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Windows sur l´ identi dad
Arturo Arango
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I
He leído en una vieja Gaceta de Cuba un artículo titulado, creo, El Guillén desconocido . Dice en sus primeras líneas: "Nicolás Guillén no sabe montar en bicicleta. Ni en patines. No sabe nadar. No canta. Ni sabe bailar." Yo, pensé, le llevo alguna ventaja en los asuntos de la sobrevivencia, pero comparto con él aquello que es imperdonable en un ser del Caribe. En una que otra estancia fuera de mi país, he sido compulsado, más que invitado, a bailar y a cantar. Me he negado. He explicado que, tratándose de mí, todo esfuerzo es inútil. "¿Cómo es posible", me dicen, "que un cubano no baile?", y me juzgan como si mi obligación fuera traer en la maleta un par de maracas, y logran en mí un sentimiento de vergüenza, de incapacidad, de traición.
Nicolás Guillén y Alejo Carpentier fueron, deliberadamente, escritores caribeños. Si no sabían bailar, su literatura los disculpaba. Ambos se sabían gestores de un proyecto del cual, es obvio, estas islas y su cultura formaban parte, y los dos parecían escribir para que ese proyecto fuera alcanzado o, al menos, para ponerlo en marcha. Fueron fundadores de algo que, temo, hoy se nos ha ido de las manos.
En Cuba, por demás, el Caribe no es una preocupación de m uchos; digamos que, principalmente, de una o dos revistas de los santiagueros. Cuando uno se sienta en el malecón de La Habana, no piensa que tiene frente a sí el Mar Caribe, sino el Estrecho de la Florida o, en todo caso, el océano Atlántico; y el aire que bate, a veces con mucha violencia, el litoral de la ciudad, procede del Norte, y es lo más frío que nos sucede.
El rótulo de "Literatura latinoamericana y caribeña" con que se anuncian algunos concursos o eventos suele parecer una redundancia, y sólo se explica en razón de aquella zona no hispánica que completa el arco de las Antillas. No sé si ello es así porque hablamos español o porque estamos muy cerca del Continente o porque La Habana, que es la ciudad desde donde se pretende pensar el país, ha sido el puente natural entre Europa y América.
Tampoco estoy muy seguro de cuál es la literatura latinoamericana actual en la cual los caribeños pretenderíamos insertarnos. Hace algunas décadas había paradigmas muy respetables y hasta un deber ser que solía confundirse con la identidad (también, con frecuencia, la identidad se ha confundido con la tradición, con su inmovilidad paralizante). Hoy, por suerte, aquellos modelos parecen agotados, y hasta ciertas caricaturas suyas se ofrecen como la máscara exportable de las letras latinoamericanas. Que esa máscara exista también es bueno. Nos permite ocultarnos bajo su sombra y olvidarnos de aquello que se espera de nosotros. No sentir vergüenza cuando se nos compulse a bailar. Tener la opción, incluso, de no bailar, ni cantar, ni reír, ni celebrar rituales secretos, ni invocar a los dioses paganos, ni padecer tormentas o epidemias, ni tampoco denunciar, o ser un arma, o la voz de otros. Olvidar el deber ser y encontrar la libertad de ser, que es lo único en que verdaderamente la literatura puede anticiparse a eso que llaman "la realidad".
II
Leí el texto anterior en la Feria del Libro de Santo Domingo, en 1997. El coloquio al que fui invitado se llamaba La narrativa caribeña y su inserción en la literatura latinoamericana actual , un título cuya retórica levemente académica me inducía a no tomarlo muy al pie de la letra. Mis compañeros de mesa, una puertorriqueña y varios dominicanos (Ana Lydia Vega, Marcio Veloz Maggiolo, Andrés L. Mateo...), acudieron con ponencias eruditas, con declaraciones fervorosas. La distancia entre lo que escuché y lo que leí revelaba diferencias más allá de cantidades de minutos o cuartillas. El quiste del que yo quería alejarme era para ellos aún un organismo vivo (tal vez, en algún caso, un modo de vida: ir de país en país, de congreso en congreso, defendiendo determinado tipo de identidad utópica, también previsible). Yo me desligaba de nociones que ellos aún estaban por alcanzar (¿alguien imagina, en Cuba, un plebiscito que decida el idioma oficial entre el castellano y el inglés?), y lo caribeño, que a mí me parecía inasible, quizás normativo, excesivamente tópico, era para mis colegas aún una entelequia que defender, o por conquistar, y los lugares comunes, sin dejar de serIo, volvían a cobrar vida (y toda vida implica también un sentido). He dicho que me desligaba de nociones que ellos estaban aún por alcanzar, y desdeño, erróneamente, la .posibilidad inversa: que ellos se encuentren en un lugar del camino al que yo (mi realidad), aún no he llegado, pero que me espera (nos espera), también, inevitablemente.
III
En el aeropuerto El Dorado, de Bogotá, comparto infortunios con un israelí. Es un hombre joven, alto, que habla perfectamente el español y carga en sus espaldas una mochila tan grande como él, que hubiera satisfecho a Phileas Fox. Me cuenta que ha salido por el mundo buscando un lugar donde vivir. Hasta el momento ha pasado por Guatemala, Costa Rica, Venezuela, Chile y algún que otro país latino americano que ahora olvido, dedicando un mes a cada sitio. Creo que también me mencionó a Australia. Le pregunto si no le gusta su país. Me responde que sí, que le gusta mucho Israel, pero que siempre existe la posibilidad de que en alguna otra parte de la Tierra se pueda vivir mejor. En Colombia lleva ya dos meses y, aunque de momento va a probar fortuna en México, está pensando seriamente instalarse en Bogotá. Me pregunta qué tal se vive en Cuba. Estamos en 1994. Yo vengo de Medellín, donde cada fin de semana ocurren más de setenta asesinatos. No averiguo cuántos países abarcará su prueba, ni qué entiende por "vivir mejor". No sé tampoco qué frutas se pueden comprar en un mercado de Tel Aviv ni cómo huelen las tierras de Israel cuando la lluvia las azota. Sin embargo, la lógica de su peregrinaje me resulta irreprochable: habitualmente elegimos una casa, una mujer, un oficio o profesión, la escuela a que asistimos, la comida que nos gusta, los objetos con que hacemos nuestra vida, y a veces, incluso, la tumba a donde iremos a parar. Esa misma lógica trae a este israelí a la América Latina, a un tercer mundo de donde tantos se van. Si Bogotá le gusta a este muchacho, ¿por qué no La Habana?, me digo, y le recomiendo que viaje a Cuba, le doy algún consejo.
IV
Un amigo uruguayo que fue tupamaro y vivió en Cuba, como exiliado político, durante casi una década, regresa a La Habana. Su cordialidad es la de siempre, pero encuentro en él a un hombre distinto. Me dice que está desencantado de la izquierda y que acaba de dar su voto para alcalde de Montevideo al candidato del Partido Colorado. Sus dos hijos nacieron en Cuba y llevan nombres de héroes vinculados a nuestra historia. Mi amigo salió de Cuba con su familia en 1982, y diez años después sus hijos no habían regresado. Él, sin embargo, les contaba del país. Nada de política, me dice, ni de ideología. Les hablo del mango, trato de que sepan cómo sabe, cómo es cuando le quitas la cáscara con los dientes, me explica. Estamos en enero, y so lo puede llevarse una lata de mangos en conserva. No es lo mismo, dice mi amigo y mira la lata con lástima. Es mejor que nada, lo consuelo.
V
Estoy en un auditorium de la Universidad Nacional Autónoma de México, donde Mario Vargas Llosa habla. Alguno de los escritores que lo acompaña en la mesa ( Gonzalo Velorio, Ignacio Solares, Sealtiel Alatriste) le pregunta sobre la identidad. "Las identidades son campos de concentración donde los gobernantes encierran a sus pueblos", dice Vargas Llosa. Insisto en que todo ocurre en México, donde hay magueyes y sarapes, tequilas y sangritas, pirámides y tacos, chiles en nogada y rancheras, equipales y chapulines asados que no fueron creación de Hernán Cortés, ni del general Guadalupe Victoria, ni del general Antonio López de Santa Anna, ni de Benito Juárez, ni de Maximiliano de Habsburgo o de Porfirio Díaz, de Plutarco Elías Calles, de Lázaro Cárdenas. Menos aún de Emiliano Zapata o del subcomandante Marcos. Tampoco imagino que en ese mundo sin identidad a que Vargas Llosa aspira, los franceses caminen sobre huaraches y los alemanes almuercen tacos de huitlacoche. Por primera vez en la noche, el público, sin embargo, aplaude. Se da por terminada la conversación y los jóvenes corren al escenario con la esperanza de que el escritor autografíe algunos libros. Mario Vargas Llosa, ciudadano español, que quiso ser gobernante del Perú, también escogió el país del mundo donde vivir mejor. En Lima, frente al Palacio de Gobierno, se alza un monumento a Francisco Pizarro, el conquistador.
VI
En Italia, viajo por la Toscana presentando una antología de cuentos cubanos. Danilo Manera, un hispanista que ha preparado el libro, suele insistir en las singularidades de lo cubano, repite anécdotas o chistes populares que subrayan nuestra condición de especie rara, tal vez admirable por lo que la modernidad (o la premodernidad) puede ofrecerle a la desmemoria de cierta posmodernidad. En la medida en que las presentaciones se repiten, me va incomodando hasta el enojo ser de nuevo un indio con levita. Lo converso con amigos italianos: a ellos les extraña mi susceptibilidad. Sólo al final hago saber a Danilo mi molestia. Me dice lo que sé: Quiéraslo o no, tú también eres representante de algo: de un país, de una literatura, de una ideología. Tres condiciones en que se mezclan fatalidad y elección, pienso. Y si renunciara a ellas también sería representante de algo: de lo contrario, que no es menos tópico. Aunque no sepa bailar y esté incapacitado para el canto, de alguna manera inevitable soy un arquetipo, como lo son también Ana Lydia y Vargas Llosa, el israelí que quería vivir en Bogotá y los hijos cubanos de mi amigo uruguayo. Ser un arquetipo y saber que lo soy: esa es mi libertad y esa es mi cárcel.
Este texto aparece compilado en el libro Segundas reincidencias (Capiro, 2002).
Arturo Arango (Manzanillo, 1965). Narrador y guionista de cine. Ha publicado las novelas Una lección de anatomía y El libro de la realidad , así como los libros de cuentos La vida es una semana y La Habana Elegante .