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Salón de última espera

Luis Yuseff Reyes


Expongo mi corazón al Devorador. Pesan mi corazón.
Lentamente se inclina la balanza a favor de la caída.
Otros sostienen en sus manos la fruta temblorosa,
fosforescente como paca de extranjero: rosa de fuego ardiendo distante en la noche de la bahía estrellada, donde los muchachos llevan la carne bajo la mezclilla: Aguas claras. Agua Brava rociada. La tela sobre el sexo, despierta el deseo de comer bajo la tela.

(Sostienen con un hilo
mi corazón.
Lo pesan.)

En medio de la tarde enrarecida de los aeropuertos -expectantes los nacionales- aterrizan los vuelos de ultramar.

(Alguien deja caer una pluma sobre la balanza
donde están pesando mi corazón.)

El Devorador es quien me une a las criaturas que esperan en los salones refrigerados, entre anuncios de tabaco y aguardiente que pasa la televisión.

Detrás de los vidrios alguien propone un souvenir:
Esa es la imagen que han de llevarse a casa los turistas.
Esta es la palma que cruzará los violáceos mares.
El mar que pasará a formar parte de los recuerdos del viajero.

Salones de última espera, donde el Devorador vigila acechante. Acaso sospechando un descuido, el mínimo descuido que me transforme de golpe en un animal que llora.

Un corazón que llevarse a la boca.

 

Los temores

“...cuando el miedo penetra otra vez,
con la desolada firmeza de un canto gregroriano"

Roberto Méndez

Vientos solares arrecian en el patio. Devuelven los viejos temores, criaturas que se mueven sobre los montículos de tierra. Bajo su cálida arena, guardo los animales muertos que me protegieron del miedo a tener miedo.
Presiento que se van haciendo antiguos estos temores. Perforan la oscuridad con un lamento sordo de su víctima bajo las sábanas, ansiando la mano protectora, cuando es otra la mano que se mueve entre los flancos adolescentes, ondeando en su virginidad, tocando.
Los temores hacen el miedo.
Un miedo confesado a la madre, justo en el momento en que todos se disponen a dormir. Un miedo desatendido, capaz de transformar cada palabra de la noche y que llega a las estancias del sueño, a través de los postigos o resbalando por los aleros. Se acomodan los temores sobre los muebles, gotean sobre la loza en la cocina. Crepitan en la leña encendida. Levantan círculos de cenizas. Mueven el hierro oxidado. Llegan en el graznido del ave de caza, que musica con una predicción maligna las cercas estrelladas de cocuyos.
Los temores son campanas de noche. Y el relincho de los caballos, como centella, surca la ribera negra del río. Y sus cascos, haciendo fuego contra las piedras durante la huída, graban cicatrices luminosas en los ojos del matador. Ese no teme (el matador) más que la bestia sorprendida con el golpe mortal contra la cabeza. Ese no teme, sino a las luces que se prenden en los interiores y rayan la madrugada del patio a través de las ventanas semiabiertas.

Transforman los temores ala criatura que teme y calla.

En esta hora otros temores te poseerán.
Temor a no tener miedo. Al poder, determinar, decidir. Miedo al "sí" y al "no" que salta de tus labios, cuando se fraguan conspiraciones, rumores que se echan al vuelo procurando tu aprobación.
Temor a las enumeraciones, a las cofradías, a las marcas. A la paz de los cementerios y a las buenas que anuncian las noticias: Ya va a llegar el día, ponte el alma.

Temor a los recibimientos más que a las despedidas: a partir del minuto en que levantas tus manos temblorosas, ha comenzado a transformarse el mundo de vuelta. Miedo al cambio, temor, mucho miedo. Un miedo virgiliano que, a razón de dominarte, te transforma.
Un día, descubres que has comenzado a prescindir de los movimientos del magnífico cuarteto de vientos que antaño te conmovían. Ya no visitas las estancias misteriosas de una biblioteca de provincia. Bajo los ficus de la ciudad sin mar, ya no sueñas tremolantes mares que golpean la cintura del varón virgen, a las mujeres amantes, a las ancianas que aguardan la pesca mágica de calamares fosforescentes bajo la luna.

Transforman los temores a la criatura que teme y calla.

Ahora, tú eres el asesino de animales nobles. La luz moviéndose levísima por los pasillos. Sobrevuelas la madrugada, rasante a la choza de los niños perdidos en los dominios fabulosos de un cuento de hadas.
Eres el graznido del ave. La mano ágil que se mueve bajo los paños.
Caes en minúsculas gotas de agua sobre la loza en las cocinas.
Eres el fuego que prende en la madrugada las lonas donde duerme el hombre.
Pesas cada palabra. Las vuelves precisas para tu descenso al reino de las criaturas soterradas.

Eres una sombra temida. Pánico que acecha detrás de cada puerta que abres, sospechando la presencia de un cuerpo deseado que te recuerde la muerte y te transforme en una bestia que salta, con alevosía, sobre su víctima.

 

Felices de no saber

Laura Ruiz

Cuando miras el azul de las tardes de noviembre, sorprendido de rojo-tarde el mes que tú y yo amamos, sin sospechar que cada uno por su parte ama las tardes de noviembre; cuando mojas el fuego con los sudores del cuerpo, esperando un barco vestido de sed, nos entregamos al conocimiento de las cosas que nos rodean con sus nombres imperturbables.
Desde esos recintos que implica el conocimiento tenemos nuestro camino andado.
Es el conocimiento del hombre y su pobreza.
Si al menos se nos hubiera dado el poder de ignorar, pero no se nos ha concedido esa gracia.
Todo conocimiento compromete.
Por eso, nos cubrimos los ojos que han visto el horror y la maravilla. Los oídos, después de escuchar el grito de Eduard Munch y los compases de una sinfonía de Dvórak. Los labios que han nombrado las sustancias que nos dan nombre.
Somos dos que mueven las manos traslúcidas, como pájaros de muerte frente a los rostros cansados; con ellas iniciamos el misterio de cortar el pan en partes iguales, mezclamos los colores con que el alquimista provocará ilusión, dominamos la fuerza de los vientos, la flauta que punza el vientre de las noches del buen pastor.
Somos dos que portan el fuego del conocimiento.
Dos que saben cuál es el principio y dónde es el final.
Caminamos, bajo el sol de noche que hace arder lirios en el patio, en busca de un cuerpo. (Tu cuerpo). Sólo un cuerpo. Sin importarnos la casa donde vive. Sin involucrarnos. Un cuerpo extraño. Felices de no saber... Acaso, acariciar la rosa de la entrega sin sospechar el nombre.

 

Bosques de ciudad

l
Sombra de árbol: oficio de recordar.
Árboles que me cubrieron en los días del deseo.
Paraíso de almas: framboyanes, resonantes como las sonatas de Beethoven. Ceibas que reflejan el rayo.
Caobas, viriles como dioses negros.
Árboles del Bien y del Mal.

Bosques de ciudad, agrietados por mínimos pasillos; veloz se desplaza el ilustre caballero. Alma perdida que busca en el templo de los cuerpos el perdón que concede, muy brevemente, el placer satisfecho.
Bosque atravesado por el cauce de un río seco. A través, ascienden y descienden el prestamista, el usurero, el agregado, el hombre de ciencia. Igual, ascienden y descienden los mendigos, criaturas gloriosas que esconden su esplendor bajo la podredumbre de los harapos.
Ascienden. Y descienden.
A la sombra de un árbol, rozo el paraíso con las yemas de los dedos. Bajo la misma sombra, el voyeur y yo, dos extremos de una misma cuerda: es colocar frente al espejo a un personaje único y verlo, de pronto, sin acercarse al vidrio, moviéndose cauteloso en el paisaje de cristal, hábil, sin hacer apenas ruido, silenciando las campanas del deseo y que podría, al menor descuido, poner sobre aviso a la víctima, a la criatura-ciervo que descansa, lasciva, a la sombra de otro árbol.
El fisgón no pisa la yerba, la sobrevuela; no aparta la rama, la hace crujir con un sonido mudo en la cueva de su mano, mientras la otra acaricia, con un dedo de blanca seda, pues su gusto no está en poseer sino en imaginar. Donde otros encuentran la maleza, él sabe desentrañar las formas sicalípticas, el gemido de la presa oculta en el verdor atravesado por las espigas secas de las cañadas.
Es la cacería de los ojos a la sombra de los árboles.
Una vez iniciado el juego, no se puede explicar: el cazador deja de sostener su arma para convertirse en presa.
Ahora, yo soy el voyeur del fisgón. Somos cuatro en ese país: una pareja, conformada por un hombre y una mujer joven. Y los otros: el fisgón y yo.
El último ojo -que es el mío- tiene dominio sobre los demás, pues ninguno de los personajes restantes conoce de la existencia del otro, salvo los dos que se provocan placer mutuamente.

Sombra de árbol. Un ojo superior mira el juego, un Ojo omnipresente, el Ojo de Dios. En el tablero con bosque de fondo, observo al fisgón, convertido en ciervo ahora, mientras cava con su pata de animal ágil y lascivo en el terreno de otros dos siervos, descuidados, entregados cada uno en su delirio a la ignorancia de la perversión ajena.

Sombra de árbol Un pájaro mueve la rama.
El voyeur queda avisado. La mirada del ciervo, que ya no es mi siervo, me golpea como un hierro.
Ciervo es el que huye.

 

La pedrada

Sobrevivir a la pedrada, a las piedras qué te depara el destino. Pensar que tenemos superados todos los golpes cuando nos sorprende alcanzándonos a la nuca, atravesando el aire podrido de blasfemias para derribarnos como a puercos jíbaros.
Esa es La pedrada de Fayad Jamís, contra el mentador silencioso).

Sobrevivir a los golpes que te depara el destino.

Piedras. Piedras. Piedras.
Sobre los hombros de Sísifo, rey de Corinto.
Contra María Magdalena.
Rimbaud y Verlaine huyendo de las pedradas
en una calle de Londres,
las mismas que habrían de alcanzar a Oscar Wilde
en una esquina,
repetido una y otra vez en cada uno de los amantes
que huyen de las piedras de este mundo.

Piedras contra el amor.

Contra las ventanas donde los hombres escribieron graffitis
anunciando que allí se vive en paz con Dios y con el César.
La pedrada. El golpe.

Contra los pájaros que hablan y en su cofradía deshojan las pálidas margaritas del miedo, oponiéndose a callar.
El golpe contra la voz.

Piedras contra tu pecho.
Golpes de ausencia.
Pedradas contra las manos. En los ojos del amigo.
Días de piedras sucediéndose sobre la casa.
Comedores del pedernal, el padre raja la piedra.
Mi madre dice que otras encontraré en el camino,
y el más pequeño de nosotros,
jura que me traerá del jardín
piedras que alumbran cuando el sol se seca.

 

el violín

Me estremezco con un temblor femenino ante la rosa.
También yo he querido tener un violín que me ame, alguna
música que explique, algo que cante a mi oído, una música
inaudible para el resto de los seres que me rodean con sus
paños, con sus voces, con sus cantos más o menos grises. Más
o menos. Algo que cante para que no me vean reventar la
cabeza contra los muros, para que no me vean con la rosa
muerta entre los puños, cuando ya no suene la música.

 

 

Leo un libro sobre la vida de Virginia Wolf. En uno de sus capítulos, Virginia acerca el rostro pálido al cadáver de un pájaro que encontró en el jardín. Toma un puñado de rosas amarillas, sembradas por Leonard durante la guerra, y las coloca junto al pájaro muerto.
Sé que Virginia sintió envidia de esa ave, criatura sin Dios a quien adjudicarle la pérdida de la fe.
Transcurrido algún tiempo, Virginia se suicidó.

Ahora, los altavoces anuncian la salida de un vuelo.
Cierro el libro; acomodo por un instante mi cabeza sobre las páginas rotuladas de azul y pienso que Virginia sospechaba la cercanía de su muerte.

La megafonía vuelve a anunciar la salida de un próximo vuelo, pero yo estoy quieto junto al libro de Las horas, esperando que lo Desconocido se acerque y me escinda de estas flores de invierno, de estos días sin fe, con un dolor que no se explique, igual al que experimentamos al encontrar un ave muerta sobre la acera.

 

Las voces

Nosotros hemos sido tus humildes Bestias desde que dejamos por vez primera nuestras islas, que fue antes de lo que podamos recordar; y durante todo este tiempo te hemos cortejado y te hemos cantado muchas canciones de invierno y de verano y de otoño en la esperanza de hechizarle y hacer que condescendieras un día...

CARTA DE VIRGINIA WOOLF A VANESSA BELL

I
Virginia Woolf escucha voces: le dictan el camino de las aguas. Es 28 de marzo de 1941. La mañana inglesa es estremecida por los bombarderos alemanes. Pero a ella no la asusta el ruido, sino que hace huir a las criaturas de la ribera, desplazándose delgadamente entre los juncos como un reptil. Llega a la costa enlodada, mira al sol y busca la protección entre las ondas que han de apartarla de esas voces sin rostros que la asedian: a sus espaldas murmuran palabras que no puede signar sobre el papel abrasivo de la arena que, de a poco, le va corriendo bajo los pies el oleaje pardo del Ouse.
Nada tiene que ver esta mañana con los días al sur de los jardines de Kensington. Son días de una guerra que no logra entender; la escinden de todo lo que respira a su alrededor; la vuelven ajena, desprendida de la luz que arde sobre las rosas que Leonard siembra en los jardines.

II
Virginia Woolf es un pez de fondo. Sube a la superficie en busca de un poco de luz y vuelve al limo con el paisaje entre los ojos. En la orilla, el gran gato trata de saciar su hambre. La está mirando. Salta sobre un cuerpo verde, perdido entre las palabras que ya no puede decir, ni escuchar, donde tampoco podrá alcanzarla la voz que dice su nombre, la voz monocorde, sucesiva; la voz que corrige sus actos y los condena. La voz del pastor que la mantiene en el fondo palpitante, mientras sobre la yerba apretada por las dos orillas, balan las cabras bajo el sol.

III
No tiene el diablo entre todas sus armas, una flecha que hiera al corazón como una dulce voz.
Las voces.
La dulce voz que la empuja al agua.
En la hoguera de la Inquisición, cinco siglos antes, arde en la Plaza del Mercado en Ruán, Juana de Arco. La doncella de Orleáns escucha las voces de Santa Catalina y San Miguel, las mismas que ahora atormentan a Virginia, pero desprovistas de rostro. Voces que perdieron con el tiempo las demarcaciones, el contorno brillante que pudiera ayudarla a definir la naturaleza irresistible del miedo que le provocan esos absurdos sonidos, articulados sobre el silencio cómplice del papel cuando escribe: "siento con seguridad que me estoy volviendo loca..."

IV
Los niños juegan con las vísceras de un pez muerto en la orilla: niños no olvidéis, niños no olvidéis... Truenan las voces en el cráneo de Virginia.
En la llanura silba un tren y Vanessa pregunta: ¿Los gatos negros tienen cola? No, responde Virginia. Después, contempla el paisaje que la contiene; se acomoda con el peso de una piedra entre las ondas y su voz de palabras insolubles, comienza a burbujear en las aguas frías del Ouse. Se hunden sus palabras como leves canoas cargadas de flores de invierno.

V
Virginia Woolf, también yo soy como el pez que salta sobre la roca y en su esfuerzo por regresar a las aguas, cada salto es un nuevo muro que lo separa de la salvación.
También yo escucho voces que me dictan con paciencia un camino irrestañable.
Cada voz a mis espaldas es el espacio en blanco que voy dejando sobre el papel donde escribo.
Cada voz es una canción de invierno y de verano y de otoño, entonada a mis oídos con la esperanza de transformarme en una bestia que acepta la palabra sin rostro, mientras se aleja, inevitablemente, de los días sin nombre de la libertad.

 

 

Mi corazón es mío
en la casa de los corazones,
mi corazón es mío...

La voz única que escucho es la voz del Devorador. A él llevo mi corazón, junto alas grosellas frutecidas y donde los hombres de mi pueblo, después de la lluvia, pescan clarias burbujeantes. Son felices los hombres de mi pueblo, al menos eso parecen cuando llegan a sus casas. Saben que en la noche comerán peces y los niños encenderán el fuego con las ramas secas. y entre el rumor de la crecida escucharán la voz del Devorador. La voz que dicta la sazón, los modales, las palabras que mastican, lentamente, con la claria asada, mientras el pez sueña el verde de la yerba entre las pavesas.

Así transcurren los días junto a la ribera. .I

(Anubis pesa mi corazón.)

Allí frutecen las grosellas.
Aquí el agua y el hambre del Devorador que define esta emoción, unida a cada encuentro que protagonizo, desde las sombras en los aeropuertos, en sus salones refrigerados.
En cada despedida que acontece alzan su vuelo los aviones, toman altura; veo los buques ardiendo bajo el sol. Imagino la libertad del pájaro que vuela sobre los islotes.
Veo las quemazones de los cañaverales.
El reino perturbado de las nubes sobre la tierra seca.
El rayo sobre la llanura azul de las aguas.
Siento transcurrir la isla, cómo fluye.
Pienso en las cosas que he sido, en ti, que me esperas junto a las grosellas frutecidas. Quieres comer de mi corazón, pero es el hombre con cabeza de chacal quien pesa mi corazón cuando los aviones aterrizan rompiendo el umbral del silencio.

(Sobre la balanza mis buenas
y malas acciones.)

Quiero recitar los conjuros que aparten de mi camino al Devorador.
Hago confesiones negativas: yo, que jamás escupí encima de la Belleza, cometí actos impuros. Soy impuro. Soy impuro.
Burlo otra de las entradas al sub mundo.
Sobrevuelo otro anillo que me acercará inevitablemente a ti.

(El Devorador observa con atención
cada uno de mis pasos.
Mastica los conjuros mágicos.)

Mi corazón golpea contra las paredes de metal, duro.
Mi corazón, paca fosforescente, se confunde con el corazón de los turistas.
Presiento que esta noche lloverá, los hombres de mi pueblo tendrán suficientes clarias para silenciar el hambre de la madrugada. Y pienso en ti, cuando trato de pasar la última puerta que me devolverá a la vida, al renacimiento, contigo. Quieres comer dulcemente de mi corazón, pero es otro quien salta sobre mí y lo devora, mientras la megafonía, en los salones de última espera, anuncia la salida del próximo vuelo hacia la noche.

 

Luis Yuseff Reyes (Holguín, 1975). Poeta y narrador. Tiene publicados los poemarios El traidor a las palomas (2002), Vals de los cuerpos cortados (2004), Yo me llamaba Antonio Broccardo (2004), Golpear las ventanas (2004) y Esquema de la impura rosa (2004).

 


 
 

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