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Domingo, diez pe eme
Luis Felipe Rojas

Para Yanelis Torres Angulo, su cuento.

La negra gorda de la cafetería, apestosa y todo, no es como la negra gorda del primer radioteatro semanal. Siempre se le ven los tirantes de los ajustadores caseros, pespunteados con hilos de colores diversos, pero no es la negra gorda del capítulo que ponen hoy.

A veces los días son como venidos del abanico de Dios y hay otras en que sopla el mismo diablo. Ahora el viento pega manotazos en el rostro liso del negro chapistero. Más que de ébano parece hecho de la grasa quemada de los carros que repara: apesta tanto como la gorda camarera del Bulevar. Es una sombra encorvada, parece una mancha en la oscuridad del portal. Lía un cigarro, una breva envuelta en papel craff. Lo remoja por las puntas, se lo pasa de una mano a otra en forma de rodillo, después por la nariz y asiente en señal de aprobación: esto sí es un buen cigarro. Así debe decir el negro de la cara tiznada. Así dice y se sienta bajo la frondosa mata de ficus, frente a la mugrienta cafetería.

Desde la cafetería, la gorda adivina la lucecita roja de la breva del mastodonte de zapatos rotos. Con una mano en alto le saluda, mientras sujeta con la otra la bandeja con bocaditos de pasta de embutido que los comensales devoran desesperados. La gorda reparte el agua turbia de los vasos como si fuera jugo de naranja. Tiene las típicas piernas de boliche y aunque camina empujando la pelvis hacia delante, es bastante ágil como para despojarse en unos minutos de todos sus clientes.

Bajo la fronda, el negro cierra los ojos un instante y deja pasar el ómnibus y la nube polvorienta. Como un prisionero, tiene las manos detrás, protegiendo la breva de la cual escapa un humillo azul, inadvertido ahora para la gorda. El chapistero se pone de cuclillas. Con las dos manos protege el cigarro por intenciones diferentes. Una para que no se apague y otra con tal que no lo vean la gorda y los paseantes. Lo esconde hasta casi quemarse la cuenca de las manos y que no vean la luz y sientan el tufillo a prohibido en el ambiente. Casi exacta y milimétricamente, como en un cuento de Maupassant, la mujer de las piernas de boliche cruza la calle a tropezones y ya está encima del negro. Comemierda, dice. El estruendo de la risa, la saliva y el aire de la boca casi apagan el cigarro. El negro, atónito, se deja arrebatar la breva, y la gorda lo rebaja en dos chupadas largas. Dame acá, le dice él. Ella lo esquiva. Forcejean. El chapistero se le encima y la siente resollar ácido, mal oliente a fritas y embutidos. Se juntan cara a cara. Se cruzan las lenguas por labios y barbillas. Disfrutan el sabor y el olor a marihuana como si fuera nicotina. Se estrujan las caras en un beso, como si fuera un bolero o la canción del mulato grande que pregunta, qué hago contigo, mi amor, qué hago contigo.

Fuera del bolero y en un apartamento del reparto Flores le dice el negro fino a la página en blanco y yo también, qué hago. Qué puedo hacer. Ahora la noche es alta y se hace el buen silencio de los carros y las gentes. Al hombre le va a explotar la cabeza. Esta mierda se va a joder, dice. El negro fino ya no sabe qué hacer con la historia a contar, con la historia a entregar en la Redacción de la radioemisora. Su muchacha, que por elección, es una negrita fina y le encanta la música romántica que él mismo pone en otro programa nocturno. Por ese programa se conocieron una vez. Ella lo escuchó y se puso bobita todas las noches a esperar la Selección. A partir de entonces no fueron sino para ella, todas las canciones y los versos, (cursi y todo). El negro fino de la chaqueta de periodista, el empecinado melómano jazzista, continúa hoy en día intercalando historias y versos con una música cada vez menos ñoña, menos cursi, pero también más dulce. Cada vez, más dulce. Sus temas son también más ríspidos y un poco turbios. EUREKA. Turbio. Esa fue la palabra que usara el rinoceronte de los espejuelos verdosos. Esa música TURBIA, y cada vez estamos perdiendo más oyentes. Ajústese, querido. Cuando dice querido, el negro sostiene la respiración en aras de evitar lo peor, le asquea este gordo que una vez "se le tiró" a uno y como "nada de nada", chirrín-chirrán, se jodió la cosa, de paticas a una radio-base de municipio, para que aprenda a respetar y no esté levantando calumnias, ni como esa, ni de ningún tipo sobre su superior, un hombre intachable, carajo.

Después de esta música turbia, que es la cháchara del Jefe de Redacción, el negrito fino casi se machaca los sesos en la maraña de la historia dominical, el radioteatro donde hay una mujer sentada en la taza sanitaria, instante en que alguien empuja la puerta del baño y ella casi iba a estrujarse el papel entre las nalgas. Al ver al enmascarado con la pistola en la mano, suelta el papel, pero evacua todo el excremento que le quedaba en el interior. No me mates, le dice cuando lo ve apuntándole a la cara. Así no me mates, déjame vestirme, sólo un momento, me visto y ya. La gorda le ha dicho esto y al asaltante le basta para retroceder dos pasos en tanto ella se sube el blúmer y el short al mismo tiempo, sin percatarse del papel, limpio, abandonado en el piso. La está conminando a estarse tranquila, pero desde ese ángulo ella puede advertir a los otros dos: penetran por la puerta trasera de la casa, cargan con todo objeto de valor que descubren, los introducen en los dos sacos grandes, llevándoselos a la espalda. Son dos dentro de la casa, sin capuchas. A rostro descubierto cargan con algo de la vajilla y meten las manos en los contenedores plásticos, separando cuchillos y cucharas, separando la plata del acero-níquel, acto en el que aciertan con bastante precisión. Entonces la gorda comprueba lo bien calculado y escabroso del asunto, y tiende a perderse en cavilaciones sobre quién o quiénes les brindaron información, y se pregunta por qué la capucha del pistolero, por qué el hombre... De un manotazo, la atrae por los mechones de pelo. La tiene contra sí. Contra su pecho. La aprisiona por la cabeza contra los pectorales, descubre alterado el corazón, a punto de saltársele, y agria y apestosa la sudoración. Ella lo sabe nervioso, y paradójicamente se alegra porque considera ir ganando en algo, cuando debiera estar cagándose otra vez, pues la mano y la pistola del tipo no dejan de temblarle sobre la sien.

Hay cuestiones que debiera pasar por alto, como ésta donde alguien se devana los sesos intentando adivinar un nombre para la protagonista del culebrón dominical. Matará a una de estas negras de todas formas. Las historias del negrito no hacen desconectar a esa masa amorfa y protestona que son los radio oyentes, no son refrescantes, como si necesitaran beber algo más que el agua turbia que Marialina Davoe sirve en los turnos de cafetería del Bulevar.

Marialina está recogiendo los vasos y cacharros plásticos para abreviar el turno, la salida, el momento cumbre cuando junto al chapistero marchará rumbo a su casa. Me faltan doce pesos, le dice al negro, ya sosegado, y que la dejara fumar en paz, pero ahora le arrebata el pitillo con los ojos, y le dice, sí, y termina pronto, mi china. Pero me faltan doce pesos, dice la negra gorda, y es como si interpretaran un bolero. El vuelve la vista y rectifica que no es con el turno y los jodidos doce pesos, sino con el cigarro. A esta altura la gorda lo ha consumido casi hasta gastarlo. Tiene los dedos mugrientos a punto de quemárseles. Termina pronto, le repite a la negra, cuando la ve alejarse con la bandeja repleta de cacharros plásticos, sucios y atascados de moscas.

Hacia el balcón del quinto apartamento del reparto Flores están agitándose dos manos, es la imagen limpísima de la mulata, la negrita fina, una mujer delgada y con el cuerpo bien armado, en el acto de abrir la boca en una delicada sonrisa para que el hombre del apartamento acabe de recibir la contraseña.

De brazos de la mulata, recibe la señal de alegría como de las aspas de un ventilador. Así espera algunas tardes, en el balcón aquél por donde a veces ve pasar al negro de las trenzas, desaliñado, pero alegre, haciéndose acompañar de la gorda camarera, negra y bamboleante.

Lina o María va a llamarse la otra muchacha, a punto de estallar de fama en el radio-teatro dominical. De manos del escritor radial y luego por la voz imponente del asaltante, está obligada a sentarse en la silla plástica de la cocina. Nota cómo lo trastean todo en el interior de los cuartos. Siente un estruendo. Al cerrar los ojos, adivina un Buda de porcelana. Uno de los asaltantes desgarra una cortina, lo ve aparecer envolviendo en ella dos de las figuras de porcelana salvadas en el forcejeo por violar la puerta del closed. Lina suda a mares todos los sustos que no tuviera nunca. Tiene todos los dolores estomacales alojados en la palabra miedo, aprisionados en el abdomen, también los dolores de cabeza, y se le agregan las veces que no iba a hacerse "pipi" cuando niña y no puede aguantar, hoy, siendo una mujer y ha podido mearse en cualquier santo lugar, donde se le antoje por su real y legítima gana, por Dios, pero no aquí, delante de estos dos salvajes, bestias de mierda, les dice al comprobar cómo se le está chorreando el orine entre los muslos, y llora, como si quisiera escaparse de su mismo cuerpo definitivamente. Llora y convierte los suspiros en un llanto cada vez menos posible de aguantar, de apagar, aún cuando el encapuchado le fuerza la boca con las manazas sucias, asfixiantes por la peste y el grosor de los dedos. De tanta fuerza casi se los introduce por la boca. Está resistiendo literal y literariamente como heroína. No le importan las carcajadas de los demás, ahí, delante de ella misma. No le importan, más bien le asusta, pues no se esconden el rostro en máscaras de tela, semejantes a la del que le parece el jefe. Una de las dos despampanantes carcajadas se detiene al notar cómo la señorita Lina deja de llorar y entorna los ojos con desespero. Él es el primero en advertirlo, suelta el cuchillo y se abalanza sobre el enmascarado. Apartándolo, sacude a Lina, la menea por los hombros varias veces y comprueba cómo vuelve en sí. Los dos hombres intercambian algunos gestos a manera de controversia, pero ni ella ni nadie adivina qué hay detrás de los ojos alterados del hombre de la máscara. Lina está a punto del desmayo, sobre la silla plegable.

Como un niño feliz, el negrito fino de la emisora, golpea un balón contra la pared para hacérselo volver y driblearlo. Hace piruetas. Una. Dos. Tres, cuatro veces. Con el empeine sujeta el balón, le da dos, tres, cuatro toques suaves hacia arriba, y en el aire, en ese pequeño viaje del balón, también viaja él, como hacia ese lugar, más allá del océano, desde donde trajera los "tacos durísimos", de cuero reseco. En la bolera donde entró, dejó, no la pérdida sino la duda eterna: para qué (se dirá el joven empleado) podrán servir (en un lugar como Zuisa o Dinamarca) unos zapatos de bolear más allá de la bolera, también se llevó una gorra, al estilo Volchevique, quiso darse un aire intelectual, pero al verlo su madre en el vano de la puerta, exclamó: anjá, llegó Rolando Lasserie.

Tocan a la puerta suavemente y debe ser la negrita fina, pero también suena el teléfono. El hombre de los culebrones radiales decide atenderlo primero, al levantar el manófono y por la cara del negrito, debe ser de la emisora, de la Redacción , exactamente. Y responde en un aló, sí. Tuerce los labios al reconocer la voz aflautada del rinoceronte de espejuelos verdes. Ese "ya estoy terminándolo" se ha convertido en el estribillo de la canción de turno en toda la semana.

Al colgar el teléfono, descubre otra maravilla escondida en la palabra tiempo: han pasado unos minutos de conversación y tocaban a la puerta, tocan a la puerta, también venia subiendo su negrita fina.

La gorda ha concluido el turno y la jornada semanal. Nadie puede afirmar que ella y el negro chapistero sean del todo felices, pero tal parecen dos adolescentes al salir de la escuela, dos imberbes compartiendo sus almendros, mucho más: dos tontos o dos niños felices.

Después de llegar al cuartucho, el negro recibe con desagrado la noticia. Marialina ha olvidado parte de lo que en unos minutos sería su merienda y el refuerzo del fin de semana. Postrado junto al anaquel grasiento de guardar las piezas y tarecos de mecánica, el negro de las trenzas se resiste a regresar, total, dice, por una jaba de panes, ella agrega: .y tomates. ¿Tomates?, dice él. ¿Entonces este week end, mamita, comeríamos tomates?. La gorda no tiene tiempo de asentir, el hombre se resguarda las trenzas en el pompón multicolor y baja las escaleras por las que casi tropieza con la negrita fina de la sonrisa blanca, que intentaría tocar a la puerta. Vuelve a manosearle las teticas puntiagudas como en días atrás, y la toma de un brazo. La muchacha lo contrae hasta deshacerse de la fuerza del mecánico. Maricón, dice dos o tres veces y el negro le estruja la mano grasienta por la cara. Ella escupe con todo el asco del mundo el áspero sabor dejado por el manazas, pero se siente sofocada, casi ahogada la respiración y el empuje del mecánico le golpea la cabeza contra la pared.

Sin violar las santísimas y benditas categorías espacio-temporales y sin descuidar ese amor y cultivo tan excesivo que todo escritor radial debe de tener en cuanto a sus oyentes, el negrito fino ha saltado varias páginas intentando hacer fluir su historia lo mejor posible, pero, eso sí, con una salida elegante y noble, como noble ha de ser la manera con la cual desea quitarse al mastodonte de los fondos de botella. Así piensa. Dos, tres páginas más, y adiós domingo, adiós radioteatro. Pero sabe que tiene que calmarse, necesita mucha calma, pues no le ha dado fin aún. Sigue alelado, maquinando, hurgando acaso en otra de las peripecias de uno de sus personajes. ¿En el negro de las trenzas? ¿En la mugrienta faz de la servidora de todo y de todos? ¿En el ambiente mismo de la cafetería que apartada del bulevar pudiera ser un personaje más? ¿En qué piensa mi negrito? Así pudiera decir la negrita fina en caso de entrar al apartamento, todo esto si la soltara el negro rasta y con hábitos gregarios, zorro de mierda, balbucea la muchacha desde ese rincón donde la tiene apretujada, saltándole los botones de la blusa, halando de los tirantes del sostenedor, y en el otro lado el negrito dice: virgencita, este negro tuyo no puede más, necesito unas vacaciones, Dios mío. ¿Por qué?, dice ese montón de huesos con un doloroso parecido a una muchacha y se derrumba desde su soledad y su paliza, desde el ultraje de estar abandonada al final de los últimos peldaños. La muchacha parece una virgen y tiene el desconsuelo propio de los desamparados. Está llorando, pero no puede oírla ni el mismísimo vecino más cercano, con todo el ruido producido por la Royal , año 50, con el desparpajo de las teclas, prestas a servir a la audiencia nacional, una radioescucha ansiosa desde el domingo anterior, diez pe eme, y ahora deficiente: atada de manos, oyendo, imaginando cómo la muchacha sufre el dolor tan grande de la paliza, sin poder hacer nada para que no se lo lleven todo de la casa, pues la gorda es incapaz de arriesgar la yugular ante el cuchillo amenazador del encapuchado. Ahora hay más peligro. Los otros abandonaron el aparente juego, han dejado de trastear, cargaron con el botín. Han desaparecido.

Han desaparecido todos, dice la negra gorda, leyendo la página despegada de un libro, lo sostiene con la torpeza de sus manos regordetas y húmedas de sudor: murió el músico Méndez, alto y muy borracho, que solfeaba en su clarinete tocatas melancólicas, murió mi eternidad y estoy velándola, velándola así como a la negrita fina, estamos velándola, la pobre, tan buena que era, no la salva nadie ya, ni esa gorda, mirando cómo le saquean su casa y espera varios minutos hasta pensar y convencerse, sentir, decirse, no queda nadie alrededor que pueda volver a ponerle el cuchillo a la garganta, el clásico cuchillo de los novelones, y se levanta de la taza sanitaria a donde había ido a evacuar el resto de su espanto, y sale de la casa de una vez. Sale hasta la punta de la escalera. Si el negrito hubiera escrito una historia tan palpable como la real, la gorda del primer radio-teatro semanal hubiera podido ver a la muchacha, exánime, pero presa de un pequeño temblor, casi imperceptible. En el radio-teatro, el susto no le da para más y se sienta en el primer peldaño. En ese lugar de la escalera lo hubiera visto todo. Por eso la gorda de la cafetería no puede ser la noble mujer, vandálicamente despojada de sus ajuares hogareños, no puede ser la misma. En ningún caso el mastodonte de la Redacción te permitiría ir de un lado a otro de la trama, haciendo de tus oyentes un ensordecedor manicomio nacional, sería una burla más de tantas cometidas desde tu entrada a la Radio. El gordo no te permitiría desmanes como esos otra vez.

Como el negro de las trenzas no regresa, la gorda gastronómica se tumba en el sofá destartalado y se rasca el abdomen y las verijas con una dulzura desmedida. Junto al sudor, va empotrándose en las uñas algo sucio. Parece chocolate. Por eso esta digresión, esta licencia de ubicar a la gorda camarera tan cerca del apartamento del escritor radial. Como las últimas escenas de la pieza radial han de salir apasionadas y violentas, duras y con toda las sorpresas que los radioescuchas han reclamado, el negro fino no atina al tiempo, (esa magnitud tantas veces violada a la fuerza). No atina a pensar el minuto cuando le dijo adiós en forma de saludo a la negrita fina. Negrita fina, dice el rastafari, con dos trenzas fuera del pompón. La negrita fina, y es como la cuarta vez que lo repite, casi destripando el prohibido cigarrillo, en tanto las picaduras y los restos de papel le caen sobre la mezclilla raída. El negro y el negrito, como en el teatro bufo. El negro fino, afrancesado y todo, no tiene la experiencia, "la calle" necesaria para continuar y darle fin a la trama exigida por sus oyentes, exigida por el hombre del saco y espejuelos verdes, la historia no puede terminar como él desea. No tiene calle, y nada puede hacer con el negro, rondando las calles del reparto Flores, con una mujer negra, gorda y en espera de lo mejor de la noche y los cigarros clandestinos, como tampoco puede hacer nada con ese otro rastrojo de mujer, abandonada en la escalera. El negro fino está alarmado, su muchacha se demora demasiado, y entre instinto y voluntad, recoge el mazo de diez hojas: suficientes para hacer los minutos exactos y darle fin al radio-teatro. Estos minutos le bastan también para salir en busca de la muchacha. Al abrir la puerta, revisa la página ocho del pliego de diez hojas y sabe que el espectro de Lina, unos escalones más arriba, estaría observando la miseria como él lo hace en la realidad, es decir, ese montón de ropas y despojos que rodó escaleras abajo y que antes fuera una muchacha o la versión más próxima a su negrita fina. El negrito fino, ese personaje o narrador atónito, desconcertado, no tiene muchas fuerzas para rendir cuentas al mastodonte de los lentes verde-botella o salir en busca del asesino o del rastafari, pues rondan ahora las callejuelas polvorientas del la ciudad, éste último también en busca de la merienda en la cafetería. El negrito fino lo busca. Busca a Lina que se ha difuminado de los escalones superiores. Las busca y las junta. Las junta, y al hacerlo no puede definir cuál de las dos es la muchacha del capítulo que ponen hoy, domingo, diez pe eme.

Luis Felipe Rojas (San Germán, Holguín, 1971): Poeta y narrador. Estudió Filología en la Universidad de La Habana. Fue mención en 1998 del Premio de la Ciudad de Holguín con el cuaderno Los secretos del monje Louis y premio del concurso de poesía de la revista Revolución y Cultura. Ganó el Premio Celestino de cuento en 2000. Es juglar, titiritero y trabaja al frente de un proyecto audiovisual comunitario en su pueblo.

 

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