uno
dos
tres
cuatro
cinco
seis
siete
ocho
nueve
diez
once
doce

 
     
Un nuevo acto para Piñera
Tania Cordero

Otra vez fue certero Antón Arrufat, amigo y heredero literario de nuestro autor, cuando definió a Virgilio Piñera en persona como una gran obra teatral. El libro que dio a conocer Ediciones Unión recientemente convierte al insistente y acucioso investigador Carlos Espinosa casi en un creador de ficción. A diferencia de otro de sus títulos conocidos, Cercanía a Lezama Lima , donde cada testimonio es independiente, aquí Espinosa reconstruye la vida, indaga en los cimientos del mito y desnuda al ser humano que fue uno de los escritores imprescindibles del siglo XX cubano. Hilvanando confesiones de familiares y amigos del autor de La isla en peso con fragmentos de sus memorias inéditas, el estudioso compone este "espectáculo" literario, esta novela en actos.
Especialmente valiosos resultan los testimonios de su hermana Luisa, que informan sobre la precariedad de la vida de los Piñera en diversas etapas y ahonda en la peculiar sensibilidad del creador. Esta hermana preferida nutrió muchos de los decires y la pasión de Luz Marina Romaguera, protagonista de Aire frío y una de las criaturas escénicas más completas de la dramaturgia nacional. Queda claro, desde voces familiares o de colegas cercanos, que la de Piñera a la literatura fue una consagración absoluta. Por escribir algo trascendente llevó una vida disciplinada y férrea, aunque se disimulara en su constante burlarse de todo y de sí mismo. Para conseguir ser un gran escritor renunció a las tentaciones del periodismo cotidiano, de la pedagogía utilitaria y mucho más a las provocaciones de la política. Espinosa recoge dos encendidas cartas de Virgilio al gran poeta cubano Gastón Baquero en la etapa en que este último fungió como Jefe de Redacción del Diario de la Marina y abandonó los versos que, sintomáticamente, retomaría con éxito en su exilio español.
A través de las confesiones de Arrufat, Abilio Estévez y Yonni Ibáñez, el autor reconstruye primorosamente el ambiente de la casa del reparto Mantilla en la que Virgilio pasó los traumáticos momentos de la década del setenta. En esas páginas destellan su teatralidad cotidiana, algo de sus majaderías, pero también la enorme capacidad del poeta para dar y recibir afecto. La familia de los Ibáñez y sus amigos se convirtieron en su público natural cuando el nombre de Piñera se silenció en las publicaciones y dejó de animar los escenarios. Estévez se asoma a los días finales del gran artista que, aunque posaba a ratos de estar de regreso de todo y no albergar grandes ilusiones literarias, dejó listos y ordenados excelentes materiales y laboraba en otros proyectos de gran intensidad.
Y consiguió Carlos Espinosa, tras diecisiete años de espera, que se consumara el acto de justicia que le debemos a Piñera. Y consiguió, además, esa utilidad que ambiciona para sus empeños: "...quiero decir que Virgilio Piñera en persona , lo mismo que Cercanía a Lezama Lima y el estudio de la obra de Lino Novás Calvo que acabo de terminar hace pocos días, responden a mi interés por recuperar figuras y obras que forman parte de nuestra herencia literaria, de cuya larguísima tradición y enorme riqueza los cubanos debemos sentirnos orgullosos. Responden también a mi preocupación, obsesión casi, de que mi trabajo tenga alguna utilidad, que sirva, aunque sea humildemente, para algo".
Quizás sea Espinosa uno de nuestros teatrólogos con aportes más sólidos en términos impresos. A él se deben la selección y el prólogo a la primera colección de obras de escritores cubanos residentes en Cuba y en el exilio ( Teatro Cubano Contemporáneo, 1992) y una intensa labor de edición a partir de los ochenta en la revista Conjunto y otras publicaciones.
Este volumen, hermoso y sobrio, narra además momentos importantes de la vida de Virgilio y de su relación con Lezama, Jorge Mañach, el gran argentino Jorge Luis Borges o el polaco Gombrowicz. Aparece también buena parte de la papelería de nuestro dramaturgo y su correspondencia privada, reveladoras de la consagración virgiliana a su estética.
Aunque ya se acumula bastante bibliografía pasiva sobre la obra de nuestro gran poeta, narrador y dramaturgo, este texto de Carlos Espinosa puede contribuir a futuros y más hondos estudios. También servirá de estímulo para que el legado piñeriano sea más ampliamente conocido y traducido. Su agudeza intelectual, originalidad y singular humanismo bien lo merecen.

 

Piñera resurrecto
Jesús Jambrina

Acaso ningún otro autor como Virgilio Piñera, en la literatura cubana, hizo tanto esfuerzo por fijar una imagen de sí mismo más allá de su propia labor artística. Como se dice en uno de los testimonios del libro que nos ocupa - Virgilio Piñera en persona (2003), de Carlos Espinosa Domínguez- es curioso ver cómo un hombre que declaró importarle poco la posteridad, se ocupó de construir la suya al detalle. Pues bien, es tiempo de que la crítica ponga entre comillas toda la obra piñeriana e indague minuciosamente en los significados de la misma por encima de los propios designios de su autoría y por supuesto de las batallitas y los prejuicios locales. Esa será la única forma de asimilar -entiéndase hacer cotidiano, viable, productivo- al interior de la sensibilidad y el pensamiento cubano contemporáneo, la dialéctica autocrítica que es lo que, en última instancia, el autor de La vida tal cual (1961) nos entrega en su afán autobiográfico.
El libro de Espinosa se inscribe entonces bajo la idea de que la biografía de los autores es un factor indispensable en el estudio de sus textos literarios. ¿Cómo separar de su obra los intríngulis existenciales del sujeto-escritor -cualquier escritor o artista- cuya materia de trabajo por excelencia es la naturaleza humana? En el ensayo que Espinosa parafrasea con su título, Piñera hacía esta misma propuesta en 1955 con respecto a la influencia de la (homo)sexualidad en la vida de Emilio Ballagas. Este fue un proyecto crítico que, en oposición a las veladuras origenistas, la revista Ciclón comenzó a estimular en los años cincuenta como parte de la modernización del campo cultural en la isla.
Casi cuarenta años después y a pesar de haberse reconocido a nivel teórico -e histórico para América Latina- el valor de la propuesta de Piñera en aquel polémico ensayo, todavía hoy en Cuba mucha de la crítica profesional y académica -por no mencionar la netamente impresionista, que es mayoritaria- se resiste a aceptar completamente que la vida de un autor, en todas sus dimensiones (ideológica, de clase, orientación sexual, raza y religión, entre otras que puedan ser pertinentes), es parte inseparable de su escritura. O peor, de los elementos citados anteriormente se validan algunos como la ideología, la clase e incluso la religión, mientras se descalifica el resto, fragmentando así la complejidad discursiva de los textos y proponiendo para ellos un paraíso de genialidades y jerarquías inmovilistas, hijas aún de una interpretación organicista - que ni siquiera orgánica- de la literatura.
El libro de Espinosa es útil y abre nuevas perspectivas en su tópico de acuerdo a la información que tenemos hasta este momento pero, al mismo tiempo, más allá de él mismo, describe una deficiencia cultural con respecto al sistema de promoción y circulación de la literatura en la isla: ¿Por qué si existe una autobiografía (inconclusa, pero sustanciosa) de Piñera, los lectores tenemos que conocerla a pedazos en publicaciones esporádicas y dispersas en el tiempo, sobre todo habiendo una industria editorial en el país? ¿Por qué si hay un cúmulo bastante amplio de correspondencia ya publicada en La Habana, no se organiza una edición de la misma? ¿Por qué habiéndose probado en un trabajo anterior la seriedad de Espinosa en este tipo de investigación ningún editor le pidió dar a conocer antes su nuevo libro? ¿A qué se espera para publicar unas obras completas de Virgilio Piñera?
Sin desmeritar la creatividad con que Espinosa Domínguez ha organizado esta papelería, alguna de ella poco conocida -véase, por ejemplo, el fragmento donde el escritor cuenta sobre cómo y con quien consiguió su alquiler en la calle San Lázaro a su llegada a la capital- es necesario subrayar que, al menos en su aspecto biográfico, Virgilio Piñera en persona (2003) es una respuesta tardía al silencio que las editoriales cubanas han impuesto a ciertos tipos de escritura, en particular cuando sus autores abordan asuntos controversiales en sus páginas, ya sean estos políticos, sexuales o ambos a la vez y desde una posición confesional. Es lo que pasa actualmente con la autobiografía del pintor Raúl Martínez, de quien se usa su nombre para distinguir a una escuela de arte en provincia, pero a la vez no se le deja hablar por él mismo, en este caso a través de su propio relato de vida. De la autobiografía de este artista plástico sólo se han publicado fragmentos en revistas. Ni hablar siquiera de permitir la venta de la de Reinaldo Arenas.
Y es que Virgilio Piñera en persona se lee principalmente como una biografía en la medida en que se sigue una cronología, se cotejan los hechos con diferentes fuentes, se insertan notas privadas, extractos de entrevistas, reseñas de libros, cartas, invitaciones, la partida de nacimiento, calificaciones de clases, recibos de pagos, telegramas y testimonios -quizá se hubiesen podido incluir más fotos, pero lo más seguro es que ello hubiese encarecido la edición. Toda esta información adicional revela simultáneamente la figura misma de Piñera, así como la circunstancia donde este desenvolvió su labor literaria. La yuxtaposición de datos ayuda a comprender la matriz simbólica de la que se nutren la poesía, el teatro, la ficción y así como la labor crítica de este escritor.
La última parte del libro Les ponts son coupé (1971-1979) es una de las más novedosas -de hecho, es a la que se le dedican más páginas en el libro- entre otras razones porque es de la que menos se sabía, pero también porque verifica al final de su vida el espíritu de resistencia y renovación que siempre caracterizó la labor creativa de Piñera. La censura en los 70, por infantil, no fue menos perversa, todo lo contrario: estuvo diseñada fríamente para callar las voces problemáticas dentro de la cultura artística y literaria y ello constituyó un desajuste civil que la historia intelectual no debe cubrir con eufemismos y tendrá que estudiar en relación a sus consecuencias para las estrategias de representación de esos años y los siguientes, así como su repercusión en la vida cotidiana de los ciudadanos mismos. En mi opinión, por las características de la familia Gómez, es decir, línea fundacional de la nación, pero también por la vocación civil de Piñera, típica, por demás, de muchos cubanos de su generación, nivel educativo y procedencia social, las relaciones entre el escritor y los habitantes y contertulios de Villa Manuelita, en Mantilla, rebasan la simple visita amistosa.
Revisando los textos que indistintamente le fueron dedicados a los miembros de dicha familia, en especial a Juanita, no es difícil darse cuenta de que para Virgilio Piñera esa relación -sin restarle cualidades a las que tuvo con otros amigos y amigas suyos en esa época- encerró un marcado simbolismo personal y político. Frente a la exclusión institucional a la que fue sometido, el escritor encontró en La ciudad celeste , como él mismo la llamó, el reconocimiento, no sólo literario que sabía de todas formas le correspondía, sino moral y afectivo al que todo individuo aspira en su país. La política cultural oficial no se lo brindaba, pero sí el humanismo y la práctica democrática (literalmente periférica) de Juanita Gómez, hija del prócer Juan Gualberto Gómez, quien abrió la verja de su "desvencijada quinta" a no pocas de las figuras estigmatizadas del momento por una u otra razón.
Este tipo de evento o anécdota es importante subrayarlo porque, en tanto homosexual, la voz de Piñera, como la de Arenas y muchos otros, todavía no es escuchada positivamente con respecto a su versión de lo nacional. Como ha escrito recientemente Emilio Bejel ( Gay Cuba Nation , 2001), la homosexualidad es uno de los límites que los discursos nacionalistas se imponen a la hora de delimitar sus fronteras morales e ideológicas; luego, la voz homosexual, en tanto abierta a nivel público, tiende a ser descalificada por las aspiraciones hegemónicas en cuanto a temas como la organización de la nación, la política y el estado. Habría que acabar de preguntar en qué radica concretamente el (supuesto) vacío del impulso piñeriano, qué significa ese código en su poética en términos de propuesta epistemológica y a dónde conduce su intensidad creativa. ¿Puede el vacío convertirse en Isla (1979) como hace el sujeto hablante de uno de los últimos poemas del autor? ¿O son las ficciones teleológicas las que se han vaciado, si acaso siempre lo estuvieron, de contenido real y simbólico? ¿Pueden o no coexistir las diferencias en el espacio gnóstico nacional?
El libro preparado por Carlos Espinosa contiene, además, algunos testimonios afines, en particular los de Antón Arrufat y Abilio Estévez -se extrañan otros como los de José Rodríguez Feo- quienes no sólo exponen sus experiencias como amigos del escritor, sino que desde los años seguidos a la muerte del mismo ya avanzaron valiosas opiniones que aún hoy ayudan a poner en perspectiva la obra en cuestión. Arrufat, por ejemplo, con la sabiduría que caracteriza sus observaciones sobre literatura cubana ha sido el único en reconocer que, para indagar en los presupuestos críticos de Piñera, no sólo hace falta revisar con cuidado sus ensayos y reseñas, sino también sus epístolas, "esa carta privada, silenciosa y explosiva que llegaba por correo a la casa de su destinatario". En sus largas parrafadas, Antón alterna recuerdos emotivos -la casa en Guanabo, la detención policial en 1961, las coincidencias y los desacuerdos literarios- con elaboraciones mayores sobre la obra del amigo muerto -véase sus criterios sobre Electra Garrigó (1948).
Abilio Estévez, por su parte, se muestra más parco en sus memorias, pero no por ello menos elocuente e intenso en sus descripciones. A diferencia del autor de La noche del aguafiestas (2001), el de Los palacios distantes (2002) parece subrayar el aspecto ético de las enseñanzas piñerianas y concentra su narración en momentos como el del encuentro mítico en 1974, las impresiones de los primeros intercambios entre él y Virgilio y también el entusiasmo último de este por la escritura, sus nuevos proyectos, sus ansias de continuar viviendo y sus ironías sobre la muerte: "Sabes lo que pasa Abilio, que soy un inmortal". En las palabras de Estévez persiste la tensión no resuelta en la conciencia intelectual de los años ochenta -este libro se terminó en el 86- de lo que significaron los setenta, no sólo para los autores ya consagrados, sino para los jóvenes que andaban en busca de modelos de los que pudieran aprender acerca del trabajo literario, pero igualmente de cómo relacionarse con el mundo en tanto situación inmediata, en conflicto. Su testimonio es el del discípulo que absorbe como una esponja las emanaciones del maestro y, luego de rumiarlas, las trasmite a los otros.
Hay, sin embargo, cierta candidez en el relato de Abilio, cierta fascinación con la manera en que Piñera, ya en 1979, había jugado (y ganado) su partida final de dominó (con la trascendencia), así como cierta sublimación dolorosa, cierta inconformidad con la manera en que sucedieron las cosas: ".aunque estuve en la exhumación de sus restos tres años después, nunca creí que Virgilio hubiese muerto de verdad. Parece que de tanto oírle hablar de su inmortalidad, yo llegué a creérmelo. Siempre espero que un día toquen a la puerta y cuando abra, sea él que trae un pie de la dulcería y me diga con su sonrisa habitual: '¿Y de mi Cuba qué?'".
Si pensamos en el ajetreo social en el que vivió el autor de Aire frío (1959) en sus 67 años, las intervenciones de personas que lo conocieron es relativamente poca en este libro. Pero es mérito de Espinosa el haber logrado reunir un grupo de ellas, incluidos sus familiares, lo suficientemente cercanas como para dar una imagen coherente y cercana del escritor en cada una de las épocas que le tocó vivir: José Antonio Portuondo, Francisco Morín, Abelardo Estorino, Rine Leal, Guillermo Cabrera Infante, Ana María Muñoz Bachs, Fina y Juan Gualberto Ibáñez Gómez (Yonny), etc. En honor al espíritu polémico de Piñera, hubiese sido adecuado incluir alguna que otra opinión discordante o algunas posibles reconsideraciones después de pasado tantos años.
Por ejemplo, Cintio Vitier -la controversia más o menos visible entre estos dos escritores es una de las más ricas de la historia de la literatura cubana y sus resultados están por investigarse en profundidad; Gastón Baquero, que sobrevivió a Piñera por varios años y a quien este último criticó fuertemente cuando "se pasó" al periodismo en la década del cuarenta -Arrufat se refiere a ello en este mismo libro. Eliseo Diego, de quien habría que pensar algunos versos - pienso en "Dicen que soy reciente, de ayer mismo/ que nada tengo en qué pensar, que baile/ como los frutos que la demencia impulsa" ( El segundo discurso: aquí un momento , 1949)- en franca respuesta a varios de La isla en peso (1943) y que, a la altura de 1992, recordaba a Piñera como al único ser humano que en vez de sangre, llevaba letras en las venas. Autores estos todos cuyas poéticas batallaron con la iconoclasia de quien, quizá, fue su contemporáneo más activo a nivel estético.
En tanto lector, me hubiese gustado saber más sobre las opiniones de Piñera acerca de la sexualidad como influencia vital en la literatura y no es sólo por voyeurisme -sí, no voy a cometer la ridiculez de negarlo- sino también porque, como en el resto de los temas que abordó -y hoy sabemos que sí abordó directamente los temas sexuales-, Piñera reveló en sus percepciones una conceptualización ética y estética acerca de este asunto. Tres Elegidos (1945), Ballagas en persona (1955), La gran puta (1960), Sexualidad y machismo (1960), La vida tal cual (1961) y Fíchenlo, si pueden (1976) contienen, junto a Paradiso (1966) y Oppiano Licario (1977), de Lezama Lima, entre otros textos de los sesenta y los setenta, una clara reflexión de cómo la sexualidad y el erotismo -en sus diversas orientaciones genéricas y gradaciones discursivas- se articulan dentro del sistema cultural de una nación, lo cual es uno de los retos cognoscitivos de nuestro tiempo en cualquier parte del mundo.
Por el testimonio de Antón Arrufat en este libro, sabemos cuánta influencia tuvo la herencia judeocristiana en los años iniciales de la Revolución y cómo ello contribuyó a la exclusión de Piñera y en general de los homosexuales, las lesbianas y las conductas "impropias" de entonces de una participación más amplia en los destinos del país. Por él también sabemos que el autor de El No (1965) apostaba "por menos sexo y más obra" -¿hay una contradicción entre uno y otra?-; no obstante, leída cuidadosamente, la obra de Piñera se revela en muchos sentidos como un forcejeo brutal entre la carne y el espíritu. No sucede lo mismo que en otros escritores donde, siguiendo a Freud, pudiera decirse que la sublimación sexual justifica la escritura, sino que en Virgilio la conciencia del cuerpo se empasta con la escritura, convirtiendo a esta última en una dificultad constante:

Porque no se lucha por la escritura sino en su contra. Desconfiar de aquellos escritores que afirman encantarle la literatura. Llegar a dominar la escritura, obtener esa alquimia de entrarla en la corriente sanguínea de nuestro cuerpo, es el combate que todo escritor debe plantearse. Escribir simplemente es un oficio como otro cualquiera, en cambio escribirse, he ahí el secreto -dijo el autor en algún momento.

Luego, yo eché de menos un poco de cháchara mundana sobre el tema de la sexualidad y su traducción en literatura, alguna anécdota como la de Cabrera Infante en Mea Cuba (1992), en la que relata cómo Virgilio se deshizo de fotos pornográficas en una carretera a las afueras de La Habana ante el temor de que la policía las encontrase en su casa. Alguna entrevista con Severo Sarduy donde se explorara la relación entre los dos autores - recordemos que Severo en uno de sus textos pidió la santificación del poeta de Solicitud de canonización de Rosa Cagí ( La vida entera , 1969). Algunas palabras de Reinaldo Arenas, quien diviniza al amigo al inicio de su autobiografía Antes que anochezca (1992). Es decir, ofrecer elementos a los lectores cubanos de cómo cristaliza en Piñera una tradición que desacraliza el sexo y la sexualidad como tema tabú en la mentalidad pública cubana, algo que, junto a varias otras cosas, él percibió como tarea moral y artística de su momento histórico y de lo cual la intelligenzia de vanguardia en Cuba, más o menos secretamente, siempre le ha quedado agradecida desde los años cuarenta hasta la actualidad, época en que muchas de las ganancias piñerianas están siendo sistematizadas.
El libro de Espinosa Domínguez, por último, como su anterior sobre José Lezama Lima, es una contribución importante a los estudios cubanos en su conjunto, así como un aporte al conocimiento puntual de la literatura iberoamericana en general. Su publicación tanto en Miami como en La Habana es una oportunidad que ningún interesado debe perderse de leer.

Iowa City, Marzo de 2004
 
 

SUBIR