La música y los recuerdos

NATURAL DE CAIBARIÉN

La música y los recuerdos

  • “Es algo parecido a cuando Ela Fitzgerald cantaba “Summertime” con una voz salida  de ese limo profundo del río Mississipi.” Foto tomada de internet
    “Es algo parecido a cuando Ela Fitzgerald cantaba “Summertime” con una voz salida de ese limo profundo del río Mississipi.” Foto tomada de internet

Dicen los estudiosos que uno logra el 90% de los recuerdos a través de la música. Esto es que la música es el motor impulsor más importante para activar la memoria.

Y hay una melodía que me gusta mucho, me la trajo mi yerno de Rusia, y es un disco de Kenny G. Antes tuve el mismo número pero en las voces de Ela Fitzgerald y Lois Armstrong, en un disco que le sustraje a mi hermano Carlos Padrón, y luego él me lo sustrajo a mi.

Me refiero el tema “Summertime” del afamado compositor George Gershwin. A tal punto me gusta ese número, que tengo un poema inédito que dice:

“Cuando un barco regresa

¿no has sentido esa fuerza telúrica

entre quienes esperan en tierra firme

­­­­­­­­­­y aquellos que avanzan sobre la procelosa mar?

Es algo parecido a cuando Ela Fitzgerald

cantaba “Summertime”

con una voz salida

de ese limo profundo del río Mississipi.

(…)”

Y el caso es que la canción me trae un viejo recuerdo bastante trágico de mi infancia.

Resulta que papá era un buen cocinero. Trabajaba en una fonda, “La Casa Comas”, que era de unos primos. Pero como es común en la isla, en cierta ocasión agarró un feo catarro, de esos que cotidianamente nos están atacando, ahora más gracias al cambio climático, y estuvo un mes sin poder trabajar, y cuando se fue a incorporar a su labor, habían puesto a otro cocinero por él. Cosas del capitalismo, que no cree en parentescos.

Entonces se quedó sin trabajo, y a los días me tío Ángel Luis le consiguió laborar en un “varadero” —local donde se reparaban los barcos— en el oficio de calafate. El calafate es un especialista encargado de introducir entre las junturas de la tablas de un balandro, una especie de estopa llamado pabilo, para evitar que le entre agua al interior de la nave. Pero ello se hacía con una trincha y una maceta de madera, y como papá no estaba adiestrado, andaba con los dedos de las manos todos destrozados.

Entonces apareció La Estrella de Honduras, que era un barquito pirata que buscaba plátanos en la entonces Honduras Británica, los llevaba a la Florida, y traía de allá maderas para un aserrío que había en Caibarién.

Papá se hizo una especie de mayordomo, pues se ocupaba de comprar los abastecimientos y controlar la elaboración de las comidas.

El capitán de la “Estrella de Honduras” era Evans, un mulato oriundo de Gran Caimán, que se hizo muy amigo de papá, y alguna vez nos visitó en la casa. Pero Evans era adicto a la ginebra, y eso le había costado ya algunos inconvenientes.

Y en ocasión de un viaje en que tuvieron que navegar por el río Mississipi, se encontraron, ya de regreso, con una fuerte niebla. Papá contaba luego que él habló con Evans y le sugirió que atracaran en una de las riberas del río, hasta esperar que se fuera la niebla, pero Evans, que andaba como se dice en mi barrio “con cuatro tablas bajo el agua”, se negó y siguió a toda máquina.

Entonces fue el desastre, el barquito chocó con un gigantesco petrolero que venía entrando y que lo “pasó por ojo”, es decir: lo partió en dos. Los marineros solo tuvieron tiempo de tirarse al río helado y nadar hasta la orilla. No hubo que lamentar desgracias personales, pero papá había iniciado este viaje definitivo con el pelo muy negro, y volvió lleno de canas.

Y por supuesto, se quedó de nuevo sin trabajo.