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Misa para un ángel
Tomás Fernández Robaina |
Sí, ya decidí la forma de hablar contigo. Me cansé de que seas tú él que me quieras hablar; también debo tener esa posibilidad, ¿no lo crees? No me molesta como lo haces; siempre te presentas como el Reinaldo que tengo en mi cabeza, en mi recuerdo, el Reinaldo con quien solía cazar por las calles de La Habana, en las playas. No, no hablamos mucho de esas correrías, realmente ni las mencionamos, pero platicamos de un sin fin de cosas, pero después, cuando despierto, no tengo las imágenes, y no siempre recuerdo tus palabras. ¡Vaya comunicación! ¿No lo crees?
Siempre te me apareces con esa sonrisa tuya tan peculiar. Yo la recuerdo muy diferente del modo en que Aurelio Cortes y Rebeca Fuentes me la describen en las entrevistas que les hice. Sí, sé que estoy obsesionado con hacer entrevistas. Con ellas busco conocer cómo fue tu vida, tu deambular por estas tierras, corroborar si todo lo que dicen de ti es cierto; ya hice esto con Consuelo La Charmé y con Violeta, también con Arcadio y con todos esos santeros y paleros que me hablaron tanto de sus vidas; quiero continuar contigo, pero no con tu estilo; escribes de una manera muy difícil, con mucha poesía, al estilo de Lezama, con una visión muy personal, erótica y alucinante; nada he dicho con el deseo de mortificarte, no puedo imaginarme que los del más allá podían también ponerse bravos y menos motivado por las cosas del mas acá. Una vez soñé que me peleabas y me echabas en cara que trataba de escribir con... ¿no vayas a pensar que estoy adoptando una pose irónica? Sabes que no lo soy; no me gusta la sátira, en realidad soy un padre franciscano, como me llama mi amiga María Lastayo, aunque sé que es difícil que la gente me crea; pero todo lo entiendo, todo lo comprendo, todo lo justifico; cada persona obra siempre inspirada por una causa. Por eso sigo viéndote, hablándote, mencionándote en los círculos donde algunas de las personas que te conocieron, que decían ser tus amigos, ahora te ignoran o quieren ocultar que te trataron, que te ayudaban y te admiraban. Comprendo sus actitudes, que te condenen, que digan horrores de ti, que quieran borrarte de sus vidas, que digan barbaridades de ti por todo lo que nos hiciste en tus últimas novelas; pero no puede haber solo condena; el odio y el dogma son los enemigos más peligrosos de la inteligencia; no se si me buscaré problemas, que alguien me deje de saludar por decir lo que digo y por hacer lo que hago: tú nos perteneces, Reinaldo para bien y para mal, con todas tus virtudes y maquiavelismo, o dicho mejor en nuestro lenguaje popular, con tus hijoputadas, con toda tu ternura reprimida y tu odio desplegado marchando a tambor batiente, con todas tus verdades alucinantes, calumnias, bajezas familiares y tus trabalenguas que gente jodedoras o mezquinas se encargaba de transmitir, de popularizar, estimulados por ti y que ahora siguen haciendo como una jocosidad o como chistes que muestran tu inimitable talento.
Te escribí algunas cartas, no muchas; te las echaba al correo. Claro, de sobra sé que no te llegaron. Te las enviaba a la calle Zapata y 12, con el remitente en la Biblioteca Nacional José Martí. ¿Te puedes imaginar lo que ocurrió cuando llegaron las primeras cartas y las devolvieron al remitente? Es probable que las botaran o las quemaran sin abrirlas, al menos las últimas, pues siempre te mandaba a decir lo mismo: no cometas locuras, respetas a los espíritus, no conviertas todo el cielo en un gran escenario de orgías imaginadas o recordadas.
Pero te diré que ya me cansé de hacerlas en diferentes máquinas de escribir o recortando palabras de los periódicos y revistas; manipulándolas con las manos enguantadas para que ni por las huellas digitales pudieran descubrirme. Ahora quiero hacer algo diferente, comunicarme contigo de verdad, y de forma directa: simplemente quiero hablar de frente a frente, como lo pensé hacer cuando te encontrara algún día en cualquier país donde coincidiéramos, ambos de viaje, pero yo regresando a la Isla, a esa Isla que llevas muy adentro y que no puedes olvidar; no lo pudiste lograr, y mucho menos engañarte con el deseo de que la olvidarías, por eso escribiste que estar aquí y estar pensando en allá, es como no estar en ningún sitio. Sé que estoy ahora muy cerca de ti, lo presiento y espero encontrarte, aunque sea en sueños, en algunos de los tantos lugares que juntos frecuentamos en La Habana, pero antes de eso te encontraré aquí, en esta ciudad que te fascinó tanto como La Habana, cuyos edificios, a veces se esconden entre las nubes para no impresionar a los transeúntes que hablan todos los idiomas venidos de todas partes del planeta y que también dialogan en otros nacidos en las calles de esta urbe que nunca duerme y que siempre mira al presente y al futuro, sin olvidarse totalmente del pasado; esta ciudad que disfrutabas hasta la saciedad por el anonimato de cada uno de sus millones de vecinos y visitantes. Eso era lo que más te hacía admirar y anhelar esa característica para La Habana donde los ojos de alguien siempre estaban y están al tanto de las entradas y salidas de los amigos, familiares que acudían a nuestras casas, no importaba la hora, el día ni las veces que recibiéramos visitas.
Ahora, cuando recorro estas calles llenas de hombres, de mujeres, de niños, de trasvestis, cuando la muchedumbre me mete y me saca del metro y a veces me empuja por entradas y salidas que no son las que debo tomar, me acuerdo de ti, de nuestra ciudad que lucha contra el tiempo para no languidecer, para seguir siendo siempre la ciudad que ha sido, no únicamente en el recuerdo, con sus sorpresas y el peligro aguardando a cada momento a los que encontraban en ese deambular, en ese cazar y experimentar nuevas emociones la mayor atracción de la vida y una de sus razones.
Quiero hablar de esas cosas contigo, y también interrogarte; necesito oír de ti mismo esas anécdotas que tus amigos o simples conocidos narran; no es que dude de todas las locuras contadas, sé que eras capaz de ellas y de muchas más travesuras, pero quiero oírlas dichas por ti, a través del médium que nos servirá de puente; no podrás negarte; trataremos de ayudarte para que lo hagas lo mejor posible. Sé que lo has intentado, que lo haces a tu modo, no solo en sueños, sino como lo hiciste con Lázaro. Él mismo lo confesó en una entrevista, al recordar que le habías prometido comunicarte con él cuando traspasaras las fronteras del acá con el más allá. Las señales enviadas fueron las pruebas máximas de ese intento. Solo él sabía cómo tú calificabas a su cabello. Por eso él no dudó cuando dos personas, sin que tuvieran contactos entre ellas, se refirieran a su pelo con tus mismas palabras. Estoy convencido que te debió haber sido muy difícil lograr ese mensaje, y aun más, aceptar la existencia de esa realidad, en la cual tú no creías y te burlabas de ella con frecuencia por considerarla muestra de la cultura popular, manifestaciones de gente de poca instrucción.
En ese sentido eras muy materialista, casi un marxista, pero ayer como hoy, una cosa es la teoría y otra la práctica; y tú te percataste enseguida de la diferencia que había entre ambos conceptos pero no lo diste a entender ni lo exteriorizaste en los primeros tiempos. Otros, por el contrario, seguimos con la esperanza de hacer realidad esa idea de construir una sociedad más justa; si, sé que te pondrás enojado por lo que te cuento. El mundo está lleno de locos, de románticos, tú lo fuiste, a tu modo; por eso te marchaste de esa Habana que ya habías hecho tuya, por eso hiciste todas esas cosas en contra de las ideas que considerabas que debías combatir, por eso escribiste de un modo muy especial, e hiciste con todos los que te apoyamos, te quisimos, lo mismo que con tus enemigos, algo que muy pocas personas o casi nadie creyó que fueras capaz de hacer: llevarnos a tu mundo alucinante, para hacernos también alucinantes, con tu modo de ver y crear la realidad.
No creo que será muy difícil comprender y que tú en particular entiendas el por qué la oposición de tanta gente a que te haga una misa espiritual. Tampoco quieren que te tenga en la bóveda de mis guías y espíritus protectores. Me dicen que no debo ayudarte a coger luz; que en vida fuiste un demonio y que después de muerto lo continuarás siendo, y por lo tanto, nada debo hacer, y si lo hago, es enviarte para las penumbras, para la oscuridad eterna, para ver si así desapareces hasta del recuerdo. Realmente lo que sucede es que te tienen miedo; ahora te temen más que antes. Si en vida fuiste capaz de meternos a todos, amigos y enemigos, en un mismo saco, no son pocos lo que aseguran que si logras manifestarte plenamente desde esa otra dimensión con tu talento, con tus virtudes, maquiavelismo y bajezas humanas, ninguno de nosotros que mencionaste, tendremos en adelante un minuto de paz y sosiego, ya que tu poder sería ahora no solo con las palabras, ¿comprendes el por qué tanta gente está en contra de tu misa?
Somos unos cuantos los que nos vemos en tus páginas, unos más atacados, satirizados o más ridiculizados que otros, en ocasiones rayando lo grotesco. No todos aceptan tu homenaje y aunque algunos tratemos de pensar positivamente para creerlo, los hechos, las palabras, indican lo contrario.
Muchos se preguntan las causas que tuviste para acumular tanto odio, tanto resentimiento. No recuerdo que mostraras abiertamente esos sentimientos. Te vi enojado repetidas veces, blasfemar y calificar a muchas personas de formas increíbles, pero odio, ese odio que se palpa en tus últimas novelas, aunque se disfrace haciéndonos reír, no lo recuerdo, Reinaldo, no lo recuerdo. Por eso me urge saber si realmente cambiaste tanto cuando llegaste a este país, o fue solo al saber que eras uno de los elegidos por el Señor para vivir a su diestra. ¿Me entiendes ahora, Reinaldo? Tengo que hacerte la misa cuanto antes.
VENTANA 01
En 1980, Arenas formó parte de esa enorme oleada de cubanos que arribó a los Estados Unidos durante el éxodo marítimo de Mariel. Su lucha contra el SIDA, su pugna para continuar creando y su posterior suicidio permanecen como una tragedia dolorosa y compleja (política, social y culturalmente), pues aluden a otras muchas cuestiones que separan (y en ocasiones acercan) a EEUU y a Cuba.
La gran película de tema Cubano / Norma Niurka, EL NUEVO HERALD (Miami) October 20, 2000: 1C
II
¿Ya sabes el revolico que formo tu autobiografía? ¿Pero, es realmente tu autobiografía una biografía? La leí con placer, por momentos con tristeza; hubo instantes en los cuales lo poético y alucinante de tu prosa me trasladó al mundo de la literatura. Hay magia, hay misterio en Antes que anochezca, ¿puede haber todo eso en una autobiografía? No es solo la pintora Mortera quien dice que ese texto es una novela más, con algunos pasajes de tu vida, muchas verdades y muchas mentiras, y que tu libro está plagado de ellas, es más, asegura que la calumnias personalmente.
No te perdono haber propagado a los cuatro vientos, óyelo bien, Reinaldo de mi vida, de que yo tengo las tetas caídas. ¿Sabes lo que me has hecho? ¿Te imaginaste a cuantas lenguas iba a ser traducida esa canallada? Lo hiciste por la envidia que tenías de mí, como todas las "pajaritas" de nosotras las mujeres, porque damos más placer a los hombres que ustedes. Lo más terrible para mí ha sido que muchas de ustedes, y también lesbianas y heterosexuales me visitan, o me llaman por teléfono; quieren saber, verificar si es cierta tu afirmación. Pero no quieren simplemente mi respuesta, sino ver mis tetas, tocarlas, solo así, dicen, sabrán si lo dicho por ti es cierto o mentira. ¿Te imaginas, Reinaldo de mi vida, yo tocada por tantas personas? Pero de todos modos, aunque esté muy brava contigo por lo que dijiste de mis tetas, te agradezco tu aseveración de que soy una buena pintora, una artista con sensibilidad. Gracias a eso pude salir de la Isla, pero esa historia te la debo. Gracias a tu criterio cada día son más los que se interesan por mi obra; después de todo, tu calumnia me ha dado mucha publicidad y me ha hecho generar algunas ideas. Estoy pensando que conjuntamente con mi arte, si sé manejar con inteligencia lo de mis supuestas tetas caídas puedo convertirme en una mujer con dinero, con mucho dinero. No me faltan las propuestas para poner una tienda de campana en Times Square para exhibirme, en definitiva, yo también soy una obra de arte. Se cobrarían tarifas de acuerdo con el deseo de los clientes: cinco dólares para ver de cerca y caminando; diez por tocarlas ligeramente, dos o tres segundos. Se piensa organizar una gira por todo el país y reproducir industrialmente algunas de mis pinturas en telas, afiches, pulóver, pañuelos, gorras, camisas, llaveros, en todo lo que se pueda aprovechar para ganar más dinero; tal vez hasta hagan una muñeca con mi figura, recalcando las tetas caídas, como un juguete computarizado que al oír la pregunta: ¿tiene Mortera las tetas caídas? Automáticamente ellas se ponen erectas. Entonces, Reinaldo, iré a la Isla de visita, pero ¿sabes cómo? En un globo, soy ecologista y no quiero contribuir a la destrucción de la naturaleza. Lo haré diseñar en forma de mis tetas, pero claro, no caídas, muy arriba, como si fueran dos cohetes en dirección a la Habana. ¿Te imaginas yo descendiendo en la Plaza de Armas? En el mismo sitio donde Matías Pérez se elevó al cielo, pero yo regresando de esta galaxia estadounidense, y por lo tanto, cargada de regalos para mis hijos, para mis nietos; te lo digo bajito Reinaldo, porque no quiero que se entere todo el mundo, ya soy abuela, dime Reinaldo, ¿qué te parece?
VENTANA 02
¿Qué ciudad es esta que calla, que se oculta, que siente frío y se tapa de esta manera? ¿Qué calles son estas que no hablan? ¿Qué silencio besa las puertas, los dinteles, el asfalto? ¿Qué ocurre que solo yo ando, que solo yo rompo esta aparente inexistencia? ¿Qué pasa que la brisa se esconde en los rincones? ¿Por qué los árboles han ocultado sus ramas? ¿Por qué deambulo por estas calles mientras los demás se ocultan? ¿Dónde están los ruidos de todos los días? ¿Qué ocurre en este enorme nido que se niega a dejar de serlo? ¿Camino?...,si, oigo mis pisadas, mis propios pensamientos, y oigo, oigo como algo muy distante asusta a lo que aquí vence... las penumbras cesan de abrazar a los edificios. La noche se retira a su cueva. Ella sabe, conoce el ruido del carro de Apolo tirado por cien vientos rasgados por los miles de látigos que centellean el espacio y los ladridos de sus canes acercándose.
Camino. Camino por las calles que se aclaran. El frío disminuye y la ciudad arroja su frazada. Voy en dirección a la costa. Siento los vientos que besan mis mejillas mientras oigo un canto triste que viene del mar. Llego al borde del mar y contemplo la costa que comienza a despertarse. Miro el paisaje que tantas veces he contemplado y algo me atrae, me hace caminar sobre los arrecifes, deshaciendo lo que queda de la noche con mis pies; esas avecillas níveas que salen huyendo ante mis pisadas. Algo que es como un susurro, un brillar, algo que no sé lo que es me empuja. Y camino. Estoy caminando sobre rocas que no veo, pero las oigo correr, queriendo ocultarse. Algunas deciden morderme y todas se ponen repentinamente de acuerdo; las oigo pelear entre ellas por probar las plantas de mis pies; me extraño sobremanera al sentir mis pies descalzos porque no recuerdo haberme quitado los zapatos. Quiero huir, correr pero sin saber hacia donde. Tropiezo con algo que no había visto hasta ese instante: es un madero sembrado en los arrecifes, y me sobrecoge un liquido caliente que me abraza los sentidos y que me dice:
Bendito tú porque has venido en la hora sagrada
Bendito tú porque has venido a los arrecifes cuando todos nos
han dado la espalda.
Comienzo a temblar. Temo alzar la vista, pero una voz me ordena que lo haga. Mis ojos trepan por el madero y no sé si digo un coño, un carajo o un ay mi madre cuando veo una cruz con un joven clavado. Y me sorprendo aun más al ver que no está solo, sino que todos los arrecifes están sembrados de cruces que giran dejando ver los rostros de los crucificados por ambas partes. Me alejo o trato de alejarme. Corro por una rampa que se desliza frente a las cruces, pero hacia donde quiera que corro nuevas cruces me aguardan. La curiosidad vence al temor o se ponen de acuerdo y juntos me guían ante la interminable hilera de crucificados. Cada rostro, cada cuerpo, es de alguien conocido, de alguien visto alguna vez. No solo son hombres, sino mujeres los que miran desde sus suplicios, sin poderse mover, clavados sin estar clavados, sin poder yo razonar ni explicar cómo se mantienen así; mas sus rostros, lejos de mostrar el horror que yo experimento, reflejan felicidad, los menos resignación; y así, observando las cruces, llego hasta las márgenes del río que marca el final de la parte occidental de mi ciudad y el inicio de los repartos, pero también sobre las aguas del río y en la otra margen de su desembocadura continua la crucifixión. El mar entonces se alza en forma de olas que portan antorchas sin llamas que nos queman. Y digo nos queman porque de pronto me veo en una cruz sin saber cómo he llegado a ella. La vista que percibo ahora es distinta. Veo el sin fin de cruces como si fuera una muralla y oigo que alguien que está por el otro lado de mi cruz dice:
Bienaventurados nosotros que morimos habiendo vivido
Bienaventurados los de mi raza, los de mi tribu sin pertenecer a ninguna
Bienaventurados ellos que vendrán después de nosotros
Bienaventurados ellos, nosotros, que dominaremos un día
Bienaventurados todos
Bienaventurados los que nos matan porque ellos son los que hacen tañir
las campanas del triunfo.
Tengo la impresión que algo me quema, mientras una música rara comienza a posarse en nuestros cuerpos. Miro la ancha avenida que corre zigzagueante frente al mar y veo muchos portaestandartes que se acercan. Se sitúan frente a las cruces caballeros armados, montados en briosos corceles, sacados de la misma temprana edad media con vestiduras y arcos púrpuras. No les vemos los rostros, pero sabemos que nos miran a través de los almete; estos llevan como insignias plumas verdes que se me antojan cuernos. Oigo un aletear sobre mi cabeza y veo el cielo repleto de auras que nos miran
Bienaventurados ellas que nos desean
Bienaventurados nosotros que somos los deseados
Quiero rezar un padre nuestro, pero las palabras se esconden. Solo tenemos un consuelo:
Saber que somos los bienaventurados
La música rara, rara como sonidos de truenos y violines mezclados con cantos de vientos, cesa para dar paso a un tamborileo que ensordece. Quiero gritar, llamar a mi madre, a mi abuela, pero me doy cuenta que la lengua ya no es lengua y que solo pienso, pienso; veo cómo los caballeros medievales nos apuntan con arcos cuyas flechas en forma de falo o de pubis, hieren el espacio y se detienen en nuestros cuerpos. Nos hacen sangrar y de pronto comenzamos un canto sin abrir nuestras bocas, solo con nuestras mentes, pero de tal modo, con tal fuerza, que se oye y sorprende a los arqueros, sin que nosotros lo sintamos de igual manera. La crucifixión entera es un enorme coro que entre los versos que entona está uno que dice: A nosotros nos mueve la vida.
Y así hemos estado no sé desde qué tiempo. Ya no hay en nuestros cuerpos un lugar no flechado. Y me sorprendo al no sentir dolor y en particular, a que estemos pensando y que repitamos como en un infinito rezo:
Bienaventurados ustedes que tratan de matarse
Y la lluvia de flechas continua tratando de paralizar nuestros pensamientos mientras el coro continua entonando :
Bienaventurados nosotros que morimos por un mañana
Bienaventurados nosotros que seremos recordados
Y en ese momento siento que algo me taladra un pie, que alguien en forma de aura, que realmente no es una, sino miles las que nos sacan las entrañas; las que buscan en nuestros cuerpos la idea que nos mantiene. Los arqueros se han retirado y el sol hace rato que se ha marchado de nuestra vista. Quedamos a merced de las auras por semanas sin que sacien su hambre, solo comparable con la nuestra de justicia negada a través de todos los tiempos pero que un día será satisfecha.
Bienaventurados nosotros que no habremos muerto en vano. Amén
III
Desde que comencé a preparar tu misa, no puedo dormir tranquilo. Me parece poco el tiempo que le dedico a buscar a los espiritistas, a los médium que trataran de ponerse en comunicación contigo, pero mientras tanto, no hago más que escribirte estas cartas, escribir este hablar contigo, imaginándome a veces que estás al lado mío, o que tus personajes se me acercan y me hablan, a veces se burlan, en ocasiones me tratan con cariño, con comprensión, pero ninguno me trata con odio, ni siquiera el alcalde de Boston que me hiciste matar en un duelo, ¿te acuerdas? Me llama la atención que sean tanto los que conocí en la Habana o en Nueva York como los que me presentaste a través de las páginas de tus novelas. Sabes, algunos me dicen que si no te hubieras suicidado, con SIDA o sin SIDA, alguien te habría matado. Me recriminan porque no pueden creer que yo no esté enojado contigo, y que por el contrario te defienda de los ataques injustos, porque contra los ataques justos, o más que ataques, contra los resentimientos que tantas personas tienen por las cosas que dices de ellos, no puedo hacer mucho. Son muy pocos los que pueden entender que más que rabia o venganza, lo que deseabas hacer de la literatura, de nuestra narrativa, por lo general tan aburrida, cargada de descripciones, de nombres mitológicos e imágenes oscuras, por un lado, o de un exceso de realismo, casi naturalismo, en donde todo estaba en función de demostrar lo bueno de los nuevos tiempos, algo vivo, dinámico, como correr detrás de las guaguas - alégrate que no alcanzaste el periodo camellil ( de los famosos camellos ) cuando paran cincuenta metros antes o después de la parada; acentuar todo lo alucinante de la vida, de nuestras realidades que siempre la vemos literaria y artísticamente reflejada en un solo y monótono plano. Tengo miedo de escribir todo lo que me cuentan de ti, de algunas de las cosas que me dices en los sueños, pero ¿realmente es así, fue así? O es que sin proponérmelo trato de que esas leyendas que me hablan de ti sean verdades y no dude de las respuestas que me dan cuando indago por ti, cuando te busco por las calles neoyorquinas, deseando encontrarte en los recuerdos de tus amistades habaneras de allá y de las nuevas de aquí. Estoy convencido que cuando menos me lo espere, te veré de nuevo, surgiendo de las aguas de tus playas preferidas, o te encontrare mirando al horizonte, en ese sagrado y misterioso momento ilusorio, pero tan convincente para personas como tu y yo, de acostarse el sol en las aguas y de perderse en sus profundidades. ¿Qué debo hacer para dominar esta pasión, esta locura que puede llegar a enfermarme?; ¿me ayudará la visita a un médico, a un espiritista, a un santero, o un babalao? No sé que hacer, pero mientras tanto, con fiebre, alucinaciones o lo que sea, continuare escribiendo y preparándote la misa a pesar de todos los que me llaman y quieren persuadirme para que no la organice; pero la haré, más pronto de lo que todos se imaginan. Mientras llega ese día, seguiré garabateando cuartillas, al menos me siento tan bien cuando digo todo lo que pienso, esa es mi mejor medicina, aunque nadie las leas y sólo tú, Reinaldo, puedas oírme y entenderme.
IV
Ayer recorrí muchas calles, mejor dicho, nuestras calles, pues te sentí a mi lado, y fue un poco rememorar nuestras andanzas por La Habana, pero seguramente tú no harías las cosas que hago. Para mí trotar por el downtown de Nueva York, con sus calles estrechas, con la gente siempre corriendo, me hizo apreciar aún más mi Habana, La Habana de mi infancia, de mi adolescencia, de mi adultez, de mis esperanzas y sueños, de mis anhelos y frustraciones. La atmósfera neoyorquina se me pegaba a la piel, a todos mis sentidos y era una sensación igual a la percibida en mi Habana Vieja, cuando yo era un muchacho y recorría sus calles con sus olores peculiares junto al puerto, sus edificios llenos de leyendas, de historias, de sufrimientos, de congojas, de gritos desgarradores, pero también repletos de placer. No importa que muchos de los edificios no sean ni recuerden a los de hace cien anos; que en nada se parezca este New York de hoy al que conoció Martí, pero lo percibo en el aire, cuando recuerdo lo que él escribió sobre esta ciudad donde trabajó tanto por sus ideas, en contra de muchas adversidades, entre las que tenía el frío neoyorquino, que por muy benigno que sea, en comparación con el de Chicago, es despiadado con nosotros que venimos de ese trópico siempre caluroso, pero tan fresco a la sombra de un frondoso árbol. Pienso en Martí, en su tiempo newyorkino y me viene a la mente la ciudad llena de fango, de esquinas repletas de basura, con olores insoportables y excrementos de caballos, yeguas y mulos. No pudiste ver la exposición histórica sobre los servicios de limpieza y de los baños públicos de ese New York cada vez más distante que a la vez se trata de mantener en el recuerdo para que se aprecie aún más el presente. No hay ciudad que pueda existir y ser una gran ciudad sin esa memoria Y New York la tiene como también nuestra Habana, Por eso se habla tanto del New York de ayer.
Sé que caminaste por Harlem. y no se si estarás de acuerdo conmigo, que no solo en Harlem hay edificios en ruinas, pero fue el sitio donde mas los vi y me costo y me cuesta trabajo entender que habiendo tanta gente necesitada de viviendas, no se reparen y se caen por el trabajo del tiempo, el abandono y el descuido, y gracias a dios que no hay ciclones pues de lo contrario muchos estarían ya en el suelo. Al regresar de ese viaje a La Habana recordé mucho aquella exposición tan soberbiamente montada en la Biblioteca Pública de New York en Quinta Avenida y Calle 42. Vi de nuevos esquinas llenas de basura, de nubes de moscas, de olores y como se lucha contra eso como se hacía también en New York cuando no había suficientes recursos para hacerlo del modo correcto: quemar los desperdicios, cuando el camión encargada de recogerla no transita por falta de gasolina, o porque se le da prioridad a la recogida en los barrios céntricos. ¡Ojalá que eso no sea muy frecuente!.
V
Ahora estoy aquí, Rey, sentado en un banco de uno de los tantos parques colindantes con el Capitolio, entre las calles de Monte y Dragones.
El silencio huye entre los cláxones aislados, motores de autos, de camiones y de ómnibus que ruedan cercanos o lejanos; el trino de los pajarillos apenas se percibe; y no sé porque recuerdo el aletear y el conversar de sus constantes revoloteos entre las ramas mas altas de los árboles, los techos, aleros y torres aledaños al parque Vidal en Santa Clara. ¿Estuviste alguna vez allí? No recuerdo que me la mencionaras entre tus cruzadas a otras ciudades y pueblos, como me contaste de tus andanzas en Santiago. Muchas veces me invitaste a ir contigo, pero nunca lo hacías en el mejor momento para ir, y tenia que postergar mi deseo de viajar contigo, de experimentar aventuras alucinantes viajando contigo en el coche de aguas negras con el cual ibas siempre a Santiago y recorrías las calles, barrios y repartos de ese Santiago tan caribeño y por lo tanto tan cubano, que muchos bautizan de hospitalaria y heroica; y también, pero en voz baja, como lo hiciste, de ser una ciudad muy sensual, muy erótica, poblada de placer en las miradas, en los pensamientos, en los andares y decires de la gente por Trocha, Enramada. "Allí todo es placer, gozadera", no te cansabas de decírmelo para animarme a visitarla. No hay prejuicios cuando de placer se trata, me lo recalcabas my maliciosamente; y cuando te pregunté ¿Pero solo en Santiago, Reinaldo? Me aseveraste, no, que va, en todo el archipiélago, de manera disimulada, sabiéndolo todo el mundo, pero no hablando de eso, más bien haciéndose de la vista gorda. ¿Dejaste escritas tus aventuras santiagueras, desde que montaste en el coche de aguas negras? No las escribiste desde el mismo coche de aguas negras por no tener tiempo y ser tantas las aventuras que experimentaste en ese coche, incentivado por las noches sin piedras pestañeantes que tanto te atraían y te excitaban a buscar lo prohibido, al disfrute de lo sensual, a jugar con el peligro, a veces con la muerte, desafiándola de manera singular, risueña y hasta de manera inocente.
VI
Ahora, sentado frente a la antigua Isla de Cuba que restauran desde hace ya meses para convertirla en lo que era antes, pero para los compradores que tengan dólares. Ciclistas jóvenes, viejos, tembos, hombres y mujeres no cesan de pasar entre los espaciados y contables vehículos motorizados que transitan por la calle Monte fuera de la hora pico. No alcanzaste, Rey, el periodo bicicliótico de nuestra historia, al menos desde la Isla. Sé que te hubieras montado en una de ellas y la hubieras usado como útil corcel para cazar; la hubieras nombrado "mi bici de aguas negras" y hubieras pedaleado hasta los rincones más alejados, periféricos y peligrosos de nuestra urbe en busca de nuevas aventuras, de los misterios, magias y sorpresas que esperaban y aun aguardan a los que se aventuran por Matasiete, La Cuevita, La Corea. Sé que contarías con lujo de detalles tu hazañas por esas barriadas pobladas de tantas delicias e interrogantes. Pero no narrarías únicamente las tuyas, sino las de los que te hubieran acompañado. En verdad, te gustaba relatar mas las aventuras de los otros que las tuyas, agregándole cosas de tu imaginación. Cuando me percaté que esa virtud tuya era un verdadero arte unido a un no menos artístico poder de difusión, me dije por un elemental sentido de pudor que debía ser más cuidadoso a la hora de contarte mis andares o lo que en confianza me decían otros. No es lo mismo describir determinados hechos a un amigo que a cientos, no necesariamente siempre amigos. No me fue difícil empatar los hilos, de supuestas indiscreciones involuntarias, al preguntarme varias personas, con cierta malicia o ironía acerca de mi deambular. Pero no pasó mucho tiempo para que me convenciera que contarte o no lo que me acontecía era lo mismo, pues lo que no sabías, te lo imaginabas y lo agregabas de forma alucinante a una historia real o a una inventada por ti. ¿No te acuerdas de la que inventaste acerca de uno de nuestros más importantes dramaturgos? Mucho tiempo después de lo sucedido la continuabas repitiendo y narrando como una de tus grandes creaciones. Fui uno de los que llamaste para colaborar a difundir tu invención, de esa manera tan peculiar que tenías de bromear con tus amigos, pensando que no teníamos razones para ponernos bravos. Por eso fue que nos homenajeaste en tu autobiografía, pero fueron también homenajes, ¿verdad?, lo que dices de nosotros en El color del verano, en Otra vez el mar y en cuanta cosa escribías y te acordabas de algunas de tus amistades o no; para ti, para tus bromas, no había diferencias en el homenaje, ¿Comprendes ahora porque hay tanta gente disgustada contigo, negada a que te escriba a que te haga hablar desde el más allá?
En aquella ocasión me dijiste que había que propagar a los cuatro vientos que el autor de El día de los salvadores había sido sorprendido por la policía en una orgía con un caballo de carrera en el hipódromo de Marianao. Pero te dije, ¿no lo recuerdas? Ese hipódromo hace mucho que está cerrado y allí no hay ni burros. No importa, di entonces que fue con un caballo o una cebra del zoológico, o del circo nacional. Pero no hizo falta que me enrolara en tu propósito. Cada vez que llegaba a un sitio, antes de que intentara abrir mi boca para iniciar mi aporte me preguntaban si sabía lo que le había ocurrido al creador de La niña no se puede maquillar por falta de espejo. Al decir que no, o que había oído algo, pero nada en concreto, me describían a como el escritor de El circulo de la discordia lo habían sorprendido disfrutando de la erección fálica de un caballo no domesticado en una de las caballerizas de la Feria Agropecuaria de Rancho Boyeros; y a esta versión le agregaste muchas más; no sé si fuiste tú o cada uno de los que colaboraron pero lo cierto fue que rodaron otras, como para hacer una antología., y por supuesto, tú , más que nadie, disfrutaste. Un verdadero prehomenaje de lo que nos haría después.
Tomás Fernández Robaina es investigador en la Biblioteca Nacional José Martí, de La Habana. Sus estudios acerca de asuntos afrocubanos están entre los más importantes realizados dentro de Cuba (ver El negro en Cuba 1902-1958: Apuntes para la historia de la lucha contra la discriminación racial). También tiene amplios estudios del tema de los homosexuales dentro del socialismo cubano.