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El viaje de Nicanor al mundo de Brak. Analogías: ¿Sospecha o coincidencia?
Héctor Prieto

Lo que tengo ante mí, evidentemente, son dos cuadernos de cuentos, graciosamente publicados por Ediciones Extramuros (valgan las coincidencias), con menos de un año de diferencia entre las fechas de sus respectivas apariciones. Digo "evidentemente" por la extraña sensación de visualizar, no dos títulos impresos en celulosa blanca, sino más bien un cúmulo de puertas abiertas a reflexiones, filosofías, todo el laberinto que implica ese primer paso hacia los límites de la realidad. Me refiero a Los viajes de Nicanor , de Eduardo del Llano, y El mundo de Brak, de Raydel Araoz.

Ambos llegaron a mi pequeña biblioteca prácticamente al mismo tiempo. Confieso que fueron lectura de una sola noche, dado por el hedonismo de los textos y no por el estrecho número de páginas y, justo cuando terminé viaje, descubrí que entre ambos había puntos de contacto demasiado evidentes, desde la visión de un lector que regresa después de una experiencia narcótica y alucinante por confines inusitados. Por mucho que Lewis Carrol me hiciera perseguir al conejo blanco del país de las maravillas, o el naufragio en Brobdignac y en Oz, Nicanor y Nadia hicieron de mí un viajero un tanto rebelde, que ipso facto comenzó a engarzar los eslabones que dan tema a este artículo.

Días después, en la revista Extramuros, encontré la reseña de Edgar London a El mundo de Brak (1), con toda una serie de luces sobre el texto de Raydel que sirvieron para ponerme en la línea de partida. En casa de London, (otra vez valgan las coincidencias), supe que estaba terminando precisamente una reseña a Los viajes de Nicanor, también para la revista Extramuros, y un tanto molesto por sentirme segundón en la idea de escribir sobre ambos cuadernos, se lo hice saber. Después de conversar sobre el tema, a Edgar le pareció que había todavía tela para bordar, y me dio luz verde y ánimos.

Las primeras preguntas que debe hacerse un inconforme, un viajero, un navegante, sin duda son: ¿quién soy?; ¿dónde estoy?; ¿hacia dónde voy? Cuando la interrogante es mucho más fuerte que la propia razón, suelen nacer alas a los zapatos para dar el salto. Estoy seguro de que si Eduardo, o Nicanor, ya no confiaban en el mundo como un sitio confortable, muchísimo menos Raydel, quien tuvo que inventarse uno nuevo. Sin embargo; he ahí la primera trampa que nos tienden, porque precisamente no es hacia el exterior su viaje, como superficialmente podría hacernos creer cada anécdota o personaje; más bien, la ruta nos muestra un mapa extensísimo del complicado espíritu humano, con toda una serie de aristas que constantemente pasan inadvertidas a nuestros ojos. Concuerdo con Edgar en su duda acerca de la similitud del mundo cotidiano, la realidad material y constante, con esta que nos arrojan de forma irónica y cruda, con el buen oficio del narrador que sabe lo que persigue. ¿Es en verdad nuestro entorno tan simple? ¿Somos dueños de lo que hemos creado? Después de leer a Raydel y a Eduardo se hace evidente un no rotundo.

Supe, cuando localicé a ambos, que ninguno conocía la obra en cuestión del otro. A los dos les pareció sorprendente que alguien encontrara alguna similitud en las temáticas que habían desplegado. Podría citar ejemplos a manos llenas, pero no son los detalles tales como spagettis que crecen o vienen caminado dóciles a la boca, lo que realmente me interesa. Mi visión tal vez inconsciente busca el derrotero de lo que es un misterio, aunque la propia búsqueda sea dolorosa. En sus viajes, Nicanor se aferra desesperadamente a las impresiones de un medio que ha decidido dejar atrás, pero que desgraciadamente no puede desprender de su actuación, por mucho que quiera integrarse. Los personajes de El mundo de Brak , en cambio, son lanzados sin miramientos a otra dimensión que no es la suya, y aunque no lo parezca, noto que es menos accidentada su travesía, por el simple hecho de que ellos nunca intentan formar parte ni explicar qué está pasando a su alrededor. La realidad de lo soñado, a conciencia del personaje, hace de éste un náufrago que contempla, jamás pasivo, un estado de cosas que no va a intentar cambiar.

"La letra con sangre entra" , escolástica advertencia que Raydel enfatiza en el cuento La escuela . Yo diría "Lo mágico con milagro entra, y va en la sangre". La literatura fantástica camina en un sinnúmero de ideas, puntos de vista, propósitos y leyes propias. Pero en este caso, es de notar que los autores reflejan de manera muy ingeniosa, pero sin tapujos, toda una serie de aspectos inflamables con los que tropezamos a diario, que a causa de ellos uno a veces tiene verdaderos deseos de mandar todo a volar. La similitud poética de una tijera y un funcionario, además de otras imágenes inapelables a los significados verbales, como el susodicho mango Virgilio, se mueven en un sincronismo ilógico, lo que llama Edgar London en su reseña el caos ordenado , lo racional sin un origen explicable. Solamente así porque sí. Como el lago maravilloso lleno de imágenes que nos describe del Llano, donde uno puede llegar a comprender que es alimentado por el gran Río, como fuente, pero el secreto se queda en el lago, y estoy empezando a creer que ni el mismo autor sabrá nunca por qué precisamente el arte Universal escogió su centro energético en un punto sólo existente en la imaginación.

Por demás, en ambos cuadernos, fabricados hábilmente con objetivos totalmente disímiles (recuerden que El mundo de Brak constituye un cuaderno infantil, todo los contrario a Los viajes de Nicanor ) el cuestionamiento de un modelo social se hace palpable en demasía. No pretendo envanecer el ánimo del lector, ni corromper su percepción literaria, sino incitar las siempre educativas metalecturas, sacarle el jugo a todo un paquete de metáforas ingeniosas que constituyen quizás el verdadero propósito de los autores.

Otros detalles similares entre estos libros se notarán en los finales sorpresivos de cada historia. Eduardo del Llano, con toda la maldad del narrador maduro, destruye el andamio psicológico que ha llevado su personaje justo en las líneas postreras, de manera tal que uno nunca lo espera, aunque los cuentos anteriores ya lo vengan advirtiendo. Podrían citarse los magníficos finales de La flecha rota en el carcaj de Eros , Sed , o Parque idelógico y conminar a comparaciones con las últimas imágenes de cuentos como La escuela , de El mundo de Brak .

Sobra nombrar los puntos comunes (no confundir con lugares), que son personajes arquetípicos y protagonistas durante el transcurso de los libros; la personificación de la conciencia (o inconciencia) social en objetos, plantas o animales; la necesidad del escape constante del viaje; la puerta, el regreso, la espera. La sospecha de lo análogo no ha de ser en ningún caso una imposición, sólo una sugerencia, un capricho si se quiere, pero creo que la evidencia de ambos cuadernos con atmósferas similares puede ser un ejercicio de un lector amante de cuestionarlo todo.

Concluyo mi tesis con una idea de Borges, al que no asumo precisamente para legitimar este artículo, donde expresa que la creación de otras dimensiones suelen ser el espejo de la realidad circundante: " Mientras estoy creando, soy insignificante..." (2) , pero diluir esta dimensión palpable en un escape, una salida a un universo donde regodear los conflictos del espíritu, no pasa más allá de un eterno retorno al niño inconforme y soñador que cada escritor fantástico lleva dentro. Y si alguien no lo cree, podría, acatando las leyes de Los viajes de Nicanor o El mundo de Brak , preguntar a cualquiera de los Tolkien, Ende, Lovecraft, Carrol ...Si no basta, por qué no, a Raydel Araoz o a Eduardo del Llano.

Notas:

1.- London, Edgar: El mundo de Brak, de Raydel... y alguien más , en Extramuros, n. 5, 2001, La Habana, p. 45

2.- Orlando Barone: Diálogo Borges & Sabato , Emecé Editores S.A., Argentina, 1997, p. 131.

 

Tono Menor
Raydel Araoz

Asomarse a la memoria que se deshace como "la huella del fantasma que insiste en llamarse tiempo" (1): sinfonía en Tono Menor que el poeta, José Antonio Mas Morales, nos ofrece en tres actos, Introspección del ser que recorre sus espacios contextuales y míticos hasta situarse en un mundo que sabe más allá del tiempo (2).

Tono Menor , cuaderno que da título al libro, sobresalta como una rendija por donde se observa la ciudad castrada, oda donde lo circuncidado se devela como el espacio no diegético desde donde el poeta canta al desarraigo, Denuncia que articula al asumirse como el resultado de un proceso de aculturación

la lengua materna de mi madre
de mi abuela
la aprendieron de "golpe"
hace muy poco tiempo

que no ceja y contra el cual intenta rebelarse, aun en la desesperanza.

yo prosigo antidialéctico inmutable
sólo que después de una década de resistencia
estoy diez veces más cansado

Acto de contingencia donde la duda se empuña como arma que escarba las tradiciones, la historia: llagas posibles bajo la epidermis.

De nada valió el canto universal de Alejo
las crónicas de todas las mágicas distancias
en que nos salva Lidia

Al revestirse con la duda, el poeta se ve a sí mismo como un paria, sus constantes autodefiniciones intentan cubrir esa pregunta no formulada pero que la ciudad hace pender como la espada de Damocles

Me piden documentos muchas veces al día
quieren que me identifique claramente

Ninguna autodefinición contesta la pregunta, porque las respuestas no están en su concepto sino en sus raíces. La pérdida de su identidad es la pérdida histórica de la identidad de un pueblo (si es posible hablar de un pueblo es precisamente porque el desarraigo fusionó las distintas tradiciones de las tribus africanas bajo el símbolo de una raza), éxodo que establece paralelos con el pueblo judío. Extrapolación del concepto de pueblo elegido para subvertir la teología cristiana usada como argumento de la opresión.

La postura beligerante del poeta se agudiza en el uso de la lengua, al acatar un lenguaje transculturado, intertextual, que, al distanciarse del centro de poder, deviene herramienta para validar la cultura de una minoría y transformarse en portador de una literatura menor (3) "que no es una literatura de un idioma menor, sino una literatura que una minoría hace de una lengua mayor ". (4) Ese metalenguaje bebe de tres fuentes: el habla popular, la música y la tradición poética, aunándose en un revolucionario "palimpsesto musical" cuya configuración excede de las líneas habituales de la experimentación poética actual, que generalmente apuntan hacia una fusión con la plástica.

Desde su sitio inaccesible, el vigía comprende que fuera del cuerpo no hay espacio para lo distinto, y se exilia en sí, en "éxodo hacía adentro/ que se inicia y termina en soledad".

Con Hijos del azar se anuncia en principio un segundo acto (5), un cambio del lenguaje donde el verso se transforma en prosa poética y la metáfora se anuda bajo la piel de las historias que narran el devenir de los seres en un espacio mítico.

Soy el cazador de las sombras, la lluvia en su agonía de cristal desangra los eclipses donde se gestó mi estirpe, su invicta desmemoria.

En esta sección el poeta abandona la ciudad por un ámbito específicamente literario, el hoy por el pasado remoto, el yo intimista por el narrador omnisciente que da testimonio de su memoria instalada en un espacio mítico. Un conjunto de símbolos ayudan a crear este sitio innombrable, algunos actúan como pares dialécticos (sombra/luz; muerte/nacimiento), anuncian el enfrentamiento de los seres, la formación de su naturaleza a través de la experiencia cosmológica. Los otros, símbolos mitológicos en sí mismos (sirenas, esfinges, brujas, centauros), confieren el texto a un cronotopo originario pre edénico, perdido en el recuerdo.

Tras el lenguaje mítico simbólico de Hijos del azar aparece Espectros como un salto del ser al no ser. Si el mito, como el culto a los muertos, comienza con los anales de la cultura, anterior a ellos solo está la muerte en sí, ya sea como pregunta retórica, como inicio de la cadena de significante (lo real), o como espacio paralelo al mundo de los vivos.

La unidad conferida por el tono, la omnipresencia del yo lírico y el discurso que asume al narrador como testigo de la existencia (no solo la suya, sino la existencia misma), más que a un conjunto de seres, como anuncia el plural del título, parece indicar un solo espectro que como una voz vaga en la inexistencia, sitio donde convergen todos los tiempos.

Yo fui estas soledades
a veces un camino donde fue a morir el polvo

Si bien los tres cuadernos mantienen vínculos que van mas allá de los guiños en clave musical que realizan el título y sus acotaciones, es en Tono Menor en Espectros , donde estos vínculos se materializan con mayor nitidez, hasta al punto de parecer (solo en apariencia) dos caras opuestas, realidades diferentes pero anudadas por la angustia en un solo cuerpo. Ambos cuadernos se estructuran sobre un ser que acecha un espacio al que no pertenecen, estableciendo un diálogo intimista donde se describe y caracteriza el espacio deseado. Su angustia de ser lo que no desean, de estar donde no quieren, los llevan a asumir un conflicto existencial donde el hombre que vaga deviene espectro ya sea en la ciudad anhelada o un más allá de la muerte.


Notas:

1.- Todas las frases entrecomilladas han sido tomadas de Mas Morales, José Antonio: Tono Menor , Ed. Letras Cubanas, La Habana, 2000

2.- Parafraseando el verso: En un mundo que sé detrás del tiempo, que da título al libro arte de Mas Morales, José Antonio: En un mundo que sé detrás del tiempo , Buenos Aires, 1997

3.- Las tres características de una literatura menor son: desterritorialización de la lengua, la articulación de lo individual en lo inmediato político; el dispositivo colectivo de enunciación. Lo que equivale a decir que "menor" no califica ya cierta literatura, sino las condiciones revolucionarias de cualquier literatura en el seno de la llamada mayor (o establecida). Tomado de Deleuze, Guilles y Guattari, Felix: Kafka por una literatura menor , Ediciones Eras, D.F, 1978, p. 28, 36

4.- Deleuze, Guilles y Guattari, Felix: Kafka por una literatura menor , Ediciones Eras, D.F, 1978

5.- Como lo indica el propio autor en la acotación bajo el título del cuaderno: "(improvisaciones una octava más arriba)", al establecer, mediante conceptos musicales, un nexo con el volumen anterior: igual sonoridad pero a diferente altura, no solo en el "tono" lingüístico general, sino también en lo ideotemático, genérico y composicional.

 

La biografía de Carilda Oliver
Alberto Abreu

No recuerdo un libro como este, donde el propio sujeto biografiado termine volviéndose su autor impugnando lo que hasta el momento han sido sus propios modelos constructivos, su arquetipo de escritura. Donde la poesía y el relato de las peripecias existenciales del sujeto interpele al historiador, a su obsesión por la verdad, por la búsqueda de documentos que corroboren su versión. Un libro donde, a ratos, la memoria galantea con la ficción, tornando lo privado en público, la realidad en leyenda.

Si como afirman los postestructuralistas, el advenimiento de la escritura es el advenimiento del juego, de la ilusión, pero sobre todo de la apariencia entendida como verdad, ¿es Carilda Oliver: La poesía como destino, de Urbano Martínez Carmenate la muerte de la biografía?; ¿una vida literaturizada?; ¿o acaso un intento por literaturizar la vida?

Cualesquiera de las respuestas que demos a estas tres interrogantes nos conducen, sin dudas, no solo al tema del escritor como figura pública, sino también como hacedor de mitos.

El primero de los casos tiene que ver tanto con su genio, su carisma, como con el fisgoneo voyeurista de sus lectores, a quienes no les basta con andar y desandar el libro, memorizar el poema, usurparlo como si le perteneciera. Aspiran a más: que el autor les pertenezca, pierda su anonimato. Entonces, cada evento de la vida del escritor no cuenta como dato, un simple acontecimiento, sino como inquietantes interpretaciones de estos. Siempre me ha parecido insoportable y fascinante este juego de espejos que se establece entre el creador y sus fans. Hace años tuve un amigo que coleccionaba revistas con noticias y chimes sobre divas y luminarias. Una tarde lo sorprendí transcribiendo, de una de ellas, una entrevista a un cantante de moda. Se las hacía y respondía como si él no fuera él, sino el Otro. Es ésta, hasta cierto punto, la historia de la experiencia de un texto para muchos de quienes lo leen.

Recuerdo que Piñera en este sentido solía decir que un escritor empieza a tener vida publica en virtud de su obra; la frase siempre me ha sonado lapidaria, sobrecogedora.

El segundo de estos temas, tiene que ver con cierto rasgo racista. Todo escritor construye un doble y juega a representarlo. Acostumbrado a vivir de la ficción, difumina los límites de la realidad, juega a re-inventarla como si en cada intento se creara a sí mismo. Después de todo ahí está su obra para redimirlo, intento decir sobrevivirlo. Por eso todo escritor, como buen fabulador, resulta un testigo muy poco confiable. Miente en su obra, escamotea los datos, subvierte los eventos buscando una verdad que ya no le pertenece. También lo hace cuando habla de sí o de los otros. Toda realidad, como decía Octavio Paz, no es más que una metáfora.

Es quizás, lo que en este libro Carilda (como sujeto biografiado) intenta decirle a su autor.

Les invito a dejar a un lado la lectura perversa, que un lector común siempre atento a las minucias, la vida de la poetisa y sus accidentes, haría de este libro, para intentar escuchar el diálogo que ambos, Carilda y Urbano (la voz y la conciencia de esa voz), sostienen y que subyace enmascarado detrás de los itinerarios de esta vida. Detengámonos, específicamente, en las páginas que, a manera de prólogo, sirven de pórtico al libro. En ella habla el escritor, quiero decir el investigador, el sujeto de la modernidad siempre preocupado por la búsqueda de lo estrictamente histórico, lo objetivo, receloso de la ficción, la mixtura. Teoriza sobre la biografía, su prosapia, sus exigencias y limitaciones. Nos habla de las complejidades de trabajar con personajes vivos, nos comenta que es un estudio transitorio, una veleidad. Habla también sobre piedras intempestivas, prejuicios, fantasmas que le molestan como puntillas en el zapato. Parece que dialoga con nosotros, cuando en verdad conversa con él mismo. Ha escrito un libro hermoso, que rehuye de lo genérico, sus enclaustramientos y apela a la hibridez. Un volumen que transita de la memoria a la biografía y de esta a la novela, que a ratos galantea con el ensayo literario.

Sin embargo, se siente traicionado: Carilda ha resultado para él un demonio seductor y temible como una gorgona; le ha jugado una mala pasada. Ha prometido contarle su vida, ser fiel, veraz, y ha terminado subvirtiéndole su escritura, conduciéndonos a esa región donde vida y escritura, ficción y realidad sostienen una lucha a brazo partido.

Esta es mi historia sobre este libro. Claro que no la única. Otras habrá que tengan por protagonista la época, la ciudad en que ha vivido tantos años la poetisa, su ritmo y asfixiante aire provinciano, algunas que privilegien sus encuentros y amistad con figuras medulares de las letras y la cultura cubana. Otras que insistan hasta la saciedad en sus instantes de amor y desamor. Pero yo quería contarles esta que tiene que ver con la manera sutil en que un escritor interactúa, dialoga, influye sobre la cosmovisión estética de otro, lo emplaza. Sobre cómo la ficción, y la poesía, re-escriben la historia.

 
 

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