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Regularidades socio-psicológicas del buen sapingo
Alexis Castañeda Pérez de Alejo

Diletantes han existido en todas las épocas. Desde que la humanidad comenzó a acumular experiencias y conocimientos surgieron estos especímenes dedicados a recoger toda esa parafernalia paratextual que le puede servir para acotar detalles o puntos referenciales, sobre todo en materia artística, en cualquier encuentro o reunión.

El sapo, por otra parte, es un "término" cubano, al menos en la acepción que nos interesa, que nada tiene que ver con el repulsivo animalito homónimo, sino con la calificación de ese tipo de persona inoportuna, opinante y casi omnisciente que aparece siempre sin que se le llame o interese.

Pero en su deriva temporal, los contenidos diletante y sapo han ido acercándose y ya es casi regular su coincidencia: el diletante no deja de ser un molesto sapo, o éste bien puede ser un insoportable diletante.

En los últimos tiempos ha comenzado a propagarse otra palabra, que al parecer es el extremo despectivo de sapo: sapingo, y que sirve para denominar a ciertas comunidades de nuevos diletantes, pero con rasgos y psicología tan particulares que ya pueden considerarse en su totalidad como otro grupo social. Nótese, además, que la palabra sapo se enajena en conjunción con la denominación vulgar cubana, pero masculinizada, del órgano reproductor del varón, y que también últimamente se está utilizando para designar algo de pésima calidad o desagradable presencia. Es cierto que el término sapingo ya se ha escuchado y utilizado antes, pero en la situación que analizamos, adquiere una descripción calificativa exacta, desde una conformación etimológica nueva.

El diletante tradicional actúa en solitario delante de los conocedores; sin embargo, el sapingo moderno forma grupos, y aunque puede ser garantía de cupo de cualquier evento o actividad, su interés principal es ostentar sus "conocimientos" entre ellos mismos, mostrándose siempre, aunque indiferentes o superiores, ante el verdadero hecho artístico.

Los diccionarios dan como significado de diletancia aquella obsesiva afición por las artes, pero la sapinguería ha roto el límite y puede florecer en cualquier rama del saber o de la más sencilla actividad humana, aunque sea siempre el sapingo procultural el más caracterizado de todos. Es por eso que éste es el escogido puntualmente como objeto de un estudio socio-psicológico en que se precisan sus rasgos más comunes.

- Siempre aparentan ser artistas, o estar muy cerca del mundo artístico. Se precian de conocer a algunos de ellos y usan frecuentemente citas o referencias como: "Estando en casa de Santiaguito" (Feliú); "A mi me dijo Carlitos" (Varela); "Fuimos Gerardo (Alfonso) y yo..."

- La tendencia artística preferida es la música más alternativa; en ocasiones, se encuentra alguien que ha actuado o tomado cursos de actuación. La cercanía a la plástica se manifiesta en dibujos o bocetos que hacen en salas de té, en medio de conciertos o en cualquier otro sitio, pero sobre todo a través de producciones de artesanía como pulsas y collares. Ya puede encontrarse a algunos haciendo cierta crónica irreverente con intenciones poéticas.

- Siempre conocen canciones de Silvio Rodríguez, sobre todo de los primeros años del trovador, pero también de Carlos Varela, Santiago Feliú, Fito Páez, Sabina, algún integrante de la llamada generación trovadoresca de 13 y 8, o cualquier otro "izquierdoso de moda" (hay especificidades de acuerdo con la territorialidad; si es villaclareño, por ejemplo, debe conocer temas del trío Enserie).

- Tratan de hacerse -no pocas veces lo logran- imprescindibles para los artistas jóvenes, especies de mecenas, ya sea ofreciendo una casa donde descargar, hospedarse, preparar comidas e infusiones (últimamente, mate), o consiguiendo pasajes.

- Regularmente visten la parte superior del cuerpo con más de una pieza, camisa o pulóver, que pueden ir unas sobre otras, o una de ellas amarrada al torso, no importa que corra el más tórrido agosto. Se adicionan una mochila a la espalda o bolso de cuero u otro material diferenciado del común con grandes correas cruzadas sobre el pecho y colgando al frente. Aunque no están en la última moda, sí lo están en su moda; es normal el cabello largo en ambos sexos y una barba rala en los muchachos; las hembras a veces se esclarecen el pelo y nunca se perfilan las cejas; si usan vestidos, éstos son de confección holgada con sayas anchurosas y largas; los jeans desteñidos siguen siendo preferidos y los pies los calzan preferentemente con sandalias. Algunos han comenzado a usar espejuelos.

- Andan casi siempre en grupos, cuando no están aparejados; a veces los grupos se forman con más de una pareja. Puede encontrarse un sapingo casi siempre hembra que se ha aparejado con más de uno del grupo. No jerarquizan la sexualidad.

- Siempre se les ve en la calle y alimentándose en hamburgueseras u otros tipos de merenderos. Ya es frecuente encontrarlos en los Rápidos y fumando cigarrillos adquiridos con USD; las cajetillas las ponen a la vista y a la conocida fosforera empiezan a llamarla encendedor. En bebidas no son discriminatorios, aunque una botella del ron más costoso o algunas latas de cerveza y cola, también a la vista de todos, aumenta el puntaje en su escala de apariencias; a veces se arriesgan con la adición de algún alucinógeno. Son portadores habituales de dinero.

- Algunos saben tocar guitarra y, aparte de los temas clásicos de los trovadores no menos clásicos, interpretan composiciones sobre asuntos becarios, juveniles y urbanos, muy populares en todos los escenarios sapingos; los temas pueden ser de autoría propia. Las muchachas, siempre afinadas y con expresión lánguida, hacen coro. Entre canción y canción, las parejas se besan.

- Pueden ser universitarios, estar en algún nivel de estudios superiores, o simplemente haber cursado 2 ó 3 años en cualquier carrera. Estos estudios no siempre están relacionados directamente con el arte: pueden ser cibernéticos, de circuitos eléctricos, arquitectura o psicología, entre otras; es raro encontrar filólogos entre ellos (existen algunos grupos integrados en buena parte por un elemento absolutamente vago).

Hay que admitir una variante o núcleo cercano al sapinguismo en las especialidades de letras, historia del arte y comunicación social -la universidad habanera es un buen ejemplo-, pero que se mantiene en actitud "academicista", quizás con menos horas-calle y sin mezclarse con el común. También el movimiento trovadoresco y otros movimientos artísticos de origen autónomo, al irse degenerando intelectualmente y tomar su proyección artística como simple manera de distinción social, han venido fundiéndose, y confundiéndose, quedando como líderes o modelos de estos grupos.

- Los de provincia se mueven constantemente entre ésta y La Habana -si es que ya no viven allí-, y para estos viajes y estancias se valen de la fraternidad sapinga (existe un tipo de sapingo "ilustrado" que pulula en los predios de algunos centros importantes como el ISA, la ENA y facultades universitarias, pero siempre mantienen algún vínculo con los grupos comunes).

- No poseen buena memoria cultural, solo conocen aquello que desde sus posibilidades o puntos de vista les parece pautante: los últimos Oscares; algún prominente filme latinoamericano o de Pedro Almodóvar; nombres de artistas extranjeros; bestsellers literarios, etcétera. Aunque se da el caso del sapingo pedante (¿cabe la redundancia?) que puede aparecerse hablando de una joya de la literatura indostánica como el Panchatantra o del Nobel polaco Henryk Sienkiewicz.

- Son esencialmente apolíticos, no es frecuente entre ellos hablar de este tema. Aunque sueñan con viajar al extranjero -esto se hace más fuerte y posible en La Habana-, nunca es a los Estados Unidos.

- No es frecuente la existencia de homosexuales entre ellos, pero son desprejuiciados y tolerantes con este grupo social; si existen excepciones, deben cumplir con las regularidades sapingas. Lo más probable es la existencia de algún discreto bisexual o alguna lesbiana.

- Desdeñan a los intelectuales establecidos, muchas veces ni los conocen o sólo siguen la obra y las opiniones de uno de moda que han elegido como paradigma. Son críticos de cualquier materia, sobre todo del ámbito cultural. La crítica reconocida no vale para ellos.

- Crece la tendencia a aparejarse con extranjeros. La tendencia es más fuerte entre los varones, que adoptan entonces una actitud de humilde servilismo.

- Todos han perdido la forma enfática, precisa y florida del habla cubana; se comunican en una cuerda desganada y con una terminología pobre, ambigua y mimética: "tú me entiendes"; "un poco que"; "no sé, pero"; "sí, sí, claro"; "pila e cosa"; "para nada", y una afirmación conclusiva, casi irrespetuosa, de adquisición reciente: "Ya", que debe pronunciarse siempre con Y uruguaya (ha proliferado sobre todo en cierta élite intelectual sapinga). Esta forma de habla recorre giros argentinos y españolizados. El modo femenino adopta un tono entre lo docto y lo infantil-varonil.

- Practican el animismo o "culto a la virulilla"; es decir, cualquier semilla, caracol, correa de cuero o simple cordel puede ser "divino" y, por tanto, motivo de adoración.

- Asisten a cuanto concierto o recital de artistas jóvenes o paradigmáticos se programe; llegan en manada y el hecho artístico no es lo más importante, se dedican pues a pasarse informaciones, textos o prodigarse caricias, quizás como reminiscencia o hilo referencial de los grandes encuentros de hippies en los años sesenta, donde las manifestaciones afectivas a plena luz era la mejor manera de distinguirse. Padecen de cierta hiperquinesis: nunca están todo el tiempo en un sitio, entran y salen constantemente, nadie sabe por qué ni adonde van.

- Siempre llevan libros que generalmente no pertenecen a la literatura nacional o a ediciones vendidas en el país; son, en la mayoría de los casos, ejemplares de narrativa argentina o española, además de los clásicos Borges, Octavio Paz, Lezama, aunque en los últimos tiempos han incorporado también a Virgilio Piñera y Reinaldo Arenas. Pueden estarse leyendo en medio del lugar más público y bullicioso (se sospecha que en realidad nunca acaban de leer ningún libro).

- Se sientan en muros y aceras, siempre muy cerca del piso. De esta forma también arman sus "peñas", no importa que haya lugares formales donde sentarse; ellos, con envidiable flexibilidad gatuna, derrochan esfuerzos en ser informales y prefieren el suelo.

- Comúnmente no poseen sentido del humor, sólo alcanzan a sonreír amaneradamente y mantienen en el rostro una expresión de grave ternura.

- Se les ve escribiendo o anotando en pequeños papeles, no se sabe qué. Les gusta compartir la correspondencia que reciben de otros sapingos, casi siempre breves notas o postales de confección propia y donde no faltan versos de corte existencial.

- Son efusivos en sus manifestaciones afectivas (cuesta creer que sean sinceras); siempre abrazan fuerte y colman de besos, en serie y sonoros, al recién llegado, no importa que lo hayan despedido hace poco tiempo. Esta afectividad generalmente no alcanza a la familia.

- En su mayoría descienden de familias de cómoda o normal posición social; es extraño que sean marginales.

- Los negros o mulatos son excepciones en estos grupos, al menos minoría; de haber alguno, debe abdicar públicamente de su rico y ancestral folclor.

- No es fuerte la religiosidad entre los sapingos, aunque tampoco los ánimos antirreligiosos. Últimamente, algunos comienzan a interesarse por ciertas religiones orientales y también por el catolicismo; no obstante, muchos portan entre el profuso andamiaje de colgantes algún crucifijo.

- Aunque no se pueden precisar desigualdades o "provincianismos" esenciales en el movimiento sapingo, sí es evidente una tendencia habanera encabezada sobre todo por actores y músicos, o estudiantes de estas especialidades, mediocres siempre, que gustan de ir a las provincias ostentando cierta superioridad caritativa, deslumbrando a algunos sapingos noveles con sus cuentos, donde abundan las citas de nombres de artistas y sitios emblemáticos de la Capital.

- Los sapingos en La Habana, y los de La Habana, con el tiempo se diluyen entre dos derroteros; unos, más fieles o menos prácticos, se quedan en la marginalidad anónima de los muros y las orillas. Otros, al parecer más prácticos o vulnerables, logran colarse en el engranaje institucional de la cultura y no pocas veces los podemos encontrar de "especialistas", "promotores" o "representantes" de instituciones, personalidades o agrupaciones culturales.

- Los sapingos poseen una resistente ductilidad que les permite adaptarse y reproducirse en cualquier época y situación; nunca faltan en toda población que tenga un mínimo de vida citadina. Pero el proceso de reproducción ha adquirido un ritmo tan acelerado y regular que ya puede señalarse un subgrupo, que se diferencia por poseer una información cultural precaria, sus referencias están sumamente localizadas y su poder de movilidad es limitado: acostumbran a reunirse alrededor de un sitio que puede ser una institución cultural, un establecimiento de infusiones o algún parque esquinero.

- Al parecer, el fenómeno es internacional, pues es admirable la empatía de estos grupos con otros llegados del exterior: muy poco tiempo después de encontrarse ya logran una completa comunicación.

 

Alexis Castañeda Pérez de Alejo (Santa Clara, 1957). Poeta y periodista. Ha publicado el libro de poesía El sitio de la soledad (Ediciones Capiro,1999), el cuaderno de décimas Vicios de la nostalgia (Capiro, 2002) y el testimonio Yo simplemente hago ó La Aventura de El Mejunje (Sed de Belleza Editores, 2000). Coautor del ensayo Un episodio desconocido de la vanguardia cubana: los murales al fresco de la Escuela Normal de Santa Clara (Ediciones Capiro, 2000).

 
 
 

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