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¡A pulmón! Los bicitaxistas en La Habana. Supervivencia, conflictos y solidaridades
Miriam Herrera Jeréz
Daniellis Hernández Calderón |
El cochero que fracasa es el que no le gusta trabajar...
el hombre trabajador es trabajador aquí y donde sea. (1)
Dígame, ¿a dónde vamos? Puede ser una de las expresiones que se mezclen en el torrente de voces que rodean las cadenas de tiendas, los mercados, las entrecalles de Centro Habana, las paradas de las guaguas (2) o del camello (3) del Parque de la Fraternidad en esta ciudad que desde su periferia los capitalinos continúan llamando "La Habana", (4) porque concentra variados servicios, multitud de personas y quizás porque se respira como en ningún lugar el vapor bullicioso de lo urbano. Todo ese atractivo estratégico comienza a ser explotado cuando con la crisis socioeconómica de la década del noventa vemos resurgir entre los cubanos la creencia en el propio esfuerzo para mejorar su vida y la de su familia y en la imaginación para estructurar lazos de solidaridad.
El bicitaxista, (5) como muchos otros, encuentra fuera de la vida laboral estatal o simultáneamente con ella, otra opción que se convierte en estrategia para la supervivencia. Su espacio: la ciudad; sus medios de producción: la bicicleta y su cuerpo. Los ecos de muchas voces se entretejen para tratar de atrapar algún sentido en las miradas y faltan las gotas de sudor, el impulso del gesto, la doble cara de la mentira, la curiosidad del transeúnte, el ruido de los cláxones, el rumor de las escobas del parque a las nueve, el ansia del recuerdo por nacer y todo ese murmullo de pensamientos ágiles que ya se fueron... todo lo que rodea la vida de esta ciudad.
Nosotros mismos somos nuestros gerentes
Jóvenes y también algunas mujeres, cuyas edades oscilan por lo general entre veinticuatro y cuarenta y dos años, provenientes de los múltiples oficios que generan los ramos de la construcción, de los mercados agropecuarios, de la agricultura, de empresas estatales, como almaceneros o custodios, circulan diariamente llevando en sus bicicletas de tres ruedas a los que quieren llegarse hasta Carlos III, (6) a quienes salen con sus compras del mercado de Egido (7) o a los que necesitan llegar a sus hogares después de un agotador viaje en tren. Las dificultades con el transporte interno de la ciudad, la carencia de combustible, la contracción del empleo en el sector público y el encarecimiento de la vida cotidiana llevaron a muchos, que son graduados universitarios, retirados y de los amplios sectores de bajos ingresos ya mencionados, a este trabajo que algunos consideran temporal por el cansancio físico e incluso por enfermedades que trae consigo. Otros lo consideran permanente porque cuando tú vas a buscar un trabajo por el Estado te van a pagar 150 o 170 pesos. Entonces cuando tú sacas la cuenta a 50 pesos diarios al mes son 1 500. ¿por dónde vas? Y haces una comparación y no te da la cuenta. Pero todos al final consideran que alcanza para pagar el impuesto y satisfacer sus necesidades, para vivir. Aquellos que son jóvenes y aún no tienen familia aspiran a cubrir sus necesidades: luchando por un par de tenis, por un pantalón, por comprarme un televisor porque no tienes a nadie, me entiendes,... pero a la vez que tienes un hijo, a la vez que tienes el chama (8) ya estás luchando para sobrevivir. Los que ya sienten el peso de sus años, pero siguen siendo el sostén de sus familias, escogen este trabajo que produce todo un modo de vida. Se altera la normalidad de la rutina del trabajo fijo y de los mismos rostros. Están convocados a nuevas filiaciones, a converger en el borde con las miserias a cielo abierto o de entrecalles, donde las autoridades son más visibles y los castigos más tajantes, pero al fin también negociables. La ciudad profunda que, por ejemplo, para muchos profesionales o retirados sólo se transpiraba al comprar en el mercado negro, ahora es una realidad más cercana.
La supervivencia además opaca las distinciones de formación y de raza. Al desdibujarse las fronteras de los grupos sociales, que se encuentran en un momento de recomposición, convergen en los bicitaxis jóvenes, personas de más de sesenta años, negros, blancos o mulatos, y todo el mosaico de profesiones y oficios. La necesidad funde las experiencias de profesores y estibadores, de ex policías y retirados, de custodios e inspectores, en un trabajo percibido como el que no lo quiere hacer nadie, que es la última opción . Se trata de una labor que se despliega en un contexto social que atenúa todas esas discriminaciones, porque, al parecer, necesidades reales y virtuales crean cierto pacto: el pacto de la "lucha". Necesidades reales para los que viven de su esfuerzo; necesidades virtuales para los que asumen este modo de vida como forma para encubrir otros negocios más lucrativos. Cuando se conversa con los habituales maniseros o granizaderos (9) uno siente esa solidaridad que emana de ese pacto secreto, porque mañana cualquiera puede estar justo ahí en el borde.
Pero también nacen nuevas distinciones en la vorágine de andar dando pedales, como las "generacionales". De esta manera pueden distinguirse dos grandes grupos de bicitaxistas. Los que llevan este modo de vida desde hace seis, siete y hasta ocho años, que comenzaron cuando en 1994-1995 asistimos a la revitalización del sector informal y se esperaba sobrepasar las 220 000 bicicletas fabricadas en el país. Era la época en que se acogió con entusiasmo a los "pintorescos bicitaxis", (10) se les hizo entrevistas y hasta aparecieron imágenes suyas en las guías de turismo. Cada viaje tenía un precio de hasta ochenta pesos, se pagaba cuatrocientos pesos por una goma y los techos de las bicicletas que anunciaban la cerveza Cristal eran regalados. Al mismo tiempo se participaba en los desfiles del 1ro. de Mayo, en las colectas para el XIV Festival de la Juventud y los Estudiantes o en el paseo por el Malecón habanero a miembros de la caravana Estados Unidos-Cuba en 1994. El otro grupo, bastante numeroso, es el de los que llevan entre dos y cuatro años y han visto surgir los "cocotaxis", (11) los carteles de limitación de acceso que les prohíbe a los bicitaxis transitar de la calle Cuba hacia dentro, (12) el aumento de las tensiones por la limitación de las licencias (la prohibición definitiva de la licencia en divisas), el incremento de las multas y las restricciones a sus espacios de reunión llamados "piqueras". Todo ello revela que tanto la permanencia como la movilidad del grupo es intensa. Son casi dos "generaciones" que coexisten entre el recuerdo de la tolerancia -más bien el caos, no sólo jurídico, de los primeros años de la crisis de la década del noventa- y la vivencia constante de las restricciones de hoy y los rangos en que ha oscilado el péndulo de la política gubernamental hacia el cuentapropismo en los últimos diez años. En esa dicotomía se llega hasta idealizar el comienzo, cuando paradójicamente la crisis apenas comenzaba, pero se exclamaba con orgullo por todos los medios de comunicación que la bicicleta se había convertido "en nuestro más socorrido medio de locomoción" (13) y los organizados paseos en bicicletas formaban parte de los planes de actividades mensuales de las organizaciones juveniles.
Esta opción de trabajar por su cuenta les permite disponer de su tiempo, ajustarlo a sus propias necesidades, ser sus propios jefes. Pero, por lo general, el horario de trabajo, que sólo la disciplina de la necesidad les impone, es de ocho o nueve horas, de por la mañana hasta la tarde, aunque haya algunos que elijan la noche. (14) De esta manera pueden alternar con otros trabajos, aunque no es lo predominante, dado que exige mucho gasto de energías y algunos piensan que es un trabajo de esclavos en el que cambian salud por dinero. En el caso de aquellos que combinan el bicitaxi con otros trabajos, si son oficiales, por lo general se desempeñan en la esfera de los servicios; otros ocupan puestos de seguridad o protección, como es el caso de los custodios-bicitaxistas: por las noches se invisten de autoridad y por el día haciendo lo imposible para no robar, incluso, según nos atestigua un funcionario policial, se han dado casos de policías-bicitaxistas. Estos flujos y transmutaciones identitarias, los cuales les permiten representar varios papeles (que en ocasiones, posicionados entre las fronteras de un solo contexto, se manifiestan antagónicos) sin generar tensiones, es la expresión de que asistimos al interminable juego de las representaciones: actuaciones que permiten adaptarse, sobrevivir y salir ilesos en sociedades de espacios múltiples con sus propias dinámicas, cambiantes y ordenadamente caóticas.
La percepción del sacrificio diario coexiste con la de la libertad sobre sus propios actos; esta contradicción les lleva a construir una imagen de sí mismos que les sirve como mecanismo de defensa, como instancia de reconocimiento y de lucha por ese reconocimiento. Por ello se conciben como el sector más sacrificado del cuentapropismo, (15) estiman en alto grado el servicio que ofrecen a la población y exigen que se les vea como trabajadores,. que se trate de reconocer el trabajo que hacemos nosotros..., que volvimos a la esclavitud: somos esclavos de nuestras familias, somos esclavos del pueblo, somos esclavos de no se sabe cuántas instituciones, somos esclavos de la vida... no somos recompensados ni por nada ni por nadie . A pesar de la contradicción, el propio cambio de asumir el destino de sus vidas al abandonar la seguridad precaria de un salario o experimentar otros ambientes sociales enriquece sus personalidades, da vida a nuevas identidades, modifica sus relaciones con los espacios, aun en un contexto de asfixia, y les obliga a un proceso continuo de negociación colectiva con otros, que van dejando de serlo para convertirse en "compañeros" cotidianos; en "clientes" afables o que les dicen: ¡Ay!, espérame un momentico aquí, y te cogieron de zonzo ; o en quienes abusan del traje de su vida de servicio y no saben que somos seres humanos, igual que otro cualquiera .
La licencia que los convierte en trabajadores por cuenta propia legales, tiene un carácter provincial, lo que les permite moverse libremente por la ciudad; no obstante, existen límites al movimiento y estacionamiento de los bicitaxis, principalmente en la Habana Vieja y Centro Habana, límites que son mantenidos por tardías regulaciones municipales (16) y por prácticas coercitivas de los agentes del orden (multas, decomisos de triciclos, advertencias, traslados a la unidad de policía): Usted nos alquila aquí en Reina y Amistad para la Catedral y tenemos que dejarla en Sol y Cuba; para allá, si tú pasas, te meten cincuenta pesos de multa, porque está el policía ahí...
Sin embargo, el hecho diario de que desde Guanabacoa, La Lisa, Santiago de las Vegas o Luyanó se trasladen hasta Centro Habana para trabajar, es expresión de esta movilidad. Este movimiento espacial, a pesar de las regulaciones, es posible por la creación, lucha, negociación y apropiación del espacio dentro de la ciudad y la organización del trabajo, que se articula a partir de la segmentación del espacio al surgir las llamadas piqueras. Para quienes recorremos las calles de la Habana Vieja, Centro Habana o Guanabacoa, las piqueras de bicitaxis suelen ser un lugar donde se estacionan cinco, seis, diez triciclos en espera de alguien a quien transportar y donde se escuchan varias voces que te obligan a mirar: ¿Quieres que te lleve? , o Bicitaxi, hasta la puerta de tu casa . Sin embargo, una piquera es algo más: es la confirmación de que, aun en los contextos más emergentes, la organización es una necesidad vital. El surgimiento de la piquera como lugar de descanso y espacio de solidaridad se convirtió en punto de conflicto con las autoridades y en mecanismo para organizar el conflicto que se deriva también de la competencia.
Un lugar de descanso es indispensable: el pedaleo continuo bajo un intenso calor y el esfuerzo físico empleado en el recorrido de varios kilómetros con carga, obligan a los cocheros (17) a estacionarse en un lugar específico, porque tú no te puedes meter el día entero dando vueltas porque el agotamiento es mucho; independientemente del cansancio, vivimos en Cuba, donde se dice que es un eterno verano. ¿A las doce del día usted sabe cómo está esa carretera? Está hirviendo, y eso afecta las gomas, afecta todo... Unido a ello está la necesidad de un reconocimiento e identificación por parte de los pasajeros: Las personas que se bajan en carros que vienen de Boyeros, ya vienen específicamente para acá, ya [el cochero] tiene un cliente fijo.
Pero la piquera rebasa el plano de la acción puramente individual para convertirse en acción colectiva. La elección de estos lugares no ocurre al libre arbitrio, sino que está condicionada por factores de diversa naturaleza. ¿Por qué se estaciona aquí y no allá?
Los actores que coexisten en el interior de un espacio socialmente deseado, con fronteras definidas, necesitan repartirse y demarcar dicho territorio en dependencia de sus intereses y de las posibilidades que les brinda este entorno, lo cual no ocurre sin conflictos. Es el caso de las piqueras. La Habana citadina contiene municipios que son altamente valorados por los bicitaxistas, según las posibilidades que les brindan para su actividad: lugares con gran movimiento, donde confluyen grandes cantidades de personas que necesitan ser trasladadas, con áreas de servicios de gran demanda, con zonas por las que no transita el transporte público y con particularidades geográficas. Todas estas características se encuentran desigualmente distribuidas en esta Habana heredada, en la que existen zonas residenciales muy exclusivas, itinerarios de compras antiquísimos y el pálido encanto de Jesús del Monte, donde coexisten las ruinas y sus elevaciones. Por tanto, luchar y ganar el mejor espacio, transportar la mayor cantidad de clientes, esquivar las lomas y aprovechar la ruta del dólar, se convierten en un apremio para todos los bicitaxistas.
La piquera es expresión de un proceso contradictorio, engendro de la dicotomía "solidaridadcompetencia" que dibujará los contornos de las autopercepciones y autovaloraciones de los protagonistas de esta realidad, así como las soluciones a los conflictos dentro de un grupo tan heterogéneo. Unos ponen énfasis en la necesidad como sustento de la igualdad e identifican la competencia como un acto desenfrenado que provoca dolor a quien no va acompañado de la suerte: Se hace una cola por orden de llegada para que todo el mundo haga veinte pesos; es muy doloroso que yo venga y me lleve una carrera y que tú no tengas un medio en el bolsillo,... pero antes, cuando era así, a lo loco, era a suerte y verdad .
El enfrentamiento cotidiano -cara a cara, en ocasiones violento, y que impedía el trabajo- reclamaba un orden, una tregua que les permitiera a todos ganar: Hay muchos desórdenes, ¿no? La gente viene, se cuela, se faja; para evitar todo esto, se hace una lista, se apunta a la gente, porque la gente se ha fajao, por ensañamiento te ponchan los coches, te roban una goma, te roban un espejo...; entonces, para eso se creó la piquera, para cuidarnos los coches unos a otros y mantener la organización .
Los códigos y regulaciones de esta forma de organizar el trabajo, son expresión de sus nociones más directas de libertad y autonomía. Es un sistema de relaciones lo suficientemente flexible, que se amolda a las necesidades de sus integrantes; entraña una gama de sociabilidades, enriquecida por su propia estructura horizontal y dinámica; no exige puntualidad, fidelidad, una imagen, ni otra filiación que no sea a la lista que norma las salidas; no admite jerarquías; coexiste con quienes prefieren trabajar fuera de estas asociaciones; (18) acepta que sus integrantes mantengan sus clientes fijos; y las relaciones promiscuas de los cocheros con "sus" piqueras no constituyen un problema. Como vemos, la negociación pasó primero por los contornos propios del grupo en ese proceso de autoconstitución antes de convertirse en un punto de conflicto hacia el exterior.
Las piqueras se convirtieron entonces en reuniones informales de bicitaxistas en los lugares fijados por el Gobierno; (19) luego se fueron constituyendo y fueron aprobadas por la práctica o negociadas entre los cocheros y las autoridades locales, representadas por el delegado del Consejo del Poder Popular y el jefe del Sector de la Policía, en las que se espera una carrera (20) conversando sobre los precios de las cosas, de una niña buena que me encontré , de la visita del ex presidente norteamericano (21) al país, de las tensiones diarias del oficio, como cualquier cubano . La aglomeración o permanencia de grupos de cocheros en un espacio público determinado no sólo es física, pues también proyectan sus gestualidades, lenguajes, discusiones, intereses, gustos musicales y estéticos más particulares y encontrados. Acostarse y dormir en los bicitaxis, discutir de béisbol, de la guerra de Afganistán; contarse lo que hicieron el fin de semana; tomarse una botella de ron; jugar dominó; oír la música de Vico C, Marc Anthony y Los Van Van; o leer la prensa, muestran que la invasión del espacio público no sólo es espacial sino simbólica. A partir de este espacio se articula la solidaridad grupal, se discuten propuestas asociativas para dialogar con las autoridades, se organizan fiestas de cumpleaños o se comparte en común un juego de pelota en el Latino. (22)
Así, el orden de llegada o la selección del "cliente fijo", que no es más que el reconocimiento que otros hacen de la existencia regular del espacio ganado, se convirtieron en los mecanismos internos para organizar las carreras, cuyos precios se fijan en correspondencia con el tramo a recorrer. Se marca por turno y se sale según ese orden. "¿A quién le toca?" se puede escuchar, entre ruidos y conversaciones, para indicar la organización equitativa de las carreras. Aunque los precios han variado a lo largo de estos diez años de crisis socioeconómica, es por lo general de veinte pesos, pero como las carreras y las ganancias son variables, algunos días ganan cincuenta o sesenta pesos y otros entre cien y ciento treinta pesos. Éstos son datos que siempre se alteran a los investigadores como mecanismo de defensa.
Como "gerentes" al fin, deben invertir en las bicicletas, cuyo aspecto ha variado también desde 1993. El techo, las mallas o capotes contra la lluvia y el sol, que se extienden hasta el propio conductor; la variedad de modelos en busca de comodidad; o la aparición de los equipos de música, han sido transformaciones sucesivas adaptadas a la alta valoración que tienen del servicio ofrecido a la población: Nos metemos por dondequiera, te esperamos, ningún taxi te deja frente a tu casa ; por tanto, debe mejorarse la imagen de la bicicleta, que invite al cliente por el confort que ofrece. Muchos de estos elementos han sido regulados también por las instancias municipales: las medidas de la placa que todo coche debe tener en la parte trasera, los colores, adornos y el volumen y hora máximos para el equipo de música. Las autoridades gubernamentales refieren las múltiples quejas de la población, sobre todo con respecto a la algarabía en los alrededores de las piqueras. La suspensión de la licencia de divisas, que les permitía montar a extranjeros, derivó en ciertas transformaciones "técnicas", como la malla que rodea la parte trasera del bicitaxi, con el fin de ocultar la nueva ilegalidad. Las inversiones incluyen grasa, rayos, cámaras, gomas, rodamientos...; por tanto, la red entre bicitaxista, ponchero, vendedores y otros es amplia: Todo lo que tiene el coche es pérdida, desde la cabilla que tú sueldas, que te vale diez pesos...; un ponchero ve un bici y no te cobra dos pesos, son tres cañas o cuatro pesos, sin contar que si la goma es 28, te cobran veinte pesos . El precio por cada goma es de ciento cincuenta a ciento sesenta pesos, el asiento vale entre ciento veinte y ciento sesenta pesos y, aunque se les exigen vales de compras, todos los mecanismos de control estatal se vuelven ineficaces. Por ello, la relación con el Estado no sólo es de conflicto, sino que se busca una regulación del caos, reconociendo como actor principal al que le atañe esta función, a través del establecimiento de talleres donde se les venda las piezas y accesorios que les son indispensables.
...y tienes que salir al pecho
Entre redes subterráneas (23) y ansias de reconocimiento, el asunto de la ilegalidad se vuelve un valor confuso, de fronteras móviles, que oscila entre la tolerancia, la aceptación abierta y el rechazo. Es mejor estar manejando el triciclo que robar, aunque no se tenga licencia ; hay un reconocimiento del valor del trabajo y el esfuerzo personal, aunque para algunos se convierta en una estrategia de camuflaje. Ser bicitaxista es percibido como una estrategia de sobrevivencia que los aleja de la posibilidad de delinquir, porque antes de estar estafando, ni estar robando, ni estar haciendo nada por ahí, mejor estoy aquí, estoy tranquilo... No me meto en problema con nadie, no me busco problema en mi casa, no me busco problema con el jefe de sector; estoy tranquilo . Sin embargo, para los que no tienen licencia -que al parecer, por lo que dicen ellos mismos, la policía y el Gobierno Municipal, se han incrementado en estos últimos años- la opción para no robar o para mantener una imagen social aceptable es expresada en su imaginario como salir al pecho. Lo cual trae una consecuencia muy importante: se desdibuja la connotación negativa de la ilegalidad y resurge así el pacto de la "lucha". Los que tienen licencia aceptan a los que no la tienen, porque, en su escala de valores, el trabajo -no importa cómo- es lo primordial. Pero más allá de la licencia, el espacio y las prácticas fuera de la ley conviven y alcanzan a todos en este ambiente heterogéneo, quizás porque en el bicitaxi trabajan antiguos o activos delincuentes, lo cual es una realidad autorreconocida: ¿Tú sabes cuánta gente está montada en el bicitaxi que fueron en su vida arrebatadores, (24) marihuaneros, ladrones? Que los conozco yo, porque yo vivo en el barrio de Colón y conozco gentes que lo fueron en su tiempo y ahora no quieren saber nada..., sólo quieren saber de esto, ¿entiendes?, porque allí se buscaban mil en un día pero se buscaban, se podían buscar veinte años en un día; les da su resultado, no más que aquello, pero ¡bueno! con menos peligro. Yo te digo una cosa, el día que quiten esto los guardias tendrán trabajo; mientras lo dejen, estamos tranquilos. Ya usted no siente: le arrebataron a un yuma, (25) le llevaron... Los hay, pero no como antes . Asimismo, como han reconocido varios policías entrevistados: Mira, también se estacionaban en esa zona de ahí, y todas las prostitutas "iban a morir al puesto". Cuando le preguntabas al cochero, decía: No, ésa es mi mujer o ésa es mi prima que está descansando aquí. Nosotros sabíamos que no era así. Muchos de ellos traían a su mujer a luchar ahí y entonces venían a taparse con la muela (26) del coche. Por eso, cero cocheros ahí; los robos con violencia se nos daban en la cara y muchas veces eran las mismas personas que estaban con ellos, pero nunca sabían nada. Por otra parte, no tengo quejas .
A esta ambigüedad en torno a la actitud sobre lo ilegal -esos difíciles límites entre el bien y el mal- contribuye no sólo la permanencia del valor del trabajo en condiciones materiales y éticas precarias, sino el impacto nada homogéneo de los sucesivos cambios legislativos que se han llevado a cabo y que contraponen a varias instancias en su función de control social, entre éstas, los inspectores de la ONAT, (27) los de la Dirección Provincial de Transporte, los de la Dirección Provincial del Trabajo y, por supuesto, los agentes de la Policía Nacional Revolucionaria. Los grupos de inspectores tienen ahora una estructura provincial que sustituyó los derechos que para 1997-1998 tenían los Consejos Populares de contar con un cuerpo propio de inspectores. Esta realidad con múltiples y cruzados canales destinados a controlar crea una tensión no sólo para los cuentapropistas, sino para las autoridades del Gobierno Municipal e incluso para los policías que son vistos como los malos de la película .
Las faltas de señalizaciones precisas, las multas diversas por causas similares y el trato inadecuado y en ocasiones arbitrario por las instancias que emanan y ejercen autoridad, (28) trastocan también las fronteras de lo permitido. De esta manera, tanto quienes tienen licencia como los que no la poseen se encuentran ante el mismo conflicto, por lo que entonces el hecho de "salir al pecho" se apropia de otras implicaciones: puede llegar a significar tanto transportar pasajeros de un lugar a otro e ir al encuentro del sustento diario sin respaldo legal, como estar estacionado "haciendo piquera": La piquera de Egido la quitaron. Ellos están ahí al pecho; si los ve el jefe de Sector... Con licencia les mete multa... Sin la licencia, que jurídicamente los incluye dentro del sector de los cuentapropistas, se convierten en trabajadores ilegales. Salir y estar ahí "al pecho" son respuestas que transgreden las fronteras de lo legalmente permisible; son las soluciones encontradas a un conflicto, pues, al sopesar los riesgos, deciden salir con las de perder para ganar. Para muchos bicitaxistas estas "salidas" tienen una justificación clara: el no otorgamiento de licencias, ya sea por disposiciones estatales o por ineficacia en las labores de las instancias correspondientes. A esto se añade la percepción compartida por los cocheros de estar situados en un espacio social donde las instancias generadoras de empleo no les brindan el suficiente respaldo económico para resolver sus necesidades. El Gobierno Municipal, por su parte, mantiene su propia estrategia de conservar un tope de licencias en el territorio y profundizar en el proceso de análisis para otorgar la solicitud de inicio de los trámites. Niegan categóricamente que no se estén concediendo licencias, sino que no se están ampliando. Por otro lado, el aspecto principal para otorgar esos permisos de solicitud lo constituyen las características de las personas, es decir, su "conducta": puros criterios en los que el juego de la representación, de los múltiples rostros, es lo primordial. Las identidades tienen como insignia las máscaras, los juegos dobles o, más bien, infinitos, lo que deviene un torrente que se mueve volcánicamente en cualquier dirección.
Dentro del grupo existe otro elemento que complejiza aun más la situación. La ilegalidad se acepta cuando viene acompañada de un buen modelo de comportamiento: ¿coincidencias? Por eso, una de las presiones que hay es que se han montado en esto una pila de malcriados que no mantienen una línea, que no mantienen un respeto. En la Catedral nunca se oyó una mala palabra; cuando aparecieron unas gentes de no sé de dónde, comenzó la mala palabra, la borrachera, la gritadera, y la Catedral se caracteriza por ser un lugar céntrico, comercial; cuando empezó eso de "píntate los labios, María", comenzaron a utilizar el doble sentido; entonces ya eso fue creando una mala imagen, un mal criterio que se fue generalizando .
Aunque se sabe que no todos los ilegales tienen este tipo de comportamiento y que la mayoría lo considera reprobable, en primer lugar porque afecta el negocio y justifica las restricciones actuales: Yo no digo que no persigan a los delincuentes, porque aquí los hay, pero que no generalicen a los trabajadores del triciclo. Aquí el que se monta a dar pedales no es delincuente; el delincuente lo coge ocasionalmente .
Por consiguiente, para algunos estas conductas constituyen ciertos motivos de conflictividad con las autoridades, pues hacen que su imagen se vea devaluada y los midan a todos por igual. Estas interacciones y conductas de los cocheros no se ajustaron, por ejemplo, a la naturaleza de las acciones y relaciones concebidas para un espacio como la Catedral. La experiencia en el casco histórico de la ciudad, en el que virtualmente perdieron la batalla por el derecho al espacio, les ha hecho articular todo un discurso en torno a la imagen del bicitaxista y buscar nuevas estrategias.
El redimensionamiento y la concentración hacia otros lugares fue la solución que las autoridades encontraron para poder cohabitar con un sector generado por las propias condiciones socioeconómicas de la sociedad cubana. Esta solución ha resultado eficaz gracias a la labor de los agentes del orden y al poder de que están investidos al lograr una normalización de estas conductas, hasta tal punto que algunos cocheros han optado por otros recorridos para no meterse en problemas y para que otros de ellos sean considerados como responsables de esas limitaciones al acatarlas. No obstante, en la lucha por su existencia algunos prefieren correr el riesgo (29) de servirle a los más codiciados usuarios: los extranjeros, quienes se ubican fundamental y permanentemente en esta parte de La Habana colonial. Al final, el orden valorativo de rechazo, tolerancia o aceptación de lo ilegal está condicionado por las implicaciones que tienen sus acciones para el reconocimiento afirmativo del grupo.
La última carta de la baraja
Con todo lo que nosotros hacemos, la gente no nos considera todavía, no entiende el favor y el sacrificio que les damos, y muchos protestan...
"La gente no se imagina..." -natural necesidad que tenemos todos los seres humanos-: por eso las identidades no existen sino que son representadas, porque hace falta que los demás sepan, que los demás valoren. La imagen de la víctima es una autopercepción bastante recurrente entre este grupo; se consideran maltratados, no reconocidos ni por las autoridades ni por algunas personas a las que les prestan servicios, por lo que se sienten en desventaja para la competencia. En estos casos, las autovaloraciones positivas, evocadas con harta frecuencia entre los bicitaxistas, responden a situaciones y relaciones que los subvaloran, marginan o agreden, en las que la presencia de un "otro significativo" (cuyas decisiones y acciones van a incidir en sus desempeños cotidianos) es sumamente importante. Contrario a los juicios que pudiera tener el sentido común sobre estos estados subjetivos, objetivamente sustentados, este grupo transmite una elevada autoestima y altos niveles valorativos: gente de respeto, honesta, educada, desinteresada, solidaria y sacrificada , lo cual pudiera interpretarse como una reacción o la activación de mecanismos de defensa para sacar el mayor provecho de las relaciones de conflictividad en las que se encuentran inmersos. Estas últimas han sido a la vez motivo de cohesión grupal y de un sentimiento de pertenencia al grupo que se realiza en el nosotros.
Los cocheros manifiestan una sobrevaloración de la actividad que desempeñan: poseedores exclusivos del buen servicio ( Es el máximo transporte, el único transporte garantizado es éste: nos metemos por dondequiera, entramos adondequiera, te llevamos a la puerta de tu casa, te esperamos. Ningún taxi aquí te espera; alquila un botero y dile "espérame", te va a decir "son cinco fulas" ) (30) y del desinterés ( Usted viene y me dice "vamos a la Catedral", que son veinte pesos, pero usted me dice "mire, cochero, tengo diez pesos nada más" y son raros los casos, casi ni se ven, que le dicen que no. Nosotros casi siempre miramos del lado de la persona, raras veces miramos el beneficio de uno ), o incluso preservadores del ecosistema ( Esto no es nocivo, porque no desprende ningún gas tóxico; el caballo, por ejemplo, el orine del caballo es tóxico, el excremento del caballo es tóxico ).
En general, muchas son las percepciones de "clientes" que coinciden con la visión que el bicitaxista tiene de su trabajo. Yo los veo como un medio de vida. Están solucionando un gran problema; lo veo muy bien. El transporte está malo [y brindan servicio] por lo menos para los que viven a poca distancia de aquí . Y aunque reconocen el esfuerzo físico que implica esta ocupación, no dejan de advertir que a veces por dos o tres cuadras te quieren cobrar veinte pesos. De Prado a la terminal de trenes ya no quieren coger los veinte pesos, sino el dólar . Todas estas percepciones abren fisuras a una muy alta valoración del bicitaxista, para dejar entrar las consecuencias del aumento de la ilegalidad: el precio de la diversidad social del grupo y el filo del abismo de la marginalidad. Entonces, el imaginario se conforma en el diálogo.
Las clasificaciones y categorizaciones que de ellos tienen "los otros" van conformando su autorreconocerse y su autopensarse, no precisamente en igual sentido. Las barreras a su trabajo cotidiano, la "permisibilidad" a los cocotaxis y a los coches de caballo, y la idea socialmente compartida del enriquecimiento continuo de los cuentapropistas, sector que los incluye y del que se sienten parte, hacen que, en su batalla por el logro de intereses comunes, este grupo construya una buena autoestima y espacios de pertenencia que contribuyan a lograr una identidad positiva, asignándose atributos y estereotipos que sustenten dicha identidad. La piquera constituye uno de esos espacios de cooperación, donde reflexionan, acuerdan y disienten sobre la propia labor que realizan. Constituye una localización donde se negocia con "el otro"- autoridad y se expresan las lealtades del grupo, se batalla por los intereses mutuos y desde la cual se construyen como un nosotros en la pelea por su propio territorio.
La solidaridad es un valor que se asignan en cada entrevista; sin embargo, al analizarla en este contexto particular, pudiera decirse que los cocheros se encuentran ubicados en un orden moral contradictorio. Reclaman ser objeto de solidaridad, fundamentalmente por las personas a las cuales les prestan servicios, en un sistema de relaciones cuya lógica es fundamentalmente la de la oferta y la demanda, que estructura un orden ético moral diferente.
Hay personas buenas, hay personas malas, hay personas regulares, hay gentes que tienen una cierta consideración con el ser humano; pero hay gentes que dicen "yo te pagué los veinte pesos y sube la loma"; hay gentes que se bajan; otros dicen "toma los veinte pesos y déjame aquí".
Al ser la solidaridad un valor socialmente reconocido, el reforzamiento de la imagen de los bicitaxistas como seres solidarios pudiera estar funcionando como el fundamento visible o el contenido intencional de los modos, formas y estrategias que encuentran para sobrevivir en un medio competitivamente desventajoso. Aquellos comportamientos que no muestren a un cochero trabajador, solidario, dedicado, no son bien vistos por sus iguales. Aparece así el discurso de la heterogeneidad y la necesidad de la diferenciación y la particularización, en el que cada cual responderá por sus actos. Cuando sucede todo lo contrario, emerge un nosotros homogeneizado y único.
Sin embargo, además de reflejar, las autoimágenes construyen en alguna medida la realidad, guiando conductas y modos de hacer. El autoclasificarse como la última carta de la baraja, en la que no importa cuál sea porque siempre será la última, es un lugar común en su imaginario, que representa cierto determinismo y fatalidad en su interacción con "el otro"-autoridad: Sin discutir, porque aquí nosotros no discutimos, porque lamentablemente, por desgracia, cuando comenzamos a discutir, perdemos. Asumimos, acatamos cualquier tipo de ley, la que sea; por absurda o brutal que sea, la acatamos .
No obstante, esta percepción los obliga a explorar otros mundos posibles, construir redes subterráneas y practicar alianzas, pactos, incluso con "el otro"-autoridad, de los que sacan el mejor provecho, pues ese otro-autoridad también padece sus tensiones. La disposición multidimensional en la que estos dos actores se encuentran y desencuentran, complejiza y enriquece el cúmulo de relaciones en las que cohabitan, en las que unos y otros viven la contradictoriedad en el desempeño de sus funciones. La autoridad policial no es sólo la que multa, con motivos o sin ellos, ni la que cuya acción desconoce los límites al emplear el irrespeto y la agresión; ni es sólo la que piensa que los cocheros son unos indisciplinados, que no respetan a nadie . Es la que, debatiéndose entre el "servicio público" que presta y "su" vida cotidiana, monta en un bicitaxi, porque es un transporte como otro cualquiera y los cocheros son buenas personas, jóvenes iguales que nosotros; casi todos son tratables, no son gente conflictiva . Es la que, mientras cumple con su servicio en el Parque de la Fraternidad, le pica un cigarrillo al cochero que espera la próxima carrera y se cuentan sus vidas; la que, en un acto de permisibilidad y condescendencia, se la deja pasar, pues luego tal vez no encuentre quien escuche su historia.
Los discursos identitarios, que emergen de situaciones conflictivas y poco ventajosas, encuentran placer en dicotomizar la vida (buenos contra malos) en su búsqueda por un conocimiento afirmativo y tienden a disimular la pluralidad de los puntos de vista, dejando fuera sus actitudes negociadoras e incluso el reconocimiento de identidades compartidas (raciales, territoriales, de géneros). Como buenos enemigos íntimos, cada cual se guarda ciertas cosas privadas y se percibe ante un "otro" -en este caso, ante investigadoras interesadas- con un halo no carente de rasgos heroicos.
Nos botan, pero nos vamos y después viramos
En el mosaico de interacciones sociales, en el que la diferencia de raza, género o de capital cultural no genera discriminación o marginación, han sido los puntos de conflictos con las autoridades (31) los que han llevado a los cocheros a la creación de prácticas y mecanismos de reconocimiento mutuo. Sin mantener ni defender conductas culturales singulares (en la forma de vestir o hablar, por ejemplo), han podido activar la solidaridad colectiva, exigir ser reconocidos como interlocutores legítimos, apropiarse de espacios, organizar el conflicto de la competencia y reconstruir una autopercepción grupal coherente. En el movimiento cotidiano de su existencia se van constituyendo como sujetos dentro de sus luchas localizadas y cercadas por los límites de su esfuerzo por la supervivencia. De sus experiencias, de su reconocimiento del funcionamiento de la sociedad, de sus percepciones sobre el cambio, de sus necesidades percibidas, de sus frustraciones y de sus aspiraciones, nace una proyección identitaria frente a otro con quien se perciben mutuamente en constante conflicto.
Los conflictos con las autoridades se generan por maltrato, falta de reconocimiento, desconocimiento de algún acuerdo entre las partes, las restricciones de las licencias en torno a las piqueras o el trato generalizado sin distinciones. Esta proyección identitaria se conforma de sensibilidades más o menos comunes, experiencias compartidas frente a otros que los agreden, sea de una manera prepotente e irrespetuosa (¡Oye, tú bicitaxista, no puedes estar aquí! ) o de incomprensión hacia el esfuerzo humano, según la propia percepción de su trabajo: (¡Ño!, cobran más que una máquina ). Ni las apariencias, tendencias estéticas o religiosidad son esenciales para el reconocimiento mutuo.
Por ejemplo, en Centro Habana las piqueras, que nacieron de la experiencia desigual de la competencia, se convirtieron en una cuestión de antagonismo, porque "la medida" de organizarlas fue percibida por los bicitaxistas como unilateral. No la tomó un representante de los bicitaxis con la policía; pusieron las piqueras en lugares donde por ahí no transita personal . El desacuerdo radica en que no son reconocidos como interlocutores legítimos y no sólo cuando el espacio ha sido de esta manera asignado, (32) sino también cuando ha sido negociado. Así, por ejemplo, en los periplos del Barrio Chino los integrantes de la piquera tomaron el acuerdo con el delegado y el jefe de sector de la zona de limpiar a pala una esquina llena de escombros, reunir dinero para alquilar un carro que recogiera la basura e instalarse en ese espacio en que no dañamos a nadie. Por eso ya nadie nos puede botar de aquí. Pero cada vez que hay un jefe de sector nuevo [nos dice] "yo mando aquí y esta piquera se va ". Cada vez que cambian las autoridades renace el esfuerzo colectivo y también peligran las bases del acuerdo. Este sujeto que se va constituyendo, replica: Ellos no saben todo lo que nosotros hemos hecho y luchado . En general, lo mismo ocurre con el resto de las piqueras: aunque ya estén establecidas, son constantemente obligadas a romper su estructura interna y, con ello, la organización del trabajo.
La carencia y necesidad de reconocimiento, de representación de sus motivaciones, de recursos materiales (gomas, implementos de mantenimiento, seguridad social) que contribuyan a su reproducción como trabajadores del triciclo, ha conducido a que propongan formas de asociación orgánicas, con carácter jurídico, que negocien sus intereses con otras instituciones: Nosotros somos una familia, incluso nosotros estuvimos tratando de ver si hacíamos un sindicato, fíjate, seríamos capaces de crear un sindicato, para pagarles aparte de la licencia que estamos pagando. Ya con un sindicato tenemos derecho a muchas cosas, derechos y deberes. Seríamos capaces, porque hay muchos, somos demasiados ya y estamos resolviendo la situación que tiene el Estado con el transporte, es la verdad. Organizaciones que además cumplan funciones que contribuyan al "bien común", intentando buscar así cierta legitimidad: Porque a nosotros nos iban a hacer un sindicato aquí para ayudar a un círculo infantil o algo de eso, ¿tú me entiendes?, por la CTC, pertenecer a un sindicato de la CTC.
Desde los diferentes contextos en los que se insertan, los bicitaxistas han promovido la cuestión de la sindicalización valiéndose de diferentes medios. Siempre reconociendo que la toma de decisiones ocurre en las instancias nacionales del más alto nivel, unos refieren: Ya nosotros fuimos al Gobierno, fuimos a Atención a la Población (33) que está aquí en la Plaza de la Revolución y estamos esperando respuesta; tienen que darnos una respuesta. Otros han desarrollado articulaciones más locales, con el concurso de otros actores: Nosotros aquí en este barrio (34) hemos luchado por hacer un sindicato; lo que pasa es que nadie ha querido. Nosotros hemos hecho una lista y pedido licencia para hacer un sindicato, aunque sea pagar un peso, ¿tú me entiendes? ¡Y que se puede para ayudar un poquito más! No hay una gente de la parte de allá, del lado de allá, que sea grande que diga "bueno, un sindicato..." Aparte que después que hay un sindicato ya se crea -creo que es eso-, a la vez que haya un sindicato ya tienen una obligación con nosotros, que es lo que el Estado no quiere hacer con nosotros, me parece que es eso... Porque, mira, los boteros... (35) yo creo que todos los boteros de carro lo tienen. ¿Por qué no lo podemos hacer nosotros? ¿No nos sentimos cubanos?, ¿no nos sentimos revolucionarios?, ¿verdad? Podemos hacerlo.
Aun cuando la creación de organizaciones autónomas es un reclamo general, no constituye una motivación unificadora de conductas y acciones, pues las negociaciones y quejas a las instituciones establecidas no rebasan las redes múltiples y móviles de las piqueras. La inexistencia de un funcionamiento más generalizado, cohesionado y proyectivo y de una comunicación intergrupal, unido a la política oficial que prohíbe la formación de sindicatos para el sector cuentapropista, al margen de los ya existentes, pudieran ser los elementos visibles que mantienen a los cocheros sin voz, a pesar de compartir un tipo de experiencia común y un imaginario coherente.
Notas:
1 Palabras de un bicitaxista. Los textos que aparecen en letra cursiva pertenecen a los testimonios de los entrevistados.
2 Término que designa un medio de transporte público.
3 Nombre popular que recibe el oficialmente llamado trenbús y que es uno de los medios de transportes característicos de la Ciudad de La Habana. Fue bautizado así porque los vericuetos de la fantasía popular hallaron una analogía de forma con este animal del desierto.
4 Este trabajo se limita sólo al espacio urbano capitalino, específicamente los municipios de Centro Habana y Habana Vieja; sin embargo, no es el único lugar donde el bicitaxi es utilizado como medio de transporte y de empleo en Cuba; podemos verlo rodar en otras provincias del país, por ejemplo, Cienfuegos y Granma.
5 Personas que manejan triciclos de multitud de formas y estilos, que forman ya parte de la imagen de las ciudades de la Isla.
6 Tienda espaciosa organizada por departamentos en la calle de igual nombre, que aunque su nombre oficial sea avenida Salvador Allende, todos les seguimos llamando Carlos III.
7 Mercado de productos del agro -viandas y hortalizas, pero además carne de cerdo, flores y otras mercancías- que hace esquina en la calle de Egido. Enfrente casi siempre puede verse una piquera de bicitaxis en espera de personas cargadas con jabas de productos.
8 Forma de decir niño, hijo.
9 Vendedores de granizados: hielo picado con refresco de cualquier sabor en un vaso de papel, que mitiga el calor intenso de nuestro clima.
10 Marina Menéndez: "Partió la caravana del amor. Sólo un hasta luego", Juventud Rebelde, Ciudad Habana, 20 de marzo de 1994, p. 6.
11 Término que designa a los pequeños taxis amarillos, de forma redondeada, que cobran en divisas y tienen acceso al casco histórico.
12 Las autoridades del Gobierno Municipal de Centro Habana insisten en que las disposiciones no se refieren a la prohibición del paso, sino de hacer piqueras desde la calle Cuba en dirección a la Catedral y las distintas plazas de la Habana Vieja. Sin embargo, al parecer las disposiciones reales son otras, como sugieren los bicitaxistas y la foto que aparece en la página 131.
13 Marina Menéndez: ob. cit., p. 6.
14 Al respecto, se ha vuelto práctica común que los dueños alquilen sus triciclos por las noches a bicitaxistas ilegales, que incluso duermen en él. La dinámica de estos últimos no pudo investigarse.
15 Cuentapropismo, cuentapropista o trabajadores por cuenta propia son términos que designan a aquel sector de trabajadores cuyas relaciones de propiedad son privadas. Sector que resurge con la crisis socioeconómica de la década del noventa y que complejiza la recomposición socioestructural cubana. "En el verano de 1993 el trabajo por cuenta propia fue nuevamente rehabilitado como una forma de generar puestos de trabajo y limitar los alcances del mercado negro." Hacia 1997 existían alrededor de ciento sesenta mil cuentapropistas legalizados, es decir, con licencias. Haroldo Dilla Alfonso: "Cuba: el curso de una transición incierta", en Cuba: construyendo futuro , ed. El Viejo Topo, 2000. En este trabajo utilizaremos los términos legales e ilegales para referirnos a la tenencia o carencia de licencias, respectivamente.
16 Es el caso del Acuerdo 112 del Consejo de Administración del Municipio de Centro Habana que, a través de los Consejos Populares, ha regulado no sólo el otorgamiento de licencias, los lugares donde es posible hacer piquera, sino los "colores y adornos acordes a las normas y principios de nuestra sociedad" que son permisibles para el triciclo, según códigos estéticos bastante vagos. Lo interesante es que esta regulación vigente -que como veremos, en la práctica resulta bastante flexible- es del año 2000. El gobierno asumió el cambio para dotar de orden a la realidad, una realidad que ya existía seis años antes.
17 En el texto se utilizan indistintamente cochero o bicitaxista porque ambas expresiones son empleadas por ellos.
18 Existen muchos bicitaxistas que no pertenecen a ninguna piquera, porque prefieren trabajar solos, porque no son del municipio o por su condición de ilegales.
19 Como sucede en Centro Habana, donde actualmente tienen licencia 350 cocheros de ese municipio. Las piqueras oficiales fueron establecidas a partir de un estudio que el Consejo de Administración del Gobierno Municipal realizó en noviembre de 2000, asumiendo el espacio ya creado en muchos Consejos, eliminando otros y creando nuevos puntos de piqueras. Los presidentes de los Consejos citaron a los bicitaxistas y, según testimonio, ninguno asistió. Esto quedó en el recuerdo de los cocheros como una medida unilateral.
20 Término que los bicitaxistas utilizan para designar los viajes que realizan con cada "cliente".
21 Se refiere a la visita del presidente James Carter.
22 Estadio Latinoamericano de pelota.
23 Que incluyen las relaciones con otros espacios legales, como las poncheras y parqueos, donde se articulan redes de sociabilidad intensas y donde también hay normas.
24 Con este término se designa a todos aquellos que, al insertarse Cuba en relaciones de mercado más amplias y al arribar mayor cantidad de turistas al país en un momento de aguda crisis económica, se dedicaron a asaltar a turistas y a otras personas para arrebatarles cadenas, carteras...
25 Expresión común en Cuba para designar a los norteamericanos, aunque se asocia con cualquier visitante extranjero.
26 Término popular de carácter peyorativo que define el acto del habla (léase discurso).
27 Oficina Nacional de Administración Tributaria.
28 En relación con el trato, que significa casi una obsesión para los bicitaxistas, el Gobierno confirma "que a veces la policía no es consecuente con ellos". Sin embargo, muchos agentes del orden nos plantean que el denominado maltrato realmente no es tal, pues lo que hacen más a menudo es requerirlos por mal estacionamiento. Historias encontradas, como dice Pierre Bourdieu: puntos de vistas incompatibles por estar igualmente fundados como razón social.
29 Las disposiciones legales les prohíben a los cocheros montar en sus bicitaxis a extranjeros; aquellos que violen estas prescripciones son multados.
30 Fula, sinónimo de dólar en el habla popular.
31 En 1994-1995 fue "el comienzo", cuando las indefiniciones de límites, que casi siempre acompañan a lo nuevo, les permitían gran movilidad espacial y una holgura monetaria nada despreciable para los tiempos que corrían. Era la etapa en que la precariedad del transporte urbano condicionaba el reconocimiento y la exaltación pública de este medio de locomoción. Luego vinieron resoluciones, decretos, regulaciones tributarias, restricciones policiales y la poco deseada presencia de los cocotaxis, que comenzaron a eclipsar el antiguo "esplendor" de esta nueva actividad.
32 Centro Habana ha regulado el establecimiento de las piqueras con el concurso de su Consejo de Administración del Poder Popular, la Unidad Estatal de Tráfico (UET) y la Dirección Provincial de Transporte. De manera diferente sucede con la Habana Vieja, donde la prohibición del paso y el estacionamiento de los coches en la Catedral no han sido ventilados con las dos últimas instituciones.
33 Atención a la Población es una oficina perteneciente al Comité Central del Partido Comunista de Cuba, en la que los ciudadanos plantean sus reclamaciones, quejas o problemas que no se resuelven por los mecanismos diseñados para ello.
34 Hemos decidido no referenciar los nombres reales, tanto de personas como de lugares específicos, para preservar el anonimato y la confianza depositada en nosotras por parte de los entrevistados.
35 Chofer de auto de alquiler particular que, con licencia estatal, transporta a varios pasajeros por un recorrido habitual.
Mirian Herrera Jeréz es historiadora. Daniellis Hernández Calderón es socióloga. Este texto fue publicado en la revista Catauro Año 4, No. 7, 2003.
Fotos de Daniel Álvarez Durán.
