La música y yo

NATURAL DE CAIBARIÉN

La música y yo

La música siempre ha sido un componente en mi vida, aunque no como hubiera querido.

Me gusta bailar. Mamá era una buena bailadora y siendo yo todavía muy chiquito, me enseñó a bailar danzones. Mi papá nunca supo bailar. Yo salí a mamá y mi hermano a papá. Por mucho que nos esforzamos nunca aprendió a bailar.

Cuando ya era un adolescente mamá me compró un tocadiscos Phillips, de uso. Costó veinticinco pesos, y era una maletica y trabajaba con discos de cuarenta y cinco revoluciones. Compré muchos, muchísimos discos de vinilo. Tenía boleros de Ñico Membiela, Orlando Contreras, Lucho Gatica, Los Tres Caballeros, Orlando Vallejo, y muchos más. Una vez me dio por oír tangos y me hice de una buena colección. En el pueblo no había muchachita pobre que quisiera celebrar sus quince años que no viniera a invitarme. Yo ponía la música.

La primera vez que fui a un baile fue en la matiné de la Playa Militar de Caibarién, y bien recuerdo que la primera pieza musical que bailé fue Santa Isabel de las Lajas, el popular número del Benny Moré, con una muchachita que saqué a bailar y que luego fue mi novia.

En Caibarién se celebran las parrandas, que son unas fiestas populares que llevan un grupo musical compuesto por tambores, cencerros y un par de trompetas, que tocan una suerte de conga, y la población arrolla detrás. Esas fiestas se dan siempre a finales de diciembre, pero en la década del cincuenta, al alcalde de Caibarién se le ocurrió organizar unos carnavales de verano, por cuanto en el verano venía muchas personas de otros pueblos a disfrutar de las playas, y entonces se organizó el carnaval y el Día del Caibarienense Ausente, en que se invitaba a todos los nacidos en el pueblo, que vivían en otras regiones, a visitar la villa. Todavía hoy se celebran.

Tendría alrededor de doce o trece años cuando en el primer carnaval ingresé en una comparsa de niños, con el desleído nombre de La Comparsa del Reloj, pues todos los niños y niñas llevábamos una gorrita que tenía pintado un reloj, como si tuviéramos un reloj clavado en la mollera.

Ya después la cosa se puso más seria. Aprendí a bailar rumba cuando me enseñó un tocador de quinto llamado Julito, y después, cuando bailé en Remedios en la comparsa de Rumba Columbia, aprendí con un personaje muy pintoresco apodado Mandún Hijo Mío.

Luego en otro carnaval bailé en una carroza vestido de rumbero, y que estaba patrocinada por el Ron Castillo, y mientras bailábamos íbamos tirándole al público vasitos plásticos sellados llenos de ron.

Pero donde si la cosa se puso extremadamente alegre fue en el primer carnaval que se daba con la Revolución triunfante, el carnaval de la victoria, que bailé en una comparsa cuyo nombre era Cecilia Valdés, íbamos vestidos como los esclavos y todo lo demás, una volanta incluida, estaba a tono con la época que cuenta la novela.

Tan buena fue la comparsa que nos invitaron a venir a La Habana al carnaval. Recuerdo que bailamos detrás de Los guaracheros de Regla, que llevaban una conga que opacaba a la nuestra.

Recuerdo también que nos invitaron a volver al próximo paseo, pero entonces fue el sabotaje del vapor La Coubre, y se suspendieron los carnavales.

Cuando niño quise tocar violín y no pude aprender, porque aunque papá me consiguió un maestro, no encontramos quien nos vendiera el instrumento.

Después, con el tiempo, estuve once años de Jefe de Redacción de la Revista Música Cubana de la UNEAC, que dirigía el maestro José Loyola, con quien aprendí mucho.

Y por último hago popular una confesión que muy pocos saben: he compuesto, letra y música mía, un bolero, que cuando se me quite un poco el miedo y me decida, trataré de convencer a mi amigo Ernesto Roel que lo monte y me lo cante, aunque sea una vez, en La Noche de Boleros de Oro de la UNEAC.

Es todo.