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Marcelo Pogolotti y la crítica de artes plásticas
Israel Castellanos León |
Nacido en la capital cubana en 1902 y fallecido en la misma ciudad en 1988, Marcelo Pogolotti es una de las figuras más relevantes en la historia de las artes plásticas cubanas. Pintor y dibujante, formó parte de la primera promoción de nuestra vanguardia artística. Y aunque breve (1925-1938), su trayectoria como artista de la plástica fue intensa y proteica.
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Marcelo Pogolotti
con su esposa e hija pequeña |
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Fue nuestro único representante del futurismo y un artista que se adelantó casi veinte años al cultivo de la abstracción en nuestro país. Fue el cubano con mayor reconocimiento en Europa antes de Wifredo Lam. De él, llegó a escribir Alejo Carpentier en una crónica enviada desde París, en 1931, para la revista habanera Social: "Sus concepciones se sitúan, de hecho, en primera línea, en el campo de las inquietudes pictóricas actuales. Pogolotti es el artista de técnica e ideas más avanzadas que haya producido nuestro país hasta ahora" (1).
Pero, cuando regresó a Cuba en 1939, Marcelo Pogolotti había perdido definitivamente la visión en ambos ojos. Su precaria situación económica, unida a la necesidad de reencauzar su expresión creadora, le estimularon primero a aceptar y luego a perseverar en el ejercicio periodístico. Según refirió en su autobiografía ( Del barro y las voces ) (2), su labor en la sección de artes plásticas de la revista francesa Commune fue muy efímera (apenas unos meses); y de su participación como redactor en esa publicación, sólo resaltó la escritura de un ensayo en torno a la relación del arte con el fascismo. Firmado con el seudónimo de M. Marceletti, ese texto fue elogiado por Louis Aragon, destacado literato francés que dirigía aquel órgano de la Asociación de Escritores y Artistas Revolucionarios (AEAR).
Poco después del mencionado retorno a La Habana, Pogolotti difundió por la radio varios ciclos de conferencias relativas a la literatura, así como a la arquitectura y al urbanismo universales. Colaboró también con algunas revistas cubanas y de otros países de América Latina. Pero fue en El Mundo donde aparecieron sus colaboraciones sobre artes plásticas de manera más sistemática, apelando a una diversidad de géneros periodísticos y temas, varios de ellos relacionados con las artes plásticas. Y, dentro de estos, la crítica de arte.
El primer aniversario de la muerte de Guy Pérez Cisneros fue motivo para que, tomándolo cual paradigma, Pogolotti caracterizara al crítico de arte (3). Este, para él, debía estar "pertrechado con un rico arsenal de conocimientos" (4) y ser "un ojo avisado y penetrante que discernía los valores latentes y los sacaba a la luz". (5) Es de notar que Pogolotti no limita el saber de este crítico al campo de la plástica (o del arte en general), pero sí le reconocía el deber de "pronunciarse con todo el rigor necesario en materia de arte" (6). "La misión del crítico es mucho más que la de un mero catador contemplativo. No se limita a observar y medir a distancia, sino que exige una participación plena y activa. Hoy más que nunca ha de ser un comprometido, un engagé " (7). Este rol activo implicaba ser un "espectador comprensivo y estimulante" (8), "participar en el esfuerzo de creación" (9).
O sea, ese "orientador incansable y sagaz" (10) no sólo debía guiar a un grupo o promoción de artistas (como lo hicieron Marinetti y Apollinaire) hacia el reconocimiento en el vasto y competitivo mundo del arte, sino también aconsejarlo en la producción artística individual. Es decir, ser el mediador entre la obra y el público; pero, antes, el intermediario entre la obra y su autor. Y ser también co-creador, desde la recepción de la obra terminada y desde la génesis misma de aquella.
Resulta notorio asimismo que Pogolotti celebrara en el Guy Pérez Cisneros crítico de arte el uso de un lenguaje "sin pérdida de frescura y vivacidad" (11), opuesto a la "vieja tónica lerda y académica" (12). Pero no se refirió al carácter de la terminología (si era técnica o no). Pareciera dirigido a resaltar el factor comunicativo del tono, algo esencial en la prensa ya entonces; sobre todo en el periódico.
Esa "vivacidad" no implicaba solamente la manera vívida, entretenida, amena, de expresarse en torno al hecho artístico; sino también la exposición polemista que incitaba a su vez al debate, con planteamientos contundentes y emplazadores.
Mas, Pogolotti no se quedaba a la zaga. Al hacer prácticamente tabla rasa en la crítica de arte en Cuba (sobre todo en pintura) desde José Martí hasta G. P. Cisneros, dio lugar a que Jorge Mañach (quien se había sentido atacado una vez por Cisneros y ahora ignorado por M. Pogolotti) ripostara con elegancia, recabando consideración para su labor desde las páginas del Diario de la Marina, donde entre 1923 y 1933 había escrito varios "juicios críticos" para despertar la sensibilidad hacia el arte y combatir a la "mala academia", desbrozando el camino a la crítica venidera (como la de G. P. Cisneros), a quien dedicó un artículo de recordación en el primer aniversario de su fallecimiento. En ese texto, le contestaba a Pogolotti (13).
Desde El Mundo, Pogolotti replicó con agudeza y no menos donaire: "Mañach afirma con excepcional perspicacia que la etapa anterior (a G. P. Cisneros) era más bien explicativa y docente, con lo cual estamos de acuerdo y, por lo mismo, no podemos considerarla propiamente crítica de arte (...) Lo que se había hecho era un quehacer informativo, de divulgación de nuevas directrices y de nuevos valores en el panorama internacional. Las plumas más agudas y avisadas, entre las cuales sobresalía la de Mañach, denunciaban los preceptos caducos, sin plantarse, empero, de lleno en el campo moderno (...) Ello no significa, ni con mucho, que ese sentido previo careciese de importancia (...) para despertar el gusto artístico. La eficacia de esta tarea fue acrecentada por la fresca belleza de expresión de quien la realizó (Mañach), cuyos escritos contribuyeron a remozar nuestra prosa (...) Con el mismo espíritu recordamos a Mañach que escribir sobre artes plásticas no es lo mismo que hacer crítica de arte (...)" (14)
Y volvió a G. P. Cisneros cual modelo de guía comprometido con una promoción, participante junto "con el artista en la actividad creadora" (15), aunque, "No por ello dejó de hacer un minucioso análisis cuantitativo y cualitativo con método y a la luz de amplios acontecimientos, mientras intuía las esencias que son algo más que la suma de los ingredientes, tanto para revisar nuestro pasado como para aquilatar la producción del presente. La mirada distante permite abarcar más pero impide la compenetración que propicia la cercanía". (16)
Pero en lo tocante al academicismo, Pogolotti rebatió a Mañach sin medias tintas. Cuando este último se refirió a la "mala academia", Pogolotti entendía que ello presuponía la existencia de una "buena academia". Por ello afirmó, categórico: "Todo academismo es malo" (17). Y terminó el artículo prometiendo la fundamentación para el siguiente trabajo, por falta de espacio. Dos días después, en Arte vs. Modernismo (que debió titularse: Arte vs. Academismo ) (18), hizo una disertación sobre el academicismo desde el siglo XVI, demostrando que los grandes maestros siempre se apartaron de los cánones preestablecidos. "Por consiguiente, según el criterio académico, estos maestros inmortales son malos pintores (...) Pero como todos los grandes artistas han fundado su arte sobre tales 'errores', hay que concluir que lo que es malo es el academismo" (19). Pogolotti también acotó: "Con todo, no somos contrarios a la academia como escuela, pero habría que reformar de punta a cabo su sistema y programa, a fin de asegurar un aprendizaje amplio y flexible, con más hincapié en el sentido del arte que en el cascarón" (20). Incluso, en el artículo Arte en Camaguey (21) abogaba por el establecimiento de una escuela de artes plásticas en esa ciudad, al igual que en el resto de las provincias. Y máxime cuando al frente del centro docente agramontino estaría Jorge Arche, un artista perteneciente a la primera promoción de la vanguardia artística cubana.
En contrarréplica, Pogolotti aportó nuevos elementos a su caracterización del crítico de arte: ser un mediador creativo, que rebasara el estadio informativo y la intención meramente didáctica en pos de atrapar y expresar las esencias; que tuviera un método dialéctico y de amplio enfoque, en el cual valorara el presente sin preterir el pasado (es decir, con una visión materialista e histórica). E insistió nuevamente en el lenguaje de la crítica, tomando esta vez como paradigma a la forma de expresión fresca de Mañach, sin ampulosidades retóricas obsoletas y no por ello carente de belleza. De modo que, para Marcelo Pogolotti, en la crítica de arte era importante el "contenido" y la "forma", integrantes de una unidad expresiva y creadora.
La palabra escrita, como envoltura material del pensamiento, no carecía de importancia. Su dominio era fundamental en la comunicación. Pero el solo manejo virtuoso de la escritura no implicaba, para Pogolotti, que se ejerciera una cabal crítica de arte. Por ello había criticado precisamente a esos literatos que por el mero hecho de saber escribir bien, creían poder hacerlo sobre todas las materias. "Y de sólito insensibles a los puros valores plásticos" (22), solían enhebrar bellas frases. "No importa que las mismas sean hueras o que esquiven el contenido intrínseco del asunto, con tal de que suenen bien y parezcan decir algo, si recóndito, mejor, toda vez que, en estos casos, lo esotérico encubre la ignorancia" (23). En su afán por "ver lo que no existe" (24), "echan a mano algún concepto firmemente establecido por la crítica, pero hasta esta tabla de salvamento les falla por un error de interpretación. Su último recurso es el equívoco, un maravilloso, un genial, un sutilísimo equívoco con visos de profunda cuanto elusiva verdad, pero un equívoco al cabo" (25).
Pogolotti no se oponía a que la pintura (las artes plásticas, en general) sirvieran de inspiración a la literatura, siempre que se asumiera y reconociera como pretexto y no cual apreciación de entendido, pues ello "tendría algo de estafa intelectual, con la agravante de desorientar al público en un campo, por lo regular, peligrosamente falto de guías" (26). Llegó incluso a plantear que existían diferencias entre la metáfora literaria y la plástica. Esta última tenía como base, según él, asociaciones visuales que implicaban un background sobre historia y apreciación de las artes plásticas.
Pero Marcelo Pogolotti no se limitó a valorar la faceta de la crítica de arte escrita. Cuando escribió sobre Guy Pérez Cisneros (27) no sólo evocó su labor como portavoz, sino también cual organizador de exposiciones, auxiliado por su esposa Vera Wilson (28). De esos aspectos de lo que hoy se denomina curaduría, Pogolotti mencionó: la realización de catálogos, la museografía o distribución de obras en el espacio expositivo y la organización de actividades colaterales para la difusión de ideas estéticas. Sobreentendidos quedaban: la selección del expositor o expositores y de las obras a exponer (en coordinación, desde luego, con el artista). De la promoción ulterior se haría cargo la crítica escrita, porque ya en un proceso curatorial responsable está contenido el ejercicio profesional y fundado del criterio.
Notas:
1.- Carpentier, Alejo. Crónicas . La Habana, Edit. Arte y Literatura, 1975, p. 230
2.- Cfr. Pogolotti, Marcelo. Del barro y las voces . La Habana, Edit. Arte y Literatura, 1982.
3.- Cfr. Pogolotti, Marcelo. Fue notable crítico de arte . En: El Mundo , La Habana, 1954
4.- Idem
5.- Idem
6.- Idem
7.- Idem
8.- Idem
9.- Idem
10.- Idem
11.- Idem
12.- Idem
13.- Mañach, Jorge. Pérez Cisneros: olvidos y recuerdos . En: Diario de la Marina , La Habana, 5 de septiembre de 1954, pp. 4-12
14.- Pogolotti, Marcelo. Buena y mala academia . En: El Mundo , La Habana, 9 de septiembre de 1954, p. A-6
15.- Idem
16.- Idem
17.- Idem
18.- Pogolotti, Marcelo. Arte vs. academismo . En: El Mundo , La Habana, 11 de noviembre de 1954, p. A-6
19.- Idem
20.- Idem
21.- Pogolotti, Marcelo. Arte en Camaguey . En: El Mundo , La Habana, 11 de junio de 1952, p. A-6
22.- Pogolotti, Marcelo. Ver lo que no existe . En: El Mundo , La Habana, 28 de septiembre de 1949, p. 10
23.- Idem
24.- Idem
25.- Idem
26.- Idem
27.- Pogolotti, Marcelo. Fue notable crítico de arte . En: El Mundo , La Habana, 1954.
28.- Ella fue quien organizó, por cierto, una exposición de dibujos de M. Pogolotti en 1944, en el Frente Nacional Antifascista.
Israel Castellanos León (La Habana, 1966). Crítico de arte e investigador. En calidad de becario de la Fundación Ludwig de Cuba, finaliza una investigación alrededor de la obra crítica de Marcelo Pogolotti.
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Ver lo que no existe
Marcelo Pogolotti
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Los literatos suelen ser muy atrevidos, por cuanto acostumbran abordar sin empacho cualquier tema que se le presente, aún cuando el mismo se halle fuera de su jurisdicción. Como saben escribir, creen -y con ellos buena parte del público- que tienen el don de escribir bien sobre todas las materias. Nada hay en torno a lo cual su pluma ágil y avezada no pueda trazar frases hermosas y elegantes. No importa que las mismas sean hueras o que esquiven el contenido intrínseco del asunto, con tal de que suenen bien y parezcan decir algo, si recóndito, mejor, toda vez que, en estos casos, lo esotérico encubre la ignorancia.
La pintura es el dominio ajeno que los literatos son más proclives a invadir. Puede objetarse que, después de todo, lo importante es que el escritor haga literatura, cualquiera que sea el tema de la misma. Mas, este alegato solo tiene validez si el literato se contrae al oficio de torneador o cincelador de bellas frases.
Cabe admitir, incluso, que la pintura le sirva no más que de motivo, y hasta pretexto, para enhebrar abstracciones poéticas. Pero, en tales casos, precisa que lo dé a entender, y que no usurpe la función de crítico. Si se trata únicamente de divagaciones, que lo diga, que las califique de algo así como "variaciones literarias en torno a un tema o sugerido por la obra, o determinado cuadro, del pintor fulano de tal"; porque hacer pasar una interpretación personal como estudio o análisis de perito, tiene algo de estafa intelectual, con la agravante de desorientar al público en un campo, por lo regular, peligrosamente falto de guías. En todas partes se han escrito montañas de hermosos disparates sobre el arte pictórico, haciendo gala de sensibilidad y sutileza, de emoción poética y metáforas alucinantes, pero es menester que el lector sepa que lo que se le está ofreciendo no pasa de ser literatura y solo literatura, de variada calidad, desde luego.
Entre todos los pintores contemporáneos, Picasso se destaca, sin duda posible, por haber servido de trampolín al mayor número de escritores predispuestos a la fantasía. Resulta curioso, por cuanto se trata de uno de los pintores de vanguardia menos literarios. Acaso por eso mismo, y dada la singular disimilitud de su producción, los literatos -de sólito insensibles a los puros valores plásticos- se sienten más impelidos a elucubrar explicaciones o ver lo que no existe. Turbados ante el enigma pictórico, se esfuerzan por descubrir algún mensaje oculto. El orgullo profesional no les permite estacionarse en su perplejidad. Aceptan el desafío y aguzan sus entendederas, disponiéndose en un falso derrotero de especulaciones. A poco, se enredan en una inextricable maraña de absurdos y ponen a contribución todo su ingenio, a veces prodigioso, para encontrar una solución. Pero sus proezas intelectuales no hacen sino alejarles de la verdad; la pita se enreda cada vez más, sin que aparezca el ovillo. No dan pie con bola. La pintura acaba por convertírseles en espejismo que desaparece cuando uno se le acerca, porque, de hecho, avanzan en sentido contrario.
Echan mano a algún concepto firmemente establecido por la crítica, pero hasta esta tabla de salvamento les falla por un error de interpretación. Su último recurso es el equívoco, un maravilloso, un genial, un sutilísimo equívoco con visos de profunda cuanto elusiva verdad, pero un equívoco al cabo. A la pregunta que alguien le hizo sobre un cuadro suyo, Picasso le contestó que eso, eso no lo podía explicar. ¡Maravillosa salida para los literatos que se han metido en camisa de once varas! Si el propio Picasso no lo pudo explicar, tratándose de una obra suya, entonces ellos. Debe tratarse de algo en extremo difícil, de inasible para los profanos, y con la misma se enciende en la mente de los literatos de marras la luz verde que les abre el camino hacia las elucubraciones más desaforadas.
En realidad, sin embargo, se trata de algo harto sencillo, si bien no se puede poner en palabras, porque, de lo contrario, Picasso, en vez de pintar su cuadro, lo hubiera escrito.
He allí por qué algunos literatos no ven más que un complicado caramillo allá donde Picasso ha levantado con insólito rigor una apretada arquitectura. Este impar ensamblador de rompecabezas plásticos les luce como un destructor. De allí el que reputen a tan extraordinario ordenador de formas como la expresión del caos actual. Encuentran incoloros los grises más finos. Las patas de un gallo que se asocian, por razones puramente plásticas, a las de las aves de papel plegado o a las piernas de Francisco I según el retrato de Clouet, les sugieren sesudas consideraciones sicológicas o les incitan a explayarse en fantasías, olvidando que la metáfora plástica no tiene nada que ver con la literaria. Al confrontar una escultura plena y armoniosa, que exhibe con ese arresto inexplicable que se llama gracia una oreja en el sitio que debería ocupar la nariz, se desconciertan. Y si en la boca finamente expresiva de su autor se esboza una sonrisa, entonces dicen que Picasso bromea, que es un gran bromista que se ha pasado la vida burlándose de todo el mundo.
Hemos presenciado polémicas entre estos literatos disfrazados de críticos, que nos recordaban el caso de dos amigos nuestros discutiendo sobre un libro que ninguno de los dos había leído. De hecho, tales escritores odian a Picasso porque no aciertan a comprenderlo, pero cuidan mucho de no agredir a esa poderosa figura universal, a fin de no pasar por ignorante. Lo que sí hacen, entonces, es arremeter contra los menos conocidos, contra los otros, los que ellos tildan falsamente de imitadores e impostores, descargando todo su resentimiento sobre esas víctimas expiatorias.
El Mundo, miércoles 28 de septiembre de 1949.
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