Los exploradores

Natural de Caibarién

Los exploradores

  • Los exploradores debían conocer de ascensión de montañas, exploraciones de cuevas y otros menesteres.
    Los exploradores debían conocer de ascensión de montañas, exploraciones de cuevas y otros menesteres.

Antes de 1959 existía una institución llamada The Boys Scouts, que agrupaba a adolescentes y jóvenes en actividades como la que hoy se conoce como senderismo, ascensión de montañas, exploraciones de cuevas y esos menesteres.

Evidentemente era una especie de filial de la “casa matriz” que radicaba en Estados Unidos.

Cuando triunfa la Revolución en el 59, y como según decires la dirección de los Boys Scouts estaban en estrecha coordinación con el derrotado ejército de Batista, se decide hacer una organización paralela, y es cuando surgen Los Exploradores, y a mí me nombran jefe el destacamento de Caibarién.

Varias anécdotas aparecen en esta historia, pero solo les haré dos, una peligrosa y otra más o menos simpática.

Resulta que como parte de nuestro “entrenamiento” los sábados en la mañana, en el Cuartel de la Policía, me entregaban un fusil Springfield sin balas, y salíamos entonces marchando hasta el aeropuerto. Al llegar comenzábamos a aprender arme y desarme, cargar y descargar, a arrastrarnos con el fusil, y otras cosas que sirven para el combate. En uno de los tantos “entrenamientos” a uno de los muchachos se le cae el fusil, que enterró su cañón en el fango, y por supuesto que se tupió. Como de las condiciones que nos habían puesto era que no le pasara nada al fusil, enseguida traté de limpiarlo y destupirlo, pero era imposible. Entonces recordé que en mi bolsillo traía una bala de Springfield. Cuando aquello no era difícil conseguir alguna bala, y sin pensarlo mucho cargué el fusil, puse la culata contra la tierra y apreté el gatillo. La explosión me dejó sordo por unos minutos, pero el fusil quedó limpio. Por suerte no reventó, como debía haber pasado, y por eso ahora les estoy haciendo el cuento.

La otra anécdota es como sigue:

Entre nuestras tareas estaba la de ayudar a mantener el orden en las actividades populares, y en aquellos días se celebraba el carnaval en el pueblo, era el Carnaval de la Libertad, y la gente estaba enardecida, y por eso todo el pueblo salió a la calle a festejar.

Nosotros nos habíamos preparado para actuar  similar a como lo hace el personal de la Cruz Roja. Vestíamos uniformes verde olivo, pintamos de blanco unos cascos que habían pertenecido al ejército batistiano, y en la frente Juansito Vázquez, que hoy es un destacado artista plástico, le pintó unas cruces rojas, y amados con una pequeña mochila que contenía algunos medicamentos de primeros auxilios, salimos a la calle ya de noche, y frente al parque municipal, en el portal del Liceo, una persona mayor se desmaya. Uno de mis muchachos se arrodilló ante el caído, sacó de su mochila un pomo, le dio un trago al hombre, y este se levantó como un bólido y arrancó a caminar perdiéndose entre el gentío. El aplauso fue unánime.

Al otro día, cuando revisé las mochilas de primeros auxilios caí en la cuenta. El problema era que nosotros teníamos dos productos que entonces se usaban para reanimar a los desmayados. Uno era una suerte de vino que se llamaba Poción Jacoud, y el otro era amoníaco, un producto con un olor tan fuerte que solo de aspirarlo te reanimaba. Pero los dos venían en pomos iguales. Y por supuesto, el muchacho explorador se había equivocado y le había dado a tomar amoníaco al señor desmayado.

Nunca supimos quién había sido la víctima, pero parece que el incidente no tuvo más consecuencia para el pobre hombre que beberse un trago más bien salido de las calderas del infierno.