Santullano: un venerable sujeto fuera de serie

AYER Y HOY: MIRANDO A CUBA

Santullano: un venerable sujeto fuera de serie

  • La Universidad de La Habana, donde aquel extremeño aplatanado nos brindó sus últimos y fértiles años.
    La Universidad de La Habana, donde aquel extremeño aplatanado nos brindó sus últimos y fértiles años.

Fue, a no dudar,  un viejo artillado con  una mirada sobrecogedora.

Mas, por fortuna, trataba cordialmente a los que entonces --¡ay, todavía!--  éramos unos jovenzuelos y nos movíamos por su feudo, la sala de referencias, en la universidad habanera.

José Álvarez-Santullano Tejerina (Badajoz, 1901-La Habana, 1966)  se graduó de Filosofía y Letras y de Derecho, en su país natal.

Por esa época, practicaba un no muy seguro deporte: el salto con esquí. (“Para eso… ¡hay que tener c...nes como casas!”, me susurró un día).

Estuvo en la pléyade de innovadores que pretendieron revivir al teatro español, entre ellos Cipriano Rivas Cherif, el hombre de la escena que después pasaría años en la ergástula franquista.

En 1936 la reacción interna, aliada con el payaso Mussolini y el psicópata Hitler, propinan bribona puñalada al pueblo español.  Ha comenzado  la cruenta Guerra Civil.

Enseguida veremos a nuestro héroe en las filas de los combatientes republicanos. Su lealtad acrisolada y su incomparable cerebrazo lo llevarían al cargo de Capitán Jefe de la Inteligencia Militar. (Con una sonrisa juguetona, me confesó un día: “En el Estado Mayor, yo trabajaba codo con codo junto a un desconocido combatiente yugoeslavo, tocayo mío. Creo que se llamaba José Broz Tito…”).

Pero, en este mundo orate, pudieron más las brutales fuerzas cavernícolas. Y cae la República, ensangrentada.

Medio millón de republicanos cruzan la frontera. Santullano entre ellos.

El  gobierno francés, presidido por el “socialista” Édouard Daladier los declara “extranjeros indeseables”.  De manera que son confinados en campos de concentración, donde ni siquiera tienen acceso seguro al  agua potable y muchos viven a la intemperie.

Él logra partir hacia la República Dominicana. Pero muy pronto enrumba hacia Cuba, para fortuna de todos nosotros.

Cuando aquí arriba, se multiplica. O, quizás, se potencia.

Hoy brinda una conferencia en el Instituto Hispanoamericano de Cultura y mañana otra en la sociedad cultural Nuestro Tiempo.

Colabora en las páginas de Orígenes, La Verónica, Musicalia, El Mundo, Nosotros

Poeta que alguien comparó con una cascada –por el fácil fluir de sus versos–, nunca le concedió  importancia a su obra. Pero aquí, en 1954, a regañadientes consintió en que se publicara el cuaderno Gibraltares, poemas en sonetos. (Una vez elogié el sobrio anillo que usaba. No dijo nada. Se sentó ante la máquina y en minutos compuso un impecable soneto clásico donde explicaba la historia de aquel aro. Increíble: ¡mecanografiaba sus versos!).

Cuando llega la revolución triunfante él siente el temblor gozoso del enamorado que ve arribar, al fin, a la novia que ha estado esperando toda la vida.

Y se entrega, anima e cuore.

Quisiera conocer –para felicitarlo– a quien lo nombró jefe de la sala de referencias en la biblioteca de la universidad habanera.

Con su erudición universal, allí desplegó una franciscana vocación para servir.

Podía ser, quien llegaba, alguien en busca de información sobre un producto químico abrasivo. O el que hurgaba en la “Fuga de la tórtola”, convencido de que Milanés escondía en el poema su credo independentista. Pero todos salían sonrientes y encaminados. (Cuando se iban, me repetía su slogan, su motto, su consigna personal: “Saber no es conocer las cosas, sino estar seguro de dónde están”).

Un mal día, a aquel extremeño lo sembraron en esta tierra nuestra, que él adoraba, a pesar de que nunca dejó de suspirar por la natal.

Entonces el pedagogo Herminio Almendros, también antifranquista refugiado en Cuba, confesó: “Algunos sentimos no haberlo querido más”.

Lo que es peor: hoy –ah, injusticia entre las injusticias--  es casi un olvidado.