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Las tres manías de Rufo Caballero
Duanel Díaz Infante |
La desmesurada y patética reacción de Rufo Caballero a mi comentario crítico de su libro Sedición en la pasarela (1) me ha hecho recordar aquella sentencia, creo que de Valéry, que reza que "celui qui ne peut attaquer le raisonnaiment, attaque le résoneur". Haciéndole poco honor a su apellido, Caballero no ha encontrado forma mejor de encarar una crítica que no contiene la más mínima alusión personal que reducirla a una sarta de improperios: afirma, por ejemplo, que lo llamo "mentiroso", lo cual es falso, y que lo llamo "obsceno", lo cual es también falso pues llamo así -tomando el mismo adjetivo usado por él para descalificar a cierta bibliografía que el "rigor" de Sedición en la pasarela vendría a superar- al libro, nunca al autor. ¿No sabe Rufo Caballero que una cosa son los libros y otra las personas? ¿Que las personas son respetables, pero no las opiniones o los libros?
Para Caballero mi reseña no es sino el fruto de bajos intereses personales, a saber: "insertarme", ser reconocido, alcanzar notoriedad, desacreditar a un grande de la crítica cubana. A esta mezquindad que rezuma según él mi nota sobre su libro aluden tres frases de Así habló Zaratustra que Caballero ha puesto al frente de su extensa réplica. La primera es muy elocuente: "En verdad les digo que el hombre es un río inmundo. Hay que ser un mar para recoger un río sin ensuciarse." Lo cual, en el contexto en cuestión, debe leerse así: yo, Duanel Díaz, soy "un río inmundo", luego él, Rufo Caballero, es el mar capaz de recogerlo sin ensuciarse. Yo soy de los que afirman la necesidad de la virtud pero en el fondo sólo anhelan la policía (según la segunda frase), soy taimado, silencioso y falso como el gato lunar (según la tercera), soy, en fin, el prototipo del hombre del resentimiento, luego él es el superhombre, esto es, el super-crítico, el super-ensayista, el super-escritor. Rufo Caballero está au desus de la melé , como dicen los franceses, por encima de las humanas mezquindades, y desde su cumbre zaratústrica sólo ha descendido para ocuparse en la fácil tarea de refutarme, abandonando por un momento las altas empresas intelectuales a las que está llamado, ya que mi nota sobre Sedición en la pasarela ejemplifica "el dudoso sentido ético y la inconsistencia cultural de la manera como se adentra buena parte de su [mi] generación en el mundo de las letras y el pensamiento."
Confieso que al llegar a este punto tuve que soltar la carcajada. Todo esperaba de la respuesta de este ensayista pagado de sí y acostumbrado a críticas complacientes, incluso los insultos personales que me dedica una y otra vez, menos que tomara Ligereza en la pasarela como una expresión generacional. El argumento fundamental de Caballero es simple y risible: mi crítica de su libro no es sino "una sarta de insultos" debida a mi juventud, y propinados nada menos que, dice Caballero, "a un autor como yo". A un autor como él, nada menos que a un autor como él, que se califica impúdicamente de "extrabarroco, denso, cargante, laberíntico, autor de demasiadas ideas en un párrafo", y esto a lo largo de "quince años de trabajo como ensayista". Y es a este gran autor a quien yo, novato arribista, dogmático y envidioso, me atrevo a llamar "ligero". En realidad, con su lista de calificativos Rufo me ha entregado otro excelente para completar una descripción mínima del autor de Sedición en la pasarela , que no es denso, ni mucho menos laberíntico, ni tiene demasiadas ideas, pero es evidentemente cargante. Ligero y cargante: curiosa paradoja la de Rufo Caballero.
El artículo de Caballero está recorrido por el pro domo suo . En plan de psicoanalista de cafetería afirma que mi subconsciente me traiciona cuando menciono su "aguda mirada crítica y su vasta erudición cinematográfica." Supone Caballero que ahí revelé a mi pesar toda la admiración secreta que por él siento: varias veces repite Rufo, quien parece haberse metido dentro de mi cabeza como el narrador decimonónico en la de sus personajes, que yo sé que él sabe, pero intento manipular sus palabras para desacreditarlo como autor. No cuesta mucho trabajo colegir, entonces, que si lo valoro como bueno y afirmo que su libro es malo es porque le envidio, porque deseo el lugar que él ocupa: el Olimpo de los ensayistas y críticos cubanos. Resulta verdaderamente risible la presunción del autor de Sedición en la pasarela cuando habla de este su "libro académico más creativo" y se refiere sin sombra de ironía a "el sentido profundo de mi [su] escritura". Semejante megalomanía -la primera de las manías de Rufo Caballero a que aludo en el título de estas páginas- es aun más patética cuando, como en este caso, hace penoso contraste con la obra del ufano y crédulo autor. Obra sí vasta -la grafomanía es otra de las ostensibles manías de Caballero- pero no valiosa. Obra que en buena parte se fundamenta en la inconsistente teoría de la posmodernidad a la que he puesto los reparos puntuales que han encendido la cólera de Caballero. Pues si Sedición en la pasarela (cómo narra el cine posmoderno) es un libro francamente malo y disparatado, América clásica (un paisaje con otro sentido) es aun peor. Por momentos es casi, a pesar de las superficiales libertades del estilo, un ensayo no ya académico, sino escolar, repleto de citas para llenar páginas y de cosas cogidas por los pelos. No vale la pena ni hay espacio para detenerse en cada uno de esos libros que Caballero ha publicado en sus quince años como ensayista, pero uno de los últimos, El canto del quetzal , que no he podido terminar de leer sino saltando párrafos enteros, es algo que ya no tiene nombre. Con este libro Caballero viene a confirmar no sólo que es un pésimo escritor, sino que como crítico carece de vista (retiro ahora aquella concesión amable, que es, contra lo que afirma el presuntuoso Caballero, lo único insincero de mi reseña): las explicaciones magistrales que da sobre arte no pasan de ser ensaladas de lugares comunes especiadas de cursilería, los comentarios sobre las obras contempladas en los museos de México parecen sacadas de cualquier manualito escolar. La palabrería hueca que en otros libros estaba un poco más contenida aflora aquí con una cursilería que dejaría chiquito a Vargas Vila. (2)
En su Diálogo sobre el arte nuevo , Ortega y Gasset imagina un diálogo ficticio entre Pío Baroja y Azorín. El primero le dice al segundo, quien esgrime contra el arte nuevo el argumento de la eternidad del arte: "Un amigo mío de Vera, cuando oye que alguien dice palabras más sonoras que nutridas, suele exclamar: "Todo esto es carrocería!" A mí esta eternidad del arte me parece también pura carrocería." Y a mí me parecen pura carrocería no sólo "reflexiones" como las que se encuentran en El canto del quetzal , sino muchas de las que abundan en la obra de Rufo, que gusta de palabras grandilocuentes como "poesía" y "grandeza". En cuanto a la grandeza, noción común en muchos textos del ensayista, esa cualidad que cree poseer y que según él provoca la envidia y la incomprensión, la astucia de Salieri ante la brillantez de Mozart, le dejo a Rufo Caballero esta frase de Nietzsche, a cambio de las que me dedica a la entrada de su réplica: "El énfasis en el gesto no es propio de la grandeza; quien necesita del gesto, es falso. Desconfiemos de todas las personas pintorescas." ( Ecce homo ) Y es que el autor de Contra el inmanentismo fetichista. (Un penoso caso de manipulación textual, a propósito de la modernidad, la posmodernidad y Sedición en la pasarela ) no es un gran crítico, pero sí es un crítico muy pintoresco.
¿Y en cuanto a la poesía, ya no en el sentido estrecho del género literario, sino en el amplio y elevado de lo poético? En el ensayo De mis sinuosos amores con el posmodernismo , Caballero sostiene que "cuanto [le] interesa en este mundo es lo poético", mientras que la posmodernidad no es para él más que "un tema de estudio académico" (3) pero ocurre que la concepción del posmodernismo que informa no sólo Sedición en la pasarela sino también América clásica y otros textos de Caballero, evidencia inequívocamente, como sugería en Ligereza en la pasarela , una asimilación de lo posmoderno a "lo poético", cierta estetización de lo posmoderno. Y es que a pesar de su cacareado interés por "lo poético", no encuentra uno en Caballero nada que lejanamente recuerde la manía que describió Platón en el Ión , esa locura poética que entraña enthousiasmos -un estar en la divinidad-, y que de algún modo torcido pervive -seguramente como "demonio"- en la poesía de nuestra época crítica; lo que sí brilla en las páginas de Rufo son otras manías sin duda mucho más vulgares: la grafomanía, la megalomanía, y, last but not least , otra que merece que creemos un neologismo para designarla: la posmo-manía.
La posmo-manía: he ahí una manía aun mayor que la grafomanía y que la megalomanía, lo que ya es mucho decir. Y creo sinceramente que esta manía perjudica bastante a Caballero como crítico. Pues la manía de la clasificación, del casillero moderno-posmoderno, de señalar la militancia de los elementos de la obra en una u otra condición, aun cuando se haga bien, aleja al crítico de lo que debería ser su centro: hablar de la obra, interpretar, comentar, describir, echar luz. Varias veces he sentido, leyendo los textos de Caballero, que al crítico se le escapa la obra para quedar con esas nociones a la larga abstractas que son el posmodernismo o lo posmoderno, o su contrapartida lo moderno y el modernismo. En su reseña de Virgilio Piñera: entre él y yo , por ejemplo, Rufo apunta, a partir del señalamiento de Antón Arrufat de la particular geometría del pensamiento artístico de Piñera, que "como buen moderno, Piñera organizaba el pensamiento sobre pares de categorías." Luego añade que no es un moderno chato, y que resulta difícil clasificarlo como escritor o pensador, pues si por un lado cumple a cabalidad el ideal del moderno, por otro se aparece como "gestor de la sensibilidad posmoderna" (4). ¿Ha dicho algo útil sobre Piñera? ¿No ha diluido el agudo señalamiento de Arrufat, que singulariza a Piñera como escritor y crítico, en el vasto conjunto de los modernos, que Caballero define con ligereza como aquejado de dualismo y binarismo? Pongo otros dos ejemplos de estas limitaciones que su posmo-manía impone a Caballero. En Sedición en la pasarela señala como ejemplo de autor que no "milita con total adscripción en la condición posmoderna" a Woody Allen, quien "cuenta con varias piezas de arquitectura posmoderna, mas costaría trabajo proponer, a nivel de la poética, su profunda disección de la alienación neoyorquina como una crítica que escapa al proyecto moderno." (5) Dejando a un lado la confusión entre "proyecto moderno" y arte moderno -cuya relación, no según lo entiendo yo, sino según los estudiosos del tema, es esencialmente contradictoria y no de inclusión, representación o complementariedad como supone peregrinamente Caballero- podemos preguntarnos si añade esta discriminación de Rufo algo a nuestra comprensión del gran comediante norteamericano. Lo mismo cuando escribe en una nota de América clásica que "la consistencia, la densidad, el detenimiento ensayístico de la narrativa de Lezama es susceptible de ser interpretado como su más clara militancia en la literatura moderna; sin embargo el gusto por lo apócrifo, el falseamiento y manipulación de las fuentes, o su intuitiva participación en la ambición poscrítica de la escritura como pérdida de fronteras entre la crítica y el relato, o la crítica y la poesía, comienzan a dar fe de otros adelantos, otros posibles asideros de valor". (6) Que no son sino los del Posmoderno. ¿Añade esto algo a nuestra comprensión de Lezama? ¿No es muy superficial, no es inaceptable eso de ver la narrativa moderna como ensayística -en Sedición en la pasarela habla de la expresión de tesis- cuando en ella brillan tanto Hemingway y Faulkner como Thomas Mann y Robert Musil? ¿Esa pérdida de fronteras en la escritura crítica de Lezama, indica un más allá de lo moderno, o es propia del género ensayístico justamente en la medida en que es una forma esencialmente moderna, emergente en la época en que se produce la "novelización de la literatura" de la que habla Bajtín?
Señaladas y comentadas brevemente las tres grandes manías de Rufo Caballero, volvamos ahora a su airada respuesta a Ligereza en la pasarela . Caballero afirma que con mi nota busco "hacer valer su [mi] perspectiva sobre el conocido asunto" y que intento desesperadamente insertarme en el debate sobre el posmodernismo. Pero es evidente que no es esa mi intención: de haber sido tal, hubiera escrito un ensayo sobre el tema, cosa que no he hecho ni pienso hacer pues no me dedico a esos grandes temas que Caballero aborda con tanta ligereza, sino a cuestiones de literatura cubana e historia de las ideas en Cuba. Lo que yo buscaba en mi breve comentario era solamente poner de relieve las inconsistencias de la teoría de la posmodernidad en que se basa Sedición en la pasarela . No se trataba, pues, de oponer mi propia teoría a la de Caballero, sino de criticar los errores y malas lecturas de que esta está plagada. De ahí que sea ridículo que Caballero me acuse de intransigente e intolerante con las opiniones ajenas, con el "otro" que piensa diferente, cuando no se trata de una diferencia de ese tipo, sino de señalar errores y disparates que hacen inexistente la mínima base común necesaria para que fructifiquen las diferencias y posiciones diversas en torno a cualquier asunto. No se trata, pongamos por caso, de si Auschwitz es la culminación o el extravío de la razón moderna, de si la vanguardia puede ser vista como una prefiguración del posmodernismo de los sesenta, o de cómo recibir el posmodernismo desde nuestro Tercer Mundo, sino, por ejemplo, de que es falso que la narrativa posmoderna se caracterice por la ruptura con la tradición del autor-Dios, cosa que ya hicieron los clásicos modernos, de que es errado afirmar que la dramaturgia moderna se define por la claridad y la racionalidad -¡ni que fuera una tragedia de Racine!-, de que es escandaloso ver la polifonía de la novela dostoievskiana como prefiguración de lo que sólo se vuelve dominante en el Posmoderno, de que es disparatado delinear insistentemente la dicotomía moderno-posmoderno a partir del contraste estilístico clásico-barroco. Puesto que mi objetivo es impugnar este tipo de afirmaciones a todas luces insostenibles, criticar malas lecturas de Bajtín, Benjamin, los post-estructuralistas, etc., es ridículo que Caballero utilice como un argumento a su favor el que yo no ofrezco en mi reseña -que él califica de reiterativa y abultada cuando es obviamente sintética y precisa- mi propia idea del posmodernismo. Como ridículo es que rechace la "negatividad" de mi comentario crítico mientras enfila contra él citas nada menos que de Nietzsche, quien llamaba a "pensar con el martillo", y de Heidegger, cuya obra se fundamenta en la noción de Destruktion.
Como un traficante -no ya de falsas antigüedades, sino de falsas novedades- cogido in fraganti , Rufo Caballero ha tratado penosamente de maquillar sus groseros errores, llegando a reiterar el argumento peregrino de que lo que yo le opongo en mi impugnación es justo lo que él dice en su libro, y que yo no pude o/y no quise ver. Me acusa de "manipulación textual" y manipula burdamente Ligereza en la pasarela al presentar la crítica que hago a su idea de que los teóricos de Tel Quel dimensionaron "teóricamente la regularidad, densidad y calidad con que la condición posmoderna "absorbía" y "transformaba" los textos" como un ejemplo ilustrativo del tipo de error que creo encontrar. Cuando es obvio que en este caso no se trata de los errores flagrantes que plagan su reducción descabellada del modernismo en favor de la "sedición" posmoderna, sino de un ejemplo de la ligereza filosófica que recorre el libro. En ningún momento me opongo en mi nota a relacionar posmodernismo e intertextualidad, sino al hecho de que Caballero lo hace reduciendo considerablemente el alcance de la noción de intertextualidad en los teóricos de Tel Quel . No he dicho que él afirma que ellos hicieron una teoría del posmodernismo, sino que lo que dice soslaya algo que es a todas luces esencial en Kristeva y Sollers: que se trata de una reflexión sobre las poéticas radicales de los clásicos modernos, una reflexión que más allá incumbe a la idea misma, transhistórica y general, de la textualidad, de la relación entre el texto y el mundo. (7) Está bien que su tema sea el posmodernismo, pero no que la posmo-manía lo lleve a obviar dimensiones fundamentales de estos pensadores.
Lo mismo vale para mi crítica a su acercamiento entre post-estructuralismo y posmodernismo. Lo que impugno no es la relación en sí, sino el hacerla a costa de banalizar y recuperar un pensamiento que se fundamenta en la crítica radical del sujeto y el humanismo. Y aquí creo que Caballero no ha captado el point de mi señalamiento. En Ligereza en la pasarela le critico que al señalar que "la muerte de la muerte del sujeto" lleva a su restitución sobre la base de las "otredades" posibles, está desconociendo que la muerte del sujeto en sí misma supone la inclusión del otro, aunque no ya en el sentido ilustrado que predica la tolerancia. Para el post-estructuralismo, el sujeto y el humanismo son cosas complementarias, dos caras de la misma moneda metafísica, por lo que Rufo no logra salvar su error hablando de la muerte del sujeto humanista. La muerte del sujeto remite en primera instancia a la idea de la muerte de Dios y la llamada "falta de fundamento". Esto lo apunto de pasada diciendo en Ligereza en la pasarela que el pensamiento post-estructuralista, en la línea de Nietzsche y Heidegger, quiere ir más allá del hombre. Pero Caballero no encuentra mejor salida que ridiculizarme presentándome como un ingenuo que, habiendo leído ayer a Nietzsche y a Heidegger, estoy deseoso de mostrarlos como un niño a su último juguete. Sin embargo, yo no incluí en mi nota ninguna cita de Heidegger o Nietzsche, mientras que él incluye varias en su réplica. ¿Quién lo leyó ayer? ¿Quién ostenta? (8) Si en vez de "actualizar las fuentes", Rufo hubiera leído a Heidegger, a Nietzsche y a los pensadores franceses con mayor detenimiento que el de quien busca saquearle unas cuantas citas, quizás comprendería que cuando digo que porque implica una crítica radical del sujeto, "el post-estructuralismo no puede propugnar una coexistencia de los sujetos «laterales», aun a riesgo de que se conviertan en centrales", y pongo a continuación como ejemplo las dos novelas más conocidas de Sarduy, no estoy dando en modo alguno un argumento para la renuncia a la crítica de la exclusión y a todo cambio histórico, sino apuntando rápidamente un matiz importante que él no parece captar. Cuando antes había mencionado la "apropiación [del post-estructuralimo] por parte de feministas y teóricos poscoloniales" me refería precisamente a la distinción, imprescindible para comprender la teoría post-estructuralista, entre un pluralismo humanista, en última instancia ilustrado, y una perspectiva nada tradicional, esencialmente post-humanista. Pensemos, por ejemplo -y para que Caballero vea que no gasté mis escasos cartuchos en las diez páginas de Ligereza en la pasarela - en el llamado de Kristeva a oponerse a la xenofobia no ya en nombre de la inclusión paternalista del "otro" desterrado, sino a partir del reconocimiento fundamental de que todos somos, ya, extranjeros, "otros". O en los textos donde el teórico poscolonial derrideano Homi Bhabha contrapone a la noción tradicional de la diversidad cultural, su idea de la "diferencia cultural" (9). O en el célebre intercambio -verdadero desencuentro- entre Chomsky y Foucault a propósito del la existencia o no de la "naturaleza humana" y de las ideas que deben guiar una acción política contra el sistema capitalista. Pues el post-estructuralismo entraña en general una deconstrucción de las dicotomías centro/margen, yo/otro, propio/ajeno: la crítica del sujeto busca eliminar, en última instancia, la posibilidad de la sujeción. Y es justamente en este punto, a propósito del cual Rufo ironiza sobre la hondura de mi pensamiento, donde él revela la falta de sutileza y de rigor que lo conduce a vulgarizar a su pesar el pensamiento contemporáneo. De ahí que sea tan ridículo que me acuse de conservador y desmovilizador cuando es él quien recupera sin darse cuenta el potencial revolucionario del pensamiento post-estructuralista.
Y pasa Caballero a la cuestión de la narratología. Yo, renuente a admirar la inteligencia ajena, conservador y dogmático, repudio según él "la reelaboración de categorías o conferimientos de nuevos usos". Ocurre sin embargo que yo no me opongo por principio a esta reelaboración, sino a la reelaboración particular que hace el ensayista Rufo Caballero en el libro Sedición en la pasarela . Pues no se trata de rechazar a priori los aportes: todo depende del aporte. Y el de Caballero que yo critico en mi reseña es un verdadero dislate. La redefinición que él propone de la categoría de sujet es inaceptable no sólo porque desconoce el valor corriente de la noción en narratología -cosa que debió desarrollar más-, sino porque no añade nada útil y sí una gran confusión ya que el nuevo sentido propuesto no tiene absolutamente nada que ver con el sancionado por los clásicos de la disciplina y por el uso posterior. Sentido que, como muchas de las definiciones elementales de la ciencia narratológica, se produce en una oposición binaria: en este caso la oposición fundamental de la narratología, la que existe entre la historia y el argumento, el dato y la construcción, los "hechos" y su presentación en el relato, la diágesis y el discurso narrativo. No se trata, pues, de mi parte de una marcial "coerción a la creatividad", es que no hay tal en la peregrina atribución de Rufo: no es lo mismo originalidad que ridícula novelería. No se trata de aplazar lo que él llama "la opción de generar discurso que debe enorgullecer al menor de los pensadores", es que para hacerlo es preciso dominar una serie de fundamentos básicos: esa altura ganada a fuerza de rigor es condición sine qua non para todo aquel que quiera ser llamado "pensador" o "generador de discurso". Tampoco se trata de un reclamo absurdo a que se hurgue en la genealogía de cada concepto, sino de la necesidad, por elemental honestidad intelectual, de explicar así sea en unas cuantas líneas el valor aceptado del término que se busca re-definir. Y es que, al desconocer a los formalistas, pues sí los desconoce al no advertir que la noción de sujet que ofrece Viacheslav Ivanov, la cual rechaza por "elemental", es básicamente la misma de la de aquellos, Rufo muestra, como en las injustificadas críticas a Francis Vanoye, su falta absoluta de lo que María Zambrano, a propósito de Ortega y Gasset, llamó "caridad intelectual."
También en el capítulo de la narratología, Caballero señala que no digo nada en mi reseña de su "completamiento de la categoría de diégesis", posiblemente porque advierto que "es indiscutidamente bueno" y me niego a reconocer sus aciertos. Al parecer supone que los señalamientos, según él equivocados todos, que hago en mi no muy extensa reseña son los únicos posibles. Ocurre sin embargo todo lo contrario: debí recortar al máximo la reseña para que pudiera publicarse en Extramuros , y entonces preferí no extenderme más en el tema concreto de la narratología. Y no es que sea yo un especialista en la materia, pero no es preciso tener conocimientos muy avanzados para sospechar de la re-definición de diégesis de la que Caballero se muestra tan orgulloso al punto de reconocer que "no pocos profesores y críticos están apelando ya a ella". La definición de Caballero quiere ir "más allá" o "acá" de la idea de simple "narración" para entender lo diegético como "el plano o los planos convencionales de la narración que guardan entre sí una marcada coherencia alusiva y lingüística, reconocida a su vez por los patrones de verosimilitud del narratario, frecuentemente transgredidos por intromisiones extradiegéticas que enriquecen los planos iniciales según otras codificaciones culturales o estéticas; las que, al sistematizarse, interrumpen pero no acaban de descompensar la expectativa del narratario puntual o el narrador genérico." (10)
No sólo no creo que añada nada, afirmo que se trata de algo profundamente equivocado, que evidencia un radical desconocimiento de los fundamentos mismos de la narratología, esos de donde debe partir todo desarrollo enriquecedor. Pues diégesis es en primer lugar historia, y hablar de "planos de la narración" confunde pues narración lo mismo puede referirse al acto de narrar (lo que Genette llama narración) que a su resultado (lo que Genette llama relato o discurso narrativo). En segundo lugar los patrones de verosimilitud del narratario nada tienen aquí que ver, pues quien posee esos patrones es el destinatario o receptor, el ser de carne y hueso que lee un cuento o mira un film, mientras que el narratario no es sino la contraparte del narrador, y pertenece por tanto al mundo ficticio en que tiene lugar el acto de narrar. En tercer lugar la diégesis, en tanto historia, es independiente tanto del narrador como del narratario: una misma historia puede ser contada por distintos narradores de diferentes formas, produciendo por tanto diferentes relatos, diferentes maneras de presentar "lo ocurrido": la definición de Caballero obvia totalmente que diégesis cobra todo su sentido por oposición a relato, a argumento, oposición que es lógicamente anterior a la que existe entre lo diegético y lo extradiegético. Por colocarse fuera de la "discursividad" de la narratología, la propuesta de Caballero es totalmente inaceptable. Intentaré explicarme un poco más. Señala Foucault que los "instauradores de discursividad", Marx y Freud como casos cimeros, "abrieron el espacio para algo distinto a ellos y que sin embargo pertenece a lo que fundaron." (11) Foucault pone el ejemplo de Freud, quien hizo posible un cierto número de diferencias respecto a sus conceptos -margen en que han hecho sus aportes Melanie Klein o Abraham- que dependen todos del discurso psicoanalítico. Creo que podría tomarse a la narratología como una discursividad -cuyos instauradores serían algunos de los formalistas y Sausure en tanto "fundador" del estructuralismo, discurso mayor en el que se inscribe aquella- en la que hay desde luego espacio para nuevos conceptos y desarrollos, pero todos dependientes de los fundamentos "elementales" de ese discurso. Genette, por ejemplo, añade al par historia/argumento, desarrollado por los formalistas, la noción de narración, pero con esto no la desconoce o contradice, no se coloca fuera, sino que desarrolla su teoría en el marco de la discursividad de la narratología como mismo todo el desarrollo de la lingüística estructural se basa en las dicotomías sausureanas lengua / habla y significante / significado. Es, pues, en la falta de remitencia básica a los cimientos de la narratología como discurso -las oposiciones fabula / sujet, historia / relato- lo que hace que las redefiniciones que propone Caballero de sujet y diegesis sean totalmente "improcedentes", ya que no "completan" -esta es la palabra que usa Caballero- nada en modo alguno por ser esencialmente ajenas al sentido básico de estas nociones primitivas en el sistema de la narratología.
Sigo desfaciendo la maraña caballeril. En ningún momento digo que el libro de Hassan fue el ensayo fundamental de su acceso al posmodernismo -¿cómo saberlo si no estoy dentro de su cabeza como él al parecer dentro de la mía?- sino que su teoría -la de Rufo Caballero- se parece a la que ofrece el teórico norteamericano, no tanto por esquemática, no tanto por dualista, sino sobre todo por inconsistente y superficial. Cuando digo que Rufo, quien llama posmoderno lo que Vanoye llama moderno, esto es, narrativas complejas, abiertas, descentradas, etc., asocia "con Hassan, lo posmoderno a lo scriptible , es decir, lo aburrido, destructor del yo y de la cultura", Caballero señala falta de rigor. Pero esto de difícil y aburrido no lo pongo yo sino Barthes, autor de la dicotomía scriptible-lisible . (Dumas y Joyce, mencionados en la frase de Eco que constituye uno de los exergos de Sedición en la pasarela , pueden ser buenos ejemplos de esto: ¿no es Joyce, arquetipo de lo scriptible , difícil y aburrido, a diferencia del lisible Dumas?). Ocupado en la actualización de fuentes, en la novelería y la posmo-manía, Rufo olvidó El placer del texto y Sobre Racine . En cuanto a Benjamin las argucias de Caballero dejan intacto mi argumento. Una vez más es de lamentar que las precisiones que ahora ofrece para rechazar mi crítica no aparezcan en el original, en el que sí hay una mala lectura, como la hay, evidente, de Bajtín, señalamiento al que Caballero no se refiere en su réplica de más de cuarenta páginas.
Vuelve Rufo a su caballito de batalla: el par modernidad-posmodernidad. Vuelve la posmo-manía. Señala que mi enfoque -antes me había criticado el no tener yo uno- "es un enfoque diacrónico inmanentista, fundamentalista, que descubre en la modernidad el ábretesésamo de la Historia de la humanidad; y por lo tanto se limita a observar cualquier variación como un mero accidente en el decurso de esa hegemonía." Nueva mala lectura, ya que en Ligereza en la pasarela dejo claro que no se trata tampoco de absolutizar la perspectiva del moderno, sino de evitar la contraria, que es la de Caballero: si resistirse a ver a Dostoievski como una prefiguración de la narrativa posmoderna, si reconocer que Benjamin tiene que ver con la vanguardia y con un autor como Brecht antes que con el acercamiento posmoderno entre la cultura popular y la alta cultura, si reconocer que para Bajtín moderna es la época de la novela y la ironía, en la que sin duda vivimos, le llamemos posmoderna o de cualquier otro modo, es ser "fundamentalista", no hay remedio.
Caballero, que me acusa de "manipulación textual", manipula groseramente mis palabras con el objetivo de escamotear sus dislates. Así, afirma: "Reparemos en el tono didascálico con que nos dice que el posmodernismo "constituye un capítulo más de un proceso de largo alcance, cuyo jalón principal es acaso el romanticismo, y en el cual las nociones de libertad, subversión y autoconciencia son ganancias irrenunciables del arte." Mi párrafo completo reza: "En el fondo de semejante teoría de la posmodernidad está, creo, una falta de perspectiva histórica, el desconocimiento radical del sentido en que el posmodernismo - independientemente de factores específicos que no podrían soslayarse, de la existencia de una nueva "estructura de la sensibilidad", de elementos que aportan, indudablemente, una cierta originalidad al período contemporáneo- constituye un capítulo más de un proceso esencialmente moderno de largo alcance, cuyo jalón principal es acaso el romanticismo, y en el cual las nociones de libertad, subversión y autoconsciencia son ganancias irrenunciables del arte , conquistas que alimentan una energeia destructiva y autodestructiva, un horizonte esencialmente ambivalente en que el arte moderno, no ya en el sentido estrecho del modernism angloamericano, es más un antagonista que un ayudante, o en todo caso un crítico acerbo, del proyecto moderno fundado en el gran relato que ve en la humanidad el agente heroico de su propia emancipación por vía de la razón y el avance del conocimiento. Si bien absolutizar esta perspectiva de largo alcance impediría enfocar las especificidades del momento contemporáneo, absolutizar la opuesta, como hace Caballero, conduce a la inconsistencia y al error." (12)
Al citar selectivamente la parte que aquí he marcado en cursiva Caballero presenta como una aseveración dogmática sobre el posmodernismo lo que no es sino una idea relacionada críticamente con la teoría que propone Sedición en la pasarela . Pues lo que yo señalo es "el desconocimiento radical del sentido" en que el posmodernismo formaría parte de un proceso de largo alcance; no pretendo por tanto desconocer las especificidades del posmodernismo -como queda claro en la incidental entre guiones y la última oración del párrafo, frases que Caballero omite interesadamente-, sino llamar la atención sobre la falta de perspectiva que implica ver el posmodernismo artístico como una subversión básica de las supuestas convenciones cerradas del arte moderno, y de ver a este como parte del proyecto moderno -entendido en el sentido afirmado por la Ilustración como el triunfo de las luces y dominio del mundo por la razón, y criticado por Weber como la burocratización de la "jaula de hierro"- y no como su contraparte, su crítica o su reverso, desconociendo radicalmente la "negatividad" del arte moderno en la que Adorno puso todas sus esperanzas de resistir la enajenación de la sociedad capitalista.
Aburrido de tortuosas aclaraciones y larguísimas citas, de megalomanía, grafomanía y posmo-manía, paso páginas. Leo: "Después de todo esto, no cuesta mucho advertir que tras el tono paroxístico de Díaz, no había nada de fondo. Como no fuera la envergadura de la presunción." El siguiente epígrafe, titulado "Es fácil ser joven", me gusta. Ahora ya no soy yo el psicoanalizado, sino la generación a que pertenezco, grupo de muchachos tontos empeñados en "aniquilar a la generación anterior de críticos, de especialistas, en una suerte de darwinismo humanístico y oportunista que se toma demasiado a pecho aquello de que "en el reino de la cultura y del pensamiento cada producción existe no sólo para ganarse un lugar, sino para desplazar a otras, para superarlas." Poco, sin embargo, ofrece Caballero, quien había mencionado esto de la polémica generacional como uno de los argumentos a favor de la réplica, cuando por la "fragilidad teórica" de mi texto, "el carácter tardío de su aparición [y] el alcance provincial de la revista", debió haberlo obviado. Pero Rufo me decepciona esta vez, pues no menciona al resto de los miembros de mi generación terrorista, y en cuanto a la suya, sólo apunta que "somos eventualmente agredidos por la insolencia de quienes resultan de una política equivocada.", ya que nosotros, yo y mi fantasmal compañía, no somos tan culpables pues la política cultural y editorial vigente nos ha inducido a "creernos" cosas. (13) Actitud bien distinta a la asumida en su momento por él, Jorge de Armas y David Mateo, entre otros que no menciona, quienes a pesar de tener diferencias con los teóricos más reconocidos de los 80, nunca cayeron en el "ataque irrespetuoso" (14). ¿Por qué Caballero insiste en confundir crítica contundente con "ataque irrespetuoso"? ¿Por qué no se pregunta por un momento por qué no escogí libros de otros autores de la generación a la que los de la mía según él quieren estridentemente negar, Historias del cuerpo , de Victor Fowler, o El libro perdido de los origenistas , de Antonio José Ponte, por poner dos ejemplos recientes? ¿Por qué entender mis reparos a un libro de Rufo Caballero como un ataque a su generación y como negación injusta de lo valioso que esa generación ha aportado como conjunto? En verdad, de la generación en cuestión -los que comienzan a publicar a finales de los ochenta- no es con Caballero y los mentados por él, los tres básicamente críticos de arte, con quienes yo podría tener más comunidades y por tanto interés en matarlos como "padres". Más me interesa la obra de otros críticos y ensayistas que escriben sobre literatura o historia de las ideas: Alberto Garrandés, Víctor Fowler, Jorge Luis Arcos, Roberto Zurbano, Rolando Sánchez Mejías, Jorge Fornet, Antonio José Ponte, Pedro Marqués de Armas, Enrique del Risco, Rafael Rojas, Iván de la Nuez, Ernesto Hernández Busto, Emilio Ichikawa, por decir los nombres que ahora me vienen a la mente. A pesar de las diferencias que pueda tener con ellos, mayores o menores según el caso, no dejo de apreciar sus aportes ni de reconocer que la lectura de sus libros y ensayos ha sido importante en mi formación. Pero ocurre que no puedo decir lo mismo de Rufo Caballero: se trata, pues, de una crítica a él, no a su generación. No es que mi juventud me impida "la gracia de agradecer las revelaciones de los otros", sino que no puedo agradecer lo que no reconozco como tal.
Y llegamos a "los contrastes", esa carta que Rufo Caballero se ha guardado para el final. El contraste, desde luego, entre mi juicio desfavorable del libro y las opiniones elogiosas de más de una veintena de críticos, cineastas, escritores, etc. Saltando como diestro malabarista de la posmodernidad a la Edad Media, Caballero apela al argumento de autoridad. Lo dijo Aristóteles. Creí yo que estábamos en la modernidad, que mi crítica, por ser la crítica un derecho, se autoriza a sí misma, que cuando uno publica un libro lo pone a disposición del criterio ajeno. Pero no, Rufo Caballero cita a Humberto Solás, a Julio García Espinosa, a Fernando Pérez, a Raúl Pérez Ureta, a Enrique Colina, a Walfredo Piñera, a Frank Padrón, a Alberto Garrandés. Pero ocurre que ninguno de ellos, salvo los dos últimos y el primero, ha reseñado el libro. Lo que cita Caballero son los avales de su tesis de doctorado, que contra toda norma editorial y en otra muestra ostensible de su megalomanía, incluye en el libro publicado por Arte y Literatura. Inclusión ridícula que no creo tenga antecedentes en Cuba ni en ningún otro lugar. ¡Sí que es original Rufo Caballero! ¡Sí que hace aportes en Sedición en la pasarela!
Por otro lado, existe una diferencia entre estos avales y mi reseña crítica. Si ellos se limitan a decir que Rufo Caballero es brillante y riguroso, yo no me limito a apuntar lo contrario. Lo argumento. Señalo algunas deficiencias, para nada las únicas, del libro. No necesito ser crítico de cine para hacerlo, pues el blanco de mi crítica no es un aspecto accesorio del libro, sino su base misma, aquello a partir de lo cual el autor estudia el cine posmoderno. Pero a Rufo no le basta con citar extensamente lo que ya fue "obsceno" -vuelvo a usar la palabra, tomada de él y en ningún caso aplicada a la persona de Rufo Caballero- incluir en el libro, también añade otro argumento: Sedición en la pasarela obtuvo el Premio Anual de Investigaciones otorgado por el centro Juan Marinello en 2000. ¡Como si un premio -cualquiera que sea- garantizara la calidad de un libro, y de paso lo hiciera intocable, sagrado!
"Y en puridad la academia, el mundo de las humanidades, los demás ensayistas probados de este país, ¿dónde estaban, qué pensaron?", se pregunta Rufo, y vuelve a la carga: citas de Juana García, Magali Espinosa, Leonardo Acosta, Graciella Pogolotti, Enrique Saínz. Muy bien, pero: ¿cuántas veces se ha visto a la Fama pregonar inepcias por maravilla? Y la verdad es que me hago la misma pregunta que él: justamente el reconocimiento a un libro tan obviamente defectuoso, como antes las reseñas elogiosas de América clásica , avalado por un premio de más monta y sin embargo ensayo todavía más mediocre que Sedición en la pasarela , se me aparece como un síntoma inequívoco de la pobreza de nuestro medio crítico e intelectual, tantas veces denunciada por Caballero sin sospechar, en su sancta simplicitas , que es su obra un sin par ejemplo de ella.
Tanta es la presunción de Caballero que no sólo suscribe impúdicamente todos los elogiosos avales y reseñas, sino que llega al extremo de citar el prólogo que ha escrito Roberto Méndez a su próximo libro, aun inédito. (Sí que es prolífico Rufo, lleva ya como siete u ocho libros, pero Vargas Vila también escribió muchos y Malcolm Lowry sólo uno). Según Méndez, "los lectores de hoy debemos a Rufo Caballero la reinvención de la crítica, nada menos" Y añade: "Sólo encuentro un crítico cubano con una escritura comparable a la de Rufo: Guillermo Cabrera Infante, pero lo que en aquel termina por ser juego interminable de palabras al servicio de una obsesiva voluntad de estilo, en el autor de Sedición en la pasarela pasa por la voluntad de hacer filosofía y en última instancia ciencia, atemperada por el carnaval bajtiniano." Por cuanto debe sacarse en conclusión que Rufo Caballero, ocupado en la filosofía y la ciencia, es superior a Cabrera Infante, distraído en obsesivos juegos de palabras. Es tanta la distancia entre la gracia del autor de Un oficio del siglo XX y la pesadez del autor de Sedición en la pasarela , y hay tan poco de filosofía y de ciencia en este último, que no puedo sino soltar la carcajada. Ahora resulta que si no fuera por Caballero no tuviéramos crítica en Cuba, pues Cabrera Infante se fue del país en 1965. ¿Y dónde quedan -me pregunto- Cintio Vitier, José Prats Sariol y Jorge Luis Arcos, por poner sólo tres ejemplos de diferentes generaciones? Pero quizás Méndez se refiera exclusivamente a la crítica de cine. Aun en ese caso sigo preguntándome: ¿dónde está Ambrosio Fornet? Se me ocurre que Fornet es justamente lo contrario de Caballero: ha escrito menos libros de los que su talento le hubiera permitido, su estilo es certero y sencillo. Caballero, en cambio, es "más rollo que película"; sin dudas hubiera hecho las delicias de Fray Candil, autor de Grafómanos de América e implacable censor de gazapos; su estilo es vacuo y efectista. Ambrosio Fornet no llama a Milan Kundera, quien abandonó su país natal a los 45 años y quien rechaza incluso el título de escritor para reclamar sólo el de novelista, "filósofo franco-checo" (14). Tampoco llama al gran novelista Mario Vargas Llosa, autor de La verdad de las mentiras , ensayo brillante como suyo pero obviamente secundario en su impresionante obra como escritor, "sagaz filósofo" y "más certero como ensayista que como narrador". (15) Ambrosio Fornet no es poscrítico. ¿Quién negaría, sin embargo, que, estemos o no de acuerdo con él, dice más que Rufo Caballero, tiene más vista que él, es mejor como crítico y como escritor?
Y finalmente llego al último epígrafe de la dilatada réplica: "¿Para una poética del insulto adolescente?". Hay aquí un párrafo que me interesa comentar: "A propósito del hermoso testimonio de Saínz, he conocido que la fruslería del joven carcelero acaba de enfilarse contra el más reciente libro de Enrique, dedicado al estudio de la poesía de Virgilio Piñera, con un texto aun más abundoso y punzante que el dirigido a Sedición en la pasarela . Se ha disparado el nuevo enfant terrible de la cultura cubana, presunto desfacedor de entuertos, que siente puede hablar con propiedad lo mismo del cine posmoderno que de Orígenes o Ciclón , de Cintio Vitier y de Lezama. A las letras cubanas se les encima un armagedón que no tiene sentido de la medida. En algo no repara, lógicamente: en la abrumadora futilidad de su empeño. Las "pateaduras" que intenta propinar no resultan siquiera "rasguños" a la obra de intelectuales venidos no del acceso de iracundia sino del pensamiento calmo y sistemático. Con todo y los aleteos furiosos de Díaz, a la vuelta de otros diez años sin duda que estaremos Enrique Saínz y yo. Yo quizás tres veces más; Enrique diez. Para intentar lo contrario, Díaz, entre otras cosas, ha llegado demasiado tarde."
En primer lugar, Caballero no ha conocido por Enrique de ese texto mío, aun inédito, del que habla, y además sé de sobra que lo ha leído (¿cómo sabe que habla de Lezama y de Vitier si, según dice, es un ataque al libro de Saínz?) y que intentó arteramente usarlo para poner a Enrique en mi contra como pretende ahora. Además, es falso que se trata de una crítica del libro de Saínz. Es un texto sobre La isla en peso , que incluye algunas reflexiones sobre la polémica en torno a La poesía de Virgilio Piñera: un ensayo de aproximación , y donde en algún momento le hago al libro de Saínz algunos señalamientos, como también me opongo a ciertas afirmaciones de Jesús Jambrina sobre aquél que creo equivocadas. No se trata en modo alguno de una reseña "punzante" del libro de Saínz, al que, más allá de las diferencias, estimo mucho más que a un libro como Sedición en la pasarela . Además, se trata en este caso de un texto que ha sido el germen del libro sobre Orígenes en el que trabajo por estos días -ya que Rufo se cita y se recita, y habla sin pudor de sus libros, espero me permita este comentario-, esto es, a diferencia de mi reseña del libro de Caballero, este ensayo, titulado Más sobre La isla en peso y algunas disputas domésticas , no está al margen de mi trabajo actual como ensayista sino en su centro mismo. Pero en todo caso, ¿no encuentra Rufo Caballero otra razón para disentir que la malsana voluntad de desacreditar a los autores? ¿Por qué no puedo criticar la base teórica de un libro sobre cine posmoderno y escribir también sobre Orígenes o Piñera? ¿Es eso un campo tan amplio? ¿No ha escrito él mismo sobre cine posmoderno, artes plásticas y sobre la novela de Dulce María Loynaz? ¿No ha escrito Garrandés sobre Jardín , sobre cuentística cubana y sobre Joyce o Beckett? ¿No escribe Fowler sobre cine, literatura, plástica y cultura en general? Pero claro, la respuesta de Rufo es sabida: la juventud. Mis supuestos veintidós años -que son veinticuatro: de 1978 hasta ahora son 24 para 25, ¿o deberá Caballero volver a la primaria?- me lo impiden. Se trata, para él, de algo que me desautoriza por completo a la hora de hacer una crítica o abordar un tema. Es mi juventud, reitera Rufo en su monótono ritornello , lo que me hace ver el error y la contradicción donde no hay sino "la riqueza de la complejidad y la disidencia."
Pero el párrafo merece igualmente comentario, por cuanto su contenido desborda ampliamente la réplica a mi reseña de Sedición en la pasarela . Después de augurarme generosamente que yo también estaré, como él y Enrique Saínz, de aquí a diez años, cuando haya superado mi iracundia juvenil y aprenda a valorar a los maestros, escribe Caballero que debe ser "sin zancadillas a destiempo, sin golpes bajos fuera de lugar." Y añade: "Yo por lo menos quiero esperar algún fruto del autor de Mañach o la República (por cierto, ¿dualismos?), libro que acaba de ser premiado bajo una espesa bruma de comentarios y dudas, en tanto Díaz, según el jurado convocado a la última edición del Premio Alejo Carpentier, supera de momento a grandes ensayistas como Alberto Garrandés y Margarita Mateo. En lo particular nunca dudé de ese premio; no voy a hacerlo ahora. No sólo por la seriedad del jurado, sino porque prefiero imaginarme el talento de Díaz levantando la imagen de un gran escritor como Jorge Mañach antes que empequeñeciéndose en esgrafiar, entre la mugre del resentimiento, un túnel de penumbra y cierre sobre la luz de los demás; sobre el intenso y sereno fluir del río caudaloso."
Finalmente sale a relucir la espinita clavada. Por un lado afirma Caballero que no dudó del premio pero por el otro suscribe tácitamente los "comentarios" y las "dudas" pues, según el jurado, yo supero como ensayista a Alberto Garrandés y a Maggie Mateo. Aquí Rufo Caballero, por primera vez en cuarenta páginas repletas de megalomanía, hace gala de cierta modestia. No se incluyó él mismo, merece por ello un aplauso. Pero puedo imaginarlo exclamando, rabioso y compungido: "¡Me quitaron el Carpentier!". No Garrandés o Maggie Mateo y Luis Álvarez, Roberto Méndez o Mayerín Bello, ni ninguno de los demás concursantes, sino él, el super-crítico, es quien fue despojado. Ahora bien, me gustaría recordar, en primer lugar, que el Alejo Carpentier no es un concurso de ensayistas, sino de libros de ensayo, por lo que el jurado no ha dictaminado que supero como ensayista a los que Rufo menciona, que por mi parte considero si no grandes sí buenos ensayistas -como se ve, Caballero tiene el elogio más fácil que yo, pero sus elogios a menudo remiten al pro domo suo , están contaminados por su megalomanía, lo cual los hace sospechosos de hipocresía (16) -, sino que Mañach o la República merecía el premio por sobre los otros libros presentados.
Ya termino y aun me ronda la pregunta: ¿Por qué ver como un "golpe bajo" un comentario crítico como Ligereza en la pasarela , que no contiene la más mínima alusión personal? Y esto, en notable contraste con la airada respuesta de Caballero, esta sí llena de improperios de todo tipo. Pues el del golpe bajo no soy yo, sino él, quien ha llegado al extremo de escribir una carta donde, como colegial ofendido en el recreo quejándose a la directora de la primaria, denuncia ante las autoridades culturales el "amarillismo intelectual" de la revista Extramuros . ¿No sabe Rufo Caballero que los redactores de las revistas no se comprometen con las opiniones de los colaboradores? ¿Qué revelan esa carta fuera de lugar y estas cuarenta páginas repletas de insultos? Me parece claro: que el coloso tiene los pies de barro, que como el rey de la fábula está desnudo . Y es que este Caballero se ha puesto en evidencia; antes que mi oponente, ha sido mi colaborador al mostrar de modo tan ostensible sus patéticas manías; en vez de ridiculizarme, ha quedado él mismo en ridículo. Pero quizás sea mejor seguir sus consejos: sentarme a esperar diez o veinte años hasta superar la juvenil limitación que me aqueja. Quizás entonces Rufo Caballero haya publicado un libro que sea una "revelación" que yo pueda "agradecer" con una sonada apología. Finalmente, sólo le pediría que despejara una curiosidad que no me deja dormir: ¿en qué prestigiosas universidades del mundo han adoptado Sedición en la pasarela como un documento de consulta? Aguantando otra vez la carcajada espero ansioso su respuesta.
Notas:
1.- Ligereza en la pasarela , en Extramuros , La Habana, diciembre de 2002.
2.- Destaca en este libro una extensa parrafada sobre la insularidad que tiene su lugar asegurado en cualquier futura antología cubana del kitsch. Caballero escribe frases como estas: "La isla es la dramática asunción de la metamorfosis, de la mutación como transitoriedad que no comercia, que se asienta [.] La isla es el sufrimiento de la traición y la festividad irresponsable que mira con sorna el asedio de las aguas, maldita circunstancia y bendita coyuntura, donde las almas aprovechan y crean hermosos alegatos sobre el placer imperfecto de las tensiones entre agua y continente, entre contingencia y perspectiva, entre horizonte y barrio, entre marina y catedral, entre malecón y barrio propio [.] la isla es la compasión ante la tragedia de no tomar un auto, o un tren, e irse uno a la porra." Si Piñera leyera esto, ¿no aprendería de súbito las "reglas del boxeo" -las que, según confesión propia, le faltaron en su legendaria pelea con Lezama en el Lyceum- y le daría una zurra a nuestro kitshman ?
3.- Unión , La Habana, oct-dic, 1999, p. 61.
4.- El idilio del pájaro amargo y su dulce relator , en La Gaceta de Cuba , La Habana, marzo-abril, 1996, p. 57.
5.- Sedición en la pasarela , Arte y Literatura, La Habana, 2001, p. 42.
6.- América clásica (un paisaje con otro sentido) , Ediciones Unión, La Habana, 2000, p. 67, n. 49.
7.- No se trata de problemas exclusivos de Sedición en la pasarela . En América clásica leemos: "En la cultura artística repercute pronto un proceso de concatenaciones epistemológicas que había sido observado por la culturología ocupada de la condición posmoderna. Si Foucault advertía de la muerte del hombre; Baudrillard, del deceso del sujeto; y Barthes, de la consunción del autor, esas cesuras derivan en el desvanecimiento del mito del estilo y la originalidad, como raigal ruptura del aura que Benjamin había entrevisto cuando relataba la desactivación de la distancia en favor de la diferencia." (p.91.) ¿No reduce Caballero el pensamiento de Foucault, Baudrillard y Barthes a "culturología ocupada en condición posmoderna"? ¿No es esta reducción inaceptable?
8.- Rufo afirma no sólo que recién leí a Heidegger y a Nietzsche, sino también que no sé "absolutamente nada" de cine y que "la historia del arte" no es mi "fuerte". No digo que lo sea pero sí que no es el suyo tampoco. ¿Cómo, si él sabe tanto de arte, comete el error de asociar lo clásico con el realismo? Caballero afirma en América clásica que otra de las connotaciones del término clásico "tiende a relacionarlo con la analogía y la semejanza en el sentido de la trabada interdependencia lenguaje-mundo: de ahí que en no pocas culturas lo clásico se asocie al verismo, la eficiencia de la reproductibilidad, e inclusive, el realismo , noción que introduce otras complejidades"? (p.30). ¿De dónde ha sacado esta asociación clasicismo-realismo? ¿No sabe que es por el contrario el barroco el que puede asociarse al realismo, que tanto en la Antigüedad como en Época Moderna el paso de lo clásico a lo barroco ha significado siempre una ganancia en la representación de "la realidad"? Debe aprender Caballero que el arte clásico griego, por ejemplo, es estilizado y representa tipos ideales, mientras que el arte helenístico con sus barroquismos es mucho más "realista". Recuerde Rufo a la vieja en el mercado y al niño con la oca. Otro tanto podría decirse del arte clásico del Renacimiento y el barroco del siglo XVII.
9.- Sedición en la pasarela , p. 39. Cursivas de R.Caballero.
10.- ¿Qué es un autor? (1969), en Textos de teoría y crítica literarias. (Del formalismo a los estudios poscoloniales ) , compilado por Nara Araújo y Teresa Delgado, introducción de Nara Araújo, Editorial Félix Varela, La Habana, 2003, parte 1, p. 261.
11.- Ligereza en la pasarela , en Extramuros , La Habana, mayo-diciembre, 2002, p. 42.
12.- Una aclaración con respecto a aquello de que "cualquier debutante que ha oído un par de cascabeles pasa por el teórico de turno." Si esto es una referencia al premio Carpentier y a Ligereza en la pasarela , tengo que recordar que esta reseña fue escrita mucho antes no ya de obtener el premio, sino de terminar de escribir Mañach o la República , que por lo demás no pensaba entonces mandar a ese concurso. Los editores de Extramuros pueden dar fe de que el artículo fue entregado en mayo de 2002, sólo que apareció casi un año después debido a las dificultades por las que atravesó la revista.
13.- A propósito de uno de los teóricos que menciona Caballero, Desiderio Navarro, recuerdo un texto de este, El etnos cubano y su cultura. Anatomía de un "nuevo enfoque" -publicado en El Caimán Barbudo , La Habana, no. 207, febrero de 1985, y no. 213, agosto de 1985, y recogido luego en su libro Ejercicios del criterio (Ediciones Unión, La Habana, 1988)-, que es una crítica acertada, demoledora y pormenorizada del libro de Jesús Guanche Procesos etnoculturales de Cuba (Letras Cubanas, La Habana, 1983), también originalmente un doctorado -o "candidatura", como se decía entonces- y avalado por el prólogo del reconocido etnólogo Argeliers León. No creo, sin embargo, que al autor criticado se le haya ocurrido reducir la crítica de Navarro a motivos personales o apelar a los avales y al jurado que aprobó su tesis, ni que Navarro haya sido acusado de "terrorista", "dogmático" o "intolerante".
14 - Rumores del cómplice , Letras Cubanas, La Habana, 2000, p. 74, n. 9.
15.- Ibídem. Lo de "sagaz filósofo" en p. 38, n.2; la otra cita en p. 39, n. 5.
16.- Un buen ejemplo de esto es la reseña sobre Indagaciones , de Enrique Saínz, que Caballero publicó en La Gaceta de Cuba , La Habana, sept-oct, 2000, p. 58. La reseña comienza: "La madurez suele estar en la comprensión de que lo bueno no es necesariamente lo que coincide con uno. Acabo de leer un libro que yo no hubiera escrito jamás, pero que me parece bien, muy bien." Caballero no puede limitarse a comentar el libro de Saínz sin aprovechar la ocasión para poner de relieve su propia "madurez", que le permite a él, crítico exaltado, admirar al sereno Saínz.