El “poeta puro”… que supo del compromiso

AYER Y HOY: MIRANDO A CUBA

El “poeta puro”… que supo del compromiso

  • Mariano Brull, notable escritor cubano, representante de la llamada poesía pura.
    Mariano Brull, notable escritor cubano, representante de la llamada poesía pura.

Recién he regresado de Camagüey, ese sitio al cual le dedican un adjetivo muy bien colocado: “ciudad señorial”.

Pero hay más. Allí cada piedra venerable irradia el aroma de la poesía. Por eso, no me parece aleatorio que allí naciese Mariano Brull (1891-1956).

Ese principeño-principesco vino al mundo con el fin de acariciarnos los tímpanos. Ángel Augier nació para entonar el cántico de la tarde. Pero, la lluvia, los dioses del Olimpo —coño, disimulen mi cursilería—, la destinaron al vate camagüeyano, nuestro Lorca:

Empapada de su carne
aquí está la lluvia hermana;
por el aire viene, y viene
hechecita un mar de lágrimas.

Llama:
y nadie le abre la puerta.
Canta:
todos cierran sus ventanas.
La vi corriendo, corriendo,
caminito de mi casa;
lloraba con tanto lloro…

¡Ábrele a la lluvia
que viene mojada!
Por las calles se la llevan
ya muerta —en el agua, agua—
al mar, la que tuvo un trono
y un reino, claro, en el aire.

Ah, pero no le basta con tales “retozos sonoros”. Y convierte a la palabra en un juguetillo, en objeto lúdico. Me basta con reproducir lo dicho por su amigo, Alfonso Reyes, el mexicano inconmensurable:

“En aquella sala de familia, donde su suegro, el doctor Baralt, gustaba de recitar versos del romanticismo y de la restauración, era frecuente que hiciera declamar a las preciosas niñas de Brull. Éste resolvió un día renovar los géneros manidos. La sorpresa fue enorme y el efecto fue soberano. La mayorcita había aprendido el poema que su padre le preparó para al caso; y aceptando la burla con la inmediata comprensión de la infancia, en vez de volver sobre los machacones versos de párvulos, se puso a gorjear, llena de despejo, este verdadero trino de ave:

“Filiflama alabe cundre 
ala olalúnea alífera
alveola jitanjáfora 
liris salumba salífera. 
Olivia oleo olorife
alalai cánfora sandra
milingítara girófora 
zumbra ulalindre calandra. 
“Escogiendo la palabra más fragante de aquel ramo, di desde entonces en llamar ‘Jitanjáforas’ a las niñas de Mariano Brull. Y ahora se me ocurre extender el término a todo este género de poema o fórmula verbal. Todos, a sabiendas o no, llevamos una jitanjáfora escondida como alondra en el pecho”.

El otro Brull

El camagüeyano se desempeñó como diplomático. En tales trajines, supieron de su paso Washington, Ottawa, Lima, Madrid, París, Bruselas, Berna, Roma. Bien representados estuvimos por esos mundos. En tales plazas fuertes vieron a un cubano reluciente de alta cultura y armado del encanto que sólo la fina sensibilidad propicia.

A menudo, víctimas de un estereotipo mental, tras la palabra “diplomático” vemos transparentarse una carga despectiva. Sí, imaginamos un ser huidizo, medroso, incapaz de hablar alto con la voz y con los hechos.

Pero no hay tal en nuestro caso. Y lo sabemos gracias a la labor benedictina del investigador Roberto Méndez, quien recopiló los hechos.

Cuando el indocumentado Alejo Carpentier llega a París en 1928, gracias a Brull no es devuelto a Cuba, donde iba a caer en las zarpas de los matones machadistas.

En Bélgica, propiciará la fuga de judíos alemanes, amenazados por la suástica.

Cuando transcurre 1939, la República Española sucumbe ante el ataque conjunto de la reacción interna, Hitler y Mussolini. El poeta hará posible el regreso a la patria de los combatientes cubanos republicanos.

En 1954 es embajador en Uruguay. Recibe una orden del torvo Fulgencio. No la acata. Y al desalmado Mulato Lindo de Banes no le tiembla ni un músculo al firmar la cesantía de aquel límpido viejecillo diplomático, con 37 años de carrera impecable.

Sí, fue Brull el cantor del travieso absurdo, quien arrulló a la musicalidad hasta convertir al idioma en una partitura, el cultivador del nonsense juguetón.

Ah, pero cuando la vida se lo exigió, tuvimos al hombre que sabía pararse bonito —según dice el sermo vulgaris cubensis—  como enhiesto adalid de la dignidad humana.