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La miseria
Carta abierta a Jorge Luis Arcos y Enrique Saínz
Revista Unión
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Señores Arcos y Saínz:
¿Conocen ustedes a alguien llamado Rufo Caballero? No podrían reconocerlo, porque no existe. Acaban de invisibilizarlo. Rufo Caballero no existe: todos sus libros son horrendos; sus artículos y ensayos, intransitables, al punto de que el ser a quien hemos cuando menos leído durante años, no existe. Es una invención de nuestro pesar.
Un joven alquimista consiguió la desaparición, con un artículo imposible, titulado Las tres manías de Rufo Caballero .
¿Por qué imposible?
Porque carece del menor matiz, porque la exasperación del articulista lo conduce a borrar cualquier proporción en el análisis, y porque sencillamente no puede existir alguien a quien no le alcance ninguna vida para pagar su necedad. Ah, cuánto tenemos que agradecer a esta nueva entidad reveladora, duende esclarecedor. Tal es el apremio por borrar a Rufo Caballero del mapa, de este mapa, que si en su primer artículo el duende reconocía -ciertamente muy de pasada-, un par de virtudes en el ensayista, ahora nos aclara, en un súbito de franqueza, que aquello era hipocresía. Que todos los campos del odio no bastan para castigar a la vergüenza de esta ínsula.
En realidad me he divertido a mares con el texto del duende; siento que la definición de las tres manías le ha quedado estupenda. Y otra baza para su escozor: ninguna de las tres me molesta. He gozado con la gracia que sin duda tiene este muchacho para zaherir, para pretender el confinamiento a los campos del olvido. Es una pena que él nada decida, porque lo tiene todo muy claro. En su despedida pop, de un grotesco banal, entre carcajadas contenidas aguarda por esta respuesta: una carta sin la menor aspiración académica, en tanto el caso ha dejado de merecer toda gravedad, y porque el tiempo es oro.
El duende termina su diatriba entre carcajadas retenidas, y el lector concluye con una sonrisa desplegada. ¿Por qué? Porque el artículo no logra el efecto acumulativo que pretende, demuele y demuele, y sin embargo en el resultado se transparenta que el propósito de descaracterizar pesa más que la argumentación. ¿Cuál es la causa de esta nulidad al término de la lectura?
Se advierte fácil que la discusión carece ya de sentido. El duende maravilloso espera nuevos insultos de mi parte; yo, nuevas gracias de la otra; él, nuevos insultos, y así hasta no sé qué punto que la revista Unión no sabría muy bien cómo demarcar. El sujeto de Las tres manías... no somos Sedición en la pasarela ni yo, sino el insulto, su aire, su alcance, su facultad demoledora. En algo el duende tiene sin embargo razón: ¿qué podía esperar yo, si mi anterior texto, Contra el inmanentismo fetichista , era también pleno de insultos? ¿A dónde nos ha conducido un diálogo mediatizado todo el tiempo por la irracionalidad del insulto?
A una banalidad que todo lo hiperboliza, lo exagera, con tal de subir la parada. Aquí el duende objetará que no, que no es el insulto, sino que él piensa todo eso y mucho más, etc., etc.; ya vamos conociendo la índole de sus reacciones. Cuando no puede ser más claro que luego de mi respuesta se zambulló desesperadamente en mis otros libros, descontextualizó frases, intentó encontrar nuevos indicios para la hazaña de desprestigiar la totalidad de una obra (el duende es un héroe), en fin. (1) Ambos hemos insultado -y el duende continuará en ello, qué duda cabe-, pero se percibe una gran diferencia: mientras él es feliz en tierras del insulto, se realiza allí; yo, esencialmente, descreo de él. Antes de entregarnos a esa, la médula de esta carta, quiero aclarar brevemente un par de cuestiones, de naturaleza ética, que el bello ángel fabulador ha puesto también en duda.
No me veo en ningún lugar la "espinita" clavada por no haber ganado el premio Alejo Carpentier. Tal consideración es particularmente antojadiza, cuando fui yo quien mantuvo una de las actitudes más naturales de entre todas las que se escucharon de parte de los finalistas. Después de ganar ampliamente uno de los más prestigiosos premios de la lengua -aun cuando el duende afirme que incluso Jean Franco y Carlos Monsivais se equivocaron, desde luego-, (2) la participación en el Alejo Carpentier supone una rutina. No sé si conocen, Arcos y Saínz, que mandé a ese concurso porque fui expresamente "invitado", puesto que la convocatoria cerró sus fechas, y no me había percatado del tal concurso. Desde que se me invitó, expresé que no veía un libro como el que acababa de escribir, sobre el cine negro nada menos, en un certamen como el Alejo, que prioriza discernimientos vinculados con la cultura cubana. Se me insistió y envié el libro; pero, honestamente, nunca conté con ese premio. Sí pensé que lo ganaría mi amigo Alberto Garrandés, que mandó un volumen con inquietantes relecturas de zonas muy singulares de la literatura cubana.
En esta ciudad se sabe todo antes de que ocurra, ello hace parte de su fatum. Siempre me llegó, casi con la misma noticia del premio para Mañach o la República , la argumentación de que el jurado, que había sido muy deferente para con los libros de Alberto y mío (y no sólo), apreciaba sin embargo que Mañach... , a más de estar bien, aportaba la primera monografía sobre un hombre y un escritor que andaba reclamando ese detenimiento hacía mucho tiempo. (3) ¿Por qué iba yo a pensar que la decisión era injusta? La información me llegó siempre matizada, y no hice el menor comentario al respecto; si bien es cierto que escuché tribulaciones muy complicadas. No obstante algunos lauros y eventos pueden devenir índices elocuentes sobre el valor cultural, no acostumbro a tomar demasiado en serio los fallos de los jurados, cualesquiera sean. Los premios son loterías: si los ganas, celébralos; si pierdes, olvídalos. He sido jurado muchas veces y soy consciente de la cantidad de condicionantes que intervienen en una determinación, sólo en contadas oportunidades absolutamente relacionadas con los elementos técnicos.
En otro desorden, el duente remite una de mis simpáticas manías, la megalo, a la idea de situar en el libro las opiniones sobre la condición de tesis de doctorado que en su día le asistió. Cuánto lamento que el duende no pueda disponer de esta otra "evidencia": la tal iniciativa por supuesto que no me corresponde. Cuando la tesis se llevó al formato de libro, la editora, que hizo una labor extraordinaria con Sedición en la pasarela , me pidió aquellas referencias para extraer tres o cuatro frases con vista a la contracubierta del volumen, como es costumbre. Pero durante la lectura de las más de veinte consideraciones, se entusiasmó con la robustez de los criterios (esa macicez que sólo ante el duende parece superflua), y decidió abrir una sección de Valoraciones; idea que me pareció bien, no tenía por qué ser de otro modo.
El duende desprecia la certeza de que allí donde él se prodiga al odio, otros agradecen.
Si combinamos lo que representa Sedición en la pasarela con lo que el duende ha querido de ella, tenemos que, como mínimo, cuatro ángulos, interrelacionados, deben tomarse en cuenta:
los análisis de cine
la interpretación de la dinámica modernidad-posmodernidad
la repostulación de dos categorías fundamentales en la ascendencia y la historia de la narratología
"misceláneas" conceptuales o sección duanelesca de cantinfleos y galimatías.
De los cuatro rubros, sólo en el c, creo que el duende tiene cosas de interés que silbarnos. Me explico.
Los análisis de cine, ocupando el ochenta o noventa por ciento del volumen temático del libro, han sido todo el tiempo despreciados por el duende. Ese desconocimiento no impide, en absoluto, que el polemista asegure que el libro es terrible. Ya lo dije, el duende es un héroe. En cuanto a la tensión modernidad-posmodernidad, como toda interpretación, puede discutirse; pero como mínimo, debe respetarse el juicio del otro. Nuestro polemista, empero, allí donde aparece la menor diferencia, la tacha de error, porque, siendo que critica tanto el pensamiento dualista, todo lo ve a tenor del par acierto-error, con lo cual simplifica bastante la enorme variabilidad de interpretación que despierta un fenómeno como este. Ni el posmodernismo ni el cine, centros de Sedición en la pasarela , son sus temas, lo que no quiere decir que no pueda escribir sobre ellos; pero cuando uno escribe sobre lo que no sabe, o sobre aquello en lo cual no se ha especializado, debe observar otra mesura, cierta cautela. Digo yo.
Sobre la repostulación de categorías, si desbrozamos su sarta de insultos, en algo tiene razón: al tratarse de una formulación personal, debí ser más explícito, colocar alguna nota al pie, que aclarara la afiliación del autor, entre más de una posibilidad etimológica. Esa necesidad me parece que se relaciona sobre todo con el nuevo alcance de diégesis, y no tanto con el de sujet . Si en tiempos del formalismo, sujet emerge para designar la construcción, las manipulaciones del autor (pausas, digresiones, analepsis o prolepsis, paralepsis o paralipsis, etc), he considerado que en tiempos de una narrativa prevalentemente posmoderna, cuando muchas veces el autor transfiere la hegemonía alusiva a la interactuación de las voces dramáticas (en el libro analizo los ejemplos de Casino , Goodfellas , Los amantes del círculo polar , etc.), la categoría podría referirse entonces a la construcción dinámica, al diseño interno de ese tejido vocal, con toda su complejidad contemporánea, y no ya, exclusivamente, a los resortes de la supraconstrucción autoral. Esa es, en suma, la propuesta que hago en el pórtico de Sedición en la pasarela ; que después aplico a decenas de casos cinematográficos, desde una congruencia de instrumentación que refrende la claridad de la ampliación categorial. El lector de un libro especializado como Sedición en la pasarela , tiene que conocer, al menos de referencia, los aportes primordiales del formalismo ruso, es obvio. No me explico por qué nuestro travieso duende exige (al margen de que cuente con todo el derecho a que no le convenza la propuesta de reformulación misma) que en la letra tenía que aparecer la genealogía de la que parte la nueva idea.
En el caso de diégesis, (4) no se trata de que se tomen en cuenta los patrones del narratario en el texto, cosa pueril, absurda incluso, sino del narratario "afuera"; y aquí surge entonces un interrogante de otro alcance: ¿nos circunscribimos a la ortodoxia que marcó Prince cuando estableció que el narratario tenía que existir en el texto, como una criatura de papel de la misma especie que el narrador; o escuchamos otras voces que han criticado la estrechez de ese criterio? En mi respuesta explico que la crítica feminista de la narratología, la que cada vez pasa más al cuerpo mismo de la ciencia, reclama constantemente la necesidad de que los análisis narratológicos tomen en consideración al lector o al espectador, pues ya hoy la lectura de narraciones que apenas incorpora la condición y la cualidad de la recepción, la que se ufana de los entresijos del artificio estructural, no guarda mucho sentido. Menos en el caso del cine, donde el narratario de papel resulta bastante menos frecuente que en la literatura, dadas las cambiantes expectativas y circunstancias de recepción; y por ello, las tipologías de Genette, digamos, devienen a ratos ociosas o poco útiles. De ahí que la proposición de apertura que lanza la crítica feminista de la narratología resulte particularmente funcional para el cine. Eso sí, debí enfatizar la acepción con que estaba operando; en esto le asiste la razón al crítico, teniendo en cuenta que la concepción de Prince está más extendida. (5) Sobre todo esto hubiéramos podido sostener un diálogo muy interesante, en torno a las peculiaridades de la narratología según las manifestaciones y los soportes, pero Duanel corta ese tipo de intercambio cuando grita a los cuatro vientos que se trata de meros disparates. Disparates, llega a usar esa palabra tan ofensiva, como si todo, polémico o no, no estuviera pensado, interiorizado, discutido en el espacio de la academia.
En general pienso que en su primera fase como investigador y ensayista, Duanel permanece demasiado apegado a la literalidad de las fuentes, como una tiranía que no deja sitio al sentido creador con que se absorbe la teoría. Eso no es "novelería", otra de las irrespetuosidades con que arremete. El investigador tiene que intentar resolver los desafíos que su área temática le expone, y Duanel bien conoce que la narratología fílmica no se encuentra en el mismo nivel de desarrollo categorial, con las precisiones y subdivisiones internas que puede ostentar la literaria. Tal estado no ha de llevarnos sin embargo a la parálisis o al trasvase mecánico de la narratología literaria a la cinematográfica, hasta el punto en que yo me ponga a inventar narratarios de papel allí donde el cine los ofrece tan poco. Repito, porque esta idea me parece clave, que Duanel tiene todo el derecho a que esas soluciones categoriales no le satisfagan, hubiera sido muy interesante escuchar incluso proposiciones suyas al respecto, como parte de un intercambio de criterios profesional y respetuoso; pero allí donde un libro se aparta en algo de la letra leída en los clásicos o sencillamente en los manuales de la disciplina, no hay que gritar que error o disparate. Por favor.
Otro tipo de discusiones me parecen ya menos pertinentes. Aunque no quiero salirme de la cierta serenidad que está marcando esta carta, no puedo menos que referir el chiste que rueda ya por ahí, alrededor de los galimatías que arma Duanel para refutar el adentramiento en la problemática de la muerte del sujeto.
El otro día escuché el siguiente diálogo: "¿La muerte del sujeto con la mano derecha? Inaceptable. ¿La muerte del sujeto con la izquierda? Inadmisible. ¿La muerte ambidiestra del sujeto? Tendrías que definir lo ambidiestro: ¿qué es?, ¿la muerte misma, o el sincronismo gestual de las dos manos al explicarla? No. Hay veinte posibilidades de fundamentar la muerte del sujeto; diecinueve son erróneas, una es cierta, la posee Duanel, y todavía no la conocemos". Creo, sinceramente, sin una pizca de ironía, que Duanel debería cuidarse de que se piense que no otra es su visión del conocimiento y del rigor cultural. A menudo dice que no se acaba de comprender el punto de privilegio de una discusión consigo; y cuando llega ese momento, se trata de una futilidad o un detalle.
Habría un par de cosas más que destacar, lo haré sucintamente, porque quiero hacer otra historia, más esencial. Una, la comparación que emprende nuestro caro ángel entre la cierta disputa conceptual que hemos sostenido, y la crítica que años atrás escribiera Desiderio Navarro contra un ensayo de J. Guanche. No voy a abundar por razones de pudor, pero me parece una alucinación en todos los niveles. En todos. No me importa la posible comparación de que soy objeto (todo en tierras de Duanel pierde el límite); pero la cierta homología con que sueña el duende, respecto de la flamante erudición de Desiderio Navarro, acaba de depositar este ingrato asunto en campos del delirio. Y luego, simplemente decir que en ocasiones el duendecillo retozón se comporta como el inglés que se ríe de sus propios chistes: opina que cuando pienso que soy emotivo, resulto kitsch, y señala, por supuesto que fuera de contexto, justo el segmento que la crítica que ha tenido El canto del quetzal subraya como de mayor valor literario. A menos que el duende se tome por la medida de todas las cosas, algo totalmente probable.
No sé por qué me acuerdo ahora de una tarde cualquiera, unos años atrás, cuando Antón Arrufat presentaba un número de Revolución y Cultura . Entonces señaló: "...y podrán llegar al final de este ensayo, los que puedan con la prosa culterológica (sic) de Rufo Caballero".
A unos días de que el ángel publicara su primera crítica, conversábamos por teléfono Arrufat y yo, y aquel me confesó, con denodada frontalidad, lo que sigue: "con todos los errores y desvaríos de Duanel, (6) yo estoy de su lado. No es que lo consienta; es que lo que está haciendo con usted era absolutamente necesario, porque usted se estaba convirtiendo en un intocable. Había que demostrar que era vulnerable. Yo estoy a favor no sólo de la crítica negadora, sino hasta del insulto. Pienso que el insulto debe existir, que es necesario". Preposiciones más, menos, eso dijo Antón Arrufat.
Para nada el entusiasmo denostador del duende se debe a un programa externo. Es claro que él se manda y se zumba, y su furia puede sostener una guerra continental, un diluvio, el terremoto pasional del más magno bolero; el caso es que la noción de Antón Arrufat está deviniendo nociva para la cultura cubana hace muchos años. El insulto no constituye un valor, como no lo representa el ditirambo. La crítica no es buena o mala en la medida en que halague o ataque, sino en razón de la envergadura de su lucidez y su fundamentación; de su esclarecimiento de fenómenos. Una cultura no se hace del oficio de demoler, sino del arte de conformar; de articular un cuerpo de explicaciones del mundo. Ese tipo de cabildeo en pos de la trituración, que fascina a Arrufat (hay que leerle los ojos, cuando se avista la sola posibilidad de la devaluación del otro), es por otra parte propio de un mundo ajeno al refinamiento cultural y la distinción del diálogo. En otras partes un intelectual quiere ofrecer otra interpretación sobre un fenómeno que antes ha ocupado a un colega, y por lo general resuelve la oposición con una nota al pie, en donde se deja fe de que fulano de tal ha ofrecido otras respuestas a un asunto similar... Pero aquí no, la miseria genera miseria, se arma el sal-pa'-fuera a la más mínima oportunidad, y la ira se echa a rodar como el más asolador de los ciclones tropicales. Todo esto hace parte abundosa de la felicidad de Antón Arrufat (y no sólo, pero a otros los conozco menos) y, muy lejos de la pretendida diversidad de criterios, produce un estancamiento de la frondosidad, la naturalidad y la riqueza genuina con que debe fluir la cultura. Porque la lucidez es hija, queramos que no, de la meditación calma; en lo que el insulto viene de las hormonas y del talante. Una cosa es el nervio y el pulso de la escritura; el vigor, la intensidad de cuanto se escribe, y otra la fogosidad enceguecedora que el odio y el insulto reportan. Total, pasan los meses, y un buen día Arrufat se levanta menos divo, te dice que "nada de eso tuvo la menor importancia": ha sido feliz con el insulto pasajero como con el orgasmo fugaz; su credo de demolición, un extraño "ethos" que vive como patología, ha triunfado siquiera en el viento.
La primera crítica de Duanel fue escrita entre insultos (aunque él lo niegue); mi respuesta fue escrita entre insultos (aunque yo lo niegue); la respuesta de Duanel fue escrita del insulto (ídem). Aun cuando es claro que ninguna estación de este desencuentro reviste el rango de caricatura alcanzado por el último interés del polemista en arañar todos mis libros, si desde el inicio hubiéramos dialogado de otra manera, Antón Arrufat se hubiera aburrido mucho, pero esto no sería hoy el despampanante sainete que es.
Como a mí esos géneros de emociones fuertes no me atraen, el final de esta carta tiene la intención de enfatizar que me retiro del espectáculo. Me salgo de esta historia, y no contestaré más, sea cual sea la respuesta de Duanel Díaz. Tal vez el comentario más generalizado ahora mismo en los círculos culturales habaneros sea que Duanel, como la planta parásita, está utilizando mi nombre en el lugar del tronco que le permite enredarse y subir. (7) Primero, aunque no pueden ser mayores las evidencias de que no fatiga en el propósito de enredarse, me parece entrever que no lo necesita; luego, se trata de una manía condenada al fracaso, pues a fin de cuentas, como sentenciaba Descartes, "la enredadera no llega más arriba que los árboles que la sostienen".
No sigo prodigándole a Duanel la posibilidad que todavía la vida no le ha dado: cuando hablen por él no sus insultos sino sus libros, es posible que continuemos dialogando. Por ahora, el lector quedará suspendido en el monólogo inacabable de quien se muerde la cola de la desesperación. (En cuanto a las universidades, ya no puedo concederte la relación, querido, porque desde que todas esas instituciones conocieron la sola existencia de tu crítica, lo mismo en Tulaine que en Madeburg, en Buenos Aires que en Los Andes, retiraron de sus fondos, inmediatamente, Sedición en la pasarela . Tú sí eres muy importante, querido; quién lo duda).
Hora es de que yo recuerde el viejo aserto: "El viento puede soplar muy fuerte, pero la montaña no lo reverencia".
Rufo Caballero.
Notas:
1.- En la denigración total faltan textos cardinales. Por ejemplo, se ha estimado que con todo y su brevedad, mi ensayo de introducción a Tántalo frente al estanque , el libro que interpreta la pintura de Arturo Montoto, se cuenta entre lo mejor que he escrito. Lánzate a él, campeón; tú puedes desvirtuarlo. Tú lo puedes todo.
2.- La gradual demostración de una tesis, respondiendo a unas bases donde la vastedad del conocimiento referencial y el manejo amplio de las fuentes comportaba uno de los rubros a estimar, termina siendo para la turbia mirada del duende, que todo lo ensucia, mera concatenación de citas que llenen páginas. (Cf., entretanto, Antitético paisaje de la América Clásica , comentario de Magali Espinosa en Artecubano , no. 3 de 2000). Pero además, su habitual pensamiento excluyente, sólo encuentra razones para asociar el realismo al barroco; jamás para vincularlo al clasicismo, y se detiene en algún ejemplo escolar. Este tipo de desplazamiento asociativo depende de la axiología que se movilice; sobre lo uno y lo otro podríamos conversar largamente, si las groserías del duende no me hubieran extirpado todo interés en el diálogo. Ya no me importa lo que piense, lo que excluya, lo que estigmatice.
3.- Luego he tenido testimonios de personas que han accedido a Mañach... y alegan que no se trata de un buen libro en modo alguno; aducen evidentes contradicciones internas, una sospechosa contemporaneidad de las fuentes, como si el ensayista no hubiera viajado al Mañach de fondo, vivo en toda la horizontalidad textual de su obra, etc. No descarto que los reparos hagan parte del cotilleo suscitado por nuestra polémica. Presto como está siempre a segundas intenciones, no va a creer Duanel que leeré su libro sin prevención alguna; espero que librado el ensayista de su lado oscuro, pueda conceder una lectura gustosa. (Veremos que a esto le llamará hipocresía, pusilanimidad, etc, etc).
4.- Ya sabemos que Duanel suscribe las definiciones sólo si las ha leído antes en los textos "elementales" de la disciplina. No sé cómo puede suscribir entonces, a la altura de 2003, la noción de diégesis como "historia", según el superado planteo de Genette en Figures III . Ya en Noveau discours du récit el propio Genette refiere la diégesis como el universo espaciotemporal en el que se desarrolla la historia, y de ahí en adelante han sido varios los teóricos que han precisado y sutilizado el concepto. Se habla de "circunstancias de narratividad" y, en el caso del cine, criterio de la puesta en escena al hacer fáctica la historia, al graficarla o visualizarla -en suma, al representarla. En cualquier diccionario reciente se lee que la diégesis atañe al mundo posible (Eco) "que encuadra, valida y confiere inteligibilidad a la historia". Cuando se alude a inteligibilidad se incorpora obviamente la dimensión pragmática que tanta falta hace a la narratología estrictamente textual. De ahí pues que el criterio de reconocimiento (grados de intensidad, saturación, legibilidad) apele a los patrones, expectativas y niveles culturales del receptor. Aunque pudiera partir de mi sistematización de los estudios, por qué no, esto, como se ve, ni siquiera lo digo yo.
5.- Prince había sido muy enfático en cuanto a la presuposición del narratario en el texto ("el lector de una ficción en prosa o en verso no debe ser confundido con el narratario de esa ficción; y si sucede que el primero se parece asombrosamente al segundo, será la excepción y no la regla"). Claro, Prince se ha resistido siempre, más que a la consideración del lector como una entidad susceptible de ser tomada como narrataria, a la confusión o identificación reduccionista de ambos niveles: quien recibe o "escucha" la historia desde el texto, dentro de él, y quien la recibe definitivamente. Genette ha suscrito la contracción al texto que propone Prince. Entretanto, el aporte de las feministas, con Susan S. Lanser a la cabeza, viene reclamando la atención sobre la opción de considerar al lector o espectador como un legítimo narratario: "La teoría de los niveles de Genette (...) sólo se aplica a las relaciones internas entre las partes de un texto. No describe ningún acto narrativo concreto per se y cierra el texto a consideraciones externas y contextuales. (...) La diferencia entre la formulación de Genette de los niveles narrativos y la mía propia ilustra, espero, la diferencia entre las aproximaciones puramente formales y las contextuales en narrativa". Véanse Gerald Prince: Introduction a l'étude du narrataire , en Poétique , 14, 1973, y Susan S. Lanser: Towards a feminist narratology , en Style , 20:3, 1986; o ambos autores en español, en Teoría de la novela. Antología de textos del siglo XX , Enric Sulla, ed., Barcelona: Mondadori, 1996.
6.- La atenta agresividad de Duanel lo hará escribir: "ahora dice eso para enemistarnos a Arrufat y a mí". No. En absoluto. Soy consciente de que ambos se parecen demasiado como para resistir la distancia.
7.- Vamos conociendo las manías de Duanel, que son mucho más que tres: ahora corresponde una contención de carcajada, o incluso una carcajada abierta, de esas bien vulgares que exige a cada rato el histrionismo de su soberbia. En este punto el lector sabrá hace rato que el intento de demolición de Duanel es puro teatro, con una puesta en escena virtuosa y frágil, sólida como lo que en el aire se desvanece.