uno
dos
tres
cuatro
cinco
seis
siete
ocho
nueve
diez
once
doce
trece
catorce
quince
dieciséis
diecisiete
dieciocho

 
     
Rubén Rodríguez: El hombre es un parpadeo entre dos eternidades
Enrique Pérez Díaz


No sé si el 12 de enero de 1969, cuando asomaste tus ojos al mundo, a las 11:45 p.m., te asistieron personas normales o las Cachitas, esas brujas gallegas aplatanadas en Cuba. Quizá fueron tus tías, mujeres dulces, amorosas, cultas y llenas de fantasía, quienes junto a tu madre —quien te legó la determinación y el coraje—, te concedieran la llave mágica de andar por la vida con la lectura a mano.

Debe haber obrado en ti el bienhechor y poderoso sortilegio de tu tía Bella, fiel amiga y confidente, auténtica hada de Garabulla o Mimundo —reinos que compartes con tus lectores y donde huyes del mundanal ruido, que tampoco te es ajeno siendo editor de ¡Ahora! y Ámbito. Poco interesa si las tías o las brujas, pero enseguida tropezaste con Había una vez, las aventuras del oso Yogui y una colección de preciosos libros españoles.

Recuerdas la serie El maravilloso país de Surán, ubicada en un reino imaginario y cuyas ilustraciones parecían cuadros del David de Marat en la bañadera. Con justicia piensas que en la literatura infantil y juvenil, a veces se confunde el valor de la ilustración. Te divertiste a morir con Rompetacones, Nadasabe y sus amigos, El viejo Djin Jottabich, Emilio y los detectives, El maravilloso viaje de Nils Holgersson, Matilda y El cochero azul.

Te conmovieron Oros viejos y Flor de leyendas. Ya estabas listo para batirte, cual adalid de adarga inquieta, con Verne y Salgari y descubrir la sensualidad con Las mil y una noches y El Decamerón. Entraste en la adolescencia con Isaac Asimov y Conan Doyle. Llegabas a tu biblioteca escolar (antes iglesia cuáquera), y agarrabas cualquier libro. Así leíste la Biblia , Dafnis y Cloe, bolsilibros de Dale Carnegie, manuales de primeros auxilios. Por eso de «grande» —¿lo eres? ¿alguna vez lo somos?— relees obras que alguna vez te gustaron. Con los años —y como eternamente nos sucede— lees menos y relees más. Pero de «viejo» prefieres Piñera: prosa, poesía y teatro; Bradbury otra vez, Bryce, Eco, Yourcenar, Vargas Llosa, Borges, Manuel Puig y Cortázar; y claro, te fascina Shakespeare... En fin, una lista de divinos «juguetones». Será por eso que solo lees aquella literatura infantil que te despierta al niño. No soportas lobos disfrazados de abuela o de Mamá Cabra.

Quien como tú escribió libros de adultos, ¿por qué inclinarse hacia la literatura infantil? No te lo has propuesto, dices pensativo, sencillamente vino. «El niño que vive dentro, me pidió un libro y así nació Mimundo. Lo escribí durante una semana en un curso de superación. Nada me estimula más la imaginación que una clase o reunión aburridas. Como Mimundo es un libro demasiado triste, luego vino el humor con El garrancho de Garabulla y los demás.

«Creo que voy hacia esta literatura por mi tendencia a la fantasía. Incluso en mis historias «adultas» hay siempre un elemento lúdico, gozoso. El hombre, además de sapiens, es ludens: un jugador. Y según la ciencia, el juego es una señal de raciocinio. Solo los animales inteligentes juegan. Estas lucubraciones son evasivas porque no sé qué responderte». Pero, ¿te sientes cómodo en ambas perspectivas, Rubén? «Son trajes que me quito y pongo a voluntad. Espero no confundirlos alguna vez, aunque a veces no recuerdo cuál llevo puesto. Tampoco quiero que me pase como al emperador del cuento. Tengo la esperanza de que mis amigos me avisen a tiempo de que voy en cueros».

Crees con justeza que es un vicio del periodismo preguntarte siempre para quién escribes y tratar de ser coherente. No te lo tomas como limitación, existen códigos y fronteras entre una y otra literatura. No les haces a los niños un cuento sadomasoquista. Aunque bien me recuerdas que históricamente en los cuentos infantiles hay un cruel trasfondo: los cerditos achicharran al lobo feroz y Hansel y Gretel cocinan a la bruja; para problemas de autoestima nada mejor que El patico feo, y en Blancanieves aparecen cuatro intentos de homicidio; la madrastra de Cenicienta se le escapó al Marqués de Sade.

¿Y qué decir de personajes que desaparecen y nadie los ve nunca más? Cuando niño te espantaba el destino de esos infelices que ya no estaban en la página siguiente. Coincidimos ambos en que tampoco puedes venirles a los adultos con una fabulilla infantil. Sin embargo, a la hora de escribir asumes una gran verdad: a todos nos gustan los cuentos. Desde su nacimiento, la Humanidad no ha hecho otra cosa que contar. Les han llamado Historia, Filosofía, Religión, pero siempre han sido cuentos.

Me recuerdas que lo dijo Antonio Gala: el periodismo es una excelente gimnasia. Enseña síntesis, sintaxis y humildad, esta última teniendo en cuenta uno de los probables destinos de cualquier periódico. En literatura, todos somos deudores, porque estamos escribiendo la misma historia, desde el principio de los tiempos. Cada texto se inserta en un metarrelato cósmico: la gran aventura de la Humanidad. Pero, si de deudas se trata, asumes que ahí están el absurdo de Piñera, la nostalgia despojada de Ray Bradbury, los reportajes del norteamericano Tom Wolfe, las novelas históricas de Robert Graves, el humor de Mark Twain y del cubano Marcos Behemaras, un pelín de Cortázar, una pizca de Lezama, un par de cohetes de La Edad de Oro de la ciencia ficción, algún cadáver que se le escapó a la Christie , y hasta una maceta de mamoncillos de Nersys Felipe...

También algún montaje robado al cine, un capítulo de telenovela y quizá un par de cuadritos del cómic. Uno es lo que lee, me dices. «¿Qué podemos hacer si los griegos lo inventaron todo? Ha corrido mucha intertextualidad bajo el puente para pretender la originalidad. Ya nada lo es, ni el pecado. ¿Me guardarás el secreto de confección?».

A esta altura de nuestra conversación, debo preguntarte: ¿Cómo concibes a un autor para niños? Y al punto me dices que como un niño travieso que escribe muy bien. ¿Qué atributos morales piensas que debe portar consigo un buen libro infantil? Ser honesto, sin proponérselo, dices al punto. Fracasa todo lo que es un fin en sí mismo.

Te veo tan indeciso cuando pregunto: ¿si debieras salvar diez libros de un naufragio? «Me ahogaría escogiéndolos». Pero alegra oírte decir que salvarías Los mitos griegos, de Robert Graves, y correrías a la cola de los botes. Tu modestia te impediría tomar un libro tuyo, pues solo así «podría escribirlo de nuevo». Me parece magnífica tu idea de que «lo mejor sería encontrarte con los náufragos de otras entrevistas y entre todos armar una buena biblioteca en la isla, porque para cada náufrago hay una isla». Por eso tu historia ideal es esa que siga las infalibles 33 funciones del ruso Vladimir Propp, sobre los cuentos clásicos, y que no se le note y está claro que si se te diera nacer en Garabulla por supuesto que reencarnarías en Ernesto.

¿Te sientes un autor puramente holguinero?

Uno es de algún lugar, de Neverland o del Quinto Pino. Funciona como una reafirmación. Desde el terruño se puede alcanzar la universalidad, pero es difícil. Por eso un novelista como Soler Puig es considerado solamente, por algunos, como un autor santiaguero. ¿Te acuerdas de Alicia? Ella pregunta sobre los insectos del Espejo: «¿De qué sirve que tengan nombres si no responden cuando los llaman?». Y el mosquito le contesta: «A ellos no les sirve de nada, pero sí les sirve a las personas que les dan los nombres».

No asumo mi gentilicio con un sentido peyorativo. Incluso, no soy siquiera de la ciudad de Holguín, sino de un pueblecito que queda cerca y se llama Floro Pérez, aunque en los mapas viejos aparece como San Marcos de Auras. Pretender la trascendencia es una petulancia. Para curar el ego pienso en Stephen Hawking y la muerte térmica del Universo, en el Apocalipsis según San Juan o en el trunco calendario maya, que es lo mismo, pero con plumas verdes. O en esos meteoritos que atraviesan el cosmos como pedradas de Dios, descuajeringando mundos. Dice una amiga que el hombre es un parpadeo entre dos eternidades.

La madrugada no tiene corazón

Rubén Rodríguez

Era un yuma. Se notaba por la forma de hablar. Seguro le llamé la atención por lo limpio y por la cara –de comemierda, dicen los socios–, que inspira confianza. Así hemos sido siempre en casa. Gente de trabajo, muy limpios, y muy decentes. Pobres pero honrados. El yuma se acercó entre la gente, y me preguntó si alquilaba. Entonces me dio una dirección y yo le contesté que eso estaba muy lejos y le cobraría más. Pero dijo que no importaba, y sacó una billetera de piel, abultada de tanto billete como traía. Hablaba poco, prácticamente había que sacarle las palabras de la boca. Así que me callé y me puse a dar pedales. La conversadera te quita la fuerza, pero hace menos aburrida la noche. Iba muy bien vestido: unos tenis de marca, un buen pitusa, camisa de las que se usan ahora, con dragones. Yo estuve en Alemania cuando el CAME, y conocí a mucha gente, y este sonaba más a ruso. Me fijé que miraba mucho, se le iban los ojos hacia la gente en las aceras, lo mismo hombres que mujeres. Pero uno no está para eso, porque en este oficio lo importante es la discreción, ofrecer un buen servicio y ganarse honradamente los pesos. De cómo se porte uno, de cómo huela, de cómo se vea, depende que te alquilen otro día, entre diez o doce bici más. El yuma me pidió que lo dejara detrás del hospital, y yo le dije que tuviera cuidado. No le dije que esa zona es un poco caliente y podían darle un susto porque a lo mejor él quería que le dieran un susto. Ya tú sabes a qué va la gente a ese lugar. Me preguntó si podía recogerlo allí mismo a eso de las cuatro de la mañana. Yo me olí algo y le dije que no, que no podía, pero él insistió y prometió pagarme el doble. Pero yo dije no es no, y me fui. Fue una noche mala, no cogí ningún otro pasaje, y a eso de las siete me fui a dormir, con toda la mala noche; pero con los cinco dólares que me había dado el yuma. Guardé uno para mí y les di el resto a las muchachitas. Desperté como a las cinco y anduve haciendo unos arreglos en la casa, como todos los días. La comida estuvo más tarde porque se rompió el fogón, pero al final logré arreglarlo porque tengo facilidad para esas cosas. Cuando llegué, la piquera estaba llena, así que me puse al final, un lugar malo, oscuro…

Estaba pensando en mi mala suerte cuando apareció el yuma. Vino derechito para donde yo estaba. Volvió a preguntar si alquilaba, como si no me conociera. Pensé decirle que no porque, a ver, ¿por qué el yuma tenía que escogerme a mí, si había diez más? Pero la cosa estaba mala. El yuma se montó. Traía la misma ropa y el olor raro, a flores. Volvió a quedarse callado, mirando a la gente que pasaba, con los ojos brillantes como si hubiera fumado mariguana. Lo mismo a hombres que a mujeres. Ahora me pidió que lo llevara hasta el bosque. Yo le dije que no podía porque esa zona es peligrosa, más que detrás del hospital. Pago doble, dijo bajito. Ahí había algo raro, hay que estar loco para pagar diez fulas por un viaje en bici. Quedamos en que yo lo llevaba hasta el motelito que está por ahí, pero no más allá. El yuma dijo tiene miero, y se rió. Lo dejé frente al motelito, él me dio diez fulas y agarró por el trillo entre la cerca y el bosque. Hay que ser guapo para meterse en el bosque a esa hora.

La próxima vez no puse tanto pero y llevé al hombre a donde me pedía. Esa noche trajo a una mulata con unas nalgas que se la levantaban a un muerto. Por el espejo le estuve mirando las rodillas redondas y sin una marquita. Venía muy contenta del brazo del yuma, que la acomodó y después subió él, y me indicó la dirección. La mulata se reía, mirándose las uñas, arreglándose el escote y todas esas cosas que hacen las mujeres cuando quieren volver loco a un hombre. El yuma hablaba muy bajito, pero ella tenía la risa como una campana, y le decía sí papi, como tú digas, estás loco papi… y todo ese jaleo, que me la llevaban dura. Yo tosí un par de veces, no porque me haga el santo, sino porque cualquiera los ve y piensa que uno se pone para eso. El relajo con orden. También vi cómo le metía la mano bajo la falda y ella se reía. Otra vez, ella le tocó la portañuela pero él le apartó la mano… Lo que más me calentó, y ya yo iba caliente, fue cuando él le lamió el cuello. Sacó una lengua larga y blanca que parecía de animal y se la pasó despacito desde el pecho hasta el cuello, como si se la fuera a enrollar en el pescuezo. Ahí dejé de mirar y me concentré en el volante, porque ya casi llegábamos al motelito. Se bajó el yuma y ayudó a bajar a la mulata, que no dijo ni esta boca es mía, porque iba mareada como una gallina delante de un majá, y me metió un billete de diez en el bolsillo. En ese momento me llamaron unos borrachos y empezamos a discutir el precio, porque la gente cree que dar pedales es jamón. Y yo se lo digo: no es jamón.

El dinero nos vino muy bien. Hasta les pude comprar unas boberías a las muchachitas. Mire usted si la mente es un misterio, que esa tarde soñé con la mulata, pero era yo el de la lengua de chipojo, y todo lo demás. La falta de mujer le hace daño a uno. Para no cansarlo, hice la rutina de todos los días y a las ocho, ya estaba en la piquera conversando con los otros. No les hablé del yuma porque esas son cosas del cliente. Hay gente que cuenta si el pasajero come esto o fuma aquello, si la pasajera está flaca o a dónde llevan a los clientes, y eso está mal. El yuma no demoró, con su risa boba y la camisa de siempre. Debe tener muchas camisas iguales, porque con la cantidad de billetes que maneja ese hombre, es imposible que sólo tenga esa. Venía solo y me dio la mano, la tenía congelada y a mí se me erizaron los pelos. Era la primera vez que me tocaba, y le juro por mi madre que no me gustó. Aire condicionaro, dijo como leyéndome el pensamiento, y yo pensé que seguro estaba alquilado en alguna casa para extranjeros. Me dijo que estaba esperando a una amiga, le contesté que no había problemas y él se sentó en el carrito a esperar. De pronto salta a la acera y yo veo llegar a una mulata, tan linda como la otra, que se deja dar un par de besos y cuenta que el niño no se quería quedar con la abuela, y toda esa bobería. Ella se hacía la difícil y no se dejaba tocar, sólo que le besara la mano. Hablaban muy bajito, porque era una mulata fina, y pronunciaba muy bien. Los llevé al motelito y él volvió a echarme en el bolsillo otros diez fulas. Regresé vacío, pero no lo lamenté mucho porque llevaba en la camisa el equivalente a cincuenta viajes. El motelito está en casa del carajo, pero valió la pena. Parece que al yuma le gustaba ese lugar porque las veces siguientes fueron también hacia allá, y siempre acompañado. Bueno, hubo un par de viajes que no: una de ellas lo llevé a una casa particular y otra, detrás del hospital. Eso es peligroso ahí, señor, le dije con mucha educación, sin mirarlo. Me quiso dar la mano, pero yo di un respingo y él se rió: mano fría, y se metió en lo oscuro. Le grité: Tenga cuidado, y no me contestó. Me pagó sólo cinco, pero recogí a unos muchachos que salían del callejón y no regresé vacío.

Hubo más viajes con el yuma. Parece que le gustaban las mulatas, porque trajo a muchas, con buenos culos y buenas tetas. Una vez trajo a una negra con los ojos azules. A esa ni siquiera la tocó. Todo el tiempo hablaron de música, de pintura y esas cosas. Debía ser extranjera también, porque hablaba raro. Hubo muchas mujeres, pero nunca repitió ninguna.

También trajo a hombres. Lo mismo pepillitos que hombres mayores, con brazos de fisiculturista y bigotes. Con los hombres hablaba de pelota, de política, tomaban… Cuando me brindaba cerveza o ron, yo decía que no porque uno tiene que respetar el trabajo. ¿Que lo lleve al motelito? Yo lo llevo. ¿A un paladar? Pues vamos al mejor y el dueño me deja caer un regalito por llevarle clientes. Si me hubiera montado a un niño o a una muchachita, ahí mismo me bajo y le digo que yo no entro en eso. Nunca me insinuó nada ni me invitó a ninguna cosa. Venía sin mirar a los lados, como viéndome sólo a mí, se acomodaba en el carrito y me indicaba la dirección. Motelido, decía y allá pedaleaba yo, sabiendo que tenía resuelto mi problema, el del viejo, y el de las muchachitas. Hasta pudimos terminar la casa. No se imagina la alegría cuando la pintamos de color verde claro y cambiamos los muebles, y me compré unas pitusas y unas gorras, y ropa buena para las muchachitas. Todo ganado honradamente. Dinero sudado. Limpio.

Pero la gente es envidiosa. Inventaron que estaba metido en lo de la droga, o en la salida de gente del país, porque nunca volvían a ver a las mujeres y los tipos que montaba en mi bici. Tuve que fajarme con uno que me vio chiquito y se equivocó; a mí hay que matarme. Después empezó la guerra, me ponían vidrios, me ensuciaban el bici. Con el yuma jamás se metieron. Preferían joderme la vida a mí, que soy tan muerto de hambre como ellos. Quise cambiar de piquera, pero lo pensé mejor y dije que ni cojones. Gracias al yuma había sacado a mi gente del hueco, del jarrito de agua con azúcar y el arroz con frijoles, y no iba a dejar de luchar lo mío.

Después empezaron a aparecer los muertos. Los encontraron en el bosque, comidos por los bichos; gente joven. Después aparecieron otros en alcantarillas, en ruinas, en lugares apartados, hasta en la fosa del motelito hallaron gente ahogada en la mierda. Decían que era un asesino en serie, de esos que matan sin parar. Parece que también el yuma cogió miedo porque no volvió por la piquera. Una tarde, me despertaron las muchachitas gritando y cuando abrí los ojos, vi a los policías, que me dijeron que me vistiera y los acompañara. La calle estaba llena de carros patrulleros y de vecinos. Usted sabe cómo es la gente. Algunos hasta se han alegrado de que me tengan aquí, preguntándome siempre lo mismo y sin creerme una palabra, aunque les jure que no tengo nada que ver con esos muertos; que sólo soy un bicitaxi y lo que he prosperado es por el yuma, y ustedes me dicen que el yuma no existe, que en la piquera nadie recuerda a ese yuma, sino a los muertos. A esos mismos que voy reconociendo mientras usted me enseña esas fotos...

 

Este cuento forma parte del libro homónimo, que obtuvo el Premio Hermanos Loynaz 2006 y se encuentra en edición por el Centro Hermanos Loynaz, de Pinar del Río.

 
 

SUBIR