Configurar preguntas detrás del tiempo

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Configurar preguntas detrás del tiempo

  • Según Waldo Leyva, "la poesía es para él "una necesidad de subsistencia espiritual”.
    Según Waldo Leyva, "la poesía es para él "una necesidad de subsistencia espiritual”.

Waldo Leyva ha sido revistero desde sus inicios como escritor, estudiante de letras y promotor cultural y ha devenido en los últimos veintitantos años —es la comprometida experiencia que tengo desde La Gaceta de Cuba—, en un excelente entrevistador. La primera de esas entrevistas que compartimos fue en 1995 a Cristina García y Achy Obejas, texto que contribuyó a la convocatoria que en esos momentos se diseñaba desde la UNEAC y otros espacios académicos y editoriales sobre la necesidad ineludible para hacer visible la cultura cubana de la diáspora.

Del Waldo revistero repaso brevemente su labor, ya desde fines de los sesenta y los tempranos setenta hasta décadas más recientes, vinculada a la creación de algunas publicaciones, o su colaboración en otras. En el Santiago de sus amores fue director de la revista Mambí, de la Universidad de Oriente, colaborador de Santiago, cala universitaria que tuvo su momento de esplendor durante esa época, lectura que me es afín en la distancia. Fundó Columna, proclamado órgano del movimiento de escritores y artistas de Oriente que presidió durante varios años; creó y dirigió Del Caribe, como suplemento cultural del periódico Sierra Maestra, antecesor de la Revista del Caribe, ya de larga data y probada valía. Estando en la capital le tocaron nuevos empeños, como la gestación y responsabilidad de Letras Cubanas, tan necesaria cuando apareció asociada a la editorial de igual nombre. Colaborador muy cercano a El Caimán Barbudo en sus primeros años —donde descubrí sus poemas—, lo ha sido igual de La Gaceta durante mucho tiempo, como ya comenté, asociación que conforma junto a la poesía; “al lado izquierdo” de apreciar la vida; o al equipo de beisbol preferido —y ahora más que sufrido—, otro espacio de nuestras coincidencias, y condolencias. Bastaría señalar de esa presencia “gaceteril” un grupo de entrevistas reveladoras dadas a conocer en sus páginas, diálogos que se encuentran entre los mejores que hemos publicado, y valga decir —modestia, apártate—, que este género ha sido durante más de un cuarto de siglo de indiscutible reconocimiento en nuestra publicación, y dado lugar a una docena de títulos diversos.

De esas encuestas, junto a la ya mencionada, podemos traer a colación otras, como las realizadas a los también autores de la emigración Luis Ortega, y Carlos M. Luis; a los intelectuales españoles Luis García Montero y Álvaro Salvador; al buen poeta y amigo colombiano Juan Manuel Roca; a su admirado y cercano maestro Jesús Orta Ruíz; o la que, ante mi mucha insistencia, le hizo al recordado Sergio Corrieri, diálogo extenso e intenso, y que reconozco entre las preferidas.

En el prólogo a mi recopilación del 2012, Escenas entrevistas. Diecisiete personajes en La Gaceta de Cuba; ya apuesto a un futuro título de Leyva: “Asociado a la revista han sido editados en los últimos años varios libros. Algunos títulos formados íntegramente por compilaciones de textos allí publicados (…) o en proceso como el de entrevistas de Waldo Leyva, entre otros autores…”. En ese texto me propongo compartir algunos presupuestos del ejercicio de la conversación que ha tenido espacio privilegiado en el perfil de la publicación.

La Gaceta de Cuba ha tenido en Orlando Castellanos, Leonardo Padura, Ciro Bianchi Ross, colaboradores con el oficio de dominar el decálogo del buen entrevistador, sin perder el hilo de la madeja que requiere toda conversación. Algunos como Magda Resik, Emir García Meralla o más recientemente Arturo Sotto, dieron a conocer en sus páginas los primeros textos que revelan una madurez en el género.

La entrevista que es consecuente con su género es el camino más corto para llegar al entrevistado, no importa que aparentemente tome rumbos que se alejan, incluso hasta en sentido contrario, y tenga por momentos más de parábola que de “cara a cara”. Una buena entrevista siempre se agradece, y por difícil, parco, torpe o escurridizo que sea el interlocutor, en el oficio del entrevistador está la clave, y como resultado final, el presunto lector pensará del que responde “que persona tan asequible, locuaz, inteligente y franca es fulana o mengano”.

En el decálogo de la buena entrevista, hay axiomas como “no hay preguntas indiscretas, sino repuestas indiscretas” o, solo aparece en el protagónico el objeto de la encuesta, aunque la mano casi anónima del encuestador nos lleve paso a paso o, como suele suceder en los mejores ejemplos del género, el diálogo muestre, a la vez, el rostro del entrevistador y del entrevistado…

Y aprovecho, a manera de tributo al ya desaparecido Sergio Corrieri, en citar en extenso lo que allí escribí en esa ocasión, y que sirva también como botón de muestra de las virtudes del entrevistador al que se debe este retrato de cuerpo entero del intelectual y el hombre que fue su amigo:

Volver a estas entrevistas, a estos textos, es como redescubrirlos después de su primer lectura en la revista. Ejemplar es la que se hizo a Sergio Corrieri, a la cual coadyuvó la amistad de años y la formación de Waldo como estudiante de teatro, amén de las muchas horas dedicadas al dominó y la poesía que ambos compartieron. Y se descubren historias significativas como la fundación y desarrollo de Teatro Estudio o el Teatro Escambray, o esa experiencia reveladora de los campesinos de la montaña, sin acercamiento durante siglos con la tecnología más elemental, casi vírgenes en cuanto a contacto con el mundo exterior, que tuvieron como nueva experiencia cultural en los primeros años de la Revolución el llamado “cine móvil”, ese “por primera vez” que también nos hizo llegar Octavio Cortázar, y que los lugareños, según cuenta Sergio disfrutando la originalidad de la imagen, por extensión y con mucha imaginación al referirse a las representaciones teatrales, las bautizaron como cine personal.

El cubano sencillo, recto, a veces duro con los otros porque él mismo “se llevaba demasiado recio”. El jugador de dominó, el buen conversador, con suerte envidiable para las mujeres pero para nada con pose de galán de cine, aunque Edmundo Desno es lo llamará el “Mastroniani de los pobres”, imagen que aunque responde a clichés de la industria mediática occidental, no deja de ser ocurrente y reconoce una asociación válida.

He estado muy cercano a la idea original de este libro de entrevistas, y que felizmente después de larga espera ya está en proceso editorial con el título “Al otro lado del catalejo”, volumen esbozado hace unos años en La Gaceta de Cuba pues de las nueve encuestas incluidas, ocho aparecieron por primera vez en la revista, faltando solo la del poeta mexicano Mario Bojorquez. A tenor de la indiscutible valía de estos disímiles encuentros literarios le propuse hace algún tiempo al autor, con la impertinencia que me reconozco, la compilación de marras, que nos da a conocer otra faceta no menos atendible del escritor que nos convoca. Suma hoy este cuerpo más de 350 cuartillas de las que, que con licencia de Margarita y Waldo, siento igual que ellos el orgullo de la obra propia.

La prosa periodística del poeta está imbricada, como es natural, a lo que constituye el hilo conductor de su trayecto literario y vital, el verso en cualquiera de sus expresiones o formas. De ahí que perciba que mis lecturas favoritas de su amplia bibliografía poética, como la seminal De la ciudad y los héroes, o la catalizadora de El rasguño en la piedra, religan en las interrogantes y respuestas que comparte con los entrevistados.

Citando y parafraseando lo que el hijo de Remates de Ariosa escribiera —en la entrevista ya mencionada—, sobre su entrañable Indio Naborí, quisiera con estas breves palabras —sin postergar al poeta, al animador cultural, al ensayista—, acercarme al hombre y al editor de publicaciones diversas, al periodista y entrevistador probado, y hacer justicia al que en sus parlamentos se despliega “vivencial, autobiográfico, intimista; al que expresa en sus diálogos ‘la angustia por hallar la palabra precisa’; a ese que ‘paladea el placer de la juventud en la memoria del hombre’; a quien sabe escuchar ‘en el silencio, el rumor de las distancias’, el misterio de la hora; al que ‘corre, [como Borges], detrás del tiempo y hace, [como Vallejo], preguntas a la muerte’”.