LLegué a casa y mi madre estaba sentada en el baño, la cabeza metida en la taza. Vomitaba. Tenía encendido nuestro obsoleto aparato de pilas, sintonizado, por supuesto, en Radio Reloj: su costumbre ancestral. En Cuba eran las tres y media de la madrugada. La tomé por los hombros. Pesaba poco. O nada. Toqué su frente. Quemaba de frío. Cogí una toalla y la limpié. Ella solo me dijo:
-Vilniak, ¡qué humillación...!
Últimamente siempre me hablaba en armenio. La frase qué humillación en armenio se resume con una larga sílaba de tres vocales y tres consonantes: vaiotz. Es difícil de articular y, tal vez por eso, se pronuncia exclusivamente en situaciones desesperadas o límites. Es decir, irreparables. Es decir, ante la derrota o la muerte: constantes de la cordillera del Cáucaso.
-Vilniak, ¡vaiotz...! -repitió mi madre y se miró en el espejo del baño.
Me abrazó. Me abrazó más fuerte. Me abrazó todavía más. Me llamó hijito muchas veces hasta que su voz por fin se rajó. Entonces me liberó de su triple abrazo y me ordenó retirarme a dormir. Obedecí. Su tono de mando no permitiría otra cosa. Hubiera sido un ultraje intentar ahora una réplica.
Ya en mi cuarto me recliné contra la cabecera. Allí esperé que pasaran los minutos de Cuba, con la esperanza infantil de que por algún juego o milagro el tiempo se detuviera o echase a rodar al revés. Por supuesto, nada de esto ocurrió. Media hora quisquillosamente exacta después, según Radio Reloj, oí un barullo entre las palanganas del baño: era mi madre a la carga por segunda vez. Se hacía notar para que yo bajara y me hiciese cargo de la situación. Takuji se rendía. Takuji Saroyan de Saroyan: 1921-1999.
En verdad, ¡una humillación...! Al año exacto de enterrar a mi padre Armenak (1918-1998), la de mi madre sería ahora una muerte de un solo testigo: su único hijo, yo (Vilniak o mejor William Saroyan, 1971- ?).
Bajé. Mi madre otra vez sentada en el baño. Otra vez en el piso, con la cabeza en la taza. Vomitando. En Cuba eran las cuatro y nada de la madrugada. La tomé por los hombros. No pesaba. Toqué su frente. Quemaba de fuego. Cogí una toalla y la limpié. Fue como un simulacro: sus arqueadas la vaciaban no de líquido sino de aire. Los pulmones le pedían parar. Ella no me dijo más nada, ni en armenio ni en ningún idioma. Su destino corría ahora por mí: Takuji me dejaba las manos libres para hacer lo que mejor me pareciera por ella. No deseaba dejarme el recuerdo de yo no haber podido intentarlo todo en el último instante.
La cargué hasta la sala y la acurruqué en el sofá. Takuji mi madre recién se había convenido en Takuji mi hija. Y, como tal, se daba incluso el lujo de lagrimear. Retrocedí por el pasillo y descolgué el teléfono. Marqué. Un funcionario de la salud pública de La Habana me obligó a deletrear tres veces nuestra dirección de Lawton, más el nombre de la paciente y de quien reporta, parentesco incluido. Al final me aseguró que en quince minutos estarían allí.
Y en quince minutos estuvieron allí, medidos al tedio de Radio Reloj.
La ambulancia era blanca, redonda, con caracteres arábigos y una media luna roja en el lugar de la cruz. Parecía una concha, un caracol rodante, una almohada manchada por aquella media uña o acaso media hoja de hoz. Los uniformados, también de blanco, invadieron la casa. Contemplar a aquellos desconocidos arrastrando una camilla de la acera al portal a la sala, y después al revés, desplazando muebles y distorsionando el espacio, me hizo entender que nos aproximábamos a nuestro fin: el fin simbólico de nuestra cronología privada (se acababa nuestro siglo XX particular) y el fin somático de Takuji mi ex madre: en verdad, ¡una doble humillación...!
Las sirenas sonaron: ulular a rebato, escándalo gratis, pues las calles permanecían sin vida. Abiertas a cal y canto ante el poco o ningún tráfico. Lejos de todo, inaccesibles al mundo, señuelos parpadeantes de rojo, verde y amarillo en cada esquina: candilejas de juguetería, made in Armenia. La ambulancia misma simulaba ser un juguete caro, de baterías recargables acaso, y viajar dentro de ella era poco menos que una alucinación. Takuji me tomó de la mano y me haló hacia sí. Yo fingí ser halado por aquel gesto sin gasto. Me incliné sobre ella y coloqué mis orejas sobre sus labios. Entonces la oí:
-Vilniak -dijo-, ¿recuerdas nuestras vacaciones de veraneo junto al Lago Seván?
-Sí, madre -le contesté.
-Vilniak -dijo-, ¿recuerdas la noche en que desapareció tu prima poeta, la Kaputikián?
-Sí, madre -le contesté.
-Vilniak -dijo-, quiero decirte que esa pobre chica murió: no nos engañemos más, por favor...
Las puertas de la ambulancia se abrieron de par en par. Afuera estaban los techos de lata de la antigua Ereván. Al fondo, la cumbre helada del monte sacro Ararat, en territorio ocupado por generaciones y generaciones de turcos otomanos. y ni uno solo de ellos fue un hombre malo: simplemente ellos no pudieron evitarlo, como Takuji tampoco podría ahora. Y encima de la montaña, un arca de madera de haya con la proa hacia el Hayastán: el nombre secreto de la vieja patria Armenika.
Las puertas de la ambulancia se abrieron de par en par. Afuera seguía la misma esquina remota de Lawton. Al fondo una caoba, con comején y con Cuba: complicidad de la c. Y la familia Saroyan-Saroyan tomando posesión de su último refugio en el mundo: cubil cubano de importación, donado por la Medialuna Roja Internacional.
Las puertas de la ambulancia se abrieron de par en par. Afuera estaba el mes de agosto de 1999, casi a ras del alba. Los uniformados de salud pública rastrillaron la camilla hacia fuera. Con ellos desapareció mi madre y las botellas de vidrio y los manguerines plásticos y el tictac de la alta tecnología electrónica y el eco bajo de las palabras calladas por ella: un silencio articulado alguna vez llamado Takuji.
Eso fue todo. Seguí la caravana hospital adentro, pensando en el porqué de la mención de aquella prima justamente ahora, décadas después de la noche de su desaparición. Pensaba, también, en la imposibilidad de conferir un sentido a cualquier objeto o evento a nuestro alrededor. Y en que todo hombre habita en su propia ignorancia, como él bien sabe. Y en que todo hombre resulta a la par demasiado lastre y demasiado ligero para su propio peso y su impropia ingravidez. Y en que, en consecuencia, no existe experiencia humana desprovista de locura. Y en que es justo así que hallamos nuestra más humillante grandeza.
Pusieron a Takuji y sus andariveles en la salita de Observaciones, camastro No.666. Dos sueros, un respirador, y cinco o seis electrodos: así la observarían mejor. Desde la pared, la mártir que daba nombre al hospital también observaba la escena. Era una mujer muy hermosa, su mirada no parecía cubana. Por lo demás, el resto de los pacientes lucían el mismo atuendo que mi familiar: ni un cable más ni uno menos sobre la piel. La rutina lo homogenizaba todo, supongo. De suerte que nuestra pena fuese al menos impersonal.
Pregunté a todos quién era allí el doctor. Solo encontré enfermeros. Busqué por los pasillos laterales y finalmente hallé al médico de guardia, sentado tras un enorme buró. Tampoco parecía del todo cubano. Daba una consulta. Me indicó esperar. Esperé y luego me desconsoló:
-Se puede esperar lo peor -dijo- .Hace años que su corazón no late: forcejea.
Y volvió a sentarse tras su buró. Otro paciente se impacientaba ante él. Y en la puerta, dos más. Y dentro, aún parado, yo. Y en la saleta contigua, mi madre y sus seis compañeros tendidos, cuyos corazones acaso ya no latían: forcejeaban apenas desde hacía años. Salí al pasillo, salí al portalón, salí al alba de Cuba en el crepúsculo de un siglo y también un milenio. Amanecía. Los vendedores de café en termo se apelotonaban para defenderse mejor de sus compradores. Sentí un sueño mortal, un aburrimiento definitivo, y unas ganas enormes de articular al menos media frase en armenio. Entendí entonces que eso era todo. Que yo había vapuleado la voluntad de mi madre, obligándola a exhibir su cruda condición de cuerpo que deviene cadáver. Hubiera sido .preferible dejarla descansar en la casa: que no amaneciera, pero en privado. Y supe así que Takuji recién había muerto sin volverme a hablar.
Vi un teléfono público. Lo descolgué. Se demoró casi un minuto pero al final me dio el tono. Colgué sin tocar una tecla. Era un teléfono nacional y dentro de Cuba ya no me quedaba nadie a quien informar. Me alegré de este pequeño descubrimiento. Por fin ahora Cuba se me equiparaba realmente al recuerdo de Armenia. Una patria es siempre pasto para el pasado, promiscuidad de parientes precarios: imposibilidad de la p.
Regresé del café con alba, al portalón, al pasillo del hospital, a la salita de Observaciones. Todas las camas seguían ocupadas, incluso la 666, pero Takuji mi madre ya no estaba allí. La bella mártir descolgada de la pared esquivó mi mirada, se sentía culpable de ser testigo. La comprendí y la amé por su rubor tan humano. Por segunda vez pregunté a todos quién era allí el doctor. Solo encontré enfermeros por segunda vez. Rebusqué por los pasillos laterales y finalmente hallé a aquel médico de guardia, ahora sentado tras otro buró. Daba otra consulta. Me indicó esperar. Esperé. Y luego me consoló:
-Se hizo lo mejor que se pudo para evitar lo peor -dijo-. Hacía años que su corazón no latía: forcejeaba.
Y volvió a concentrarse en su labor. Otro paciente se impacientaba ante él. Y en la puerta, una docena más. Y dentro, aún parado, yo. Y en algún almacén público del hospital, el cadáver de mi madre enfriándose en hielo seco, para mayor humillación de los dos: ¡Takuji y Vilniak-William, vaiotz...!
Salí al pasillo, al portalón, al amanecer de Cuba sin Cuba: por fin mi segunda patria. Atrás quedaba el borroso hospital con sus muertes obligatoriamente gratuitas. Pensé en mi prima poeta, la Kaputikián. Pensé en mi primer y acaso último amor, una chica armenia de quince años alguna vez llamada Ipatrik. Pensé en todas las historias no escritas del mundo y en la imposibilidad de que alguien, alguna vez, escribiera ninguna. Era un vahído vacuo, vaciado.
Yo caminaba. Huía hacia nuestra casa de Lawton. Me sentía mareado, no sé si avanzaba. Los neumáticos chirriaban a mi alrededor y los rostros se desenfocaban. Un vértigo, yo caminaba. Abrí la puerta y el paisaje de los muebles y adornos me sonó como un bofetón. Sentí náuseas, yo caminaba sin poder dar medio paso. Avancé dando tumbos por el pasillo y me senté de un tirón en el baño. En el piso del baño, la cabeza dentro de la taza. El asco me sobrellevaba. Vomité, vomité, vomité. Al ritmo tedioso del aparato de pilas, que se nos había quedado prendido desde la mitad de esa madrugada. Sintonizado, por supuesto, todavía en Radio Reloj.
En Cuba, los radios y los relojes continuaban todos con su tictac triunfal, imperturbable. La historia marchaba sin inconvenientes, mas yo era un huérfano doble y ahora estaba doblemente mareado. Acaso en el Lago Seván seguirían siendo las tres y media de la madrugada, no sé: ¡Armenika, vaiotz...! Tu tiempo se ha coagulado antes que congelado, como la sangre pulmonar que asfixió a Takuji la buena: porque toda madre y mujer siempre lo es.
En La Habana, aún seguía siendo el mismo veranazo tórrido del 99. Yo me limpié los restos de aquel vómito de aire que casi me vira al revés, y subí a mi cuarto a reclinarme contra la cabecera. Dejé a nuestro obsoleto aparato de pilas, sintonizado, por supuesto, en Radio Reloj: costumbre ancestral que de pronto quedaba en manos de nadie. Yo no pensaba continuarla, pero tampoco apagar el radio: veinticuatro horas quisquillosamente exactas después, por él supe que me había dormido como un niño, entrañable y desesperadamente rendido: al peor estilo de un cuerpo que se pudre sin reconocerse cadáver.
Son los ciclos naturales de grandeza y humillación: doloroso delirio y decrepitud de la d. Por suerte aún tenemos disponible la mayor parte del diccionario, si es que en definitiva pretendemos pronunciar lo impronunciable: así en la muerte como en la derrota, en armenio esto se resume con una larga sílaba de tres vocales y tres consonantes: vaiotz.
El presente texto es un fragmento del cuaderno Mi nombre es William Saroyan.
Orlando Luis Pardo es fotógrafo y narrador. Tiene publicados Collage Karaoke (2001), Empezar de cero (2001) e Ipatrías (2005).