La poetisa y el balazo del 38

AYER Y HOY: MIRANDO A CUBA

La poetisa y el balazo del 38

  • La tumba, tan imperceptible como ella la concibió
    La tumba, tan imperceptible como ella la concibió

Se firmaba con el pseudónimo Liana, y su alma lacerada vivía inmersa en la monomanía de la muerte: “Ven hacia mí, no tardes, dulce dueña / de la región bendita donde sueña / el cansancio profundo que me abruma. / Fuerzas no tengo ya para llamarte./ Ven hacia mí; cansada de esperarte, / ¡oye la voz de mi impaciencia suma! / ¿Qué esperas ya? Me impulsas a buscarte en el silencio eterno que te envidio, / ¡Y a cada rato vienen a anunciarte las negras mariposas del suicidio! / No tardes más, no venga un nuevo ensueño / a turbar nuestro amor y nuestra unión, / quiero que duerma su tranquilo sueño, / sin despertar, el pobre corazón”.

Su llegada, al mundo que rechazó

Es Jiguaní, a no dudar, comarca de singularidades.

Allá se dan cita el Cauto, nuestro río padre, y la Maestra, cubana sierra madre. De ahí su topografía ambigua: planicie fluvial en el norte; paisaje montañoso al sur, donde comienza a alzar su cabeza la serranía.

Baña la zona el río de igual nombre que el territorio, corriente cuyas aguas se reputan de milagrosamente medicinales.

Bajo la advocación de San Pablo Apóstol, se funda Jiguaní en 1701, con los indios sobrevivientes de la masacre conquistadora, digna de haber sido llamada genocidio, aunque aún no existiese tal palabra.

Tuvieron vocación de prosperidad. A medio siglo de la fecha fundacional, ya cuentan con 251 vegas, 20 ingenios y trapiches, 2 mil estancias y 64 colmenares.

Cuando sólo faltan dos años para el estallido del 95, durante el atardecer del 15 de julio de 1893, en El Hato Abajo (finca jiguanisera, o jiguanense, según dicen otros) viene al mundo María

Luisa Enriqueta del Carmen Milanés García.

Fugaz paso de un astro.

Se asegura que, muy niña, ya hilvanaba versos.

En la adolescencia sale a flote su dimensión políglota. Traduce a los poetas, desde el inglés Alfred Tennyson hasta el francés Sully Prudhomme. Está enseñoreándose del latín. Y, por si todo lo anterior fuera poco, aprende astronomía.

Pero, ¿no dijo el pensador ibérico que uno es uno mismo y su circunstancia? Y la que rodeó a aquella muchacha no fue ni medianamente propicia.

Se desenvolvió en medio de la chatura provinciana, donde sólo podía intercambiar valencias con tres o cuatro contertulios.

Más no fue eso lo más grave, sino la deprimente atmósfera familiar.

El padre, Luis Ángel Luisillo Milanés Tamayo, alcanzó el grado de brigadier en la última contienda independentista. Una vez derrotada la Metrópoli, cómodamente se sumó a la “república de generales y doctores”, habida cuenta de que él figuraba entre los primeros. Su caja craneana albergaba una sola idea: el negocio. Lo mismo vendía ganado que maderas o hielo. Claro está, la inclinación de su hija le parecía una vergonzosa debilidad del carácter. Según sus trogloditas circunvoluciones, la mujer tenía como destinos la cocina y el bordado. (Ni siquiera asistió al velorio de María Luisa).[1]

Otra etapa funesta. Cuando transcurre 1912, durante una madrugada, en la parroquia de Bayamo María Luisa contrae matrimonio con Julio Rafael Fajardo Gamboa.

Era el desposado un ordinario comerciante, que distaba mil leguas de las vibraciones espirituales de María Luisa. Los siete años matrimoniales fueron un viacrucis por el cual erró la poetisa. Lo cual no le impidió el ejercicio del perdón:

“Cuando las mariposas doradas del recuerdo / traigan a tu memoria tu cobarde vileza, / mi pesar silencioso y mi enorme tristeza; / cuando las mariposas de fuego de la gloria / hayan rozado alegres mi cabeza precita / Iluminando un nombre y aclarando una historia; / cuando las mariposas azules de añoranza te vuelvan del pasado la oscura lontananza, / trayendo a tus oídos con una crueldad loca / los conceptos vertidos por tu infamante boca; / cuando las mariposas de un cruel remordimiento, / negras y silenciosas, vayan a ti indecisas, / yo pasaré serena, olvidando tu infamia, / ¡alumbraré tus pasos con mis tristes sonrisas!”

Llegó el momento de la separación. La muchacha le escribe a su padre, preguntándole si puede regresar a la casa familiar. Él le responde afirmativamente, pero apostilla que no cuente con el amor de un padre.

María Luisa prepara una carta, donde declara: “Tomo esta determinación porque mi querido Káiser ha dicho la última palabra”.

Con el revólver 38 cañón largo de un hermano, se descerraja un tiro en el pecho.

Hoy yace —¿reposa, al fin?— en una humilde tumba, sin cruz, porque “una muy grande arrastré en vida”.

“No quiero que ninguno se descubra / al detenerse ante la tumba oscura de quien murió de angustias y amargura. / Ni un nombre, ni una fecha, ni unas flores / quiero sobre la piedra, ni oraciones, / ni llantos ni recuerdos; mis amores / que olviden, y también mis aflicciones, / los que en la vida vieron en voltario / giro mis pasos por la senda umbría… / ¡Silencio y paz para la tumba mía! / ¡Por lo menos allí ni un comentario!”

 

Notas:

[1] Juan Francisco Sariol —ese santo laico de la cultura manzanillera— contó una anécdota espeluznante: Había decidido dedicar un número extraordinario de su revista, Orto, a la recién fallecida poetisa. Y se reunió con los padres, en busca de textos para el semanario. Dice Sariol que el brigadier iba leyendo en silencio los poemas y, los que se le antojaban “contrarios a la moral”, caían al suelo hechos tiras. Cuando el periodista trató de protestar, Milanés acarició las cachas del revólver que a su alcance tenía, como una advertencia.