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Cabrera Infante en los 60 |
En abril de 1961, en faenas de reportero, Guillermo Cabrera Infante viajó a Playa Girón. De ese choque con el conflicto bélico que a lo largo de tres días provocara la fracasada invasión mercenaria que pretendía derrocar a la joven revolución cubana, nació el reportaje que La isla en peso reproduce. Publicado el 24 del mismo mes en las páginas del periódico Revolución, La letra con sangre contiene las nítidas imágenes de la crueldad humana, que no ha dejado de consternar como tampoco de estar presente en nuestras vidas.
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| La letra con sangre
Guillermo Cabrera Infante
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Fue una guerra rara. Yo no sé mucho de guerras, pero me parece que fue una guerra rara: uno se encontraba con el enemigo cuando lo tenía encima y no lo veía más que en momentos en que lo más probable era que no lo viera nunca más. De todas maneras, no puedo hablar mucho, porque yo estuve en la guerra más bien como un observador, no un corresponsal de guerra (mucho menos un soldado o alguien que supiera lo que estaba ocurriendo realmente: la guerra es un negocio confuso), sino un mirón: alguien que quería saber cómo era la guerra realmente, qué estaba pasando, y a la vez tenía conciencia de que debía compartir los riesgos que muchos de sus amigos, que muchos miles de compatriotas, que la Revolución misma estaba corriendo y que tenía que estar allí, aun cuando el azar o como se llame, no había querido que estuviera desde el comienzo.
Bueno, el caso es que fui, que estuve allí y que quiero hablar de lo que vi y oí: quiero que mi testimonio sirva de condenación no solo a quienes fabricaron esta guerra desde el estólido Pentágono, la Agencia Central de la Imbecilidad o la sucia Casa Blanca, sino también a sus instrumentos: esos que noche a noche, en la televisión, han repetido hasta el más asqueante cansancio: "Yo no tiré", "No vine a matar", "No soy culpable". Ahora quiero decir que sí son culpables y que de haber ganado -en la improbabilidad de todas las improbabilidades de que hubieran ganado- ahora estarían ocupados en la tenebrosa tarea de fusilar a pueblos enteros por el mero hecho de ser pueblos enteramente cubanos: esta es la tenue memoria de la guerra civil española en la que los jefes de Lugo y de Las Heras entraron en Pamplona victoriosos y de veinte mil votantes republicanos fusilaron nada más que dieciocho mil, y el doloroso recuerdo de Málaga rendida tomada por tropas tan abigarradas en su composición como nuestros "libertadores", porque esa es la receta del caldo de brujas del fascismo, o todavía las sangrientas nociones de historia contemporánea regaladas en el Congo, en Argelia, dondequiera.
Los camiones, las grandes rastras que se movían a la luz del amanecer en la Carretera Central llevaban parque. Las vimos a la salida de Matanzas, pero ya en Perico la guerra parecía olvidada: la gente se agrupaba en una breve cafetería para desayunar, un hombre proponía cambiar su automóvil enorme por el pequeño carro de Mayito el fotógrafo, dos muchachas caminaban por la acera, moviendo sus caderas envueltas en tela roja, amarilla y verde contra las sombras azulosas del portal. Sin embargo, las señales estaban ahí: dos milicianos pedían que los trasladaran al frente. Uno dejaba ver un largo collar de Santa Juana bajo la barba negra crecida y fue el que dijo: "No, si no cabemos los dos no podemos ir: este, este es mi hermano. Hemos combatido juntos y es como un hermano mío, y tenemos que pelear juntos". A ese y al otro, al que guiñaba el ojo izquierdo primero y luego el derecho, en un tic cómico lo encontramos después, por la tarde, tarde en la tarde, en Jagüey Grande: se veían cansados, pero conservaban la alegría de por la mañana, su sana confianza que a primera vista nacía de los perfectos fusiles Fal que llevaban al hombro, pero que en realidad venía de adentro: y si hablo de estos milicianos con detenimiento es porque representan muy bien el espíritu de la milicia, habitable dondequiera: en los jóvenes artilleros de Playa Larga, ansiosos de mostrar su puntería corajuda, en los agotados soldados de Playa Girón, durmiendo entre los arrecifes bajo el bombardeo de los obuses y los aviones, en las milicianas que contaban sonriendo en un parque de Jagüey los peligros de la madrugada del desembarco.
Había otras señales: el camino a la Ciénaga relucía brillante, la gente se agrupaba en las salidas de Perico, había banderas blancas con grandes cruces rojas en una que otra casa. Pero de Perico en adelante volvía a surgir el calmado paisaje cubano: caña, palmeras, una Ceiba dando sombra a la orilla del camino. Agramonte con su tierra roja que colorea las paredes, la estación de ferrocarril que parece sacada de un filme de vaqueros, el viejo cine de pueblo pasa rápido hacia atrás y a los pocos kilómetros hay una posta, que hace señas de parada:
-Las máquinas de alquiler tienen que coger por el desvío - y señala a su derecha el miliciano, momentos antes de ver las credenciales. En otra posta miran con atención los carnets.
-Son de REVOLUCIÓN -dice un miliciano a una miliciana que le acompaña.
-Suerte, compañeros -dice la miliciana
De nuevo el camino
Hay otra posta
-Periodistas de REVOLUCIÓN.
El miliciano tiene barba y el pelo largo. Está muy serio. Luego sonríe y dice con alborozo:
-Compañeros, cogieron a Diagán.
Es este rumor el que nos precede al entrar en Jagüey Grande: han derribado un avión, uno de l os pilotos murió, el otro se lanzó en paracaídas y fue apresado vivo. Se cree que es Pedro Luis Díaz Lanz, traidor.
-Vayan a la Comandancia -dice el otro miliciano.
-¿Dónde es la Comandancia?
-En el Central.
El Central es el Central Australia .Allí está la Comandancia y ha sido bombardeado varias veces. Esta mañana, al amanecer, los B-26 picaron sobre sus chimeneas apagadas y arrojaron bombas, ametralladoras con balas y cohetes al batey y a la casa de máquinas.
Sería bueno poder hablar con uno de los prisioneros y mucho mejor hablar con el piloto capturado.
-Ahora es imposible -dice un oficial a la puerta de la Comandancia.
-Vayan al pueblo, tómense un café y vuelvan. O si quieren vayan a ver el avión que cayó ahí detrás: está caliente todavía.
El avión derribado estaba detrás del central, a un costado de la Laguna del Tesoro y tenía las iniciales FAR en la cola, ú nico resto intacto del aparato: era otro más de los aviones mercenarios disfrazados de aviones nuestros.
Parecía que había sido derribado a mandarriazos, porque ahora un miliciano hacía trizas parte de lo que fue la cabina y almacenaba los pedazos: un souvenir de guerra.
El avión había recorrido unos buenos doscientos metros desde el punto en que tocó tierra hasta el lugar donde hizo la explosión final. .Algunas de sus bombas quedaron intactas y las balas estallaban al fuego.
Preguntamos la dirección del frente
La Carretera a la laguna del Tesoro me era familiar: por aquí había hecho el camino hasta el centro turístico Guamá, en compañía de algunos escritores sudamericanos: Arreola, Evelio Romero, José Blanco. El centro estaba desolado y algunos milicianos cavaban trincheras o reparaban algún destrozo. Nosotros marchábamos tras dos camiones llenos de milicianos. Nadie pedía ya pases ni identificación: esto era zona de guerra.
Había que tener cuidado porque las auras se convertían en aviones con facilidad -y al revés. Mayito guiaba a bastante velocidad y a los costados entre la carretera y los pantanos se veían las cabezas de los milicianos sobresalir del brocal de las alcantarillas ahora convertidas en parapetos. A un costado del camino hay un tanque inutilizado por una bazuca enemiga, pero parecía más bien un adorno que los restos de una batalla.
Al final de la carretera está Playa Larga, en un desvío que divide a los camiones militares. Está también un bohío quemado, un paracaídas de seda verde, con manchas amarillentas y azulosas y algunos agujeros en el camino, en la cuneta. Eso es todo. Por lo demás Playa Larga es una playa como otra cualquiera: hay sol bueno, arena fina y caletas por todas partes. Algunos milicianos cogen el sol en la playa o pasean entre las casas de hormigón y madera y los uveros de la costa. Recuerdo la frase de un viejo corresponsal extranjero a quien invité a hacer el viaje: "Es inútil. En el frente nadie ve nada". Aquí hay una playa amable y una guarnición de milicias.
Es el batallón 183. Casi todos son gente joven. Los artilleros, por no variar, son muchachos. La mayoría son de Güira de Melena. Hablan de la guerra.
-Aquí la gente que peleó duro fue el 339 - dice uno. -Esa gente aguantó la mecha de esta gente nada más que con R2 y metralletas.
-Y le echaron con todo -dice otro.
-Les cayeron además los paracaidistas detrás -dice el primero. -Tuvieron bajas cantidad.
-Las tuvieron porque no pelearon por el libro -dice otro. -Si hubieran hecho lo que les enseñaron no hubieran intentado tomar la playa sin protección de artillería.
-Algunos peleaban de pie -dijo otro.
-De todas maneras, caballeros -dice otro más. -No se olviden que esa gente fue la que aguantó a los esbirros.
Casi todos lo llaman "los esbirros" a las tropas mercenarias. Los interrogatorios a los prisioneros por televisión mostrarían que sus palabras eran algo más que una intuición.
Uno de los milicianos dice
-¿Ustedes saben lo que dice el teniente?
El teniente dirige esta zona de la playa.
-El teniente -continúa- dice que él sabe que los esbirros estaban tan bien preparados que únicamente podían hacerles resistencia los ejércitos de Brasil o de Argentina.
-¡Esa gente trae de todo! -dice otro.
-Y ya ven, nosotros los hemos hecho correr hasta Girón.
Girón está lejos todavía. Ni siquiera se oyen los ruidos de la guerra. Caminamos por la playa. Allí están dos botes de motor que sirvieron para llevar a tierra a los oficiales.
Tiene una calavera pintada en la proa: los piratas no quieren ser tomados por otra cosa que piratas. A lo lejos se ve un barco partido en dos.
-Ahí venían los esbirros. Dicen que todavía hay gente dentro.
-Las instalaciones de la milicia son correctas y las antiaéreas están bien emplazadas.
-Estamos vivos -dice un miliciano- porque nos levantamos temprano. A las cinco ya estábamos despiertos y los aviones llegaron quince minutos después.
-Nosotros sabíamos que iban a venir -dice otro miliciano.
-¿Por qué?
-Porque esa gente viene todos los días a la misma hora: por la mañana y por la tarde.
-Esta vez los esperamos.
En la playa no parece haber guerra. Hay una brisa suave y el mar llega a la costa sin violencia, imperturbable, como lo viene haciendo hace siglos, como lo seguirá haciendo por muchos siglos. De pronto una cadena de truenos rompe el apacible paisaje. Corro . A la izquierda, arriba, hay una trinchera. Antes de llegar a ella me doy cuenta de que todo ha pasado.
-No hagas eso más -dice un miliciano.
-Si ese avión no fuera nuestro serías hombre muerto -dice otro. -Has corrido demasiado. En cuanto oigas los aviones te tiras al suelo, donde mismo estás.
Salimos de las caletas a la playa de nuevo. Con los anteojos miro las maniobras de dos aviones a reacción.
Todos estamos en la playa mirando su grácil y terrible vuelo. (En La Habana, esa noche supe que los aviones no eran nuestros: eran Sabres yanquis, que quizás consideraron a la playa con cierta despectiva pequeñez).
En lo que sería. fue o será el bar de Playa Larga hay dos o tres oficiales conversando. Van a instalar un hospital de sangre allí. Los milicianos nos muestran los restos de los pertrechos dejados por l os mercenarios en su fuga.
Cerca de las meticulosas cajas-envases de los obuses hay un letrero que dice, "Se prohíbe basuras en la playa". Un miliciano nos muestra un agujero en la arena. No es una trinchera. Ahí estuvo enterrada la mujer de uno de los habitantes de la playa. La mataron los mercenarios al desembarcar y él la enterró en la arena, cavando la fosa con un remo, dicen. Luego el hombre volvió, cuando la playa cayó en manos nuestras, y los milicianos le ayudaran a desenterrar a la mujer y llevarla hasta el cementerio del pueblo.
Un teniente se ofrece a llevarnos en jeep al frente. Es un joven sanitario. Antes como algo.
La carretera que lleva al frente recuerda mucho las calles de La Habana el día que estalló el "La Coubre".
Las ambulancias, los autos, los camiones van y vienen a gran velocidad, ajetreados en su dura misión de sanar vidas por la velocidad. A los lados de la carretera de Girón hay grandes huecos negros. A veces se ve un tramo de roca calcinada. En una curva hay una vaca muerta.
A lo lejos se ven ómnibus, autobuses estacionados o simplemente parados transversales a la carretera. Uno de los autobuses está totalmente carbonizado.
-Esto fue ayer -dice el chofer. -Los aviones.
En otra curva la yerba, la maleza, el monte a la izquierda de la carretera arde. Más adelante el fuego llega a la cuneta. Cincuenta metros más allá el fuego cruje con más fuerza.
-Esto no estaba así ahorita, cuando pasamos -dice el teniente.
-No, eso es de hace poco -dice el chofer.
Al salir de la curva se ven a lo lejos negras columnas de humo, como señales de indios enojados.
-Allá está el frente -dice el teniente.
Pasamos un hospital y el asfalto de la carretera se hace ahora un firme polvoriento, de arcilla o cascajo. Mas adelante hay grupos de soldados rebeldes al borde de la carretera. Aparece una casa, se detiene el jeep.
-¿Cómo anda todo por aquí? -pregunta el teniente.
-Bien -dice un soldado. -Pero tengan cuidado, que por ahí andan tirando.
Seguimos. Pasa por nuestro lado una columna breve de milicianos. En la cuneta hay una ambulancia volcada y más allá un jeep está metido casi en la manigua. No lejos aparece un grupo de rebeldes.
-¿Ese no es el cabo Varas? -pregunta el chofer.
-El mismo -dice el teniente.
El jeep se detiene. Da marcha atrás. Los soldados vienen a nosotros.
-¿Qué pasó?
-Un bazucazo -dice Varas.
-¿Cuando? ¿Hace mucho rato?
-No, qué va. Ahora mismo. Nos partieron el jeep.
-Bueno, monten
Todos se acomodan en el jeep.
Hay más milicianos ahora. El humo negro se acerca.
El mar está a pocos metros. Se ven camiones. Un tanque.
Los nidos de ametralladoras aumentan. Junto a una casa hay un tanque, protegido por una ancha Ceiba.
-El frente -dice el chofer.
-¿Aquí? -pregunta Walterio Carbonell.
-Aquí.
Hasta el jeep detenido llega un cabo o un sargento. No es un miliciano. Más bien parece un veterano de la Sierra.
-¿Quién es aquí el comandante? -pregunta asomando la cabeza por el hueco de la ventanilla.
-Nosotros venimos de Playa Larga.
-Bueno, ¿pero quién manda aquí? Necesito bazukeros.
Antes de terminar de hablar se marcha corriendo.
El jeep parquea junto a la casa. Allí hay unos trescientos hombres en el portal de la casa y regados por el patio, bajo el á rbol. Los hombres están fatigados. Han peleado toda la mañana. Algunos parecen tristes. Pronto se sabe la causa: hace poco que han matado a su jefe, el capitán Carbó. Ahora descansan. Caminamos por los alrededores.
Todavía sale humo al doblar de la carretera, de donde vienen las ambulancias levantando un polvo amarillo que el sol de la mañana hace blanco. Tomo los anteojos y miro. La curva no deja ver nada: solo se ve el humo, ahora más negro. Miro hacia la costa, hacia el mar y a lo lejos veo dos o tres buques grandes grises.
-Son destroyers de los americanos -dice alguien.
Hacia atrás se ven los pelotones de milicia llegando al frente.
-Bueno, aquí estamos -dice Carbonell sonriente.
-Llegamos.
-¿Esta es la guerra? -le pregunto.
-Esta es la guerra -dice Carbonell.
Todo está tranquilo. El día comienza a pasar de tibio a caliente. La mañana es hermosa y serena. Deben ser las once de la mañana. Casi lo calculo mentalmente, porque no he mirado el reloj en todo el día.
De pronto, de ninguna parte y de todas partes, comienza un furioso tiroteo. Se oyen todos los calibres posibles y algunos más imaginarios. No sé cuánto duró el tiroteo: a mí me pareció que fueron horas, pero no deben haber sido más que unos pocos minutos. Tan de repente como comenzó, cesa el fuego. Una balacera grande deja a cualquiera en un estado de excitación grande; para el que está por primera vez en una batalla esta excitación crece hasta hacerse insoportable: la boca se seca, el cuerpo se torna tenso o laso contra toda voluntad, se deja de pensar y la mente queda en el blanco extraño. Ahora recuerdo un refrán japonés o chino, un dicho que tiene mucho que ver con la pólvora, que dice que más que la guerra es el ruido de la guerra lo que hace la guerra guerra. Pienso en las erres que tiene la palabra guerra. También pienso que un sordo mudo puede ser un héroe fácilmente en la guerra, que es más el oído que la vista lo que realmente sufre en la guerra. Ahora bien, no puedo decir que eso lo pensé entonces, en aquel momento o más tarde, de retirada; o en Jagüey o en la Habana. Allí, quizás, pensé que la guerra no era agradable.
Esto lo pensé en la calma que siguió al tiroteo. Caminamos más hacia el frente. Llegamos hasta las ambulancias.
Allí los hombres corrían por entre los camilleros y la confusión era grande. Regresamos a la casa. De vuelta me puse a mirar el mar con los anteojos. Una vez miré el cielo y vi un avión en su vuelo inocente. Lo acerqué con los anteojos.
-¡Avión! -gritó alguien. Pero el avión pasó de largo.
Entré a la casa, creo que a buscar agua que tomar. Pero al llegar al portal comenzó un fuego más nutrido y más cercano que el anterior. Me agaché. Había un ruido de todos los demonios y por entre el ruido alguien gritaba unas malas palabras. Delante de mi un soldado se aplastaba cada vez más contra el suelo, mientras apoyaba su bota en mi cabeza para lograr una mayor eficacia en su labor -que parecía ser la de hacerse invisible. Me levanté en una calma.
El fuego comenzó de nuevo y esta vez me sorprendió en el portal. Estúpidamente metí la cabeza bajo un taburete de cuero. No sabía lo que ocurría y me imaginaba que nos atacaban desde el monte, porque algunos de los soldados disparaban desde la casa hacia fuera.
Cuando terminó el fuego vi a Walterio haciendo señas.
-¿Qué pasó? -le pregunté al acercarme.
-Esa casa es una ratonera.
-¿Pero qué pasó?
-El avión. Regresó en picada, pero no llegó a tirar.
Si tira no queda nadie en la casa.
Cruzamos la carretera hacia los arrecifes. Ahora el fuego de artillería de ambas partes se había recrudecido.
Mayito y Helvio Corona, reportero de Sierra Maestra, habían dejado la casa y ahora no se veían por parte alguna.
Estuvimos en los arrecifes hasta que el fuego se aplacó un poco. Luego salimos a caminar.
Llegaban camiones al frente. Pero de alguna manera la confusión había aumentado. Si alguien me hubiera preguntado bajo amenaza de muerte si ganábamos o perdíamos, no habría sabido qué decir. Fue entonces que vimos que los jeeps que nos trajeron se marchaban. Alcanzamos al último.
-¿Qué pasa?
-Tenemos que regresar.
-¿ Y los fotógrafos?
-Van en el otro jeep.
-No puede ser. Yo no los vi montar -dije.
-Van en el otro jeep -dijo el chofer.
El jeep delantero ya se perdía en la curva.
-Hay que alcanzarlo a ver si están ahí.
Se inició una persecución casi inútil. El jeep delantero nos llevaba ventaja y los caminos estaban casi intransitables por las ambulancias que iban y venían y por los camiones estacionados y los soldados que marchaban a pie.
En algún lado instalaban baterías pesadas en la carretera.
Las señales con luces, el claxon, nada parecía poder detener o hacer aminorar la marcha al jeep delantero.
Finalmente lo alcanzamos junto a los autobuses ametrallados. Los fotógrafos, efectivamente, no iban en el otro jeep. Regresamos por ellos.
Cuando volvimos al frente la cosa se había hecho más ruidosa y más confusa, si era posible que esto ocurriera.
El jeep se detuvo y vimos una ambulancia recoger a un hombre herido del suelo. Ahora se había añadido nuevos ruidos al fragor. Antes había un staccato sostenido que podía ser una calibre treinta nuestra o una calibre cincuenta del enemigo. El staccato tenía un leve coro por la derecha y un conjunto masivo por la izquierda. Al fondo se oía un retumbar como si tronase continuamente y junto a nosotros ese retumbar tenía un eco adelantado. Eran los cañones nuestros que disparaban junto a nosotros. Detrás de nosotros y delante de nosotros. También se podía oír el chasquido seco de los fusiles, que parecían meros fulminantes inofensivos. Pero el nuevo sonido era el nuevo de verdad. De algún lado venía un zumbido alto y agudo y persistente y luego se oía un trallazo, un bombazo o simplemente un ruido infernal, seguido de pequeños y breves silbidos.
-Son obuses -explicó un soldado.
Eran los obuses, el arma más temida de la guerra desde que en la Guerra del Catorce fueron perfeccionados maravillosamente -por emplear una palabra. Eran los abuses. Nos parapetamos tras el tanque, que parecía inutilizado. Los obuses seguían cayendo. Por la carretera, con gran ruido y gran polvareda, venía otro tanque, evidentemente averiado. Alguien pedía a mi lado balas para el cañón del tanque. El ruido y la confusión aumentaban, porque la batalla por la Playa Girón había comenzado, y nosotros no lo sabíamos. Entre todos los gritos, las órdenes repetidas a uno y otro lado y la gente que corría o caminaba o se tiraba al suelo (no recuerdo haberme tirado nunca antes tantas veces al suelo ni haber perdido los espejuelos tantas veces seguidas), había un hombre que daba órdenes con serena seguridad. Era alto y se parecía a Fidel en el tipo. Pero la cara era muy semejante a la de Segundo Cazalis, el periodista de La Calle. Sólo que no podía ser Cazalis. Se acercó y vi un letrero escrito sobre tela blanca en el pecho del uniforme verde olivo subido. Decía, simplemente: "Fernández". Luego, en La Habana, supe que se trataba de "El Gallego" Fernández.
No era un simple teniente con sangre fría y aplomo, sino el jefe de operaciones en esa zona del frente. Fernández quizá sea ascendido a comandante, porque su serenidad y su conocimiento de la guerra, fueron parte importante en el éxito de nuestras tropas -el éxito, la victoria, no me lo mostraron la observación directa, sino los partes de la guerra, vistos después; pero la calma, la pericia de soldado de Fernández eran evidentes a cualquiera: eran evidentes aun para mí.
A unos diez metros cayó un obús que incendió una caseta con municiones. Las municiones estallaban por su parte. Otro obús cayó a unos cinco metros a la derecha.
Un teniente se acercó al tanque y tocó. De dentro, como de una caja de sorpresa, surgió una voz y una cara.
-¿Te queda gasolina? -preguntó el teniente.
-Unos ocho litros.
-Bueno, pues mueve el tanque, tíralo contra la cerca y contra la casa y mételo en el monte, porque estas posiciones van a quedar bajo el fuego de la artillería de nosotros.
Salí de junto al tanque y volví a la cuneta, entre la playa y la carretera. El jeep se iba de nuevo. Esta vez iba a buscar bazucas. Lo dimos por perdido.
No sé qué tiempo pasó entre la llegada al frente y el momento en que empezamos a buscar a los fotógrafos.
Me pareció un día entero, pero quizás no fueron más que tres o cuatro horas. Las ambulancias seguían llegando, los obuses caían por todas partes venidos de todos lados, nuevos contingentes avanzaban hacia la playa. La guerra es desagradable, pero también es tediosa. Produce una clase de hastío, que agota. Las horas no pasan nunca y cuando pasan han dejado una estela terrible, de sangre y de horror. La guerra no es agradable. No es agradable para nadie. No es agradable para los que la ganan y mucho menos es agradable para los que la pierden. Es hastío y miedo y sangre y polvo y sudor y miedo y muerte y dolor y cansancio y miedo y desamparo y enojo y miedo.
Me miré las manos. Estaban negras. Me miré los brazos y también estaban negros. Supongo que es la pólvora, que también quema los labios y despelleja la cara.
Me dolía todo el cuerpo y tenía pequeñas heridas en las piernas y en los brazos de las veces que me tiré al suelo.
El ruido seguía. Las ambulancias entraban y salían. Los destroyers americanos continuaban observando todo con su amenazante impasividad. La guerra continuaba.
Echamos a caminar. Walterio saludó a Flavio Bravo.
Tengo entendido que resultó herido más tarde, y no me extraña: estaba en medio de la carretera en operaciones, creo. Caminamos.
Más tarde, entre unas caletas, junto a las ametralladoras de cuatro bocas, encontramos a Helvio Corona. Nos alegramos de verlo. De pronto, nos dispersamos: un obús ha caído junto a nosotros y no ha estallado. Alguien le echa arena. Otros recomiendan alejarse. Con Helvio buscamos a Mayito. No está lejos. Me asombra que esta gente haya estado a menos de cien metros toda la tarde y no nos encontráramos, sino horas después. Así es la guerra, creo.
Decidimos regresar. Las fotos deben volver a La Habana, y por la madrugada volveremos al frente. Esa es la técnica de los corresponsales de guerra, creo. Al menos, es la que ha seguido Ernesto, nuestro compañero fotógrafo, que ha cubierto toda la guerra junto a Bob Taber.
Los vehículos dan vueltas y toman posición . Vienen las compañías de obuses. Un camión se detiene a recogernos y devolvernos a Playa Larga.
-¿Va a Playa Larga?
-Si.
-¿Nos lleva?
-Bueno, suban. Pero hay un muerto.
Subo. Hay un hombre muerto en la cama del camión.
Viste un traje verde olivo. Un obús, una bala cincuenta, una bazuka, cualquier arma de muerte le ha arrancado medio cuerpo. Su cara está llena de sangre. Lo miro dos veces. ¡Es Baragaño! Cuando se lo digo a Walterio, que monta el camión, se produce un momento de consternación que yo no había experimentado jamás. El muerto se parece demasiado a Baragaño: su nariz, su barbilla, su frente abombada. Pero no puede ser: sería una casualidad demasiado irreal, literaria casi. Es cierto que Baragaño no es tan alto, ni pertenece al Ejército Rebelde, ni sus botas son de baqueta amarilla. Tampoco son esas sus manos. Respiramos aliviados: no es Baragaño. La confusión ha desaparecido, pero queda la realidad: aquel es un hombre, un hombre muerto: hace pocas horas era un ser humano, un hombre vivo, un cubano que comía, bebía, dormía, reía, lloraba, corría, caminaba: vivía en su tierra. Era, como casi todos los cubanos, sencillo y amigable y hospitalario y franco y noble. Ahora estaba muerto. Ya era una cosa, un cadáver, un objeto eterno. No había querido la guerra, sin duda, y la guerra había venido a él y lo había matado. La tarde era dulce y suave y serenamente bella, como todas las tardes de abril, en Cuba, siempre. Vamos en aquel camión abierto cuatro hombres y un cadáver.
Podían haber ido cinco hombres. Podían haber ido cuatro hombres y el cadáver de un amigo, de un hermano. Podían haber ido cinco cadáveres. Fue entonces que comencé a reflexionar sobre la guerra, pero no sobre la guerra en abstracto, ni sobre el pacifismo en abstracto, ni sobre la repetición de las guerras, ni sobre el carácter guerrero del hombre: nada, nada, nada en esa metafísica de la mierda en que todo se convierte en ideas, en ideas sobre las ideas, en abstracción sobre la abstracción, reflexioné en lo que me rodeaba: en los amigos, en Cuba, en aquel pobre hombre muerto, la dulce tarde, en el ruido de la guerra que se alejaba y recordé una frase. Recordé una frase de un hombre que pensó mucho en las guerras, aunque no me gustaba todo lo que él pensó sobre las guerras, pero pensé en ese pensamiento de Von Klausewitz que dice que la guerra es una continuación de la política de paz por otros medios. Pensé que tenía razón, que aquella guerra lo demostraba una vez más: una política rapaz de paz era continuada rapazmente en la guerra: el imperialismo voraz entraba vorazmente en la guerra porque en la paz no podía continuar su voracidad, en Cuba: los piratas capitalistas que antes tenían una política miserable, ávida, en la paz, continuaban esa política con la guerra: el imperialismo yanqui que no había podido seguir dominando a Cuba por medio de la paz, venía ahora a tratar de dominar por medio de la guerra. Tan simple como eso.
Fue una guerra rara. Se luchó a lo largo de una carretera, en un frente que tenía el ancho de la carretera.
El enemigo estaba bien armado, pero no peleó, sino que se retiró a lo largo de la carretera. Habían llegado, habían visto y en 72 horas estaban vencidos .
La Habana. 24 de abril de 1961
Guillermo Cabrera Infante (Gibara, 1921). Uno de los más destacados escritores de la lengua. Premio Cervantes en 1997. Entre su libros, Tres tristes tigres (1967), Exorcismos de esti(l)o (1976), La Habana para un infante difunto (1979), Holy Smoke (1985), Mea Cuba (1993), Un oficio del siglo XX, Arcadia todas las noches (1995) y Cine o sardina (1997).