquí donde todo fue ornamento y gentil empaque." 108
En el cuarto de siglo que transcurre entre la publicación de la serie de Mañach y las "coordenadas habaneras", la decadencia del Cerro y de la Habana Vieja se hizo más pronunciada. Lezama, a propósito, escribe:
"Y otro es el caso de nuestros edificios, legados por la colonia enteros sobre su base, destruidos por la impiedad de una cuartería que ha instalado allí su jauría o de una administración que se sentó para poner monotonías, chatarrar, restar personalidad a lo que se la dio [sic] el linaje y un sentido preciso de la grandeza." 109
Para Lezama la decadencia de las quintas y palacetes es la imagen grotesca y lastimosa de la decadencia nacional, de la desintegración de las esencias de los fundadores, y de la mengua de un modo de vida criollo que cede ante la extranjeridad y la superficialidad de la República. Las "sucesivas" rezuman nostalgia por una Habana antañona, esplendorosa, visitada por curiosos extranjeros, ornada por tradiciones ahora en crisis como la de la cena dominical, una Habana cuya evocación aprovecha todo un repertorio de la mitología colonial. 110
Existe en la República, desde luego, un discurso que lamenta la pérdida de las costumbres criollas, y defiende las formas estéticas tradicionales, de las que se sirve. Un buen ejemplo es la colección de crónicas de Wen Gálvez recogidas en Costumbres, cosas, observaciones. Gálvez, amigo de Julián del Casal, famoso sportman (como entonces escribían, a falta de palabra francesa para designar ese hobby, los cronistas sociales de La Habana Elegante), primer historiador del béisbol en Cuba y autor de Nicotina (novela de costumbres cubanas), idealiza los años de su juventud, que contrasta con una sociedad donde ha desaparecido el "principio de autoridad", roída por "virus monstruosos que tienden a disociarla y a destruirla", entre los cuales incluye las proyecciones del cinematógrafo que excitan el "sensualismo"; la profusión exagerada de los ejercicios físicos y los baños de mar en que se muestra "la carne pecadora en toda su desnudez"; el divorcio; la impúdica moda femenina, etc. Nótese la ironía del siguiente pasaje:
"Son múltiples las ventajas de la vida moderna: el teléfono hace innecesario el sirviente para el recado de calle, las viviendas son más higiénicas, aunque no siempre más cómodas, no se ven por la vía pública las burras y las vacas lecheras, se hace imposible correr tras el malecón a la voz de ataja, no salen en Navidad los pavos y los puercos como heraldos de noche buena y Pascuas, ni habrá por qué, puesto que se prefiere ahora cenar en las sociedades o en los hoteles como los extranjeros que no tienen hogar aquí, que ya no agrada a las familias reunirse en días tan señalados alrededor de la mesa a deglutir el clásico lechón tostado, arroz y frijoles negros, fresca ensalada de lechuga, avellanas, pasas, nueces y turrones, en la santa paz de la familia, acompañada de amigos íntimos. .
"Se cena fuera de casa y se espera la entrada del año entre personas extrañas, a veces entre vecinos que ignoran nuestro idioma y no se sabe quiénes son, pero que beben, bailan, fuman, ríen, suenan pitos y matracas y riegan serpentinas y confetti. Después de tragar a compás de las doce campanadas la docena de uvas, entrechocan las copas de champaña, lanzan un "happy new year" y repiten "happy" que más que felicidad semeja hipo." 111
Un folleto de José Varela Zequeira con motivo de un libro inédito de Gabriel Fundora, también sostiene la tesis, central en el libro comentado, de que "con la tradición que se va se pierde nuestra personalidad". El poema Casa criolla, que Varela Zequeira copia, termina de manera muy elocuente con los versos: "Arrástrame, Progreso, con tu sabiduría / pero no tendrás nunca, jamás, mi corazón!" En su Autobiografía dice de sí mismo el poeta elogiado: "Es su memoria pertinaz vocero / de lo que fue bondad y fuera encanto / la actual generación le causa espanto / y un espanto mayor lo venidero." Tanto Gálvez como Fundora como Varela Zequeira, poeta incluido en la antología Arpas amigas, son hombres de la generación de las tres banderas, que llegaron en su madurez al cambio de siglo, hombres del siglo XIX que veían azorados las consecuencias de la modernización capitalista en una Cuba cada vez más "descubanizada" por "la exotiquez de las tendencias disolventes" y "las aberraciones del vanguardismo artístico", que tanto Varela Zequeira como Gálvez critican. 112
Desde luego, la posición de Lezama es bastante diferente de tan pedestre y tradicional tradicionalismo que frecuenta imágenes de vida campestre y costumbres de ciudad colonial. Las "sucesivas", expresión fundamental de lo que, a propósito de un poemario de Fina García Marruz, Emilio de Armas ha denominado certeramente "cultura poscolonial habanera", esto es, la vuelta por algunos pintores y poetas de la tercera generación republicana "hacia una imagen de la capital insular como centro de lo que pudo haber sido la plenitud de la nacionalidad: una plenitud anunciada por el esplendor de la burguesía criolla durante el siglo XIX y tronchada por la incompletez de los sucesivos esfuerzos independentistas realizados por esta misma burguesía", están lejos de reproducir el ingenuo pasatismo de Gálvez y Varela Zequeira. Si este se mantiene reacio a las novedades de la vanguardia, podría afirmarse que la "cultura pos colonial habanera", elemento medular del "taller renacentista" encabezado por Lezama, busca ir más allá de lo epidérmico del vanguardismo para asumir plenamente una expresión moderna, totalmente siglo XX y a la vez libre de limitante imperativo de superficial actualidad. Los vitrales de Amelia Peláez denotan una asimilación del cubismo. Lezama, suerte de Luján más intransigente y más católico, que ha leído al autor de La tierra baldía, ostenta un lado Eliot. Su resistencia a la modernidad recuerda ciertamente la mixtura eliotiana que traduce en imágenes de insólita modernidad una percepción del mundo moderno como caos y fealdad, inseparable en el autor de Miércoles de ceniza del conservadurismo político y la defensa de la religión anglicana. Una sensibilidad cercana a la de Eliot se nota, por ejemplo, en el siguiente pasaje de Lezama:
"Ganemos en una mañana la perspectiva aérea de La Habana. Sus calles de anchura deleitosa parecen inundadas del río de latón de las máquinas. Lentísimas hileras se mueven como encadenadas. Quien soñó con una prisa innecesaria ahora camina como amarrado a un árbol. Calles hechas para la marcha y el paseo nocturno, soportan grosería y toneladas, erizando sus aguijones, sus ingenuos sistemas defensivos y logran hacer lento y arrastrado el paso de innumerables invasores." 113
Mañach se planteaba la opción entre el "criterio romántico- estético" y el "utilitario-innovador". Aunque estetiza la provincia y el mundo tradicional representado por la pequeña ciudad del interior donde el campo está a sólo unas cuadras, cree en la necesidad de "ser prácticas criaturas del siglo":114 su nacionalismo no está reñido con la modernización, sino que en el fondo la incluye. Lezama es bastante menos ambivalente en este sentido. En las "sucesivas" se perciben ecos de la "vuelta a la Edad Media" que proponía ese conde báltico disfrazado de filósofo alemán que se llamó Hermann de Keyserling, del desprecio del dinero y de la usura que llevó a Ezra Pound a convertirse en panegirista de Mussolini bajo el argumento de que el fascismo italiano era "poético", incluso de la idea de Felipe II según la cual el capitalismo era un mal inventado por los protestantes para acabar con el catolicismo. Pues un anticapitalismo tan visceral, y tan divergente del anticapitalismo marxista, que no apunta de ningún modo a una regresión a un estadio anterior sino a una superación dialéctica, informa la utopía de la ciudad de calles estrechas y muralla protectora, ciudad de la vecinería donde no circula el dinero, cuyo arquetipo es la ciudad medieval. y en América, donde no hubo Edad Media, lo medieval, desde el precario romanticismo continental, es lo colonial.
En las memorias de su viaje a la Habana, la condesa de Merlin refiere "la sorpresa encantadora que me causaba la extraña apariencia de esta ciudad de la Edad Media, que se ha conservado intacta bajo el Trópico, y estas costumbres singulares en que se reconoce a la vez a la España y a la América. Estas calles estrechas, de casas bajas, con balcones de madera y ventanas enrejadas, todas abiertas; estas habitaciones tan aseadas, tan llenas de luz, tan alegres, donde se encuentra el quitrín, carruaje del país..." 115
Esa Habana de 1851, pronto desbordada hacia extramuros, desapareció totalmente a partir de la Intervención. Según Ramón Meza, quien atribuye a los cambios urbanísticos de la época una relevante importancia "cívica", la Habana colonial, construida acorde con el patrón "estrecho" y "asfixiante" de las ciudades europeas del medioevo, necesita con urgencia, si quiere que se le tenga por población moderna a semejanza de las urbes norteamericanas, de anchas avenidas, grandes parques arbolados y jardines públicos. 116
Meza, quien también testimonió la definitiva decadencia de la barriada residencial del Cerro, señala que el Vedado, "con sus calles anchas, rectas, hermosas, sombreadas por el movible y bien dispuesto ramaje de esbeltos álamos; con nutridas líneas de telégrafos, teléfonos, cables, blancas bombas de luz eléctrica, revela desde muy lejos que ha alcanzado los beneficios y recomendaciones de una urbanización a la moderna". 117 El Vedado, como han señalado Carlos M, Luis y Antonio José Ponte, representa los valores opuestos a la ciudad de las "sucesivas". 118
María Zambrano dijo de Lezama que "él era de La Habana como Santo Tomás lo era de Aquino, y Sócrates de Atenas", 119 Este sentido medieval de pertenencia a la ciudad como patria encaja perfectamente con la ciudad medieval-colonial que presentan las "sucesivas". Por eso hubiera sido más exacto decir que Lezama era de La Habana Vieja. La Habana de las "sucesivas" es a todas luces anterior al apogeo del Vedado, reparto nacido con la República. Cuando Lezama dice que la "clásica y clara medida" que aún conserva La Habana "la hace abominar de la vida nocturna", seguramente no se refiere a La Habana Moderna, rica en una vida nocturna que se imponía en el Vedado justo en el momento en que se publican las "sucesivas", La Habana de luces de neón y Chevrolets, escenario de la novela de Cabrera Infante.
Los artículos de Lezama no tienen, pues, el sentido conciliatorio que se aprecia en la propuesta de Mañach. Las Estampas… reflejan cierto optimismo del joven periodista que es ya uno de los líderes intelectuales de la generación que despunta. Lezama comienza a publicar a fines de los 30, en el momento de la resaca de la frustrada revolución antimachadista. Su "origenismo", el culto a unos orígenes traicionados por la mediocridad republicana, se resiste a transar con la influencia norteamericana, con su confort, su progreso y su pragmatismo. No se trata ya del diálogo entre la tradición y la renovación, y de una democracia rosada que puede florecer en ese espacio patriótico, sino de la proyección de una utopía precapitalista en .la imagen de una imposible ciudad colonial de cenas dominicales y fiestas de santos. Si la estetización de lo tradicional en las Estampas… de Mañach está en realidad en función de una mirada abierta al futuro, que incluye las transformaciones de la ciudad en un proyecto nacionalista y modernizador, Lezama despliega una mirada pasatista, católica y conservadora, donde la melancolía se une aun rechazo raigal de la modernización capitalista. Esto lo separa de letrados como Mañach y Ortiz, los cuales, en textos como La crisis de la alta cultura en Cuba y Seamos hoy como fueron ayer, también vertebran el discurso de la decadencia a partir de la caída desde un esplendor nacional que sitúan en el período anterior a la Guerra Grande. Aunque el Ortiz del Contrapunteo cubano del tabaco y el azúcar avisa de la amenaza que para la nacionalidad entraña el capitalismo extranjero ligado a la monoproducción de azúcar, en las dos primeras décadas del siglo, como parte de su programa regeneracionista, creyó en la necesidad de aprovechar el inevitable influjo yanqui: "Americanicémonos, para no ser americanos." 120 Es este lado Sarmiento, también presente en Mañach, el que falta en Lezama y en general en Orígenes. Su Habana no es una ciudad moderna, ni siquiera en el sentido moderado que propone Mañach cuando en las Estampas…, rechazando el eclecticismo arquitectónico que prolifera en los repartos, habla de la necesidad de un "espíritu clásico en el afán moderno", sino una ciudad poética. y en la época de los fords lo poético es la siesta colonial, la casa-quinta cuya familia reproduce los lazos nacionales, la dignidad de la pobreza.


notas:

91: Un retrato, en Glosario, Ricardo Veloso Editor, La Habana, 1924, p.241.
92: De la tierra roja, en Glosario, p. 62.
93: Elogio de los coches provincianos, en Glosario, p. 93.
94: El parque y la integridad, Glosario, p. 87.
95: En su estudio sobre el periodismo de Mañach, Jorge Luis Martí reproduce fragmentos de una carta personal que le envió la poetisa Juana de Ibarbourou a Mañach, que se conservaba en el archivo privado al cuidado de su viuda: "He concluido de leer las Estampas de San Cristóbal que tiene la elegancia y la frescura de Platero y yo dentro de todas las diferencias que hacen único a uno ya otro. ¡Qué bello libro! Su ciudad ha de agradecérselo como una madre agradece la emocionada alabanza del hijo que se pone a describirla con ternura contagiosa. Dentro del corte lírico, tienen estas estampas una admirable profundidad de pensamiento y a veces cierta sutil gracia irónica que le da un color especial, agudo y firme, como los trazos de un maestro." p. 36. Este no es sino uno de tantos elogios que recibió el libro. Ver, por ejemplo, las reseñas de Regino Boti, Baedeker ilusionado (Revista de Avance, 30 de abril de 1927, pp. 88-89) y de Fernando Lles (La obra perdurable de un ensayista cubano, en Social, abril de 1927, pp. 35 y 66).
96: Marial Iglesias, Las metáforas del cambio: transformaciones simbólicas y cambios en la vida cotidiana en Cuba. 1898-1902. (Tesis de doctorado presentada en el año 2001 en la Universidad de La Habana), p. 30. Esta tesis se encuentra inédita. Agradezco a su autora que gentilmente me haya permitido leerla y citarla.
97: Estampas de San Cristóbal, Ediciones Ateneo, La Habana, 2000, p. 131.
98: Ibídem, p. 12.
99: lbídem, p. 36, p. 43.
100: lbídem, p. 129.
101: lbídem, p. 90.
102: lbídem, p. 43.
103: La guagua y el carácter, Estampas…, p. 87.
104: El Apóstol y el habitante, en el Diario de la Marina, 15 de noviembre de 1922.
105: Estampas…, p. 18.
106: Tratados en La Habana, Universidad Central de las Villas, 1958, p. 230.
107: Ob. cit., p. 241.
108: Estampas…, p. 61.
109: Tratados en La Habana, p. 222.
110: Sobre esto ver de Abel Prieto Sucesivas o coordenadas habaneras: apuntes para el proyecto utópico de Lezama, en Casa de las Américas, La Habana, sept.-oct., de 1985, y José Prats Sariol: La Habana de Lezama, en Revista de Literatura Cubana. La Habana. jul-dic-1993.
111: Wen Gálvez, Para hacer boca, en Costumbres, sátiras, observaciones, Rambla, Bouza y Cía, Habana, 1932, p. 10.
112: José Varela Zequeira, Cubanidad (con motivo de un libro inédito de Gabriel Fundora), Imp. Cuba Intelectual, s/a, La cita en la p. 18. Por la referencia al "vanguardismo" puede inferirse que fue escrito después de 1927, año en que la Revista de Avance lo preconiza con un ensayo de Mañach publicado en los tres primeros números, aunque del "vanguardismo" se venía hablando desde antes. Por su parte, Wen Gálvez señala con ironía en su presentación de la colección de artículos: "El libro está escrito a la antigua usanza; si algo contuviere de los cánones del buen decir, atribúyase a inadvertencia y téngase por no escrito pues me faltan fuerzas para acompañar a los exploradores que van por nuevos senderos que ignoro si carecerán de zarzas pero no parece que sean floridos. He llegado hasta aquí. El arte literario moderno es otra cosa; es literatura exploratoria, de tanteo; ya se le dice de vanguardia, ya de avance. Esperemos a que retornen los que como yo no pueden seguirles."(pp. 12-13)
113: Tratados en La Habana, p. 282
114: Estampas…, p. 91.
115: Viaje a La Habana, precedido de una biografía de esta ilustre cubana, por G.G. de A. Habana, 1922, p. 47.
116: Ramón Meza, Parques públicos, en Cuba y América, febrero de 1902, p.313.
117: Ibídem, p. 314. Sobre El Cerro escribe Ramón Meza: "No hace mucho en aquellas amplias salas, aposentos, galerías, glorietas, terrazas y jardines, gozaban de los favores de la fortuna numerosas familias cubanas; en aquellas espaciosas mansiones era frecuente ver representadas las generaciones, desde el abuelo hasta el biznieto, agrupados en mesas prolongadas donde el aroma del café, servido en grandes bandejas de plata por criollos color de ébano, dominaba en las gratas conversaciones de sobremesa los hálitos de los jardines." (El Cerro, Cuba y América, junio de1902, p. 95)
118: Antonio José Ponte, La Habana de Paradiso, en La Gaceta de Cuba, mayo-junio, 1994, p. 55; Carlos M. Luis, La década de los cincuenta en Cuba, en su El oficio de la mirada, Universal, Miami, 1998, p. 20.
119: Breve testimonio de un encuentro inabarcable, en María Zambrano, Antología, selección de textos, Suplemento de Antropos , Barcelona, marzo-abril de 1987, p. 43,
120: La crisis política cubana; sus causas y sus remedios, en Órbita de Fernando Ortiz, p. 117.

Duanel Díaz Infante (Holguín, 1978). Licenciado en Letras por la Universidad de La Habana en 2002. Es profesor en la Facultad de Artes y Letras de esa institución. Obtuvo el Premio Alejo Carpentier de ensayo por su libro Mañach o la República

 
   
     
 
atrás
 
 
 

SUBIR