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Todos se van |
| Paco Ignacio Taibo I |
Es curioso el entramado de la memoria, pues salí de la lectura de Todos se van, libro de Wendy Guerra (1970), ganador del primer Premio de Novela Bruguera, como me sucedió al ver la estremecedora película de Tim Roth, Zona de guerra, basada en la novela de Alexander Stuart.
Ni en el libro ni en la película hay un solo hecho bélico, pero en ambos es posible ver el campo de batalla pletórico de cadáveres emocionales, de hechos de una realidad particularmente cruel, de un profundo desasosiego.
Todos se van es una novela construida a partir del diario de la protagonista, que inicia cuando ella tiene ocho años, donde se mezclan en clave de contrapunto las vicisitudes propias de una niña con la crueldad inaudita del maltrato familiar y social, narrado sin aspavientos y con una economía de adjetivos que hace más convincentemente dura la vida de esta pequeña en Cuba.
Este periplo vital de 12 años, que tiene continuación en su diario de adolescencia, narrado por esta joven poeta -esta es su primera obra narrativa-, a decir del escritor español Eduardo Mendoza, jurado único del premio Bruguera, "constituye un viaje instructivo y enriquecedor".
Creo que lo es, a condición de poder aprender de la desesperanza.
Kafka isleña, pero en clave de realismo, Wendy traduce a la intimidad del diario ese tortuoso camino a todas partes, propio de las burocracias, sólo que en el caso cubano resulta más doloroso por tratarse de una revolución libertaria. "Nosotros vivimos -dice- entre lo prohibido y lo obligatorio".
La novela fluye, y fluye bien, a pesar de la camisa de fuerza que le impone el haber sido escrita en estructura de diario. Tiene además un lenguaje en ocasiones profundamente poético y en otras minuciosamente descriptivo de un sistema que padece la protagonista en su forma más opresiva.
Con un padre dipsómano y golpeador, una madre desvalida que acaba convirtiéndose en hija de su hija, hombres cuya constante es el abandono y amigos que se van por goteo, Nieve, la protagonista, que en su nombre lleva la contradicción al vivir en el Caribe, dice con realismo inusitado: "Supe bien, lo supe definitivamente y para siempre, que no podía caerme en la calle: nadie respondería por mí. Soy fuerte porque estoy sola".
A esta buena y valiente escritora que es Wendy Guerra, habrá que seguirle con atención sus próximos pasos literarios.
Publicado en El Universal, México, el 1 de octubre de 2006.
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Nieve en La Habana |
| Eve Gil |
…Soy fuerte porque estoy sola.
W.G
Virginia Wolf nos hizo ver la importancia de un cuarto propio para el cabal desarrollo de la creatividad femenina. Wendy Guerra nos enseña que, ante la imposibilidad de conquistarlo, es factible inventarse uno. Nacida el 11 de diciembre de 1970 en La Habana, Cuba, entre los apagones de invierno y la ausencia de la Navidad, Wendy asegura, categóricamente, que sin Cuba se muere, “la única familia que tengo es Cuba, así que si me voy pierdo lo único que tengo”, de tal suerte que estamos ante uno de esos excepcionales autores que se han rehusado a abandonar la isla para ejercer la libertad de expresión, de tal suerte que su novela, Todos se van, ganadora del I Premio de Novela Bruguera (2006), exhibe sin tapujos una sociedad donde los nietos de la Revolución se encuentran a merced de la invasión ideológica desde el jardín de infancia; jóvenes artistas que han de ganarse el derecho a enarbolar el pincel o la pluma jalando del gatillo contra un enemigo imaginario. Y sin embargo están conscientes de que su verdadero compromiso patriótico nada tiene que ver con matar, mucho menos con acatar: “Vivimos ocultos en las literas, que son el monumento colectivo que adoramos en cualquier nuevo sitio en que nos hacinan. En una litera en vez de dormir dos, a veces dormimos cuatro.” (p. 138).
Nieve, protagonista y alter ego de Wendy, narra su periplo desde la perspectiva de una niñita de ocho años, refugiada en un diario clandestino, libreta que de algún modo se convierte en un cuarto propio virtual donde Nieve se esconde y se da permiso de ser ella misma, en toda su magnífica rareza. La escritura le permite evadirse de la realidad sin por ello perderla de vista pues lo que Nieve hace es consignar una dolorosa cotidianidad no exenta de belleza: “Escribir el Diario en la escuela delante de todo el mundo: ni pensarlo. Ando siempre escondida con la libreta, porque ni los alumnos, ni los maestros pueden leer lo que pongo aquí. Pudiera ocurrir que me botaran de la escuela (…) Mi Diario es un lujo, mi medicina, lo que me mantiene en pie. Sin él no llega a los veinte años. Yo soy él, él es yo. Ambos sentimos desconfianza.” (p.p 139 y 144).
Wendy asegura no haber tenido problemas con la censura, no todavía, probablemente porque el tono de su novela, que es el de una niña cándida, le permite hablar de “ciertas cosas” desde la coartada de la inocencia… como cuando establece semejanzas entre su padre y el “despotismo” (término recurrente en el discurso antiimperialista) o sus referencias a “Fidel”, omnipresente como Dios: “Aquí nada más manda uno y dice mi madre que no se puede ni mentar.” (p. 101). Nieve le ha sido arrebatada a su madre, “en nombre de la Revolución”, para pasar al cuidado de su padre, hombre brutal que ejerce violencia física y emocional sobre la niña, además de beber hasta aturdirse y sostener relaciones sexuales enfrente de ella. Este dictador doméstico no concibe que Nieve lleve un Diario, pues puede tener control sobre absolutamente todo lo que la niña haga, pero nunca sobre su escritura y sus pensamientos. Será durante la convivencia con este padre tiránico y brutal que la narradora intuirá el carácter clandestino y por ende liberador de esa inocente afición inculcada por su madre que le prohibía aburrirse en casa: “Desde niña me he preguntado por qué nuestro presidente es el único en el mundo que viste esta ropa verde olivo. A los trece años mi madre me explicó que los presidentes se cambiaban cada cuatro años aproximadamente. Mami se escandalizó cuando le confesé que yo pensaba que morían como los reyes (…) No hay solución posible para mi madre: “Si quieres escapar de la política tienes que escapar de Cuba.” (pp. 157 y 187).
La vida de Nieve habrá de dar más de un tumbo antes de regresar a los brazos de su madre; pasará incluso, tras escabullirse de la dictadura paterna, por una especie de orfanatorio y un conato de seducción lésbica. Wendy Guerra, cuya madre murió en el 2004, señala que esta, como la mamá de Nieve, siempre tenía un párrafo literario para cada ocasión. La única atribución ficticia es el viaje de la madre de Nieve a Angola ya que la de Wendy jamás estuvo allá, “esta anécdota se la robé a una amiga”, ríe la escritora, cascabel de hermosura y alegría. La madre de Nieve, como la de la propia Wendy, es una orgullosa hija de la revolución que sin embargo se muestra reacia a prácticas tan bárbaras como linchar virtualmente a los llamados “gusanos”, los que renuncian a la ciudadanía cubana y optan por un autoexilio legal; la madre de Nieve-Wendy es una intelectual muy crítica del régimen que, no obstante, y como la propia Wendy, no abandonaría por nada del mundo su isla: “(…) Afuera, me siento en peligro, adentro me siento confortablemente presa.” (p. 10). El enclaustramiento en su propia casa, en su propia isla, le produce a Wendy una fuerte identificación con Sor Juana Inés de la Cruz, cuyos versos le son leídos por su madre: “Me gusta eso de estar amarrada y irse soltando poco a poco; entrar al claustro por volunta propia, volver a salir y en medio de la libertad tener la certeza de que el claustro sigue ahí, esperándote. Es un poco el juego de exposición y de claustro que estoy viviendo, aunque no hablo de religión sino de ideología.”
Wendy dice que los escritores cubanos que han optado por quedarse en la isla han entrenado un fino instinto autocensor y, aunque parezca mentira, asegura haberlo desarrollado también: “Es duro decirlo, porque va contra mí, pero reconozco la autocensura. El libro se ha olvidado bastante de la autocensura, pero es raro.” No obstante lo anterior, Wendy asegura que las mujeres cubanas están más liberadas que las del resto de América Latina, si bien su novela no lo refleja del todo: “El machismo en Cuba –dice en la página 224 –está disimulado por la alta instrucción, pero ahí está amenazándote todo el tiempo, entre el juego y la realidad.” Liberadas y todo, no están exentas de caer bajo el influjo de un hombre dictatorial y manipulador como Osvaldo, el primer amor de Nieve a los diecisiete años, destacado pintor que termina exiliándose en París y olvidándose de la noviecita dejada en Cuba. Antes de esto, Osvaldo ha pretendido ejercer su autoridad sobre Nieve, como antes hiciera su padre, objetándole su adicción al Diario, pero el Diario, la necesidad de expresarse por escrito, siempre será más poderosa que cualquier amor. Lo que Todos se van sí refleja es la solidaridad, esta sí atípica en nuestro continente, entre mujeres: Nieves es rescatada de su padre por una amante de este, que a su vez fue amiga de su madre; Nieve establece una amistad entrañable con Cleo, la amante de su novio. Las cubanas, nos dice la escritora, desarrollan un fuerte complejo de Penélope: “Pienso en mi madre y mis amigas que estuvimos esperando eternamente en el aeropuerto, que como yo digo es el Triángulo de las Bermudas, donde todo mundo se va y nunca regresa.” En Cuba, como en todo el mundo, siempre habrá un muchacho como Alan, uno de los personajes más entrañables de Todos se van, que defienda a una mujer de su tiempo. “Siempre escondo el diario de los hombres…” (p. 256).
Wendy, quien se reconoce muy influida por Nélida Piñón, autora que honra en su novela, junto con Dulce María Loynaz (“Nélida representa la libertad y Dulce María el encierro voluntario”), dice haberse nutrido casi por completo de autores prohibidos en la isla, entre otros, Reinaldo Arenas, Eliseo Alberto y Guillermo Cabrera Infante, cuyos libros circulan de mano en mano, forrados o disfrazados de otra cosa. Después de crecer en un mundo sin intimidad, habituada a la vigilancia permanente y a los murmullos; experta en camuflajes y rebeliones íntimas como sería su propio Diario, se considera afortunada de vivir en la actual Cuba, donde las voces de los jóvenes artistas empiezan a elevarse, “y tendría que estar loca para perderme esto… aunque eso no significa que no respete profundamente a los escritores exiliados.”
Wendy Guerra está casada con el jazzista Hernán López Nussa. Piensa publicar Posar desnuda en La Habana. Diario apócrifo de Anais Nin, “sólo sé escribir poesía y diarios. No sé qué voy a hacer cuando me decida a escribir una novela tradicional”, confiesa entre risas. Diplomada en Dirección de Cine, Radio y Televisión en la Facultad de Medios de Comunicación del Instituto Superior de Arte (ISA), ha publicado los poemarios Platea a oscuras (Premio 13 de marzo, 1987, otorgado por la Universidad de la Habana) y Cabeza rapada (Premio Pinos Nuevos, 1996). Actualmente trabaja en un Diario de los años noventas que titulará Bloomers: “Va a tratarse del contraste que hubo en mis años del instituto de arte, cuando comíamos en una bandeja de aluminio, comida muy mala, y nos poníamos la misma ropa interior y hacíamos el amor todos en la piscina vacía. Cómo fuimos criados para ser una unidad, un solo ser humano…”