uno
dos
tres
cuatro
cinco
seis
siete
ocho
nueve
diez
once
doce
trece
catorce
quince

 
     
 
Los factores humanos de la cubanidad (Fragmentos)
Fernando Ortiz

(.)

Hemos dicho que la cubanidad en lo humano es, sobre todo, una condición de cultura. La cubanidad es la pertenencia a la cultura de Cuba. Pero, ¿cuál es la cultura característica de Cuba? Para saberlo habría que estudiar un intrincadísimo complejo de elementos emocionales, intelectuales y volitivos. No sólo en las manifestaciones de las individualidades destacadas en la vida cubana por la relevancia de sus personalidades, sino también en todas las sedimentaciones, en las cumbres, en las laderas, en los valles, en las sabanas y hasta en las ciénagas. Toda cultura es esencialmente un hecho social. No sólo en los planos de la vida actual, sino en los de su advenimiento histórico y en los de su devenir previsible. Toda cultura es dinámica. Y no sólo en su transplantación desde múltiples ambientes extraños al singular de Cuba, sino en sus transformaciones locales. Toda cultura es creadora, dinámica y social. Así es la de Cuba, aun cuando no se hayan definido bien sus expresiones características. Por esto es inevitable entender el tema de esta disertación como un 'concepto vital de fluencia constante; no como una realidad sintética ya formada y conocida, sino como la experiencia de los muchos elementos humanos que a esta tierra llamada Cuba han venido y siguen viniendo en carne o en vida, para fundirse en su pueblo y codeterminar su cultura.

Se ha dicho repetidamente que Cuba es un crisol de elementos humanos. Tal comparación se aplica a nuestra patria como a las demás naciones de América. Pero acaso pueda presentarse otra metáfora más precisa, más comprensiva y más apropiada para un auditorio cubano, ya que en Cuba no hay fundiciones en crisoles, fuera de las modestísimas de algunos artesanos. Hagamos mejor un símil cubano, un cubanismo metafórico, y nos entenderemos mejor, más pronto y con más detalles: Cuba es un ajiaco.

¿Qué es el ajiaco? Es el guiso más típico y más complejo, hecho de varias especies de legumbres, que aquí decimos "viandas", y de trozos de carnes diversas; todo lo cual se cocina con agua en hervor hasta producirse un caldo muy grueso y suculento y se sazona con el cubanísimo ají que le da el nombre. El ajiaco fue el guiso típico de los indios taínos, como de todos los pueblos primitivos cuando, al pasar de la economía meramente extractiva y nómada a la economía sedentaria y agrícola, aprendieron a cocer los alimentos en cazuelas al ruego. Guiso análogo lo han conocido todos los pueblos, con variantes alimenticias según su peculiar ecología, y se conservan a veces como supervivencias de la remota vida agraria. Así vemos en Europa la llamada "olla podrida" que en francés se dice pot-pourri, el cocido, el potaje, el sancocho, la minestra, etcétera.

(.)

La imagen del ajiaco criollo nos simboliza bien la formación del pueblo cubano. Sigamos la metáfora. Ante todo una cazuela abierta. Esa es Cuba, la Isla, la olla puesta al ruego de los trópicos que la otra tarde aquí nos pintara con fino arte el doctor Massip. Cazuela singular la de nuestra tierra, como la de nuestro ajiaco, que ha de ser de barro y muy abierta. Luego fuego de llama ardiente y fuego de ascua y lento, para dividir en dos la cocedura; tal como ocurre en Cuba, siempre a fuego de sol pero con ritmo de dos estaciones, lluvias y seca, calidez y templanza. Y ahí van las sustancias de los más diversos géneros y procedencias. La indiada nos dio el maíz, la papa, la malanga, el boniato, la yuca, el ají que lo condimenta y el blanco xao-xao del casabe con que los buenos criollos de Camagüey y Oriente adornan el ajiaco al servir. Así era el primer ajiaco, el ajiaco precolombino, con carnes de jutías, de iguanas, de cocodrilos, de majás, de tortugas, de cobos y de otras alimañas de la caza y pesca (.)

Pero pocos países habrá como el cubano, donde en un espacio tan reducido, en un tiempo tan breve y en concurrencias inmigratorias tan constantes y caudalosas, se hayan cruzado razas más dispares, y donde sus abrazos amorosos hayan sido más frecuentes, más complejos, más tolerados y más augurales de una paz universal de las sangres; no de una llamada "raza cósmica", que es pura paradoja, sino de una posible, deseable y futura desracialización de la humanidad.

Desde su prehistoria, a esta isla de Cuba han estado viniendo indios. Primeramente los más arcaicos, los ciboneyes, los guanajabibes, y después los taínos; y acaso algunos caribes en aventura; en el siglo XVI los caribes, los guajiros, los jíbaros, los macurijes, los taironas y otros indios continentales, víctimas de la esclavitud por los conquistadores; después, los indios de Yucatán y de México, que van entrando en Cuba como esclavos o soldados y figuran en nuestras historias locales como indios campechanos y guachinangos, hasta que en el siglo XIX, al acabarse la trata negrera, un gobernador de Yucatán vende indios de su tierra a los .hacendados de Cuba, y hasta estos años del siglo presente cuando las convulsiones revolucionarias de las cercanas naciones continentales y la comunicación fácil por su vecindad nos han traído oleadas de expatriados políticos, no pocos de ellos con sangre aborigen.

Desde 1492 arriban los blancos de Europa y ya no cesan de llegar. Si ya en las carabelas de Colón hubo castellanos, andaluces, catalanes, gallegos, vascos, judíos, italianos, y algún inglés, ya no acabará en los siglos la entrada de mediterráneos, alpinos y nórdicos de las más apartadas procedencias.

Con los blancos de Diego Velázquez, y acaso antes, en los clandestinos cabotajes para la rapiña de indios, ya vinieron los negros. Con el blanco conquistador a caballo vino el negro de palafrenero, con el hacendado del azúcar vino el negro de la faena, y para la alegría cortesana santiaguera tuvo Pánfilo de Narváez a Guidela, un negro bufón. Y jamás ha cesado la fluencia étnica de gentes melánicas en Cuba; desde el África, durante siglos y como esclavos; luego desde las islas vecinas, sobre todo de Jamaica y de Haití, en aproximada servidumbre. En fin, por el siglo XIX, cuando hay que cerrar el torrente de la trata de negros, se abren arroyos de inmigrantes braceros, atados por indisolubles contratos de peonaje y procedentes de todas las razas, entre ellas la amarilla, con los culís de Macao y Cantón. Y ha proseguido la inmigración mongoloide, ahora como comerciantes, pescadores, hortelanos y probablemente como espías, de muchos asiáticos de China y el Japón. Quizás ahora comprendemos mejor el sentido del tema: los factores humanos de la cubanidad. ¿Cuáles son los elementos humanos fundidos en la vida cubana para producir la cubanidad?

Los factores humanos de un pueblo suelen estudiarse de varias maneras: por sus razas componentes, por los episodios históricos de sus presencias, por los antecedentes alienígenos de sus indígenas instituciones y por las culturas injertas en la troncalidad propia; pero, sobre todo y mejor, por el mismo proceso en virtud del cual los elementos nativos y 1os foráneos se van conyugando en un dado ambiente por sus linajes, necesidades, aspiraciones, medios, ideas, trabajos y peripecias, formando, ese amestizamiento creador que es indispensable para caracterizar un nuevo pueblo con distintiva cultura.

Parece fácil clasificar los elementos humanos cruzados en Cuba por sus razas: cobrizos indios, blancos europeos, negros africanos y amarillos asiáticos. Las cuatro grandes razas vulgares se han abrazado, cruzado y recruzado en nuestra tierra, en cría de 'generaciones. Cuba es uno de los pueblos más mezclados mestizo de todas las progenituras. Y cada una de las llamadas grandes razas, al llegar a Cuba, ya es por sí una inextricable madeja de dispares ancestros. Acaso los indios fuesen los más homogéneos del linaje. Los negros fueron sacados de todas las costas africanas y de sus regiones internas correspondientes por la trata, desde las playas de Mauritania por Senegambia, Guinea, Gabón, Congo y Angola, en el Océano Atlántico, hasta los puertos de Zanzíbar y Mozambique, en el Océano Indico. Y en las cargazones arribaron africanos de muy diversas razas melanoides, tanto que se da la sarcástica paradoja de que muchos de los negros que poblaron en Cuba, como los congos o bantú, por ejemplo, no pueden hoy ser tenidos por negros porque la ciencia antropológica lo tiene prohibido; y, por otra parte, no son raros los etnólogos que sostienen no haber en África grupo humano alguno que no tenga alguna mezcla de raza blanca.

(.)

¿Cuáles son las culturas que se han ido fundiendo en Cuba? Toda la escala cultural que Europa pasó en más de cuatro milenios, en Cuba se ha experimentado en menos de cuatro siglos. Lo que allí fue subida por escalones, aquí ha sido progreso a saltos y sobresaltos, después que al correr del siglo XVI Cuba dejó de ser una de las grandes islas más perdidas del mundo y convirtióse en "llave de las Indias", puesta en la encrucijada de las Américas, donde se cortejan y besan todos los pueblos y civilizaciones.

La primera cultura de Cuba fue la de los ciboneyes y guanajabibes, la cultura paleolítica. Nuestra arcaica Edad de Piedra; mejor, nuestra Edad de Piedra y Palo; de piedras y maderas rústicas sin bruñir, y de concha y espinas que eran como piedras y púas del mar. Ciba y cigua significan piedra, cibao la "serranía"; guana y cana significan "palma" y guanao y caonao los "palmares". Los ciboneyes eran los hombres de los peñascales y cavernas; los guanajabibes eran los habitantes de las selvas donde reinaban las palmas. Parece confirmar esta teoría el hecho de que en la abrupta comarca oriental, única que tuvo el nombre de Cuba (y Cuba viene de ciba) la palma escasea, y parece más importada que autóctona.

(.)

Ninguno de los relieves de la cultura indocubana que hoy sobreviven en nuestra cultura presente, puede con certeza ser adscripto a su cultura primitiva, la cual no fue sino el prólogo de la segunda cultura india, la taína, la que descubrió Colón al llegar a Cuba, la que sí nos ha dejado vocablos, tradiciones, héroes, cosas y técnicas que aún perduran entre nosotros y hasta por el resto del mundo. Los taínos fueron una rama de los indios aruacas de Suramérica que invadieron y dominaron las Antillas. En Cuba ocuparon tan sólo su parte oriental. Eran procedentes de Haití, la isla vecina, y su invasión de Cuba no había pasado a las regiones centrales y occidentales de las sabanas y selvas, a donde no se extendió su cultura. Si los taínos tuvieron un caudillo Hatuey, que fue el dominicano Máximo Gómez de su época, el valiente cubano Guamá no pudo ser un Maceo y llegar en invasión hasta Guanes, el extremo de Vueltabajo, la antigua comarca de los guanajabibes.

Taíno significaba una categoría social de distinción nobiliaria y de señorío. Los taínos eran de más avanzada cultura. Eran neolíticos, como se diría en la antropología de Europa. Era la Edad de la Piedra con pulimento; digamos de la piedra bruñida y de la madera labrada. Ya los tainos en su nomadismo marinero habían hecho guerras y ganado victorias, conquistas de tierras ajenas y esclavos en los vencidos. Como veis, ya iban en camino de ser civilizados. Y habían ganado la primera revolución, la de establecer la agricultura, que los hizo sedentarios y les dio la población estable y creciente, la abundancia y seguridad de alimento, la intercomunicación, la disciplina y el sosiego indispensables para las meditaciones, las experiencias, los inventos y la solidaridad fecunda.

(.)

Con los blancos llegó la cultura de Castilla, y envueltos en ella vinieron los andaluces, portugueses, gallegos, vascos y catalanes. Pudiera decirse que la representación de la cultura ibérica, la blanca subpirenaica. Y también desde las primeras oleadas inmigratorias arribaron genoveses, florentinos, judíos, levantinos y berberiscos, es decir, la cultura mediterránea, mixtura milenaria de pueblos, culturas y pigmentos, desde los normandos rubios a los subsaharianos negros.

No tenemos por qué extendernos ahora a referir sus rasgos, bien conocidos y en su edad de más esplendor. Pero digamos que mientras unos europeos trajeron la economía feudalesca, como conquistadores en busca del saqueo y de pueblos que sojuzgar y hacer pecheros, otros venían movidos por la economía del capitalismo mercantil y aún del industrial que ya alboreaba.. Eran ya varias economías que venían, entre sí revueltas y en transición, a sobreponerse a otras economías, también varias y mezcladas, pero primitivas y de imposible adaptación a los blancos advenedizos en aquel ocaso de la Edad Media.

El mero pasó del mar ya les cambiaba su espíritu; salían rotos y perdidos y llegaban señores; de dominados en su tierra pasaban a dominadores de la ajena. Y todos ellos, guerreros, frailes, mercaderes y villanos, vinieron en trance de aventura, desgajados de una solidad vieja para reinjertarse en otra, nueva de climas, de gentes, de alimentos, de costumbres y de azares distintos; todos con las ambiciones tensas o disparadas hacia la riqueza, el poderío y el retorno allende al declinar su vida; es decir, siempre en empresas de audacia pronta y transitoria, en línea parabólica, con principio y fin en tierra extraña y sólo un pasar por el medro en este país.

No creemos que hayan habido factores humanos más trascendentes para la cubanidad que estas continuas, radicales y contrastantes transmigraciones geográficas, económicas y sociales de los pobladores; que esa perenne transitoriedad de los propósitos y que esa vida siempre en desarraigo de la tierra habitada, siempre en desajuste con la sociedad sustentadora. Hombres, economías, culturas y anhelos, todo aquí se sintió foráneo, provisional, cambiado, "aves de paso" sobre el país; a su costa, a su contra y a su mal grado.

Ya en esos elementos hay factores de cubanidad. Todo español por sólo llegar a Cuba ya era distinto de lo que había sido; ya no era español de España sino un español indiano. Esa inquietud constante, esa impulsividad tornadiza, esa provisionalidad de actitudes, fueron las inspiraciones primarias de nuestro carácter colectivo, amigo del impulso y la aventura, del embullo y de la suerte, del juego, del logro y de la esperanza alburera.

Con los blancos llegaron los negros, primero de España, entonces cundida de esclavos guineos y congos, y luego directamente de toda la Nigricia. Con ellos trajeron sus diversas culturas, unas selváticas como la de los ciboneyes, otras de avanzada barbarie como la de los taínos, y algunos de más complejidad económica y social, como los mandingas, yolofes, hausas, dahomeyanos y yorubas, ya con agricu1tura, esclavos, moneda, mercados, comercio forastero y gobiernos centralizados y efectivos sobre territorios y poblaciones tan grandes como Cuba; culturas intermedias entre la taína y la azteca; ya con metales pero aún sin escritura.

Los negros trajeron con sus cuerpos sus espíritus (mal negocio para los hacendados), pero no sus instituciones, ni su instrumentario. Vinieron multitud de negros con multitud de procedencias, razas, lenguajes, culturas, clases, sexos y edades, confundidos en los barcos y barracones de la trata y socialmente igualados en un mismo régimen de esclavitud. Llegaron arrancados, heridos y trozados como las cañas en el ingenio y como éstas fueron molidos y estrujados para sacarles su jugo de trabajo. No hubo otro elemento humano en más profunda y continua transmigración de ambiente, de cultura, de clases y de conciencias. Pasaron de una cultura a otra más potente, como los indios; pero éstos sufrieron en su tierra nativa, creyendo que al morir pasaban al lado invisible de su propio mundo cubano; y los negros, con suerte más cruel, cruzaron el mar en agonía y pensando que aún después de muertos tenían que repasarlo para revivir, allá en África con sus padres perdidos.

Fueron los negros arrancados de otro continente como los blancos, es verdad; pero ellos vinieron sin voluntad ni ambición, forzados a dejar sus libres placideces tribales para aquí desesperarse en la esclavitud; mientras el blanco, que de su tierra salía desesperado, llegaba a las Indias en orgasmo de esperanzas, trocado en amo ordenador. Y si indios y castellanos en sus agobios tuvieron amparo y consuelo de sus familias, sus prójimos, sus caudillos y sus templos, los negros nada de eso pudieron hallar; más desgarrados que todos, fueron aglomerados como bestias en jaula, siempre en rabia impotente, siempre en ansia de fuga, de emancipación, de mudanza, y siempre en trance defensivo de inhibición, de disimulo y de aculturación a un mundo nuevo. En una tal condición de desgarre y amputación social, desde continentes ultraóceánicos, año tras año y siglo tras siglo, miles y miles de seres humanos fueron traídos a Cuba. En mayor o menor grado de disociación, estuvieron en este país así los negros como los blancos; todos convivientes, arriba o abajo, en un mismo ambiente de terror y de fuerza; terror del oprimido por el castigo, terror del opresor por la revancha; todos fuera de justicia, fuera de ajuste, fuera de sí.

El aporte del negro a la cubanidad no ha sido escaso. Aparte de su inmensa fuerza de trabajo, que hizo posible la incorporación económica de Cuba a la civilización mundial, y además de su pugnacidad libertadora, que franqueó el advenimiento de la independencia patria, su influencia cultural puede ser advertida en los alimentos, en la cocina, en el vocabulario, en la verbosidad, en la oratoria, en la amorosidad, en el materialismo, en la descrianza infantil, en esa reacción social que es el choteo, etcétera; pero sobre todo en tres manifestaciones de la cubanidad: en el arte, en la religión y en el tono de la emotividad colectiva.

En el arte, la música le pertenece. El extraordinario vigor y la cautivadora originalidad de la música cubana es creación mulata. Toda la música original, de belleza regalada por la América al otro mundo, es música blanquinegra. El mismo conde de Gobineau, pontífice de los racismos, dio a las razas negroides la soberanía estética. No nacieron en Cuba los spirituals del Norte (negros cantando su dolor y su esperanza como en los salmos cristianos de los protestantes anglosajones) ni tampoco el jazz (música danzaria de negros ajustados a los ritmos de la mecánica de aquellos blancos musicalmente incultos); peo poseemos una gloria de tangos, habaneras, danzones, sones y rumbas, amén de otros bailes mestizos que desde el siglo XVI salían de la Habana con las flotas para esparcirse por ultramar. Hoy baila música afrocubana, es decir, mulata, de Cuba, el mundo entero; y en los cabarets ricos y pobres de las noches neoyorquinas, el arrollao de la conga criolla arrastra las muchedumbres en gozo anestesiante de sus angustias neuróticas.

En la religión, el negro, desconfiado de la clerecía dominadora y colonial que lo mantuvo y explotó en la esclavitud, fue comparando sus mitos con los de los blancos y creando así en la gran masa de nuestro bajo pueblo un sincretismo de equivalencias tan lúcido y elocuente que vale a veces lo que una filosofía crítica y le abre paso más desembarazado hacia formas más superiores y libres de concebir y tratar lo sobrenatural. O pasa al agnosticismo o al protestantismo presbiteriano, metodista, o bautista; o, sugestionado por el misterio insoluto de la posesión enajenante, entra en las creencias experimentales y éticas de la metempsicosis, del espiritismo medianímico y reencarnacionista, y del Karma sancional y perfectivo de la teosofía, sin jerarquías autoritarias y anubladoras de su discernir. Y este impulso evolucionario de la transformación religiosa del negro influye mucho en la actitud del blanco humilde, también con sobra de supersticiones pero cada vez más capaz de una libre superación. La cultura propia del negro y su alma siempre en crisis de transición, penetran en la cubanidad por el mestizaje de carnes y de culturas, embebiéndola de esa emotividad jugosa, sensual, retozona, tolerante, acomodaticia y decidora que es su gracia, su hechizo y su más potente fuerza de resistencia para sobrevivir en el constante hervor de sinsabores que ha sido la historia de este país.

(.)

Pocos años después que los anglosajones, entraron en Cuba los franceses, expulsados de Haití, mudados de la Luisiana. Crean cafetales de más riqueza que los ingenios, crean comercios con su metrópoli; en nuestro Oriente crean un foco de cultura refinada que da envidia a La Habana. Pero un obispo de Cuba predica su exterminio y expulsión, como ahora se hace contra los judíos, y se les persigue, destierra y confisca. Mas ellos vuelven, pasados el vendaval napoleónico y la reacción absolutista, y reconstruyen arruinadas haciendas, hacen nuevos ingenios, fundan ciudades en bahías desiertas y nos traen la Marsellesa, el romanticismo, las elegantes modas y las exquisiteces de la cultura de Francia. Todo lo que en Cuba brillaba por culto o por bello quería ser francés. Literatos y pensadores se afrancesan, y triunfan en las cortes de París las bellas damas cubanas; la Merlín, la Fernandina... aún hoy día llora sobre las ruinas en la afrancesada aristocracia de Polonia una anciana que fue bella princesa y es de Camagüey.

(.)

Aún debiera hablarse de otras culturas, de los aportes del judío, del chino, del germano.

Judíos y judaizantes los tenemos desde el descubrimiento. El judío está presente al descubrirse en Cuba el tabaco y en su desarrollo comercial; al fundarse la industria azucarera en las Antillas ya lo largo de su complicada historia. Y sangre judaica, si existe una sangre tal, ha fluido y fluye en la historia de Cuba en gotas o a raudales, desde las arterias de ambos Reyes Católicos, hasta las de patriotas libertadores, presidentes de la República, generales, magnates, hacendados, letrados, médicos y mercaderes, desde regatones a banqueros, sin excluir a prelados y familiares de la Santa Inquisición. Dada la milenaria mixtura ibérica, ¿habrá algún hijo de España seguro de no tener en su corazón algunos glóbulos de la sangre judaica que tuvo Cristo? La cultura judía ha solido estar siempre escondidiza entre la de otros grupos, para evitar ser perseguida. Si nos llegó con los españoles de todas las regiones, tanto o más se infiltró en Cuba so capa de portugueses, de flamencos, de italianos, de británicos, de franceses, hasta de alemanes y luego de norteamericanos y polacos. Ellos debieron contribuir bastante a la internacionalidad mercantil de La Habana, al monetarismo de ciertos sectores de Cuba, a la sensibilidad musical de su pueblo, a cierta tonalidad idealista y mesiánica de su patriotismo.

Los asiáticos, entrados a millares desde mediados del siglo último, han penetrado menos en la cubanidad; pero, aunque reciente, no es nula su huella. Se les imputa la pasión del juego; pero ya era nota de cubanidad antes de que entraran los chinos. Acaso han propagado alguna costumbre exótica, pero escasamente. Más de una vez se advirtió, como extraordinaria en estas últimas décadas, cierta tendencia a la minucia y finura del detalle y a la frialdad ejecutiva en varios políticos encumbrados, profesionales del saber y poetas laureados, caracterizados además por alguna ascendencia amarilla. Pero de todos modos, el influjo asiático no es notable fuera del caso individual.

Pero si de todas esas culturas ha recibido efluvios la cubanidad, ¿en cuáles se alquitaró más la cubanía? Como ocurre en el ajiaco, lo sintético y nuevo está en el fondo, en las substancias ya descompuestas, precipitadas, revueltas, fundidas y asimiladas en un jugo común; caldo y mixtura de gentes, culturas y razas.

Los negros debieron sentir, no con más intensidad, pero quizás más pronto que los blancos, la emoción y la conciencia de la cubanía. Fueron muy raros los casos de retorno de negros al África. El negro africano tuvo que perder muy pronto la esperanza de volver a sus lares y en su nostalgia no pudo pensar en una repatriación, como retiro al acabar la vida. El negro criollo jamás pensó en ser sino cubano. El blanco poblador, en cambio, aún antes de arribar a Cuba ya pensaba en su regreso. Si vino, fue para regresar rico y quizás ennoblecido por gracia real. El mismo blanco criollo tenía por sus padres y familiares conexiones con la Península y se sintió por mucho tiempo ligado a ellos como un español insular. Nativos blancos de Cuba fueron en ultramar generales, almirantes, obispos y potentados... y hasta hubo catedráticos habaneros en la Universidad de Salamanca. Nada de eso pudo lograr .ni apetecer el criollo negro, ni siquiera el mulato, salvo los pocos casos de hijos pardos de nobles blancos, que obtuvieron privilegio de pase transracial y real cédula de blancura.

En la capa baja de los blancos desheredados y sin privilegio, también debió chispear la cubanía. La cubanía, que es conciencia, voluntad y raíz de patria, surgió primero entre las gentes aquí nacidas y crecidas, sin retorno ni retiro, con el alma arraigada en la tierra. La cubanía fue brotada desde abajo y no llovida desde arriba. Hubo que llegar al ocaso del siglo XVIII y al orto del XIX, para que los requerimientos económicos de esta sociedad, ansiosa del intercambio libre con los demás pueblos, hiciera que la clase hacendada adquiriera conciencia de sus discrepancias geográficas, económicas y sociales con la Península, y oyera con agrado, aún entonces pecaminoso, las tentaciones de .patria, libertad y democracia que nos venían de Norteamérica independiente y de Francia revolucionaria.

Un siglo de conmociones fue uniendo, fundiendo y refundiendo en una común conciencia cubana a elementos heterogéneos. Pero la nación no está hecha, ni su masa está integrada. Todavía hoy, sin cesar siguen llegando corrientes exógenas, blancas, negras y amarillas, de inmigrantes, de intereses y de ideas, a rebullir y disolverse en el caldo de Cuba y a diferir la consolidación de una definitiva y básica homogeneidad nacional.

El estudio de los factores humanos de la cubanidad es hoy de más trascendencia que nunca para todos nosotros. Perdonad me lo esquemático y elemental de estos apuntes.. Es a vosotros, jóvenes estudiantes cubanos, de cubanidad y cubanía, a quienes corresponderá agotar la investigación, la experiencia, el juicio y hasta la práctica. No desmayéis en su estudio.

En ello os va la vida.

 

Conferencia leída en un ciclo organizado por la fraternidad estudiantil "Iota Eta", en el anfiteatro Varona de la Universidad de La Habana, el 28 de noviembre de 1939. Publicada en la revista Bimestre Cubana, La Habana, marzo-abril de 1940, Vol. XIV, No. 2.

 
   
 

SUBIR