Somos quienes somos porque hablamos como hablamos*

AYER Y HOY: MIRANDO A CUBA

Somos quienes somos porque hablamos como hablamos*

  • El padre Varela, quien se enseñoreaba de la palabra, no despreció el habla del pueblo.
    El padre Varela, quien se enseñoreaba de la palabra, no despreció el habla del pueblo.

Estimados colegas, cofrades todos en el culto de la cubanía:

Atestiguó alguno de sus ayudantes en la manigua que José Julián Martí Pérez, hasta que luminosamente se derrumbó en Dos Ríos, habló como un cubano. Y dijo más: aseguró que Martí se expresaba siempre, a pesar de sus prolongados exilios, como el habanero que fue.

Mucho antes, el Padre Fundador, Félix Varela, les hacía un guiño a sus coterráneos mientras intercalaba, en una prosa de altos vuelos, lo que él pícaramente llamaba “terminitos cubanos”.

En pocas palabras, somos los cubanos que somos, en buena parte, porque hablamos como hablamos.

(Ah, pero algunos de nuestros compatriotas incurren en olvido culpable de tan sagrada verdad. Así, en la máquina contestadora de un organismo oficial, te puede salir la voz de una dama, no sé si nacida en Vigo o en Santiago de Compostela. ¿Por qué no grabaron a una muchachona nacida en Santiago, en Banes, o en Remangalatuerca? Sí, ya va siendo hora de que nos autorrespetemos).

Pero dejemos a un lado berrinches y perretas, para preguntarnos: esa vertiente preciosa de la cultura cubana que es nuestra habla, ¿cómo se originó?

Y, al formular esa interrogante, comienzan a sobrevolarnos los manes de algunos colosos de la patria, especialmente Don Fernando. Porque habría que echar mano a la metáfora orticiana y contestar que el habla del cubano se forjó mientras se cocía el gran ajiaco nacional.

(Abro un pequeño paréntesis para decir que los norteamericanos  declaran con orgullo que su nación es un melting pot, o sea un crisol. Pero nosotros podemos proclamar que Cuba es un sublime caldero. Si ellos funden metales, nosotros aderezamos ajiacos, que son más suculentos. Y vaya lo uno por lo otro).

Pero cierro el paréntesis y retomo el hilo.

Cuando un día otoñal de 1492, frente al risueño Bariay, en nuestra costa norlevantina, aparecen tres navecillas europeas, ya aquí se llamaba biajaca al pececillo fluvial, sabana a la llanura sin vegetación arbórea, bibijagua a la hormiga laboriosa y voraz, hamaca a esa tentación al reposo.

Cuando en estas tierras se estableciesen, los iberos –hasta los gobernadores, tachonados de condecoraciones y cruces– tendrían que malvivir en el humilde bohío, tragando casabe.

En aquel mundo novísimo para ellos, tuvieron que apropiarse de los términos taínos. Tempranamente, en carta al rey, Hernán Cortés se lamenta de no poder describirle las maravillas americanas, pues no conoce sus nombres.

Bien sabemos que nuestros indiecitos fueron exterminados, con saña digna de que ya se hubiera inventado la palabra genocidio. Pero, cual mínima venganza, dejaron su huella. Bariay sigue llamándose el punto del desembarco colombino; Maniabón, las alturas que lo circundan; Habana, nuestra capital; Cuba, el país todo.

Y también, amigas y amigos, llegó el negro. Ya arriba con las tropas de Velázquez, pues en la Península existía esclavitud subsahariana desde siglos atrás.

Centurias de trasiego negrero originarían un colosal movimiento humano, procedente del enorme arco que va de Senegal a Mozambique. Llegarían el levantisco hijo del Calabar, el congo animista, el fino yoruba. Momento hubo en que la población negra sobrepasó a la blanca en cien mil almas. No en vano se dice que, en Cuba, “quien no tiene de congo, tiene de carabalí”.

Vinieron –mejor dicho, a la mala los trajeron– huérfanos de todo bien terreno, pero provistos de sus lenguas, que iban a marcar intensamente a nuestra habla.

Aquí, y ahora mismitico, los cubanos llamamos Las Quimbambas a un lugar remoto, y cúmbila al amigo. Cuando algo resulta extraordinario en cualquier sentido, lo calificamos como de Ampanga. Si se requiere discreción, podemos susurrar: ¡subuso! Y, al montar en cólera ante lo inadmisible, vociferamos: ¡A esto le roncan los berocos!

A finales de los 1700 y principios del siglo inmediato, la convulsión haitiana hace cruzar el Paso de los Vientos –el mismo que antes recorrió Velázquez– a miles de fugitivos aterrorizados.

Llegaron para nuestro beneficio, a sacudir las ibéricas telarañas coloniales. Ya Carpentier se complació describiendo cómo pusieron todo de cabeza. Debemos agradecerles desde el fomento de la agricultura cafetalera hasta –según dicen fuentes habitualmente bien informadas– el sexo oral. (Por cierto, aquí entre nosotros, no sé cuál de ambas proezas es más digna de aplauso).

Las estadísticas de la época muestran que en la jurisdicción santiaguera uno de cada cinco habitantes era de habla francesa. Entonces, no ha de extrañarnos que tantos por allá se apelliden Crombet, Laffite, Laferté. O que nombren balance a la mecedora (de balançoire). Y carota a la zanahoria (de carotte). Y que el caficultor no mida su tierra en hectáreas, acres, caballerías, cordeles o rozas, sino en caroses (de carré, bancal, tierra labrantía cuadrilonga).

Otro ingrediente se sumaría al caldero cubiche cuando comienza la llegada de los culíes, en 1847. Vienen en condiciones de letal semiesclavitud, contratados por ocho años. (Muchos sospechamos que, por eso, 8 es “muerto” en la charada).

Seguirían otras dos inmigraciones chinas. A finales del siglo XIX, desde California, huyéndole a las leyes xenófobas allá implantadas. Y a principios del XX, al proclamarse la República China, lo cual desató el caos por mano de los señores de la guerra. Algunos demógrafos calculan que entre los 1800 y la Segunda Guerra Mundial ingresaron en Cuba medio millón de chinos.

Pero su presencia iba a tener mínimo influjo sobre nuestra habla, y ello no depende del temperamento enigmático de esos hijos de Asia. La verdad radica en que tal inmigración fue decididamente masculina. Si un chino se unía maritalmente, lo hacía con una negra o con una mulata. Y, desde el momento en que nos canta nanas, es la madre la transmisora de una cultura.

A partir de 1854 se refuerza cierta presencia ibérica en Cuba: comienza el arribo de los llamados colonos gallegos, quienes también llegan en condición semiesclava. Sí, hubo aquí cimarrones rubios con ojos azules, puesto que eran descendientes de los mismísimos celtas.

  El impacto de los gallegos sobre el habla cubana sí tuvo enorme intensidad. Gracias a ellos –por ejemplo–, llamamos furaco o juraco al hueco; confundimos los verbos “brincar” y “saltar”; protestamos en el ómnibus diciendo que no arrempujen. Y de los gallegos heredamos la voz cazuelero, para designar al hombre que se entromete en asuntos femeninos.

En Cuba nadie dice que va a tirar, desechar o arrojar la basura. Siempre la bota. Y nos botan las novias cuando nos rechazan. Si resultamos despedidos de un trabajo, nos han botado. Y en todo ello se evidencia otro uso gallego, trasplantado a nuestra tierra.

  Desde los días coloniales, ya comenzó a ser fortísima la gravitación del águila norteña sobre Cuba. Y, con ella, el influjo del inglés sobre nuestra habla.

  Hasta en los clásicos. Villaverde nos dice que Cecilia Valdés realizó la presencia de su amante (del inglés realize, darse cuenta). Y escribe la palabra “ron” como un híbrido del inglés y el castellano: rom.

Hasta hoy, seguimos llamando catao al interruptor eléctrico (de cut out switch) y trescabitos a la grúa autotransportada (de Transcavator, la firma fabricante).

Pero dígase que no sólo a partir de influencias foráneas se ha modelado nuestra habla. Ni siquiera es ése el factor cardinal. Sí lo es la desbordada capacidad creativa del cubano.

Salman Rushdie, el autor de Versos satánicos, alguna vez declaró: “Ni el lenguaje ni la imaginación pueden ser aprisionados”. Pero eso nosotros lo sabíamos –y lo practicábamos– muchísimo antes de que se pronunciase el escritor anglohindú.

Yo me pregunto, y les pregunto: ¿A qué desconocido cerebro privilegiado se le ocurrió nombrar, a la prenda femenina que los anglófonos llaman top, nada menos que bajichupa? ¿Qué inspiradísimo poetazo bautizó al ron de calidad detestable como chispa ‘e tren? Y… ¿qué me dice usted de estar en el pico del aura, o quemar petróleo, o tirarle piedras al Morro, o coger a alguien fuera de base, o ser de la otra novena, o parquear una tiñosa, o cantar el manisero o chuparle el rabo a la jutía?

En efecto, el habla cubiche es hechura nuestra. Desde el momento en que nos decidimos a cultivar un multitudinario y anónimo ejercicio de poesía quintaesenciada.

Nota:

* Versión de una charla ofrecida en el Instituto de Literatura y Lingüística, mayo 19 del 2010.