Un alambre: la frontera

AYER Y HOY: MIRANDO A CUBA

Un alambre: la frontera

  • Banes. En uno de sus barrios marginales, un alambre era la frontera de dos hogares en precario.
    Banes. En uno de sus barrios marginales, un alambre era la frontera de dos hogares en precario.

Yo lo admito sin pudores ni sonrojos: antes de incursionar en aquellos parajes, me armaba hasta los dientes.

¿Acaso estaba disponiéndome a incursionar en territorio enemigo, como combatiente de una arriesgadísima operación comando? ¿Iba yo a inspirar al feroz personaje cinematográfico de John James Rambo, para que lo encarnase  Sylvester Stallone?

No, nada de eso. Ni de lejos.

Es cierto que, al igual que mis cofrades, antes de salir hacia aquellas áreas de peligro, me colgaba al hombro a la funerala —cañón hacia abajo—  una carabina norteamericana M-1, mientras ceñía a la cintura una pistola Colt 45, que con razón la sensacionalista prensa de la época, en la crónica roja, calificaba de “pavorosa”.

Pero no era la nuestra una incursión marcial. En lo absoluto. Ni mucho menos. Se trataba de una misión filantrópica. (“Filantropía”, me dicen lexicólogos y etimólogos, es algo así como “amor a la gente”).

En algún amanecer de mi país se había abierto una puertecilla de esperanza para los que El Homagno —ese cubano mayúsculo, el poeta José Martí—  nombró “los pobres de la tierra”.

Sí, pero para los preteridos, para los abofeteados, para los azotados durante siglos, era un poco difícil establecer distinciones. Y podía ser que mordieran la mano extendida en gesto cordial. Que hasta nos agrediesen.

Les era difícil reconocernos. Tantísimo habían sido estropeados. Ninguneados por quienes fijaron las fronteras de lo deleitable, a partir de las cuales se acababa la hartura y la plétora.

De ahí, nuestras prevenciones armamentísticas.

 De cómo yo descubrí las fronteras

Era aquella una barriada que, según la jerga al uso de los sociólogos, ampliamente podría ser calificada de marginal. O también como un paradigma de la cultura de la pobreza, ya definida en 1959 por el antropólogo norteamericano Oscar Lewis.

Contiguo a aquel barrio se hallaba el cementerio local, y cada vez que llovía copiosamente —hecho frecuentísimo en la zona—  vivían nauseabundamente inmersos en invasoras aguas de difuntos.

Desde que comenzamos a ingresar en ese mundo inhóspito, empezaron a llamar nuestra atención dos ¿viviendas? contiguas.

Sus habitantes eran, como suele suceder en el universo de la miseria, enemigos a matarse. (Yo no sé cómo, un cantautor desnortado, delirante, hilvanó estos versos, tan divorciados de la realidad: “En casa del pobre / se vive muy bien. / Todos son amigos / y hermanos también…”).

Animales territoriales, sus patios los dividía una frontera casi imaginaria: era una simple línea de alambre de púas, de alambre espinoso. Una endeble linde metálica.

 A través de aquella barrera insignificante, día a día se escenificaba un duelo entre dos chiquillos de las chabolas contiguas:

—Mi papá me trajo caramelos… ¡y a ti no te trajeron!

Poco después, el papá de algún contrincante —borracho terminal—  acertó a coger un palo de escoba y tallar con el machete una cabeza, más o menos equina, que fijó con un clavo en el dichoso palo.

 —Mi papá me dio un caballito… ¡y a ti no!—  gritaba el chiquillo, al cabalgar.

Pero nos esperaba lo peor.

Poco después murió, de una hoy en mi país ridícula gastroenteritis, el hermanito de uno de los niños contendientes.

Y por encima de la enclenque frontera se escuchó un grito —modulado por voz infantil—, del cual no me voy a recuperar nunca jamás:

 —En mi casa hay un muertecito… ¡y en la tuya no!

Desde aquel momento, detesto a las fronteras.

Sean líneas imaginarias trazadas sobre el planeta, o un ridículo alambre de púas que delimita patio de patio, ambos en precario.

Todas acarrean lo mismo: miseria, amargura y desamor.

(Por eso, de seguro fenecerán. Sí, condenadas por todos nosotros: un multitudinario tribunal de hombres de buena voluntad).