El hijo de Olimpia

LUGARES COMUNES

El hijo de Olimpia

  • Carlos León. Imagen cortesía del autor
    Carlos León. Imagen cortesía del autor

A Noel Nicola, cuya memoria cruza por este libro.

Como para otros tantos que fuimos alumnos de su mamá (como Corina Mestre, Cristina Fernández, Rafael Acosta, Humberto Piedra o Carlos Mejías), desde hace más de medio siglo para mí Carlitos León es ante todo “el hijo de Olimpia”, mi profesora de Geografía de primero de secundaria, en el ya remoto 1965. Fui entonces su monitor y uno de sus estudiantes preferidos, algo que recuerdo con memorioso orgullo. Por eso cualquier cosa que escriba sobre Carlos debe empezar con justicia por la evocación de quien primero nos unió, o a los efectos de sus celos confesados de hijo rebelde nos desunió por breve tiempo, pues como le confiesa a Corina “… hizo que al principio no [los] mirara con buenos ojos, como a casi todos los que obtenían ese ‘galardón’…”.

Siempre he creído que un prólogo es un acto de entera complicidad. Ya sea con amigos antiguos o nuevos conocidos, nombres establecidos o emergentes. Y este, desde el título que lo refrenda, no podía ser menos. Lo otro es el vínculo de varios años del autor del presente volumen con La Gaceta de Cuba, espacio donde se publicaron por primera vez muchos de los textos aquí compilados, y que en general, en su momento, aparecieron en otros lugares, ya sea en soporte papel o digital.

La revista, que ha tenido en las últimas décadas a Orlando Castellanos, Leonardo Padura, Ciro Bianchi Ross, Arturo Arango, Pedro Pablo Rodríguez, Waldo Leyva, como contribuyentes con el oficio de dominar el decálogo del buen entrevistador, sin perder el hilo de la madeja que requiere toda conversación, suma otros colaboradores de los cuales podemos sentirnos por igual orgullosos. Algunos como Magda Resik, Omar Valiño, Maité Hernández-Lorenzo, Rafael Acosta, Emir García Meralla o Arturo Sotto, dieron a conocer en sus páginas los primeros textos que revelaban una madurez en el género. A ellos se ha incorporado de manera legítima en los últimos lustros Carlos E. León, como prefiere firmar sus trabajos.

En el prólogo a otro libro de entrevistas esbocé algunas ideas, pero antes de repetirme, prefiero citarme como es debido. La entrevista que es consecuente con su género es el camino más corto para llegar al entrevistado, no importa que aparente tomar rumbos que se alejan, incluso hasta en sentido contrario, y tenga por momentos más de parábola que de “cara a cara”. Una buena conversación siempre se agradece, y por difícil, parco, torpe o escurridizo que sea el interlocutor, en el oficio del entrevistador está la clave, y como resultado final, el presunto lector pensará del que responde “que persona tan asequible, elocuente e inteligente es fulana o mengano”.

En el decálogo de la buena entrevista, hay axiomas como “no hay preguntas indiscretas, sino repuestas indiscretas” o, solo aparece en el protagónico el objeto de la encuesta, aunque la mano casi anónima del encuestador nos lleve paso a paso o, como suele suceder en los mejores ejemplos del género, el diálogo muestre, a la vez, el rostro del entrevistador y del entrevistado…

Carlos ha sabido desarrollar varias de esas virtudes antes señaladas, pienso que a veces de forma intuitiva más que consciente, basado en la amistad, afinidades, eventos familiares, figurando en los márgenes muchas veces, y otras en el epicentro de lo que se conversa, para establecer un intercambio muy orgánico, donde ambos dialogantes se sienten cómodos, que no quiere decir complacientes, modulando experiencias que aunque no siempre compartidas, si están metabolizadas en el devenir de las palabras cruzadas. Y se percibe la admiración y el conocimiento que durante años han sedimentado las ideas y las emociones que se reflejan en las interrogantes y acotaciones del entrevistador.

De ahí que uno de los diálogos que prefiero de este volumen, empezando por su título, es Las cuatro virtudes capitales, según Vicente Feliú, texto que hace justicia a Vicente, donde resume con respuestas puntuales la génesis de la Nueva Trova, y el vínculo iniciático del entrevistador con ese fenómeno cultural que fue ante todo una actitud frente a la vida, primero generacional y luego reproducida en oleadas sucesivas hasta nuestros días. De esa conspiración entre entrevistador-entrevistado, que cruza la mayoría de los encuentros que aquí se recogen, este es un ejemplo a destacar:

“¿Te acuerdas que nos decían los “protesteros”? La gente que no podía entender que si no se había tirado tiros en la Sierra no había por qué criticar, gente que pensaba que por ser joven uno no tenía derecho a opinar y a criticar, como si el país y la Revolución fueran solamente de un grupo y no de todo el mundo.

Fue una época de muchas actividades. Tú recuerdas, perfectamente, cuando abrimos los recitales en el Teatro Martí, que fuiste uno de los primeros que cantó allí, Virulo se estrenó allí, Galindo se estrenó allí, Amaury, Ángel Quintero”.

En el entramado que es la entrevista de personalidad cobra cuerpo esa ilustrada sentencia de que no somos responsables del pasado, pero sí de cómo lo recordamos. El “dueño de la luz”, que es el consagrado director de fotografía Raúl Rodríguez, así comparte esa interacción con el documentalista devenido en periodista:

“Me acuerdo que cuando hacíamos tu documental sobre Isaac Nicola teníamos que trabajar de pronto a las doce del día, entonces íbamos por la calle con el sol duro y ahí estaba el intento de encontrar una realidad dentro de esa ficción que hicimos en el documental, estábamos experimentando con una realidad fea y, sin embargo, funcionó perfectamente en el documental.

Yo me jubilé, pero no me retiré, y sigo trabajando como si estuviera en los 80; pero con una ventaja adicional: tengo la experiencia y me siento muy saludable, con los achaques normales de alguien de mi edad, pero con la vitalidad de cuando hice mi primera película, y si quieres hacer un documental mañana, me avisas y estamos saliendo ya”.

Carlos, cuestionador por naturaleza, lleva más de veinte años colaborando con sus entrevistas en publicaciones periódicas como La Gaceta…, La Jiribilla y Cine Cubano, a las que sumaría de manera consecuente las muchas que conllevan hacer determinados documentales. De ahí que Augusto Blanca sea “víctima” reincidente de sus interrogatorios “de primer grado”. Pues si la primera encuesta al compositor de Regalo ya era portadora de la idea oculta de un futuro suceso fílmico, la segunda, y doy fe, fue caldo de cultivo de ese humano y merecido homenaje que es Soñar a toda costa. Lo de esa interrelación entre cine, trova, anecdotario de cofrade y otras claves que conforman su “educación sentimental”, lo reivindica como un oficio de años y en el oportuno nombre que da a este inventario Trovar el cine, trata de su pasión de siempre y cómo construye en el día a día esa conciencia armónica de alguien que, incluso muchas veces desde el anonimato, nunca ha dejado de reconocerse como un trovador y un cineasta.

Los personajes entrevistados son representativos en sus profesiones, en un abanico donde más allá de los varios premios nacionales —Virulo, Maggie, Raúl, Miriam Talavera, Corina—, hay toda una galería de nombres imprescindibles, y en el caso de la presencia excepcional de las peruanas (país con el cual el autor ha tenido durante mucho tiempo un vínculo especial) son mujeres que han tenido y siguen teniendo que ver con Cuba, y sus testimonios ilustran esa impronta continental de varias generaciones que han sido marcadas por la cultura cubana y su revolución.

Al avanzar en la lectura reconocemos a un grupo diverso de fundadores del Movimiento de la Nueva Trova (incluida Maggie, Miriam Ramos, Corina), todos compañeros de ruta del entrevistador, como corrobora este intercambio con una intelectual de amplio diapasón, desde la docencia y la herejía, como es la doctora Ana Margarita Mateo Palmer (o su alter ego heterodoxo), cuando Carlos le recuerda:

“Por eso, cuando fuimos a trovar al Festival de la FEU, en Santa Clara, nos propusimos la aventura de lanzarnos en lo que fuera hacia el Escambray, para que tú recuperaras a Alipio y yo al fin conociera aquel Quijote de tus cuentos…

Y Maggie responde:

¡Todavía hay por ahí una foto nuestra en el Parque Vidal! Inolvidable todo aquel peregrinar…, Manicaragua, la Macagua y el Grupo Escambray, Cumanayagua, hasta llegar a lo de Alipio. Ese viaje fue una locura, ni sé cómo llegamos”.

En el caso de los cineastas hay una representatividad a destacar, donde encontramos fotógrafos como el veterano Raúl Rodríguez y la peruana Chiara Varese; al productor que es Rafael Rey; una editora y directora como Miriam Talavera; y una actriz por antonomasia —Isabel Santos— que declara de manera rotunda que ante todo es una actriz de cine.

A mis preguntas sobre algunas claves de su trayectoria profesional, Carlos me recuerda que tiene casi medio siglo de irse confrontando con algunas de las aventuras intelectuales de los protagonistas que aquí brindan su voz, pues desde una muy temprana adolescencia se encontró entre los fundadores de la Nueva Trova. Debemos agregar dentro de esa media rueda más de veinte en el séptimo arte, desde que filmó Salvador, un hombre de Hamel, que fue su primer documental y donde como era de esperar escogió un protagonista y un escenario de su entorno existencial.

Asociadas a La Gaceta de Cuba, donde aparecieron por primera vez, han sido publicadas varias compilaciones de entrevistas, ya sea por temáticas como la música —Mamá, yo quiero saber… de Radamés Giro o Sonar en cubano—; el cine —Para verte mejor, en dos tomos—; las artes escénicas —Escenas entre-vistas—; o de autores como Padura, Pedro Pablo, Sotto, Waldo, Rafael, o la que ahora presentamos.

El recuerdo es el eje central de todo lo que aquí se privilegia, recrea, divierte o entristece en estas capas sucesivas de preguntas y respuestas que conforman este libro de entrevistas en que lo profesional, lo vivencial y lo humano se agradece. Lectura donde entre los rostros de los entrevistados percibimos en estas páginas, con aparente timidez y mucho de confabulación, el gesto íntimo y honesto de quien interroga. Por eso tal vez la mayor deuda de este libro, y creo que Carlitos comparte estas líneas, es que quedara pendiente esa “otra” entrevista a su hermano Noel Nicola, al que antes y después evocara al dedicarle dos de sus documentales, y siempre ha tenido presente, como corroboran pasajes y protagonistas que aquí desfilan. Por eso mi dedicatoria a estas breves palabras, que intentan atrapar esa remembranza que nos regala toda conversación, pues como diría Marcel Proust —ese explorador del tiempo pasado—, la memoria la encontramos “en las cuatro esquinas del mundo, en donde palpitan sin cesar sus alas gigantescas, como las de uno de esos ángeles que la Edad Media imaginaba”. Tal vez Noel se burlaría, o disfrutaría, de ser recordado como un ángel luciferino.

El Vedado, junio de 2018

*Prólogo a “Trovar el cine”, compilación de entrevistas de Carlos E. León en proceso editorial por Ediciones Icaic.