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I.
Oneyda González González

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Eran los tres Villalobos, eran los tres Villalobos, eran los tres Villalobos, pero ninguno era bobo… El del medio sí, porque el de la izquierda lo engaña con su mujer. ¿Lo engaña con su mujer? Por la mañana no parece. Llega a la asamblea tan confiada como expuesta, y hace su arenga:

- A ver, hay que ir a la zafra del algodón.

Así: segura, firme, revolucionaria. Pero por la noche es otra cosa. Sobre todo por la noche, los domingos, en el Círculo Social. Allí se escabulle y desaparece por cualquier parte, al menor descuido. Entonces él bebe, y bebe. Bebe hasta que va a parar en lo de los tres Villalobos. De brazos trenzados sobre los hombros, los tres varones cantan a lo largo del terraplén, yéndose de una cuneta a la otra; mientras se pierde el tropel de los caballos enredándolos en el polvo, a poca cosa de arrastrarlos, por lo sinuoso del zigzag.

- No naciste en esa casa.
- …
- Naciste en la tienda, porque cuando ella entró por la puerta de alante…
- …
- Tenía miedo a sus borracheras…
- …
- Al llegar a la puerta de atrás, se asustó…
- …
- Por la pistola…
- …
- Es que él creía que había entrado un ladrón…
- …
- Fue cuando ellos se separaron…
- …
- Él se fue avergonzado por unos puñetazos que les dio a los cuñados…
- …
- Entonces tuvo que ir a parar ¿a parir?, ni más ni menos que a la tienda.
- …
- Porque él administraba la tienda de la familia…
- …
- Es decir, tú no naciste en esa casa, que es tu casa…
- ¿…?

Raíces fuertes que se extienden por debajo del camino, como si buscaran algo difícil de encontrar. Enterradas pero soberbias, hasta abrazar el terraplén y llenarlo de tumultos. Por eso después lo cortaron, porque había que hacer otra vía, por donde pasaran otros vehículos. Raíces demasiado molestas, al menos para la buldózer que debía estrangularlas… Al lado, una tela metálica: rectángulos fijos, sellados al albur por el verde punteado de rojo, perillitas pomposas del Ítamo Real. Sobre la hierba tejana, caídas de las ramas altas, unas semillas, o lo que las contenía. Allí vivían, innúmeras, aquellas conchas, corazones partidos en dos tapas, tan llenas de espinas que se hincaban de la palma de la mano. Solamente al pasarlos por el pelo, podías desprenderte de su trampa. Así, infinitas, sobre la hierba tejana… Pero el árbol en sí, quedaba a la derecha. El caminito de rocoso, espacio de la gente, ¿ocre también?, al centro mismo. Caminito alegre, con brujas en fila hasta llegar a la escalera. Antes de la escalera (de pino americano), siempre en combinación, a ambos lados; los lirios, las mariposas, los crotos, el galán de noche y las palmitas, rodeadas de un círculo también de brujas: blancas, rosadas, amarillas. Sobre todo blancas… Las del caminito, blancas. Subir la escalera es una emoción. Subir la escalera es llegar a casa. No todos lo días se llega a casa. Ahora ya no se llega a casa. Tras el cuarto escalón, la fijeza, (y el movimiento). Ver, de noche, solo de noche, el cinematógrafo. Ahora viene, si no se duda en entrar, la sala. ¿Cómo la sala? No hay cómo nombrarla porque es larga y ancha la sala. Se ven primero los cuatro balances rotundos, de blancura inaugural, con mesilla redonda al centro; con pájaro, tocororo de las remotas frondosidades trasmutado en porcelana, sobre el cristal. Y allí mismo, desde la sala, el inmenso comedor. Mesa de doce asientos. Buena para Jesús. Mesa de doce asientos, heredada de la familia… ¿Qué familia? La que viene y te regala un día al perro tocolito. Porque era tocolo, pero al que prefieres llamar Regalito. Esa familia, la que se fue... Al costado derecho, las estancias. Se quiere decir, los cuartos, porque allá lejos, en la neblina, hay otras estancias: espigas de arroz al viento, abismo de la niñez ultramarina. Ibas por las estancias. Desde la primera, hasta la tercera, donde el cuarto de baño te esperaba. Volvías sobre tus breves pasos, después de asomarte a los abismos que desde la ventana baja, te llenaban de pavor. Entrabas nuevamente a la sala. No, ya a estas alturas estabas muy cerca de la fiambrera, que en lo alto tiene un gallo, también trasmutado en porcelana. Una vajilla china puebla la pared de la izquierda: fondo blanco-mayólica con paisaje azul-vitral. Hermosas escenas románticas del Oriente, que fueron cayendo, poco a poco, a causa de la pandilla de hermanos más devastadora que pobló la tierra. Caían, frágiles damiselas colgadas aún de sus sombrillas, que ahora sí no cruzarían el puente hecho pedazos también, lo que hacía del todo imposible la idea de que alguna de ellas se encontrara con el galán que se le acercaba desde el otro lado del río, a través de los cerezos en flor. Uno, dos, tres, hasta llegar a doce, los asientos que alrededor de la mesa esperaban la calabaza hirviente y el invariable huevo. Al extremo izquierdo, más escalones, para echar un vistazo al cocotero. En esa escalera se envenenaron, con Benadrilina, los dos hermanos. ¿No estabas en ese episodio? Allí también tenían lugar las escenas del recuerdo: madre y padre cantando y contando los sueños. La mesa desnuda siempre: dos tablones brutos no podían ocultar su tosquedad, porque dejaban al centro, en la juntura, el intersticio necesario para (junto a Regalito), dejarte ver el mundo desde abajo. Y, desde allí, la lámpara (china también) colgada de una viga. Remembranza de la alfabetización y otros aconteceres. Cuando había camiseta, daba luz, aunque atrajera a todos los insectos del monte. Pero siempre era un problema la camiseta. Cuando daba luz era una maravilla, pero sobre todo por el sonido. ¡Qué especial sonido! Debajo se podía escribir, combinado ese sonido con el que hacía el lápiz al correr sobre el papel, las cartas a papá, de misión por la montaña. Pero no, en absoluto, esta lámpara jamás sería una cita insular de una obra de Duchamp. Al volver sobre tus pasos, la cocina: negra por alguna parte, con láminas de zinc cubriendo las hornillas. Y las calderas. Y la comida esperando a ser puesta en la mesa. Y la niña de doce años sirviendo a los más chicos. Y la puerta. Esa puerta por donde entra él, equivocado. Tú no estabas. Seguías el testimonio desde adentro de la panza. Qué susto entonces.

Así todo el tiempo… Eran los tres Villalobos, eran los tres Villalobos, eran los tres Villalobos, pero ninguno era bobo… No es verdad. Uno sí que era bobo, el del medio, porque el de la derecha lo engaña con su mujer. ¿El de la derecha?

La niña que entra por el caminito, la que mira todo con empecinamiento, querrá un día, ir al Círculo Social...

De la angustia

“¡Oh, Tú, Gran Astro! Si te faltaran aquellos a quienes iluminas...”

Luna llena

El niño se sintió indefenso desde que lo tuvo pegado a sus talones. Reparó en él sólo cuando tomó la carretera, aunque antes ya lo había presentido en el desplazamiento de la maleza. Pudo notar su oscuridad en el principio, su escurridiza e inevitable presencia.

Un sobrecogimiento le recorría el cuerpo y le producía una dolorosa opresión en la garganta, llenándole las manos de un sudor fijo. Quiso caminar más deprisa y algo retenía la circulación de la sangre en sus venas, haciéndola sospechosamente lenta, disminuyendo sus energías; hasta que el camino llegó a parecerle interminable.

Se le adelantó el ser oscuro. Se le adelantó como espíritu burlón, y caminó delante. Él se impuso avanzar, pero por más que apretara el paso seguía a la misma distancia. Siempre a la misma distancia.

Cuarto menguante

Que el muchacho era un prodigio lo sabía su madre. En realidad todos lo sabían. Ningún otro en aquellas marismas lograba mantenerse tranquilo, observando una tormenta a punto de desencadenarse, con el único objeto de reproducirla en las paredes de su casa.

De eso había pasado ya algún tiempo y ahora la madre empezaba a preocuparse. Para su edad era demasiado solitario —aunque siempre lo había sido sin que antes fuera causa de tribulación—. Se conformaba con verle exaltado ante el paisaje estéril de la tierra, o ante aquel lleno de promesas, que se extendía rumbo al Norte: el infinito mar.

Pero ahora era distinto. Había ocurrido algo inquietante: en vez de reproducir las vistas, tal y como habían estado ante él, les restaba o adicionaba detalles hasta dejar el cuadro definitivamente ajeno a lo observado; y pudiendo escoger la multitud de verdes y azules sobre el resol de las aguas, cubría la superficie con los pobres tonos de la tierra enferma.

No se sabía de dónde buscaba y almacenaba cartones que iba llenando de signos tempestuosos, y guardaba luego en el sitio más seco de la casa, para que no fueran a mojarse durante las lluvias. Aquel era un sitio de estaciones extremas y había que protegerse de rigores casi siempre inesperados. Poco tiempo le lleva al hombre desdeñar lo que le castiga.

Sin embargo ya no habría que temer, sus cuadros eran reconocidos más allá de las marismas. Y aunque seguía siendo un solitario, llenaba de extraña fascinación a los poetas, a los hombres del saber, y hasta a quienes jamás podrían descifrar la sin razón de tan gris anarquía.

Organizaba con pericia las imágenes, discriminaba de entre ellas y le ponía un nombre al nuevo ordenamiento. Volvía una y otra vez a la tarea. Volvía a discriminar y a pintar, sin permitirse descanso, porque ya pronto mostraría su obra.

Entonces apareció el temporal. Los cuadros fueron protegidos de la catástrofe, pero la catástrofe crecía. El mar se empinaba como nunca acercándose a los hombres, amenazando llevarlos consigo. Los vientos no tenían contención. La última imagen que se vio del joven lo mostraba aferrado a un envoltorio, el cuerpo entero calado y palpitante.

Luna nueva

El cabello extendido más allá de lo que se tomaría por natural, no le dejaba ver el rostro de la mujer oculta como a porfía tras las sombras. La adivinaba hermosa, y pronto pudo confirmarlo; si bien algo dominaba sobre toda su hermosura. Sabía, como nadie, discernir qué era lo bello. El pintor no tuvo dudas: aquella sería su compañera.

En lo adelante ella se ocupó de todo. Registró entre las bolsas de nylon hasta encontrar las piezas que merecían ser rescatadas. Volvió a ponerlas ordenadamente en lugar seco. Quitó el moho que cubría las capas de pintura, y lo convenció  de restaurarlas.

Eso último fue lo más difícil. Negaba lo creado con pasión inequívoca, apenas unos minutos después de remontar las cumbres del máximo deleite. Podía enrolarse sin remedio en una serie interminable de pinturas, para caer al fin en un abatimiento del que no volvía sino cuando se anunciaba un nuevo derrotero. Los períodos de paz, eran  cada vez menores.

Como por milagro se dejó llevar esta vez. Trabajó delirantemente hasta que ganó ritmo sobre las primeras figuras, que fueron a convertirse en algo nuevo. Sólo que una densa pesadumbre parecía movilizar al espectador, desde el centro mismo de la confusión y de la niebla.

Concluido el trabajo él quedó exhausto, pero ella fresca y eficiente, se concentró en darlo a conocer. Llegaron  compradores de todos los confines. La gente salía como enferma, pero convencida de que llevaba en su valija una obra que contenía la esencia del padecimiento humano.

Pronto la casa fue haciéndose enigmática. Sobre las alacenas, en las vitrinas y en todos los rincones, aparecieron fragmentos de mascarones de proa, de columnas truncadas y de la más diversa colección de tridentes. Fue por entonces que ella empezó a pintar unas cartulinas, inundadas de matices brillantes, que en alguna de sus escenas llevaban sin falta un gato negro.

Cada vez eran más los territorios conquistados por la estimación de la obra oscura, mientras el colorido desbordaba entre los platos, las tazas, y emanaba creciente de los riquísimos vestidos. Todo ese resplandor no hacía más que sumir en la angustia al artista, que sin remedio devolvía sombras en cada paletazo al lienzo virgen.

La inmensa casa se llenó de sus pinturas asombrando a los que pasaban por el remoto paraje, con la única motivación de contemplar su obra. Él, entre tanto, se consumía en una delgadez que llegó a anunciar una condición más de su carácter.

Con fervor creciente trabajaba en lo que iba estrechándose el lapso de disfrute. Cuando ya no era posible alegrarse ante lo que salía lleno de energía de sus manos, abandonó sus grises para colmar de colores agresivos y de formas rectas y punzantes la monumentalidad casi opresiva de las telas.

Sobre los trazos más erizados y elocuentes, pintaba representaciones nuevas. Culminar alguna imagen no era el fin, sino el comienzo de un impulso que lo llevaba a cubrir las antiguas capas, que a su vez volvían a ser cubiertas, en una especie de vértigo enervante.

El cambio no agradó a los críticos. Los amigos atisbaron el final. Estaría loco. La carrera vino a detenerse un día en que descubrieron un virus que había consumido las más importantes obras acumuladas por todo el caserón con el correr de los años.

 

Cuarto creciente

Por supuesto que tampoco ahora quedó quieta la amiga de la noche. Después de buscar en todos los bazares del mundo, encontró un producto capaz de detener la plaga. Dicen que dio con él en un comercio de Alma Atá, en la tienda de unos vástagos  escitas, con facha de nigromantes.

Hace un tiempo se ha visto prosperar nuevamente al pintor. Algunos siguen creyéndole loco, pero ahora expone cada año en las más famosas bienales del mundo, y le han comprado una muestra de las huellas que recuperó de cada colección dañada. Los expertos han dado en considerar que son geniales.

Ahora dicen que lo único que lo consuela es una gata negra a la que agasaja en días de cumpleaños con deliciosos manjares a base de salmón, mientras a él se le pierde la vista a través de la ventana. Parece estar lleno de un  miedo y de una angustia sin sentido, como si escapara hacia una inmensidad sin límites.

Nuevamente Luna llena

Entonces el gato creció. Su pelaje brilló fantástico a la luz de la luna. Llegó a tener la  corpulencia de una pantera, aunque conservando la dulzura de un bicho raramente familiar. Pensándolo bien hubiera preferido la oscuridad. Esta luz temblorosa y fría le da más miedo. Deja ver hasta lo que no se ve.

Varias veces se propuso adelantarlo. Se trazó una estrategia de circunvalación que lograra evitar su sañudo olfato. Caminó despacio hacia el borde del camino, y cuando creía que ya era el momento de acercarse,  vio a su enemigo que sin mirar atrás, trazaba idéntica curvatura. 

Finalmente vislumbró la llama del candil a través de la puerta que dejaba entreabierta la madre hasta su regreso, lo que junto al olor cada vez más fuerte a salitre y alquitrán, anunciaba su llegada a  casa. Ya a punto de empujar la hoja crujiente, y despertar a la que dormitaba en un rincón de la estancia, vio por última vez el animal, que volviendo a tener el tamaño de un gato, se detuvo, y le miró directamente a los ojos como diciéndole: siempre voy a acompañarte. 

 

Oneyda González González es escritora, poeta y realizadora audiovisual camagueyana. Entre sus libros, la compilación Severo Sarduy: Escrito sobre un rostro (Ácana, 2003), La ciudad promisoria, El camino de Bárbara  y Las cinco y una noches.

 

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