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En 2004 vio la luz Fugas, Una antología personal , de Soleida Ríos. En ella, una suerte de resumen de la obra de esta mujer extraña, dada a los senderos raros y repletos de las sorpresas de la reinvención del mundo y el rebautizo de las cosas. Acogemos aquí unos pocos textos de este libro tan impredecible como un fractal. Ella misma se presenta.

Unas palabras al lector

He aprendido a reconciliarme no conmigo
Con lo que me levanta y me sostiene y me deja caer.

 

He empezado por restituir esas dos líneas de Octavio Paz, que aparecían originalmente como exergo del poema "Agua de otoño ". Razones muy arduas de explicar las hicieron también inconvenientes en el pórtico de mi libro Entre mundo y juguete , publicado por Letras Cubanas, con años de retraso, en 1987.

A la pregunta que me hiciera un poeta (hoy venido a menos) en 1976 acerca de mi escritura, si lo hacía como mujer, contesté "escribo como Soleida ". En realidad la respuesta era falsa. Yo misma me apresuraba a tachar, por ejemplo, dos magníficas e iluminadoras líneas de Paz, de una de las cuales me había apropiado definitivamente al incluirla en el poema citado. Escribía como esperaban que escribiera Soleida. Falso también. Escribía bajo la opresiva influencia de un sentimiento de culpabilidad: no llegar a lo épico, y en la lírica, no llegar (¿a expresar..., a re-construir?) en profundidad a Soleida.

¿Qué hacer? Pregunta José Kozer en unas páginas acerca de mis textos. En principio, escribir, pues: y entrecerrar los ojos... (gesto que repito instintivamente en un museo frente a las obras de arte). Esa pregunta y esa respuesta, que corresponden en el tiempo real al año 2003, me han orientado seguramente durante casi 30 años.

Treinta años... y antes que cuerpo (un corpus) hecho y derecho, hay un Camino. Camino sobre un texto. Es mi paso (¿apresurado / anticipado?), el que traza una cruenta (! ? ) escritura. Reescritura. El texto está sucio, manchado, está incompleto. Yo camino... Me acompaña la sombra de un espíritu. Habla, me dicta. ... Hay (en la blanca extensión, ¿de mi cabeza?), demoliciones, súbitos derrumbes... Hay deudas de gratitud: primero Poe, Vallejo, Kafka (y, muy cercanas, la libertad expresiva de Soler Puig, el rigor intelectual de Joel James), Rulfo, Rimbaud, Cortázar, Borges, Carson Mccullers, M. Durás, Martí, Lezama, Piñera... ; la poesía anónima africana, Las mil y una noches , el Popol Vuh , el I Ching ,...; el libro-no escrito- de los cantos y rezos de los muerteros y muerteras...; una campesina de la Sierra Maestra, mi madre...

Era de esperar que el cansancio de ciertas formas (vitales) poéticas me silenciara por momentos. He derivado (¿en busca de salvación..., de poder..., de sobrevivencia literaria? ), hacia una escritura que no se ampara en el denominado poema en prosa ni se define en los géneros de la narrativa. Probablemente sea El libro de los sueños el que exprese con mayor claridad la asfixia que amenazaba lo que sólo con alguna petulancia podría nombrar mi poética y el que encarna con más propiedad el rumbo de mi búsqueda frente a la resistencia de la palabra.

Trapicheo de sueños llama un amigo a esa "intervención" social, a mi persistente voluntad de recuperar esa inagotable diversidad de contenidos simbólicos, ese lenguaje condenado a la pérdida. Así es que: materia de desecho, detritus: RECICLAJE... Un movimiento propio hacia la restauración de la energía, el neuma, de un lenguaje agotado. El libro de los sueños está entre las exclusiones de esta selección precisamente por su organicidad. Es su lujo de ser lo que le impide mostrarse aquí, salvo en unas variaciones ("Flujos") que incluyó en su momento El libro roto .

Aquí he privilegiado en cambio éste último y El texto sucio. Del Libro cero apenas el texto que le sirve de preámbulo y sólo muy parcialmente recojo poemas de los primeros tres cuadernos. Seguí un ordenamiento cronológico (atiendo a libros, no tanto al texto individual) casi por mandato de la propia escritura, respetando una "inteligencia" que -lo sé- no me pertenece.

Cuesta cierto esfuerzo de voluntad llamar a este volumen antología. Lo es en cierta forma pues muestra, selecciona, excluye... y el juicio, como es natural, debería responder en primer lugar a la eficacia literaria. En algunos casos quizás lo seleccionado y lo excluido * no sean tan dispares. Lo serían menos, si me hubiese visto en la obligación de reducirme al género denominado poesía que, por suerte, va destruyendo con una ferocidad creciente la cárcel que le han atribuido. Pretender un libro de esta suma (otro, mucho me agradaría que una especie de "relato in-forme') ha iluminado mi relectura librándome de cierto aburrimiento pero no me ha dado con seguridad la confirmación que buscaba acerca de estas palabras de K. : (por más que me inquietan... y halagan, iay, vanidad!) cruenta y necesaria escritura. Se refiere a mis últimas publicaciones.

Leo con nostalgia (ni delectación ni conmiseración) unas líneas de versos del comienzo: ...la soledad queda detrás / porque de pronto abril de tarde desde el mar / me grita / me golpea / me convida. No admiro precisamente esa escritura, me conmueve la fe. Sé que de tiempo en tiempo hay, sin embargo, un retorno de la luz, y ahí se cifra mi única sabiduría.

Si lo que entrego bajo el título Fuga es calamidad (¿trozos de estrés...?) o, una presunción: trazos, marcas..., efectos de lenguaje, ya lo dirá el Lector. Por lo pronto, como el texto final es un guiño a Virgilio Piñera y se alimenta del costoso material llamado risa, creo aquí un aliviadero con palabras de Kozer, ese poeta admirable que se proyecta como un lector participativo admirable: ...La escritura de S. R. me dice por un lado: no me hagas reír que tengo el labio partido; y por otro lado me dice que dígase lo que se diga, todo se derrama por mano temblorosa o firme del cristalino a lo inasible.

Habana Vieja, enero-febrero, 2004

* Agradezco a mis colegas y amigos Efraín Rodríguez Santana, Antonio Ponte y Luis Lorente sendas selecciones parciales que cotejé con mi propia selección aunque no los hago responsables del error que pudiera entrañar mi decisión final.


 

Pájaro de la bruja

a Joel James

El pájaro nació del filo de un machete.
Nada tiene que ver con el sinsonte
el choncholí o la torcaza triste.
Nació del filo de un machete
no de la hueva blanca de una pájara vieja.

Ni alondra ni quetzal
ni el aura ansiosa tras las últimas huellas.
Vive en el canto de La Bruja. Allí es su nido.
Canta como los pájaros del mar y los del monte.
Arrea las mulas. Y en mal tiempo
vuela implacable sobre los guanos de un bohío
y entonces alguien tiene que morir.

De marzo a octubre el pájaro es culpable.
Si cae un rayo en medio de la palma si se desborda el río
si una décima viene lejanísima con el aroma del último café
siempre -de marzo a octubre- el pájaro es culpable.

2

Dicen que como fiesta mágica hace tiempo
unos compadres se vieron una noche
cerca del canto de La Bruja.
Que allí sacaron la enorme botijuela
que era un secreto de los dos
en nombre de los hijos.
Dicen que algo se puso en el lugar
donde la hombría se rompe, no se sabe.
Que halaron los machetes.

3

El pájaro nació en el último escalón
violento del corazón dentro del pecho.
Nadie lo puede ver
pero ha volado por todas las lomas
de la Sierra.

   

Último rezo para los ojos del traidor

No existirán los pasos que no llegaron a la puerta
no existirá la mano que no toque o empuje
y abra la hoja clarísima
no existirá la voz
como un pez será mudo
como un pez vivirá bajo las aguas
aquel arroz que iba a su boca ya cesó
hilo de cobre será por donde pase el trueno y
tienda una música ronca un sol cortado en dos

como una sola vez los grandes animales se perdieron
como una sola vez las raíces del árbol
fueron pobladas por el humo del fuego fatuo
y por el diente de la hormiga
así se irá pudriendo en el camino aquella sombra
aquella sombra el gesto de una mano que fue
con cinco dedos con sus cinco sentidos
con su nombre y su cuchara ardiente
era dirán
en su ojo fijo ya no hav sueño
 

Visitas/Confusión

a Dopico

Entró a husmear el zorro y su navaja
entró la cabra de un salto y sacudió la mata
entró el delfín y su ojo triste y la cola levísima
hizo ondular el agua
entró el paso del mulo con su cría y rebuznó de gusto
entró un caballo y otro y otro y marcaron los cascos
en la tierra y la pelambre brillaba contra la llama
de la vela que era el sol
entró el gallo torcido con su cresta en la altura
picoteaba mirando de reojo un hueco cualquier hueco
entró cloqueante la gallinita blanca de un david
buscaba un sueño que le dijera existes
entró la mala leche de la vaca cortada en el caldero
entró el majá quiero decir la sierpe
la espuma de su lengua rodó y rodó mojándonos
entró el dragón (la flecha de su cola adelantada) y
san jorge detrás con una lanza enorme
entró el rosado lobito y su otra dentadura aconsejando
distracción
venía del sur iba hacia el sur comió el aroma de la puerta
entró el animal mudo y su pareja
el sordomudo el ciego y su pareja
entró solo el fantasma de un pájaro de fuego
entró la flauta silenciosa de los amoladores
que confundimos con el encantador
entró el canario del sueño que nunca estuvo en una jaula
entró en la hora de terminar la fiesta
de acabarse la sombra en los tejados
el canario sobrevoló el espejo soltó el canto
y
entró a husmear el zorro y su navaja
 

 

Un guiño a Virgilio Piñera

Prólogo (del Libro Cero )

Nos anima el Deseo de Recibir, tanto como el Deseo de Impartir nos eleva, emparentándonos -aun sea metafísicamente- con el Creador.

Asumo la función a que el destino -y no otra cosa puedo argüir, salvo el azar- me obliga: compilar y prologar las páginas de un libro que hace ya una década debió ser entregado a su editor y que supongo la única obra de la muy célebre Aurora Sores y Sores, natural de Placetas.

Muchas razones generaron este atraso: escamoteo, desidia, ineptitud, rivalidad y otras tantas perversiones y calamidades del más diverso tipo. Así, antes de continuar, me acojo, por si acaso, al viejo conjuro y detente de Morgana y digo frente a otra u otro "Los cinco dedos de mi mano derecha sobre tu ojo izquierdo, y los de mi mano izquierda sobre tu ojo derecho".

Tan irregular y azaroso resultó el juntar lo que aquí muestro, que debo sospechar sean infructuosos mis afanes, y los de las personas que nombraré al momento, para acopiar la totalidad de las páginas escritas, o, aunque fuese, esbozadas, por Aurora Sores.

Los mapas, que por extraña razón obraban en poder de Antonio José Ponte (junto a viejos proyectos de construcción hidráulica, dix que pertenecientes a su padre, Antonio José Ponte, ingeniero, y a su abuelo, Antonio José Ponte, ingeniero, y no, como aseguran algunos, en lo que él nombra "la morralla china", su archivo más exhaustivo), fueron aportados con ejemplar generosidad por el escritor. El director y guionista de cine, radio y televisión, poeta, historiador musical y maestro dibujante Sigfredo Ariel Pérez Sores se aplicó en enmendar los desastres del tiempo sobre la Geografía, tan cara a nuestra Aurora. A él hemos de agradecer también algunos fragmentos escogidos del Diccionario Completo de Aurora Sores y Sores, así como su consejo, estímulo y buenas intenciones.

El narrador y polemista Jorge Ángel Pérez Sores me instruyó en la composición y actualización de los diálogos de Pequeño Resumen de la Cosa Mirada Desde Arriba. Podrá observarse, si se lee con detenimiento, cómo se forma finalmente un triángulo escaleno y/o una espiral de cuatro centros, tal como, supongo, fue la intención primaria o primordial de Aurora Sores.

He reconstruido por entero las páginas de la narración que aparece bajo el título Pasionaria. El texto base de la reconstrucción me lo suministró la colega Soledad Vives, quien a su vez reconstruyó, gracias a su memoria prodigiosa, el texto base que le hizo leer una tarde, en su casa de la calle Espada, Sara Esquivel, y me asegura que esta notable poetisa guardaba celosamente una fotocopia del manuscrito que le obsequiara, un día de su cumpleaños, otra notable camagüeyana de nombre Sara Andrea E., quien, según parece, estuvo radicada algún tiempo en La Habana.

 

Haberme acogido al título Libro Cero, y no a Páginas Amarillas, como deseé al principio y anuncié, o al lacónico Ofir, que me inspiró después cierta zona del Diccionario Completo, podrá verse lo mismo como un triunfo o como una derrota. La narración, algo minuciosa (ha de entenderse el porqué) de dos entrevistas que sostuve durante este proceso, me servirá de explicación.

Arribé a Línea y G con los primeros rayos del sol, pues es noticia que en el Cenda se trabaja a toda hora, a toda marcha y en una sola dirección. Sin muchos inconvenientes fui invitada a pasar a la Oficina.

El que me atiende ha de ser el Director. Se le ve gordo y jovial.

-Marrtínez Hijuelos, parra serrvirrle. ¿Podrría decimne, joven, qué se le ofrrece? -dice desde la silla giratoria.

-Pues bien... --contesto-- hago lo posible por formalizar la publicación de un libro.

-¿Me dirría usted qué librro es ése?

Saco la copia del libro, lo muestro, lo coloco frente a él, sobre el buró.

El que se llama Martínez Hijuelos abre el libro, comienza a hojearlo, lee aquí y allá, me mira, sonríe de extraño modo (no sé si para expresar complacencia o para no tener que tirarme el libro por la cabeza). Yo lo observo expectante, ¿a qué negarlo?, nerviosa. Observo también el entorno: muy cerrada oficina, ventanuco casi carcelario y pedacito de azul cielo, ausencia de aire, buró macizo, felpa roja, cristal, retratos, rostros muy inquietantes desde trajes y sombreros de época. Y siempre, una o más de una vez en cada grupo fotografiado, el rostro y la mirada tan jovial del que se llama Martínez Hijuelos.

Cae el libro al piso, lo recojo con prontitud.

-iOh! Grracias.

Pienso "el gordo es raro..., ¿tendrá frenillo o será francés?"

-¿Es usted francés?

Contesta algo molesto "no, yo no soy frrancés... (aquí se excita). et vous?"

-No, claro... Soy oriental.

Cara de júbilo, no me explico por qué. Pero se vuelve a concentrar, continúa su inspección, termina, cierra el libro, lo coloca sobre el buró y dice, pregunta, mirándome rectamente a los ojos, pero como si mis ojos estuvieran mucho más atrás de donde están, "¿hay aquí un autorr...?"

Me apresuro a contestar "hay una autora".

El que se llama Martínez Hijuelos se responde mirándome con su particular manera "...no hay aquí un autorr" y acto seguido, ya de pie, se desata en una serie de preguntas y respuestas que hace y contesta él mismo:

-¿Hay aquí un génerro... ?

- No hay aquí un génerro.

-¿Hay aquí un arrgumento... ?

- No hay aquí un arrgumento.

-¿Hay aquí una filosofía... ?

- No hay aquí una filosofía.

Y pronuncia filosofía con tal énfasis, con tanta fruición, que me llena aún más de curiosidad. ¿Quién será en el fondo éste que se llama Martínez Hijuelos y reposa jovialmente su descomunal gordura sobre esa silla giratoria, detrás de ese buró? Todavía no lo sabemos y no sé si lo vamos a saber.

El que se llama Martínez Hijuelos hace aún y se responde una nueva pregunta:

-¿Hay aquí una escrriturra... ?

- Por lo visto, no hay aquí una escrriturra.

Yo estoy casi petrificada en el asiento. Frente a semejante avalancha ¿qué puedo preguntar, alegar, argumentar? El que dice llamarse Martínez Hijuelos adopta ahora una postura poco menos que indescriptible (erguido, engrandecido) y continúa, o, mejor dicho, empieza lo que he tenido que considerar su verdadero discurso. Dice "...Otrro rrehusarría todo este valioso materrial... Sin embarrgo, he aquí el Librro, el Librro Cerro, la prrimerra sefirrá, la vasija a la que se atrribuirrá desenvolvimiento, emanación y evolución de algo de la Nada, y cuyo semblante ya veo rrelucirr en el plano de la más alta rrealidad..."

El que dice llamarse MartÍnez Hijuelos hace una pausa que, supone, le confiere fuerza y firmeza a su discurso, y continúa "...Porque no serrá éste un rreceptáculo del placerr sin la luz, que es el gozo perrdurrable... Como antaño fue otorrgado perrmiso a Rrabí Shimón parra que escrribierra el Librro del Esplendorr, así sello y justifico (pone ambos puños cerrados, uno sobre el otro, sobre el libro que descansa en el buró) el inicio del viaje de este librro...".

Respiró hondo, miró a ambos lados suponiendo ver a su numeroso auditorio y dijo de manera sencilla pero enfática, firmando verbalmente sus propias palabras "...Pierre Casterrneaux".*

"Jesús, María y José", dije yo en voz alta, sin poder evitarlo. Ya había entrevisto algo, pero esta última y total evidencia de la suplantación de que fui testigo me rebasó. Sentí un sobrecogimiento. Recordé palabras de Aurora: "Estás en una ciudad donde todo el mundo tiene su doble."

Así que Pierre Casterneaux, el adalid de la Ley Oral, ha logrado abolir todo límite, tiempo, espacio y movimiento, y está aquí, en el Centro del Derecho de Autor, ha suplantado nada menos que a la figura de su Director, el compañero Martínez Hijuelos. "Dios sobre mí y en torno mío."

Salí de allí a la carrera, pero antes agarré la copia del libro y di, en un esfuerzo último, las gracias, como si nada hubiese ocurrido.

 

Acerca de mi segunda entrevista seré parca en detalles. La editorial H. está felizmente ubicada en un lugar sombreado pero luminoso, verde, abocado a la naturaleza (como diría mi amiga Tula, editora de la obra Bacanal de otoño como una fiesta china con interrogatorio de dos brujas por el gran cazador, creación del delfín Méndez de Richelieu). Pero en la editorial H. dominan, desde sus extremos furibundos, la Mueca y la Risa Democrática, sin haber adoptado jamás el sano Punto Medio, y, a lo sumo, deslizándose de uno a otro lugar como en un inacabable juego de suplantaciones.

Sucedió así mi entrevista con el Editor: Primero: Brindóme café, cosa que ya me puso en guardia. Supuse "va a cuestionar un texto o, acaso, todo el libro".

Segundo: Declaró "puesto que no ha entrado el Editor Entrante, yo, Editor Saliente, adoptaré ambos puntos de vista". Y añadió "lo haré desde este mismo asiento".

Acto seguido dijo "hemos leído acuciosamente las páginas del Libro Cero..." yo temblé en la silla. Esto que acabo de oír, obviar ciento por ciento mi propuesta de título (Ofir), dando ya por sentado el título que la exaltada retórica del impostor Pierre Castemeaux había acuñado desde el inalienable lugar del compañero Martínez Hijuelos, era en verdad un sinsentido absoluto.

Y continuó el Editor, no sé si Entrante o Saliente, tratando a las claras de evadir el bulto "...se observa una marcada tendencia hacia la metafísica..."

Pregunto "¿y...?".

El Editor va a contestarme, es decir, empieza a contestar pero yo no lo oigo. Algo, un póster que está a sus espaldas, se ha empezado a mover. No el póster, el contenido. Se produce un movimiento que azula toda la extensión del póster, o lo tiñe de siena, o lo enrojece hasta parecer sangre, o lo vacía, dejándolo gris y luego blanco como la leche. Yo no puedo más que observar las evoluciones que ocurren en el póster. Y, de pronto, veo los dientes, los labios, toda la boca aquella abierta, grande, plena, invitadora..., una risa que parecería contener en sí todas las risas. La llamaré la Risa Democrática.

Estimulada por semejante Risa me pongo al tanto de lo que está diciendo el Editor. Lo oigo, dice, "... un libro que a pesar de todo puede provocar la risa, es sano para las mentes y como un bálsamo para las conciencias".

"¿Ah, sí?", me extraño.

"Como lo oye", dice el Editor. "Habrá que suprimir sólo las páginas 23, 24 y 25 del Diccionario Completo. Esa risa, sépalo usted, sí no es buena."

Yo repito atontada " ¿ah, sí?". Pero levanto la cabeza, fuertemente atraída por la cosa que está detrás del Editor, el ánima. El póster abandonó el azul, el siena, el blanco leche y enseña lo mismo un culito flaco de hombre sobre un fondo fucsia, que una caraza seria, con espejuelos, envuelta en una densa capa de humo, que tuerce el labio inferior con sorna, para no decir asco. Entonces oigo..., no sé cómo pero oigo y repito como una autómata las palabras que la Mueca me pone en la cabeza. Dice, digo, "Casa Bombuna Editora te da libro y cantimplora...". Y me oigo a mí misma, sola, decirle también al Editor " ¿darme a mí podría una cantimplora...?"

Acabo de decir esa frase anormal, me recupero, miro al póster y creo ver la Risa Democrática, amplísima sobre el fondo azul cielo, y también la Mueca burlona y el culito flaco remeneándose sobre el color fucsia y otra vez cada uno por separado y luego todos juntos, entreverados, revueltos, y contentos de su cumbancheo.

Miro al Editor esperando contemplar el rostro del desespero y el escándalo y encuentro una cara, si no derrotada, al menos expresiva de una sosegada conformidad. Cara, ojo, boca de conformidad, de donde sale, todavía no lo puedo creer, la pregunta dulzona "¿quería usted su cantimplora.?"

S. R. Sores

La Habana, mayo de 1997

* Sé por terceros de la existencia de P. C., a quien supuse personaje, no una persona, y ubiqué, tal vez erróneamente, en una de las viejas haciendas cafetaleras de la región oriental de Cuba. ¿Puedo presuponer un vínculo, una filiación más allá de la que emana del lenguaje entre P . C. y Martínez Hijuelos? Se dice que en un tiempo Martínez Hijuelos fue un practicante activo de la llamada Ley Oral.


Soleida Ríos (Santiago de Cuba, 1950). Ha publicado varios cuadernos de poesía, entre ellos El libro roto (1995 y 2002), así como El libro de los sueños, El texto sucio y Libro cero, de prosa. En 1989 fue incluida en Poesía infiel. Antología de jóvenes poetas cubanas.

 


 
 

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