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En los meses finales de los años 90, la revista La Gaceta de Cuba publicó una serie de textos reunidos en la sección Siglo pasado, en los cuales diversos intelectuales cubanos resumían el siglo XX desde su perspectiva, cronicando años concretos de sus vidas. Este 2004, apareció una selección de los mismos en un volumen de igual título, compilados por el escritor Norberto Codina. La isla en peso seleccionó uno de ellos, como botón de muestra de esa memoria cada vez menos reciente.

 

1991
Se acabó el cuento

Ángel Santiesteban

Era mediodía y el poco aire de mar que entraba por la callejuela del puerto levantaba un sopor caliente que se entretenía jugando entre las grandes columnas del portal del Palacio del Segundo Cabo, para luego subirse a los árboles de la Plaza de Armas; traía olores de salitre, petróleo y pescado rancio que iban a confundirse con el fétido olor de las aguas del foso del Castillo de la Fuerza. Varios jóvenes que asistían como cada año al Seminario de Verano para escritores noveles del país, los llamados novísimos, estaban sentados en un banco del parque. Tenían la mirada perdida y el rostro tenso. Quizás observaban la Giraldilla, el Cristo, los cañones de la Fuerza, o la gran muralla de la Cabaña, sin fijar las imágenes, tal vez mirándose adentro, buscando qué otra cosa hacer para darle sentido a la vida: "el cuento se les había acabado".
El período especial sacudía el país con una potencia de cinco en la escala Richter en La Habana y de siete para las demás provincias, y lo más importante para el Estado era, objetivamente, garantizar a la población un pedazo de pan y alguna vianda. La era de los libros quedaba atrás, las imprentas cerraban y los editores y linotipistas aguardaban en sus casas por tiempos mejores.
El grupo de muchachos que no rebasaban los veinticinco años sentía que la vida se les iba, que los sueños se escapaban sobre una balsa más; tenían las gavetas llenas de obras inéditas y todo tiempo futuro prometía ser peor. Alguien caminó hasta el restaurante La Mina y los otros lo siguieron, miraron hacia la calle Obispo abarrotada de personas que caminaban como hormigas en busca de algún alimento para llevar a casa. Tomaron asiento alrededor de una mesa. El mesero se acercó y dijo que para estar sentado había que consumir, de oferta sólo tenía infusión. Todos movieron los hombros y el hombre con delantal sucio se retiró. Amir preguntó qué hacer y los otros quedaron callados. Era una respuesta difícil, y era evidente que todos la temían porque asumirla podría cambiarles el futuro. Daniel, que miraba obsesivamente hacia el mar, contó un sueño: aparecía sólo sobre una balsa, siempre despertaba desesperado porque la incógnita era dónde habían quedado su mujer y su hijo, hasta en el sueño evitaba pensar que habían caído al mar. Alberto aseguró que ése no era el camino, la idea era buscar, afianzarse a algo más sólido, y Guillermo interrumpió para agregar que por lo menos a algo más espiritual. Ángel dijo que no escribía para publicar, que a la mayoría de los escritores no les publicaban en vida. Sindo hizo un gesto de fastidio: así no tenía sentido escribir. Torralbas lo apoyó. Ronaldo comenzó a disertar sobre el movimiento de la plástica porque se encontraba en peores condiciones que el nuestro. Roger lo interrumpió para preguntarle a Marcos su criterio y éste respondió encogiendo los hombros: estaba muy entretenido con un viejo medio enloquecido que cambiaba una moneda con la imagen del Che por un billete con la imagen de Washington, decía que como recuerdo, y los turistas se alejaban del anciano que los perseguía con voz temblorosa. Marcos sonreía y daba la sensación de que nada le importara. Roger aseguró que cualquier alternativa era mejor que la actual. Agustín aprovechó para hacernos saber que se encontraba en el negocio de antiguos relojes de péndulo. El mesero regresó con la infusión en vasos que fue poniendo delante de cada uno. Calcines hizo la historia de su detención cuando lo confundieron con un delincuente. Michel dijo que se debía hacer una declaración de principios y recoger firmas. Guillermo alertó que no debíamos confundirnos, los intelectuales luchan con el arma de la literatura. Sindo extrañaba a su familia y deseaba regresar a Cabaiguán, su recién descubierta diabetes lo trastornaba; de repente extrajo una jeringuilla, con rara habilidad le colocó una dosis de insulina y se pinchó la barriga. Michel no quería mirar aquel ritual y rompió el silencio para asegurar que no tenía sentido aquella reunión, era el intento fallido de una cultura que languidecía. Jorge Luis se alegró de venir a La Habana, para él siempre era una fiesta. Ángel dijo que a las dos había que regresar para la sesión de la tarde, seguramente nos estaría esperando algún escritor mediocre de los que nunca antes tomaron en cuenta. Todos sabían que los verdaderos, los maestros, de alguna u otra forma se agenciaban viajes al extranjero para paliar la crisis. Los jóvenes decidieron no regresar, caminarían por el Malecón hasta que se cansaran. Se sorprendieron con los ojos humedecidos. Michel dijo que era un brindis con lágrimas por una literatura difunta y quiso reír pero le salió una mueca de dolor. Nadie reparó en aquel detalle porque era muy común por esos días. Nadie supo tampoco que era una despedida. En un intento casi desesperado, Amir habló de la posibilidad de tiempos mejores y mencionó su experiencia con los palestinos. Guillermo propuso que la única forma de esperar era escribiendo. Daniel dijo que en algún momento se aborrecería a sí mismo por andar escondido como un caracol, la función del escritor es social. Nada puede hacerse, afirmó Calcines, demasiada realidad. Pablito, el asesor, el último que se inmolaba alrededor de aquellos jóvenes, llegó con rostro optimista y saludó al grupo con un puño cerrado y la otra mano abierta igual que los karatecas. Nadie le respondió. Les molestaba verlo siempre con aquella sonrisa como si nada estuviera pasando. Pablito los palmeó en la espalda y extendió un pañuelo para que se limpiaran la cara: lo único que no había que hacer en la vida era renunciar. Hubo como un largo silencio. Después todos se fueron levantando, y más por pena con él que por ellos, regresaron al Seminario. El mesero, extrañado, los vio marcharse, recogió el dinero y los vasos sin probar y los llevó a otra mesa.
El viento del mar continuó oxidando los cañones y desgastando la muralla, y el tiempo pasó sobre aquellas vidas: Daniel se fue para Texas y después de algún que otro intento por escribir, desistió: fueron locuras de otros tiempos, dijo en una carta. Alberto predica en su iglesia Evangelista y escribe como los ángeles. Sindo trabaja de día en una pizzería en Miami y por la noche en lo que aparezca. Jorge Luis se ganó un importante premio literario nacional y se mudó para un lugar que tiene luz eléctrica. La última vez que supimos de Calcines andaba por Brasil. Marcos siempre habló de que trabajaba en una novela, hasta que un día confesó que desde entonces había dejado la literatura: prefiere leer a los amigos. Michel trabaja en una brigada de la construcción en Madrid. Ese mismo año, Agustín se echó alcohol sobre el cuerpo y quiso encender un fósforo para luego tomar una determinación, pero al primer contacto con la lija, una ínfima chispa lo hizo despertar de su enajenación, y ya no pudo hacer nada. Guillermo asiste a su iglesia Metodista y casi vive de sus derechos de autor. Roger, luego de convertirse en un exaltado militante religioso, desistió y se casó con una señora del Distrito Federal. Ronaldo está en Lima, imparte clases y hace poco leímos una entrevista que le hizo a Vargas Llosa. Torralbas vendió su televisor para pagarse el boleto de avión a Las Vegas. Amir continúa escribiendo desaforadamente en un cuartico de Centro Habana.
Yo sólo quise recordar aquellos días en La Habana.

 
 
 

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