El tiempo Mandela

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  • Van a cumplirse cincuenta años la conclusión del juicio a Nelson Mandela en 1964, tras ser acusado de sabotaje y traición. Foto tomada de Internet
    Van a cumplirse cincuenta años la conclusión del juicio a Nelson Mandela en 1964, tras ser acusado de sabotaje y traición. Foto tomada de Internet

Tuvimos el privilegio de vivir en la época en la que fue protagonista un hombre como Nelson Mandela, un símbolo que marcó como ningún otro toda una era, no solo en África, en lucha contra el colonialismo, el neocolonialismo, el Apartheid, sino en toda la condición humana, en ese futuro utópico pero no inverosímil, en que la tierra sea el paraíso bello de la humanidad. Al recibir en 1993 el Premio Nobel de la Paz hizo una evocación, tal vez involuntaria, del conocido verso de La Internacional, cuando profetizó: “la humanidad común que une a negros y blancos en una sola raza humana dirá a cada uno de nosotros que viviremos como hijos del paraíso”.

La primera noticia consciente sobre el drama sudafricano que impactó mi temprana adolescencia fue un número monográfico de la segunda mitad de los 60 de esa excelente revista que fue El Correo de la UNESCO. El Apartheid era entonces un tema tendenciosamente ignorado por los grandes medios occidentales.

En los años sucesivos empezó a tomar cuerpo la figura pública de aquel que en la cárcel de Robben Island cumplía una brutal sentencia por sus ideales ("En nombre de la ley, fui tratado como un criminal... no por lo que hice, sino por lo que defendí, por mi conciencia”).  El supo enfrentar a sus carceleros, a sus cómplices en los grandes centros económicos del mundo, a los millones de personas emponzoñadas con los prejuicios raciales y la ignorancia, con la batalla continúa que durante  veintisiete años libró desde el fondo de su celda mientras su condición de luchador crecía. "En la cárcel no hay principio ni final, solo tu propia mente".

Allí hizo valedera la cita martiana de que “héroe es el hombre que no niega su poca fuerza al mundo”. Aunque a su vez durante esos largos años no quiso “ser considerado un santo que nunca fui, incluso si se define a un santo como un pecador que sigue intentándolo".

En esos períodos difíciles, dentro y fuera de las fronteras de su patria, se probaron los verdaderos compañeros de lucha, los verdaderos amigos. Por eso, a solo unos meses de su liberación en su primer viaje al extranjero visita a Cuba, y sentencia de forma lapidaria al dirigirse al pueblo de la provincia de Matanzas, “sin la derrota (del régimen sudafricano y sus aliados) en Cuito Cuanavale nuestras organizaciones nunca hubieran sido legalizadas".

Existe una enorme pared de piedra en la colina del Parque de la Libertad de Pretoria, donde están grabados más de 95.000 nombres reconocidos de los que dieron su vida por una nueva África. Y entre ellos, poco más de dos mil internacionalistas cubanos cuyo recuerdo se perpetúa en este memorial, creado a iniciativa de Nelson Mandela.

Van a cumplirse cincuenta años de que en la conclusión de su juicio en 1964, tras ser acusado de sabotaje y traición, resumiera el programa de su vida: "He luchado contra la dominación blanca y he combatido la dominación negra. He promovido el ideal de una sociedad democrática y libre en la cual todas las personas puedan vivir en armonía y con igualdad de oportunidades. Es un ideal por el que espero vivir, pero si es necesario, es un ideal por el que estoy dispuesto a morir".

En cada momento tuvo el ímpetu y la sabiduría necesarios de hacer lo que era oportuno, ya sea en la etapa de confrontación reivindicando la lucha armada frente al terror del régimen opresor; o en otra en tener conciencia de que en nuevas circunstancias extender la mano al antagonista era el camino de la paz.

Fue grande en la lucha, grande en la cárcel, pero fue más grande en la paz, cuando supo cumplir, primero como presidente, el mandato de un África para todos, y luego como ciudadano cuando en la cúspide de la gloria, lleno de honores, renunció a seguir en el ejercicio del gobierno para permanecer como el padre espiritual de su nación.

Ahora que ha muerto, se redoblan los homenajes y algunos de los que pretenden canonizarlo –“un santo que nunca fui”–, tal vez lo hacen para borrar la oscura presencia de complicidades pasadas de sus gobiernos con el oprobioso régimen del Apartheid. En las memorias de algunos políticos norteamericanos sobresalientes como Ted Kennedy o Bill Clinton, no puede faltar la foto junto a Mandela, y los elogios que con razón merecía. Pero no olvidemos que hasta finales del implacable régimen sudafricano, este contó con la ayuda comprometida de Estados Unidos, y todavía a finales de los 80, a unos meses de Cuito Cuanavale, el entonces presidente Ronald Reagan se permitía seguir acusando al luchador africano de “terrorista”.

Pero por encima de determinados intereses de “la guerra fría”, coyunturas imperiales y lo efímero de la vida, queda la admiración de los hombres de buena voluntad, como se refleja en las canciones que le dedicaran norteamericanos como Michael Jackson, británicos como los Queen y Paúl Rodgers; o desde el sur compartido, los chilenos Quilapayún, la hermosa canción del cubano Pablo Milanés; o los versos que mi amigo el poeta colombiano Juan Manuel Roca le escribiera hace treinta años.

Como un recuerdo apreciado guardo la foto que en octubre de 1998 me regalara y dedicara Margrethe, una amiga noruega dada a la fotografía, y por esa época residente en Boston donde me encontraba de visita. La imagen por ella tomada era de unas semanas atrás, cuando en septiembre le habían entregado a Nelson Mandela el pergamino de Doctor Honoris Causa de la muy prestigiosa Universidad de Harvard.

Madiba, rodeado por un nutrido grupo de ilustres profesores todos ellos con toga y birrete, sostiene en alto el diploma, y le dedica a los concurrentes, tal vez al lente de mi amiga entre muchos otros, esa sonrisa noble y eterna que siempre nos seguirá acompañando.

El Vedado, 6 de diciembre de 2013.