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En los meses recientes, varias revistas cubanas han publicado un grupo de textos acogidos a un subido tono polémico. En los mismos, protagonizados fundamentalmente por dos autores enfrentados, se discuten formas aparentemente antagónicas de entender y asumir los postulados teóricos de la posmodernidad y sus herramientas de análisis de distintos fenómenos del arte. Pero más allá de los problemas puntuales a que apuntan tales textos, de los libros a que se hace referencia y sus calidades, lo esencial de la lectura de esta polémica está en que permite advertir los rasgos particulares del ejercicio del criterio y la cultura de la polémica en nuestro campo cultural, los cuales siguen aquejados de problemas diversos; el más grave, la propia ausencia de una sistemática gimnasia de la confrontación, discrepante y complejizadora, de un sistema crítico indagador y a prueba de triunfalismos.
A manera de prólogo, reproducimos inicialmente la nota editorial con la cual los editores de la revista Unión dieran por zanjada la participación de esa publicación en la discusión de marras. A continuación, los textos Ligereza en la pasarela , Contra el inmanentismo fetichista , Las tres manías de Rufo Caballero , La miseria , ¿Las polémicas culturales? y ¿Polemizar o embestir?, he ahí la sedición .
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Quince retratos locos
Roberto Fabelo |
En sucesivas entregas de la revista, el lector habrá podido seguir la polémica. Rufo-Duanel, que comenzó en la revista Extramuros y que Unión ha libremente heredado. Siempre ha existido en nuestro ámbito cultural un reclamo profundo por la necesidad del diálogo intelectual, por el intercambio de ideas, por la confrontación incluso de opiniones contrarias, en fin, porque las polémicas encuentren un espacio natural en nuestras publicaciones. Tanto en La Gaceta de Cuba como en Unión (recuérdese, por ejemplo, la publicación reciente en nuestras páginas del ensayo de Víctor Fowler donde polemiza con Enrique Saínz, editor de esta revista, y con Jorge Luis Arcos, su director) se ha sido proclive a la publicación de textos críticos que contribuyan al conocimiento, que muestren la legítima diversidad intelectual, las diferentes o contrarias tendencias críticas y creadoras. Esta suerte de democracia editorial, hay que insistir en ello, no ha sido muchas veces bien comprendida. Hemos sido testigos de cómo el mismo crítico que preconiza la necesidad de la polémica en aras de un ágora de infinita libertad, reacciona como un oscuro celador cuando son hollados sus predios por voces entonces siempre efímeras, malintencionadas, etc., o de cómo el mismo crítico que suele ser muy duro o intolerante con sus colegas no soporta luego, como sí pedía Virgilio Piñera para sí mismo, "la patada del elefante". Ninguna cultura sobrevive a una política cultural de falsa unidad, de unanimidad, incluso de sospechoso consenso. La falsa alabanza suele ser más dañina que la crítica más cruel. La cultura debe ser un ámbito abierto a la sed de conocimiento y de experimentación, y a la natural diversidad de personalidades y estilos. Precisamente las revistas culturales deben reflejar para las generaciones futuras toda la riqueza de la vida cultural de la nación. Ya se sabe que las ideas, como las personas, nacen y mueren en un determinado contexto. Algunas sobreviven más tiempo que otras. El tiempo es el celador último de todos los cánones. Ninguna cultura, por otra parte, está libre de padecer límites. Cada una, según sus características, soporta, padece o estimula los límites que le son inherentes a su tiempo. Pudiera afirmarse incluso que a veces enarca los límites que se merece. Toda libertad es relativa y, por tanto, toda censura también. Hay que recordar, empero, que la cultura cubana no ha sido nunca un modelo de tolerancia crítica, si bien han existido períodos más felices que otros. Hay que reconocer también que fue el período republicano el más proclive a la coexistencia de posiciones críticas y creadoras diversas y hasta contrarias. Recuérdese cuando Juan Marinello hablaba de nuestra "indigencia crítica". Y, sin embargo, creemos que es precisamente ahora cuando estamos mejor preparados y necesitados de un fructífero, enriquecedor, fecundador ámbito polémico. Claro que hay polémicas y "polémicas". Más allá de las condicionantes contextuales y extraliterarias, la tradición y la sangre hispanas han desempeñado aquí un papel preponderante. La vanidad y la soberbia intelectuales, en fin, los efluvios hormonales de cada quien, han mediatizado el verdadero diálogo intelectual, el que supedita toda consideración personal al conocimiento, el que respeta a ese otro o complementario que marcha siempre contigo y suele ser tu contrario, el que se sacrifica por la polis... Desde los lejanos tiempos de El Regañón, de Buenaventura Pascual Ferrer (¡ay, los españoles!), ha prevalecido una crítica excesivamente personal, cuando no sectaria. Ese tipo de crítica, amén de no estimular el conocimiento, rebaja a quien la ejerce, empequeñece a ese aprendiz de Dios que suele habitar en el alma de todo crítico. Los editores de esta revista seguiremos tratando de propiciar el necesario y natural ámbito polémico de nuestra cultura, aun cuando no siempre estén del todo satisfechos con la índole y la naturaleza de los textos que acojan. Asimismo se reservan el derecho de ejercer el veto o la censura (no hay que tener un prejuicio ontológico, metafísico, con esta palabra) sobre aquellos textos que, lejos de favorecer el conocimiento, prioricen el insulto y las vanidades personales, La actual polémica Rufo-Duanel no ha estado exenta de algunos de esos vicios, si bien creemos que ha sido en muchos sentidos útil y aleccionadora. No es que preconicemos una crítica aséptica, donde no haya espacio para la pasión, incluso para el sabio demonio intelectual. La ironía también tiene sus jerarquías. Todo lo contrario. Creemos que la personalidad del crítico, del ensayista, no debe ser frenada, siempre que no se rebaje a pasioncillas pueriles. No está de más sugerir que, en determinados casos, luego de una crítica, el silencio es la mejor respuesta. Nunca como en esta ocasión la revista quiere enfatizar en el credo editorial universal de que no se responsabiliza con la opinión de sus colaboradores. Esperemos que, en un futuro inmediato, todos interioricemos las lecciones tácitas o profundas que se desprenden de esta polémica que, desde el punto de vista de la revista Unión, queremos dar por terminada, al menos en nuestras páginas.
Los Editores
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