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A propósito del desborde
Armando Mariño |
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J.L se levantó ese martes dispuesto a escribir. Desde la madrugada lo había decidido, mientras releía a Cortázar encarnado en Horacio Olivera, avanzando por una rue de París, tratando de desprenderse de la mano de la vieja pianista, de doblar una esquina, de no verla jamás. J.L quiso fumar. Detuvo la lectura antes de que Olivera llegase al edificio, antes de que la vieja pianista formase el escándalo, antes de que Olivera se echase a correr. Esto si es Literatura, se dijo, toda la lástima humana resumida en la mirada de Olivera. Por la mañana me pongo a escribir. J.L lamentó la ausencia de cigarros, marcó la página con la caja vacía, miró el reguero de papeles en el cuarto, los cabos en el suelo, bostezó largo. También extrañó a su mujer. ¿Qué tiempo hacía que no dormía cercano al calor de su mujer? ¿Dos, tres meses? Con exactitud no lo podría precisar. La imaginó limpiando la caca de la madre del escultor famoso que vivía en la otra cuadra. Le dio risa. Mucha risa. Aquello también era Literatura. Su mujer iba abriendo las piernas de la viejita acostada en la cama. La caca salía como si fuese un churro preparado por el vendedor de la esquina. El culo de la vieja era idéntico al orificio de la máquina. Después habría azúcar en los cucuruchos, colas, niños deseosos por probar. El culo de la vieja, impertinente, seguía soltando trozos de caca. Las manos de la mujer de J.L, como las del vendedor, accionaban con el producto terminado. Una peste capaz de ahuyentar la compasión acumulada por la Historia invadía todo el cuarto. Asco. Mucho asco. J.L se sintió culpable de inventarse una imagen tan cruel con su esposa y trató de cambiarla. Soltó Rayuela sobre la mesita de noche. Caminó a la ventana. Cerró los ojos decidido a inventarse otra imagen. La vio feliz en un sillón cuidándole el sueño a la vieja. La vio limando sus uñas mientras escuchaban la novela de las dos. La vio, frente al espejo, peinándole sus canas como si fuera una excelente ama de llaves de película inglesa. Pero al final se interpuso la peste, el cubito de agua, el ajetreo, el trapo. La caca de la vieja fue más resistente que el deseo de un J.L recostado en la ventana. Su mujer pasaba el trapo al pellejo arrugado, escurría el excremento con calma, entalcaba el culito, perfumaba, como si se tratase de un recién nacido feliz. Demasiado por cuatrocientos pesos mensuales, se dijo J.L, resignado a fumar. Pero ya no le quedaban cigarros. Miró al suelo, cerca de la cama había un cabo prudente esperándole. No lo pensó dos veces. Buscó la fosforera en el bolsillo del short. Junto a la ventana ladeó la cabeza para no quemarse la nariz. Prendió el cabo. Se sintió mejor después de la primera cachada. Intentó sacarle el sumun. Casi se quema los dedos. Luego bostezó, recordó que en la mañana tendría que sentarse a escribir y sin quitarse la ropa se tiró en la cama. Soñó, o le pareció que soñaba, con la vieja pianista de Rayuela y con su esposa. En el sueño la madre del escultor se convertía en la pianista arremetiendo contra un Olivera sorprendido. J.L sentía la lluvia sobre la chaqueta canadiense como si fuera Olivera. Estaban en la entrada de un destartalado edificio de La Habana Vieja. Echó a correr y estuvo a punto de tumbar a dos tipos que esperaban la guagua. La vieja blasfemaba palabrotas imprecisas. Después subía las escaleras, soltaba un pedo en el descanso, abría la puerta con dificultad, dejaba el bolso en una silla, se desnudaba, se metía en la cama, pujaba churros para que luego la esposa de J.L llegase con trapos, cubito de agua tibia y muerta de asco, limpiara. Eternamente, limpiara.
Pero frente a la Royal, con la página en blanco en el rodillo, el mundo era otra cosa. Ni Cortázar, ni Olivera, ni su esposa, ni la vieja pianista, ni la caca, importaban tanto como llenar esa página con letras deseables. Para eso se había preparado, para escribir. Apenas debió haber dormido unas horas. Abrió de golpe los ojos cuando pensó que perdía la mañana y se encerró en el baño. Mientras se enjuagaba miró en el espejo a un tipo con ojeras que había soñado con caca y sintió ganas de hacerla. J.L sentado en la taza, con el short apresado en sus talones, con los brazos hincando las rodillas y a la vez sosteniendo su cabeza, se imaginó ridículo. Un tipo como yo, deseoso de escribir su paginita envidiable, resulta el más común de los hombres con este estreñimiento, se dijo. J.L pujó lo suficiente hasta sentirse aliviado. Mientras se limpiaba con la hoja de una vieja revista quiso evitar de una vez sus relaciones con la mierda. Contempló su caca en la presión del agua y se prometió no pensar más en eso. Escatología barata, se dijo, rinconcito de los últimos poetas. J.L se puso a silbar cuando salió del baño. Caminó a la cocina. Recordó que estaba solo y que nadie le haría café ni le buscaría cigarros. También, mientras la cafetera hervía a punto de botarse, recordó a Julio Cortázar. J.L tomó un paño con la mayor rapidez. Preparó medio vaso, se dio un buche del líquido humeante y quiso fumar. Pero faltaban los cigarros. Cortázar sí era un escritor del carajo, se dijo, de esos que no lo piensan dos veces para entrarle a la página. Cortázar, tremendo tipo Cortázar. Decidió bajar las escaleras, cruzar la calle, mirar de reojo al vendedor de churros, a la gente en la parada, llegarse hasta la esquina y comprar unos cuantos cigarros. Escribir no se puede sin cigarros, se dijo frente al viejo que los vende.
-¿Cuántos quieres?
- Deme diez.
¿Habría pasado el genial Julio Cortázar por los mismos pasmes que a él le sucedían? ¿Habría comprado cigarro a menudeo a un viejo renqueante, que contaría el dinero con una calma increíble antes de echarlo en el platico del bisne? ¿Habría sabido qué coño era bisne, qué coño cigarro a menudeo? ¿Habría arrastrado un colchón por la ciudad por tirarle un cabo a un par de marginales? ¿Habría trabajado alguna vez de C.V.P, en alguna empresita de París o Buenos Aires? ¿Habría corrido detrás de un extranjero para tumbarle unos fulas e ir tirando? ¿Habría pasado los mismos trabajos para escribir una cabrona palabra? El viejo trajo los cigarros y se quedó mirándolo.
- ¿Algún problema, muchacho?
- Nada, Prendes, pensaba un poco.
- Un consejo, muchacho: Estos tiempos no son para pensar. ¿Vas a comprar café?
- Gracias, Prendes, colé ahora mismo.
Esquinados en el borde de la mesa, el medio vaso y los cigarros serían testigos de las primeras palabras que recibiría la hoja en blanco. Ellas, las palabras, antes de inscribirse a través de las teclas, tendrían que aferrarse primero en la mente de J.L y luego ser paladeadas como si fueran dulce cocinado por su esposa. Eso era escribir. Eso y algo más que fumarse otro cigarro o pararse y caminar a la ventana para contemplar otra vez al vendedor de churros. J.L tuvo miedo ese martes. Un escalofrío le advirtió que sus pasos anteriores sólo eran pretextos para demorar el comienzo. Toda la fuerza de la Literatura estaba en el comienzo. Ningún escritor de ficciones que respetase el oficio podía darse el lujo de no meditarlo. Mirar por la ventana no lo salvaría de escribir, se dijo. Pero era un alivio ante la imposibilidad de encontrar una frase. La buena frase. Cada cual en la calle era presa de sus propias intenciones: los vecinos, los viejos con jabas camino a la bodega, la gente en la parada, las mujeres, el par de mecánicos debajo de un carro. Menos él, todos tenían prefigurado su comienzo. El vendedor de churros, por ejemplo, lo aseguraba con una eterna metafísica: Llegar temprano, calentar la manteca, colocar la harina con azúcar y pregonar churros, churros, vaya tu churro aquí. Pero con el escritor que intentaba la creación las posibilidades eran infinitas. Aunque la historia que pensaba escribir estuviese muy clara, los personajes, e incluso el tono, faltaban las palabras del comienzo. Llevaba días estrujando cuartillas sin que aparecieran. Hoy no me puede pasar lo mismo, se dijo. Dejó caer el cigarro hacia la calle, soltó el humo y se prometió no volver a la ventana hasta que escribiese una frase. La buena frase. Cuando estuvo otra vez frente a la Royal cerró los ojos, respiró profundo, puso las manos sobre el borde de la mesa, trató de pensar en la página en blanco y se maldijo. Finalmente se maldijo. Alguien había tocado la puerta.
Ese alguien fui yo.
Creyendo que no había nadie en casa comencé a bajar las escaleras, pero J.L, pálido como el mármol, abrió. Al instante me pareció un hombre enfermo.
- ¿Ya no se puede visitar a los socios?- dije en tono de broma ante un tipo incapaz de apartarse.
- Entra.
La casa estaba patas arriba. Caminé hacia el cuarto, o despacho, o escritorio, directo al silloncito de siempre. Allí vi la mesa, la Royal, el paquete de hojas listo para entrar en el rodillo, los cigarros y el vaso todavía con restos de café.
- ¿Quieres un buche?
- Bueno
- Esto es lo que queda- J.L alargó el brazo y trató de sonreír sin mucho éxito- Me estoy meando, ahora vuelvo.
Salió.
Estantes cargados de libros, herencia del padre y del abuelo materno, dejaban ver al visitante de turno la historia ecléctica de la Literatura. Observé señales de impotencia en el reguero del cuarto, los cabos de cigarros en el suelo, papeles estrujados, polvo y me dije que a pesar de todo J.L era un tipo dichoso, poseedor de una herencia envidiable. Salvo escasas excepciones, desde Miguel de Cervantes hasta el último escritor contemporáneo, compartían el polvo del estante. Durante años y como prueba de ese poder J.L se dedicó a pegar frases de otros escritores en la pared. Frases de aquellos que servían de inspiración o recordaban que en el oficio nadie se encontraba realmente solo. Releí algunas con calma, en alta voz:
La carrera de escritor tiene su propia y curiosa forma de infierno
Graham Greene
Sólo existe el buen verso, el mal verso y el caos
T.S Eliot
Mientras quede algo por hacer nada está hecho
Melville
Es más humano Vang Gogh cortándose una oreja que un hombre amansado con los novelones que le pasan por la televisión
Sabato
Cuando en el mundo aparece un verdadero genio, puede identificársele por este signo: todos los necios se conjuran contra él
Johnathan Swift
- La Literatura es una mierda - me interrumpió J.L.
Un poco menos pálido que cuando lo vi en la puerta, se acomodó frente a su Royal, tomó un cigarro y comenzó a reirse.
- Estoy a punto de botar todo eso- J.L soltó humo y se quedó mirándome.
Permanecí en silencio
- Esos cartelitos engañan demasiado. Acabo de descubrirlo, compadre. ¿De qué sirve tanto forcejeo con las palabras? ¿Tanto libro, tanta frase en la pared? Lo que hago es sufrir, este oficio es estéril.
Desde la silla recogió un papel cercano, lo estiró y comenzó a echar cenizas para entretenerse. No pude callar más. Le dije:
- Te veo pálido, pero tú no eres Rimbaud. ¿A qué viene esa descarga?
- Sencillo, asere, no puedo escribir. Llevo días, meses intentándolo. No puedo.
Entonces, como mismo he descrito para que el lector lo conozca, me contó de Olivera, de la vieja pianista, de la caca de la madre del pintor de la otra cuadra, del trauma con su esposa, de su sueño.
- ¿Trajiste el cuento?- J.L suspiró arrepentido por sus confesiones. Lo vi caminar a la ventana, cruzar los brazos, soltar humo de un nuevo cigarro, volverse hacia mí - ¿Trajiste el cuento?
- En eso habíamos quedado. Me dijiste pasa el martes para que me lo leas y aquí estoy.
- ¿Dime el título?
- Los Heraldos Negros.
- Los títulos son tan importantes como las primeras frases- dijo pensativo.
- Buena conclusión, socio. Dame un cartoncito para escribirla, la voy a pegar- le alcancé una copia sonriendo.
- Espero verme mejor de personaje que como estoy ahora.
- No seas optimista.
- Mete caña, me muero por saber qué coño es esto- dijo, con la silla inclinada hacia atrás y los ojos clavados en la primera página.
Leí el cuento como si ejerciera mi defensa ante un tribunal implacable. J.L en rol de protagonista contaba con derecho suficiente para cuestionarse esa historia. Además de arrastrar un colchón por la ciudad durante horas, de timar, de timarse, transgredió límites que a través de mi cuento se pondrían al alcance de millones de ojos. La duda, la inseguridad ante el colega, el afán de perfección que me domina, quedaron en el aire. Al concluir J.L se rascó la cabeza, me miró pensativo y dijo finalmente:
- De pinga, asere, lo lograste. Has puesto mi angustia como yo no soy capaz. Esto merece un trago.
- ¿Todavía te quedan fulas? - dije para aliviar mi desconcierto.
- Todo acabó hace tiempo, como dice la canción. Trescientos dólares no es nada, mi socio. El hueco que tengo es mayor que las aspiraciones. Eso pasa.
- ¿Y de dónde sacamos los tragos?. Yo tampoco tengo un kilo.
- Déjame eso a mí. Hoy vamos a comer y a tomar como no te imaginas. Esto hay que celebrarlo.
Un par de horas después estuvimos frente a la Residencia de un embajador africano cuyo nombre sustituyo tal como hice con otros personajes. Cada cual en bicicleta pedaleó la ciudad, absorto en su propio silencio. J.L me pidió que me dejase llevar por la sorpresa, que confiara en su intuición. El necesitaba los tragos por pura incompetencia, me dijo, y yo, por Los Heraldos Negros . Desde la acera vimos a un enorme perro acercarse. J.L gritó:
- Señor Kulam, señor Kulam.
Un hombre muy negro, en camiseta, apareció en la puerta de servicio.
- ¿Este es el Kulam Wendulam que dijiste?- pregunté por lo bajo a J.L.
- No chico. Este es el criado.
El hombre caminó hacia nosotros despacio, apoyó una mano en la cerca, con la otra acarició al perro, luego sacó una llave del bolsillo y se dispuso a abrir.
- ¿Qué bolá con el perro, asere?- quedé atrás cuando mi amigo y su bicicleta entraban en la Residencia.
- Si te pones nervioso, muerde.
- Entonces, no entro- dije.
- Perro no muerde visitantes- el criado me miró despectivo- perro manso, yo aguantarlo para que usted pase.
Antes de llegar a la puerta de servicio, cerca de un par de carros sobre burros, miré atrás, pero ya no vi al hombre ni al perro. Acomodamos en un rincón las bicicletas. J.L avanzó como si fuera el dueño de aquella Residencia. Yo le seguí los pasos como un simple criado. En la cocina (inmensa cocina, pensé), una mujer fregaba absorta en la vajilla y sobre la mesa vi tomates, coles, mazos de lechuga, berro, aguacates, acelgas, en plan de convertirse en futura ensalada. El plato fuerte debió estar muy cerca, me dije, pero el paso de J.L impidió que pudiera detectarlo. Caminamos por un limpio pasillo con óleos de artistas de renombre en las paredes, que tampoco pude contemplar como merece. Por fin llegamos al despacho de Kulam. Un hombre gordo, negro, dentro de una hermosa túnica africana, nos estaba esperando. Cuando nos vio mostró sus dientes.
- Bienvenido a casa, amigo- dijo estirando su mano a J.L.
- Cómo anda la cosa, Kulam
- En la lucha, esperando que traigas el guión- en la lucha sonó ridículo en boca de aquel hombre negro.
- De ese asunto vine a hablarle, Kulam- dijo J.L con la mejor de sus máscaras- Mire, éste es Sergio, un gran escritor y guionista.
- Bienvenido a casa, Sergio- dijo Kulam y también me estiró su mano.
- El trabajará conmigo en el guión. Por la complejidad de su novela, sabe.
Capté brillo en los ojos del Embajador, ligera inclinación de su cuerpo hacia nosotros, sonrisita imperceptible. J.L me conminó a sentar después de la señal que hizo Kulam.
- Eso parece bien- dijo, conmovido, este último. Luego apretó un interruptor que le quedaba cercano- La novela es compleja. Muy compleja. En ella puse mi vida y la de mi pueblo. Sus costumbres, los ritos, todo. ¿Ya la conoce usted?
- No- dije y señalé a J.L- pero él me ha hablado mucho de ella.
- Es excelente y compleja- apuntó J.L- Será un best seller . Sobre todo si se le hace una buena película.
Kulam Wendulam se inclinó a un lado, de un bulto tomó un libro, abrió la portada, escribió. Luego fui a buscarlo.
- Muchas gracias- dije.
La puerta se abrió y el criado entró bandeja en mano con cervezas Cristal y Bavaria, copas, una botella Havana Club cinco años, tres platos rebosados de lascas de jamón y queso, aceitunas, pomito de pepino en curtido y varias servilletas. Todo un manjar para esta hora, pensé. Lo colocó más cercano de nosotros que del Embajador y sin darnos la espalda se marchó.
- Sírvanse- dijo Kulam- Si no tienen prisa también los invito a cenar.
J.L abrió fuego contra los platos como si se encontrara muy cerca del campo enemigo en plena Segunda Guerra Mundial. Sin dejar que el elogio de la novela de Kulam Wendulam quedase en un plano secundario, fue capaz de blandir diestramente el tenedor y de pinchar aceitunas y lascas. Lo imité en la medida en que mis fuerzas de soldado que se atrinchera a sus órdenes lo fue permitiendo. No tenía mucho que hablar, desconocía la calidad de la famosa novela. Sólo me limité a mirar en la portada al par de artistas nacionales que se prestaron a posar disfrazados, uno como rey africano y la otra como mujer blanca cautivada por el negro. Aquí los colegas se ganaron sus pesos, me dije.
Cuando estábamos en la tercera cerveza Kulam Wendulam comenzó a contar una fábula africana. Alzaba los brazos para representarnos el verdor tupido de la selva, la aparición del tigre ante una gacela, el intercambio de frases y la moraleja final donde triunfaba el más débil sólo por su astucia.
- La astucia, nunca olviden esta fábula africana- dijo.
- Es excelente esa fábula, Kulam- dijo J.L- aquí no tenemos muchas. Más bien vivimos del cuento.
- Pero el cubano es astuto, a pesar de todo- dijo Kulam.
- Sí- dijo J.L- a pesar de todo.
Tocaron, Kulam Wendulam dijo adelante y en la puerta apareció un tipo jamás imaginado en aquella Residencia. Cuando estuvo cerca del Embajador dijo, Permiso, Kulam, ya trajimos el encargo , y Kulam desde el trono asintió como si no hubiese escuchado. Pero el otro, curioso, echó una ojeada a los platos, a la Cristal de mi mano y luego descubrió a J.L con la boca repleta de lascas de jamón y de queso. Ambos se saludaron.
- Mira, para que conozcas a Sergio- dijo J.L
Noté porte de malandrín en el curioso cuando le di la mano. Guardé una interrogante en mi cerebro para después preguntar a J.L ¿quien rayos era ese tipo?
- Ah, Kulam, la cena ya está lista- dijo el hombre antes de marcharse.
Kulam metió sus brazos dentro de la túnica, miró nuestros platos vacíos, nuestros rostros nacionales y dijo:
- Cuando quieran pasamos al comedor.
En el pasillo me entraron ganas de orinar. Parte de las Babarias y Cristales que llevaba en el estómago ya no las resistía. Toqué a J.L para indicárselo.
- Kulam, vamos al baño- dijo mi amigo.
- Los espero en la mesa- dijo Kulam.
Caminamos por un pasillo lateral. J.L silbaba delante de mí como si fuera el dueño de aquella Residencia. Yo me sentí bien, pero nervioso. Iba mirando cuadros a medida que avanzaba. Cerca de la cocina J.L se equivocó de puertas. Cuatro muchachas en licras, también con Babarias y Cristales en sus manos, platos con lascas al alcance, muy relajadas, quedaron mirándonos como si fuésemos un par de retrasados. Luego sonrieron y nos cambiaron la vista. Aquello era una especie de pequeño despacho habilitado para citas nocturnas. El tipo con porte de malandrín, a sus anchas, le servía de anfitrión. J.L se disculpó con una seña y cerró esa puerta.
- Este debe ser el encargo para Kulam- dijo.
Oriné como un santo y deseé estar cenando lo antes posible. Afuera J.L silbaba.
Otra vez caminamos los mismos pasillos.
- No te puedes quejar- susurró J.L cuando estuvimos frente a Kulam Wendulam.
Los vegetales que había visto en la cocina en estado natural estaban transformados en una excelente ensalada, junto a una poderosa fuente de congris y a otra con la mitad de un carnero. Comimos y hablamos. Hablamos y comimos hasta el agotamiento. Kulam Wendulam nos observaba como si fuese la Gacela de su fábula y nosotros el tigre en una selva inmensa de tomates, coles, lechugas, carnes, y tenedores dispuestos a engullir lo imposible.
- Excelente la cena, Kulam- dijo J.L en la puerta de salida.
El perro vino junto al amo y éste lo acarició sonriente.
- Espero vuelvan pronto con parte del guión- dijo Kulam con la mano sobre la cerca.
- Descuide, Kulam- dijo J.L.
Vimos a dueño y perro perderse en el interior de la Residencia y nos pusimos a pedalear sin pensarlo dos veces.
- Tremenda sorpresa, compadre- dije después de un eructo.
- Había que celebrar ese cuento- dijo J.L- ¿ Cómo me dijiste que se llamaba?
- Los Heraldos Negros.
- Buen título, buen título. ¿Lo mandaste al Concurso?
- Sí.
- Ojalá tengas suerte con él.
- Ojalá- dije.
Nuestras bicicletas, bamboleantes, se abrían paso entre los baches y la oscuridad. J.L pedaleaba esquivando las posibles trampas de la calle como si conociera de memoria el camino. Yo seguí todo el tiempo en mi rol de recluta a sus órdenes. Pero a riesgo de caer en algún hueco traté de ir casi a su lado. Necesitaba dialogar, conocer un poco más sobre la vida en aquella Residencia.
- Creo que le estorbábamos a Kulam- dije- Cuatro putas esperaban por él y nosotros dando muela y comiendo.
J.L demoró en responderme. Estaba maniobrando para prender un cigarro sin bajarse. Luego me explicó contundente:
- Cada vez que vengo hay cuatro putas. A él le interesa ese guión.
- ¿Y qué tal la novela?- pregunté recordando que el libro lo llevaba en mi parrilla.
- Ya la leerás.
- En la portada hay dos artistas famosos- dije- Seguro cobraron caro esa foto.
- Kulam es la trampa- dijo J.L demorando su paso- Pagó, pero bailó horizontal con la artista.
- No jodas.
J.L hizo un profundo silencio. El humo del cigarro a medida que avanzábamos golpeaba su rostro y luego el mío. Por mucho que quise no pude imaginar la desnudez de la artista cercana al ancho vientre de Kulam Wendulam. J.L me sacó del intento:
- Este mundo es de madre, mi socio. Apréndete bien la dirección, cuando quieras comer y tomar llégate aquí.
- ¿Y qué hay con el asunto del guión?
- Es todo un juego. Kulam no tiene un kilo. Hace veinte años que el Presidente de su país no le paga. Vive inventando. Nosotros alegramos su vida haciéndole creer que es un artista. Nada más.
- De pinga. Pensé que podría ganar algo haciendo ese guión.
- Si quieres, inténtalo- J.L filosófico, demorando el pedal sobre la bicicleta, quiso mirarme en aquella oscuridad_ Yo no caigo en eso. No somos los primeros que pasamos por aquí. Esto es una cadena de escritores que quieren comer. Un juego. Prometemos y él promete. Nada más. No estoy para que nadie me pague un trabajo con pitusas usados, con ropita vieja. Eso le propone a todos. Del guión no he escrito ni voy a escribir una letra.
Decepcionado con la idea de ganarme unos pesos, insistí:
- ¿Y la novela? ¿Qué tal la novela?
- Esa la escribieron otros igual que tú y yo.
- ¿Y quien era el de las putas? Con esa pinta hay que estar loco para tenerlo muy cerca, la verdad.
- Él me presentó a Kulam Wendulam. Ahora le trabaja de chofer, de jardinero, de cualquier cosa. Es uno de los personajes de tu cuento.
- ¿No me vas a decir que ese es...?
J.L soltó una carcajada, botó el cabo de cigarro y luego dijo:
- Maladoy, mi socio, ese tipo es Maladoy.
Alberto Guerra Naranjo (Ciudad de La Habana, 1963). Ganó el premio de cuento de la revista La Gaceta de Cuba en 1997 y 1999. Tiene publicados dos cuadernos y el volumen de cuentos Blasfemia del escriba (Letras Cubanas, 2000). Buscavidas es el fragmento de una novela inédita.