¡Cojo, agarra los andamios y ven a la pizarra!

NATURAL DE CAIBARIÉN

¡Cojo, agarra los andamios y ven a la pizarra!

  • La asignatura Educación Laboral enseña a los niños a hacer cosas cotidianas. Foto tomada del sitio web de la Universidad de Holguín
    La asignatura Educación Laboral enseña a los niños a hacer cosas cotidianas. Foto tomada del sitio web de la Universidad de Holguín

Hay veces que la memoria juega malas pasadas, y olvidamos cosas necesarias y puntuales, y no hay manera de recordarlas, aunque las tengamos en “la puntica de la lengua”.

Pero otras veces, la memoria estalla como un fuego artificial de muchas luces y se nos aparecen acontecimientos, frases y circunstancias que nadie les dijo que vinieran, ni hay alguna acción que propicie su llegada. Entonces usted se pregunta: ¿Y esto de dónde viene?

La otra noche estaba en la cocina tratando de hacerme un café –la televisión en su etapa estival estaba que “ni pal tigre”, y opté por un café para que el tiempo pasara y poderme ir a dormir—. A mi edad hay que esperar las tres horas reglamentarias, amén de que te expongas a una embolia, una acidez prolongada, o por lo menos a pesadillas con asuntos inauditos e irracionales pero que te los disparan por la cabeza de manera sistemática.

El caso es que esperando la colada, de buenas a primeras explota en mi mente una frase inesperada: “¡Cojo, agarra los andamios y ven a la pizarra!” Mi carcajada despertó al vecino, y al perro del vecino que empezó a ladrar, y hasta a los habitantes del edificio contiguo al mío, que cerraron las ventanas, a pesar del calor, con cierta furia y algo de rencor.

Y el recuerdo me llevó de vuelta a la Secundaria Básica “Antonio Arias García” de Caibarién, donde era director, y se le brindaban servicios a los muchachos de los barrios de pescadores conocidos popularmente como Puerto Arturo y Punta Brava.

Y entre los alumnos estaba Cuqui, un muchacho que vivía cercano a casa y que de muy niño sufrió de poliomielitis y debía andar con dos muletas. Pero Cuqui  no se amilanaba por su condición, era fuerte, simpático, muy enamorado y tremendo jodedor criollo, como se decía entonces en el barrio.

Siempre que había algún sainete, ahí estaba involucrado Cuqui.

Manolo “Hierrro Viejo” era un mulato de Camajuaní, hacedor de cualquier cosa, y profesor de la asignatura entonces conocida como Educación Laboral, que supuestamente enseñaba a los muchachos a resolver las roturas cotidianas que aparecen continuamente en las viviendas. Es decir, aprendían a usar un serrucho, a martillar, a clavar puntillas, a trabajar con llaves y tuercas y cosas así, cotidianas y comunes.

Generalmente, estos profesores tenían bajo nivel de desarrollo. Recuerdo uno de ellos que también me tocó sufrir, que en una clase puso en la pizarra la palabra bicicleta con v, y un chinito, realmente hijo de chinos, le dijo: “Plofesol, bicicleta se escribe con B y no con V” y el “maestro” le respondió: “No chino, cuando la bicicleta es pequeña se escribe con V. Y esta es pequeña”.

Cosas así pasaban.

Y Manolo no era la excepción.

Y ese día estaba dando una clase sobre como resanar los techos de las casa, y estaba hablando de los andamios, las piquetas y el cemento fino para matar las hendiduras. Para eso se apoyaba en la pizarra, donde escribía los nombres de las herramientas y el tipo de acción que se debía realizar.

Pero Cuqui no lo atendía. Estaba enamorando a una mulatica bonita que le había caído al lado en su pupitre, y hasta le tenía cogida la mano acariciándola.

Por eso Manolo se encolerizó, y para darle fin al romance, le espetó delante de todos:

“¡Cojo, agarra los andamios y ven a la pizarra!”

Y ahí mismo se acabó la clase ante la risotada colectiva de los presentes. Yo incluido.