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Le zumba el mango
¿Las polémicas culturales?
Rufo Caballero
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Para Luisa Campuzano
Llevaba algunos años sin comprender aquella frase de recurrencia en una colega. Por qué, por qué particularmente, ella repetía, ante las circunstancias más diversas, que "a mí no me interesan las polémicas". Por qué, siendo una de las personas más eruditas de este país, y pudiendo disponer y desplazar el conocimiento como le parece. Pero en los últimos tiempos la he comprendido de súbito: por la vulgaridad de la mayoría de nuestras "polémicas", que pretextan el saber cuando discuten en el fondo rangos de poder personal.
Cuando ella aducía que semejante primitivismo descarnado se debe en buena medida al tercermundismo de la opinión y la existencia, me desestabilizaba, me hacía sentir salvaje por mi sola condición identitaria. Ahora la entiendo también: en los mundos de la civilización de la opinión, donde el discurso suele fluir en aras de las ideas y no de las personas o los grupos, y donde el poder viene del linaje de años y no del súbito, el conocimiento procede por acumulación de puntos de vista, hasta que la polémica se hace natural en razón de la vastedad de posturas superpuestas, y no por el propósito más o menos camuflado de derogar, emplazar, someter. Nuestra polémica mayormente "construida" y salida de notorios forcejeos, resulta de la estrechez de colocación que los autores puedan sentir a la hora de pretender el lógico reconocimiento a que todo escritor aspira. Si en otros lugares el reconocimiento llega por la frondosidad del saber, a menudo se pretende acá por "apropiación forzosa".
No faltan quienes objetan que en el mundo de la civilización de la opinión se escuchan también buenas agarradas, a lo que habría que añadir que cuando esas agarradas suceden, los autores discuten problemas de fondo y no simples palabritas, como reiteradamente ocurre entre nosotros, cuando se vincula la validez de la escritura a la prontitud del arribo a la última información, entre gente que tiene que "luchar" esa información, y confunde entonces el saber con el datismo y la "modernidad" de las fuentes. De alguna manera, se entiende.
Un ejemplo de polémica nuestra, sería más o menos así: a ver, vamos a discutir la crisis del humanismo. Debería decirse la crisis de la razón humanista. No. Error. Debería decirse la crisis de la racionalidad humanista. Qué va. Tendría que decirse que la crisis del hombre a tenor del deterioro de la modernidad. Tampoco. Habría que decir la crisis del hombre a merced de la crisis de la razón moderna. No. Impreciso. Habría que decir: la crisis del humanismo detectada durante la alta modernidad que acusa la remoción de los ideales modernos de racionalidad. No. En todo caso tendría que aducirse la crisis del hombre como resultado de la insatisfacción filosófica a la felicidad del sujeto social moderno. Tampoco. Eso es novelería: a partir de la teoría no se crea; la teoría se respeta, se sigue a pie juntillas. Los críticos de la periferia no deben innovar ni tratar de renovar, cambiar o ajustar categorías repetidas: están hechos para el respeto católico de la tradición. Ah bien, digamos de nuevo entonces, la crisis del humanismo.
Los autores involucrados en tamaña discusión nos parecerán todo el tiempo el colmo de la sabiduría. Cuando no han entrado sino en el juego de la incultura y la impostación.
A menudo se oye invocar a Desiderio Navarro como el padre tutelar de este tipo de polémica. En eso sí hay un error de fondo. Primero, no creo que las dos "grandes severidades" de Desiderio constituyan lo mejor ni más trascendente de su obra, y no me parece que a él mismo le importe demasiado rescatar esas páginas. Tampoco son sus quinientos idiomas, dialectos y jergas los que hacen de Desiderio un crítico excepcional, sino una facultad mucho más profunda, que nada tiene que ver con el sonido de las palabras: la posesión de una concepción del mundo . Una ideología (sistema de ideas), una estética, una sistematización del conocimiento que le permiten adentrarse en los fenómenos más oscuros y atravesarlos con su luz enhiesta. Lo mejor de Desiderio está en su sobrenatural disección de Lam, cuyo desmontaje semiológico le llevó a poder formular ese "nudo temático" que a todos los estudiosos anteriores y posteriores escapa: la unidad del mundo orgánico. O su entendimiento de las complejísimas relaciones intertextuales en el mundo de Wichy Nogueras, que antes era mayormente despachada con humor, amparados los estudiosos en el mismo principio de juego que desborda la poética de Wichy. Ese es el Desiderio que hay que citar y del que yo me considero hijo legítimo, no porque pueda o quiera emularlo, sino porque representa un paradigma de sabiduría que nutre espiritualmente.
No pocas de nuestras polémicas son ejercicios de legitimación personal a partir del intento de usurpación y destronamiento, como parte de un sistema cultural que baraja principalmente un grupo reducido de nombres. Hay que figurar entre los elegidos, en la nobleza del intelecto, y no importan los medios. Los autores no reparan en que acá como en cualquier lugar, hay espacio para todo, y el aprendiz que se quiere rey de destronar, queda a menudo como bufón de la corte.
Claro, en muchas ocasiones no son los autores los responsables, sino la laxitud de los sistemas editoriales, tras una superficial política de renovación y de estímulo de lo nuevo. Uno toma las fichas técnicas de los autores en algunas de las secciones de crítica de nuestras revistas culturales, y se percata de que chicos acabados de graduar son nombrados "Crítico de arte". ¿En qué tiempo se hicieron críticos? ¿O es que la expedición de un título de licenciatura -que ya hoy en el mundo equivale a un bachillerato- supone el acceso a la condición de crítico? La liviandad de estos conferimientos tácitos y apresurados lleva a que pintores, cineastas o escritores vean sus obras sometidas a la pasión "crítica" de muchachos que aplican de forma "estricta" y maniquea dos o tres nociones leídas la noche anterior. Le zumba el mango.
Si con esto me gano de una vez el cartelito de conservador -que tanto nos gusta el oficio de rotulista- pues venga, pero le zumba el mango que por la liviana e irresponsable "actualización" de las revistas, los artistas e intelectuales de este país tengan que escuchar dogmatismos propios de gente que no tiene paz con nadie, precisamente porque no han conseguido la paz consigo, esa sobriedad del pensar que se alcanza sólo con el asentamiento del saber. Con el asentamiento y no con el encabritamiento del pensar.
Otro colega me contó hace poco su desconcierto al presenciar una reunión de jóvenes intelectuales cubanos, convocados alrededor de otros dos que ya lo son menos, para criticar Lo cubano en la poesía , de Cintio Vitier. Por supuesto, el libro de Cintio salió muy mal parado, víctima de dentelladas que no pretendían tanto aludir al texto como hacer sentir las voces mismas de la diatriba grupal. La escena tiene el valor de una mueca, que resiente a quien la emite y no a quien toma por presunto objeto: ahí está, y estará, el gran libro de Cintio, con sus aristas polémicas, con sus excesos aquí o allá; está. El tiempo que aquellos jóvenes podían invertir en nuevas lecturas o en la escritura de esos primeros ensayos que pudieran conducirles a los libros que un día se ganen el derecho propio de discutir con Cintio, toman el camino más fácil: la dentellada. ¿Son ellos los responsables del camino torcido? ¿A quién se le ocurrió citar a un grupo de muchachos para criticar Lo cubano en la poesía , libro con el que hasta los ensayistas maduros tienen que afilar los mecanismos de interpretación? ¿Cuál es la utilidad de esa caricatura, que emplea como frágiles voceros a gente que está en la edad de la recepción, la acumulación y el ordenamiento del saber, y no precisamente en la de disponer y jerarquizar?
Se siente como que, antes de comenzar la lectura, los autores de esas "críticas polémicas" toman en sus manos la pluma. Para subrayar, sorprender, descubrir, manipular. Ahora, lo hacen porque saben que esas ceremonias de legitimación y (fútil) destronamiento serán sin duda publicadas, ante la falta de rigor y decantación de algunas de nuestras publicaciones. Recuerdo ahora a Enrique Vignier, uno de los mejores jefes de redacción que tuviera Revolución y Cultura . Recuerdo que cuando yo empezaba, él me ponía en las fichas: "Interesado en...". No puedo negar que entonces me molestaba un poco el amateurismo que Vignier subrayaba, pero comprendí un día que para nada podía pararme al lado de los críticos que entonces llevaban la opinión en el país, y me acuerdo de Gerardo Mosquera, de Tonel, de Osvaldo Sánchez, de Wilfredo Cancio, de Alejandro Ríos; por citar los que escribían en las áreas en que yo apenas despuntaba. Buscaba sus textos con verdadera devoción, aprendía a solas; no me imagino, ni ahora ni entonces, tomando una pluma en mis manos antes de leer alguno de sus ensayos, como no fuera para comparar, inferir, estimar. ¿Qué diría Enrique Vignier si leyera las fichas de esos "Críticos" nacidos en los años setenta, o incluso ochenta?
Entre ellos, hay gente de verdadero talento, que he publicado y leído con tremenda ternura, porque me recuerdan demasiadas cosas, una edad de extrema violencia que ya no tengo, cuando de alguna manera alimentaba yo también mi cementerio aparte -con la única y fundamental diferencia de que no responsabilizaba a mi escritura con los desafueros de mi edad-, porque era joven y me tragaba el mundo. Hoy, que sé que el mundo es otra cosa, al estimular a muchos de los futuros ensayistas de este país, trato de contrarrestar, lo confieso a los cuatro vientos, el tremendismo en que los prefieren ciertos profetas que no lograron jamás la paz consigo.
Entiendo hoy a la colega, y digo yo también que, a pesar de haberme visto enrolado alguna vez en ellas, mal guiado por torbellinos de pasión y vendavales sin rumbo, no me interesarán finalmente las vulgares polémicas tropicales, tormentas de mala muerte; sino el conocimiento capaz de correr así como fluye el río calmo, caudaloso.
Ancho.