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Tribus urbanas: los rockeros
Yoss

Excusiprólogo

El principal obstáculo a la hora de analizar las tribus urbanas es su carácter intrínsecamente informal... y su condición de fenómeno vivo y por tanto siempre cambiante.

Esto significa, entre otras cosas, que escasean o faltan del todo tanto documentos historiográficos fiables sobre fechas fundacionales, objetivos y reglas, como líderes definidos o sitios de reunión estables. Más aún; como minorías que se sienten (o eligen sentirse) de algún modo excluidos del mainstream social, que se autodefinen orgullosamente como "lo que no son los otros, los normales" y que se nuclean de modo a menudo bastante excluyente alrededor de un muy concreto interés común (un tipo de música, de vestuario u otra afición), al investigador externo se le vuelve muy difícil o hasta imposible su acercamiento o inserción en tales microcosmos... sobre todo si no adopta al menos parcialmente sus hábitos o aspecto distintivo.

Claro que se impone una pregunta: ¿no pone en crisis esta actitud mimética la tan deseada objetividad del sociólogo? ¿cómo ser juez, siendo parte? Pero, por otro lado, cabría también otra interrogante clásica: ¿qué clase de objetividad se puede esperar de hombres que estudian un fenómeno generado por otros hombres?

Valga, en todo caso, esta escéptica introducción para dejar claro que el autor está consciente de que su condición de rockero, a la vez que indudable ventaja que le permite disponer de experiencias, datos y opiniones de esta tribu urbana que a otros investigadores le resultarían prácticamente inaccesibles, puede también comprometer la necesaria imparcialidad con que debería ser abordado este estudio.

 

Un poco de historia sociomusical

Obviamente no tiene sentido hablar de rockeros antes de la aparición del rock como género musical. De modo que, como fecha fundacional de esta tribu urbana, podría tomarse el momento en que, a principios de los años 50, Bill Haley and The Comets lanzaron su iniciática Rock around the Clock .

No hay espacio aquí para entrar a analizar en detalle las fuentes blancas y negras, del country and western y el blues , de las que emergió el rock. Ni las múltiples influencias y préstamos rítmicos y melódicos que tomó del jazz, los ritmos afrocubanos y la música clásica europea. Pero sería imposible hacer la historia de los seguidores de un género musical sin reseñar, aunque sea de manera mínima y necesariamente muy incompleta, las mil metamorfosis que este (y sus fans) ha experimentado.

Después de Haley y sus Cometas, buenos chicos blancos, los negros Carl Perkins y Chuck Berry amenazaban: hacía falta un ídolo blanco para legitimar el nuevo sonido. Vino Elvis, y con el ex camionero nacido en Tupelo, el rock´n´roll se volvió respetable y tuvo sus primeros fans, los llamados rockers o rockabillys que imitaban el estilo de vestir y peinarse de su ídolo con jeans, botas y chaquetas de cuero de motorista y tupés envaselinados, y llevando del brazo o a la grupa de sus Harley Davidsons e Indians de gran cilindrada (estilo Marlon Brando en Salvaje ...; rockeros y nómadas motorizados han sido históricamente grupos bastante afines) a sus damiselas de ceñidos pantalones pescadores o sayas almidonadas.

Inglaterra también tuvo sus teddy boys , que pretendían escandalizar a los bien pensantes británicos vistiendo anacrónicamente como dandys eduardianos, con pecheras y puños de encaje. Luego los tempranos 60 ingleses, con The Beatles, The Rolling Stones y The Kinks, vieron surgir la dicotomía entre los ya clásicos rockers y los mods de nueva factura, con sus pequeños scooters y sus ropas más cuidadas, aunque sin llegar al provocativo amaneramiento de los teddy boys .

Los finales de los 60 fueron indiscutiblemente la era hippie , que comenzó por San Francisco y se refinó en el Swinging London. Época de cabelleras largas, incultas y libres y de speen-drooms. De atuendos flotantes de inspiración oriental o herederos del estilo pionero americano del Far West. De pies descalzos, en sandalias o en botas, de minifaldas (bendita seas, Mary Quant, que la inventaste) o amplias sayas indias, y de pantalones campana. De psicodelia, amor libre, marihuana y LSD, de viajes místicos y maharishis , de creer que podía cambiarse el mundo. De Woodstock y Monterrey, de Jimmy Hendrix y Janis Joplin y Jim Morrison y rock progresivo y morir joven para tener un cadáver bonito.

Los 70 parecían una década de decepción, música disco, poliéster, patillas, medallones de oro sobre pechos velludos al aire y Bee Gees, pero todavía quedaban también supergrupos de melenudos post-hippies en pantalones campana de colores psicodélicos como Asia, Led Zeppelin y Deep Purple, y surgían otros como Kansas y Kiss, y todos juntos sentaron las bases del hard rock. Lo mismo que hicieron Jethro Tull, Alan Parson´s Project, Pink Floyd y Emerson, Lake and Palmer con el rock progresivo. Y cuando menos se lo esperaba el stablishment , los punks (palabra del argot londinense que significaba originalmente "mantenido por un homosexual", pero que se desvirtuó casi de inmediato) sacaron la lengua y dijeron mierda en público al ritmo irónico de Anarchy in the UK de los Sex Pistols. Con The Clash volvieron moda las crestas mohicanas y la estética del jean roto, las botas militares y la chaqueta de cuero tachonada de remaches, los imperdibles atravesando ropas o torturando carne, e hicieron de epatar les bourgeois el objetivo de su vida.

Pero Sid Vicious murió, la rebelión punk duró poco (salvo en los alrededores del Buckingham´s Palace en Londres, para que los fotografíen los turistas) y los 80 entraron a paso de cassettes, más baratos que las placas de vinilo... y regrabables. Al son de glam rock y heavy metal, así bautizado en honor al Chico de Metal Pesado, personaje de la novela Expreso Nova del gurú de la droga William Burroughs.

Era una música machacona y machista para tipos duros (o que al menos lo parecían) con pintas de superhéroes o de villanos de comics: musculitos, melenas cardadas y maquillajes excesivos, hombreras y cinturones tachonados, cuero negro y pañuelos, más tachuelas, flecos, botas altas y jeans ceñidos o elásticos marcando alarde de sexualidad desbordante o torcida. Escándalos de maternidad discutida, pedofilia y drogas duras marcando el ritmo detrás. Y tatuajes y piercings asomando tímidamente. Tras la estela rompeolas de los incombustibles AC-DC medraron provocadores como Mötley Crüe, Twisted Sister, WASP, Cinderella y los Guns´n´Roses en sus comienzos. Pero también Europe, Bon Jovi y White Snake, generadores profesionales de sueños húmedos para adolescentes excitadas. Aerosmith aún hace ambas cosas. Algunos rindieron culto a un medioevo heroico e idealizado (Saxxon en Inglaterra, Manowar en los EE. UU...; más recientemente Blind Guardian, que se confiesan fans a Tolkien y su Tierra Media), otros optaron por un gusto bastante freak por la ciencia ficción (Styx, Queensryche y Iron Maiden), matizado de conciencia social y ecológica (no olvidar a los U2, rock con todas las de la ley sin ser heavy metal ); hubo reivindicaciones feministas (las Runaway californianas, de las que salieron Lyta Ford y Joan Jett; y la diosa germánica Doro Pech, prestando su voz a Warlock) y virtuosos guitarr heros , como Eddie Van Halen, Ingwie Mälsteem y Steve Vai.

Pero los 80 fueron también testigos de la por algunos llamada "balcanización del metal": al heavy se le sumaron trash, speed, power, black, death y gothic metal . Cada vez más fuerte, cada vez más distorsionado, cada vez más rápido, (fue para el speed metal que se creó el pedal de doble bombo, hoy indispensable en cualquier batería) con voces cada vez más roncas, guturales y demoníacas hasta llegar al multiforme virtuosismo de King Diamond. Los tímidos coqueteos con deidades oscuras de las décadas anteriores desembocaron en un abierto culto satánico, las sutiles sugerencias de sexo libre y homosexualismo llegaron a la más desenfrenada y explícita incitación a la perversión. Hubo de todo y para todos los gustos: grupos de grandes músicos como Metallica, Megadeth o Dream Theater compartieron los laureles de la popularidad con efímeros y extraños engendros como Venom o Gwar. Adoradores de Satán como Deicide, nostálgicos de la piratería como Runingwild, místicos tecnológicos como Tesla... y todos tuvieron sus seguidores que discutían exaltados quién era el mejor.

Tras tanto virtuosismo, pasiones y exceso escénico y guitarrístico, el péndulo tenía que volver a la sencillez, y los 90 vieron nacer al grunge . Proveniente de Seattle, el también llamado sonido alternativo invadió el mundo con sus tropas rítmicas, lideradas por Nirvana, y con Alice in Chains, Pearl Jam, Soundgarden y Stone Temple Pilots engrosando la tropa. Al otro lado del Atlántico, los británicos Radio Head tomaron el batón, y de nuevo volvió a estar de moda llevar una media melena descuidada, no afeitarse, usar los jeans cortados como bermudas (la moda , por cierto, la habían impuesto los irreverentes trasheros de Anthrax en los 80), tocar guitarras acústicas (pero habían sido los heavys Tesla los primeros en grabar un unplugged ), ser sensible y depresivo... y morir borracho ahogado en su propio vómito (como Jim Morrison y John Bonham), colgado de la punta de una aguja (como Brian Jones o Janis Joplin) o con la cabeza destrozada de un escopetazo, como Kurt Cobain de los Nirvana, cuyo suicidio marcó el final de una era.

En los finales de los 90 y lo que va del siglo XXI, además de la absoluta proliferación entre los fans de tatuajes y piercings de todo tipo, moduladores de una estética cada vez más gothic-dark y más deudora del sadomaso, cabe destacar la irrupción del CD como soporte musical. Y dos minirevoluciones.

Primero, la del techno : si antes ningún grupo de rock que se respetara se atrevía a abusar de los teclados (John Lord, de Deep Purple, y Rick Wakeman, de Yes, se explayaban con los sintetizadores solo en sus propios discos) ahora nadie vende si no recurre a DJs, máquinas del ritmo, complejas computadoras y sofisticados sintetizadores que fueron la clave del éxito de grupos como los alemanes Prodigy. Hasta los respetados trasheros de Metallica probaron tímidamente en su Reload , aunque no les fue muy bien que digamos.

Segundo, el mestizaje del metal: cansados de considerar al hip-hop como su enemigo irreconciliable, los rockeros decidieron asimilarlo. Y en la ola de los astutos Aerosmith (que más sabe el diablo por viejo que por diablo), que sumaron a su Walk this way a los raperos de RUN DMC, han flotado grupos como Stuck Mojo, el proteico proyecto Wu-Tang Clan y muchos otros. Pero como no solo existen rock y rap, Europa vio surgir el divertido ska , que sumó trompetas y saxofones a las guitarras y grupos como Mano Negra al diccionario mundial del género. Y virtuosos sinfónicos como los finlandeses Apocalyptica versionan, con sus chelos distorsionados, los temas clásicos de Metallica.

En cuanto a grupos como Marylin Manson, Rhapsody, Lacuna Coil, Evanescence o Nightwish, pese a que lo digan sus numerosos seguidores, no son sino más de lo mismo. Manson es más de la provocación y el aura perversa que ya exhibían Alice Cooper y Kiss; el proyecto Rhapsody, virtuosismo guitarrístico a lo Mälsteem más teclados a la Emerson , Lake and Palmer; y en cuanto a Evanescence, Lacuna Coil y Nightwish, magníficos ejemplos de la siempre eficaz fórmula de contrastar guitarras duras con voz aguda de muchacha (como Doro Pech en Warlock, en los 80)

En pocas palabras: todo mezclado y a la vez nihil novum sub sole . Hasta que venga el próximo cambio, al menos.

 

Rockeros en Cuba

No cabe duda de que en los 50 los jóvenes cubanos, como los de todo el mundo, bailaban rock´n´roll . Además de los recuerdos de nuestras madres y padres, de las fotos amarillentas que eternizaron con sayas "de paradera" y corpiños Peter Pan a ellas, con pantalones corte tubo y tupés envaselinados a ellos, quedan los indignados artículos aparecidos en la prensa de la época, como en el conservador Diario de La Marina , denostando "ese nuevo baile salvaje e inmoral ". Pero no hay constancia de que una parte de la juventud llevara su afición al nuevo ritmo a convertirlo en eje de un modo de vida diferente al del resto de sus coétaneos... pese a las imágenes fugaces y más o menos fantásticas de la disoluta Habana nocturna de la época que aparecen en películas muy posteriores, como la norteamericana Havana , con Robert Redford y Lena Olin.

Es de suponer que, con la euforia del triunfo revolucionario, también se bailó mucho rock´n´roll . En los primeros años del 60, grupos cubanos como Los Dada, Los Barbas, Los Bucaneros (con su superéxito La soga , que aún recuerdan muchos) y hasta ocasionalmente Los Zafiros, cultivaron con éxito el rock, entre otros géneros musicales.

Pero luego llegó la prohibición: las exigencias del proceso que nos enfrentó tanto a nuestra burguesía emigrada a los Estados Unidos como al mismo país del norte (Girón, la Crisis de Octubre, la Guerra Fría), motivaron que, por desgracia, ciertos dirigentes extremistas vetaran arbitrariamente por anticubana y "música del enemigo" cualquier ritmo cantado en inglés, así como los bailes y el modo de vestir que traían aparejado, "porque podían corromper a nuestra juventud y apartarla de su tarea, la construcción de la nueva sociedad". Los temas de The Beatles, The Rollings Stones, Bob Dylan y tantos otros fueron barridos de la radio cubana, como si de reaccionarios discursos de Nixon se tratase. Y ni hablar de la TV , que después de ser pionera en Latinoamérica con los hermanos Pumarejo y afirmarse como poderoso medio de publicidad bajo Goar Mestre, estaba en aquellos años reconfigurándose como eje del sistema de información y educación política de la Revolución : para ver a The Beatles en el Canal 6 hubo que esperar hasta ya bien entrados los 80.

Pero como prohibir nunca ha sido la solución para combatir una tendencia, sino apenas su más efectiva propaganda, la ofensiva ideológica solo consiguió que aquellos fans pioneros del rock extremaran su ingenio para burlar el acoso. Si la PNR paraba a todo el que llevase una placa de los Fab Four de Liverpool, pues se cambiaba la vistosa portada del Sargent Pepper por la menos comprometedora y más patriótica carátula de un disco de Pello El Afrokán (cuyo mozambique, recordarán muchos, fue oficialmente divulgado hasta la saciedad como "respuesta cubana al rock extranjero"). Si tener pantalones campana era sospechoso a ojos de las autoridades, la solución fueron las quillas que, disimuladas con zipper o broches, podían abrirse en cuestión de segundos, convirtiendo en pata de elefante el más inocente corte recto.

En cuanto a las melenas... lo mejor era esconderlas bajo gorras o boinas, práctica que revivieron muchos frikies de los 80 y 90. No deja de ser irónico que, aunque los primeros hippies de San Francisco confesaran que una de sus inspiraciones fue la exuberancia capilar de los combatientes de nuestro Ejército Rebelde... sobre todo en el Che, hasta hoy icono de la contracultura, en los años 60 y 70 nuestras autoridades persiguieran ferozmente el pelo largo como símbolo de inconformidad política e ideológica con el proceso revolucionario. El hombre nuevo no podía oír rock, usar campanas ni llevar melena, esos eran rasgos de diversionismo ideológico, y, peor aún en este país que algunos definen como machista leninista, de homosexualismo.

El triste episodio que muchos recuerdan como Noche de las Tijeras Largas (.), cuando decenas de policías y militares de civil junto a militantes comunistas invadieron Coppelia (donde solían reunirse los rockeros), deteniendo a todo aquel cuyas ropas fueran ligeramente extravagantes y cortándole el pelo a todo el que lo usara de una longitud que a ellos les pareciese excesiva, marcó el inicio de la semiclandestinidad de los rockeros en la Habana y en Cuba.

A partir de entonces, no solo la policía sino las capas semidelincuenciales de la población (los llamados irónicamente por los rockeros "cheos" ,"guapos" o "la rufa"), una minoría históricamente asociada o dominada por la raza negra y sus rituales y costumbres (aunque el tema de la relación entre la intolerancia hacia el rock y el racismo merecería por sí solo un trabajo al menos tan extenso como este), dieron en perseguir y acosar a los rockeros, bajo las acusaciones reales o falsas de homosexualidad, celebrar orgías, cultos satánicos, vagancia, robar comida de los latones de basura, contrarrevolución, prostitución o tráfico de drogas.

Aunque hubo intentos ingenuos y aislados de reinvindicar la imagen de los que escuchaban rock y defender su derecho a ser revolucionarios sin dejar de oír la música que preferían (como el grupo de hippies que se presentó voluntario a cortar caña en la fallida Zafra de los 10 millones), por largos años ser rockero, vestir como tal y usar el pelo largo significó ser un apestado social, miembro de una minoría sospechosa, rara, antipatriótica e indigna de confianza.

Ser miembro de esta tribu urbana, durante los 60 y 70, era lo mismo que no tener derecho a entrar en la Universidad (que era, ya se sabe, para los revolucionarios), que verse rechazado en la mayoría de los centros de trabajo, considerado elemento antisocial en el vecindario y ser detenido periódicamente por la policía con la cómoda y endeble excusa de escándalo público, asociación ilícita para delinquir, vagancia, conducta impropia o alteración del orden. Algunos hasta fueron multados por atentar contra el ornato público. Ser enviado a la UMAP era un fantasma siempre presente. Las fiestas rockeras (lo mismo que las de otra minoría o tribu urbana, los gays...; pero ese también sería tema para otro artículo) eran tentación irresistible para las fuerzas del orden, que irrumpían a saco en ellas y detenían a mansalva a sus participantes cada vez que podían... o sea, que se enteraban de una.

Pero los rockeros no se rindieron, ni desaparecieron. Parafraseando a Neruda, ellos no murieron... aunque algunos sí se fueron antes, por Camarioca o, más tarde, por el Mariel. La persecución los unió y les dio una razón extra para perseverar en su gusto: la terquedad. No nos quieren porque somos malos, pues seremos malos porque no nos quieren. La mayoría, durante los duros 60 y 70, y aunque sin melenas ni pantalones campanas, siguieron reuniéndose para escuchar FM (muchos recuerdan todavía con nostalgia programas como El Show de la Nueva Ola ) o las escasas placas traídas por marinos mercantes y pilotos de Cubana, o grabadas de modo casi artesanal y apenas semilegal por complacientes técnicos en algunos estudios de radio. Siguieron escuchando a los grupos nacionales, que tocaban covers de sus ídolos y canciones propias. Conjuntos heroicos raramente amparados por la EGREM u otra empresa de espectáculos y que tocaban con instrumentos antediluvianos, caseros, de pésima calidad... o todo junto. Para hacer música en Cuba entonces, además de música, había que saber de electrónica y de artesanía. Como sabían Los Almas Vertiginosas, Los Pacíficos o Los Kent (recientemente reunificados y que parecen disfrutar de una segunda juventud... y una segunda generación de fans), y otros que también forman parte de nuestra cultura, y de los que lamentablemente apenas si han quedado grabaciones.

Pero no hay prohibición que dure cien años... ni dirigente tan terco que la mantenga y se mantenga en su puesto. Con los 80 las cosas empezaron a cambiar, muy, pero que muy lentamente. La Revolución Sandinista había triunfado en el 79, y en El Salvador la guerrilla parecía ir por el mismo camino. La Revolución parecía más firme que nunca, el capitalismo al borde de su crisis definitiva, el socialismo dueño del futuro, la canasta familiar era bastante más abundante y variada que en los 60 y 70 gracias a la ayuda solidaria del CAME. Y, confiada, la línea dura se suavizó.

Grupos considerados oficialistas, como Moncada y Mayohuacán, empezaron a tocar una música cada vez más rockera. Síntesis descubrió el Afrorrock. Se supo que la URSS , la RDA , Polonia, Hungría y otros modelos socialistas también tenían música rock.... sin que por eso pereciera el socialismo. Cubanos que habían estado en la Unión Soviética y otros países del CAME regresaron trayendo placas o cassettes de grupos como Locomotiv, Aquarius, Café Negro, Nautilus Pompilius o Karat. Estos últimos, alemanes, visitaron varias veces nuestro país; cada espectáculo suyo era un verdadero acontecimiento cultural y todavía muchos rockeros tararean sus Albatross y Planet Blue . También nos visitaron los rusos Stas Tiomin y los polacos Guitarras Rojas, y ambos ofrecieron conciertos que tuvieron una multitudinaria afluencia de público. Las bandas españolas Barón Rojo, Banzai, Ñu y Ángeles del Infierno demostraron con sus discos que el heavy metal también se podía cantar en español. El rock argentino, con Sui Géneris, Los Enanitos Verdes, Charly García, Spinetta, León Gieco, Carlos Baglietto y Fito Páez dejaron claro que América también podía tener su rock.

En medio de este entusiasmo surgió la segunda generación de grupos de aficionados, como OVNI, Takson., Géiser y Viento Solar, cuyo repertorio constaba sobre todo de covers de los grupos heavy españoles, con algún tímido tema en inglés (todavía mal mirado como "la lengua del enemigo") de Zeppelin o Purple. Las excepciones fueron Gens, sofisticado paradigma del rock cubano, que versionaba temas de Silvio Rodríguez y cuyo instrumental El Pequeño Príncipe se convirtió muy pronto en un clásico, con el inefable Dagoberto Pedraja en la guitarra; y Venus, heavy metal en español con letras propias, y en cuyas filas militaron nombres tan célebres como Skippy, bajista, y Dionny, luego cantante de Sentencia y actualmente de Zeus.

Tras el Anfiteatro de La Habana Vieja, donde tocaron Karat (con Moncada como teloneros) y Venus, se abrió para los rockeros el de Alamar, que por años fue sede casi estable de conciertos y festivales, logrando nuclear un público más o menos estable a su alrededor.

Fue también en estos años que, como último coletazo de la intransigencia oficialista, la revista Somos Jóvenes publicó una serie de artículos denostando al rock y sus cultores y sobre todo fans nacionales, los despectivamente llamados frikis (nunca quedó claro si por freaks , fenómenos, o por free kiss , beso libre). Como contrapartida, Alma Mater publicaba algún que otro artículo tímidamente a favor, El Caimán Barbudo mantuvo por años su excelente sección de reseñas musicales Entre Cuerdas, supervisada por Guille Vilar, y dio cabida a la polémica serie de trabajos El rock como estigma, de Eduardo del Llano. Por su parte, el tecladista y direc tor de Moncada Jorge Gómez pagaba su deuda con el género en televisión con su muy recordado programa Perspectiva , donde hablaba de grupos antes tabú, como Led Zeppelin, Pink Floyd, Deep Purple y Kansas.

Eran los tiempos románticos en que por una foto en blanco y negro de la portada de un disco Iron Maiden o AC-DC o una imagen robada de la TV de The Beatles, cualquier rockero pagaba de buen grado cinco pesos. Época de botas rusas Coloso o Canberra, por falta de tenis; de jeans tan ceñidos que algunos se los cosían puestos y otras recurrían al talco como lubricante para poder ponérselos. Cuando un zambrán (cubanismo por Sam Brown, cinturones militares) robado del Servicio Militar era complemento indispensable del atuendo de todo friki... y arma temible en caso de asalto por los intolerantes "guapos" y "rufas". La edad de los collares y manillas hechos de cuero, vynil y cuanto material más o menos metálico caía al alcance de los improvisados artesanos: casquillos de AK-47, tachuelas, guantes de malla para carniceros. Cuando poseer un t-shirt negro era un privilegio y muchos fans probaron sus más que discutibles habilidades pictóricas cubriéndolos con acartonadas imágenes al óleo de sus ídolos. Tener uno de fábrica con la cara de Jon Bon Jovi o Nikki Sixx, el de Mötley Crüe, era provocar la envidia de todos los demás rockeros, y ni hablar de un chaleco de cuero o un par de botas tejanas... como disponer del número telefónico de Dios.

Fue también en los 80 cuando salió al aire por Radio Ciudad de La Habana el celebérrimo pero de efímera vida Programa de Ramón , que bajo la égida del poeta Ramón Fernández Larrea llevó por primera vez el rock duro a las emisoras cubanas. En el 87 María Gattorno, jefa de actividades de la Casa Comunal de Cultura Roberto Branly , creó el Patio De María, que fue casa, sede y punto de reunión de los rockeros cubanos hasta su reciente cierre ¿temporal?

Herederos de Gens y Zeus, en los 80 proliferaron en La Habana y el resto del país grupos hoy emblemáticos como Zeus o Extraño Corazón, junto a otros muchos de vida más o menos efímera, como Metal Oscuro (que si pasa a la historia no será por su discutible calidad musical, sino por tocar la noche del célebre tumulto en la Casa de Cultura de Playa en el 91), Alto Mando, Horus, Perfume de Mujer, Paisaje con Río, Cartón Tabla, Hojo X Oja, Naranja Mecánica, Sectarium. Los 90 vieron a Cosa Nostra (grunge, los primeros en cantar en inglés), Agonizer (hardcore), Garage H (fussión con hip-hop), los holguineros Mephisto (black metal), Joker y Eskoria (punk), Anima Mundi (rock progresivo). En lo que va del siglo XXI, suenan conjuntos como Teufel, Chlover, los pinareños Tendencia (que mezclan el rock duro con los cantos yorubas), el rock-folk de Nimbo, la fusión hip-hop de S-kp e Hipnosis y muchos otros.

 

A modo de conclusión

La actitud oficial hacia el rock ha cambiado bastante. Durante los 90, grupos españoles como Platero y tú, Los Ronaldos, Los buitres del Puiserga, y hasta los tan recordados de los años 60 Los Diablos y Fórmula V, tocaron en el Patio de María u otras partes. Los franceses Mano negra y los escoceses Shogleenifty también han tocado en Cuba. Los ingleses Manic Street Preachers y los nortearmericanos Beatlemany (imitadores de The Beatles) hasta lo hicieron en el Karl Marx, que también fue sede del espectáculo del Musical Bridge, cuando en el 99 varios artistas norteamericanos ofrecieron su música al pueblo cubano... o al menos para una muy escogida representación del Partido y la UJC

Toda tribu urbana tiene sus santuarios y sus tradiciones. Pero dejando aparte el Patio de María y los conciertos en los anfiteatros de Centro Habana o Marianao, los puntos de reunión rockeros de La Habana se han caracterizado desde los 80 por su condición efímera. Son una tribu itinerante, nómada. En el Vedado, la intolerancia policial los ha ido alejando del epicentro urbano que es 23 y L. En un tiempo se reunían en Coppelia, luego en la esquina del cine Yara, más tarde en 23 y G, luego, calle G abajo, llegaron junto al monumento a Calixto García en el Malecón y se desplazaron hasta su actual ubicación, en la intersección de D con esta avenida.

Las sempiternas acusaciones de tráfico de drogas y favorecimiento de la prostitución salen todavía a relucir de vez en cuando. En los tempranos 90 se les sumó la de grupo de riesgo para el VIH, ejemplificando esa vieja costumbre nacional conocida como "una manzana podrida echa a perder el barril": si dos o tres rockeros resultaban seropositivos, se asumía que todo aficionado a tal género musical era un potencial foco de SIDA y se actuaba en consecuencia. En cuanto a la reclusión obligatoria en el Sanatorio de Santiago de Las Vegas, podría clasificarse como "botar el sofá". Campañas como Rock Vs. SIDA surgieron así, y gracias a ella hoy puede decirse sin temor que es una de las capas de la población más sensibilizadas con el uso del condón... ya que no con las relaciones de pareja estables.

Característica de las contraculturas urbanas, el graffiti no fue nunca muy practicado por los rockeros cubanos. La estricta prohibición de la policía y la poca disponibilidad de medios pictóricos (pintura en spray) para su ejecución son las causas principales de esta carencia. Efímero centros de las escasas pintadas urbanas fue por años el monumento a José Miguel Gómez en G y 27... hasta su limpieza y restauración, que acarreó la pérdida del patrimonio gráfico espontáneo que cubría sus paredes y columnas.

En cuanto a la droga, otro tema bien delicado en el país e históricamente asociado al género musical, vale destacar que la abrumadora mayoría de los spots publicitarios actuales de prevención contra el alcoholismo y la droga llevan como fondo música rock o tienen a rockeros como protagonistas... cuando, lamentablemente, las estadísticas más objetivas parecen demostrar que en la sociedad cubana del siglo XXI el consumo de alcohol, cannabis o psicofármacos es un problema mucho más extendido y generalizado (y no solo entre la juventud) de lo que se cree, admite o dice. Y que no se limita a rockeros, raperos, salseros o cultores de ningún tipo de música en específico.

Todavía en la actualidad muchos padres se preocupan cuando descubren que sus hijos o hijas comienzan a escuchar rock, a vestirse de negro, se hacen un tatuaje o un piercing (aunque estas dos prácticas de decoración también han trascendido las fronteras de esta tribu urbana, generalizándose de modo notable entre toda la juventud... y no solo entre jineteras y pingueros, como insisten tercamente algunos investigadores). Sus indignadas prohibiciones "no oigas esa metralla" y "no te reúnas con esa gente" no hacen más que reforzar el interés que todo adolescente siente hacia lo que percibe transgresivo, diferente, fuera de lo común, algo que no hacen las personas "normales". Interés que es, precisamente, la base de la existencia y constante renovación no solo de los rockeros, sino de cualquier tribu urbana.

12 de enero de 2005


 

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