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La isla: espacio confluyente. (Revisitación del mito de la insularidad en la poesía cubana actual)

Geovannys Manso Sendán

 

Esto es común, pero lo escribo
TERESA MELO

Tal y como Dante absorbe su esencia y la de su tiempo entre círculos infernales, metáfora plausible de la eternidad poética, la Isla, como espacio confluyente, plena de obsesiones, aún recorre un laberinto inabarcable.

Patria sonora de los frutos para Gastón Baquero; fiesta innombrable para Lezama Lima; vacuidad y presencia absoluta para Virgilio, oficia esos misterios fundacionales que la signan. Intuida en el XIX, siglo primigenio para las esencias de lo cubano como categoría estética, ha centralizado miradas disímiles, perpetuando caminos y encrucijadas.

Más allá de toda disonancia postmoderna que tiende hoy a evitar cualquier asomo de influencia, entendida como deuda poética; postmodernidad definida por su sentido ahistoricista (1) la poesía cubana actual reitera -bajo otros signos formales, propios a su sentido de comprender la poesía- un cúmulo de temas, releídos y redefinidos desde un presente evocador.

Cuando en 1943 Virgilio Piñera publicaba La isla en peso, definía una cosmovisión insular ajena a esos preceptos tan caros a los Origenistas. Recientemente, Enrique Saínz ha volcado nuevos acercamientos a su poética más representativa. En su ensayo, podemos rastrear una intención por situar en su justo cauce ciertas esencias no compartidas por poetas cercanos a Virgilio Piñera, como fueron Gastón Baquero, o Cintio Vitier. (2) En La isla en peso, nos dice Enrique Saínz: "...Piñera nos da la imagen de un reverso, de una frustración, de una imposibilidad en la misma medida en que intenta encontrarse y redimirse en una no-existencia de la que no puede escapar, en una isla de la que no puede salir y en la que no logra hallarse porque carece de historia". La isla de Piñera: "...es una isla sin telos, sin futuridad, sin resurrección, absurda, de una primitivez irredimible". (3)

Esa angustia ontológica, centro mismo de La isla en peso, hoy se cierne como eje confluyente, como reiteración y búsqueda en una buena parte de la poesía cubana actual (al menos la que aborda la isla como espacio poético-simbólico.) Si bien es cierto que el panorama que aquí ofrecemos resulta esencialmente inconexo, pues solo observa mínimos ejemplos de una totalidad, no deja de ser llamativo que en este "panorama posible" se adviertan más cercanías a esa cosmovisión insular -tal y como la entendía y la defendía Virgilio Piñera- que a otros, liderados, en buena medida, por Lezama Lima (con su Teleología insular), o quizás otro gran poeta nuestro: Eliseo Diego.

En su poema El peso de la isla, Nelson Simón se adscribe a referentes donde el presente parece agredir todo vestigio de futuridad .Desde el título mismo, podemos intuir la explícita reminiscencia, y el tono de homenaje que guarda con el poema de Piñera:

Y ahora que soporto el peso de la isla,
que cargo con mi país
como quien carga una pesada cruz
o el más necesario de los equipajes;
no sé hacia dónde voy
no sé lo que me aguarda si logro amanecer
y tocar otro día, otro peligro de humo en
en la garganta
haciéndome toser para intentar ser puro
en el follaje de un café demasiado mezclado
que puede no esperarme;
en un amor de bestia que se escapa. (4)

La isla se torna espacio dual, vista e intuida como a través de un espejo donde toda imagen parece reflejar el dolor, pero también cierta "necesidad" o "inevitabilidad" de padecerla, tal y como Cristo "carga una pesada cruz" como "el más necesario de los equipajes"; metáfora que explicita el sentido agónico del poema. Sentido agónico que se reitera cuando Nelson Simón define la isla en estos términos:

Es mi país el sitio más querido,
también el más odiado;
es el ruedo de muerte, es la desesperanza,
otro golpe de mar, su inminente presencia
en el dolido pecho
de aquellos que como pájaros tropicales
se alejan de sus costas
en busca de otras costas más íntimas,
en busca de otra luz más verdadera
que esta pesada luz
que ahora tiene mi isla.

O cuando Norge Espinosa, en Dejar la isla, nos advierte:

Dejemos pues, el sitio
habitual de la agonía, de la estancia ya tan pequeña.
Dejemos pues, la isla
geográfica y sedienta que el mar no enardece
sino con su silbo en la estación más triste
donde el único poema parece ser el agua. (5)

Si en Nelson Simón persiste una dualidad aquiescente, Isla que es, a la vez, "pesada cruz" y "equipaje necesario"; Isla que representa "el sitio más querido/ también el más odiado..."; Norge Espinosa nos enfrenta a una Isla unilateral, ajena a todo esplendor, donde...

Todo aburre ya.
El paisaje, indefinido, nos ofrece su moneda.

Signado por la negación y la Incertidumbre, Dejar la isla puede leerse como una carta de abjuración, o bien, como un testamento generacional, donde cada verso define, en sí mismo, un destino plural:

Todos queremos escapar, destilarnos en el mundo
trocar nuestra virtud por otros cuerpos más silentes.

Destino plural ceñido por ese peso, entendido como agobio, gravedad o ponderosidad que se inscribe en nuestros sentidos como un turbio graffitti:

Porque uno ha sido cazado en temporadas de naufragio
y carga el peso del mar, y el mar se nos confunde...

Peso sobre el cual ironiza, con marcada irreverencia, Teresa Melo:

Sostienen la isla y la socavan.
Ignoran nuestro peso en ella
si peso damos a tanta levedad. (6)

y al inscribir lo grave como sinónimo de levedad abúlica, redimensiona, en buena medida, la vastedad sustantiva de esa gravedad/ peso que entendemos como destino impuesto. En otro verso, Teresa Melo invoca nuestro peso de hormiga en la casa mudable, para una vez más, adscribirse al peso como insignificancia, artificio, o falacia recurrente.
No solo aquí Teresa Melo subvierte los preceptos piñerianos, dotándolos de una función aún más agónica y visceral. Así, en su poema La isla podemos leer:

Ya no vivimos cercados por las aguas
somos el agua misma agua elemental
graciosos líquenes
animales minúsculos que se cruzan
con los hermosos ahogados
sin nadie que nos vista y acaricie
para descansar en tierra.

Ese ser el agua misma implica entonces la pérdida de una frontera imaginaria que significaba el cerco; la ausencia de un espacio de libertad, espacio vital donde se gesta nuestra cotidianeidad; invadidos, dejamos de ser, para convertirnos en minúsculos anímales, graciosos líquenes, ajenos a toda condición social. Asistimos a un diálogo donde Teresa Melo extiende, hacia un horizonte inexplorado, esa maldita circunstancia del agua por todas partes, evitando toda línea divisoria; confundiéndonos en un Todo, en una unidad indivisible: hombre-agua.

Pero al margen de este universo dialogante que hemos entrevisto, otra Isla, más nuestra, más cercana, más contemporánea, se cierne sobre la poesía cubana que hoy refleja ciertos rasgos telúricos propios a nuestra inmediatez histórica; y por tanto, rasgos que definen una circunstancia particular, y por particular, irrepetible.

Hoy, la Isla yace cifrada y definida por esos hermosos ahogados que para Teresa Melo representan nuestro pueblo submarino, o por aquellos que como pájaros tropicales (nos reitera Nelson Simón) se alejan de sus costas/en busca de otras costas más íntimas...

Ambas visiones testimonian un AHORA que a su vez es leído e interpretado desde un universo tan personal como totalizador. Un AHORA signado por imágenes y anhelos recurrentes o encontrados, tal como si estuviésemos ante el anverso y reverso de una única moneda.

En Poema a la felicidad o a los amigos que parten, Nelson Simón se afilia a una duda de trascendencia cartesiana; duda que revierte su incertidumbre y sus miedos:

Puede que la felicidad
sea un largo viaje al otro lado del océano;
un viaje sin regreso a través del azul
y la espuma...

o cuando agrega:

Puede que la felicidad sea una fuga sigilosa,
un extraño evadirse de los sitios del odio
con los ojos vendados
para no ver alejarse estas costas que amamos,
estas filosas costas que nos duelen...

Esta incertidumbre fragua, transmuta en permanencia a ultranza, en permanencia física y espiritual, como quien se aferra a un destino inevitable y de reminiscencias ontológicas:

Yo nunca partiría dejándome a mí mismo
en esta trampa que es mi país a las doce en punto.
(...)
No sería yo mismo si escapara
hacia un cielo acuchillado por árboles…

Mientras Nelson Simón se adscribe a un sentimiento dual que entraña la duda como principio determinista que posibilita esa concientizada PERMANENCIA en mayúsculas, Norge Espinosa continúa su filiación negadora; para él, más que destino, el viaje presupone ruptura total y redescubrimiento de un YO insatisfecho en sus esencias:

...nada puede darme en verdad otra aventura
que no sea el viajar, el robarme en lo lejano
este atardecer que mi impaciencia desmerece.
Parto. Es el fin.
Me despido.

Versos que nos recuerdan el acendrado anhelo de Raúl Hernández Novás:

Ya no basta la vida, hay que viajar. (7)

Aunque, como bien señala Antonio José Ponte: "No es exilio o permanencia lo que está en elección, sino la vieja pelea final prometida entre la luz y la oscuridad". (8)

La isla que ahora mismo edifican, bajo los eclecticismos de la postmodernidad (tal vez a ellos le sean ajenos) poetas como Teresa Melo, Nelson Simón, Norge Espinosa; la Isla transida de Ángel Escobar, que para él significaba Signo, símbolo, trillo; esa Insularidad que Teresa Melo define en ella demodé (nada más arbitrario en una poesía que erige zonas de una peculiar cosmovisión interior, enemiga de chatos arquetipos) se construye a retazos; retazos de una temporalidad manifiesta, que todos ellos, y tantos otros, entronizan a través de una visión que no se quiere nostálgica, o dotada de lirismo insustancial, sino patentadora de una circunstancia, de un ahora, si no atípico o singular, al menos totalmente nuestro, es decir, de ellos.

Esa visión que se bifurca entre círculos infernales, ahogados de todas las islas y la asechanza de un paraíso utópico, de total inclusión de todos, amén de sus individualidades; ese anhelo de esquiva trascendencia que nos corroe, ratifica la inclusión de un discurso (poético) que se sabe absuelto (al margen) de prejuicios y tendencias maniqueas. Los poetas que hoy se abren a la Isla, terrenalizan, más que divinizan, un estado abisal; sustancia siempre protoplasmática que polariza y repolariza un área de conflictos donde convergen políticas, sociologías, filosofías ad usum, y el Arte, siempre el Arte.

La insularidad en ellos no representa un mito, sino posibilidad reinante, al revascularizar (en su sentido vital) una Isla que, más que espacio, fija sus procesos cambiantes desde la Poesía.

Por tanto, las múltiples, encontradas, paralelas, revisitaciones a la Isla espacial y temporal que nos cerca, parece prescindir de todo intento por agotar sus límites ideoestéticos.

La Isla yace signada de infinitud, como si esa vieja pelea final prometida entre la luz y la oscuridad, de la cual nos habla Ponte, no concluyera jamás su round definitivo; signada por viscerales traumas que la asedian; traumas y laceraciones que nos conminan a nombrarla, aborrecerla, amarla, citarla y maldecirla; continúa siendo -amén de tanto documento- un espacio vital y referativo. Una isla que los huracanes aún prefieren para anidar, tras extensos viajes por el Mar Caribe.

Isla, en suma, que al ser lo menos tierra de la tierra, como nos recuerda Dulce María Loynaz -otra de nuestras presencias insulares- pervive en su palabra, en su tiempo y en su espacio, donde confluyen todos los signos que la cifran.

Santa Clara, mayo 21 de 2005

 


Notas:

1 En su ensayo: La posmodernidad: buscando coordenadas, Emilio Ichikawa enfatiza: "... el postmodernismo (...) es un intento legítimo (con diferentes y hasta equívocos niveles de realización) de hacer una 'ontologización del presente"'. No menos definitiva resulta la frase citada de Lévi-Strauss: "No tengo relaciones con el pasado porque lo he destruido. No tengo ya relación alguna con lo que he sido". Emilio Ichikawa: La escritura y el límite, Editorial Letras Cubanas, 1998. Las citas aparecen en las páginas 49 y 56 respectivamente.

2 En Lo cubano en la poesía, Vitier puntualiza, refiriéndose a Piñera: "Como poeta, salvo la página excepcional de Vida de Flora, no suele caracterizarse por la intuición unitiva, sino por las combinaciones de imágenes, ideas y piezas verbales previamente recortadas". A propósito de las opiniones vertidas por Cintio en Lo cubano en la poesía, sobre Virgilio, señala Ponte: "(...) fue incapaz de entender a Virgilio Piñera o lo cegó el rencor. Traduce a Rimbaud, pero no puede percibir la estancia de Virgilio en los infiernos, comprende a Julián del Casal y atiza contra un contemporáneo suyo las mismas acusaciones de exotismo que Casal padeció". Cintio Vitier: Lo cubano en la poesía, Editorial Letras Cubanas, 1998, p. 340. Antonio José Ponte: El libro perdido de los Origenistas, Editorial Aldus, S.A, 2002, p. 51.

3 Enrique Saínz: La poesía de Virgilio Piñera: ensayo de aproximación, Editorial Letras Cubanas, 2001, p. 61. El libro de Sainz se inscribe en un panorama crítico y ensayístico alrededor de la obra de Virgilio, cada vez más vasto y totalizador. Escritores como Alberto Garrandés, Arrufat, Ponte, et. al., posibilitan un acercamiento signado por visiones profundas y siempre esclarecedoras en torno a la obra y la vida de Piñera, quien para Leonardo Padura: "No fue únicamente un hombre absurdo, fue otra cosa aún más luminosa: una conciencia".

4 Nelson Simón: El peso de la Isla, Ediciones Hermanos Loynaz, 1993. Todos los fragmentos de poemas citados en este ensayo, pertenecen a esta edición, pp. 13-52.

5 Norge Espinosa. Las estrategias del páramo, Ediciones Unión, 2000. Todos los fragmentos citados, pertenecen al poema: "Dejar la Isla", presente en esta edición.

6 Teresa Melo: Las altas horas, Editorial Letras Cubanas. 2003. Todos los fragmentos citados, pertenecen a la sección Encima de las aguas, presente en esta edición, pp. 53-67.

7 Raúl Hernández Novás: "Hacia país inaccesible", en Amnios, Ediciones Ateneo, 1998, p. 77.

8 Antonio José Ponte: Ob. cit, p. 139.

 

Geovannys Manso Sendán (Vueltas, Villa Clara, 1974). Narrador, poeta, ensayista y crítico. Tiene publicados La soledad y otras mentiras (cuentos) y Las palabras ausentes (poesía).

 

 

 


 
 

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